Hola! Os ruego por favor que perdonéis mi retraso en publicar(el otro no es perdonable jeje) y que os guste este capítulo. Por motivos personales(instituto) no he podido conectarme. Aquí va el capítulo:

-¿Qué ha sido eso?-preguntó Iván-¿Qué ocurre?-añadió al ver la pálida cara del ojimarrón.

-Relájate, los de fuera la habrán cerrado. Bueno, ya hemos entrado, ¿Ahora qué?- Adrián estaba nervioso, eso le pasaba, pero se calmó en cuanto observó detenidamente el lugar.

-La verdad es que no sé-contestó -Oye, mira eso... ¡No hay rastro de arañas!

Era cierto. A pesar de ser tan antigua y llevar tantísimos años abandonada, la casa mantenía un estado impecable, los muebles estaban nuevos, y no había ni una sola tela de araña. Adrián resopló aliviado, sin arañas, pasar el día allí sería pan comido. De repente se oyó un ruido, como algo cayéndose, algo muy pesado.

-¿Qué ha sido eso?-preguntó Iván un poco asustado- Adri ¿Lo has oído?

-Sí, lo he oído, vamos a ver que ha pasado-el castaño agarró su mochila y subió corriendo las escaleras, seguido de su amigo, que avanzaba temeroso sobre los chirriantes escalones que llevaban a la primera planta, y que parecían recién sacados de una película de terror.

Llegaron al primer piso, que estaba polvoriento y tenía un intenso olor a humedad y a cerrado. Vieron una puerta que estaba salida de sus goznes, y decidieron entrar en la habitación que custodiaba.

Entraron, pues, y vieron la causa del estruendoso sonido que habían oído momentos antes. Había una caja, una caja de metal, cerrada con candado, que al parecer había caído desde el empolvado escritorio al suelo de madera.

Iván se acercó cautelosamente a la caja y, agarrándola muy fuerte con sus dos temblorosas manos la subió a la mesa. Parecía muy pesada. El candado estaba viejo, oxidado, sería muy fácil abrirlo tirando de él con fuerza.

-¿La abro?-preguntó el muchacho, sacando a Adrián de su ensimismamiento y haciéndole asentir distraídamente con la cabeza-Oye¿Qué te pasa? Puedes contármelo.

El castaño sacudió la cabeza, quitándose el pelo de la cara y murmuró un No pasa nada mientras se acercaba a su amigo, quien había conseguido abrir la caja, y ahora desataba un nudo que mantenía cerrada una pequeña bolsa que había en su interior. Adrián estaba asustado, no tenía miedo de algo que pudiera haber en la casa, pero sentía algo, algo aterrador, que mantenía los ojos clavados en su nuca.

Iván abrió la bolsa y sacó un libro, más bien un cuaderno, como una especie de diario de su interior. El castaño lo cogió y pasó una mano por la portada, quitándole el polvo. Sin embargo, este siguió sobre la cubierta, como si no hubiera intentado limpiarlo. Su amigo estornudó. Una, dos, y tres veces. Voy a abrir la ventanaanunció. El otro asintió con la cabeza, mientras continuaba intentando abrir el libro.

De pronto, Adrián notó una intensa corriente de aire entrar en la habitación y revolverlo todo. Se vio impulsado hacia atrás. Consiguió mantenerse de pie agarrándose al escritorio y cerró los ojos. Al cabo de unos segundos, se arrastró hasta la ventana y la cerró. El viento cesó, y no pudo evitar mirar por la ventana. Comprobó que fuera no había ni la más leve brisa, era algo extraño, tan extraño como el fuego que había aparecido por la noche.

De pronto reparó en Iván. Su amigo rubio se encontraba tendido en el suelo, inconsciente, con los ojos grises abiertos de par en par. Se arrodilló y tiró de él hacia arriba. El chico despertó.

-Emm¿Qué ha pasado?-dijo mientras se frotaba los ojos con una mano- ¿Adri?-le preguntó al muchacho, que contemplaba el exterior ensimismado.

-Eh...nada, no ha pasado nada-mintió el muchacho- Al abrir la ventana te golpeaste y te desmayaste-Si su amigo se enteraba de que había sido una fuerte corriente de aire que había surgido en un día en el que el viento estaba completamente inmóvil le había tirado al suelo y le había hecho perder el conocimiento se desmayaría otra vez, o se pondría a gritar como un loco. Iván era bastante paranoico.

-Si tu lo dices...- el otro cogió el libro, pero al hacerlo la habitación resplandeció con un tenue tono azul y se oyó un chisporroteo, seguido de un fuerte olor a quemado-¡Ay!-se quejó-Me ha...

-¿Quemado?-le interrumpió Adrián. Agarró el diario y lo metió en su mochila-No creo, anda, vamos a comer.

Bajaron las escaleras hasta llegar al final. Una vez allí, cogieron los deliciosos bocadillos y se sentaron en el último escalón. Adrián miraba a su amigo, tratando de olvidar