Capítulo 2: Complejo de esclava

Al día siguiente, tras despertarnos y desayunar unas frutas, Cyrus se marchó con Malik y Arsalan para comenzar con su adiestramiento. Como no tenía nada que hacer, pasé la mañana con Giv y Hadi, quienes jugaban en los Jardines mientras yo les observaba. Arsalan les había tallado unas espadas de madera y ambos niños luchaban a modo de juego. Pero, obviamente, son cosas de críos, y siempre hay alguno al que se le va la mano.

¡Kaileena! – Gritó Hadi, corriendo hacia mí con la mano en la frente. Yo, alarmada, me levanté y me acerqué a ellos. - ¡Giv me ha pegado en la cabeza!

¡Ha sido un accidente! – Decía Giv en su defensa, preocupado por la reprimenda que podría recibir. – No quería hacerle daño, ¡lo juro!

A ver, a ver, paz. Deja que le eche un vistazo a ese golpe… - Me arrodillé frente a Hadi y aparté su mano, observando con detenimiento. – No es nada grave, Hadi. Sólo es un chichón.

Me duele …

Lo sé, pero desaparecerá en un par de días. ¿Qué ha ocurrido?

¡Giv me ha golpeado con su espada de madera! – Acusó Hadi, molesto.

Tranquilo Hadi …

Ha sido un accidente, yo quería hacer como que lo degollaba. Pero se me fue la mano …

¿En serio? – Me quedé pensativa. - ¿Podrías mostrármelo?

¿Qué?

Muéstrame cómo le has golpeado.

¡¿Qué?! – Hadi se mostró indignado. - ¡Ni hablar!

Tranquilo … - Miré a Giv, entregándole la espada de madera. – Hazlo lentamente.

Pues … Primero me he acercado corriendo y luego le he atacado así. – Explicó al tiempo que hacía un movimiento torpe. – Y ya está.

Ya veo … - Murmuré mientras le observaba con detenimiento. Me acerqué y coloqué mis manos sobre las suyas, aferradas a la espada de madera. – Pero la próxima vez, no muevas la espada con tanta agresividad. Usa movimientos suaves y coordinados. – Le decía al tiempo que le dirigía para corregirle.- Así conseguirás enlazar distintos movimientos y serás más mortífero en la batalla. – Me alejé de él sujetando la otra espada. – Prueba conmigo.

Giv imitó a la perfección el movimiento que le había enseñado mientras Hadi observaba. Yo bloqueaba el ataque con facilidad. Era un niño, no suponía ningún peligro, y menos con una espada de madera. Tras varios intentos, paramos y ambos me miraron asombrados.

¡Guau! – Exclamó Giv. - ¡No sabía que supieras manejar la espada tan bien!

Gracias. – Le respondí sonriendo.

¿Dónde aprendisteis a luchar así? – Preguntó Hadi, que aún se mostraba respetuoso al hablarme.

Nací con este talento, supongo.

¿Y nos enseñarás? – Giv me miró con una mirada tan dulce que fui incapaz de negarme.

Por supuesto. Pero más adelante. – Y devolviéndoles las espadas de madera, añadí. – Por ahora, practicad lo que os acabo de enseñar.

Dejé a los chicos continuar con su juego. Al cabo de un rato, Farah apareció por allí, llevando en brazos a su inseparable Darab, quien por día crecía más y más.

¡Farah! – La llamé. Ella se acercó hasta mí.

Hola Kaileena. – Saludó ella, sentándose a mi lado.

Buenos días. ¿Cómo te encuentras?

Mejor no hablemos del tema …

Arsalan y Kalim nos dijeron que habías discutido con Malik … ¿Qué ha ocurrido?

