Aquí les traigo este largo capítulo. Comencé a escribirlo poco a poco y no pude parar para hacer otros fanfics hasta que lo terminara.

Disfrútenlo. ;)


Capítulo 03: Uniones dudosas y separaciones dolorosas

Agarraba con fuerza su cintura. Mis caderas se movían por voluntad propia. El sudor empapaba mi rostro, que no dejaba de esta presionado en su pecho. Mi corazón palpitaba como un tambor golpeado a gran velocidad; parecía querer salirse de mi pecho.

Levantando mi vista para ver su rostro de estasis, mi cuerpo perdió toda energía. Sus ojos verdes azulados chocaron con los míos. Aquel rostro femenino no pertenecía a quien yo creía.

— ¿Rouge? — Anonadado, no daba riendas a su presencia.

Los párpados se cerraron fuera de mi voluntad. Al abrirse ya no me encontraba en la cama, sino que yacía parado, lejos de ella.

— Discúlpame. Olvidé que dijiste que solo querías dormir. — levantó los hombros y las manos, señal que no importaba. — Me tocará dejarte.

Prendas de vestir típicas de las mujeres de mi tribu cubrieron su cuerpo de la nada. Sus ojos verdes azulados se apagaron; estaban vacíos de cualquier emoción.

En el marco de la puerta, a la entrada, los hombres mayores que se fueron acompañados por las jóvenes mujeres la noche anterior para satisfacer sus gustos esperaban ansiosos. Rouge caminó hacia ellos, posándose entre los dos. Comenzaban a tocarla y meter sus manos debajo de esas prendas para acariciarla.

Apretujé mi cabeza, sintiendo un dolor punzante cada vez que observaba como ellos la degustaban. Apreté y apreté más hasta que oí como mi cráneo se rompió y caí al suelo si vida, con la risa de Rouge resonando en lo que fue mi cabeza.


— ¡Rouge! — Grité agitado, despertando del horrible sueño.

Temblaba como gelatina; mis manos no parecían recomponerse. Inhalé y exhalé de forma agitado hasta que logré recomponerme, respirando normal.

Me sentí observado, pero recordé con quien estaba. Ella me miraba pasmada, con una taza de madera en las manos y aún desnuda (no evité verla, ya que era una pérdida de tiempo; por su parte no tenía vergüenza de mostrase así)

— ¿Qué es un Rouge? — Preguntó, curiosa ladeando un poco su cabeza a la izquierda.

— Rouge es alguien, no algo. — Respondí. — Se trata de alguien que conozco.

— Entiendo. — Tomó mi respuesta con poco interés.

Frotó en su cuerpo una especie de crema blanca, como un bálsamo. Realzaba el brillo rojo de su pelaje y emanaba un olor que excitaba mis fosas nasales.

— Buenos días, eh… eh…— Quise ser cortes, pero algo me faltaba. — Nunca me dijiste tu nombre.

— Soy una Káakbach. — Respondió seria.

— No pregunté lo que hacías, sino quien eres. — Indiqué, sobándome los ojos buscando aplacar mi enojo.

No tenía ni un minuto despierto y ella comenzaba a desquiciarme.

— Los nombres que escogieron nuestros padres son borrados el día que somos elegidas para esta labor entregada por los dioses. — Narró, tranquila.

— ¿No fue tu elección hacer… hacer esto? — Pregunté.

— ¿Qué clase de mujer escogería a voluntad satisfacer hombres desconocidos por el resto de su vida? — Preguntó levantando la voz, deteniéndose de su.

Quedé callado ante su pregunta. En mi tiempo era normal encontrarse con ese tipo de mujeres por la noche cuando paseaba por Station Square (no sabía que pensar la primera vez cuando conocí la ciudad); algunas trabajaban en ese oficio por necesidad y otras para satisfacer ciertos vicios que degradaban aún más sus cuerpos.

— Lo siento. — Dije.

— No lo sientas. —Indiferente, me dio la espalda.

Ella continuó esparciéndose el bálsamo por su cuerpo igual que antes de interrumpirla.

— Casi se me olvida. Tikal mandó un mensaje; te espera en su palacio más tarde. — Informó al minuto, dejando de lado, de nuevo, el bálsamo. — Una pequeña muestra de mi humildad.

Pasó a mi lado un jarrón de frutas frescas. Todas apetitosas y jugosas. Tomé el gajo de uvas entre todas las demás; pesaba mucho para ser pequeño. Saboreé su dulzura en mi mente antes de devorarlas una por una (es mi fruta favorita y no podía resistirme).

Antes de acabármelas, me despedí de la Káakbach quien solo asintió sin inmutarse mucho.

Sin preocuparme, salí de la casa para ver a Tikal. La ruta al palacio fue entretenida. Muchas Alí (jovencitas) susurraban al verme pasar; ver al extraño Ts'uul (extranjero) debía ser algún honor. Les devolvía la forma en cómo me miraban con una sonrisa. Se tapaban los rostros ante la pena que les provocaba, marchándose sonriente con su grupo de amigas fieles. Era la primera vez que era deseados o admirado por tantas miradas femeninas (bueno, vivía en una isla solo y conocía a pocas chicas cuyo amor no era correspondido por sus "amados").

Llegando a mi destino, saludé a los guardias que resguardaban la entrada del palacio de piedra con firmeza. Me dejaron pasar sin problemas. Reconocían quien era y para que venía. Una vez dentro, caminé por los pasillos admirando de nuevo los relieves de nuestra cultura; dibujos que contaban una diminuta parte de la historia de mi gente y los dioses que adoraban. Sonreí hasta que vi la figura de Perfect Chaos; sus ojos me miraban y la pupila vertical parecida a la hoja de una daga quebraba mi interior. Negué y traté de no recordar el mal que se aproximaba. Era una tortura saber el futuro de todas estas pobres almas.

Al lado de la entrada de la habitación de Tikal, me detuve. No me di cuenta en que momento llegué.

— Tikal, soy yo. Knuckles. — Llamé con tono fuerte, esperando su aprobación a entrar o esperarla.

Oí un golpe procedente de adentro, de algo cayendo al suelo. Entré moviendo las cortinas. Reaccioné acostumbrado en atacar antes de pensar; debí pensar primero.

Tikal soltó un grito, señalando a la puerta. Duré segundos en blanco antes de obedecerle. Mi respiración se volvió agitada, con el corazón retumbando como tambor al igual que en mi pesadilla. Sirvientas no mayores de Tikal pasaron mi lado y entraron; el guardia que las acompañaba esperó en la puerta, dándole la espalda para evitar mirar lo que no debía.

Rebobiné en mi mente todo este caos por causa de mi tontería. Entraba listo para el ataque, temeroso de algo malo. Vi toda su parte de atrás del cuerpo desnudo de ella, sus muslos y caderas. Giró su cuerpo, tapándose sus atributos femeninos con sus manos. Soltó un pequeño grito al verme.

Me miró no con rabia o ira, sino con vergüenza; su cabeza hacía movimientos en dirección a la puerta para que saliera (no usaba sus manos por obvias razones). Antes de voltear e irme, en su cama vi un vendaje largo con pequeñas manchas rojas en varias secciones.

¿Tenía una herida que no le vi ayer? — Pensé una vez saliendo se su habitación y esperando sentado.

— Necesitamos poner veneno en las esquinas. Las ratas están volviendo. — Dijo una de las sirvientas a su compañera que asentía a sus ideas.

¡Ratas! Una idea brillante, que tapaba los verdaderos sucesos, para un momento como este.

Observando a las dos sirvientas tomar rumbos opuestos, y el guardián acompañó a la que sugirió la idea en la conversación. Seguí sentado, a la espera de mi regaño (si tenía suerte); Tikal salió y su mirada seria me indicaba lo obvio: no estaba feliz de mi llegada (o la forma en como llegué).

— Lo siento. — Seguía seria con mi disculpa. — No era mi intención.

Soltó un suspiro a la brevedad. Aceptó mis actos.

— La próxima vez, espera mi llegada en la sala. — Dijo.

