Capítulo 3
Aníbal miró a la pequeña colección de objetos que habían recuperado de entre los restos del helicóptero y sacudió la cabeza, apesadumbrado. La escasa pila no incluía ningún material médico o nada que pudiesen usar como vendas, tampoco nada comestible, y sólo un par de armas, pero por lo menos habían encontrado una mochila medio quemada, todavía usable, donde podían meter todo, y un poco de agua que había hervido en un termo metálico que no se había derretido en el fuego.
—Esto es todo lo que tenemos. Que no es mucho, pero menos da una piedra. Ahora tenemos que empezar a movernos, pero ¿hacia dónde?
—Conozco un pequeño pueblo que estará a unas cinco millas hacia el norte —dijo Tia—. Podríamos intentar conseguir ayuda allí.
—¿Puedes encontrar el camino a través de la jungla con esto? —dijo Aníbal, dándole una brújula, uno de los pocos objetos que llevaba en los bolsillos, además del encendedor y los puros.
Tia asintió, tomando la brújula, que puso en la palma de su mano, plana, mirando a la oscilante aguja roja hasta que se quedó quieta, y entonces apuntó hacia los árboles con su dedo índice.
—Por allí. Tarde o temprano deberíamos llegar a la carretera que lleva a ese pueblo si andamos hacia allí.
—Ellos no van a ir a ninguna parte usando los pies, Aníbal —dijo M.A, frunciendo el ceño mientras miraba a sus amigos inconscientes con preocupación—. ¿Cargamos con uno cada uno?
Aníbal también miró a Fénix y a Murdock, considerando cuál sería el modo más seguro de transportarlos, y negó con la cabeza.
—No, ojalá pudiese, pero no puedo llevar a uno en mis brazos, no tanta distancia. No por cinco millas. Y no deberíamos cargar con Fénix sobre nuestros hombros, porque eso le mataría. ¿Hacemos un par de travois, como los de los indios?
M.A asintió con un gruñido, e inmediatamente buscó unas piezas de madera lo suficientemente largas, porque no tenían más tiempo que perder. Ya habían perdido bastante, y los soldados vietnamitas vendrían pronto siguiendo su rastro.
Cuando reunieron unos cuantos palos largos, se dieron cuenta de que no tenían nada con que unir las piezas. Entonces, MA se quitó una de las cadenas de oro que llevaba al cuello, y la usó para atar los dos primeros palos.
—¿Tu oro? ¿Estás seguro? —dijo Aníbal.
—¿Tienes algo mejor que pueda usar? Házmelo saber entonces, o cállate —dijo M.A, otra vez frunciendo el ceño, y continuó usando las cadenas de oro, murmurando para sí—. Es mi oro, y con él hago lo que me la maldita gana...
Trabajó todo lo rápido que pudo hasta que montó dos estructuras básicas para transportar a los dos hombres heridos. Para cuando hubo terminado, Murdock había recuperado la consciencia, y estaba farfullando algo acerca de galletas y batidos de chocolate, perdido en su propio mundo de color.
—¿Quién es el más ligero? —preguntó M.A—. Lleva tú al que pese menos.
—No sé quién pesa menos. Murdock es más alto, pero también es más delgado… No importa, no hay mucha diferencia. Yo llevaré a Fénix.
Aníbal arrastró el travois hasta Fénix, que le caía más cerca, y que también se estaba despertando. Tia le ayudó a colocarle encima de la estructura, tan cuidadosamente como pudieron, pero aún así se quejó cuando le movieron.
—¿Nos vamos? —murmuró Fénix, parpadeando, ya que no era capaz de tener los ojos abiertos ni dos segundos.
—Sí, por fin. Aguanta, porque esto no te va a gustar, y a mi tampoco —dijo Aníbal—. Tia, ¿puedes llevar la mochila e indicarnos el camino, por favor? Gracias.
—¡Yo no voy a arrastrar al loco por la jungla, Aníbal! —se quejó M.A, con su habitual cara de amargado cabreado—. ¡Me dará dolor de cabeza con su cháchara infernal!"
—Venga, que sabemos que en el fondo le adoras, como el resto de nosotros. Vámonos.
