Hola a todos! Aquí os dejo con otro capítulo más a sí que espero que perdonéis el retraso, que son 17 hojas de Word. Bueno no hace falta decir que los personajes son de Meyer, si no fuese así cada una de nosotras tendría ya a su personaje favorito con ellas bueno no me ando con mas y os dejo el cap:

Rosalie se puso unos pantalones cortos de color caqui y luego se agachó para buscar las sandalias. De acuerdo con sus cálculos, la mayoría de los pasajeros que desembarcaría para pasar el día en Nassau ya lo habría hecho. Existían pocas posibilidades de verse atrapada en el tumulto o de tener que abrirse paso entre los taxistas y guías turísticos del puerto. Como iba a ser su último viaje, quería disfrutar del papel de turista y comprar algunos regalos para su familia. Maldijo la sandalia que de algún modo se había enganchado en el rincón más alejado y se metió bajo la litera.

Tumbada completamente extendida podía tocar cada pared del camarote. En la otra dirección tenía unos sesenta centímetros libres. Junto a la cama había una diminuta cómoda con espejo fijada al suelo y un espacio reducido que desempeñaba el papel de armario. A menudo se consideraba afortunada por no sufrir de claustrofobia.

Sin levantarse del suelo, se calzó las sandalias y comenzó a comprobar el contenido de la mochila que iba a llevar. Cartera y gafas de sol. «Bueno, no se me ocurre que pueda necesitar nada más», reflexionó mientras se levantaba con elasticidad. Durante un momento pensó en preguntarle a alguno de los otros croupiers si quería acompañarla, pero descartó la idea. No estaba de muy buen humor, y cualquiera que trabajara de cerca con ella no tardaría en descubrirlo, y quizá en averiguar el motivo, Lo último que quería era hablar de Emmet Mccarty. «De hecho», concluyó mientras se acomodaba sobre el pelo una gorra de tenis también de color caqui, «lo último que quiero es pensar en él, con sus fríos ojos verdes, su boca ancha y seria y su despiadado atractivo», Al darse cuenta de que estaba pensando en él, abandonó el camarote de peor humor. «Solo quedan nueve días más», se recordó al prescindir del ascensor y subir las escaleras a pie. Podría soportar cualquier cosa durante nueve días. Con una mueca recordó al vendedor de Detroit que la había seguido a todas las mesas en el crucero de la primavera anterior. Había llegado tan lejos como para presentarse en los alojamientos de la tripulación para tratar de convencerla de que lo dejara entrar en su camarote. Se lo quitó de encima afirmando que su novio era el ingeniero jefe, un italiano robusto con bíceps como troncos de árbol. No creyó que esa táctica funcionara con un hombre como Emmet Maccarty. Mientras subía, la moqueta sencilla de la zona de la tripulación se vio reemplazada por la roja y dorada que abarcaba el resto del barco. Al llegar al nivel principal intercambió un saludo rápido con otros miembros de la tripulación que aún seguían a bordo. Dos hombres se hallaban a cada lado de la pasarela, uno con el uniforme blanco almidonado del primer oficial y el otro con un atuendo informal. Como de costumbre, hablaban con intensidad pero sin acaloramiento. Rosalie captó primero la atención del director del crucero, un pequeño inglés de pelo rubio y energía ilimitada. Le guiñó el ojo y luego seplantó entre los dos hombres.

-¿Qué diplomático os destinó al servicio de la pasaría juntos? -preguntó con fingido suspiro-. Supongo que tendré que desempeñar el papel de árbitro. ¿De qué se trata esta vez?

-Rob afirma que la señora Dewaiter es una viuda rica -comenzó Jack, el inglés-. Yo digo que está divorciada.

-Es viuda -empezó el primer oficial, cruzando los brazos-. Una viuda hermosa y rica.

-La señora Dewaiter-musitó Rosalie.

-Alta -explicó Jack-. Pelo rojo, corto y bien arreglado.

Rosalie imaginó a la mujer que había visto fugazmente la noche anterior en el casino.

-¿Viuda o divorciada? -inquirió, acostumbrada a las discusiones entre los dos hombres-. ¿Llevaba anillos?

-Exacto -corroboró Rob con una mueca a su compañero-. Llevaba anillos. Las viudas los llevan.

-Y también los primeros oficiales con la cabeza hueca -señaló Jack, indicando el sello que había en la mano de Rob.

-La cuestión es -interrumpió Rosalie antes de que Rob pudiera replicar-, ¿qué clase de anillo? ¿Una banda sencilla de oro? ¿Uno con alguna piedra preciosa?

-Un pedazo de hielo tan grande como el huevo de una gallina -informó Rob, con otra mueca hacia Tack- Viuda rica.

-Divorciada -contradijo Rosalie, desinflando su burbuja de felicidad-. Lo siento, si hacemos caso de los porcentajes, Rob, es la respuesta más factible. Los huevos de gallina rara vez se llevan por motivos sentimentales -después de consolarlo con una palmadita en la mejilla, lo saludó con formalidad-. ¡Permiso para bajar a tierra, señor!

-Lárgate -la empujó-. Ve a comprarte un colchón de paja.

Riendo, ella descendió por los estrechos escalones de hierro.

El sol brillaba, el aire era húmedo y templado. Rosalie regateó con unos niños que estaban vendiendo collares de caracolas en el muelle y llegó a la conclusión de que al final no iba a ser un mal día. Disponía de horas para hacer lo que había planeado en uno de los puntos turísticos más bonitos de las Bahamas.

