Una vez más, mil gracias a Charlaine Harris por sus personajes.


3.

Había quedado como un capullo. Después de la exhibición de poder, le acabé rogando que se quedara. Lo dicho, un capullo, porque se fue igualmente, después de recordarme que no éramos nada, que nosotros estábamos a otro nivel, éramos algo que no acababa de definir pero no era ni amigo ni novio, que era lo único que permitiría que se quedara. Menuda mierda...

Me duché y me fui al club, tenía que sacarme a esa dichosa mujer como fuese de la cabeza, pensar lo menos posible y, bueno, ventajas de tener un bar, lleno de alcohol y mujeres. En cuanto Pam me vio entrar se imaginó que había problemas y en un abrir y cerrar de ojos la tuve a mi lado.

_ Qué mala cara tienes, ¿se puede saber por qué estás como el culo?

_ Hola, Pamela – apreté los dientes-, yo también me alegro de verte.

_ Sí, sí, sí. Ahora dime qué te ha pasado.

_ Nada.

_ Mira, Northman, no me vengas con tonterías, ¿eh?, que te conozco como si te hubiese parido...

_ El problema, Pamela, es que no ha pasado nada.

_ ¿Tu lío se ha ido y no te ha dejado contento? – su expresión era divertida.

_ Algo así...

_ ¿Ha sido un mal polvo y te has quedado con ganas de más? – puso los ojos en blanco-. Serás idiota, será por tías a las que se le caigan las bragas a tu paso...

_ Pam, no quiero una a la que se le caigan, quiero una a la que tenga que quitárselas – hice una pausa-. Y respondiendo a tu pregunta, ha sido uno de los mejores polvo de mi vida – admití sorprendido.

_ Dime que no te has enamorado de alguien que no conoces.

_ No estoy enamorado de ella, me gustaría conocerla. Es distinto.

_ ¿No has pensado que hay una razón para que no la conozcas? ¿Que, quizá, ella no quiere?

_ Ella no es así...

_ Así, ¿cómo? – me dio una colleja-. Si no la conoces.

Me dejó en el despacho mirando la puerta por la que se había ido, dándome cuenta de que era verdad. No la conocía, no sabía nada de ella. Mi ego herido se quiso convencer de que ella quería quedarse pero algo o alguien se lo impedía. El martes intentaría saber algo de ella, necesitaba saber, pero aún faltaba mucho para que llegase. Me senté ante mi mesa y me puse a hacer algún papeleo para entretener mi mente de la mujer que la rondaba. Más fácil decirlo que hacerlo. Me llevé las manos a la cabeza lleno de frustración, esto no debería ser así. Nosotros nos follábamos y ya, debía volver a ese punto en el que lo que quería era sentirme dentro de ella porque era el mejor polvo que había tenido en mi vida y ya llevaba unos cuantos. Por vacío que me pareciera, era así. Eso era lo que yo hacía, con ella y con las demás. No quería una relación seria, ya la había tenido y no había funcionado, no necesitaba equivocarme otra vez, no necesitaba la angustia ni los problemas que acarreaba una pareja. Ni las mentiras...

Me levanté y salí al bar. Ginger me vio y al instante se presentó con una cerveza. Bendita rubia, las dos, que Ginger era ingenua y no muy lista pero era buena persona y mi empleada favorita. No que lo fuese a confesar en voz alta, que las burlas de Pam no acabarían nunca. Me relajé en mi mesa mientras daba un trago largo a mi cerveza, mirando el panorama. Un mar de mujeres bellas y deseosas de que las mirase y hablase con ellas, ¿quién se acordaba de Sookie? Suspiré. Yo... Pero no durante mucho tiempo, una pelirroja se abrió paso entre la multitud y se plantó delante de mí. Era guapa, pequeña, como Sookie, chasqueé la lengua con fastidio con la comparación, no, simplemente, pequeña y con media sonrisa lasciva. Se sentó conmigo y me miró como si el bar le perteneciera.

_ Me llamo Sophie Anne.

_ Encantado, Sophie Anne – me miró esperando que dijera mi nombre pero sonreí y me llevé la botella a la boca sin apartar los ojos de ella.

_ ¿Por qué estás solo?

_ Acabo de llegar, no me ha dado tiempo a hablar con nadie.

_ ¿Te importa si me quedo a hacerte compañía? – me reí.

_ ¿Si te digo que no, te irías?

_ No – confesó.

_ Pues quédate – le hice un gesto con la mano como si graciosamente se lo permitiera. Tenía que saber quién mandaba allí.

Me retrepé en mi asiento y la miré calibrándola. Vestía con ropa cara que, seguro que Pam que nos observaba desde la barra con gesto serio, sabría identificar de qué diseñador. Perfectamente maquillada y peinada. Mi mente me llevó al aspecto natural de Sookie, su rostro con poco maquillaje y su pelo rubio curvándose sobre sus hombros. Rechacé su imagen y me centré en la mujer frente a mí.

_ ¿Puedo preguntarte algo? – dijo al fin.

