Antes de empezar, una nota:
Los fansub de Steins;Gate en español usan tanto los términos: "línea temporal" como "línea de mundo" para traducir el inglés "wordline". Yo usaba "línea de tiempo" porque sonaba, en cierta forma, más agradable, y porque así es que lo vi la primera vez.
Luego de meditar bien el asunto, decidí usar la traducción correcta: "línea de universo". Porque si lo buscan en Wikipedia (en español), verán que este es término que se le da al concepto derivado de la teoría de la relatividad, que Steins;Gate usa como base para su narrativa.
También otros fansubs hablan de "Línea de Mundo alfa" o Línea de Mundo beta" como la agrupación de líneas de universo que pertenecen a los valores de divergencia relativa que diferen en menos del 1%. Yo uso el término "Campo atractor" (Attractor Field en inglés) porque este es un concepto tomado de la Teoría del Caos, que es usado muchas veces en Steins;Gate para justificar la naturaleza de las convergencias.
Luego editaré los términos en los viejos capítulos, pero es así como se usarán desde ahora.
Capítulo III
Herencia genética
Lunes 1 de octubre del 2012
Makise Kurisu estaba terminando de instalar sus pertenencias en el RIKEM, cuando le fue informado que, para su sorpresa, no trabajaría sola.
—¡Mucho gusto en conocerla, Makise-sensei! —la saludó un joven de cabellos rojizos—. Mi nombre es Usui Keitarou. Espero poder aprender mucho de usted.
Las manos y piernas del joven temblaban porque no podía manejar la extraña sensación que le producía ese encuentro. Él no había entendido el significado de viajar al pasado: la tecnología obsoleta, las vestimentas pasadas de moda, el aire diferente de la ciudad, ninguna de esas cosas se lo hicieron comprender. No hasta ver el rostro más joven de su propia madre en persona.
En ese instante, temió que su plan se derrumbara. Ella estaba tardando demasiado tiempo en responder el saludo, como si tuviera un asunto inquietante en mente. ¿Lo había reconocido? ¿Se encontraba molesta? ¿Le reprocharía haber robando una máquina del tiempo que había sido diseñada por ella? ¿De viajar al pasado para espiarla?
No, no había forma de ser descubierto: faltaban años para que él naciera. Aún así, Keitarou la respetaba, sintiéndose mal consigo mismo por mentirle sobre su identidad.
Kurisu solo se limitó a mirar con curiosidad al muchacho. No podía ver con claridad su rostro porque se había inclinado en señal de saludo; en su lugar, observó la larga bata de laboratorio que llevaba. Esta se encontraba amarillenta y gastada, como si acumulara largos años de uso intensivo. Solo con verla sabía que era del estilo y talla que le compró a Okabe en Estados Unidos, para regalarle la navidad pasada.
Okabe la llevaba puesta todo el tiempo, incluso el día anterior. Significaba que de verdad le había gustado. Ese año, en vez de intercambiar regalos de cortesía, podrían salir juntos a divertirse, ¿o eso no hacían las parejas en Japón...? Pero no, antes de pensar en la posibilidad, debía hablar con Mayuri sobre quien se confesaría primero. También estaba la opinión de Okabe de por medio, ¿él querría salir? No creía que fuera la clase de hombre que prefiere pasar la Nochebuena jugando en casa o viendo anime, ¿o si?
El Doctor Yamagata, quien era la cabeza del laboratorio de Investigaciones en Neurotecnología y quien los presentó, hizo un gesto con la cabeza a la mujer para que respondiera de una vez. Entonces Kurisu entendió que se había distraído pensando en Okabe otra vez mientras el joven "Usui" esperaba en su posición inclinada, nervioso por la prolongada pausa.
—El gusto es mío, Usui-san. Espero que podamos trabajar muy bien juntos —dijo con cortesía.
Finalizada la introducción, Keitarou se relajó.
Su aproximación había sido exitosa: ella no parecía sospechar de su verdadera identidad. En cambio, Yamagata, no parecía convencido de su presencia.
