Capitulo III
El barco estaba por zarpar, y un viento fuerte empujaba sus velas casi al punto de arrancarlas de los mástiles. Hacía un día que habían salido de Eldalondë, y el sol de nuevo salía por la puerta Este del mundo, dando al ambiente un cálido color anaranjado. Sus cabellos dorados eran esparcidos cruelmente por el viento aún templado de la entrada del otoño. Sintió el cálido roce de los dedos del sol sobre su rostro, logrando adormecerlo, y sintió la dulce presencia jazmín de su compañera. Abrió sus ojos aguamarina para contemplar un blanco rostro, unos mares violetas extasiados con la visión del mar abierto y el sol coronando el horizonte. Cómo había crecido en tan poco tiempo, o tal vez la separación de ella dada por su trabajo en el gobierno de Númenor, había alterado su noción del tiempo. Pero aún era tan joven, aun seguía siendo una niña, o tal vez una mujer que va descubriéndose del manto de la infancia.
-No sabía que cosas tan hermosas existieran en este lado del mundo- dijo Inziladûn.
Es una pena que Silmarien no haya podido acompañarnos.
El barco por fin zarpó, y llegar a la costa de la Tierra Media llevó varios días, pues Númenor era más cercano a las costas de Aman. Pero al cabo de un tiempo, un punto brillante apareció en los confines de la noche, como si fuera una estrella que navegaba sobre las olas, y cuando aclaró el día la luz se convirtió en una ciudad de enormes dimensiones.
Tocaron puerto esa misma tarde. Una comitiva de elfos los recibió y los condujo, atravesando la blanca ciudad, hacia el palacio de Gil-galad. Las miradas de los visitantes se perdían en las altas arcadas y las infinitas bóvedas de cristal que componían los recintos del Rey Supremo de los Noldor. Eran un fiel reflejo del poder que poseía, y la magnanimidad de las manos que esculpieron los muros y los altos techos, solo podría ser obra de seres inmortales.
Un Elfo rubio los interceptó en el pasillo, su rostro era luminoso y de su ser manaba una agradable alegría. En sus ojos aguamarina brillaba inmaculada la luz de los Árboles.
-Maare Tulde, mellon- saludó haciendo una reverencia- mi nombre es Glorfindel.
-Imrahil de Andúnië- se presentó el rubio numenoreano haciendo una reverencia.
-Ancalimon, hijo de Tar- Atanamir, rey de Númenor- imitó el gesto de Imrahil.
Inziladûn descubrió su rostro del velo de hilos de plata que lo cubría y se adelantó para presentarse al Elda.
-Inziladûn, hija de Imrazôr, Señor de Andúnië- Glorfindel la miró sonriente y le hizo una reverencia totalmente caballeresca, logrando arrebatarle una imprevista sonrisa a la doncella.
-El Rey ha preparado un banquete de Bienvenida en honor a nuestros amigos de Númenor. Esta noche un sirviente tocará su puerta a la caída del crepúsculo, y los conducirá hacia el salón de palacio.
Continuaron su recorrido por el pasillo hasta llegar a las habitaciones de cada uno de los recién llegados. Ahí Glorfindel se despidió de ellos y se alejó bajando unas marmóreas escaleras que daban a uno de los múltiples jardines interiores que poseía el palacio.
La habitación que le habían asignado a Inziladûn era de grandes dimensiones. El Techo era alto y llevaba pintado en plata la obra más renombrada de Varda, las estrellas en el manto azul índigo del cielo nocturno. Las paredes estaban revestidas por telas sedosas en matices blancos y platas que caían como cascadas desde las alturas del techo hasta el suelo de mármol rosa. La cama era espaciosa y estaba tendida con finas sábanas de lino.
Inziladûn quedó tan impresionada que se olvidó de desempacar, hasta que una bella doncella rubia llegó para ayudar en este menester.
Imrahil miraba desde el balcón de su habitación el gran mar. La brisa llegaba perfumada a él y era como una terapia de relajación cuando éste rozaba su piel. De pronto sintió que algo tocó su hombro, pero no le dio mayor importancia, hasta que el hecho se repitió varias veces y con una fuerza creciente fue cuando su mirada reparó hacia abajo. Imziladûn estaba parada bajo su balcón, en el jardín que daba a este, con un manojo de piedras en su regazo.
-¡Imrahil baja!- gritaba la doncella.