-Tres dólares -le dijo el niño negro delgado, extendiendo un puñado de collares. Solo llevaba puestos unos pantalones cortos y un medallón que mostraba signos de oxidación. Su compañero tenía un mp3 mientras se movía con elasticidad al ritmo del reggae.

-Pirata -manifestó Rosalie de buen humor-. Un dólar

El niño sonrió al percibir a una regateadora hábil,

-Oh, hermosa dama -comenzó con su melódica voz-. Si pudiera, le entregaría el collar únicamente a cambio de su sonrisa, pero entonces mi padre me pegaría.

-Sí, puedo ver lo mucho que han abusado de ti-enarcó una ceja-. Un dólar y cuarto.

-Dos cincuenta. Yo mismo recogí las caracolas y las uní a la luz de una vela.

Rosalie rio y movió la cabeza.-Lo próximo que me dirás es que te enfrentaste a un grupo de tiburones.

-No hay tiburones cerca de nuestra isla, señorita-manifestó con orgullo-. Dos dólares americanos.

-un dólar Y medio porque admiro tu imaginación

-metió la mano en la mochila y sacó la cartera. El dinero desapareció de sus manos y fue a parar al bolsillo del niño en un abrir y cerrar de ojos.

-Por usted, hermosa dama, me arriesgaré a recibir una paliza. Rosalie eligió un collar, luego le dio otra moneda de un cuarto.

-Pirata -murmuró mientras él le sonreía. Se pasó la mochila al hombro y se alejó.

Fue en ese momento cuando lo vio, de pie en el muelle. No se sorprendió tanto como habría esperado, aunque de algún modo sabía que lo encontraría. Llevaba puesta una camiseta de color beige que hacía que su piel pareciera casi cobriza y unos pantalones vaqueros cortos y gastados que resaltaban sus piernas finas y musculosas. A pesar de que el sol brillaba con intensidad, no lucía gafas; no daba la impresión de necesitarlas. Justo cuando debatía consigo misma si pasar a su lado sin hablarle, él fue a su encuentro. Se movía con la gracilidad de un cazador...

«un hombre», pensó sin motivo específico, «más acostumbrado a la arena o la hierba que el asfalto».

-Buenos días -Emmet le tomó la mano como si el encuentro hubiera sido pactado,

-Buenos días -respondió con frialdad, retirando la mano para no ofrecerle ninguna satisfacción,

-¿No ha contratado ninguno de los recorridos con guía?

-No. No me gusta que me dirijan -comenzó a caminar hacia la ciudad al lado de Rosalie.

Ella contuvo una réplica furiosa y habló con una voz calculadamente amable.

-Varios de los recorridos merecen la pena. De ver-dad que son el mejor modo de conocer la isla en el periodo de tiempo limitado que permanecemos en puerto,

-Tú ya has estado aquí -indicó-. ¿Por qué no me la muestras?

-Estoy fuera de servicio -expuso con sequedad-. Y me voy de compras,

-Bien. Como ya has empezado -miró el collar que aún llevaba en la mano-, ¿adonde quieres ir ahora?

Rosalie decidió abandonar por completo la diplomacia.

-Por favor, ¿quiere dejarme en paz? Pretendo disfrutar del día.

-Y yo.

Él se detuvo y se volvió hacia ella.

-¿Nunca has oído que los americanos permanecen juntos en suelo extranjero? -preguntó al quitarle el collar de los dedos y pasárselo por la cabeza,

-No -respondió, deseando no tener tantas ganas de sonreír,

-Te lo explicaré mientras damos un paseo en un coche de caballos,

-Voy a ir de compras -le recordó mientras la conducía a la ciudad.

-Después del paseo tendrás una idea mejor de lo que quieres comprar.

-Emmet -igualó su andar porque era mejor que ser arrastrada-. ¿Aceptas alguna vez un no por respuesta.

-No que recuerde -contestó después de pensar selo.

-Ya me lo parecía -musitó, y se detuvo para observarlo fijamente.

-De acuerdo, probemos de esta manera. Si sale cara, damos un paseo, si sale cruz, te vas de compras

-metió la mano en el bolsillo y extrajo una moneda.

-Probablemente sea una moneda con dos caras

-dijo al mirarla con el ceño fruncido.

-Jamás hago trampas -manifestó Emmet con solemnidad al sostener la moneda entre los dedos pulgar e índice para que ella la examinara.

«Puedo negarme y seguir mi camino», reflexionó Rosalie, pero descubrió que asentía. Las probabilidades estaban niveladas. Con un movimiento diestro de la muñeca, Emmet hizo que la moneda diera vueltas en el aire, la atrapó y la plantó sobre el dorso de su otra mano. Cara. De algún modo ella había sabido que iba a salir cara.

-Nunca hay que apostar contra la banca –musitó Rosalie mientras subía al coche.

Cuando el caballo emprendió su pausado trote, mantuvo un silencio digno... durante unos treinta segundos. Conociéndose bien, se vio obligada a reconocer que si no hubiera querido subir al coche, no lo habría hecho. No sin oponer resistencia. De modo que en vez de un silencio digno, dejó la mochila en el suelo, prescindió del encanto de la calle estrecha y miró a su acompañante,

-¿Qué haces aquí?

-Disfrutar del paseo -pasó un brazo por el respaldo del asiento y jugueteó con el pelo de ella.

