CAPíTULO 3: MOTIVOS
Durante todo el fin de semana estuve tratando de convencer a Chase de que mi regreso al redil nada tenía que ver con lo que en el pasado había sentido por House. No dijo nada y pareció conforme. A pesar de eso el lunes me fui sola a trabajar porque Robert me dijo que no tenía que entrar temprano. Mejor, porque estaba aparcando cuando le vi llegar. Nada de moto. Nada de coche. En lugar de eso, un taxi. El conductor se bajó y fue hacia el maletero, sacando de su interior una silla de ruedas. Vi cómo descendía del vehículo y se sentaba, al tiempo, rebuscaba en sus pantalones el dinero con que pagar
- ¿Hace falta que le ayude? - preguntó el hombre.
- No hace falta, ya me encargo yo - me adelanté.
- ¿Está seguro? - repitió al ver la cara que House había puesto al oírme. Debía ser de cine.
- Sí...No se preocupe. Quiere asegurarse de que la rentrée sea triunfal…Por la puerta grande, como los toreros.
[...]
- ¿Cómo estás? - pregunté mientras cubríamos el camino entre el parking y el vestíbulo.
- Bien...¿Y tú? - dijo educado – Es retórico, sé que estás como siempre.
- ¿Por qué lo dices? - pregunté cautelosa.
- Porque estás aquí – dijo en un tono de suficiencia que llegó a molestarme.
[…]
Entramos y nadie pareció dar importancia al cambio. Tal vez albergaban la esperanza de que no volviera. De poder librarse de él. Pero si se producía su regreso, era mejor ignorarlo. Sin bastón ya no parecía peligroso, porque ni siquiera Chase, que iba hacia la clínica en ese instante, se dignó a mirarle.
- Tendré que ponerme la bata para recordarles a estos bastardos que aún estoy en el equipo titular. – argumentó mirando a mi marido.
- Disculpa a Chase, House. No pasa por sus mejores días. – le excusé, aunque no sé por qué lo hice. Acababa de descubrir que me había mentido.
- Yo tampoco. Lo de la sillita ha sido un montaje, mañana, si el tiempo lo permite, vendré a pata.
- Bien. Me alegra saberlo. – no me lo creía del todo y él se dio cuenta, aunque, contra su costumbre, guardó silencio.
- ¿Y tú no tienes nada que hacer en tu puesto? – preguntó cuando ya estábamos llegando a su oficina.
- Éste es mi puesto...Me quedo en el departamento – dije resuelta.
- Hasta que te eche o dimitas...- constató.
- En todo caso será al revés. Soy la nueva jefa. – anuncié sin encomendarme ni a Dios ni al mismísimo Diablo.
- ¿Quién lo ha dicho? – de sobra sabía la respuesta.
- Cuddy. Si tienes alguna queja…- le dejé bien claro que yo no pedí el regreso.
- ¿Y por qué no ha dado el mando al negrata? – curioseó sorprendido.
- Eso mismo le pregunté yo. No quiso contestarme. – me zafé convincente.
En ese momento, Trece y Foreman hicieron su aparición. House obvió los parabienes y se contentó con un saludo a lo Fray Luis de León
- Como decíamos ayer (1), ¿Qué cadáver en ciernes requiere nuestros desvelos?
- Un paciente con el Síndrome de Tourette – dijo el neurólogo.
- Esa enfermedad no es mortal – replicó él.
- Los síntomas se han agudizado – informó 13
- Ya veo – dijo House sin replicar.
- ¿Dónde está Taub? – indagó el nefrólogo.
- Le surgió una buena oportunidad de trabajo y se fue – admitió 13.
- ¡¡¡Qué casualidad que esa circunstancia se haya presentado en mi ausencia!!!- adujo sarcástico.
- No tenía un contrato vitalicio contigo – recordó Foreman.
- Claro. Supongo que es más fácil y más lucrativo volver a componer bonitas caras. Es una buena terapia y un mal consuelo. Dado que no hay quien le arregle la suya.
- No has perdido el humor ¿eh? – sonrió Foreman.
- Ni tú tampoco. Rehaced todas las pruebas mientras me pongo al día. Nos veremos después de comer. ¿Verdad jefa? – confirmó dirigiéndose a mí
- Claro. – asentí ante el gesto de pasmados de los otros dos.
- ¿De qué os extrañáis? ¿No sabéis que Eva siempre tuvo la sartén por el mango en el paraíso? - preguntó malicioso-. ¡¡¡Andando!!!
Nos callamos. Sólo un momento. Justo hasta que la parejita abandonó el departamento.
- Todos tienen sus razones, Dra. Cameron – soltó de repente.
- ¿De qué hablas? – pregunté mientras cogía la historia del paciente.
- Cuddy es más lista de lo que parece. Foreman no puede hacer de capo. Nunca pudo. Y ahora menos que nunca.
- Se supone que deberías darle un voto de confianza – intercedí.
- Por mí, está bien. Pero has de aprender a contar. No se puede saltar del 12 al 14. – sutilmente estaba anunciándome la tragedia.
- Remy se encuentra bien, House. – le tranquilicé.
- Bien para ir tirando y no morirse mañana. No tan bien para seguir ejerciendo – dijo con crueldad.
- ¿Y entonces, tú? ¿Qué haces aquí? – a primera vista era evidente que tampoco estaba en sus plenas facultades.
- Tengo mis motivos – argumentó y, mirando mi alianza de casada, añadió – Y acabo de descubrir los tuyos.
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