El joven noble bajó de inmediato para encontrarse con ella sentada en una fuente del jardín. El sol iluminaba su negra cabellera en donde resplandecía un hilo de plata con estrellas opacas hechas con las perlas que antaño los elfos de Eressea regalaban a los Hombres de Númenor. Miraba hacia el Oeste con un rostro abstraído, pero sus pensamientos no iban a Númenor como pensaba Imrahil, sino más allá, iban navegando hacia la siguiente costa, donde no alcanzaba a llegar la mácula de Ardä.
-¿No era más fácil tocar mi puerta en vez de tirarme con piedras?- dijo despertando a Inziladûn.
-No te quejes, estuve mucho tiempo frente a tu puerta y nadie me respondió, así que salí a caminar y fue cuando te vi parado en el balcón.
-¿Qué pensabas?- dijo tomando asiento junto a ella.
-¿Todo es tan hermoso aquí, Imrahil? Parece un sueño- dijo mirando al cielo- hasta el cielo parece más limpio.
-Estas siendo testigo de un poder, que solo de esta manera podemos ser partícipes, por nuestra condición de mortales.
-¿Piensas que es injusto que se nos haya negado la inmortalidad?
-No se nos ha negado nada, nosotros nacimos con este destino de la muerte, la inmortalidad no nos pertenece. A demás, ellos nunca sabrán a dónde van nuestras almas después de que han dejado el cuerpo, están atados a este mundo, y serán testigos de su lenta decadencia.
Inziladûn quedó de nuevo pensativa, pero más tranquila ahora, porque su hermano del alma no deseaba poseer algo que nunca le será dado, La Inmortalidad.
Después de dar un pequeño paseo por los alrededores, los dos regresaron a sus habitaciones con el propósito de alistarse para el banquete del cual ellos habían sido elegidos como justificación para su realización.
Inziladûn había elegido para esa ocasión un vestido azul cielo, donde se adivinaba el destello de los hilos de plata con los cuales había sido manufacturado. Ciñó su cintura con un cinturón de mithril que había pertenecido a su madre, prima del Rey de Númenor, y que a su vez ella lo había recibido de su madre. Sobre este atuendo, vistió una sobrevesta color azul índigo con la insignia de su Casa bordada en oro. Por último, y justo cuando el sirviente llamó a la puerta, colocó en su azabache cabellera la corona de perlas que había recibido de Ciriarán, Señor de los Teleri, y dejó sus cabellos sueltos recorrer por su espalda.
El sol ya se había ocultado, y las antorchas habían sido encendidas a la hora en la que Inziladûn recorría el gran jardín del palacio. El Elda que la guiaba mantenía su distancia yendo al frente de ella, de modo que pudiera ver por donde la llevaba. Al frente de una arcada con sedosas cortinas plateadas, divisó las figuras de Ancalimon e Imrahil con sus respectivos guías.
-¿Llevan mucho esperándome mis Señores?- dijo haciendo una reverencia.
-No mi Señora, nosotros también acabamos de llegar- respondió Ancalimon.
¿están listos para entrar a la presencia del Rey?- Dijo Glorfindel que acababa de llegar, tan alegre como siempre- pues bien, es hora de que el banquete comience.
Entraron al salón cruzando las telas que pendían de la arcada. Para su sorpresa, el salón era una estructura en mármol cuyas paredes y techo eran de estas mismas telas cristalinas azuladas, de donde colgaban candelabros de cristal de plata. Los pisos eran de hermosos azulejos que representaban flores blancas y rosas pálidos, y si volvías la mirada al techo, las estrellas se veían más brillantes y grandes aún a través de las sedas, tal era el efecto que daban. Al fondo del salón se situaba la larga mesa llena de comensales alegres y hermosos, y a su izquierda el grupo musical se preparaba para empezar su tema.
Ereinion miró a las cuatro presencias que se acercaban a él. Su amigo Glorfindel era una de ellas, pero había tres más que eran nuevas para sus ojos. Le pareció que estas personas que llegaban de tierras lejanas, eran la encarnación gloriosa de los hombres de antaño, más una pizca de inmortalidad había en ellos, pues los dos hombres y la mujer, que ahora estaban frente a él, eran descendientes de Earëndil, familiar suyo, a quien se le dio a escoger entre la muerte y la vida eterna, y escogió contarse entre los primeros nacidos.
-Majestad, le presento a Ancalimon, futuro rey de Númenor- dijo Glorfindel. Ancalimon hizo una gran reverencia y Gil-galad le correspondió de igual manera.
-Es un honor recibir al hijo de Tar-Atanamir en mi propia casa- comentó Ereinion.
