Gracias a: TheInuyasha, miko kaouru-sama, zabitamt1075, Marlene Vasquez, sangootaku18, Jazmin L, Danper, Valkiria-San, GiuliiVazquez, María-094, MAYATAISHO, MaylenKouTaisho, chuckylandia, bchaan, dani200026, Princess Aidil, valeaome.
Hola chicas, lamento la demora. Desafortunadamente, pasé por problemas personales y estuve fuera de la tecnología por más de tres semanas. Espero que puedan entender mis motivos.
Bueno, hablemos de los reviews: algunas piensan que fue pronto para que Kagome confesara sus sentimientos, pero de acuerdo al curso de la historia, fue al tiempo que debió suceder. Más adelante lo entenderán. Si, a Kagome la atacaron los cambios de humor con lo que le pasó con InuYasha, jaja. En este capítulo se irán descubriendo más cosas, esperando aclarar muchas cosas que una que otra no entendió por completo, sobretodo refiriéndonos a la personalidad de InuYasha.
Espero que lean, les gusté y me dejen una pequeña opinión. Gracias a Valkiria-San por su extenso review y por las felicitaciones. Chicas, las amo con el corazón, sin ustedes escribir en este sitio sería aburrido. Recuerden, cualquier duda que tengan acerca de la historia no duden en dejarme un review o enviarme un PM. Muchos beso y… en esta semana (no es mentira) estaré actualizando TODOS mis fics. Nos leemos.
3.
Kagome lloró y lloró hasta quedarse dormida y al día siguiente se levantó como si hubiese tomado mucho alcohol. Llevaba puestas las ropas de deportes y en su mp3 se escuchaba una canción de rock de desamor. Perfecto, pensó. Recordó todo lo que había pasado ayer y sintiéndose como mierda, marcó el número de su mejor amiga.
― ¿Sango?
― ¿Hmm? ―preguntó bostezando.
― ¿Podemos hacer algo hoy?
Sango notó la tristeza en la voz de Kagome.
―Claro, cariño. ¿A qué hora paso por ti?
…
Kagome y Sango comían en un restaurante que tenía una terraza al aire libre, servían mariscos y había familias por ahí y por allá.
― ¿Estás bien?
―Estaré bien ―sonrió Kagome, desganada―. Debí imaginar que algo así pasaría…
Sango negó.
―Yo no lo imaginé ―dijo encogiéndose―. Conozco a InuYasha desde hace muchos años, a toda su familia… y ninguno de ellos es así, ni siquiera Kōga que hizo lo que hizo sabiendo que tú y su primo salían.
Kagome escondió el rostro con sus manos.
―Por los Dioses… Kōga, tengo que hablar con él.
―Kōga no estaba ebrio, puedo estar seguro de ello.
― ¿Cómo lo sabes?
―Ninguno de ellos suele tomar, sus abuelos murieron en un accidente cuando él señor Taishō, el papá de Inu No Taishō, iba tomado… también murió la señora Taishō, su madre ―susurró acercándose a Kagome―. Yo era pequeña cuando todo pasó, recuerdo que todo el pueblo se conmocionó, hubo luto por varios meses, fue deprimente.
Kagome se acomodó en su asiento y se quedó viendo a la nada. Por eso a InuYasha no le gustaba que tomara… se lo había dicho varias veces.
―Que terrible ―susurró pensando en el dolor del padre de InuYasha―. Tengo que aclarar esto… aunque InuYasha no quiera volver a saber nada de mí, tengo que aclararlo.
Sango sonrió con cariño.
Kagome había sido un alma triste y desolada que había llegado a Utashinai hacía menos de cuatro años, era una chica amable y de buenos sentimientos, con un amor extremo a la enseñanza y con sonrisas que podían iluminar un cuarto entero. Había sido extraño que se hubiera interesado en un hombre como InuYasha Taishō lo era; serio, malhumorado, e incapaz de sonreír. Eran todo lo opuesto y aun así, Kagome se había enamorado de él. InuYasha, por su parte, era un hombre serio que no se había repuesto del todo de un compromiso fallido hacía más de diez años. No había vuelto a ser el mismo y rehuía a las mujeres, Kagome no sabía esto pero no era su lugar decírselo, si bien, conocía cosas de los Taishō que Kagome no, por ser natal de Utashinai, había cosas que debían ser reveladas por los Taishō y no por ella. Aunque se sentía culpable de no poder decirle todo eso a Kagome, prefirió ver a donde iban las cosas y aconsejó lo mejor que pudo a su amiga.