_ No, ¿puedo yo? – me miró levantando una ceja perfectamente perfilada y con expresión incrédula, nada acostumbrada a que le hablaran así. Habría que ver la expresión ante lo siguiente-. ¿Qué quieres? Si para lo que estás aquí es para follar, no tenemos que darnos conversación, ¿para qué? ¿Para demostrarnos que no tenemos nada en común y que tampoco queremos tenerlo?

_ ¿Quieres acostarte conmigo? – una pequeña sonrisa de triunfo la iluminó.

_ No especialmente, no eres mi tipo, pero estás aquí y no creo que estés buscando otra cosa, ¿me equivoco?

_ Eres un poco borde, ¿no? – me encogí de hombros y una sonrisa cruel se dibujó debajo del rouge excesivo que llevaba-. Me gustas.

_ Como a todas...

_ Vamos – se levantó y me tendió la mano.

La vista se me fue a Pam que ahora ya si estaba alarmada. El móvil sonó con un mensaje, "ten cuidado con esa puta". Consejo que tendría en cuenta si me fuese a casar con ella pero desde que me la iba a follar sin compasión para quitarme a otra de la cabeza, no tenía mucho sentido. Me levanté sin cogerle la mano.

_ Espera aquí un momento – ordené y fui a mi despacho para coger un par de condones.

Quise ver si también obedecería como Sookie antes y me apoyé en la mesa mientras hacía tiempo. Al cabo de dos minutos, llamaron a la puerta. Suspiré y abrí. Era ella.

_ ¿No piensas salir? – murmuró con su voz nasal que ya empezaba a irritarme.

_ Te he dicho que esperaras – dije con tono seco. Debería haberle cerrado la puerta en las narices, pero salí y la llevé al almacén. Sophie Anne miró alrededor y arrugó la nariz.

_ ¿No estaríamos mejor en el despacho?

_ No, para lo que va a pasar – se giró y se colgó de mi cuello con intenciones de besarme. Se lo impedí-. Vamos a establecer algunas reglas, ¿te parece? Nada de besos...

_ ¿Quién eres, Julia Roberts? – se burló de mí.

_ Oh, Dios mío, qué graciosa – respondí secamente-. Yo sólo beso a quien quiero y a ti no me apetece – su sonrisa se desvaneció-. ¿Ves lo que tienes por hacerte la graciosa conmigo?

_ Eres un cabrón...

_ Y tú, libre de irte. Corrígeme si me equivoco, eres tú quien quiere esto, ¿no? Te has sentado a mi mesa, te he hablado claro y te has levantado para que lo hagamos. Hoy me has pillado de mal humor y no me caes muy bien por buena que estés. Así que date la vuelta y apoya la manos en la pared – me miró sorprendida-. Ahora.

Hizo lo que le dije y sonreí con desgana al saberme ganador en este pequeño tour de force que habíamos tenido. Pese a que le había dicho que nada de besos, me acerqué a su cuello y comencé a besuquearlo y mordisquearlo. Emitió un pequeño quejido de aprobación. Mis manos empezaron a recorrer su cuerpo y se detuvieron para juguetear un poco en sus pechos, pequeños y un poco desangelados. Me cogí a sus caderas y comencé a levantar su falda mientras mi lengua seguía en su cuello. Rompí su tanga y lo tiré a un lado y mis dedos se pasearon por ella. Se movía contra mi mano, siguiendo la dirección que tomaban mis dedos. Me sorprendió lo excitada que estaba porque tampoco me había esmerado mucho en los preliminares.

_ ¿Te gusta, Sophie Anne? – murmuré contra su nuca y ella asintió. Uno de mis dedos se perdió dentro de ella y gimió-. Te estoy preguntando, contesta.

_ Sí...

_ ¿Y si dejo de hacerlo? – intenté tomarle el pelo.

_ Solo si vas a sustituirlo por algo mejor... – me gustó lo que dijo, esa respuesta tendría premio.

Me abrí el pantalón y busqué un condón en mi bolsillo. Lo saqué de su envoltura y lo deslicé por mi erección. Cuando lo hube ajustado bien, volví a bromear con mis dedos pero rápidamente los cambié. Me cogí a sus caderas y comencé a embestir dentro de Sookie en la carne de esta mujer que ya no tenía nombre para mí. Cerré los ojos para poder conjurar mejor la imagen de mi amante y mi ritmo se aceleró. Mi mano se deslizó hasta su clítoris y comenzó a trazar frenéticos círculos sobre él. Al poco, su vagina comenzó a contraerse contra mi carne y animó mi eyaculación. Me apoyé en la pared y una voz irritante me devolvió a la realidad.

_ Tenían razón..., eres muy bueno, y eso que ni siquiera te has esmerado... – dijo con voz entrecortada.

Salí de ella con cuidado y me quité el condón. ¿Qué coño acababa de hacer? ¿Me había follado a esta mujer exasperante pensando en mi amante? Pero, ¿qué pasaba conmigo?