Está obsesionado con el Reino, se ha olvidado completamente de que existo. – Explicaba ella. Yo prestaba atención, pudiendo ver lo desesperada que estaba por una muestra de cariño por parte de Malik. – Nunca está conmigo. Sólo le veo por la noche y se duerme inmediatamente tras llegar… - Hizo una pausa y dejó salir un profundo suspiro. – Desde que le coronaron Rey no hemos vuelto a hacer el amor … Ni una simple caricia, un beso …

¿Has hablado con él?

Está empeñado en que el Reino le necesita.

Bueno … Igual está algo estresado. No te preocupes. Ya estoy aquí. Trataré de ayudarle en todo lo que pueda para que tenga tiempo libre.

¿En serio?

¡Por supuesto! Tú confía en mí.

Mientras yo animaba a Farah, no muy lejos de allí, en una pequeña playa no frecuentada, Malik ponía a prueba la resistencia de sus hermanos. Llevaban desde el amanecer corriendo bajo el sol abrasador de Babilonia, sin comer ni beber. A pesar de ser jóvenes, tanto Cyrus como Arsalan estaban exhaustos, mientras que Malik no parecía estar nada cansado.

Está bien, señoritas. Haremos una pausa …

Los dos Príncipes no tardaron en frenarse. Arsalan cayó de rodillas sobre la arena y Cyrus se sentó sobre una roca junto a él. Estaban totalmente agotados. Sin embargo, Malik seguía haciendo estiramientos y trotando de un lado a otro para evitar perder el ritmo.

¡¿Cómo puede estar tan fresco?! – Protestó Arsalan. - ¡Llevamos horas corriendo sin descanso!

A mí las piernas ya no me responden … Y eso que cuando el Dahaka me perseguía, lo hacía sin descanso …

Pues a mí el estómago me está matando. ¡Necesito comer algo! ¡Yo sin alimento no rindo!

Bueno, señoritas, ¿habéis descansado ya? – Se burló Malik, caminando hacia ellos. – Hay que ponerse en marcha de nuevo.

Malik … ¡No podemos más! – Se quejó Arsalan. – Necesitamos comer.

¡Nada de comer! Tenéis que hacer ejercicio, bolas de sebo …

¡Eh! ¡Que tú estás más gordo que nosotros! – Dijo Arsalan.

¡Esto es músculo! – Presumió él, señalando su brazo. - ¡Moved el culo, holgazanes!

Oye … ¿cabe mencionar que he estado de luna de miel varias semanas? – Dijo Cyrus, tratando de levantarse. - ¡Eso cuenta como ejercicio!

¡Dejad de quejaros y a correr! – Malik le dio una patada en el trasero a Cyrus, obligándolo a correr. Arsalan se puso en marcha antes de que pudiera hacer lo mismo con él. – Vamos, ¡venga!

El entrenamiento se prolongó durante horas. A su regreso, Malik ofreció un banquete más que suficiente para recuperar fuerzas. Cyrus y Arsalan comieron como auténticos bárbaros bajo la mirada asombrada de los demás presentes.

Un par de horas más tarde, se convocó una reunión del Consejo. Yo me estaba preparando mientras Cyrus descansaba tumbado en la cama. Aquella habitación me traía muy buenos recuerdos. Eran los aposentos que compartiría con él durante el resto de mi vida. No podía ser más feliz.

Me encantaba ser Consejera. Mi opinión era escuchada y respetada, al menos por casi todos. Había un grupo de Consejeros que no me querían allí, pero tarde o temprano los pondría en su lugar.

Una vez lista, salí del vestidor hacia la habitación principal para despedirme. Pero Cyrus estaba tan exhausto que se había quedado dormido. En silencio, le tapé cuidadosamente con las sábanas y le di un beso en la frente. Seguidamente, caminé hacia la puerta y me marché.

Cuando llegué a la Sala del Consejo, los Consejeros aún no estaban allí. Sólo Malik ocupaba su asiento. Estaba observando unos escritos, muy serio. Al parecer, las cosas no andaban muy bien.

¡Vaya! ¡Qué concentrado te veo! – Le saludé al tiempo que me sentaba a su derecha.