—Parece que este chico terminó la universidad en Estados Unidos y con 17 años. Fue aceptado en el programa Junior del Instituto y designado a este laboratorio para trabajar con nosotros. Esto sucedió tan rápido y en una época tan inusual, que parece que salió de la nada —dijo el hombre mientras leía pensativo una hoja con los datos del recién llegado—. En fin, le pregunté a los demás integrantes si querían hacerse cargo de integrarlo, pero todos dijeron que estaban ocupados con sus temas de trabajo. Me haces un favor al tenerlo contigo, Makise-san, sino tendría que devolverlo a los americanos, ¡jojojo!
Yamagata Shouhei era un hombre de estatura baja, pelo blanco, anteojos y una gran barriga. Por su apariencia y su extraña risa fue que se ganó el apodo del "Papá Noel de la ciencia japonesa". Todo los integrantes del laboratorio estaban acostumbrados a su excéntrica personalidad, pero sus carcajadas finales tomaron desprevenidos a Makise Kurisu y Okabe —ahora Usui— Keitarou.
Cuando terminó de reír, el científico tomó reparo de los ojos violáceos que lo miraban con confusión. Se dio cuenta que no era común para dos japoneses compartir tal pigmentación, y con la perspicacia de una persona que ha dedicado toda su vida a la investigación de la naturaleza, les preguntó:
—Esperen, no todos los días se ve a dos superdotados pelirrojos. ¿Acaso son parientes?
Keitarou sabía que el hombre supuso no era ningún desvarío. La producción y distribución de melanina son características transmisibles a la descendencia. Conociendo ese principio, no era del todo extraordinario que una madre y un hijo pudiera compartir el mismo color de ojos y cabello.
Era una cuestión de herencia genética.
Dudó sobre qué responder, pero Kurisu se adelantó:
—No recuerdo tener ningún pariente apellidado Usui —dijo ella.
—Yo tampoco tengo un familiar llamado Makise —agregó él.
—¡Mejor así! —exclamó Yamagata—. Sería una pena que la inteligencia solo se quedara en ciertas familias, habría muy poco para el resto de nosotros. Ahora, pónganse a trabajar, ¡que quiero un aumento de sueldo, jojojo!
Al verlo alejarse, Kurisu sintió que tenía el honor de conocer al gran Anzai-sensei en persona, mientras que Keitarou se preguntó si en vez de Usui debió elegir como apellido Sakuragi. Pero terminadas las presentaciones y las innecesarias referencias, ya se encontraban solos.
Ella miró al joven desconocido con el que trabajaría, y pensó que sería bueno para la convivencia conocerlo mejor.
—Bien Usui-san, Yamagata dijo que vienes de los Estados Unidos, ¿eres mitad americano?
Para Keitarou, la persona que tenía enfrente se trataba de la mujer de la cual recibió 22 autosomas, un alosoma y todo su ADN mitocondrial. La primera persona que conoció y con la que convivió la mayor parte de su vida. Pero ella ya no podía reconocerlo.
Creyó que, mientras controlara el contenido de sus palabras, no habría ningún problema en otorgarle un poco de información.
—No, mis dos padres son japoneses, pero vivimos en el extranjero desde que era niño. Cursé mis estudios allí.
—¿Qué estudiaste en la universidad? —preguntó Kurisu después.
—Tomé varios cursos de física avanzada, pero mi campo de especialización es la neurociencia. Hice mi trabajo final en esa área.
—También dijo que te graduaste con 17 años...
—Así es, aunque cumplí los 18 en julio.
Kurisu pensó un momento sobre lo que había escuchado.
—Es curioso, parece que tú y yo tenemos algunas cosas en común.
—¿Usted cree? Pero debe ser una coincidencia, Makise-sensei.
Keitarou no podía culpar a la herencia genética de sus erradas elecciones académicas. Estas fueron la decisión de un adolescente confundido que tomó a su madre como ejemplo de lo que quería ser.
No era necesario aclararlo en ese momento.
—Entonces ¿qué te trajo de vuelta a Japón? —siguió preguntando Kurisu.