— No vi nada, lo juro. — Declaré en busca de redención.

— Te creo. — Declaró ella. — Entra.

Dudé si era correcto después de lo sucedido; su mirada insistía que lo hiciera.

Entre y fijé mi vista en su cama, buscando las vendas que vi antes. No había nada más que una buena organización en el tendido de sus sábanas. Tikal tomó un brazalete violeta, que tenía grabados de un colibrí en él, de la mesa donde muchos accesorios eran visibles; desde aretes con piedras preciosas, collares dorados, polvos de maquillaje, y otras más cosas que no recordaba su nombre.

— Maltyox, nan. — Escuché decir de su parte, besando el objeto con delicadeza y abrazándolo con cuidado.

No sé el porqué, pero una chispa en mí se creaba. Sentía curiosidad por el brazalete y su significado profundo para ella.

Tikal debió notar mi interés. Tomó mi mano y me dio eso, sonriendo dulcemente.

— Este brazalete fue de mi madre. Lo usó el día que se entregó a mi padre en matrimonio. — Narraba con el mismo brillo de una inocente niña contando un cuento de hadas. — Me pidió que lo usara cuando llegara mi momento de entregarme a un hombre; y es ahora, con Iktan.

No encontraba amor o deseo cuando ella pronunciaba su nombre; tampoco estaba seguro de que Iktan fuera realmente merecedor de ella.

— ¿Pasa algo Knuckles? — Preguntó, tomando devuelta su posesión preciada.

— Tú… tú…— Quería confrontarle sobre su matrimonio, pero quien era yo para tal intromisión. Solo era un extranjero sin derecho a nada en su vida.

— No tengas miedo. — Animaba con su simple pero inocente sonrisa a que hablara.

— Tú… has dicho palabras que no he llegado a comprender. — Logré decir, encontrando una excusa perfecta. — ¿Que significa Maltyox, nan?

Finalmente decidí seguir callando estos pensamientos sobre su unión con aquel equidna guerrero. Más adelante podía descubrir que los hizo decidirse que debían ser el uno para el otro; pero lo último que acababa de decir no era mentira. Era desconocido para mi esa palabra (como otras que he venido escuchando).

— Mi abuela me advirtió de esto. — Dijo, sentándose al borde de su cama. — Gracias, mamá. ¿Entendiste esto último? — Preguntó.

— Sí. — Respondí su inquietud.

— Ya veo. — Rascó su cabeza, pensando un poco. — Knuckles, nuestro idioma es la combinación de varias lenguas. Una misma palabra puede ser dicha hasta en nueve formas distintas, si no me equivoco. — Contaba sus dedos y asentía para sí misma. — Mi abuela te lanzó un hechizo y te permitió poder entendernos y comunicarnos con nosotros; pero quedaron lenguas sin incluir, y todo el que hable o diga palabras en esas lenguas será imposible de comprender para ti. — Tomó unas bocanadas de aire, pausando un poco su explicación. — Maltyox, nan es igual: Gracias, mamá.

— Entonces... Maltyox, Tikal, por enseñarme. — Utilicé su propia lengua para dar muestra de su gratitud.

Inclinó levemente su cabeza al suelo, aceptando mi agradecimiento.

— Sabes, no te esperaba tan temprano. Eso fue lo que me tomó por sorpresa antes de que tu entraras y me vieras…— Bajó la mirada apenada, evitando recordar el suceso. — Pensé que llegarías más tarde por, ya sabes…

Quedó muda, esperando que entendiera el contexto.

— No sé de qué hablas. — Dije sin pena.

— Dormiste con una Káakbach. — Declaró. — Los dos amigos de mi padre que aceptaron su servicio aún yacen bajo el dominio de los sueños en sus respectivas habitaciones.

La miré consternado, si crédito a sus palabras.

— No te juzgo. Eres hombre. Tienes tus necesidades como cualquier otro. — Daba una explicación, buscando no insultarme u ofenderme; pero eso que decía no quedaba conmigo.

— Yo no tuve nada con ella. No hicimos nada. — Rápidamente dije, evitando dar malos entendidos.

No me creyó al principio. Duró con una sonrisa esbozada en su rostro que desapareció al darse cuenta que no bromeaba. Al final me miró anonadada.

— ¿Por qué? — Preguntó inocente. — ¿No era tu tipo? ¿Dijo algo indebido?

— No, nada de eso. — Negué a tales indagaciones. — Yo… yo no me sentía cómodo.

— Disculpa mi intromisión. — Pidió, sintiendo vergüenza.

Era raro, pero hablaba sobre la labor de esas chicas con tanta facilidad; como un hábito común en su vida cotidiana, no parecía desagradarle o sorprenderle.

— Lo aceptaste tan fácil. — Dije.

— Mi padre recibe la visita de dos Káakbach por semana. No es raro para mí saber lo que hacen.

Abrí mis ojos llenos de sorpresa, estupefacto ante tal información. Tikal nuevamente notó mi sorpresa.

— Él y mi nan (mamá) eran muy activos. Según mi abuela, dos veces al día intimaban; al amanecer y anochecer eran los momentos que más disfrutaban. — Soltó una pequeña carcajada. — Cuando tenía dos años, una vez desperté a media noche por una pesadilla y entré a su cuarto. Pregunté qué hacían y mi padre respondió sin pensar: "Tu nan tenía frío. Le estoy dando calor"— Soltó una carcajada, a la par que yo me apenaba. — Ella le dio una cachetada y se fue a dormir conmigo. De grande, cuando me enseñaron de donde provenían los bebés y lo que el sexo significaba, entendí lo mal que sonaba esas palabras y porqué mi madre hizo eso aquella noche.

Sus risas comenzaron a apagarse. Su sonrisa se borraba, como un día brillante nublado por las oscuras nubes listas para esparcir la lluvia.

— Luego de la muerte de mi nan, mi padre necesitaba una forma de superar su dolor; y eran las Káakbach quienes disiparon parte de aquel dolor.

Quedó en silencio. Hablar sobre su madre la llenó de tristeza al final; quiso recordar solo lo bueno, pero saber que ya no estaba junto a ella la derrotaba. Sus ojos se aguaron, listos para desbordarse como una presa.

— Mejor no sigamos hablando de eso. Hablemos de algo distinto. — Traté de animarla.

Asintió a mi propuesta, sobándose las manos por sus ojos. Fingió una sonrisa que era ineficaz para ocultar aún sus pesares.

Se paró, salimos de su habitación y caminamos por el pasillo unos cuantos pasos antes de detenerse. Acercó su rostro a mi cuerpo y lo olfateó.

— No te has bañado. — Tapó su nariz.

Olí mi cuerpo y no la culpaba; apestaba al demonio (no tuve tiempo de bañarme luego de la lucha con Rouge y el resto del día lo pasé con ella conociendo la ciudad, lo que intensificaba mi pestilencia).

— Vine de inmediato apenas supe de tu mensaje. — Traté de excusarme.

Ella arqueó una ceja ante mi excusa vaga.

— Ven. — Siguió tapando su nariz, guiándome a algún lado (posiblemente a un baño).

Quedé muy apenado por eso. Ahora no sería un mal momento que la tierra me tragara (de nuevo).


Tikal no dijo una palabra desde que salimos del palacio que era su hogar. Solo buscó unos jabones y toallas. Se despidió de sus sirvientes con mucha humildad. Caminamos por parte de la ciudad antes de internarnos en la espesa selva. Había un angosto sendero limpio y libre de malas hierbas por el que íbamos a cuál sea que fuese el destino.

En una parte, el camino se dividía en dos direcciones opuestas (uno a la derecha y otro a la izquierda).

— Aquí nos separamos. — Declaró, entregándome uno de los jabones y una toalla. — Sigue por este lado — señaló el del lado izquierdo — y hallaras un riachuelo. Ahí puedes bañarte. Creo que todavía hay gente.

— ¿Qué pasa si voy por aquel lado? — Pregunté.

— Puedes perder un ojo. — Respondió.

Sonrió con malicia, ocultando sus ganas de reír.