-Basta de respuestas evasivas, Emmet. Querías mi compañía y la tienes, a menos que decida gritar que me has atacado y salte del coche,

La observó un instante, primero con curiosidad, luego con admiración. Sabía que lo haría. Bajó los dedos hasta su nuca.

-¿Qué quieres saber?

-¿Qué haces en el Cekbmtiotó -exigió, apartándose del placer que le provocaban sus dedos-. No me das la impresión de ser el tipo de hombre que haría un crucero tropical para relajarse,

-Un amigo me lo recomendó. Me sentía desasosegado y él se mostró persuasivo -volvió a acariciarle el cuello.

- ¿Qué haces tú en el Celébrate?

-Trabajar en las mesas de blackjack.

-¿Por qué?

-Me sentía desasosegada -a pesar de sí misma, sonrió,

El conductor del coche inició su monólogo sobre los puntos más bonitos de la isla, pero notó que la pareja solo estaba interesada en sí misma. Chasqueó la lengua para avivar el paso del caballo y guardó silencio,

-De acuerdo, ¿de dónde eres? -preguntó Rosalie, buscando un punto de partida-. Tengo la costumbre de situar a la gente por su acento, pero contigo no lo consigo.

-Viajo -sonrió de manera enigmática.

-Originalmente -insistió, entrecerrando los ojos ante la evasiva.

-Nevada.

"Las Vegas – Rosalie asintió-. Has pasado algún tiempo allí. Imagino que es la ciudad adecuada para las personas con habilidades específicas -al ver que él se encogía de hombros, estudió su perfil-. ¿Y es así como te ganas la vida? Jugando?

-Sí -giró la cabeza para mirarla a los ojos-. ¿Por qué?

-Anoche solo había dos jugadores en la mesa -repuso-. El hombre de Georgia y tú, aunque él era menos profesional.

-¿Y los otros? -preguntó con curiosidad.

-Oh, al texano le gusta el juego; no se concentra tanto en él. La rubia de Nueva York se considera una jugadora -debido al suave movimiento del coche, sonrió y se relajó-. Pero no logra retener las cartas ni las probabilidades. Terminará por perder mucho o ganando por suerte. El hombre de Nueva York observa las cartas pero no sabe cómo apostar. Tú posees la concentración que distingue a un jugador de un aficionado.

-Una teoría muy interesante -reflexionó. Con un dedo bajó las gafas de ella por el puente de su nariz para poder verle los ojos sin ninguna barrera.

- ¿Tú Juegas, Rosalie?

-Depende del juego y de las probabilidades -informó, subiéndose otra vez las gafas-. No me gusta perder -por la expresión de los ojos de él, se dio cuenta de que no hablaban de cartas, sino de un Juego mucho más peligroso.

Con una sonrisa, Emmet se reclinó y señaló hacia su derecha con la mano.

-Tienen unas playas bonitas aquí.

-Mmmm.

Como si fuera la señal esperada, el conductor reanudo su guión, y les ofreció un comentario sobre la isla hasta que los llevó de vuelta al punto de partida. Las calles ya se habían llenado de gente, la mayoría turistas con bolsas de compras y cámaras. Ambas aceras estaban alineadas con tiendas, algunas con las puertas abiertas, todas con los escaparates a rebosar,

-Bueno, gracias por el paseo - Rosalie comenzó a bajar, pero Emmet le rodeó la cintura con las manos y la alzó con sostuvo a unos centímetros del suelo mientras ella se aferraba a sus hombros para estabilizarse. Su poco peso lo sorprendió, haciendo que comprendiera que su sexualidad y estilo lo habían cegado a la realidad de lo pequeña que era. De pronto sus dedos se tornaron delicados al depositarla en el suelo.

-Gracias -logró decir después de aclararse la garganta-. Que tengas un buen día.

-Eso pretendo -afirmó al tomarle otra vez la mano.

-Emmet... -respiró hondo. Decidió que había llegado el momento de plantarse. Ese breve instante en que la había sostenido le recordó lo tonta que había sido en relajarse incluso un momento-. Acepté dar un paseo en coche contigo, pero ahora me voy de compras.

-Perfecto. Te acompañaré,

-Busco regalos, Emmet-trató de desanimarlo-. Ya sabes, camisetas, gorras. Te aburrirás,

-Nunca me aburro,

-Esta vez, sí -comentó al avanzar por la calle, con las manos aún unidas-. Te lo prometo,

-¿Qué te parece un cenicero que ponga Bienvenidos a Nassau? -sugirió él.

Con valor, Rosalie contuvo la risa.

-Voy a entrar aquí -indicó, deteniéndose en un impulso ante la primera tienda que encontraron. Y pensaba detenerse en todas las tiendas de Bay Street hasta que consiguiera volverlo loco. Cuando la mochila contuvo llaveros musicales, diversas camisetas y cajas hechas de caracolas Rosalie, ya había olvidado que su deseo había sido deshacerse de él. La hacía reír... la seducción más delicada. Para un hombre al que instintivamente había catalogado como solitario, Emmet era una compañía agradable.

Al rato no solo había dejado de sentirse molesta, sino que desterró toda cautela.

-¡Mira! -alzó un coco hueco tallado con la forma de una cabeza sonriente.

-Elegante -comentó él, examinándolo.

-Es ridículo, tonto -riendo, sacó la cartera-. Y perfecto para mi hermano. Caine también es ridículo... Bueno, no todo el tiempo -añadió con escrúpulos.