―Haz eso, y comprende a InuYasha ―le dijo con suavidad―. Ponte en su lugar.
Kagome suspiró y asintió, pensando que ya se había puesto en su lugar y no le había gustado para nada el sentimiento. Tenía que disculparse y aclararle todo, hablaría con Kōga primero, sería lo más sensato.
…
Ese domingo era soleado y perfecto para hacer las paces. Kagome emprendió su viaje hacia las afueras de Utashinai y pensó en lo que le diría a Kōga. Pero… ¿Qué diría él? Los machos Taishō eran tercos y prepotentes, no le sorprendería escuchar algunas palabras hirientes de su parte, justo como lo había hecho InuYasha. Con las ventanas abajo y el viento pegándole en la cara, Kagome respiró aire fresco de campo y divisó la casa de Kōga, la cual estaba a unos cuantos minutos de la mansión Taishō.
Kōga, que era hijo del hermano fallecido de Inu No Taishō, vivía con su madre y la hija de la mejor amiga de su madre, fallecida hacía varios años. También residían varios ayudantes los cuales Kagome conocía y apreciaba. La casa de Kōga no era tan grande como la mansión Taishō pero tenía un tamaño de sobra para la poca gente que vivía ahí, además de que las hectáreas y el rancho que había por detrás, se compartía con el rancho.
Cuando aparcó su pequeño y eficiente Honda, agradeció que la camioneta de doble cabina de Kōga estuviera aparcada frente al casón. Tomando una bocanada de aire salió y caminó bajo el sol picante, la tierra bajo sus botas crujía y cuando se paró frente a la puerta para tocar el timbre, Ayame Kakazu abrió y la vio con ojos abiertos. Ayame Kakazu era una pelirroja de ojos verdes, era hermosa y su belleza extranjera le había traído muchos pretendientes. Ayame era la hija de la mejor amiga de la madre de Kōga, que había fallecido. La señora Taishō había adoptado a Ayame ya que la chica no tenía a nadie más.
Ayame observó con seriedad a Kagome.
―Hola, Ayame ―saludó Kagome con una sonrisa―. ¿Se encuentra Kōga?
Ayame arrugó el ceño y asintió.
― ¿Le puedes decir que estoy aquí?
Ayame no estuvo muy feliz con aquello pero de todas formas dejó entrar a Kagome, quien se quitó los zapatos en el genkan y caminó en tines hasta la sala con Ayame por delante.
―Le diré que usted la espera.
―Te he dicho que no es necesario que me hables de usted…
Ayame dio media vuelta y se fue de ahí antes de que Kagome pudiera terminar su oración. Suspiró y comprendió a Ayame, sabía que estaba enamorada de Kōga y a su vez, Ayame sabía que Kōga estaba enamorada de ella… por lo que había escuchado hablar al ama de casa de la casa de Kōga, Kōga ni siquiera volteaba a ver a Ayame y parecía que le irritaba su presencia en la casa.
― ¿Kagome? ―se escuchó la voz de Kōga.
Kagome se paró del pequeño sofá en el que se encontraba sentada y extendió sus manos sobre sus vaqueros.
―Hola… vine a hablar contigo.
Kōga arrugó el ceño, claramente queriendo eludir aquello y lo que había pasado.
―Bien, vayamos a mi despacho.
Kagome caminó tras el gran cuerpo de Kōga y se sintió incomoda. Su caminar era duro y pesado, ella sabía que no estaría feliz por lo que le iba a decir.
― ¿Y bien? ¿De qué quieres hablar? ―preguntó una vez que había cerrado la puerta de su despacho, un despacho que había pertenecido a su padre.
Kōga era un hombre alto y moreno, de cabellos largos y negros. Era masculino, con una nariz recta y un rostro duro y asoleado. Kagome pensó que era atractivo pero que jamás podría verlo como veía a InuYasha.
Suspiró y lo vio con cariño.
―Lo que pasó el viernes fue…
― ¿Un error? ―Completó con enojo―. Si, lo sé, Kagome.
― ¿En serio? ―preguntó confundida.
―No lo fue para mí… sabes que estoy enamorado de ti.
Kagome crispó el cuerpo ante esas palabras y desvió su mirada.
―Y tú sabes que estoy enamorada de tu primo, aunque ahora… probablemente no quiera saber nada de mí.
Kōga sonrió ante aquello, feliz por eso. A Kagome no le resultó para nada divertido que él sonriera.
