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Algo en la oscuridad está en camino
el latido de mi corazón no es el mismo.
Algo en la oscuridad dice mi nombre.
Me está destrozando.
(Algo en la oscuridad)
Me siento tan libre,
como si pudiera volar.
Dentro de mis sueños…
me siento yo.
|2|
Me está destrozando.
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Eren
A Eren le gusta la lluvia. No solía ser así, pero a veces cuando algo en tu vida cambia todo adquiere nuevos significados. Como, por ejemplo, el sabor dulce de los panqueques que ahora le saben amargos. O los primeros días de clase que ya no le entusiasman tanto como solían hacerlo.
El despertador suena, estruendoso, no ha dormido más allá de una hora. Mira a su alrededor intentando enfocar su vista en la oscuridad de su habitación; pequeños rayos de sol filtrándose entre las cortinas semi abiertas. Se ha quedado dormido sin quererlo, el plan era no dormir de nuevo esta noche, con miedo ante la expectativa del día siguiente, no obstante, su cuerpo, cansado, le ha jugado mal y se ha quedado dormido sobre su escritorio. Tiene el brazo donde ha descansado su cabeza entumido y sus ojos claman por permanecer cerrados un par de minutos más, pero no hay tiempo para eso.
Escucha en el piso de abajo a su padre y a Mikasa, su hermana, haciendo ruido en la cocina.
Bosteza y estira su cuerpo tanto como puede. El aroma a huevos revueltos llega hasta él y su estómago gruñe en respuesta. Eren se aprieta el abdomen.
No se siente tan diferente al día de ayer. Y eso no es nada bueno en lo absoluto.
Se levanta de su silla y camina en dirección del espejo de cuerpo completo que ha cubierto con una sábana negra, acaricia el objeto con la yema de sus dedos, dudando en sí debe o no jalar la sábana y mirar su reflejo. Retrae su mano contra su pecho y una mueca de absoluto dolor y arrepentimiento se dibuja en su rostro. Muerde con fuerza su labio inferior ante la impotencia que siente sobre sí.
Mueve su cuerpo hacia el baño y al entrar evita en todo momento ver su reflejo en el espejo que cubre la pared del lavabo. Abre la regadera y mientras espera a que la temperatura suba y el vapor cubra todo, lava su rostro y cepilla sus dientes; durante un segundo en el que se siente realmente valiente, alza la mirada hacia su reflejo. Sin dejar de mirarse, acaricia con pretendido cariño sus cabellos castaños, lacios, acomoda algunos de los mechones tras su oreja y piensa que sería realmente bonito tener el cabello un poco más largo, al igual que piensa que podría tener un cuerpo más pequeño, más femenino, a pesar de ser bastante delgado ya.
El vapor empieza a empañar el reflejo y eso le recuerda que no debe demorarse más o se le hará tarde. Abre entonces la perilla del agua fría para nivelar la temperatura. Luego inhala y se demora grandes segundos antes de exhalar.
Armándose de un nuevo valor, Eren gira lentamente la mirada hacia el reflejo distorsionado de su cuerpo mientras se desviste. De pie, sin la ropa ya sobre su cuerpo, aparta la mirada un segundo, consciente de que cuando vuelva a mirar, todo lo que verá ahí, sin importar cuánto intente, será aquello que únicamente él es capaz de ver. Y aunque la idea le lastima más de lo que alguna vez lo hizo, mira de todas formas, y ahí está, de nuevo, igual que ayer. Y sabe que no debería de importarle, que hay cosas mucho más importantes que lo que puede ver reflejado ahí, pero eso no es algo que pueda explicar a las demás personas.
Estira su mano y limpia apenas la parte que refleja su rostro, un rostro que le cuerda a su madre, y nada le lastima más que pensar en ella, y en lo lejanos que están ahora. En lo lejanos que seguirán estando mientras Eren no deje de sentirse como se siente, porque su madre odia absolutamente la idea de tratarla como ella.