¡Hola Kaileena! Llegas temprano.

¿Qué te ocurre? Estás muy serio.

Nada … - Malik suspiró y se rascó el mentón mirando los escritos. – Creía estar preparado para esto.

Y lo estás, Malik. Has estado entrenando toda tu vida.

Ya, pero … No contaba con encontrarme un reino sumido en la ruina.

¿Ruina? – Me reí, pensando que bromeaba.- Malik, el reino está pasando por una mala racha, pero de ahí a llamarlo ruina …

Mira estos informes. – Me dijo, enseñándome los escritos.- El reinado de mi padre acabó dejando la ciudad sumida en la pobreza …

Bueno … Pero esto es consecuencia de lo acontecido en estos últimos meses. No puedes culparle a él.

¡Lo sé! Pero aún así, ¿cómo sacar a Persia de la ruina en la que se encuentra? La gente ha comenzado a robar, las chicas jóvenes se han visto forzadas a trabajar en burdeles … Kaileena, ¡he visto a niñas, NIÑAS! – Desesperado, se llevó las manos a la cabeza. – Por no hablar de los asesinatos …

Ciertamente, la situación es mala …

¡Es crítica!

Calma, esta no es la peor crisis por la que ha pasado Persia. Hubo otras antes. No te preocupes, saldremos de ésta.

¿Tú crees?

Por supuesto. Ya verás.

Unos minutos más tarde, comenzaron a llegar los demás Consejeros. Al igual que en el Consejo anterior, había un miembro que ni me gustaba, ni yo le gustaba a él. Ese era Asghar, un antiguo combatiente y general que se retiró para dedicarse a comerciar con esclavos. A mi parecer, todo un rufián. Jamás entendí por qué Malik decidió incluirle en el Consejo.

Nunca le gusté, más bien todo lo contrario. Sabía que llevaba la marca de la ciudad en el hombro, y para él, sólo era una esclava a la que se le habían otorgado demasiadas libertades. Me miraba mal durante las reuniones, hablaba mal de mí a mis espaldas, o incluso delante de mí, ridiculizaba mis ideas … Pero aquello era poco comparado con lo que tendría que soportar en el futuro. Poco sabía yo que aquel hombre pondría en juego no sólo mi reputación, sino mi propia vida.

La reunión comenzó y los diferentes Consejeros comenzaron a exponer sus informes. Yo escuchaba atenta, tratando de ponerme al día tras mi ausencia. La situación era realmente precaria. La desesperación reinaba en el tema de conversación. Todos, sobre todo Malik, hablaban con nerviosismo y preocupación, mientras yo me mantenía serena, en silencio, analizando lo que iba escuchando y tratando de encontrar una solución.

¡La ciudad está en la ruina! – Sentenció un Consejero.

Esta situación es insostenible. – Añadió otro, ante la desesperada mirada de Malik.

No hay solución.

Yo no estaría tan segura. – Hablé finalmente. Todos se quedaron mirándome. – La situación es crítica, pero todo tiene solución.

¿Tienes una idea, Kaileena? – Me preguntó Malik, sintiendo que aún había algo de esperanza.

Tengo un par de ellas. – Anuncié orgullosa. – Pensemos con la cabeza. No podemos construir la casa empezando por el tejado. Empecemos con los cimientos, concentrémonos en el pueblo llano.

¡¿El pueblo llano?! Esa chusma no vale la pena. – Dijo un Consejero partidario de las ideas de Asghar, o mejor dicho … Un auténtico lameculos.

Esa "chusma" es quien paga los impuestos que os mantienen en vuestras enormes mansiones del barrio rico de la ciudad. – Acusé, señalándole con el dedo. - ¡Mostrad respeto! – Sin embargo, mi discurso se vio interrumpido por unas carcajadas procedentes del otro ala de la mesa.