Los pasillos del mercadillo estaban atestados degente y de mercancías, pero no tanto para que Rosalie no pudiera abrirse paso en busca de tesoros. Al ver un gran bolso de paja, se lo señaló a Emmet . Este obedeció y se lo bajó.

-Es casi tan grande como tú -comentó cuando ella se lo quitó.

-No es para mí -murmuró, estudiándolo con minudosidad-. Mi madre borda mucho; le vendrá bien algo así.

-Está hecho a mano -comentó una mujer de piel oscura que fumaba una pipa en una mecedora-. Lo hice yo -añadió, palmeándose el generoso pecho-. En mi puesto no hay nada de Hong Kong.

-Tiene unas cosas preciosas –dijo Rosalie, aunque la mujer ya le interesaba más que el bolso, Alzando un gran abanico de hoja de palmera, la isleña comenzó a agitar el aire caluroso con gesto majestuoso. Rosalie quedó fascinada al ver un anillo en cada uno de sus dedos,

-¿Le ha comprado algo bonito a su novia hoy? -le preguntó a Emmet con un resplandor de dientes blancos.

-No, todavía no -respondió antes de que Rosalie pudiera hablar-. ¿Qué me sugiere?

-Emmet...

-Mire -la mujer la interrumpió y señaló unas prendas de vestir a su derecha. Sacó una túnica de color crema llamada dashiki que lucía un reborde de osados puntos en tonos arco iris.

- Es especial -le dijo a él, poniéndosela en las manos-. Aquí lleva mucho color violeta, como sus ojos.

-Son azules -comenzó Serena-, y no soy...

-Veamos –Emmet la colocó delante de ella, observando el efecto a través de ojos entrecerrados-. Sí, te queda bien -decidió.

-Póngasela esta noche para su hombre -aconsejó

la mujer, que ya había empezado a doblarla para

guardarla en una bolsa-. Muy sexy.

-Una idea excelente -convino él mientras contaba billetes.

-Aguarde un momento - Rosalie le apuntó con la mano que todavía sostenía el bolso de paja

-No es mi hombre,

-¿No es su hombre? -la mujer soltó una carcajada y no paró de moverse hasta que la mecedora gimió en protesta-. Encanto, no cabe duda de que este es su hombre, no puede engañar a la séptima hija de una séptima hija. Desde luego que no. ¿Quiere también el bolso?

-Bueno, yo... -contempló el bolso de paja como si no tuviera idea de cómo había ido a parar a su mano.

-El bolso también -Emmet extrajo unos billetes más-. Gracias.

-Que disfruten de la isla -el dinero desapareció en su enorme mano mientras seguía meciéndose.

-Espere un...

Pero Emmet ya tiraba de ella.

-No puedes discutir con la séptima hija de una séptima hija, Rosalie. Quién sabe qué maldición te podría lanzar.

-Tonterías -afirmó, pero miró con recelo por encima del hombro hacia la mujer en la mecedora-. Y tú no puedes comprarme ropa, Emmet. Ni siquiera te conozco.

-Ya lo he hecho.

-Bueno, pues no deberías haberlo hecho. Y has pagado el bolso para mi madre.

-Dale recuerdos

Suspiró y entrecerró los ojos cuando salieron a la luz del sol.

-Eres un hombre muy difícil.

-¿Lo ves? Sí me conoces -le quitó las gafas de sol del sombrero y se las puso-. ¿Tienes hambre?

-Sí -sintió un tic en las comisuras de la boca y al final se rindió y se permitió sonreír-. Sí.

-¿Qué te parece un picnic en la playa? -preguntó, jugando con un dedo sobre la palma de la mano de ella. No resultaba fácil soslayar el hormigueo que había comenzado a subirle por el brazo, pero logró encogerse de hombros con indiferencia.

-Si tienes comida, si tienes transporte y si tienes alguna bebida fresca de la isla, podría estar interesada

-¿Algo más? -preguntó al detenerse para apoyarse en el capó de un Mercedes,

-No que se me ocurra ahora.

-Muy bien, vayamos entonces -sacó las llaves del coche y rodeó el vehículo para abrirle la puerta.

-¿Quieres decir que este coche es tuyo? -preguntó boquiabierta y con la mochila colgándole de los de dedos

-No, es el que he alquilado. Hay una nevera portátil en el maletero. ¿Te gusta el pollo frío? Cuando él dejó las bolsas en el asiento de atrás. Rosalie plantó las manos en las caderas.

-Estabas condenadamente seguro de ti, ¿verdad?

-Solo calculé las probabilidades -afirmó, luego le tomó la barbilla con una mano y le dio un beso leve en los labios-. Nada más.

Rosalie se sentó sin saber si admirar o detestar su descaro. Pensó que le gustaría descubrir qué otras cartas se guardaba en la manga.

Notó que Emmet conducía como hacía lo demás, con la serena arrogancia de quien sabe que tiene todo bajo control. Parecía aclimatado a ir por el carril izquierdo como si lo hiciera a diario.

Pasaron bajo las hojas grandes de los almendros y junto a vides verdes que en un mes estarían maduras. El viento mecía las ramas con las flores del naranjo típicas de la isla. Él no habló, y una vez más Rosalie notó su extraña y admirable capacidad para el silencio. Sin embargo, más que tranquilizador, resultaba excitante.