Exhala una vez más y se recuerda que el tiempo sigue corriendo y que su padre no le permitirá llegar tarde o faltar, de modo que sin pensarlo demasiado se mete bajo el chorro de agua y deja que el agua tibia empape su cuerpo. Cierra los ojos y se queda así durante algunos minutos, conteniendo la respiración.
Eres Eren, se dice una y otra vez, y Eren es él.
Siempre has sido Eren.
Solo así está bien.
Y la forma en la que te sientes, todo lo que deseas, no son más que tonterías.
Pero él también es ella. Y a Eren le gusta ser llamado Erin en ocasiones, porque suena femenino y dulce, casi gracioso y divertido. Y adora la idea de usar broches en el pelo y pintarse las uñas de púrpura, así como a veces le gustaría usar un bonito vestido como los que usa Mikasa.
Pero eres Eren. No importa lo que creas o sientas, para el resto del mundo no eres más que eso.
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Eren sale de la ducha con el cabello escurriendo y una toalla envolviendo su cuerpo. Las uñas de los dedos de sus pies, al igual que las de sus manos, están pintadas de púrpura, y mientras las ve, considera, por un momento, deslavarlas, pero… ella se siente bonita de esta forma, al menos un poco.
Escucha dos golpecitos en la puerta y luego la voz de su padre preguntándole si ha despertado.
—L-lo estoy — le dice, inseguro, la pequeña vacilación en su voz espera que su padre no sea capaz de notarla.
Sin embargo no tiene tanta suerte, porque a continuación su padre pregunta si todo está bien.
Y Eren piensa en que debería de responder, porque hoy es igual que ayer, y ayer no fue uno de sus mejores días, porque hoy igual que ayer, es ella.
No, nada está bien, papá. Nada está bien. Yo no estoy bien, ¿cómo puede estar todo bien si a veces despierto y al verme en el espejo veo a un él grandioso… y a veces solo puedo verla a ella?
Pero es algo que no dice. Que no dirá. Porque su padre está haciendo lo mejor para ayudarle y no quiere que piense que no se lo agradece.
—Estoy bien… Todo siempre está bien.
La respuesta de su padre se demora en llegar, cuando lo hace todo lo que pide es que baje pronto a desayunar y entonces se marcha.
En la soledad de su habitación Eren se pregunta, mirando a su alrededor, qué debería ponerse el día de hoy. Sus deseos, esos deseos que se esfuerza duramente por reprimir, gritan y suplican por algo bonito, pero de nuevo, como ha aprendido a hacerlo de un tiempo a la fecha, ignora esos sentimientos y toma las mismas prendas del día anterior, no están sucias después de todo. Mientras seca y cepilla sus cabellos, sobre su mesita de noche ve resplandeciendo a través de la oscuridad el pasador para el cabello que Mikasa le regaló hace poco, se lo pone sin cuestionarse mucho y apenas alzando un poco la sábana que cubre su espejo observa que tal le luce, y sus mejillas, pálidas, apenas se tiñen de carmín, no por vergüenza, más bien de emoción. Los palpitantes latidos de su corazón se aceleran.
Es tan bonita.
Cierra los ojos, piensa que hoy será un día agotador, estresante y sobretodo incómodo. Toma su bolso, apenas metiendo los libros que sacó el día de ayer y mientras sale de su habitación puede sentir el miedo anticipándose en su estómago.
Es a mitad de las escaleras cuando escucha la voz de su padre a través de la pared hablando por teléfono, como cada día sin falta, con la contestadora del teléfono de su mamá. Han pasado ya algunos meses desde que decidieron separase y desde que los tramites del divorcio comenzaron, meses proporcionales al sentimiento de culpa que comenzó a corroer su interior al ver a su padre convertir en una rutina el llamar a su madre aun si sabe que ella no responderá, que no responderá quizá nunca, al menos no hasta que puedan darle buenas noticias. Pero su papá aún la quiere y la quiere mucho, y él haría lo que fuera por recuperar la felicidad que solían tener. Pero su mamá es una mujer firme y de carácter duro, que no pide nada más que una sola cosa para retractarse de su decisión.
