Cruzar las montañas requería de ciertas preparaciones, sobre todo teniendo en cuenta que Lesey nunca había hecho algo parecido.
-No te preocupes –le había dicho Jace, quien cada vez se mostraba más distendido-, habrá escalas, cabañas, en las que podemos alojarnos; son refugios que usa la gente cuando cruza. Seguramente no nos cruzaremos con nadie, pero allí hallaremos algo de comida y estaremos cómodos; la regla es que dejemos provisiones y leña para los que vengan después de nosotros y todo ordenado. Y no habrá tormentas peligrosas.
Todo muy bien, sin embargo, en cuanto a esto último, no se cumplió. Las tormentas fueron muy fuertes y las nevadas amenazaban con enterrarlos vivos. Eso no habría sido un problema para Jace, y siempre trataba de tranquilizar a su compañera, que tenía frío a pesar de sus ropas de invierno. Mas la situación no le iba a dejar un grato recuerdo a Lesey, como continuara así.
Un anochecer especialmente frío por poco los desvía de la cabaña en la que debían pasar la noche. El hielo incluso había atascado la puerta, a la que Jace forzó a abrir. Antes de que la ventisca también se colara en el interior, milagrosamente tibio, Lesey la cerró con todas sus fuerzas, y se volvió. Jace se sacó la capucha ante su mirada, y se sacudió la escarcha que lo abrazaba. Tenía la nariz enrojecida, y los labios entreabiertos; ella le miró los tatuajes, los profundos ojos en los que era muy fácil perderse... Se quitó un guante y con la mano descubierta, el mago intentó destrabarse el broche que le sujetaba la capa, que estaba atorada de hielo. Lesey se le adelantó y el calor de ambas manos lo destrabó. Pero ella no soltó la mano: tiró de él hacia sí, lenta pero insistentemente. Se sonrojó; él contuvo la respiración como quien está frente a una asustadiza y tímida criatura salvaje. Ella le acercó la boca a la de él inmóvil. Lo besó; tenía los labios helados a diferencia suya, pero enseguida tomaron temperatura mientras disfrutaban de la caricia. Jace respondió como muchacho apasionada que era, y curioso: ¿qué guardaba ella para él?; era una pasión cercana a ser peligrosa... Notó que ella perdía la serenidad y se asustaba y excitaba al mismo tiempo. Lo rechazó, en vano porque era más fuerte y alto.
-¿No quieres lo mismo, Lesey? –le susurró agitado.
-Aún... –jadeando por el miedo y las ansias de continuar- aún te temo...
Pero ese "temo" se confundió con un beso intenso que le despejó cualquier duda. El olor a Jace le erizó la piel y le aceleró el latido del corazón, mientras la mano de él sujetaba la suya para guiarla (cómo se había reído con eso, de su traje tan complicado e incómodo de sacar) en el tortuoso proceso de quitarle la ropa. Él con la suya no necesitaba ayuda, según se percató: enseguida quedó en ropa interior mientras su compañero aún tenía puestas una chomba y los pantalones, y ella luchaba contra la faja azul que se negaba a colaborar.
Al final, el calor de ese pecho la hizo temblar. Jace la tomó por las caderas y la acostó en el piso, sobre la alfombra, sin contemplaciones.
-¿En... en el suelo, Jace? –respiró entrecortada.
-En donde quieras –creyó distinguir que decía, porque ya no tenía claro adonde empezaba o terminaban sus cuerpos. Jace casi no le daba tiempo a respirar entre besos apasionados, entremedio de caricias. Lesey oyó que murmuraba algo a su oído, pero no entendió lo que decía.
-¿Qué? –se obligó a decir, pero en lugar de recibir una respuesta, se estremeció ante lo que sintió mientras él la sostenía y le alzaba la espalda del suelo, mientras...
En un momento de lucidez frotó su cara contra el hombro del mago para quitarse los cabellos que se le habían adherido al rostro por el sudor, para encontrar la piel suya casi tan húmeda como la de ella...