Oh, Kaileena … - Se reía Asghar. - ¿De verdad pretendéis que nos traguemos que os preocupáis por el pueblo? Son sólo esclavos, vagabundos y prostitutas … ¡Oh! Esperad … Ahora lo entiendo. – Sonrió. – Os preocupáis por los de vuestra propia clase.

En aquel momento, la marca de la ciudad que permanecía sobre mi hombro ardió como nunca, y mi puño, sediento de venganza, se alzó inconscientemente para borrarle aquella estúpida sonrisa de la cara. Sin embargo, se vio frenado por una fuerte mano que me agarró por la muñeca con firmeza.

Mantén la calma, Kaileena. – Malik había advertido mi reacción. Sabía que tarde o temprano ocurriría un altercado de ese tipo. – Asghar, mostrad respeto. Os recuerdo que Kaileena es mi Consejera Personal y la esposa de mi hermano Cyrus.

Siento ser franco, Majestad, pero esta mujer sigue llevando la marca de la ciudad. Aunque liberada por su dueño, una esclava sigue siendo una esclava.

¡Yo no soy ninguna esclava!

La marca que tenéis en vuestro hombro dice todo lo contrario. Tened cuidado cuando andéis por las calles de Babilonia sola … No vaya a ser que mis hombres os recluten para mi mercado de esclavos…

¡¿Veis esto?! – Le amenacé, mostrándole el anillo sobre mi dedo. – Esto indica que soy miembro de la Familia Real. ¡Ponedme la mano encima y sufriréis las consecuencias!

¡Basta! – Interrumpió Malik, mirándonos irritado. – Asghar, Kaileena es miembro de pleno derecho en mi Familia, así que mostrad el respeto que se merece. Kaileena, por favor, ¡mantén la calma!

Asghar apartó la mirada, manteniendo su expresión de asco y superioridad. Yo continué mirándole. Aquel era mi único punto débil, un punto que era fácil de alcanzar y que provocaba en mí una explosión de rabia acumulada.

A ver, Kaileena. Explícanos en qué consiste tu idea. – Me habló Malik, usando un tono suave.

Invierte el dinero de las arcas de la ciudad en el pueblo.

Pero Kaileena … apenas hay dinero.

Entonces invierte lo que queda en la cámara del tesoro de Palacio.

¡¿Qué?! – Malik parecía tener una mezcla de sorpresa e indignación. - ¡Esos son tesoros procedentes de las batallas ganadas!

¿Prefieres invertir eso en tu reino para que genere beneficios y salga de la ruina o te gusta más la idea de que tus enemigos aprovechen la debilidad de Persia y acabe todo en sus manos después de destruir lo poco que nos queda?

Vaya … - Malik se quedó en silencio, meditando. – Tienes razón … Continúa.

Si utilizamos ese dinero para abastecer a los campesinos, estos reactivarán el comercio, podrán pagar sus impuestos, y dispondremos de fondos con los que reparar todos los daños.

Pero eso requerirá un tiempo. ¿Qué haremos mientras tanto? – Preguntó un Consejero. - ¿Cómo nos defenderemos?

Los Daevas. Tenemos una alianza que pactar con ellos, ¿no? Pues es simple: ellos nos protegen mientras lo necesitamos, reciben cobijo a cambio, y cuando nosotros nos recuperemos, les ayudaremos a recuperar las tierras que tan cruelmente fueron destrozadas tanto por Persia como la India.

Me parece una buena idea. – Dijo Malik. – Y ya que sacas el tema de Aresura … Quiero que te encargues de pactar las condiciones de nuestra alianza con ellos.

¡¿Qué?! ¡¿Yo?!

¡¿Ella?! – Exclamó Asghar, indignado.

Yo estaré presente, pero tú hablarás por mí. ¿Qué te parece?

Yo … - Ciertamente, no sabía qué decir.

Convenciste a los Daevas para que vinieran a ayudarnos en la batalla. Esto será pan comido para ti.

¿Qué pasa, Sierva Kaileena? ¿Os da miedo? – Se burlo Asghar.