Mientras dejaban atrás los bonitos hogares coloniales de los ricos en dirección a las playas públicas, se le ocurrió que una relajación verdadera era algo que no se experimentaría a menudo junto a un hombre como Emmet McCarthy. Aunque de inmediato se dijo que tampoco era algo que ella buscara. se volvió en el asiento y cambió la belleza tropical de Nassau por los rasgos atractivos y casi aguileños de él Era un Jugador. Un conocido de a bordo. Tenía mucha experiencia con ambas cosas como para confiar en que pudiera surgir una relación profunda Y duradera. No obstante, consideró que si iba con cuidado, podría disfrutar de su compañía unos días.

¿Qué daño Podría causarle llegar a conocerlo un Poco más, en pasar algo de tiempo libre con él? No era como algunas de sus compañeras en el casino, que se enamoraban y desenamoraban o perdían el corazón por alguno de los pasajeros para sentirse desdichadas y destrozadas al final de un viaje.

Cuando una mujer había conseguido mantener su corazón de una pieza en veintiséis años, no iba a perderlo en diez días... «¿Verdad?»

Emmet se volvio Para ofrecerle una de sus miradas controladas y serias. Ella sintió mariposas en la garganta. Se prometió que iba a tener mucho cuidado, como " si atravesara un campo de minas.

-¿En que piensas?

-En bombas -respondió-. Bombas mortales, camufladas -le sonrió con inocencia-. ¿Vamos a comer pronto? Me muero de hambre.

Después de observarla unos momentos, se desvió fuera del camino.

-¿Qué te parece aquí?

Rosalie contempló la arena blanca y el azul intenso del océano.

-Perfecto -bajó del coche y aspiró una profunda bocanada de aire fragante-. No lo hago a menudo. Cuando el barco se encuentra en un puerto, por lo general dedico el tiempo a recuperar el sueño o lectura atrasada, o intento broncearme un poco en la cubierta. He olvidado el número de veces que hemos atracado en esta isla.

-¿No entraste a trabajar en el barco por los viajes?

-del maletero sacó una nevera pequeña y una manta doblada.

-No, en realidad lo hice por la gente. Quería averiguar cuántas clases de personas había en el mundo -se quitó las sandalias para sentir la arena caliente bajo los pies-. En el barco somos más de quinientos tripulantes, y solo diez son estadounidenses. Te sorprendería la variedad de gente que conoces. Es como una O.N.U. flotante -le quitó la manta de debajo del brazo, la abrió y dejó que el viento la inflara-. He repartido cartas a jugadores de todos los continentes -se sentó al estilo indio en el borde de la manta-. Echaré de menos eso.

-¿Lo echarás de menos? -se dejó caer a su lado

-¿Vas a dejarlo?

Se quitó la gorra y se soltó el pelo.

-Es hora. Quiero pasar un tiempo con mi familia antes de hacer otra cosa.

-¿Qué tienes en mente?

-He estado pensando en un hotel casino -frunció los labios pensativa. Era un proyecto que quería tratar pronto con su padre. Él sabría el mejor modo para financiar la propiedad y un edificio.

-Ya has tenido la experiencia -musitó él, creyendo que pensaba en solicitar un puesto como croupier-, La única diferencia sería que estarías en tierra firme -de pronto tuvo una idea, pero decidió esperar antes de planteársela-. ¿Dónde vive tu familia?

-¿Mmm? Oh, en Massachusetts -miró la nevera-Aliméntame -cuando Emmet abrió la tapa, notó que las servilletas y los cubiertos eran del barco-. ¿Cómo lo has conseguido? -quiso saber- La cocina tiene la política de no preparar picnics para los pasajeros.

-Los soborné -repuso con sencillez al pasarle un muslo de pollo.

-oh -dio un buen mordisco-. Buena idea. ¿Qué has traído para beber?

En respuesta, Emmet sacó el termo y dos vasos de plástico con el logotipo del barco.

-¿Cómo está el pollo?

-Estupendo. Come -aceptó el vaso con un líquido oscuro y bebió con cautela. Era una bebida

afrutada, suavizada con ron de la isla-. Oh, la especialidad del Celebration -miró pensativa el vaso-por lo general acostumbro a no acercarme ni a un metro de esto.

-Estás de Permiso -le recordó, sacando una pieza de pollo de la nevera.

- Y quiero vivir para contarlo -murmuró. Por el momento se concentró en el pollo y en el placer de no tener que hacer otra cosa más que disfrutar de la brisa.

-Habría imaginado que las playas estarían más concurridas –comentó Emmet.

-Mmm - Rosalie asintió mientras bebía otro trago-. La mayoría de los turistas que no ha salido

de compras se encuentra en excursiones guiadas o buceando del otro lado de la isla. Además, aún no es la temporada alta -gesticuló con el muslo antes de dejarlo caer sobre la servilleta-. En plena temporada no las verás tan tranquilas. Aunque hay mucho que ver y hacer en Nassau además de bañarte y tomar el sol.

-Mmm -la observó quitarse un poco de arena del muslo-. Eso dijo el conductor del coche.

-Me sorprende que no te hayas trasladado en ferry a Paradise Island para ir al casino.

-¿Sí? -se inclinó y tomó un mechón de pelo en la mano-. No es el único juego de la ciudad.

Emmet le rozó los labios con la intención de darle un beso fugaz y juguetón. Pero la intención se evaporó al probar su sabor cálido y maduro.

-¿Cómo he podido olvidar lo mucho que te deseo? -susurró, luego ahogó la respuesta apagada de ella con una presión dura. Introdujo la lengua entre sus labios para separarlos con destreza mientras la pegaba a la manta.

