CAPITULO 3: PASADO
Suspiro el dulce aroma de la alcaldesa, una mezcla de manzana con un sutil toque a pino, una extraña mezcla que le pareció lo más exquisito que haya olido en la vida. Suavemente subió sus brazos por el cuello de la morena atrayéndola más hacia ella enterrando la cabeza en su cuello saboreando el dulce perfume que emanaba a través de su pulso.
Por primera vez se sintió bien, estar en los brazos de la alcaldesa, se sentía tan bien que no quería apartarse a pesar de su repelencia al principio.
Nunca tuvo un hogar, nunca tuvo alguien que se preocupara por ella mucho menos que le diera cariño, una niña solitaria eso era, solo una repudiada y sucia huérfana.
Desde que tenía memoria siempre estuvo bajo el cuidado del orfanato en Boston un lugar deplorable sin sentido de afecto, tuvo que lidiar con el inmenso dolor dorsal debido a horas trabajando limpiando cada cuarto, oficina, sala y piso para conseguir un pequeño pedazo de pan endurecido por los días almacenados en un rincón de la alacena, a pesar del duro esfuerzo que hacia no podía aspirar a nada más de lo que se daba.
Un vaso de agua se ganaba, así fuera mínimo, una cobija llena de agujeros era su soporte por las noches, un duro colchón compartido con tres niños más era su cama y una pequeña habitación donde se acobijaban treinta chicos era su "hogar".
Siempre pensaba en que mal había hecho para castigarla así, pensaba en sus padres, claro que lo hacia una y otra vez rogando por que algún día la buscaran, le llevaran a casa, la acogieran entre sus brazos y le dijeran sin parar cuanto la amaban, cosa que por supuesto nunca ocurrió.
Llego casi a resignarse ante la idea que quizá jamás llegaría hacer feliz, hasta aquel día, aquel fatídico día donde su corazón se rompió haciendo pedazos cada gota de esperanza que albergaba.
Un 25 de diciembre, una noche lluviosa que imposibilitaba ver a través de las ventanas, el estruendoso ruido de las láminas al chocar con las gruesas gotas de agua se hacían más fuerte conforme seguía lloviendo.
Como era costumbre en estas fechas cada niño terminaba sus diversos trabajos antes de reunirse alrededor de la mesa para adquirir sus respectivos alimentos, acomodados como podían esperaban ansiosos una ración de pollo asado acompañado de un vaso de ponche, era poco pero para ellos era el paraíso poder comer algo más que la fría sopa, el duro pan y agua.
La joven rubia de aproximadamente quince años limpiaba con fervor la pequeña capilla ubicada al lado este del orfanato para reunirse con sus compañeros en la cena.
Estaba hambrienta y solo faltaba adecentar el altar para poder irse, empezó quitando el polvo acumulado en la esquina de la madera haciendo pequeños círculos con el trapo húmedo cuidando de no dejar nada sucio pues no quería ser castigada por no cumplir bien con su trabajo, sabia de aquellos que eran castigados que no la llevaban bien, ella misma paso varias veces por eso antes, le azotaban hasta que quisieran y le dejaban sin alimentos por tres días, una completa tortura para unos niños que no sabían ni leer.
Tan distraída estaba que no escucho el ruido de la puerta abrirse ni tampoco los pasos que se acercaban cada vez más hasta que sintió una pesada respiración por encima de la nuca, volteo asustada sintiendo un fuerte agarre en sus brazos obligándola a quedarse quieta, quería gritar pero una mano sosteniendo su boca le impedía soltar cualquier ruido.
-¡Quieta, no te muevas, no te va a pasar nada!
Lo único que podía hacer era gimotear en un inútil intento de gritar, el pánico comenzaba a invadirla, pequeñas gotas deslizaban de sus ojos signo del inminente llanto.
-No sabes lo mucho que he querido esto… siempre viéndote de lejos, observando cada paso que dabas, cada suspiro…de verdad no sabes cuándo te deseo.
Con cada palabra dicha aspiraba el dulce aroma de la chica tratando de no dejar nada al aire, como si fuese una droga que inevitablemente le atrapó, imposible separarse y dejar que aquel exquisito aroma fuese tomado por alguien más.
Enojado por tal pensamiento, volteó a la joven para quedar frente a frente viendo esos llorosos ojos verdes que le suplicaban parase algo que por supuesto no iba hacer, mas sin en cambio esa aterrorizada mirada le excitaba de tal manera que ansiaba más reacciones horrorizadas de la chica.