Es Sacerdotisa, vulgar esclavista. – Mascullé, mirándole con ojos asesinos.

Calma. – Interrumpió Malik. – Está decidido entonces. Enviaremos un mensajero a Aresura de inmediato. Por cierto, necesitamos sirvientes en Palacio.

Mis esclavos podrían ocupar el lugar de los que ya no están, Majestad. – Ofreció Asghar.

Suponía que diríais eso. ¿De cuántos esclavos disponéis?

Todos los que su Majestad necesite.

Está bien. Entonces quiero que seleccionéis a 50 hombres y mujeres jóvenes, sanos y fuertes. Kaileena, tú irás con él.

¡¿Qué?! – Exclamé, indignada.

Quiero que te asegures de que los esclavos están en buenas condiciones de salud. Llévales ante un médico o algo.

Yo me ofrezco a examinarlos. – Dijo el Anciano.

Perfecto. Entonces doy la reunión por finalizada.

Tras las palabras de Malik, todos los Consejeros nos levantamos para hacer una reverencia al tiempo que él se levantaba de su asiento. Le seguí a toda prisa y le abordé a la salida del edificio, claramente indignada.

¡¿Se puede saber en qué estás pensando?!

¿Qué?

¡¿Me envías a mí a supervisar a Asghar?! ¡¿Estás en tus cabales?!

Está claro que tu relación con él es poco diferente a la que tenías con Yashar. No quiero que esto desemboque en otra rebelión Kaileena. Por favor, contén tu lengua delante de él.

¡¿Perdón?! ¡¿Yo?! ¡Es él quien me ha faltado al respeto!

¡Y tú le has contestado! ¿No te das cuenta de que haciendo eso actúas como él espera que actúes? Tienes que mantenerte serena ante él, ser un muro incapaz de derrumbarse ante sus ataques.

Pero Malik …

Sé que te está atacando usando golpes muy bajos. Pero confía en mí. Sé fuerte, demuestra que eres superior. Es la única manera de que los demás Consejeros te den el visto bueno.

Como quieras … - Suspiré, mirando al suelo.

Eh … - Malik colocó su mano en mi mentón, haciéndome mirarle de nuevo. – Eres mi cuñada, parte de mi Familia, y te aseguro que no dejaré que te hagan daño. El Anciano irá contigo.

Está bien …

Me disponía a marcharme cuando uno de los Consejeros llegó para proponerle a Malik que acompañase al resto del Consejo a la taberna del puerto para tomar unas copas juntos. Por supuesto, aquella invitación no me incluía a mí.

Kaileena, ¿quieres venir? – Me preguntó Malik.

No sé si te has dado cuenta de que no se ha dirigido a mí en ningún momento.

Eso a mí me da igual. Tú también eres parte del Consejo y te invito yo. ¿Qué me dices?

No … Creo que me quedaré en Palacio. No estoy de humor.

Venga … ¡Será divertido! Únicamente ponte ropa discreta, que no te relacionen con la realeza.

Malik, de verdad que no me apetece. Además, no quiero dejar a Cyrus solo.

No pasa nada por una noche. Vamos …

Está bien …

Regresé a mis aposentos para ponerme un vestido más discreto. Al entrar, vi a Cyrus, aún dormido. Malik estaba siendo realmente duro. El pobre estaba exhausto. No quise despertarle. Tras ponerme un vestido marrón que dejaba uno de mis hombros al descubierto, y cubrirme el rostro para que nadie me reconociese, me reuní con Malik y los demás Consejeros en las puertas de Palacio.

Nos dirigimos hacia la taberna del puerto, atravesando los callejones de Babilonia, sumida en la oscuridad de la noche. Malik debía plantearse alumbrar ciertas calles, pues eran peligrosas para caminar de noche.