— ¿Hablas en serio? — Levanté una ceja.

No respondió ante mi duda. Solo se fue riendo por el camino derecho, perdiéndose de mi vista.

Levantando los hombros, no le di vueltas al asunto y caminé tranquilo hasta llegar al cabo de pocos minutos al riachuelo del que me especificó. Tuvo razón con que encontraría a otros allí; todos machos como yo, de diversas edades. Se me quedaron viendo, de pies a cabeza.

— Saqarik. — Dijeron varios al unísono.

— Buenos Días. — Dije, esperando no ser irrespetuoso.

Unos sonrieron, otros no expresaron nada; solo continuaron su labor de higiene al despercudir su cuerpo de la suciedad diaria. Notaba que el más joven tenía por muchos tres años; no había bebés al cuidado de sus padres. Los niños de estas edades (tres años) eran cuidados por quien debían ser su padre o hermano (no sé qué era) que los agarraba y secaba una vez finalizado su baño.

Sin pena, también entré al riachuelo luego de quitarme mis zapatos y guantes. Su agua fría me llegaba a cerca de las rodillas. Podía ver mis dedos un poco deformes por la distorsión que esta provocaba. Con mis manos humedecí el resto de mi cuerpo; se sentía tan bien.

Sobándome el jabón esperando que hiciera espuma, oí risas a lo lejos. Volteé y vi como dos chicos más jóvenes que yo corrían con sonrisas de victoria. Los dos eran casi idénticos, con la excepción que uno tenía un lunar blanco en sobre su ojo derecho y el otro sobre su ojo izquierdo; eran hermanos gemelos.

— Eran lindas. — Dijo el del lunar izquierdo.

— Muy lindas. Y esa figura. Qué senos. — Indicó el otro, del lunar derecho, haciendo formas ovaladas sobre su pecho con sus manos.

Notaba que estaban excitados un poco; sus miembros viriles yacían a la vista.

— Cuando se casen deberán dejar esos hábitos. — Dijo uno de los señores, reprendiéndolos.

— ¿Por qué cree que lo hacemos ahora que somos jóvenes? — Indagó el del lunar derecho.

— Él y yo aún tenemos la oportunidad de apreciar la belleza de otras jovencitas antes de atarnos a una mujer en matrimonio. — Respondía su hermano, haciéndole una llave en forma de juego al del lunar derecho.

— Sí. Cuando nos casemos con la mujer destinada podremos hacer algo más que solo verla. — Dijo él, escapándose de la llave y fingiendo una lucha con el del lunar izquierdo.

— Tienen razón. — La crudeza en la mirada del señor se disipó. Ahora era de complicidad con los jóvenes. — Hice lo mismo como tres o cuatro veces. — Se reía, acompañados de los hermanos que dejaban sus juegos y comenzaban a bañarse.

Tardé en comprender (mejor dicho, no pensé) que Tikal se fue a bañar con otras chicas y mujeres; mujeres que se defenderían si descubrían que miradas inoportunas interrumpían ese momento que debía ser privado.

Solté un suspiro, pensando que esto era normal; hice lo mismo cuando Rouge se bañaba, aunque fuera por accidente, y no pude apartar mi mirada de su cuerpo; lo admiraba por su perfección. Podía negarlo mil veces frente a ella, pero mentirme a mí era otra cosa.

Esbozando una sonrisa, continué con lavando mi cuerpo para poder reunirme con Tikal.


Salí del espeso bosque tropical, buscando a los lados. Tikal me esperaba sentada sobre el césped.

— Saqarik, Tikal. — Saludé, deseándole buenos días (aunque ya no hubiéramos visto antes).

— Saqarik a ti. — Murmuró, devolviéndome el saludo.

Reímos a lo bajo. Ella entendía que ponía en práctica ciertos acentos y le agradaba eso. No había nada mejor que aprender ciertas palabras de tu gente.

Como la Káakbach, ella me ofreció ciertas frutas que tenía a la mano como desayuno. Acepté complacido, con mi estómago gruñendo; tomé varios mangos apenado de no poder ocultar las ganas que tenía por llenar mi barriga.

— Nuestra ciudad no es enorme como otras. Ya te mostré lo principal ayer. — Informó, sobándose la cabeza. — No sé qué más podría serte de ayuda.

— Solo pasemos el rato. Me agrada tu compañía. — Dije, posando mi mano sobre la suya.

Ruborizada, Tikal trató de no parecer apenada con tal comentario. Quité mi mano de inmediato. No podía darles ideas errores.

— Lo que quiero decir, ehh…— Tosí, tomando una pose seria. — Has sido una gran amiga en tan solo un día de conocernos.

Esbozando una sonrisa que dejó al descubierto pequeños trozos de la fruta que yacía entre sus encías, se levantó y me tomó de las manos con entusiasmo.

— Voy a saludar una amiga. ¿Te gustaría acompañarme?

Asentí deseoso. Que me presentara a personas que consideraba muy cercanas a ella era señal que de verdad era su amigo. Se cumplía parte de mi deseo; ver mi gente y saber más de ella.


Familias humildes charlaban entre ellas. Los niños jugaban. La zona común (la clase que no era noble) donde la mayoría de los equidnas vivían era muy alegre.

Oí gritar fuerte tras de mí. Me volteé, aguantando las ganas de actuar de golpe (recordaba las consecuencias de esta mañana); solo se trataban de niños siendo niños, jugando entre ellos.

El más alto de todos tenía una cobija azul sobre sus hombros, y pequeñas plumas entre las púas de su cabeza.

— ¡ARRRGGG! Soy Perfect Chaos, Dios del agua que beben. Me despertaron y he visto sus pecados. Han avivado mi ira. — Saltó sobre la pequeña niña, agarrándola en un abrazo.

— No. Chaos me ha atrapado. He muerto. Mi vida ha llegado a su fin. — Actuaba la niña como una pobre damisela cuya vida era arrebatada.

Nuevamente la premonición volvía a mí. Esos niños narraban sus fatales destinos como una broma, sin saber que se haría realidad.

Los vi a todos, esas pobres familias, y me sentía tan inútil en no poder contarles su futuro. Tikal (la de mi tiempo) me advirtió que no lo hiciera, pero no quería quedarme de brazos cruzados; deseaba gritar a los vientos su infortunio; llamarlos a evitar seguir con su sed de conquista de nuevos territorios; pero no era prudente. Solo podía dejarlos morir como ya estaba escrito.

Sentí suaves manos sobre mi rostro. Bajé la mirada y Tikal secaba las lágrimas que brotaron de forma inconsciente de mí. Su boca articulaba palabras de preocupación.

— No te preocupes. Solo estoy emotivo. — Dije, terminando de secar las pocas gotas de mi cara. — Yo soy el único de mi clan, de tribu, de mi raza en la isla que vivo.

— Pero no estás en tu isla. Estás aquí, con nosotros. — Palabras de aliento de su parte me animaron, dejando de lado parte de mi dolor.

Me dolía verla sufrir por dolor el ajeno. Tenía que ser fuerte para llevar esta carga. Era un regalo estar aquí y no podía desaprovecharlo.


— ¡Xwa'n! — Gritó Tikal, alargando sus brazos.

— ¡Tikal! — Gritó la otra chica, también haciendo lo mismo.

Ambas corrieron, dándose un acogedor y alegre abrazo, con uno que otro salto.

— Viniste con el Aj ch'uukt (extranjero). — Me miró de pies a cabeza. Chasqueaba los dedos, buscando encontrar alguna palabra para decir. — ¿Knuckles? — Señaló, adivinando mi nombre.

— Ese soy yo. — Alargué mi mano para saludarla de forma cordial.

Ella miró este gestó y rio para sí misma, poco audible. En su lugar, me dio un fuerte abrazo igual al de Tikal.

— Soy Xwa'n.

— Es un placer conocerte en mejores condiciones. — Dije luego de su gran apretón. — ¿No gritaras que soy un Ch'a' kaaj (invasor)?

— Tu calzado y la lengua que pronunciaste la primera vez eran rara para mí. — Respondió sin pena ni vergüenza, señalando mis tenis.