Eren recuerda el pasador sobre sus cabellos, lo sujeta y lo quita; con pena, mientras lo oculta en el puño de su mano, piensa en lo lejanos que están aún de esa felicidad.
—Hey, hola — Mikasa le saluda cuando le ve entrar en la cocina, tiene una mirada alegre que al instante de verlo se convierte en una mueca de preocupación.
No es una sorpresa dado que Eren no ha estado durmiendo bien los últimos días, y su rostro y su cuerpo demacrado no deben ser demasiado discretos al mostrarlo. Puede ver como la mirada de Mikasa baja de su rostro a sus manos, al esmalte de uñas carcomido, y al fuerte puño que sostiene contra su costado. No se resiste mucho cuando ella se acerca y toma su mano entre las suyas, el broche se desliza suavemente entre sus dedos.
—Eren…
—Solo quería devolvértelo, no lo necesito. — Le dice, intentando pasarla de largo, pero ella no se lo permite.
—No es nada malo que te guste pintarte la uñas, o usar broches en el pelo. ¿Qué importa si un día quieres ser un chico y al otro una chica? Papá te lo dijo ¿no?
Eren recuerda aquella charla que tuvo con su padre antes de decidir mudarse, algunas semanas después de haber enfrentado a ambos, a su madre y a él, con aquel vestido diciéndoles cómo se sentía. Transexual, su padre había sugerido. Pero no era eso, eso no lo describía. "No, yo no quiero ser una chica" le dijo, "Bueno, en ocasiones sí, pero no para siempre."
"¿Qué se supone que soy cuando no quiero ser hombre o mujer?"
Su papá le había explicado tres cosas:
1. Nació con ciertos órganos que para él no son importantes, que para nadie más debían serlo.
2. Puede ser un hombre un día, y una mujer al otro.
3. No hace falta que explique por qué un día es un chico y al otro una chica. Solo sé quién tu sientes que eres.
Pero a pesar de ello la culpa sigue siendo muy grande. Porque incluso si su padre ha dicho eso, no puede olvidar las palabras duras de su madre. Los chicos no usan vestidos ni usan pasadores en el cabello.
Desde que era un niño Eren siempre supo que había algo malo en él, pero nunca acabo de entenderlo. Porque aunque muchas veces su mamá deseo tener una niña, ella nunca entenderá que alguna veces sólo quiere ser Eren, y otras más desea ser simplemente Erin. Y tal vez es por eso que intenta ocultarlo.
O tal vez es porque su madre dijo que estaba enfermo.
—No importa, es tarde deberíamos irnos.
Eren da media vuelta, no demasiado dispuesto a quedarse a escuchar más de las palabras de Mikasa, o de su padre, porque ellos no lo entienden, no importa cuánto lo intenten.
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El pueblo de Trost es un buen lugar, Eren cree, pequeño, frío, escondido del mundo, con autos viejos y vecinos que se conocen unos a otros; son el tipo de escenarios que nunca podría ser capaz de ver en la ciudad, y en esa parte entiende por qué su padre decidió mudarse a este lugar. Pero por otro lado no comprende por qué de todos los lugares posibles su padre optó por uno demasiado lejano.
Mientras avanza junto a Mikasa, encogiéndose en su sudadera y la bufanda alrededor de su cuello para mantener el calor, considera sus opciones en lo referente a su nueva escuela.
Podría saltarse las clases, no sería ningún problema, nadie echaría de manos a un estudiante recién llegado, nadie ni siquiera notaría su ausencia. Pero es su último año y no puede darse el lujo de reprobar alguna materia, las cuales, por lo que pudo ver ayer, llevan ya un buen avance.
Eso lo dejaría con el hecho de pedir, tal vez, un cambio, al menos si le dejasen en el mismo salón que Mikasa no se sentiría tan fuera de lugar. Pero había sido su padre en primer lugar quien sugirió ponerles en distintas clases.