Una vez en la taberna, pude descubrirme. Los Consejeros bebieron y bebieron, coqueteando con las bailarinas del local. Era patético ver cómo aquellos hombres, casados y con hijos, manoseaban y besaban a otras mujeres. Malik, en cambio, mantuvo la compostura. Apenas bebió y se quedó a mi lado, junto con el Anciano.

¿No te animas a bailar? – Me preguntó.

¿Con esos degenerados? No, gracias. – Tras una pausa para dar un trago, decidí sacar el tema de Farah. - ¿Qué es lo que ha pasado con Farah exactamente?

¿Te envía ella a que hables conmigo? – Malik iba a dar un trago de su cerveza, pero se frenó al oír la pregunta.

Me he ofrecido yo. ¿Qué es lo que ha pasado?

Se molestó porque llegué cansado una noche. – Respondió él, sin mirarme.

¿Una noche? No es eso lo que tengo entendido. Malik, ¿la estás dejando de lado?

¡¿Dejar de lado?! ¡No! Pero tú ya has visto la situación del Reino … ¿Realmente crees que me puedo concentrar en "eso" sabiendo que Persia se desmorona y todo depende de mí?

Lo sé, Malik. Pero no puedes ignorar a tu esposa. Ella también te necesita. Además, le hiciste una promesa …

Ya … - Suspiró. – Escucha, intentaré por todos los medios pasar más tiempo con ella. Pero no puedo prometer nada. La situación es delicada.

Y tu matrimonio estará en la misma situación o peor si no lo remedias.

¡Capto la indirecta, Kaileena!

Me voy a Palacio … - Dije tras unos segundos en silencio.

¿Tan pronto?

Estoy cansada y no me siento muy a gusto aquí, la verdad.

¿Te acompaño?

No, puedo ir sola.

Grave error. Salí de la posada y comencé a caminar hacia el Palacio. Pero no caí en una cosa. La situación de Babilonia era tal, que los vagabundos se habían vuelto violentos, capaces de cualquier cosa sólo por dinero.

Comencé a sentir que me seguían. Nerviosa, aceleré el paso, pero me acorralaron poco después. Venían con la intención de robarme, pero poco después todo cambiaría por culpa de una vieja cicatriz …

Eh, preciosa …

¿Qué hace una mujer caminando sola por estas calles de noche?

Alejaos de mí.

¿A qué viene ese carácter? – Uno de ellos tiró del velo que cubría mi cabeza, dejando ver mi hombro al descubierto. – ¡Pero si lleva la marca de la ciudad! Entonces nos vamos a divertir …

¡¿Qué?!

Ven aquí, hermosura.

Alejaos de mí inmediatamente. – Traté de huir, pero uno de ellos me agarró del brazo. Al forcejear con él, sacó una daga y me atacó con ella, provocándome un profundo corte en el brazo.

¡Eso te enseñará!

Caí al suelo torpemente, llevándome la mano al brazo herido, conteniendo el horrible dolor que aquello me provocaba. No podía moverme. Algo en mi interior me decía que atacara. Pero mi cuerpo no era capaz de responder. Cerré los ojos al ver que aquellos hombres se me echaban encima con sus miradas lascivas, cuando, de entre las sombras, apareció el Anciano, quien, con una agilidad insospechada, atizó a ambos vagabundos en la cabeza hasta alejarlos de mí y colocarse entre nosotros.

¡Largo de aquí, rufianes! – Les amenazó mostrando su bastón.

¡Cuidado! ¡Ese bastón lo carga el diablo!

¡Huyamos!

Los vagabundos salieron corriendo hasta desaparecer a lo lejos. El Anciano se giró hacia mí, que estaba temblando en el suelo, con mi mano colocada sobre la herida.

¿Os encontráis bien, Kaileena? – Me preguntó, acercándose. Yo negué con la cabeza, a punto de echarme a llorar. – Venid, le echaré un vistazo a ese corte.