No la juzgaba. En otros casos, su acción fue la más correcta en cuestión de seguridad. Al no ser una guerrera como los hombres, buscar ayuda era la opción razonable.

— Bueno, cuéntame. ¿Qué hay de nuevo en tu vida? — Ansiosa, Xwa'n preguntó.

— Le conté a Knuckles sobre el chico que perdió el ojo por ver lo que no debía. — Respondió Tikal.

— Se lo merecía. Lo haría de nuevo. — Dijo ella.

— ¿Fuiste tú? — Señalé asombrado.

— Sí. — Orgullosa, cruzaba los brazos. — Estas bañándote tranquila, oyes una rama quebrase sobre tu cabeza y un chico cae sobre ti. — Detallaba con mímica toda la situación del momento vivido en carne propia. — Tenía rabia que sus manos desnudas rozaran mi cuerpo. Cogí la piedra más cercana y se la lancé con todas mis fuerzas. Su sangre tiñó parte de su rostro anaranjado cuando impactó contra su ojo.

— ¿Qué fue de él? ¿Logró casarse? — Indagué a la espera de la respuesta.

Un chico que hiciera algo como eso pudo ser repudiado por tales acciones por su gente. No era lo mismo ver que tocar a una chica.

— Lo hizo. Y está feliz con quien se unió. — Una voz masculina respondió.

Dentro de la casa a la espalda de la chica salió un joven. No era muy corpulento, era casi como yo. Su pelaje, como el narrado por Xwa'n, era anaranjado y el iris de su único ojo era de un azul como una laguna cristalina; no tenía lunares blancos en su pecho como yo, pero sí varios puntos esparcidos por sus brazos. No tenía prendas u otro accesorio sobre su cuerpo, a excepción de sus chanclas.

En sus brazos, un pequeño bebé rojizo como Xwa'n, de no más de cuatro meses sino me equivocaba, dormía tranquilo. Lo meció en un intento de aún mantenerlo dormido. Ese joven muchacho bostezó un poco antes de acercase a Xwa'n.

— De todas las alí (señoritas) que conocía, a ti era a quien más veía. Me posaba en ese viejo árbol para admirar tu belleza. — Declaró. Su tono de voz suave la sonrojaba.

— Mi madre me obligó que pasara tiempo contigo por el daño que te hice. — Trataba de aparentar molestia, más sonó amorosa.

— Y fue un buen precio. — Sonrió él. — Hice que te enamoraras y aceptaras mis sentimientos el día que me declaré ante ti. — Besó los labios de Xwa'n de forma inesperada.

Separados de aquel inesperado beso, nos miró a ambos.

— ¿Le dices tú o yo? — oímos preguntarle de forma privada.

Xwa'n asintió, viéndonos con una sonrisa.

— No… no he sangrado en dos meses. — Dijo con pena.

— Xwa'n, tú…— Tikal se acercó y tocó su vientre. — Eso es maravilloso.

Feliz, muy feliz, Tikal acariciaba el vientre de Xwa'n, susurrándole palabras melosas.

Entendía el por qué decía eso. Entendía el contexto que Xwa'n estaba embarazada; pero ver al pequeño bebé hacía que ideas chocaran.

— Vas a ser padre, de nuevo. — Murmuré — ¿Cuántos años tienes?

— Quince. — respondió. — Lo sé, parezco de catorce. — Soltó risas ante las expresiones que articulaba mi cara.

La misma edad de Sonic, ya era padre y tenía un bello hogar (¿qué pensaría Amy de eso?).

— Hubieran esperado un poco más antes de tener otro. — Informaba, tratando de no sonar descortés.

Levantó una ceja, pensativo de mi afirmación, él se quedó viéndome.

— Es mejor tenerlos jóvenes. Así podré ver a mis nietos, y los hijos de mis nietos. — Respondió, vislumbrando ya su futuro. — Tendrás un hermano o hermana; si es niña, la cuidaras bien. Ese es el trabajo de un hermano — Le daba la noticia al pequeño bebé, descubriendo yo que se trataba de un niño.

Lloró a todo pulmón, despertando. Él la dio a manos de su madre, buscando que fuera calmado por ella. Xwa'n miró a su esposo con afecto, entendiendo que no era su área de especialidad el cuidado del bebito.

Acarició la cabecita del infante con delicadeza, haciéndole masajes circulares en su frente; su llanto se clamo hasta convertirse en quejidos, esforzándose para conseguir atención.

Xwa'n bajó la parte superior de su vestido, exponiendo sus senos al aire. No estaba avergonzada que los viera, y menos que lo masajeara hasta que unas gotas de lecha salían de la punta de sus pezones. Acercó a la criaturita a su seno derecho; él chupó unos segundos antes de hacer mueca de disgusto; en el seno izquierdo, por el contrario, se pegó a este; sus manitos se apretujaron alrededor del seno y comenzó a alimentarse. El esposo se sentó en el suelo, sobando el vientre de su amada.

— La primera noche que ella y yo tenemos sexo después de dos meses del parto y queda preñada. — Narró de golpe.

— Balam, no digas esas cosas. — Pidió su Xwa'n, apenada.

— Somos grandes. Tikal se casará en dos semanas. Ya sabe lo que le depara el futuro. — Balam continuaba su charla.

— Balam, no deberíamos…

— Mi amor, no hay que endulzar las cosas. — Excusaba a su favor. — Tikal e Iktan comenzaran a intimar; como Xwa'n y yo, procreamos en este mismo tronco (dentro de la casa), sentados y con mucha…

Ella reprendió con pequeños golpes a su esposo que por poco detalla una escena muy "privada", callándolo.

— Xwa'n, Balam tiene razón. — Tikal detuvo a su amiga de castigar a su esposo por hablar más de lo que es debido. — Aunque prefiero que solo sea en la cama donde Iktan me embarace o tengamos nuestros momentos como esposos.

Balam y Xwa'n quedaron con la boca abierta al escuchar decir eso por parte de Tikal. La miraron antes de que los tres soltaran pequeñas risas. Exceptuándome a mí, todo era tan natural para ellos al decir estos temas como hablar del clima.

Pero la sensación de desconfianza persistía cada vez que la veía. Esa risa que de sí brotaba era solo una pantalla; podía percibir que Tikal quería otra cosa más

Todos le recordaban, desde desconocidos hasta sus amigos cercanos, que pronto sería una mujer casada y madre los siguientes meses (si era verdad la virilidad que mencionaban de Iktan). ¿Quién estaría feliz de esto? (Pregunta que yo respondía con una sencilla respuesta: nadie).


Casi debían ser las nueve de la mañana cuando caminábamos Tikal y yo sin rumbo fijo, buscando con que entretenerlos. Xwa'n nos dio de cortesía carne seca condimentada que llenó nuestras barrigas. Pensé que duraríamos más tiempo hablando, pero tuvo que dejarnos por sus deberes matutinos; revisar los cultivos de su predio y comprar alimentos; y nada de esas obligaciones se haría por sí solo.

Balam, por su lado, se preparaba para su turno en la guardia; vestía prendas guerreras y se pintaba para verse imponente ante todo enemigo que osara poner pie en la ciudad.

Saber que ellos dos se unieron luego de una circunstancia un poco "complicada", abría paso a una pregunta sustancial para mí.

— ¿Cómo funcionan los noviazgos aquí? — No pareció ella entender a qué me refería por cómo me miró. — ¿Cómo hacen para decidir con quién estarás?

— ¿Te refieres a los cortejos? — Preguntó y asentí.

Como hizo en la mañana a la hora del baño, no dijo nada y siguió caminando. La seguí esperando una nueva lección de su parte.


Esperando cerca al río, Tikal y yo mirábamos como un joven ansioso, con una flor en su mano, articulaba palabras para sí mismo, corrigiéndose cuando tartamudeaba demasiado. Nuestra presencia para él era desapercibida, yacía concentrado en los sentimientos que pronto declararía (y era ahora).