La joven asustada pataleaba para liberarse sin resultado alguno pues las manos que le sostenían se apretaron como un par de esposas a su antebrazo haciéndole doler como nunca antes había sentido. No sintió cuando una fuerte mano le golpeo aturdiéndola ni cuando desgarraron la poca ropa que poseía profanando lo más valioso y probablemente lo único que tenía.
-¿Emma estas bien?-pregunto preocupada la morena cuyo abrazo nunca rompió.
-si…no te preocupes solo…me perdí en mis pensamientos, es todo.
Con cuidado se deshizo del abrazo de la morena, sin realmente querer apartarse pero sabía que debía hacerlo, eran las anfitrionas después de todo.
-Sabes que puedes decirme cualquier cosa, ¿verdad? «No quiero que piense que la culpare»
-si lo sé, solo estoy un poco cansada… por cierto y Ruby, no la he visto, ¿sabes dónde está?
-no tengo idea, creí que estaba contigo siempre pasa a la comisaria después de clases.
-yo creí que estaba aquí… ¡mierda! ¡Esa chica! «! Maldición otra vez no!, ¡pero donde se mete esa niña!»
La rubia replicaba sobre la rebeldía de la morena más joven caminando de un lado a otro preocupada pero no menos enojada por la inquietante ausencia de su hija menor, todo mientras la alcaldesa marcaba a innumerables personas que podrían saber el paradero de la joven.
El desespero de la rubia aumentaba conforme pasaba el tiempo que no pudo evitar preguntar.
-la encontraste, ¿alguien sabe dónde está? ¿Está bien?
-tranquila Emma, no te preocupes todo está bien.
-¡cómo puedes estar tan tranquila cuando nuestra hija esta quien sabe dónde haciendo quien sabe que!, no te das cuenta alguien quizá le pudo haber hecho daño, debe estar asustada, sola… no se… ¡Regina por favor, di algo maldita sea!
-¡por supuesto que estoy preocupada Emma pero alterarnos no ayudara en nada!-suspiro mientras trataba de tranquilizarse, pues aunque no se notara la angustia también la carcomía por dentro-escucha cariño seguramente debe estar con sus amigos como siempre, no te preocupes, mira ven-dijo mientras extendía sus brazos los cuales no desaprovecho la rubia arropándose entre el cálido pecho de su esposa, porque si, era su esposa, la señora de Mills.
La joven rubia siempre había sido presa de pesadillas donde se repetían los sucesos de aquel ingrato día. Nunca conto lo que paso ni tampoco dejo que alguien más se le acercara temiendo el daño que le podrían hacer, un trauma del cual ni siquiera sabía que tenía.
Unas semanas después, la joven comenzó a tener molestias, vómitos repentinos y hasta la poca comida que daban le provocaban arcadas, no supo porque de su malestar «Una infección estomacal, nada de que preocuparse» dijeron las señoras encargadas de los chicos sin darle tanta importancia al asunto creyendo que había contagiado una infame enfermedad puesto que era común enfermar más los jóvenes que morían por falta de medicación.
Sin embargo no le dieron descanso, la joven continúo sus labores cotidianas como siempre, pero los malestares cada vez se hacían mayor, los antojos de cosas que jamás llego a probar brotaron de ella como si algo le suplicara por ello pero nunca se atrevió a pedir más.
Tres meses después los cambios en su cuerpo no se hicieron esperar, su redondeado vientre era notorio provocando la habladuría de las pocas personas que les "atendían".
La risa de personas proveniente seguramente de la sala ubicada a un lado de la cocina llamo la atención de las angustiadas madres, separándose del cálido abrazo bajaron siguiendo las cada vez más fuertes risas de los jóvenes, probablemente amigos de Henry.
Al entrar sus semblantes cambiaron rápidamente al de ira al ver semejante espectáculo, una hermosa morena de mechones rojos besando apasionadamente a un jovenzuelo cuya procedencia desconocían.
-¡Se puede saber que sucede aquí!
La alcaldesa encolerizada tomo del brazo al desconocido, cuyo nombre no quería ni saber, alejándolo de su hija tomándolo del cuello de la chaqueta.
-¡No escuchaste, contesta!
Los ojos chocolate oscurecidos por la furia observaban al azul del asustado joven quien pareciera imposible articular palabra alguna.