―Yo te puedo ofrecer más que él. Está dañado Kagome, por eso ni siquiera sonríe. No mereces estar con alguien que no te aprecie, que no aprecie tus sonrisas y tu alegría. InuYasha…
― ¿Dañado? ¿Por qué está dañado? ―preguntó interrumpiéndolo.
Kōga desvió el rostro y se sentó en el sillón detrás del escritorio.
― ¿No lo sabes? ―preguntó, levantando la mirada hacia sus ojos chocolate.
Kagome negó.
―InuYasha estuvo comprometido hace diez años ―dijo, haciendo que el corazón de Kagome diera un vuelco del tamaño del mundo―. Fue algo breve pero él amaba a esa mujer con su alma… Kikyō Hidaka ―Kagome no quería seguir escuchando aquello, ¿por qué le dolía tanto?―. Ella lo engañó con un socio de él y canceló la boda, Kikyō huyó con el tipo e InuYasha quedó devastado. No ha sido el mismo desde entonces… solo usa a las mujeres y está con ellas por algunos meses, no ha tenido nada serio con nadie desde Kikyō. Por eso quiero rescatarte, sé qué hará lo mismo contigo ―dijo con sinceridad.
Kagome lo vio en sus ojos, en sus palabras; Kōga de verdad quería salvarla del mal hombre que InuYasha suponía era.
―Yo… no lo sabía.
―Fue bueno que nos viera, de esa forma se alejará de ti.
Kagome arrugó el ceño.
― ¿Sabías que nos estaba viendo? ―preguntó con enojo.
Kōga no tuvo vergüenza y asintió.
―Claro que lo sabía.
― ¿Cómo puedes ser tan desvergonzado? ¡Es tu primo, Kōga!
― ¡Y es un maldito! Tú me gustas, Kagome. No voy a permitir que ese hombre te use a su antojo. Dime, ¿eres su novia? ¿Su pareja?
Kagome balbuceó, aun con el ceño fruncido.
―Pues… no, pero…
― ¿Te invita a cenar? ¿Te habla de su día? No lo creo, sé que no lo hace.
Kagome bajó la mirada, era cierto, InuYasha no hacía nada de eso. Muy apenas y hablaba.
―InuYasha no te merece.
―No me importa si me merece o no… estoy enamorada de él y no de ti ―Kōga tensó la mandíbula, eso le afectó y Kagome lo supo, pero era necesario hablar aquellas palabras―. Aunque ese hombre no quiera saber nada más de mí, yo estoy enamorada de él. Yo te aprecio como un amigo, pero no siento tales sentimientos por ti. Estar contigo sería un error… y no podría soportar lastimar tus sentimientos. Tú no mereces a alguien que no te quiera, mereces a alguien que si lo haga. Yo no soy esa persona, Kōga. Y siento que sea así… eres un buen hombre, pero no te quiero.
Kōga se paró de ahí y salió de entre su escritorio, yendo a la ventana que daba al rancho.
―Ya veo.
―Pero hay alguien a quien si le interesas ―dijo animándolo.
Kōga echó una mirada sobre su hombro.
― ¿Quién?
―Ayame.
Kōga bufó.
―Esa niñita ―gruñó con fastidio―. Estoy a punto de comprarle un departamento en la ciudad yo mismo para que se mude de aquí. Es insoportable, no deja de acosarme desde que se mudó aquí.
Kagome arrugó el ceño.
―Está muy enamorada de ti. Siempre veo la forma en la que te ve y es envidiable de presenciar.
― ¿Envidiable? ―dijo volteando a verla.
―Ella siempre está ahí, a pesar de que tú no la voltees a ver. No se rinde. Eso debe significar algo.
Kōga resopló como animal.
―Esa niña solo tiene un capricho, cuando encuentre a alguien más, se olvidará de mí.
Kagome sonrió.
―Sí, bueno… tal vez un día ―dijo―. Y, regresando al tema en cuestión, comprendo tu intención… pero no fue bueno que hicieras eso mientras yo estaba ebria y sabiendo que InuYasha nos veía. Creo que debes disculparte con InuYasha… yo traté de hacerlo, pero no creo que quiera volver a verme nunca más ―dijo con tristeza, una tristeza que no pudo evitar mostrar.
Kōga se sintió culpable y empezó a fumar.
―Tal vez lo haga. Lo siento, Kagome… por aprovecharme de ti y por hacerlo mientras sabía que InuYasha veía.
Ella sonrió levemente.
