Los personajes, hechizos y escenarios manipulados son absoluta propiedad de J. K. Rowling.
«Está mal, está mal. Todo está como la mierda de jodido.» Así era cómo James torturaba su psiquis y amenazaba a su cordura quedarse ida para nunca retornar. Según él, la amistad entre ambos se había disuelto en el momento exacto en que sus bocas se plegaron, sumergiéndose en una dulzura empalagosa, dejándolo tan atontado que siquiera con lentes lograba ver con exactitud.
No tenía ni idea de qué hacer, sincerándose. Tantas cosas se cruzaban por su cabeza que apenas procesaba lo que sucedía. Cuando intentaba hacerlo, automáticamente su boca se entre abría, dejando un hilillo de saliva escapar por sus comisuras.
«Qué patético» Se decía medio riendo al notar lo sucedido, y limpiándose los rastros de su ensoñación con la túnica.
Para cuando por fin dejó de correr y se dignó a mirar a sus alrededores, ya estaba perdido. Rebuscó en los bolsillos de su túnica el Mapa del Merodeador, pero no lo encontraba. « ¡Mierda!» masculló para sí, en cuanto recordó que se lo había dado a Sirius.
El castillo era tan inmenso que siquiera el mismo Dumbledore lo conocía en su totalidad. Tampoco recordaba haber subido escaleras a destino, pero como todo le sonaba tan ajeno, dedujo que eso hizo tras su enojo.
Había corrido. Había escapado de la realidad que le tocaba vivir. Nadie lo siguió, por supuesto, no luego del golpe que le dio al pelinegro de lleno en el rostro. Se sentía mal por eso, pero a la vez estaba muy enojado. ¿Cómo Sirius se atrevió a hacerlo? ¿Y cómo él se dejó estar? ¿Y Lily? Evans lo habría odiado más de lo usual si se enteraba, y ese era un lujo que no podía permitirse.
Se sentó en pleno corredor, revolviendo frustrado su pelo. Todavía rebuscaba en las profundidades de su pensar, qué se suponía que había sido tal reacción a un beso. Un beso de su amigo. Un beso de un chico.
Nunca se había planteado el poder llegar a ser homosexual, o simplemente sentirse un tanto atraído hacia su mismo género o solo a Sirius. Le resultaba lo suficientemente extraño, como para retomar espacios ya conocidos de Hogwarts.
No sólo era rarísimo su reaccionar en el acto, deleitándose con la contención del otro, sintiéndose tan a gusto, sino que Sirius también había estado del mismo modo.
Recordó que, entre beso y beso, el joven Black le decía que no podía detenerse, como si una fuerza existencial lo atrajera a James como si ambos fueran magnetos.
Todo era demasiado confuso como para asimilarlo. Cerró los ojos unos segundos y suspiró muerto de angustia e incertidumbre.
Pronto unos pasos se hicieron por fin audibles, despabilando al chico sin más. La bellísima Gryffindor Lily Evans avanzaba a zancadas por dicho corredor. Rápidamente James se incorporó, muerto de vergüenza y con el sudor deslizándose bajo su camisa.
-¿Potter? –Preguntó ella al verlo, deteniéndose ante él. – ¿Qué hacés acá? No me digas que... –Comenzó hablando altanera, pero al notar la expresión del chico, se detuvo y le miró seria.
-Eh, Potter... ¿Estás bien? Estás muy –A mitad de la oración se aproximó un poco más al moreno, provocando que su piel se erizase. En media punta alcanzó la frente del chico, donde posó una mano y luego sus labios. – ¡Por Merlín, James, estás hirviendo –Por fin se alejó, para cuando el chico notó que estaba conteniendo la respiración. Lo miró preocupada y lo tomó del brazo, arrastrándolo escaleras abajo, destino a la enfermería.