-El honor es recíproco, majestad.
-Imrahil de Andunie- prosiguió Glorfindel e Imrahil hizo una reverencia ante el Rey.
Inziladun estaba cautivada con la hermosura del rostro del Rey. Sus cabellos eran negros como la noche, coronados de plata, y en su mirada azul resplandecían pequeños destellos. Pero su rostro no reflejaba su admiración, en cambio permanecía seria escuchando las palabras que intercambiaban.
Por último, le presento a Inziladun de Eldalondë, Señor- Ereinion la miró sonriente y ella sintió que sus ojos la traspasaban, pero sin perder el protocolo hizo la mejor reverencia que había hecho en toda su vida.
Por favor, pasemos a sentarnos- indicó con su mano y con la otra tomó la de Inziladun y la llevó consigo- pronto se servirá la cena.
Tomaron asiento y poco tiempo después los sirvientes trajeron los platillos. Glorfindel se sentó a la derecha de Gil-galad y Ancalimon a su izquierda, después le siguió Imrahil e Inziladun. La música comenzó a sonar y varias parejas se pusieron de pie y se encaminaron al centro del salón. Inziladûn pensaba en pedirle a Imrahil que bailara con ella pero estaba muy ocupado hablando de política y negocios con el Rey y Ancalimon, mientras, solo sus ojos ávidos acompañaban a las parejas que danzaban en círculos por toda la galería. De pronto una mano luminosa se tendió ante ella y miró a su lado el hermoso rostro de Glorfindel.
-¿me puede hacer el honor, mi Señora?- ella le sonrió sorprendida- solo le pido un poco de paciencia, no soy de ninguna manera un buen bailarín.
-Mi Señor, sobrepasa su modestia, apuesto que ha de ser el bailarín más solicitado de todo Lindon- el rubio Elda rió jovialmente. Ella le dio su mano y Glorfindel la tomó con fuerza al sentir como temblaba. Así encaminaron sus pasos al centro de la pista y con la nueva música comenzaron su baile.
-Creo que su Dama, Señores, ha encontrado cómo entretenerse sin ustedes- rió Gil-galad al observar a Glorfindel y a Inziladûn. Los dos Hombres se sorprendieron al ver a la pareja tan sonriente y sosteniendo una amena conversación. De pronto Ancalimon se puso de pie y se encaminó hacia la pareja. Ereinion e Imrahil se miraron desconcertados cuando observaron que Glorfindel se despedía de la dama con una reverencia y el joven príncipe tomaba su lugar.
-Creo que he tocado algo de un gran valor para el futuro Señor de Númenor- dijo sonriente el Señor de la Flor Dorada al acercarse a la mesa.
-Me temo que si, amigo mío- rió Ereinion un poco sorprendido ante la reacción de Ancalimon- Númenor tendrá un soberano tenaz.
Imrahil quedó pensativo, la reacción de Ancalimon no era habitual en él en cuanto a damas se refería.
La noche prosiguió y el ambiente se hizo cada vez más alegre, especialmente después de que el vino y la dulce hidromiel se hubo servido. Inziladûn no paró de bailar en toda la noche. Gran parte de los Eldar se habían asignado turno para bailar con ella, pues su presencia les llamaba la atención, era como una hermosa dama élfica, enriquecida de gracia pero en sus ojos se reflejaba la plena conciencia de que la muerte la arrebataría de este mundo. Era esta dicotomía que existía en Inziladûn la característica que cautivaba a los Eldar.
El festejo llegó a su fin y pocos quedaban en la galería. Faltaba poco para el amanecer, el cielo comenzaba a aclarar cuando Ancalimon, Imrahil e Inziladûn se despidieron de su noble anfitrión, Gil-galad, y de Glorfindel. Caminaban por los jardines en dirección de sus habitaciones dominados por el cansancio y el silencio.
-Ancalimon, ¿podría hablar contigo mañana?- el príncipe miró extrañado a Imrahil.
-Por supuesto, primo- dijo- pero me intrigas, ¿no puedes decírmelo en este momento?
-No, no puedo-dijo mirando de reojo a Inziladun que caminaba a su lado adormecida sobre su hombro.
-Esta bien, hablaremos mañana- En esos momentos habían llegado a las puertas de las habitaciones y Ancalimon se despidió de Imrahil para después traspasar el umbral de la puerta.
Imrahil miró sobre su hombro a su querida amiga que por una razón sobre natural se encontraba aún de pie, aun que ya había partido al mundo de los sueños.