―Gracias. Pero también fue mi culpa, solo espero que InuYasha encuentre consuelo en alguien, yo por el momento, me retiro de la jugada ―admitió con tristeza―. Tienes razón, está dañado. No sabía la historia pero ahora que me lo dices… tal vez sea la razón por la que no quiera formalizar ―rio con amargura―. Que tonta he sido.
Kōga no dijo nada y observó a Kagome soltar nostalgia.
―Estará bien, habla con él. También yo lo haré.
―Gracias.
Kagome salió de la casa de Kōga con un peso menos y se dirigió a la mansión de los Taishō. A algunos cuantos minutos al sur, se encontraba la gran mansión Taishō. Una mansión estilo occidental de dos pisos y con terrazas arriba y abajo. Esa mansión era impresionante de ver, con montañas rodeando los extremos alejados, el ocaso siempre se veía mejor desde las afueras de Utashinai.
Había varios autos aparcados y pudo reconocer la gran camioneta doble cabina blanca de InuYasha. Con nervios, bajó de su auto y tocó al timbre esperando que no fuera él quien respondiera. Para su suerte, Izayoi Taishō abrió la puerta, la madre de InuYasha era una mujer hermosa, de cabellos negros y ojos grandes como lagunas, negros por igual. La sonrisa que le dio a Kagome iluminó su rostro.
― ¡Querida! ¡Qué gusto me da verte! ―dijo abrazándola con emoción.
Kagome se quedó quieta, no pudiéndose acostumbrar al cariño que esa mujer le daba siempre que la veía.
―Hola, señora Taishō… ―murmuró contra el cabello de la mujer.
Izayoi se separó de ella.
―Ay, qué va, llámame Izayoi ―dijo aventando una mano al aire―. Pasa, pasa. ¿Vienes a buscar a InuYasha? ―preguntó observando sus reacciones.
Kagome asintió, quitándose los zapatos y dejándolos ahí. Izayoi le ofreció unas pantuflas que Kagome apuró a calarse.
―Si… si no le es mucha molestia, ¿podría decirle que estoy aquí?
―Ninguna molestia, claro que se lo haré saber. Creo que estaba en las caballerizas ―en un momento lo mando llamar.
Kagome agradeció, observando a la mujer salir de la salita de espera a la que la había guiado.
Izayoi se alegró de ver a Kagome Higurashi en su casa, su hijo había estado de un humor de los miles demonios, si bien, no tenía un buen humor, últimamente había estado insoportable. Izayoi pedía a los Dioses que esa bella muchacha pudiera apaciguar el mal carácter de su hijo. Cuando esa muchachita bonita había aparecido en el pueblo y su hijo menor le había echado un ojo, Izayoi y su esposo habían tenido esperanzas de que InuYasha pudiera por fin sacar los fantasmas de su vida, alejar el pasado y empezar un futuro con la maestra de kínder. Kagome Higurashi era el prospecto perfecto para InuYasha e Izayoi no dejaba de orar a los Dioses por que su hijo se pusiera en serio con ella. Ya habían estado viéndose por varios meses y su hijo no daba señales de querer avanzar como algo más. Aunque lo había visto hacer eso en el pasado, nunca se había involucrado con una chica de la ciudad y solo tenía cosas de menos de un mes.
―Avisa a InuYasha que Kagome Higurashi lo espera en la sala principal ―ordenó a una chiquilla bonita que era parte de la ayuda de la casa.
―Sí, señora.
Cuando Izayoi regresó, vio a Kagome pensativa, cabizbaja casi, escuchó un suspirito y supo que las cosas entre su hijo y ella no iban del todo bien.
―Haré que les traigan algo de tomar y comer ―dijo Izayoi con su habitual sonrisa―. Y querida…
― ¿Si, señora?
―Por favor no te rindas con mi hijo ―le suplicó.
Kagome no supo que decir y se quedó con la boca ligeramente abierta, quería decirle algo pero nada salió. Izayoi le dedicó una última sonrisa y se retiró dejando a Kagome con aun más peso sobre los hombros. Pensó que la visita a Kōga había aliviado su pesar pero era señora le había vuelto a poner pesas en los hombros.
― ¿Qué pasa? ―preguntó InuYasha.
Kagome levantó el rostro para verlo parado en la entrada de la sala. Llevaba puestos unos vaqueros, una camisa de botones a cuadros roja y un sombrero negro que casi le tapaba los ojos. Las botas de cuero sonaron contra el suelo cuando se acercó apenas, notando la comida y la bebida que había en la pequeña mesita frente a Kagome. Estaba sudado y no le molestó que ella lo viera así, a ella tampoco le importó.