Vimos como una alí (jovencita) llegaba a la orilla y llenaba su tinaja con el agua cristalina. El joven se posó detrás suyo, tocando su hombro. Él chico logró hablarle con fluidez. No oíamos lo que le declaraba por la distancia, pero ya era obvio. Su rostro se sonrojaba el doble por cada palabra que salía de su boca.

Ella asintió, mordiendo la punta izquierda del paño que yacía sobre sus hombros (le servía para no lastimarse los hombros al cargar la tinaja), alegrándolo al borde de llorar. La abrazó, entregándole la flor, antes de dejarla y salir corriendo devuelta a la ciudad. Se oían sus gritos de regocijo a lo lejos, agradeciendo a los dioses por permitirle cumplir su deseo.

La chica mantuvo la sonrisa en su rostro hasta que se alejó de nosotros cargando aquel objeto lleno de agua. Tikal se paró y me miró con una sonrisa parecida a la de la chica, lista para explícame más a detalle lo ocurrido.

— Así funciona nuestro cortejo. Donde recogemos el agua para nuestros hogares, el joven viene y nos declara sus sentimientos. Si aceptamos, él hablará con sus padres para que discutan los planes de la boda con la familia de la novia. — Narraba como una buena profesora enseñando. — Por el contrario, si no acepta ella sus sentimientos él tendrá que consentir sus deseos. Él, por ningún motivo, debe insistir por muy dolido que quede. Si lo hace, solo causará conflictos entre familias. — Terminó, seria.

— ¿Eso es todo?

Sin ánimo de ofender, me parecía que algo tan importantes como la unión dependiera de algo tan.

— Hay más detalles, pero varían según nuestra ciudad. — Dijo ella. — Esta, sin embargo, es la principal; el primer paso para unirnos hasta el final de nuestros días.

— ¿Eso hizo Iktan? ¿Te declaró que te amaba? — Pregunté.

— No.

Rudo, seco, o de golpe; cualquiera de esos significados parecidos representaba el modo como respondió. Parecía otra persona; distinta y con la vista perdida al horizonte.

— No dormiste con la Káakbach porque le eres fiel a una Alí. — dijo luego de mantenerse en silencio (se notaba que trababa de evadir el tema).

— No… sí… es complicado. — Traté de responderle, pero para mí era un tema delicado que nunca tomaba en consideración.

— No puede haber dudas en lo que sientes. La amas o no la amas; no hay intermedio. — Su tono fue firme.

La miré y ella a mí. Pareció que muy firme, es decir, por mi edad tal vez ya debía estar casado y comprender lo que decía.

— Olvido que no has vivido con nuestras costumbres. — Ablandó su mirada. — ¿Qué te atrae de ella?

Visualicé a Rouge, pensando desde la primera vez que la conocía hasta todos esos momentos que ya habíamos vividos juntos; desde luchas a discusiones y burlas por los aspectos más ridículos de nuestra vida (ella una ladrona profesional y yo un guardián devoto). Y otras simples compañías en el altar de la Master Emerald por su parte, excusada en conseguir robármela mientras dormía; pero al iniciar el día, ella dormía a uno cuantos centímetros de mí.

— Es fuerte. La más fuerte que he conocido. — Sonreí, sin poder evitarlo. — Su sonrisa es encantadora y su forma de actuar me enoja y me excita. Cuando luchamos algo en mí crece para poder atraparla y no soltarla nunca. Y sus ojos… esos ojos son gemas incalculables.

— Esa chica debe ser una encantadora Echidna. — Dijo, sonriente.

— Ella es un murciélago. — La corregí.

— ¡¿Qué?! ¡¿No puedes estar hablando enserio?!

Escandalizada, me miraba con negación e incertidumbre. Estaba atónita por mis palabras, retrocediendo unos pasos de mí.

— Cálmate. — Me acerqué, pero retrocedió aún más.

— ¡Está prohibido! — Gritó con fuerza. De haber gente cerca toda la atención se hubiera concentrado en nosotros. — No es bien visto que estemos unidos a otras especies que no sean Equidnas. — Explicaba el origen de su actitud, que ya era remontado a su crianza. — ¿Se puede reproducirse con otras especies?

— De donde vengo es normal. Las especies se mezclan con mucha naturalidad, exceptuando con la humana. — Aclarado todo, ella aun no salía de su asombro.

— Yo nunca pensé posible eso. — Declaró, casi sin fuerza. — Siempre nos dicen que los dioses decretaron y castigaron a todo aquel que fuera en contra de las leyes naturales.

Tocando mi rostro, parecía que buscara respuesta para sus incertidumbres.

— De dónde vienes es casi un mundo completamente distinto.

Quité sus manos y traté de no verla directamente.

— No hablemos más de mí. por favor.

Pedí. Que se acercara tanto a mí me hacía sentir algo raro.

— Dijiste que los jóvenes tienen que hacer requisitos para probar que son dignos. ¿Quiero saber un poco más?

Narrándome todo lo enseñado por sus maestros y cuidadores, caminamos de vuelta a la ciudad para mostrarme más sobre estas tradiciones ancestrales.


— Esta es la casa que Iktan construyó para mí. Le puso esfuerzo y dedicación a cada detalle. Tardó casi un mes en terminarla toda, incluyendo los muebles dentro de ella.

— ¿Puedo pasar?

— No le encuentro inconveniente. — Amable, se alejó de la puerta para que pudiera detallarla por dentro.

Como las otras casas, las paredes y bigas estaban hechas de barro y madera con un techo de fina palma; igual, esta no tenía ventana por ningún lado. La luz que entraba y daba claridad adentro era gracias a las secciones de espacio de casi entre el techo y las paredes. Me percaté igualmente que ella decía la verdad sobre que estaba listo, no faltaba nada (bueno, faltaba que Tikal e Iktan la habitara).

Un detalle interesante es que las otras casas que vi con anterioridad no tenían pisos de piedra como esta; sus pisos era la tierra bien compactada bajo sus pies. Una pared separaba la casa en dos secciones. De un lado, era la habitación de la pareja con su cama lista, un pequeño closet sin puertas; en una esquina se encontraban una mesa con utensilios de cocina como ollas de barro, cuchillos de hueso y piedra caliza.

En la en otro lado, se encontraban una cuna y junto a ella dos hamacas se ubicaban a su costado. Debía ser para quedarse allí y cuidar al bebé en las noches que este llorara. En sus paredes, por el contrario, tenían estacas donde armas como cuchillos de combate, lanzas y otras más eran expuestas cómo en un museo. Su altura, entre el suelo y su ubicación, era prudente, lejos de cualquier riesgo de ser tomadas por sus futuros descendientes.

Me imaginé una escena futura, con Tikal acostada en la hamaca amamantando a su bebé e Iktan cerca, contemplando con orgullo sus armas; pero no era posible. Tikal me mostró las visiones luego de que la Master Emerald fue quebrada y Chaos liberado; la joven de las visiones tenía la misma apariencia con la que estoy ahora. ¿Será que no logró tener hijos a tiempo antes de ese trágico momento o esas visiones eran de años posteriores a este día y decidió alterarlas para no recordar a la familia que formó y perdió por las ansias de poder de su padre?

Me ardía la cabeza cada vez que buscaba resolver estas dudas que no hacían nada más sentirme impotente. Una frase mía salvaría a mi gente… y condenaría a desaparecer a las otras naciones que vivieron bajo el constante ataque de los deseos de conquista de Pachacamac.

Solté un suspiro de resignación. Era momento de salir y continuar hablando con Tikal; pero fue sorpresa que Iktan estuviera esperándome afuera.

— Hiciste un buen trabajo. — Declaré, lo que hizo que abriera los ojos de par en par.

— Maltyox. — Dio gracias a mi alago, con un tono más de obligación que de honestidad.

Iktan y yo nos sentamos a una distancia prudente. No nos odiábamos, pero la compañía del otro nos hacía desear comenzar una pelea por el más insignificante detalle o discusión.

Tikal pasó entre la mirada de los dos; giraba un poco la cabeza para vernos y se sobaba las púas de su cabeza; buscaba como hacer esto no tan incómodo para todos.