Al sentir el cuerpo musculoso contra ella. Rosalie quiso objetar pero, como por voluntad propia, sus brazos lo rodearon y lo acercó, mientras su boca comenzaba una búsqueda ávida de la de Justin.

El sol se filtraba a través de las hojas de la palmera bajo la que se encontraban, centelleando sobre los párpados cerrados de Serena hasta que solo fue una bruma roja danzando delante de sus ojos. Él la besó como nunca antes lo habían hecho, con labios, dientes y lengua, mordisqueando, devorando, seduciendo, poseyendo. Sus bocas se unieron en un sabor más poderoso que el ron que habían probado.

Un gaviota voló hacia el mar mientras emitía un prolongado grito que ninguno de ellos oyó. Cuando Emmet le pasó las manos por los brazos, ella sintió el contacto en cada centímetro del cuerpo. Sus pechos lo anhelaron; sus muslos temblaron. En su deseo de que lo imaginario fuera real, gimió y se movió bajo él en invitación.

Emmet apartó los labios y los posó en el cuello de Rosalie mientras intentaba aferrarse al fino borde de la razón. La deseaba, quería sentir la piel suave encenderse y humedecerse bajo sus manos. Quería tocar cada curva sutil y sentir todas sus pulsaciones y saborearla hasta que ambos enloquecieran.

Cuando las manos de ella se movieron por su espalda, el deseo lo desgarró con una profundidad que jamás había experimentado y luchó por recordar que no se hallaban en una habitación oscura y a solas. Nunca una mujer lo había llevado tan lejos con solo un beso. Unicamente podía pensar hasta dónde lo arrastraría cuando fuera libre para tomarla por entero. Mordisqueando y succionando, subió la boca hasta la oreja de ella.

-Vuelve ahora conmigo, Rosalie -lamió el lóbulo antes de atraparlo entre los dientes-. Regresa conmigo a mi camarote. Te deseo.

Las palabras parecieron flotar hasta la conciencia de ella y a punto estuvieron de perderse antes de comprender su significado.

-No -al oír la protesta débil, trató de reforzarla-. No -repitió, apartándose de él. Se sentó y cruzó los brazos en torno a las rodillas hasta que su respiración se serenó-. No -dijo por tercera vez-. No tienes derecho a... a...

-¿A qué? –exigió Emmet, girándole la cara con las manos para que lo mirara-. ¿A desearte o a mostrarte lo que tú deseas de mí?

Los ojos de él en ese momento se veían encendidos y enfadados. Rosalie recordó la primera impresión de implacabilidad y contuvo un temblor antes de apartarle las manos.

-No me digas lo que deseo -soltó-. Si estás interesado en una pequeña aventura a bordo, ve a buscar a otra mujer. Seguro que no te costará encontrarla -se puso de pie y se dirigió con furia hacia el mar. Él la agarró del brazo y la obligó a darse la vuelta.

-Y tú no me digas en lo que estoy interesado -ordeno-. Ni siquiera sabías dónde nos encontrábamos. Podría haberte tomado en una playa pública.

-¿De verdad? -echó la cabeza atrás, airada porque hubiera dicho la verdad-. Bueno, pues si estás tan seguro, ¿por qué no lo hiciste?

-Por lo general, me gusta la intimidad, pero sigue empujándome y tal vez haga una excepción.

-Y los cerdos volarán -manifestó al volverse por segunda vez hacia el agua. Apenas se había mojado los pies cuando él volvió a aferraría. Durante un instante Rosalie pensó si había calculado mal. La furia que había en los ojos de él no era algo con lo que se pudiera jugar, pero nunca había tenido mucha suerte en controlar su propio temperamento una vez que pasaba de un punto determinado. Cuando Emmet la pegó a su cuerpo, lo maldijo.

El quería volver a aplastar esa boca ardiente y furiosa. El deseo lo atravesaba a la misma velocidad que su enfado, y uno alimentaba al otro. Sabiendo cuál sería el resultado si cedía a lo primero, optó por lo segundo. Rosalie aterrizó en la playa sobre el trasero.

Primero se sintió dominada por el asombro, luego por la ira. -¡Tú... tú... animal! -se incorporó y se lanzó sobre él, centrada en la venganza. Pero cuando la sujetó por los brazos para apartarla, Emmet sonreía.

-¿Me creerías si te dijera que estás preciosa cuando te enfadas?

-Vas a pagar por esto, Emmet McCarthy -el agua no había enfriado su mal humor. Con los brazos inmovilizados, trató de darle una patada, pero solo consiguió terminar en el agua otra vez, enredada con él-. ¡Quítame las manos de encima! -lo empujó, se hundió y salió a la superficie escupiendo-. ¡Nadie provoca a un Cullen y se sale con la suya!

En su intento por evitar que los ahogara a los dos, sintió que su mano conectaba con un pecho. Al siguiente instante descubrió que volvía a apoderarse de la boca de ella mientras la acariciaba a través de la camiseta mojada. Aunque oyó el gemido de Rosalie, esta no dejó de debatirse, sumergiéndolos otra vez. El probó sal, y los labios de ella; notó los muslos esbeltos pegados a los suyos mientras rodaban bajo la siguiente ola. Con una risa ahogada, la oyó maldecirlo de nuevo al aspirar una bocanada de aire. Luego el oleaje juntó sus cuerpos. Cuando la marea se retiró, quedaron medio cubiertos por el agua y con la respiración agitada.