―Quiero hablar contigo ―dijo sin apartar su vista de la de él.
InuYasha bufó en silencio.
― ¿De? ―soltó con seriedad.
Kagome apretó sus manos en puños, parecía que ese hombre se había vuelto todavía más huraño.
―Solo quiero… aclarar lo que pasó ese día… fuera del bar.
InuYasha arrugó el ceño.
―Estabas ebria, lo sé. Ya me lo has dicho.
Kagome arrugó el ceño por igual.
―Bueno, si… lo estaba, pero eso no cambia el hecho de que hice mal… yo lo siento de verdad ―dijo con sinceridad.
InuYasha alzó el rostro, despectivamente.
―Así que… ¿estás arrepentida? ―dijo quedamente.
Ella asintió.
―He hablado con Kōga también ―dijo ella, haciendo que él rostro duro de InuYasha se tensara más de la cuenta, ella lo notó y se apresuró a hablar―. Le expliqué que lo que había pasado había sido un error y que no debió suceder… me he disculpado con él también.
―Keh ―resopló groseramente―. ¿Así que has ido donde ese mequetrefe?
Kagome evitó sonreír.
―Sí, sentí que era necesario. Y… acerca de lo que pasó ayer…
InuYasha atinó a apartar su rostro del de ella, no quería escuchar nada de eso. En mucho tiempo no había sentido lo que sentía por Kagome, de hecho, jamás había sentido lo que sentía por Kagome… con Kikyō había sido diferente; claro, la había amado, pero Kagome…
― ¿Qué?
―Estabas con otra mujer ―dijo quedamente―. ¿Sales con ella?
InuYasha la vio con seriedad.
― ¿Qué pasaría si fuera así?
Kagome arrugó el rostro y se paró de ahí.
―Entonces no tengo nada que hacer aquí.
Él evitó una sonrisa socarrona.
―No salgo con ella. Es una amiga.
A Kagome le irritaron esas palabras.
― ¿Una amiga a la que le permites tocarte? ―dijo arrugando el ceño―. ¿Por qué a mí no me dejas tocarte? ―preguntó descaradamente.
Él gruñó.
―Es una vieja amiga. No significa nada.
―Claro que significa algo. Salías con ella ¿cierto? ―entrecerró sus ojos.
InuYasha la escrudiñó, sonrió apenas.
― ¿Estás celosa? ―preguntó burlándose.
Ella se cruzó de brazos.
― ¿Y que si lo estuviera?
A InuYasha eso le removió algo en el pecho, la vista de Kagome celosa era lo mejor que había visto en mucho tiempo.
―No significa nada ―repitió de nuevo.
―Con ella… sonreías ―dijo casi en un susurro―. Nunca me sonríes ―dijo sin verlo.
Él no dijo nada. Era cierto, no le sonreía porque siempre estaba enojado consigo mismo por permitirse sentir más de la cuenta, por sorprenderse pensando que esa mujer era la mujer más espectacular y con la quería pasar el resto de sus días. Le molestaba sentirse así, le enojaba y lo único que podía hacer delante de ella era malos gestos, a pesar de eso, ella seguía ahí con él, regalándole sonrisas y gestos que solo le daba a él.
―No sabía que sonreír era parte de eso.
― ¿Eso? ―preguntó incrédula.
Él no sabía cómo llamarlo, ya que no tenía un nombre en sí.
―De todas formas, esa mujer no significa nada.
La vio pasar su peso de una pierna a otra y su rostro preocupado lo afligió también, claro que nunca lo aceptaría.
Kagome era diferente, toda ella, su voz, sus cabellos, incluso la forma en la que hablaba, todos los gestos y hasta como caminaba. Su personalidad, por sobre todas las cosas, eso era lo mejor de todo. No había nadie igual a Kagome en todo el mundo y él lo sabía.
―Me has dicho que me querías ―dijo secamente.
Esas palabras lo habían conmocionado, ¿quererlo? ¿Quién lo querría? ¿A él? ¿Y por qué? Él aceptaba no haber tratado a Kagome de la mejor manera, seguía probando las aguas… esperando a que ella hiciera algo para decepcionarlo, justo como su ex-prometida lo había hecho. Y si, había pasado, ella lo había traicionado. Pero le había dicho que lo quería y también se estaba disculpando, además no era una mujer pretenciosa como su ex-prometida lo había sido, esta chica era muy humilde y sincera.