Estaban al lado de un diván; Jace lo vio, era de un vivo color azul con toques verdes y blancos; su capa estaba encima. Alzó a Lesey... era un lugar más cómodo; terminaron allí, enredándose con la suave tela y sintiendo que no había seres más cercanos en aquel momento que ellos dos.
Lo primero de lo que tuvo conciencia al despertarse fue que se sentía mejor que nunca; cansada y entumecida quizás, pero su ánimo era el de los mejores, y con una sensación de envidiable tranquilidad. Lo segundo fue bien distinto: que se encontraba sin ropa, entre los fuertes brazos de un hombre (que después recordó... era Jace), que estaba dormido y en idéntico estado que ella. Se asustó y se relajó al mismo instante. Se animó más; olió su cabello, amaba hacerlo, le encantaba su aroma. Le recorrió suavemente la cara con las manos, las marcas blancas, los ojos cerrados, la sensual boca. Notó que suspiraba y detuvo sus caricias ya que no quería despertarlo. Realmente le daba escozor pensar que aún después de lo que había sucedido entre ellos, él despertaría y la vería así, a su lado. Pensó en deslizarse entre sus brazos en busca de su ropa, a pesar del frío que notaba más allá del acogedor diván. Pero no sirvió: Jace despertó retorciéndose con satisfacción desperezándose, y abrazándola aún más.
-Hola –saludó con voz cálida, algo rasposa y adormilada. Ella quedó nuevamente maravillada por el brillo de su hermosa mirada azul. Él le acercó la boca y la besó, medio mordiendo, medio besuqueando, la piel que le cubría el hueco de la clavícula.
Bah, estúpidos temores los suyos. Y ella respondió cariñosamente; era obvio, se había enamorado, y amaba de ese enigmático y peligroso mago y ya no le importaba cuánto daño podría llegar a hacerle a futuro porque:
Ya había pasado por eso...
Ella encontraría la manera de vengarse...
Si le fallaba lo anterior, entonces sería cosa del Destino "inmodificable" ¡y no servía de nada preocuparse por ello!
(Vaya interesante rejunte de opciones )
Se sentaron y la abrazó, arropándola. Alargó la mano y capturó parte de la ropa de Lesey y se la dio mientras se ocupaba de la suya. Encontró algo de comida, y desayunaron mirando un maravilloso e imponente paisaje nevado...
-Oíste eso?
-Que cosa, Jace?
El mago se asomó disimuladamente por la ventana. Lesey iba a mirar pero él negó con la cabeza.
-Abrígate.
Jace se puso su capa y corrió hacia la parte de atrás del refugio, seguido por su compañera. Al fondo, había una pequeña abertura tapada con tablas, lo que había sido en otro tiempo una ventana, antes de que una cascada de piedras la hubiese inutilizado... de haberlo sabido, la chica hubiera pensado dos veces antes de meterse a esa cabaña tan endeble.
El joven arrancó las tablas con prisa que a ella le sonaba exagerada, y salieron por allí. Con muchos interrogantes, Lesey gateó con cuidado por las rocas heladas que curiosamente tenía señales de vida vegetal, y pronto se encontró en un estrecho sendero, de tan alto nivel que si se estiraba podía llegar al techo de la cabaña, que era rodeada por detrás por este camino, gris, frío y peligroso. Del lado opuesto, a poco centímetros para ser exactos, tenían ladera pura de montaña, pero escarpada, por lo que la nieve no estaba adherida a ella.
-Dioses –masculló Lesey, impresionada por el giro de los acontecimientos, y por una masa de nubes negras y moradas, cuya apariencia de pesadez hacía creer a uno que aplastarían al mundo si se apoyaran sobre él, que se estaba asomando en el cielo, o al menos en la parte que se veía allí, en ese estrecho e incómodo sitio. Como si fuera poco, cambiaban de forma, y entre las globosas y arriñonadas siluetas, surgían monstruos fugaces de ojos naranjas, en medio de un aire lleno de electricidad. Tranquilizante...