— Iré a preparar el almuerzo. — Informó.

Iktan y yo nos paramos al mismo tiempo, pero ella nos señaló con sus dedos.

— Se quedan aquí. Hablen. Quiero que se conozcan mejor.

Firme, nos miraba y obligaba a sentarnos de nuevo como una maestra controlando a sus alumnos. Sonrió de costumbre y se fue en dirección al palacio que era su hogar. Sin ella presenta Iktan se paró y entró a la casa. Sacó todas las armas que vi y una a una las afilaba con una piedra especial.

— ¿Por qué Tikal? — Pregunté, al fin listo para entender que los unía.

— Eso no es de tu incumbencia. — Rudo, sin levantar la mirada, él solo buscaba con su respuesta no tener socializar conmigo.

No fue sorpresa que me dijera eso. Ya estaba preparado para esto, pero ahora no retrocedería.

— Tikal me agrada, entendido. Ella… Ella me recuerda a una amiga que dio su vida para salvar a otros.

Decir parte de la verdad sobre Tikal me hizo sentir más calmado y desaparecía un peso que se formaba cada minuto que yacía a su lado. Iktan pareció ablandarse un poco (no demasiado); suspiró y me entregó su lanza.

— Yo no pedí que fuese ella. — Narraba, tomando otra arma para afilar. — Cortejé a dos alí. Las dos no solo negaron mis sentimientos, lo pisotearon. — Su tono buscaba ocultaba el dolor que sufrió.

Pequeñas señas de su parte incitaron que usara la lanza; di uno que otro golpe de práctica. Se sentía tan bien, tan natural.

— Mi padre salvó a Pachacamac, dando su vida por él; y yo al no tener más familia que mi madre, me tomó como su protegido. — Continuó narrando, pero ahora me daba el cuchillo que afiló. — Le pedí su concejo para que hacer en esa situación. Su respuesta fue que me casaría con su hija.

— ¿No te pareció raro?

— Sí, al inicio. Después supe que padres de la nobleza de otras ciudades buscaban que ella fuera unida a sus hijos; Pachacamac no veía digno a ninguno. — Dijo Iktan.

— Seguro vio en ti una parte de él; un reflejo de su juventud. — Le declaré, a la par que hacía movimientos con el cuchillo como si fuera cazador peleando con su presa.

— No dudo eso. Es un guerrero letal, sin importar los años que tiene. — Dicho esto, una duda surgió.

— Para ser alguien ya en sus cuarenta tuvo a Tikal muy viejo, comparándola con otras familias.

— ¿Tikal no te lo dijo? — Preguntó Iktan arqueando una ceja. — Pachacamac tuvo cuatro descendientes. Tikal le lleva casi diez años de diferencia con el menor de sus tres hermanos mayores.

— ¿Por qué lo ocultó? — Indagué, preocupado.

— Sus hermanos ya están arraigados en otras ciudades, casados con hijas de nobles. — Dijo, tomando sus armas para guardarlas. — Ellos casi no tienen comunicación con ella. Podrían estar de frente y le sería difícil reconocerlos.

Triste realidad para Tikal. Obviamente todos sus amigos tenían con quien compartir; pero ella no.

— Knuckles. Chakuyu' — Dijo Iktan.

— ¿Chakuyu'? — Me era desconocido aquella palabra.

— Sí, Chakuyu', o disculpa, por tratarte de forma tan agresiva ayer. — Respondía con una leve sonrisa. — Cuando pasaba el tiempo conmigo, Tikal no era tan feliz; llegas y ella se emociona mucho. Sentí celos.

— Iktan, recuérdalo: soy un extraño. Tarde o temprano me iré. — Busqué forma de animarlo.

— Espero que no sea antes de la boda. — Entusiasta, Iktan me invitaba de forma indirecta.

— No te lo aseguro. — Aclaré, sin muchas expectativas (no sabía cuándo sería llamado por Tikal para volver a mi tiempo).

Sin nada más que pudieras hablar, o dialogar más a profundidad, nos recostamos en el césped, esperando la señal de Tikal para almorzar.


— Enfermé por dos días. Vomitaba aquí y allá. Creé una laguna con todo mi interior esparcido por doquier. — Reímos ante las anécdotas culinarias de Tikal contadas por Iktan, evitando que la sopa que tragamos se perdiera por nuestras narices.

— No sabía distinguir entre condimentos o hierbas venenosas. — Apenada, entregándonos platos de arroz y carne, buscaba no caer en carcajadas por su "enorme" experiencia como cocinera.

— Agradezco que no fuese letal. — Seguía burlándose, devorando los platillos.

— Mi padre, después de la muerte de mi madre, me sobreprotegió mucho. No crecí como otras alí. Ellas eran educadas para ser fieles esposas. Yo… yo me convertí en un espíritu libre. Sin preocupaciones de ningún tipo.

— Hasta que te avisan que debes desposarte conmigo y renunciar por unos años a todos estos lujos. — Señaló Iktan.

— Y respeto esas decisiones de mi padre. Él sabe lo que es mejor para mí y nuestra gente. — Reafirmaba ella, cortes. — Aunque eso signifique buscar la guerra.

— Tikal, tranquila. — Él se paró y la abrazó con cariño. Se sentía la calidez del abrazo hasta mi silla. — Tu forma de pensar es linda. Ingenua por creer que la guerra es mala, pero linda.

— Gracias, Iktan. — De su parte, un suave beso en sus mejillas fue dado a Iktan.

Como la noche anterior, siendo hostigada por los amigos de Pachacamac, él de una forma personal podía llegar a su corazón; tal vez yo era el errado e Iktan si merecía a Tikal después de todo.


Terminado el almuerzo, Tikal me pidió que le permitiera la tarde libre para pasar tiempo con otras personas. No negué su solicitud, no era debido que se atara a pasar cada minuto del día conmigo. Tenía cosas en las que yo no podía interferir.

Alegre, salí del su palacio y pasé horas en los templos, meditando y buscando la paz interior que necesitaba para controlarme de cometer locuras (todo radicaba siempre en querer decir la verdad y de donde venía para salvarlos). Cuando llegó la noche con su cielo estrellado, parte de mí no quería ir con la Káakbach; no era mala su compañía, pero ahora quería estar solo. Miré el espeso bosque tropical y me interné en la selva. No buscaba un punto de llegada, solo me alejaba más y más, dejando de oír las voces de los habitantes de la ciudad. Tardé un poco en que mis ojos se adaptaran a la oscuridad, tropezando de vez en cuando con las ramas y piedras, arañando mi piel y sintiendo el ardor.

Mi camino me llevó cerca del río, donde bebí de su agua. Saboreé su dulce sabor, regocijando mi cuerpo. Subí escalando con facilidad al árbol más cercano, dejando en ella las marcas de mis puntiagudos nudillos en su dura corteza. Entre sus ramas me recosté, cómodo; era una cama con vista al cielo. Cerré mis párpados, dejándome entrar a un descanso para relajarme de este día tan largo.


Susurros me pusieron alerta, despertándome de mi descanso. Me moví entre las ramas, evitando caer. Se oyeron como una que otra se quebró por mi peso, lo que temía que diera la posición en la que estaba.

— Oigo algo. Tal vez alguien esté aquí. — Alerta, la voz de Tikal resonó.

¿Qué hacía ella aquí? Era demasiado tarde para un paseo nocturno.

— Son solo monos. Aquí es normal encontrarlos. — Iktan o que me dejaba confundido aún más.

Los dos estaban muy lejos de la ciudad y no era coincidencia. De hecho, una pequeña fogata radicaba a pocos metros de su ubicación. ¿Ocultaban algo?

Sabiendo que creían que monos eran los que yacían en las ramas, me moví con cuidado hasta verlos con mejor claridad. Iktan le lanzó en sus manos una vara de madera a Tikal. Su longitud era la mitad de su altura corporal. Tikal tomó pose de combate. Iktan hizo una seña, incitándola a atacar.