_ Vete – murmuré. Me miró con intenciones de protestar-. ¡Te he dicho que te vayas! – grité y me quedé en el almacén, sintiéndome vacío y solo, añorando a alguien que no conocía y pensando si habría tocado fondo.

Los siguientes dos días se diluían en mi mente. Pam se empeñó en que debíamos corrernos una juerga para la que ya no teníamos edad. El sábado empezó bien, incluso llamó a Felicia, una de mis fijas, y que, a la postre, fue la única con la que recordaba haberme acostado. Maldito tequila. El lunes amanecí en la casa de Pam, en la terraza, tapado con una manta y vestido con una de sus batas. Con la boca como un zapato, ciego por la claridad y habiendo perdido un día, ¿qué había sido del domingo?

No podía seguir así. No debía seguir así. En cuanto la cabeza me dejara de centrifugar, planearía el resto de mi vida. Y el resto de mi vida, empezaba el martes.

Cuando el timbre de mi puerta sonó, tomé aire y me levanté del sillón en el había estado esperando la última hora a que llegara, imaginando lo que le diría, escenificando las posibles situaciones que se podrían dar y sus posibles reacciones. También, temiendo su reacción. Las cosas habían terminado regular la noche del viernes. Entonces, abrí y la vi, pasó con premura. El martes era rápido, que era la hora de comer.

_ Eric – murmuró con dulzura cuando cerré la puerta tras ella.

_ Sookie – respondí en el mismo tono cogiéndole el abrigo y su bolso.

No hubo tiempo para más. Se volvió y se tiró a mis brazos terminando con su lengua con mi determinación de hablar con ella, mientras sus manos enredando en mi pelo conseguían que olvidara todo los discursos ensayados durante las últimas horas. Los martes nunca llegábamos a la cama, es más, a veces, llegábamos con dificultad al sofá. Lo más recurrente, la alfombra y la pared. Este martes no parecía que fuese a ser diferente. La apoyé contra la pared y mientras devoraba su boca y su cuello, ella maniobraba para bajarme la cremallera y sacar mi polla. Me colocó en su entrada y se paró un segundo mirándome a los ojos, ajustándose a la intrusión antes de deslizarse por ella. Me tenía hipnotizado no podía dejar de mirar su cara, esta mujer iba a acabar conmigo. Esto hacía semanas que para mí no era un polvo, vale, lo había reconocido pero ahora me estaba asustando porque quería estar dentro de ella todos los días, a cualquier hora que nos apeteciese y que, había que ser realistas, nos iba a incapacitar para tener vida fuera de la cama. Deseaba conocerla mejor, bueno, conocerla en todos los sentidos que no fuesen el bíblico, que ya lo teníamos dominado. Me agarré a su culo y comencé a moverme dentro de ella, más fuerte, más rápido, más adentro, siguiendo sus indicaciones. Ya iba siendo hora de que lo admitiese, era suyo. Y cuando se corrió, pensé que su expresión me perseguiría el resto de mi vida, que jamás sería capaz de acostarme con otra sin ver sus ojos ni su boca gimiendo mi nombre, me había estropeado para el resto. Me quedé unos instantes, moviéndome aún dentro de ella aunque ya hubiésemos acabado, besándola lánguidamente como si tuviésemos todo el tiempo del mundo y rezando para que no mirase el reloj que ponía límite a mi fantasía en la que ella no era una desconocida, sino la mujer que iluminaba mis días. La llevé en volandas al sofá y me senté con ella encima. Se acomodó contra mi cuello y se dejó caer contra mi pecho, jugando con mi pelo. No quería decir nada que estropeara el momento ni la intimidad de la que estábamos gozando. Después de cómo lo habíamos dejado el viernes, era necesaria esta comunión entre nuestros cuerpos. Al cabo de unos minutos comenzó a desperezarse, levantó la cabeza para mirarme a la cara, la cogió entre sus manos y me besó. Hubo algo diferente, algo que no sabría definir. Su beso fue diferente, y su sonrisa, y su mirada. Y por un momento me quedé paralizado, ¿acabábamos de subir de nivel? Se levantó y con una sonrisa se dirigió al baño. En unos minutos salió refrescada, con el pelo en su sitio y su maquillaje retocado. Pero por bella que estuviese, ni la mitad que cuando mi nombre se escapaba de sus labios en pleno orgasmo. Volvió al salón y me levanté para acompañarla. Pese a lo que se pudiese pensar de mí, era un caballero, la ayudé a ponerse el abrigo y le di el bolso. La abracé para prolongar unos segundos más su estancia pero ella se deshizo de mi abrazo. Se empinó y rozó mis labios con los suyos.

_ Hasta el viernes...

Abrió y salió de mi casa, dejándome allí, de pie, sin moverme en mi recibidor, mirando la puerta cerrada y pensando lo capullo que era por haberme enamorado de la mujer que se me follaba. El timbre me sobresaltó. Abrí y allí estaba.

_ Con las prisas se me ha olvidado preguntarte si tenías algo que hacer el viernes.