Aníbal agarró los palos del travois y empezó a andar hacia los árboles, arrastrando a Fénix detrás de él, resintiendo el dolor en sus magulladas costillas inmediatamente. Suspiró, resignado, pero no dijo nada y siguió andando, apretando los dientes con determinación. Esas cinco millas serían las más largas de su vida.
—Aníbal… —dijo Fénix suavemente, para llamar su atención cuando se escurrió por el inclinado travois, demasiado débil para sujetarse a la estructura.
—Vaya —dijo Aníbal cuando se dio cuenta de que estaba perdiendo a Fénix, que arrastraba ya las botas por la hierba. Dejó el travois en el suelo otra vez, y estiró de Fénix para recolocarle arriba, usando entonces sus tirantes rojos de diseño, pasándolos debajo de sus axilas para asegurarle a la parte de arriba, colgándole allí como un jamón, donde los palos se cruzaban—. ¿Mejor? —le preguntó cuando empezó a andar otra vez.
—Sí.
—¡Una madre! ¡Necesito una mamá! —gritó Murdock entonces, chupándose el pulgar como un bebé—. ¿Me puedes prestar a tu madre, M.A? Me podría traer unas galletas, y sujetarme de la mano.
—¡Deja de parlotear, idiota! ¡Estate calladito y deja a mi madre en paz o te romperé las piernas! ¡Y agárrate fuerte, no te caigas como Fénix!
Cuando M.A inclinó el travois y empezó a andar, Murdock se sujetó a la estructura pasando el brazo derecho sobre uno de los palos perpendiculares, apoyándose en ese costado para no resentir demasiado su hombro izquierdo, y siguió con el parloteo, diciendo cosas aparentemente sin sentido para distraerse a sí mismo del dolor.
El grupo de alejó de los restos humeantes del helicóptero, adentrándose en la selva. Tia iba la primera, usando la brújula, intentando encontrar el camino más fácil para que los travois pudiesen pasar por entre los árboles, que no era siempre fácil. La marcha era penosa y ardua, sobre todo para Aníbal. Avanzaban lentamente porque no tenían un machete para cortar la espesa vegetación, aunque si lo hubiesen tenido, no hubiesen querido dejar un camino demasiado obvio para que lo siguieran los soldados. De vez en cuando, Tia volvía sobre sus pasos para revolver la vegetación y disimular las marcas que hacían los palos de los travois al ser arrastrados por el blando suelo limoso de la jungla, que dejaban a su paso unos profundos railes y huellas demasiado fáciles de detectar. Por todo ello avanzaban demasiado despacio, y se les haría de noche antes de que llegasen al poblado.
AAA
Fénix fluctuaba entre la consciencia y la inconsciencia, en un estado febril. Cuando estaba despierto, le dolía todo el cuerpo. Sus heridas le molestaban terriblemente, con un dolor sordo constante, pero también le afectaban las tiras elásticas de los tirantes clavándose en su piel, bajo sus brazos, y lo incómodo que estaba en contacto directo con esos duros trozos de madera tan rugosos, que le machacaban la espalda. Y daba igual lo cuidadoso que fuese el coronel, porque cada vez que el travois golpeaba o se quedaba atascado en algo, haciendo necesario un buen tirón para que siguiese adelante, Fénix se quejaba desesperado, gimiendo de dolor mientras era sacudido y zarandeado de lado a lado.
La tercera vez que pararon para que Aníbal pudiese descansar un poco, Fénix le llamó con voz temblorosa. Cuando el coronel se dio la vuelta tras dejar el travois en el suelo, se derrumbó a su lado con la espalda descansando contra el tronco del árbol más cercano. A Fénix no le gustó como Aníbal sudaba y jadeaba, sin aliento, obviamente también sufriendo lo indecible con el dolor que le causaban las costillas rotas, con una mano protectora descansado sobre ellas.
—¿Qué tal vas, chico?
—Aní…bal… déjame…aquí —dijo Fénix en un tono de voz casi inaudible—. Por favor.
—Esa no es una opción, teniente.
—Os retraso… y tu también estás herido… Que M.A lleve a Murdock… y tú preocúpate de ti mismo… Vete.