Ella corrió hacia él, lanzando un golpe con la vara. Él lo evadió con facilidad y el propio peso de su ataque hizo caer a Tikal al suelo. Iktan le dio un toque en la cabeza con la base de la vara.

Ella se paró y limpió el polvo en sus prendas. Lo miró antes de quitarse banda dorada con una joya incrustada en el centro que usaba en su frente. Lo dejó a un lado y otra vez se puso en combate.

Volvió a atacarlo, sin cambiar de estrategia. Lanzaba golpes que Iktan esquivaba ya sea evitándolo o usando su propia vara para detener el ataque. Al final, bastó dejar que se cansara para darle un toque y derrotarla. Recuperando el aliento, ahora Tikal se quitaba su collar dorado.

Viendo como él miraba a otro lado, trató de propinarle un ataque sorpresa; Iktan ya debía saber esto, solo se agachó le dio un pequeño golpe en su barriga. Rápidamente Tikal se quitó sus brazaletes azules cobaltos, tirándolos al suelo sin delicadeza. Apretaba con más fuerte aquella vara; ahora parecía que entraba en un estado de furia.

Tres veces más atacó y tres veces falló; perdiendo sus sandalias blancas, sus guantes y, por último, las vendas blancas que usaba como accesorio en las púas de su cabeza y en sus piernas.

— Ahora comienza la verdadera lucha. — Declaró Iktan, emocionado.

Tikal cogió un ritmo más defensivo; repelía los golpes que Iktan lanzaba. Él se movía de forma circula alrededor de ella, en sentido de las manecillas del reloj, buscando desorientarla; cosa que logró. Al fallar el golpe, él se acercó y le dio un toque en su ombligo.

En silencio, él introdujo sus manos bajo la corta blusa blanca de Tikal y con lentitud se la quitó, dejando su torso desnudo al aire. No pareció enojarla, solo la puso más alerta.

Cuando falló de nuevo su ataque tuvo que quitarse la falda, percatándome que usaba unas vendas como ropa interior. Se ajustaban en sus caderas y estaban entre sus entrepiernas.

Bocanadas de aire tomó, lista para un nuevo combate; pero Iktan no tenía eso en mente. Solo se quedó ahí, viéndola con malicia. Tiró su vara a un lado y se acercó hasta quedar de nuevo de frente. Saltó encima de ella, oprimiéndola con su peso. Comenzó a besarla en todas partes, sosteniendo sus manos con fuerza para evitar su escape.

Tikal contrajo sus piernas y logró levantar a Iktan por el abdomen con sus rodillas y escaparse. Tomó la lanza, no la vara, y furia brotaba de sus ojos. Se lanzó a su ataque, no como antes, si no a matar. La punta de esta casi impactó en el rostro de Iktan, levemente haciéndole un corte en su mejilla. Retrocedió unos pasos para mantener una distancia entre ambos.

— ¡Así quería que fuera desde que comenzamos a pelear! — Declaraba con ánimo, tomando su arma. — ¡Quiero que te defiendas como si tu vida dependiera de ello!

Tan rápido como apareció, la furia en los ojos de Tikal se desvanecía; pero su remplazo expresivo no era de diversión por la mala broma de Iktan.

— ¡No lo vuelvas a hacer eso! — Enojada, lanzó con toda su fuerza la lanza al río.

La corriente la hizo desaparecer de mi vista, perdiéndose para siempre.

— Llevamos varios días practicando y no mejorabas. — Echaba él en cara, señalándola con el dedo. — Quiero que sepas defenderte el día que yo no pueda hacerlo.

Tikal se calmó, bajando la guardia sin esperar ni evitar el inesperado golpe que lanzó Iktan.

— Nunca dije que habíamos terminado. — Reprendió, con otro golpe suave. — Quítatelo.

Ella se sobó sus brazos, temerosa. Se desenvolvió como a una momia y entregó los vendajes; vendajes con manchas de sangre. Esos eran los mismos que vi en la mañana cuando entré de forma indecorosa a su habitación; y como en la mañana, ahora nuevamente estaba desnuda.

— ¿Te duele mucho cuando sangras? — Preguntó él.

— Son dolores normales de toda mujer. Pasaran en dos o tres días.

Junto a todas las demás prendas que perdió Tikal, él acomodó las vendas sin que se ensuciaran con el frío suelo.

— Perdiste. — esbozando una sonrisa, él la abrazó.

— Lo sé. Nunca podré ganarte. — Dijo ella.

— El objetivo no era solo ganarme. Nunca atacaste a mis puntos ciegos.

Volvió a tocarla, acariciarla, pero con más dulzura; precavía de no lastimarla.

— Esto está mal. — Nerviosa, trataba de separarse de las caricias de Iktan.

— Las leyes dicen que tú y yo no podemos entregarnos antes de casarnos. — Excusaba levantándola en sus brazos, llevándola al árbol más cercano para recostarse en él. — Solo te estoy tocando y besando, nada más.

— Sigue siendo una ofensa. — Exclamó Tikal, parándose.

Él la tomó de sus brazos y la obligó a recostarse de espalda contra su pecho, sentándola en sus piernas.

— Tú viniste a mí. — Murmuró, besándole la parte de atrás de su cabeza.

Tikal quedó en silencio, dejando que él la acariciara sin repercusiones de su parte. Se paró y se sentó ahora de frente en las piernas de él.

— Mis amigas me contaron que era normal hacer estas cosas con sus prometidos. — Narraba, ahora ella acariciándole el pecho. — Querían ver que fueran lo suficientemente viril para ellas.

— ¿Soy suficiente para ti?

— A-a mí-mí no me importa eso. — Apenada, respondía su inquietud. — Solo quiero que la familia que formemos sea feliz, y no tener miedo a entregarme a ti esa noche.

— ¿Eres feliz sabiendo que te casarás conmigo? — Preguntó.

— No. — Sin dudas en su voz, respondió la misma pregunta que yo me hacía en la cabeza y no tenía fuerzas de hacerle — Aún no siento ese deseo de unirme a ti.

— ¿Y qué tal ese Knuckles? Tú y él tienen varias cosas en común. No me sorprendería que te escaparas para vivir…

Pequeños golpes dado por Tikal en su abdomen lo callaron. Soltó quejidos por la abrupta forma de detener sus palabras sin fundamentos.

— Estar junto a Knuckles hace sentir algo en mi pecho que desconozco.

— ¿Amor? — Preguntó él arqueando la ceja.

— Sí, parecido al de un hermano y hermana o primo y prima; pero diferente al de amantes o pretendientes. — Sobaba su cabeza, como si enloqueciera. — Me desconcierta esa emoción. Quiero saber que es.

— Suenas como una madre. — Se burló y chasqueó los dedos. — Eso es. Knuckles es nuestro hijo que logró hacer retroceder los días con la ayuda de los dioses para vernos porque algo malo pasó con nosotros y quiere saber cómo éramos de jóvenes.

Apenas terminó de dar su teoría, ambos rieron; lo que resultaba fantasía y locura mezclada para ellos, eran verdades a medias para mí (¿Yo, hijo de Tikal e Iktan? Eso sí era imaginación). Por poco aplaudo su deducción (me detuve de hacerlo y dejarme expuesto).

Ambos dejaron de acariciarse pasada al menos una hora; buscaron una cobija entre las cosas que trajeron para dormir; desnudos, acobijaron sus cuerpos para darse calor.

Quise irme. No soportaba ver a Tikal dormir junto a Iktan; no era por ira o celos, sino incomodidad. Estaban compartiendo algo que no me correspondía ver y, aun así, yo seguía dudando de apartar mi mirada. De tanto verlos, el sueño estaba ganando partida; pero, podrían descubrirme si me relajaba…


Mi cara mandaba punzadas de dolor al resto de mi cuerpo, haciéndome pensar que explotaría. Me encontraba en el suelo y, al alzar la vista, miré a mis costados. Temí despertarlos y no había explicación que me salvara de mi intromisión.

No se encontraba nadie. El fuego extinto llevaba ya mucho tiempo apagado; el color del cielo ya era muy brillante para ser de madrugada. Si no me fallaba la intuición, eran como las diez de la mañana.