-Ehh, supongo que eso es una muy común tormenta de montaña, verdad? –comentó Lesey, con un tono resignado de "ok, ya sé, más problemas..."
Jace no dijo nada; el viento helado le agitó la capa y las últimas luces que se salvaban de la masa de nubes teñía su figura de celestes cambiantes. Caminó hacia un pasadizo hundido en la montaña y señaló una escalera natural de piedra resbaladiza.
-Ten cuidado, o te caerás al correr –dijo, simplemente.
Lesey miró las nubes que ya cubrían la montaña de su lado. Se encogió de hombros; el mago sabía más que ella, desde luego. Si creía que había peligro, mejor no discutir.
Y cayeron las primeras gotas, enormes y heladas. Eran tan grandes que Lesey las podía esquivar. Enseguida, las acompañaron granizo y lluvia común.
-Es solo esto? –preguntó Lesey, creyendo que lo contrario, por eso se asombro cuando oyó la respuesta.
-Sí.
El mago trazaba unos signos en el aire; su compañera miró maravillada como sus dedos dejaban marcas luminosas en el aire. Y continuó hablando.
-No es agua normal. Si nos toca, nos helará cada vez más. Si nos moja, moriremos tan rápido que ni nos daremos cuenta.
O_O
-Por eso, evitemos más males. Escúchame... tienes que correr cuesta arriba; no te resbales, no mires atrás, ni hables, solo corre hasta que no des más... y con esto quiero decir... no pares hasta que yo te diga.
-A... já
-¿Y qué esperas?
La chica comenzó a correr por el empinado camino con una oscuridad que se hacía tan cerrada que amenazaba con competir con una noche verdadera. Y el frío era implacable, y la roca parecía enjabonada. Lesey tuvo que apoyar las manos en su carrera para evitar caerse, y cuando perdía el equilibrio, optaba por golpearse las rodillas con la piedra en vez de despeñarse. Notaba su aliento en forma de nubes condensadas por el helado aire, y se preguntó adónde terminarían. Entonces, la escalinata se hizo más empinada, para luego descender abruptamente. No pensó en frenar: aprovechando la inercia se arrojó hacia abajo, tocando el suelo violentamente con los pies en lo más semejante a zancadas de avestruz, de peligrosa inconstancia. A cada rato temía estrellarse.
La oscuridad se hizo más cerrada, pero solamente cuando se encontró con ramas y hojas que obstaculizaban su carrera se dio cuenta que un bosque denso de montaña rodeaba la senda, y a su vez otorgaba cierta tibieza al aire. Había agua que caía filtrada entre las hojas y agujas de pino, de un tono plateado casi reflectante. De manera aterradora, congelaba formando una capa traslúcida en un parpadeo sobre lo que cayera. El sendero dejó de tener imperfecciones que frenaban las suelas de las botas, y se volvió liso, ocurriendo lo inevitable: Lesey resbaló y con una velocidad que no detenían los restos vegetales caídos, comenzó a deslizarse por el camino. Además del susto del golpe, y los gritos que intentaban reprimir, se asombró al notar que en realidad, nada grave le estaba sucediendo. Salvo zarandeos, y golpes ligeros, empezaba a resultar divertido. Sonrió; solo esperaba no estrellarse. Miró hacia arriba y quedó muda de asombro: una fina red azulada que se movía siguiendo sus movimientos y que tenía la vivacidad del fuego dividía la lluvia mortal que debía caer sobre ella. La salvaba de la muerte.
-¡Jace! –susurró ella. Se giró y levantó la cabeza para mirar atrás, pero no vio nada más que tortuosas formas desdibujadas por la oscuridad. -¿Jace?
Sintiéndose sola y preocupada, trató de frenar su carrera con los pies, pero la traicionera capa de hielo se lo negaba; agradeció llevar guantes y ropa abrigada.