—Tenía unos amigos en Tokyo y deseaba estar cerca de ellos...
Los supuestos amigos no eran más que una sola amiga de la infancia. Aunque en el futuro nunca le comentó a su madre sobre sus sentimientos por Hashida Suzuha.
—... así que me mudé a Ikebukuro con mis abuelos —agregó después.
—¿Ikebukuro? ¿vives allí?
Keitarou se dio cuenta de su desliz.
—¿Dije Ikebukuro? ¡Quise decir Itabashi! Sí, es allí donde vivo ahora.
Se había dejado llevar por la familiaridad y había dado más información de la necesaria. Debía ser más cuidadoso.
Pese a la corrección, al mirar el rostro del muchacho, Kurisu creyó por un instante tener frente suyo al joven de 18 años en bata de laboratorio y oriundo de Ikebukuro que conoció dos años atrás. Pronto se dio cuenta que no era el caso, y antes de dejarse llevar pensando en Okabe otra vez, decidió concentrarse en mantener la conversación.
—Se me hace extraño no haber oído de ti Usui-san, ¿de qué trataba tu investigación?
—Bueno, trataba sobre...—él empezó a dudar si debía responder o no—... sobre la recuperación de recuerdos en un modelo artificial de amnesia.
—Eso suena interesante ¿En que revista publicaron los resultados? Me sorprende no haberlo leído todavía —comentó Kurisu.
¿Tendría que confesar que el trabajo fue publicado en una revista de bajo factor de impacto, por lo que pasó notablemente desapercibido por la comunidad científica?
Ella se enteraría tarde o temprano.
—El trabajo no era muy bueno y no tuvo repercusión. No me sorprende que usted no lo notara —respondió él, un poco decepcionado de si mismo.
—Es una lástima escuchar eso, pero igual quisiera leerlo, ¿podrías darme una copia?
—Le enviaré una después.
Pero no lo haría. El paper estaba fechado en 2035, así que eso quedaba fuera de posibilidad.
—¿Quién fue tu director de laboratorio? Quizás lo conozca.
¿Le contaría que su director de laboratorio era un experto en el campo de la inteligencia artificial y la neurociencia computacional? ¿Y que además, era un conocido de su familia, con una estatura y carácter particular?
No, si seguía respondiendo, la curiosidad de esa mujer la llevaría a querer saber todavía más y más. Así pronto llegarían al punto en que también tendría que contarle que su padre era un inventor, su hermana una especie de prodigio en la informática, y su madre... sería evidente de quien se trataba.
Debía terminar el interrogatorio.
—Pertenecía a un grupo pequeño y no creo que conozca a mi supervisor —contestó él apresuradamente—. En cambio, usted es muy famosa en el ámbito. Más que seguir hablando de mí, me gustaría saber que tiene para enseñarme, Makise-sensei.
—Espera Usui-san, no creo que sea correcto que me sigas llamando "sensei" —interrumpió Kurisu—. Es decir, no he terminado mi doctorado y se siente extraño ser llamada de esa forma.
—¡Discúlpeme, no fue mi intención incomodarla!
Otra vez la familiaridad le había jugado en contra. En el futuro, todos sus estudiantes solían llamarla "Makise-sensei", indistintamente de la nacionalidad de los mismos. Era una especie de costumbre en la Universidad que incluso su hijo respetaba, pero había sido un error utilizarla con tanta anticipación.
—¿Esta bien si la llamo Makise-senpai?
Al escuchar esa palabra, vino a la mente de Kurisu una persona conocida, de una estatura y carácter particular. La imagen mental le produjo escalofríos al recordar su advertencia: «No te queremos de vuelta sin un novio».
—Siendo sinceros, yo también soy nueva en este lugar —respondió mirando a su alrededor—. Makise-san será suficiente para mí.
Él solo pudo mover la cabeza en respuesta. Temía arruinarlo y decirle "mamá" en su lugar, pero se controlaría todo lo que pudiera.
Kurisu sintió una vibración en su ropa.