―Si… bueno, yo… ―empezó con nerviosismo.
― ¿Te arrepientes? ―dijo, cortándola.
Kagome levantó su mirada de inmediato.
―No, claro que no… de quererte no ―lo vio con intensidad―. De habértelo dicho… si ―InuYasha la vio con curiosidad.
―Explícate.
―Kōga me ha contado lo de tu compromiso… ―dijo esperando una explosión de gritos y reclamos, él no dijo nada, se quedó viéndola con un rostro enojado, si, estaba enojado, pero no le dijo absolutamente nada―. Siento que las cosas no hayan resultado como deseabas… y siento que mi comportamiento te haya hecho pensar que podría ser igual… a ella.
―No hables de ella.
Kagome sintió algo quebrarse dentro de ella.
― ¿Todavía… la amas? ―preguntó apenas.
―No preguntes de ella.
Kagome bajó la cabeza, no podía con esa situación; quería a ese hombre con toda su alma pero él parecía no querer ceder. Estaba exhausta y triste.
―Lo siento, no volveré a hacerlo ―dijo volviéndolo a ver―. Ha pasado mucho tiempo y aun así no lo has podido superar.
―No hables de ello como si conocieses la historia…
―Espera, déjame terminar ―lo interrumpió―. Yo te quiero, si… ―dijo viendo esos ojos ámbar que muchas veces soñaba―. Pero llevamos meses jugando al gato y al ratón y tú pareces no querer ceder, no sé qué más hacer.
Él bufó con altanería.
― ¿Qué quieres decir? ¿Qué si no te hago ahora mismo mi esposa, me dejarás?
―InuYasha…
― ¿Crees que necesito de alguien como tú? ―dijo con un tono de voz duro, ella tragó en seco―. Mírate… suplicando por mi perdón, después de haberte comportado como una zorra ―soltó con veneno.
―No sigas… ―suplicó ella, al borde de las lágrimas.
―Ustedes las mujeres todas son iguales, quieren el perdón, quieren explicar las cosas. Explícame esto, Kagome, ¿cómo es que después de meses sigues conmigo? ¿Cuándo ni siquiera te he hecho mi novia? ¿Estás tras mi dinero? ¿Quieres engatusarme para después burlarte de mí?
― ¡Yo no soy como ella! ―gritó derramando lágrimas, parándose del sofá con enojo.
Él se acercó peligrosamente ante ella, haciéndola encogerse y cubrir su rostro con sus brazos. Respiraba silenciosamente, esperando lo peor.
InuYasha la vio y sintió asco de sí mismo, estaba cubriendo su rostro, esperando algo de él. Un golpe… ¿le tenía miedo? Caminó lejos de ella, gruñendo malas palabras y haciendo que ella se diera cuenta que no estaba más delante de ella.
―Vete.
Kagome se limpió las lágrimas.
―Espero que encuentres a alguien más que te aguante, InuYasha. Cuando la encuentres, déjamelo saber. Aunque… parece que lo has hecho ya ―dijo refiriéndose a la mujer con la que lo había visto salir de aquel restaurante―. Me he disculpado y te he explicado… pero eres demasiado difícil. Por un momento había sopesado la idea de tratarlo de nuevo contigo, pero no te quiero volver a ver jamás ―dijo con tristeza, su ceño fruncido y sus ojos rojos la hacían ver exhausta―. Busca a alguien más con quien jugar tu juego ―dijo con caminando hacia la entrada de la sala―. Adiós, InuYasha.
InuYasha se quedó de piedra al escucharla decir aquello; no te quiero volver a ver jamás. ¿Entonces todo estaba acabado? ¿No la iba a detener? Cuando la sintió pasar a su lado, aquella fragancia a jazmín le inundó las fosas nasales, haciéndole recordar los meses a su lado. La tomó del brazo sin siquiera pensarlo.
Ella arrugó el ceño.
―Suéltame ―ordenó.
―No te puedes ir ―bramó con ira.
― ¿Ah no? Qué raro, porque era exactamente lo que estaba haciendo ―le devolvió la voz dura.
―No te vayas.
―Me has dicho que lo haga. Que no necesitabas a alguien como yo.
Ambos guardaron silencio y sus pieles se quemaron al contacto, Kagome no quiso demostrar lo que ese hombre hacía en ella y él no tuvo pensado revelar que su piel suave y tersa lo enviaba a otros planetas.
¿Por qué las cosas tienen que ser tan difíciles?, pensaron ambos.