—Sabes que no lo voy a hacer, así que no derroches tu aliento y tu energía en decir sandeces. Nosotros no abandonamos a nadie. Nunca.
A Aníbal no le gustaron lo secos que parecían los labios de Fénix, ni la apariencia febril de sus brillantes ojos azules, o las gotas de sudor que cubrían su frente. La tocó ligeramente, y estaba ardiendo. Cualquiera que fuese el daño causado por esa maldita barra en su abdomen, ya le habría provocado alguna infección, como poco una peritonitis.
—Tia, ¿me puedes pasar el agua, por favor?
Tia le alcalzó el termo de metal que llevaba en la mochila. Aníbal desenroscó la tapa y alzó la cabeza de Fénix cuidadosamente para que pudiese beber, pero él rechazó tomar nada.
—Me estoy muriendo… No la gastes en mí… Bébetela tú.
—Ya estás deshidratado. Bebe.
—Tú también lo estás.
—Calla y bebe un poco. Es una orden, teniente.
—No hasta que bebas tú… y Murdock… No hay bastante… para todos.
—Encontraremos más agua, no te preocupes. Bébete esta ahora. No hagas que te la dé a la fuerza, maldita sea. ¡Bebe!
Aníbal inclinó el termo, y el agua se deslizó a ambos lados de la cara de Fénix, desde las comisuras de su cerrada boca, y este pensó que, si el coronel iba a desperdiciarla así, sería mejor que se la bebiese, porque tenía tanta sed que se podría beber un lago entero. Bebió del termo en ávidos, largos tragos, hasta que Aníbal lo retiró de su boca, tras darle aproximadamente un cuarto de toda el agua que tenían.
—¿Ves? No era tan difícil, ¿no?
—Te toca.
—Murdock primero.
Aníbal le pasó el termo a M.A, que se agachó al lado del alelado piloto. Al igual que Aníbal, ayudó al herido a alzar la cabeza para beber. Tras un par de tragos, Murdock se quejó, enfadado.
—¡Esto no es una bebida de chocolate!
—No. ¡Es agua, loco! Y la necesitas, así que bebe más.
Murdock bebió un poco más, y luego M.A le pasó el termo a Tia, que también bebió unos tragos antes de devolvérselo a Aníbal.
—Él primero —dijo, sin coger el termo, señalando con la cabeza hacia M.A.
—¿Por qué? Tú primero —dijo M.A.
—No tengo sed, y te necesito en óptimas condiciones, sargento.
—¡Y una mierda no tienes sed! Y además tú tienes las costillas jodidas, y yo no, así que bebe tú.
—No, bebe tú primero. Considéralo una orden.
—¡Estamos en mitad de ninguna parte, Aníbal, así que no abuses de tu autoridad con chorradas! Tú vas a beber primero.
AAA
Tia estaba de pie entre los dos soldados americanos, sosteniendo el termo, asombrada por su actitud. No se comportaban como los cabrones egoístas que la amiga de su madre le había hecho creer que todos los americanos eran, incluido su padre. En sólo unas horas ya había visto la otra cara de esa mentira. Su padre había viajado hasta Vietnam para encontrarla en cuanto se enteró de su existencia, y estos hombres le habían acompañado, aunque no tuviesen nada que ver con ella ni con sus problemas. Estaba conmovida por la manera en que cuidaban los unos de los otros, y lo preocupados que estaban por la seguridad de los demás, sin preocuparse de la suya. La mayoría de la gente que ella conocía hubiera dejado atrás a los heridos para sólo ocuparse de ellos mismos, pero estos hombres no. Mirando a esos dos pelear por quién tenía que beberse el agua primero, no pudo evitar comparar con el mundo que conocía: de ninguna manera el coronel Shu se habría preocupado de sus soldados como el amable coronel del pelo blanco estaba haciendo. Shu se habría bebido todo el termo él, sin ningún remordimiento, ignorando las necesidades de sus hombres.
Le gustaban esos americanos, y no podía evitar sentirse culpable por la desesperada situación en la que se encontraban. Si no fuese por ella, orquestando ese estúpido plan para matar a su padre, no estarían allí, heridos y acosados por ese psicópata. Sabía que sus probabilidades de escapar eran muy escasas, pero aun así se prometió a sí misma que intentaría ayudarles lo mejor que pudiese a salir del embrollo que ella misma había creado.