Refresqué un poco mi cuerpo con la fría sensación del agua sobre mí. Me sacudí un poco para secarme antes de volver a la ciudad.


Desde afuera un hilo de humo era visible proveniente de adentro. Su olor penetró mi cabeza y calmó el golpe que me provoqué al caer del árbol. Lo que sea que fuera eso, no deseaba que se apagara aún.

Entré a la casa y ella, la Káakbach, descansaba desnuda en la cama. Traté se ser sigiloso, caminando en punta, pero se levantó. Me miró con una sonrisa que parecía iluminar la casa.

— No viniste a dormir. — La Káakbach movía su mano, acariciando el lado que compartí con ella. — Se sintió fría la cama sin ti.

— Chakuyu' (disculpa). — Pedí, pero ella negó.

— No importa. No tengo derecho a exigirte nada.

— No eres un simple objeto. — Afirmé, agarrándola de los brazos y agitándola un poco. — Vales mucho.

— No. Mi precio no es digno de comparar con nada. — Seguía menospreciándose, apartando su mirada de mi vista.

La solté y no traté convencerla de lo contrario. No importara lo que le dijera, ella ya estaba definida; su voluntad ante su trabajo era grande. La adiestraron para no revelarse y eso me enojaba.

Sentado, sus manos suaves masajearon mis hombros. El peso sobre estos disminuía; mi enojo a ella también.

— Hay mucha tensión en ti. — Sus masajes comenzaron a ir bajando de mis hombros a mi cintura, pero la dejé seguir.

— He visto cosas que no debería. — Le dije, visualizando a Tikal e Iktan en su momento intimo anoche.

— Es normal cuando indagas sobre tu gente; tu clan. Aprendes más, dudas más. — Parecía que supiera decir para hacerme sentir menos culpable de mis actos.

— No dudaste cuando te dijeron lo que harías. — Volví, sabiendo como contestaría, a desafiar su destino.

— Siempre pensé que era un honor. No me arrepiento. — Declaró orgullosa, dejando de masajearme.

— Duermes con hombres extraños. — Indiqué, pero su sonrisa pícara me mostraba que no le afectaba mis palabras.

— Eso me llevó a conocerte a ti. — Sus ojos verdes azulados me hipnotizaban con su mirada; me atrapaba y me empujaban a acercar mi rostro al suyo.

Ahora besaba sus labios con pasión, y su lengua se fusionaba con la mía. Al separarse,

— No… No sig…— Quise detenerla, más era yo quien la acariciaba.

— Déjate llevar. — Susurró a mi oído, acostándose encima de mí.

Sus palabras hicieron eco en mi mente una y otra, y otra vez; me dejé llevar al final.


Exhalaba e inhalaba, recuperando el aire que casi no había en mis pulmones. Los músculos de mi cuerpo buscaban recuperarse de toda la "acción" que tuvimos en la cama la Káakbach y yo.

— Si aprendes a ser menos impulsivo, podrás satisfacer a cualquier mujer por largas horas. — oí de su parte, acariciando mi cabeza.

— ¿Das concejos? — Pregunté con tono burlo, tomando su mano.

— Eres el único joven que me ha tocado. No está mal que escuches a alguien más experimentada.

No mentía con lo de experimentada; era muy buena haciendo esto.

Las velas se habían consumido. Su humo que inundó mi mente en un éxtasis de relajación ya se había disipado. Pensaba con más caridad.

— Esas velas tenían algo.

— Un afrodisiaco. Ayudan a relajar el cuerpo de cualquier dolor, físico o espiritual. — sin ocultar su utilidad, reveló sin problema lo que ya había deducido. — Lo necesitabas.

— Sí. Es verdad. Lo necesitaba. — Levantándome, sus manos empujaron de vuelta a la cama.

— No hemos terminado aún. — Dijo ella.

— Necesitamos comer. — Recalqué, pero movía la cabeza negando.

— Comeremos más tarde. Disfrutemos un poco más. — Besando mis labios nuevamente, yo acepte.

Comenzaba a gustarme hacer esto.


El sol de la madrugada me levantó. La Káakbach dormía placida con la mitad de su cuerpo sobre el mío, acurrucada. No recordaba cuando nos detuvimos (si lo hicimos) para descansar. Y no hablemos de la noche.

Oí pequeños golpes en la pared que captaron mi atención. Logré pararme sin despertarla y salí de la casa, encontrándome con Tikal.

— Saqarik. — Dije.

— Buenos días. — Me dijo igual. — Te tengo una noticia. Iktan pensó que debías ir a una casa comunal.

De sus manos me entregó un pergamino con un sello estampado.

— ¿A dónde? — Confuso, la miré sin idea de que era eso.

— A la edad de diez hasta los trece, somos llevados a diferentes casas comunales por un mes. Allí nos instruyen sobre el combate y la cacería. — Explicó, alegre.

— ¿Sabes luchar? — Indagué.

— No soy buena. — Dijo modesta, sonriendo. — La mayoría de nosotras olvidamos lo que aprendemos al momento del matrimonio.

— Aprecio esto. Me prepararé de inmediato. — un brazo me sostuvo, y ella me miró con timidez.

— Vine ayer porque pensé que estabas esperando mi mensaje para encontrarnos, pero me di cuenta que la pasaste Káakbach. — Dijo, manteniendo esa expresión de timidez en su rostro.

— Tikal, yo...

— Ya te lo dije, no es de mi incumbencia lo que hagas en tu tiempo privado.

— ¿Viste algo? — Pregunté y ella asintió.

— Nadie contestaba. Entré y los vi dormidos. Me fui de inmediato. — Entrecruzaba y movía los dedos, tratando no sentirse culpable de su intromisión (¿cómo podía juzgarla después de lo que hice?

— Yo también tengo que contarte algo. No quiero que me odies, pero te vi ayer con Iktan. — Hablé con la verdad, preparándome para las consecuencias. — Practicaban al lado del río.

— ¿Lo viste todo? — Preguntó, comenzando sus pupilas a dilatarse.

— Sí. — Contesté, mirando al suelo apenado.

Su cachetada llegó rápido. El dolor, mucho después.

— Debiste irte, o aparecer. — Reprendía, aguantando las ganas de gritarme.

— Quise, pero tú y él comenzaron…

Levantó la mano de nuevo, lista para otra cachetada; callé esperando el golpe, pero solo dejó la mano abierta al aire.

Al minuto la bajó, pero sus ojos brillaban igual a los de Iktan la primera vez que lo vi; pura desconfianza contenida.

— Lo que hagamos no te incumbe. — Dijo, apretando la mandíbula. — No eres de fiar.

— No digas eso. — Traté de acercarme, pero amenazaba señalándome con el dedo.

— No sé cuánto tiempo planeas quedarte, pero aléjate de mí hasta que te vayas. — Exigió, sin espacio para refutar.

— Tikal, no me pidas…

— A-lé-ja-te. — Pronunció, silaba por silaba para recalcarme que la oí bien.

Dándome la espalda, Tikal se fue caminando hasta que su silueta se perdió entre la gente que merodeaba a lo lejos por el lugar. Quedé destrozado por arruinar la amistad que construimos con rapidez en cuestión de pocos días.

Susurré al aire irme devuelta a mi tiempo, dejar este lugar para no seguir arruinando nada. Traté de hablarle a la Tikal que conocía, la guardiana espiritual de la Master Emerald, que me llevara a la soledad de mi verdadero hogar; pero ella no me escuchó.

Entendiendo que aún no era mi momento, me preparé para irme a la casa comunal de la que la joven Tikal me habló. Aprender un poco más despejaría estás emociones; pero mi verdadero y único deseo era un perdón de su parte (y dudaba que lo consiguiera).


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Bueno, espero que les gustara el capítulo. Realmente escribía y escribía y no quería parar. No olviden sus reviews para retroalimentar en que puedo mejorar para darle mejores historias.

Sin más que decir, hasta pronto… bueno, no tan pronto.