—Supongo que debemos dejar la charla, tenemos trabajo pendiente —dijo ella, tocando reiteradamente su bolsillo—. ¿Qué tal si empezamos calibrando los equipos? ¿sabes como hacerlo, Usui-san?
—¡Sí! ¡Ahora lo hago, Makise-san!
El joven se dirigió a cumplir rápido con la tarea.
Pero antes de seguirlo, Kurisu se tomó un momento para sacar su teléfono y contestar un chat de RINE que acababa de llegar.
Viernes 5 de octubre del 2012
Siendo la tarde del viernes, Makise Kurisu daba por finalizada la última ronda de experimentos.
Estiró sus brazos, y después se dirigió hacia su compañero, quien tenía a su cargo la tarea de registrar los resultados.
—Bien ¿cuántos tenemos con ese último? —preguntó.
—698 en total —respondió Keitarou, leyendo la pantalla—. 236 en el primer grupo y 231 en los restantes.
—Eso será suficiente para empezar.
Era una muestra de tamaño considerable, indicada para hacer una buena comparación estadística. Se detuvo un momento para pensar sobre el número: no recordaba haber recolectado por su propia cuenta tal cantidad de datos experimentales antes. Pero ahora que disponía de un compañero con la capacidad de seguir su ritmo, el trabajo intensivo de esa semana se terminó más rápido de lo que ella hubiera creído.
Kurisu estaba acostumbrada a trabajar sola. La gente le temía por su condición de prodigio y por lo tanto siempre huían de ella, pero debía admitir que esta nueva experiencia de trabajo en equipo le estaba resultando satisfactoria.
El joven Usui trabajaba en un programa informático con los números obtenidos. Kurisu no le había pedido que hiciera nada en particular, así que intrigada en lo que estaba realizando, se acercó a él.
Keitarou, que la conocía suficientemente bien, no necesitó que le preguntase nada para informar lo que ella quería saber.
—Inspecciono si hay datos aberrantes, y verifico el tipo de distribución para aplicar las pruebas paramétricas.
Kurisu no respondió a su comentario. En su lugar, le dedicó una prolongada mirada que reflejaba incertidumbre.
Él temió que hubiera algún problema, sino ¿por qué lo observaba de esa forma?
—Perdone, ¿me estoy equivocando, Makise-san? —preguntó.
—No, lo estás haciendo bien. Continúa por favor.
Ella se apartó, pero no dejó de observarlo mientras pensaba: ¿qué era?, ¿qué tenía en especial Usui Keitarou que le recordaba tanto a Okabe Rintarou cuando lo miraba de frente? ¿Había entre ellos similitudes? Si así era, ¿cuales?
Pero existía la posibilidad de que el asunto no fuera más que una impresión suya. Se trataba de dos personas distintas.
Usui Keitarou era respetuoso y educado en su trato. Como compañero de laboratorio, él había superado sus expectativas personales: se entendían bien entre ellos. Él siempre estaba dispuesto a realizar el trabajo, conocía bien los procedimientos y podía adelantarse a los pasos que había que seguir. Estaba bien entrenado en las cuestiones rutinarias del quehacer científico, tal vez porque había estado bajo la supervisión de un buen director.
Aún así, por momentos, el joven actuaba inseguro ante su presencia. Creyó haber sentido que la llamó "mamá" una vez, aunque se corrigió inmediatamente. Otras veces, no respondía cuando lo llamaba por su apellido, como si no se diera por aludido. Había ocasiones en que se ponía nervioso cuando hablaban sobre cosas cotidianas, o cuando le recordaba mandarle una copia de su paper. Quizás era tímido con su anterior trabajo porque siempre evitaba hablar sobre ello.
En cambio, a Okabe Rintarou le apetecía ser un "científico loco", papel que ejecutaba bajo el ridículo alias de "Hououin Kyouma". Con su carácter excéntrico y muchas veces fantasioso, Okabe solía exponer su opinión de los temas que le interesaban, aún cuando no poseía el conocimiento teórico necesario para defender sus argumentos. Siempre que debatían sobre ciencia, Kurisu terminaba dándole una paliza, quizás en venganza de la lluvia de apodos que recibía.