El Anciano me acompañó hasta el interior de las murallas de Palacio, donde había transportado su tienda. Esperaba que Cyrus no se enterase del altercado, pero al ver que no estaba, preguntó a los guardias sobre mi paradero, y al saber que me encontraba lejos de Palacio, decidió esperarme junto a la entrada principal.

¿Kaileena? – Se acercó a mí, preocupado al verme sangrando. - ¡¿Qué te ha pasado?!

Un par de vagabundos la han confundido con una esclava y trataron de robarle. – Explicó el Anciano. – No te preocupes, Cyrus. Está conmocionada, nada más. Voy a curarle ese corte ahora mismo.

Entramos en la tienda del Anciano y se dirigió a una habitación en busca de ungüentos. Cyrus y yo esperamos en la sala principal, sentados sobre unas alfombras y cojines. Yo no me quitaba la mano del brazo, que seguía sangrando, mientras Cyrus me acariciaba la cara, tratando de llamar mi atención.

¿Kaileena? – Me decía, preocupado.

No insistas Cyrus, está en shock por lo ocurrido. – Dijo el Anciano, regresando junto a nosotros y sentándose a mi lado. – Vamos a ver ese corte, Kaileena. – Con cuidado, apartó mi mano y examinó la herida. – Voy a tener que coser. Cyrus, será mejor que la sujetes.

Sí.

Cyrus me rodeó con el brazo y me sujetó firmemente. Entonces, el Anciano comenzó a coser la herida. El brazo me ardía y mi cuerpo no tardó en reaccionar, sacudiéndose para librarse de sus ataduras. Apreté los dientes tanto como pude, cerrando los ojos, incapaz de evitar que las lágrimas resbalasen por mi rostro hacia el suelo. Cyrus hacía todo lo posible por consolarme, acariciándome y besándome en la frente. Pero aquello no aliviaría mi dolor.

Ya está. – El Anciano me ató una venda alrededor del brazo y se levantó. – Voy a prepararos una infusión para que podáis descansar. Tras unos minutos, regresó con una taza. – Tomad.

Gracias por haberla salvado de esos rufianes.

No te preocupes. Tenía la sensación de que se metería en problemas.

¿Por qué estaba sola? ¡Se suponía que Malik estaría con ella!

Me aburría y quise regresar a casa … - Confesé, mirando al suelo.

Cariño, podrían haberte matado. ¿Por qué no te has defendido?

Estaba paralizada … - Dije, bebiendo un poco.

Es la última vez que sales sola de noche.

Pero Cyrus, yo …

¡Nada de peros! Y voy a tener una seria charla con Malik por dejarte volver sola. ¡¿A quién se le ocurre?!

Cyrus, no lo entiendes …

¡¿Entender el qué?!

¡Me atacaron porque vieron que llevo la marca de la ciudad!

Cyrus se quedó sin habla. Sabía que el llevar aquella marca hacía que me sintiera horrible, y aún no alcanzaba a comprender por qué Ormazd no la borró de mi cuerpo junto a mis demás cicatrices el día que me resucitó.

Lo siento … No pretendía sonar tan desagradable.

Tranquila …

Nadie me respeta, ni siquiera en el Consejo.

¿Qué ha pasado?

Digamos que hay un nuevo "Yashar" que busca provocarla a toda costa.

¿Y Malik no ha hecho nada al respecto?

Prefiere que Kaileena muestre serenidad antes sus ataques para demostrar su superioridad.

Entiendo. – Cyrus suspiró. – Voy a hablar seriamente con mi hermano. Dejarla sola es muy irresponsable por su parte.

Bueno, Cyrus, creo que es mejor que esperes a mañana. – Dijo él, viendo que comenzaba a quedarme dormida en los brazos de Cyrus.

Bien, Kaileena … -Cyrus se levantó, cargando conmigo dulcemente. – Voy a llevarte a nuestros aposentos. Gracias por todo, Anciano.

No hay nada que agradecer. Es un honor poder ayudaros. – El Anciano hizo una reverencia.