—Ya decido yo por vosotros —dijo Tia, dándole el termo a M.A—. Tú beberás primero.
En ese momento, le encantó la manera en que Aníbal sonrió, mostrando su "mueca de la victoria" cuando M.A cogió el termo.
—Gracias, Tia —dijo Aníbal mientras el corpulento sargento bebía a largos tragos—. Si no fuese por ti, podríamos haber estado discutiendo hasta mañana.
Si no fuese por mí, no estaríais aquí, pensó Tia, incapaz de devolverle la sonrisa esta vez.
Cuando M.A terminó, Aníbal se bebió el resto del agua que quedaba, y devolvió el termo vacío a Tia.
—Guárdalo. Encontraremos más agua pronto.
Pero ese no fue el caso, porque sólo encontraron charcos sucios en el camino, ya que siguiendo la brújula no pasaron cerca de ningún riachuelo de agua corriente.
AAA
Cuando por fin llegaron a la carretera que llevaba al pueblo ya estaba oscuro, y todavía tenían que andar por lo menos otra milla y media, o incluso más, mientras se ocultaban de otra gente que pudiese pasar por allí. El último trecho en la jungla, sin luz, había sido especialmente difícil. Ahora, al descubierto, por lo menos tenían el lujo de un poco de luz de luna para alumbrarse, y una superficie plana en la deslizar los travois, siempre más fácil que tropezar continuamente con las raíces y los troncos de los árboles y arbustos de la jungla.
Aníbal lo estaba pasando francamente mal, estirando del travois con la última reserva de energía que le quedaba, ignorando el dolor y enfocando su atención en llegar a su objetivo mientras pensaba en Fénix, y lo culpable que se sentía por su mal estado. No podía deshacerse de la agobiante idea de que podía haber intentado manejar los controles del helicóptero él mismo cuando todo se fue a la mierda, si hubiese conseguido pasar a la cabina de mando antes de que el helicóptero diese vueltas como un molinillo, en vez de ordenarle que intentase pilotarlo él. Al contrario que Fénix, que no tenía ni idea de volar, por lo menos él había tenido un mínimo de entrenamiento pilotando aeronaves, aunque no había tocado los controles de un helicóptero por más de una década. El pobre diablo se había sentido abrumado por la responsabilidad de aterrizar ese helicóptero averiado, que ni si siquiera un Murdock en plena forma habría podido posar en el suelo de manera segura en esas condiciones, con ese fallo mecánico tan grave. Además, si Fénix no hubiese estado tan tenso en el momento del impacto, y hubiese evitado golpearse con los mandos, quizá no estaría tan malherido ahora, como les había pasado a M.A y Murdock, porque ellos ya estaban inconscientes cuando el helicóptero se estrelló, y sus músculos estaban relajados, absorbiendo la fuerza del impacto en sus cuerpos un poco mejor. Tia había caído sobre la hiera, como él, y sus heridas eran mucho menos importantes, por lo menos ella, que sólo estaba magullada, sin ningún hueso roto.
¡Dios, cómo le dolían las costillas! Pero no podía siquiera contemplar la idea de dejar a Fénix atrás. Tenían que conseguirlo, juntos. En equipo, como siempre hacían.
—Allí está el pueblo —dijo Tia, deteniéndose abruptamente. El inesperado parón sacó a Aníbal de su deprimente bucle mental, cuando se paró detrás de ella.
—¿Conoces a alguien aquí? ¿Alguien que pudiese ayudarnos sin delatarnos?
—Conozco a un hombre que simpatiza con los americanos. Otro amigo de mi madre, uno de verdad, no como la traidora de My Lihn. Nunca ha querido un gobierno comunista, pero le han dejado en paz porque es el único sanador en esta área. Si no, ya estaría muerto, considerado un traidor.
—¿Es médico?"
—No, pero es lo más parecido que encontrarás por aquí.
—Muy bien, que conveniente —dijo Aníbal, dejando el travois a un lado de la carretera, soltando un largo suspiro, rotando los hombros en un lento movimiento circular para soltar los agarrotados músculos—. M.A, quédate de guardia. Yo iré con ella.