-Inziladun- susurraba volviéndola hacia él- despierta, ya llegamos a la habitación- la dama abrió sus ojos violetas y miró desconcertada a su alrededor, y al volver hacia arriba su mirada se encontró con una hermosa luna llena cuya luz traspasaba la bóveda de cristal que conformaba el techo de la misma.
-Nunca terminaré de sorprenderme con la magia de los elfos- decía como para si misma.
Imrahil abrió la puerta de cedro del dormitorio y se introdujo dentro de ella con la adormecida Inziladun de la mano. La dama tomó una fina túnica rosa pálido y se cubrió tras el biombo con motivos florares. Imrahil solo podía ver la delicada silueta del cuerpo de su querida niña a contra luz de las escasas velas que mantenían en penumbra la habitación. Se tumbó en un mullido sillón a esperar que Inziladun se preparara para ir a la cama, porque le agradaba estar con ella a la hora de acostarse, como cuando eran niños y ella estaba de visita en Armenelos, entonces, por las noches se escapaba al dormitorio de ella para que le contara los cuentos del mar que escuchaba de los Eldar que arrivaban al puerto, sin importarle que al amanecer sus padres le dieran una reprimenda por aparecer en el dormitorio de ella.
-Imrahil, no bailaste conmigo- señaló saliendo de tras del biombo y caminando hacia la deseada cama.
-No creo que te haya faltado mi compañía con todos esos Eldar haciendo fila para compartir una pieza contigo.
-No, tienes razón- dijo tumbándose sobre una almohada. El silencio dominó la sala, cada quien había sido atrapado por sus ensoñaciones. Los primeros rayos del sol acariciaron la piel del mundo y fuera todo era quietud, no sería un día muy atareado en palacio, todos estarían durmiendo. Inziladun ya había cerrado los ojos y poco a poco se iba sumiendo en un profundo sueño, tan pesado como el cielo mismo.
Imrahil se levantó al darse cuenta de que había caído dormida. La miró por un tiempo respirar apaciblemente y se retiró de la habitación, siempre echando un vistazo antes de cerrar la puerta.
Salió a caminar un poco, solo para volver a admirar la hermosura de Lindon a la luz del día naciente. El jardín estaba silencioso, solo el canto de las aves y el murmullo del mar podía ser perceptible. Sus rubios cabellos, fiel insignia de la Casa de Hador, eran llevados por una tenue y cálida brisa, pero de pronto otros cabellos oscuros como los abismos del mundo se le unieron en un espléndido contraste, como si la noche y el día se hubieran unido.
-¿Qué es lo que me tienes que decir?
-Te ganó la impaciencia, querido Ancalimon- dijo sonriente.
-Se trata de Inziladûn ¿cierto?
-Si, se trata de ella- dijo Imrahil y antes de hablar de nuevo quedó pensativo, buscando la manera de plantear sus ideas- ¿Cuál es el afecto que le tienes a Inziladûn?- el rostro de Ancalimon cambió drásticamente- es que he notado que le das un trato diferente a ella en comparación con todas las demás damas de la corte.
-Creo que no soy bueno disimulando-dijo sonriendo irónicamente.
-Por lo menos a mi no me lo pudiste ocultar- dijo Imrahil- ¿Te gusta mucho Inziladûn?
¡Por supuesto que no!- dijo confundiendo a su primo- Imrahil, yo la amo desde la primera vez que contemplé su rostro- dijo como si el corazón se le saliera por la boca- desde que la vi bajo los matices anaranjados del atardecer tocando su fino rostro- Ancalimon se vio interrumpido por la resonante carcajada de Imrahil.
Ay! Amigo, en efecto, estas enamorado.
Imrahil- dijo tomando su brazo- ¿Crees que me corresponderá?, dime tu que la conoces más que otra persona, exceptuando a su mismo padre.
Ancalimon, no sabría decirte, ella siempre ha sido muy reservada en ese aspecto, no se lo dice a nadie- dijo mintiendo, pues aunque no sabía quien custodiaba el amor de Inziladûn, bien sabía que esa persona no era su primo- Pero si quieres a Inziladûn como me dices, es mejor que encuentres la ocasión para decirle lo que sientes-Ancalimon quedó pensativo, con un rostro preocupado.
Me retiro, creo que necesitas meditar esto a solas, y en verdad oigo el llamado de mi cama desde mi habitación- dijo retirándose, traspasando el arco de piedra que anunciaba la entrada a esa terraza.