Cyrus le devolvió la reverencia y cargó conmigo hasta nuestros aposentos. Ya estaba dormida, así que trató de no hacer ruido. Me dejó cuidadosamente sobre la cama y me tapó con las sábanas antes de tumbarse a mi lado.

Aquella noche, como era de esperar, Malik y Farah volvieron a discutir. Sus gritos se escucharon por todo el pasillo. Era muy triste ver como dos personas que se querían tantísimo comenzaban a distanciarse por culpa de la Corona …

A la mañana siguiente, tras despertar, me reuní con Asghar para seleccionar a los esclavos que servirían en Palacio. Se había enterado de mi incidente de la noche anterior, y me miraba con una sonrisa peculiar, como si disfrutase viéndome sufrir.

Buenos días Kaileena. – Saludó sonriendo. – Tenéis mala cara … ¿Os encontráis bien?

Ahorraos el hacerme la pelota, Asghar. Vamos a buscar a esos esclavos.

Asghar me llevó hasta un edificio donde mantenía prisioneros a todas las personas que eran capturadas en las guerras. El panorama era desolador. Mujeres, hombres, niños, ancianos … Vivían en condiciones infrahumanas, durmiendo en el suelo, comiendo los restos que les tiraban los guardias, sin ninguna comodidad, en unas condiciones de higiene alarmantes. Y, por supuesto, todos llevaban la marca de la ciudad en sus espaldas.

Por todos los Dioses …

Sí, ya lo sé … Aquí debería almacenarse comida, pero no dispongo de un lugar donde encerrar a esta escoria. Cubríos la cara con algo, todos los días mueren algunos y el olor jamás se va.

Colocándome un pañuelo en la cara, comenzamos a recorrer el pasillo que separaba las dos zonas. A la izquierda estaban los hombres, y a la derecha las mujeres. Todos extendían sus brazos entre los barrotes, suplicando que les dieran comida y agua. Los guardias entraban apartándolos a golpes y patadas hasta llegar a los fallecidos para retirar los cadáveres. Algunos, muy desesperados, habían recurrido al canibalismo y devoraban los cuerpos de sus compañeros caídos.

¿Cómo podéis mantener a esta gente aquí? – Le pregunté, indignada.

Oh, vamos … Seguro que vos erais mucho más cruel en la Isla del Tiempo, ¿me equivoco?

Eso pertenece al pasado … - Respondí, mirando hacia otro lado.

Ya … En fin, ahí tenéis a los esclavos. Vos diréis …

Recorrí el pasillo de punta a punta, observando a aquellas pobres personas con detenimiento. Conforme los iba seleccionando, los guardias los arrastraban fuera y los encadenaban. Escogí 25 hombres y 25 mujeres, todos jóvenes.

Sin embargo, cuando me disponía a marcharme, algo llamó mi atención. Había una chica en una esquina, llorando desconsoladamente. Era una adolescente, bastante joven, y por su aspecto, lo había pasado muy mal.

Eh … - La llamé, acercándome a la verja. - ¿Cómo te llamas? – La chica me miró confusa y se señaló con el dedo. – Sí, tú.

L…. Leyla mi Señora …

Leyla … - Repetí yo, pensativa. - ¿Por qué estás aquí?

Mi pueblo fue arrasado en una guerra … Llevo aquí desde que era una niña … - La pobre chica lloraba más y más.

¿Por qué lloras?

He sufrido abusos de muchos soldados … Creo que estoy embarazada … - Al decir esto, la pobre lloró aún más.

Oh … - Decidida, me dirigí a uno de los soldados. – Sacadla de ahí.

Pero, mi Señora, ya habéis escogido a los 50 esclavos que pidió el Rey.

Me da igual. Ya hablaré con el Rey al respecto. Ahora sacadla de ahí.

Como gustéis …

Tras liberar a aquella muchacha, nos dirigimos con todos los esclavos a la enfermería de Palacio, donde el Anciano les examinaría.