M.A también aparcó el travois a un lado y se agachó, con un ojo en la carretera, mientras Tia y Aníbal continuaron andando el último trecho hasta el pueblo, escondiéndose en las sombras.
AAA
—Quang, abre por favor. Soy Tia —dijo, llamando a la puerta de bambú de la choza.
—¿Tia? ¿Qué estás haciendo aquí? —dijo la voz al otro lado de la puerta.
—Necesito tu ayuda.
El hombre abrió un poco la puerta y se asomó por el hueco. Entonces vio a Aníbal.
—¿Es ese tu padre?
—No. Por favor, déjame entrar, antes de que alguien nos vea.
Quang abrió la puerta del todo y les hizo pasar dentro rápidamente.
—¿Quién es este hombre si no es tu padre? Parece americano.
—Lo es. Es un coronel. Aníbal Smith. Acompañaba a mi padre, el General Fulright.
—¿Cómo está usted? —dijo Aníbal educadamente, tendiéndole la mano, pero el hombre llamado Quang le ignoró por completo, centrando toda su atención en Tia.
—¿Seguiste tu plan desquiciado para traerle aquí entonces?
—Sí.
—Pero no le mataste, ¿no?
—No. El maldito coronel Shu le mató.
—¡Ese cabrón! No sabes cuánto lo siento.
—Yo también, porque tenías razón. My Lihn me mintió. Ahora me doy cuenta. No todos los americanos son unos cabrones egoístas como ella siempre me hizo creer.
—No, no lo son. Algunos me ayudaron durante la guerra. Algunos se preocupaban por nosotros, y muchos murieron aquí. Por nosotros.
—Sí, mi madre decía lo mismo, pero nunca le creí completamente.
—¿Cómo puedo ayudarte? ¿Por qué estás aquí?
—Sufrimos un accidente con un helicóptero mientras huíamos del coronel Shu. Dos de los hombres de Aníbal resultaron malheridos en el accidente. Necesitamos tu ayuda esta noche para atender sus heridas, y también necesitamos un sitio donde escondernos y descansar hasta mañana. Y mañana necesitaremos un medio de transporte para llegar a Hanoi.
—Nadie tiene un coche en este poblacho, Tia. Ya deberías de saberlo. Las cosas no han cambiado tanto por aquí. ¿Dónde están esos hombres heridos?
—Esperando en la carretera, a las afueras del pueblo. Les hemos traído en travois a través de la jungla.
—Traedles aquí, y veré lo que puedo hacer.
—Gracias —dijo Aníbal, y esta vez Quang asintió en su dirección, como reconociendo su presencia por fin.
AAA
—Capitán, ¿puedes levantarte? ¿Puedes andar? —preguntó Aníbal, sacudiendo a Murdock suavemente—. Tenemos que entrar en el pueblo ahora, pero no quiero dejar huellas con los travois.
—Creo que sí que puedo —dijo Murdock, tomando la mano que le ofrecía Aníbal para ponerse de pie. Cuando se levantó, estaba demasiado débil, y se tambaleó hacia un lado inmediatamente—. ¡Ay, caramba!
—Ya te tengo, no te preocupes —dijo Aníbal, apoyando rápidamente el brazo bueno de Murdock en su hombro, antes de que se cayese al suelo, sujetándole también por la cintura. M.A ya tenía a Fénix en sus brazos, delante de él, como si estuviese llevando a una mujer enferma—. Tia, coge los travois. Levántalos, por favor, no los arrastres, para no dejar marcas por el suelo en el pueblo.
Como habían hecho antes, avanzaron entre las sombras tan silenciosamente como pudieron, hasta llegar a la casa de Quang, que estaba esperándoles esta vez, abriendo la puerta rápidamente para que pasaran adentro.
—Deja al herido en ese camastro —le dijo a M.A—. Y al otro dejadle en esa mecedora.
Mientras Aníbal sentaba a Murdock en la mecedora, Quang le echó un rápido vistazo a Fénix, desabrochándole la camisa.
—¡Khốn nạn! —exclamó en vietnamita cuando vio sus heridas.
Vaya puta mierda, desde luego, pensó Aníbal.
AAAAA