Okabe tampoco era ordenado a la hora de realizar experimentos: no le interesaba escribir informes de sus resultados, sin contar que ignoraba la mayoría de los modelos estadísticos propios de la investigación cuantitativa. Solía saltarse o reordenar los pasos del método científico a antojo y cuando el Laboratorio de Aparatos Futuristas tenía un proyecto, casi siempre su ejecución recaía sobre Hashida Itaru o Kurisu, quienes resolvían los obstáculos técnicos.
Pero ella no negaba que a veces él tenía muy buenas ideas. Sobre todo, su gran fortaleza residía en tener una gran convicción, y no darse por vencido fácilmente ante un problema. Pero estos eran halagos que no era capaz de decirle en persona.
En ese momento, ellos tenían una discusión activa por RINE, discusión que no lograban resolver en el transcurso de la semana.
Ahora que Kurisu había finalizado su parte del trabajo, podía darse un pequeño descanso para utilizar el teléfono.
Keitarou, por su parte, continuó con su tarea sin muchas emociones y haciendo un esfuerzo de aguantar el deseo de abandonarla a cada momento. Realizaba rápido su labor, no porque fuera el paso correcto de efectuar, sino con el objetivo de terminar aquella tortura estadística. Pensó que podía terminar pronto, pero al examinar uno por uno los números que habían obtenido, empezó a sentir que las cosas iban mal. No parecía que solamente un par de datos estuvieran errados, sino que todos ellos tenían cierta carga de dispersión que, en teoría, no debía existir.
Se levantó para revisar la máquina con la que realizaban la experiencia: no, el error no había en la calibración inicial del aparato que Keitarou efectuó, ni en los parámetros de ajuste. La culpa parecía estar en que su madre lo había usado de forma inadecuada. Yamagata les había advertido que uno de los dos sensores que poseía el aparato estaba roto y tendía a dar valores desviados, tanto por encima como por debajo del real. Ella había utilizado ese mismo en lugar del que funcionaba correctamente. Debido a la falta de consistencia con la que se desviaban las mediciones, sería difícil corregir el problema. Aunque lo intentaran, los números no representaría aquello que en verdad querían medir.
Como conclusión: el experimento era un insalvable. Había sido una semana de trabajo desperdiciada en un montón de resultados inútiles. Un completo fracaso. Un desperdicio. La única alternativa era rehacerlo todo desde el principio.
—¿Ocurre algo con los datos? —preguntó Kurisu desde su asiento al ver la mirada preocupada del joven.
—¡No, no sucede nada! —contestó Keitarou rápidamente—. Está todo en orden, Makise-san.
Ella volvió a su conversación por el teléfono.
Para él era mejor ocultarlo, no quería volver a realizar los 698 ensayos. Pensar en repetir la experiencia sería un infierno.
Él no había viajado al pasado con la intención de trabajar en un laboratorio, incluso hubiera preferido que Hashida Suzuha lo obligara a practicar con ella salto bungee en el Tokyo Sky Tree. Es más, ¿por qué cometió la equivocación de estudiar neurociencias en primer lugar? Hiyajo-sensei se lo había advertido: nunca llegaría a nada persiguiendo la sombra de otro, menos una tan grande como era la de su madre.
Su única intención al permanecer junto a ella era vigilar todo lo que había estado haciendo por esa época. Pero nada de eso tenía relación con el aparato futurista anónimo y el desconocido experimento que esperaba encontrar.
Además, el trabajo científico que estaban haciendo no importaba realmente: sabía de antemano que iba a fracasar. Estaba impreso en la historia personal de su madre, quien le comentó que su experiencia de investigación en Wako había sido la peor de su carrera. Aunque él hubiera querido impedirlo era probable que la línea de universo donde se hallaban volviera a converger y otra cosa fallara después, llevando la mayoría de las veces a la misma conclusión.
Pero más allá de los caprichos del destino, Keitarou se preguntó por qué ella no podía darse cuenta por sí misma del problema.