-¿Cullen? -repitió de pronto, moviendo la cabeza para despejarla y salpicar la cara de ella-. ¿Rosalie Cullen?

Ella también se apartó el pelo mojado de los ojos y trató de pensar. El cuerpo le palpitaba con la poderosa combinación de furia y deseo.

-Sí. Y en cuanto recuerde algunas de esas maravillosas maldiciones, te las voy a soltar todas.

Por primera vez notó sorpresa absoluta en el rostro de él. Tuvo el efecto de evaporar su ira y sustituirla por desconcierto. Entonces Emmet entrecerró los ojos para estudiar sus facciones. Ella le devolvió el escrutinio, para sentirse más confusa cuando lo vio sonreír. Uniendo sus frentes, Emmet soltó una carcajada.

El sonido era contagioso, pero cuando empezó a responder, notó el bulto incómodo de arena y caracolas que se clavaba en su espalda.

-¿Qué te resulta tan gracioso? -exigió-. Estoy empapada y llena de arena. Las caracolas me han arañado y no he acabado el almuerzo.

Sin dejar de reír, él levantó la cabeza y le dio un beso fraternal en la punta de la nariz.

-Pregúntamelo en otra ocasión. Vamos, limpié-monos y comamos. Rosalie Cullen.

Emmet movió la cabeza al abrir el armario estrecho para sacar una camisa. Era la primera vez en años que quedaba tan desconcertado. Cuando un hombre se ganaba la vida gracias a su ingenio, no podía permitirse el lujo de que lo sorprendieran a menudo.

Resultaba extraño que no hubiera notado el parecido familiar, aunque ella tenía poco en común físicamente con su padre enorme, de facciones generosas y pelo rojizo. Rosalie era más una versión moderna de la pequeña miniatura pintada que Carlisle guardaba en la biblioteca. Pensó en todas las veces que había ido a la fortaleza de Hyannis Port en el transcurso de los añ, tal como la llamaba la familia, siempre había estado en la universidad. Por algún motivo, se había hecho una imagen de una estudiante flacucha y con gafas, con el pelo encendido de Carlisle y la excéntrica dignidad deEsme. No cabía duda de que Rosalie Cullen era toda una sorpresa.

«Es extraño que tenga un trabajo que apenas sirva para pagar su alojamiento y comida cuando tiene fama de poseer un coeficiente intelectual que rivaliza con el peso de su padre y suficiente capital para comprar un transatlántico como yate personal», pensó, Pero los Cullen eran una familia extraña y obstinada, propensa a lo inesperado.

Durante un momento se quedó quieto, desnudo de cintura para arriba, la camisa colgando olvidada de sus dedos. Su torso era cetrino y esbelto, con la piel tersa y, a la izquierda, con una cicatriz de quince centímetros. Recordó. La primera vez que conoció a Carlisle Cullen,

Emmet tenía veinticinco años. Un golpe de suerte le había proporcionado suficiente dinero para comprar la parte de su socio en un pequeño hotel en la avenida principal de Las Vegas. Emmet quería ampliarlo. Para eso necesitaba financiación. Por lo general los bancos se mostraban reacios a la hora de prestar grandes cantidades de dinero a hombres que se habían ganado la vida con una baraja de cartas. Además, a Emmet no le interesaban los banqueros, con sus manos cuidadas y voces secas. Y el indio que levaba dentro tenía poca fe en una promesa plasmada en papel. Entonces oyó hablar de Carlisle Cullen.

Con sus propios medios, Emmet investigó al mago do la bolsa y financiero. Obtuvo la imagen de un escocés duro y excéntrico que establecía sus propias reglas, y ganaba. Se puso en contacto con él, durante un mes perdió el tiempo por teléfono y papel, luego realizó su primer viaje a la fortaleza de Hyannis Port.

Carlisle operaba desde su hogar. No le gustaban los edificios de oficinas, donde se dependía de los ascensores y las secretarias. Había comprado su inmensa propiedad cerca del mar con el dinero ganado primero con su espalda y luego con su mente.

Carlisle no tardó en darse cuenta de que podía ganar más, de manera muy satisfactoria, con la mente. Entonces había levantado un hogar y un imperio a su gusto.

Era una mansión enorme, con amplios corredores y habitaciones espaciosas. A Carlisle no le gustaban los lugares reducidos. La primera impresión que recibió Emmet cuando lo condujeron a la sala de la torre que cumplía las funciones de despacho fue de solidez física... e ingenio.

-Así que usted es McCarthy-Daniel tamborileó los dedos sobre la mesa que había sido tallada de una secuoya gigante de California.

-Sí. Y usted es Cullen.

-El mismo -una sonrisa dividió la cara ancha-Siéntese, muchacho -Daniel no notó ningún cambio de expresión ante el empleo de ese vocablo, y cruzó las manos sobre el pecho cuando Emmet se sentó. Le gustaba cómo se movía el otro; había juzgado a hombres por menos-. De modo que quiere un préstamo.

-Le ofrezco una inversión, señor Cullen-corrigió Emmet con frialdad. El sillón estaba diseñado

para tragarse a un hombre. Se sentó con una relajación que solo acentuaba su presteza para saltar-. Con mi propiedad como garantía, desde luego.