La última opción, y la más probable, es simplemente estar. Así, sin nada más. Igual que el día de ayer. Guardar silencio y llenar sus pulmones de oxigeno sin perturbar a nadie. Pero es algo un poco, solo un poco, imposible cuando compartes mesa con alguien a quien no puedes simplemente ignorar.
Incluso si se mantienen en silencio y fingen que ninguno existe para el otro, Eren no puede evitar sentir la incomodidad adueñarse de su ser cada vez que su compañero realiza un movimiento, por mínimo que sea.
Y luego están sus demás compañeros quienes por la forma en la que le miran parecen intuir que hay algo que no está bien con Eren, y ciertamente Eren no es una persona demasiado paciente, así que no duda que vaya a explotar contra alguno de ellos alguna vez si se atreven a decirle algo.
Lo cual podría suceder más pronto de lo que imagina, Eren concluye, jugueteando con los dedos de sus manos en sus bolsillos. Está mañana no ha quitado del todo el esmalte, pero debería.
—Bien, me voy — Mikasa le dice al llegar, se despide con un golpecito en su espalda y luego la ve moverse hacia su casillero, donde sea que este esté.
Eren busca el propio y cuando lo encuentra se dedica, tan rápido como puede, a cambiar sus libros. Mientras lo hace puede sentir la mirada de muchos otros sobre su nuca, y les escucha susurrar. Sus manos tiemblan pero él tiene que sacar sus libros. El esmalte de uñas quema como si de pronto alguien hubiese puesto sus manos sobre brazas ardiendo.
Escucha risas.
Apenas mirando sobre su hombro ve en los casilleros tras sus espaldas a la chica rubia de la fila de a lado, la que le molestó diciéndole que no podía sentarse tan junto a ella, mirándole altaneramente.
Esa chica, sin razón aparente, le ha odiado antes de que siquiera hubiera puesto sus ojos sobre ella. Pero viéndolo de otro modo, parece odiar a todos a su alrededor también, excepto claro, por los chicos que se reúnen junto a ella.
No es que importe mucho. Están en su último año, y Eren ha llegado tarde así que no tiene realmente oportunidades de crear un vínculo con alguna de estas personas.
Eren guarda el último de sus libros, o al menos está en ello cuando siente a alguien empujarle desde atrás y su libro se desliza de sus manos y arrastra varios metros lejos a través del lustroso pasillo.
Eren tiene que contar hasta diez para no explotar al mirar que el culpable no es otro más que el mismo chico que le negó un lugar el día de ayer.
—Bonito color de uñas — le dice, socarrón.
Y tan frágil como sus emociones respecto a ese tema son, Eren contiene la respiración y por mero instinto sus manos se vuelven puño y se esconden en las bolsas de su sudadera.
Él le mira burlón, y todos los demás, compañeros suyos y los que no, lo hacen también.
El miedo, la vergüenza, la ansiedad, comienzan apenas a querer adueñarse de él cuando siente algo duro ser empujado contra su pecho. Por reflejo saca sus manos de su guarida y sostiene el objeto. Es su libro. A su derecha, pasando entre su cuerpo y su casillero, como si no tuviese nada que ver en el asunto, pasa sin girar a verlo su compañero de mesa, con esa mirada fría y dura que no parece abandonarle nunca.
Eren ni siquiera puede darle las gracias cuando él ya ha pasado de largo. Una chica, de gafas y cabellos sujetos en una coleta, pasa corriendo tras él.
—¡Levi! — grita.
Y Eren, aferrando fuertemente el libro contra su pecho, no puede evitar sentir los latidos de su corazón acompasarse en una melodía que hasta entonces le es desconocida.
—Levi —murmura sin emitir sonido.
Luego vuelve a mirar a sus compañeros. La campana suena. Ellos le fruncen el ceño, Eren les regresa el gesto antes de alejarse en la misma dirección que Levi.
Bien, está bien, Eren piensa, tal vez no todos son unos cretinos por aquí.
