LOS RÍOS DEL AIRE
Mágico Sur
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Los ríos de Chile
No fue de esas cosas que se pueden olvidar fácilmente. No puedo cerrar los ojos, olvidar y seguir viviendo como si nada pasó.
Niebla es un pueblo que no muchos conocen, y de los que saben de su existencia, la gran mayoría sólo lo conoce por aquel fuerte español, tan histórico y a la vez tan antiguo, que está construido en su cercanía. Corral nos mira, frente a frente, y entre una localidad y otra, el río Valdivia desemboca como ninguno en el profundo mar. Quienes colonizaron el sur de Chile fueron un puñado de familias que se multiplicaron como los ríos, y mi estirpe vivió siempre de las bondades o rabietas de los ríos Valdivia, Cau-Cau y el Calle-Calle donde se baña la luna. Mi estirpe nació de los ríos y los alimentó con su sudor y sus cuerpos.
Mi mejor amigo se llamaba Samuel. Vivía junto a sus padres y su hermano mayor, Ismael. Sus dos padres trabajaban, y su hermano Ismael también lo hacía a veces; la mayor parte del tiempo, el hermano de Samuel sólo deambulaba por la calle, o viajaba a la ciudad de Valdivia, a pasar el día. Él era grosero y violento; aún así, nunca esperé que anduviera mentido en malos pasos...
Samuel se concentraba más en estudiar. Él soñaba con mudarse a Valdivia, o a Temuco, las dos ciudades más grandes que habíamos tenido la oportunidad de ver. Mi padre siempre contaba cuando, por cosas de su trabajo, una vez viajó a Santiago, la capital, tan grande que Niebla podría multiplicarse mil veces y aún así no igualaría su tamaño.
Ismael tenía sus propias ambiciones. También quería marcharse de Niebla. Me caía bien, después de todo era el hermano de mi mejor amigo, y cuando éramos niños, no era tan violento conmigo como lo era entonces. Así que trataba de acercarme a él. Una vez, nos invitó a una fiesta, y fui con Samuel.
En realidad, Samuel me llevó a mí. Pasó a buscarme mientras Ismael se adelantaba, y fuimos los dos, a pie, a través de las calles de Niebla. La fiesta iba a realizarse en la playa, con los turistas, y nosotros bajamos por la caleta de los pescadores. Caminábamos por la arena desde ahí, a pesar del trecho extra. Y es que tanto a Samuel como a mí nos apasionaba el mar.
Me detuve a contemplar la costa silenciosa. Las algas se amontonaban como si fueran pulpos muertos. Más atrás desembocaba, potente, el gigantesco Valdivia, que más arriba es conocido como el Calle-Calle, donde se baña la luna; y más arriba aún es conocido como el río San Pedro.
Don René Huidobro, el tío de uno de nuestros amigos, solía contarnos de que los ríos son los dioses de Chile. Loa, Elqui, Rapel, Imperial, Mapocho, Huasco, Maule, Cruces, Biobío, Toltén, Futaleufú, Cisnes, Maipo, San Pedro, Calle-Calle, Valdivia, Mataquito, Aysén y Baker. Los ríos fueron segmentando el territorio, nutriendo la tierra que unos hombres primero, otros hombres después, usarían para alimentarse o construir sus ciudades.
Don René también nos contaba de que, cuando ocurría un asesinato, lanzaban al finado al fondo del río y listo. Que el Cuero navegaba fingiendo ser eso, simplemente un cuero de vaca, hasta atrapar a algún niño que después jamás volvería a aparecer.
Me acerqué a la orilla y tomé un puñado de arena húmeda. A lo lejos, el mar parecía una noche sin estrellas.
Entonces oí a Samuel gritar.
Me llamaba, alarmado, y pensé que habría encontrado algún delfín o tiburón varado en la playa. Corrí a su lado, buscando torpemente mi teléfono. Samuel corrió hacia un montón algas. Vi que se quitaba su chaqueta.
Al llegar, vi que intentaba abrigar a una persona inconsciente, medio cubierta por algas, sombras y arena. La sorpresa me paralizó unos momentos, y pensé que sin duda esa persona habría muerto; pero Samuel me gritó que aún respiraba. Llamé a los carabineros y a una ambulancia, y sabiendo que tardarían en llegar, también me quité el abrigo, y se lo entregué a Samuel, mientras gritábamos para intentar conseguir ayuda de los transeúntes.
La noche estuvo agitada.
—Extraído del diario de Sebastián D***, mejor amigo de los hermanos Ismael y Samuel M********.