-Mmm –Carlisle juntó las yemas de los dedos mientras continuaba estudiando al hombre que tenía frente a él. Al observar sus rasgos aristocráticos, llegó a la conclusión de que no se trataba de un hombre simple. Frío, controlado, potencialmente violento. Sangre comanche, sangre de guerreros, pero no un pendenciero. El propio Carlisle descendía de buenos guerreros

- Mmm -repitió-. ¿Cuál es su valor?

Por la mente de Emmet pasó una réplica airada, pero se contuvo. Recogió el maletín.

-Tengo los informes financieros, las evaluaciones y todo eso.

Carlisle emitió una risa fuerte y movió la mano. -¿Cree que habría llegado tan lejos si no conociera todos los números que figuran ahí? ¿Qué me dice de usted? -exigió-, ¿Por qué debería prestarle dinero? Emmet dejó otra vez el maletín en el suelo.

-Pago mis deudas.

-No duraría mucho en el negocio si no lo hiciera.

-Y le haré ganar mucho dinero.

-Tengo dinero, muchacho –Carlisle volvió a reír y los ojos se le humedecieron.

-Solo un tonto no quiere más -respondió Emmet con ecuanimidad, y Carlisle dejó de reír.

-Tiene toda la razón -asintió, reclinándose en el sillón. Con una sonrisa, dio una palmada a la mesa-. ¿Cuánto necesita para arreglar el agujero que tiene en la pared?

-Trescientos cincuenta mil dólares -anunció Emmet sin parpadear.

Carlisle sacó una botella de whisky de un cajón del escritorio y una baraja de cartas. -Póquer abierto.

Jugaron durante una hora, hablando únicamente para apostar. Desde algún lugar de la casa a Emmet le llegó el eco del gong de un reloj de péndulo. En una ocasión alguien llamó a la puerta. Carlisle soltó un grito y no volvieron a molestarlos. El aroma del cigarro de Emmet se mezclaba con el del whisky y con la fragancia de las rosas que había en la repisa de la ventana. Después de perder mil quinientos dólares, Carlisle volvió a apoyarse en el respaldo del sillón.

-Necesitará accionistas.

-Acabo de deshacerme de un socio -apagó el cigarro-. No quiero a otro.

-Accionistas, muchacho -Carlisle apartó las cartas-. Si quiere ganar dinero, primero tiene que distribuirlo. Un hombre que juega como usted debería saberlo -con los ojos de un azul pálido sobre Emmet, meditó un momento-. Le prestaré el dinero y compraré una participación del diez por ciento. Es usted inteligente, quédese con el sesenta y reparta el resto -después de agitar el whisky en la copa, se lo acabó de un trago y sonrió-. Va a ser rico.

-Lo sé. La risa sonora de Carlisle agitó las ventanas.

-Quédese á cenar -dijo, levantándose. Emmet se quedó y se hizo rico. Rebautizó el hotel con el nombre de Comanche, luego lo convirtió en uno de los mejores hoteles casino de Las Vegas. Compró una propiedad hundida en Tahoe y repitió el éxito. A los diez años, tenía cinco prósperos hoteles de juego e intereses en diversas empresas distribuidas por el país y Europa. Diez años después de su reunión en el despacho de la torre, Emmet había asistido docenas de veces a la mansión Cullen, recibido a Carlisle y Esme en sus hoteles y pescado con sus hijos. Pero jamás había conocido a la hija.

-Es una chica brillante -diría Carlisle de vez en cuando-. Pero no quiere sentar la cabeza. Necesita a un buen hombre... deberías conocerla.

Y Emmet se había mantenido al margen de los intentos poco sutiles por emparejarlos. O eso había creído.

-El viejo diablo -murmuró al ponerse la camisa. Había sido Carlisle quien lo había empujado a realizar el crucero. Había insistido en que se alejara de la presión. Dijo que no había nada como el aire de mar y mujeres medio desnudas para relajar a un hombre. Debido al desasosiego que lo había dominado, Emmet se lo pensó, y luego había caído en la trampa cuando Carlisle le envió el billete, pidiéndole que le llevara una caja de whisky escocés de la tienda libre de impuestos.

«De modo que el viejo pirata no ha olvidado sus trucos», pensó, divertido. Carlisle sabía que pasaría tiempo en el casino de a bordo, y el resto lo dejó al azar. Riendo, comenzó a abotonarse la camisa. «Al azar con una baraja marcada». ¿Qué diría el viejo si supiera que su amigo y socio aquella tarde había estado luchando con su hija con la idea de llevársela a la cama? Exasperado, se alisó el pelo. La hija de Carlisle Cullen. Santo Dios.

Sacó la chaqueta del armario y cerró de un portazo. Si la hubiera seducido, el viejo diablo se lo tendría merecido. Y también si la evitara el resto del viaje y jamás mencionara una palabra de que la había llegado a conocer. Eso haría que el escocés se subiera por las paredes. En el espejo vio el reflejo de un hombre delgado y cetrino vestido de negro y blanco.

-Y si piensas que puedes mantenerte lejos de ella, es que estás loco -musitó.

Hl!

Gracias a todos los que dejan Review

Como a los que me tienen en alerta, favoritos…

Eso me demuestra que no lo hago en vano.

Siento mucho la espera, pero los exámenes de evaluación y las salidas

Ocupan casi todo mi tiempo libre. Sobre todo ahora que empieza el veranito xd

Y empezamos con las fiestas y San Juan que está en la puerta de la esquina ya!

Bueno no me entretengo más

Gracias por leer y hasta la próxima

*Candy Of Raspeberry*