Al rato, unas luces anaranjadas se deslizaron entre el follaje, cada vez más luminosas, ofreciendo la misma sensación de un amanecer. ¿Había transcurrido tanto tiempo, o eran solo nubes? Su respuesta llegó al llegar a un claro en el que aquella luz tenía poder ilimitado y cegaba las pupilas acostumbradas a un largo rato de oscuridad; en efecto, era solo una ilusión: eran las mismas nubes, pero con aire apesadumbrado y triste y tonos dorados y rojizos. Se estaban retirando. El claro acabó, y cuando finalmente llegó a otro (cada vez iba deslizándose más rápido porque el hielo se estaba derritiendo) la luz plena de un día normal lucía todo su esplendor. Agradeciendo estar viva pero con la idea fija de detenerse, Lesey comenzó a manotear cualquier cosa aferrada al suelo y sin espinas que encontrara. Manojos de vegetales quedaban en sus manos sin que lograra otra cosa más que desviarse y golpearse. Sin tranquilidad, se giró de nuevo y trató de aferrarse al sendero con manos y pies como un gato a un tronco de árbol, pero sumamente resbaladizo. Sintió con alegría como empezaba a detenerse, sin embargo cuando el suelo dejó de moverse y su estómago y cabeza de girar, se dio cuenta, bastante desilusionada, de que había sido producto de que el camino ya no era en pendiente, estaba horizontal. Al ponerse de pie (chorreando agua y con el equilibrio maltrecho) se cayó una decena de veces y le dolió más que toda su carrera anterior.
Agotada, se sentó sobre una piedra para recuperar el aliento. Al cabo de un rato levantó la vista y vio la red azulada aún bailoteando sobre su cabeza. Alzó la mano y la rozó, mientras desaparecía.
-Gracias, Jace –musitó. Miró hacia atrás y creyó ver su alta figura azul recortándose en el fondo verdeoscuro del bosque, y lo llamó, pero al parecer había sido una ilusión.
Recordó con cierta incomodidad que él le había dicho que no se detuviera, ¿y si aún estaba en peligro y había desobedecido? Corrió, pero ahora sobre tierra firme y confiable, siguiendo aquel camino de piedra que comenzaba a mostrar signos de no haber sido alcanzado por el hielo que llovió. Hacía calor, al menos comparado con la temperatura anterior. Pronto su cabello, que se iba desprendiendo de algunas hojas enredadas, perdió la humedad, y la ropa también se estaba secando.
-¿Adónde vas? Deberías esperarme –gritó a sus espaldas la voz tan esperada, y al frenar de improviso, Lesey pisó su propio pie y se cayó, ahuyentando a varias mariposas. Estaba tan sofocada por la carrera que no tenía ganas de pararse, ni siquiera cuando el mago azul llegó a su lado.
-Dijiste que no parara hasta... que... –y respiró hondo-, tú me lo dijeras- y satisfecha por lograr acabar una frase, sonrió.
-Bah, ya lo habías hecho, te detuviste –dijo el otro, medio en reproche, tendiéndole la mano. Estaba mojado de pies a cabeza y cada tanto se desprendían trozos de hielo traslúcidos de su traje-. Fuimos el blanco de un hechizo bastante peligroso, pero definitivamente estúpido. Me subestiman: no soy un mago de circo.
Jace resopló cruzándose de brazos; aquella postura le encantaba a Lesey. Adoptaba un aire caprichoso y solemne, peligroso y, para ella, adorable. Le rozó el fuerte antebrazo enguantado, quitando más hielo.
-Tenemos que seguir, así te secarás –dijo ella, en un tono que gritaba que le importaba un comino eso, sino su compañía.
Aunque Jace no se dio cuenta.
-
No es necesario –estrujó sus manos, y el agua que chorreaba de su cuerpo cayó en un segundo, salpicando las botas de Lesey, quien no se mostró impresionada por el truco, sino fastidiada.