Su madre era una científica de primer nivel y muy respetada por sus pares en el futuro por su sentido agudo a la hora de realizar investigación. Esta clase de equivocaciones no le eran propias, más bien, parecían el trabajo de un principiante.
Ella no estaba del todo concentrada en lo que estaba realizando, por lo que quizás no prestó atención la advertencia inicial de Yamagata. Cada vez que tenía la oportunidad, escribía un mensaje y luego revisaba su teléfono una y otra vez.
Esperaba con ansias una respuesta.
—¡Eh! ¡¿Qué ahora sucede con este idiota?! —exclamó Kurisu en voz alta al leer el mensaje que había llegado a su teléfono— ¿¡Quiere que convierta su hipocampo en un florero?!
Los científicos que estaban presentes en el laboratorio voltearon a verla ante la exclamación, pero ella no parecía interesarse en nadie más que la persona del otro lado de la pantalla.
Para Keitarou no había dudas sobre la identidad de su interlocutor: se trataba de la persona de la cuál había recibido por herencia 22 cromosomas autosómicos, más un cromosoma sexual del tipo Y. Su segundo progenitor biológico.
Ellos estaban en contacto.
Por ese entonces, su padre no era más que un estudiante universitario promedio, como lo eran tantos japoneses, ¿qué había tenido de especial para que una genia como su madre le diera tanta atención a sus locuras?
Keitarou no lo entendía. Pero sabía que ella y ese hombre tendrían un hijo en seis años, producto del azar en la divergencia.
Aún con eso, tendrían que pasar casi otros tres años más antes de que se casaran. Poco después tendrían una hija, aunque esa vez sucedería sin que pudieran evitarlo. Desde ese momento, la familia Okabe estaría completa, y ellos mantendrían funcionando su matrimonio por 15 años más, al menos, hasta el día que sus hijos robaran una máquina del tiempo.
Eso es lo que a ella le esperaba en esa línea de universo.
—Makise-san, ¿puedo comentarle una cosa?
Kurisu levantó la cabeza y le prestó atención.
—Sí, dime ¿de qué se trata?
Hashida Suzuha le reprochaba que le diera demasiada importancia a que sus padres no estuvieran casados cuando él nació. ¿Qué importaba realmente?, ¿hacía eso alguna diferencia? Sabía que Makise Kurisu y Okabe Rintarou querían a su hijo, aún cuando sufriera de extrañas amnesias.
Pero Suzuha no conocía realmente los secretos de la familia Okabe. Secretos que Keitarou podía revelar a la persona que, en ese instante, esperaba atentamente lo que él tenía para decir.
Podía comentarle que los problemas familiares empezarían antes de que él naciera, en teoría, en algún momento de ese año. Todo a costa de un experimento que Okabe Rintarou realizaría, probablemente, con la ayuda de su "asistente". Un suceso tan raro e inexplicable que alteraría el espacio-tiempo cuántico como se conocía, y con ello, el futuro.
Él nunca intentaría corregirlo y no dejaría que nadie más lo intentara. Defendería esa postura, llamándola "la elección de la Steins;Gate".
Pese a que Makise Kurisu fuera indiferente a los cambios en las líneas de universo, tendría que hacerse cargo de una familia que no lo sería. Su descendencia llevaría consigo esa epistasis llamada "Reading Steiner" y eso marcaría su propio destino también.
Su madre insistía que no se arrepentía de sus decisiones. Que aceptaba su realidad tal cual era: los problemas que ellos tenían no eran tan serios, ni imposibles de manejar. Después de todo, cada familia tiene sus peculiaridades.
Pero Keitarou sabía que su versión del pasado tenía la oportunidad de elegir otra vez.
Si le explicaba lo que significaba ser un miembro de la familia Okabe, si le explicaba el modo de vida que mantenían en el futuro, quizás esta vez, preferiría tomar otro camino. Uno desconocido, pero quizás más fácil para ella.
Keitarou no la culparía por eso. Sería lógico si así fuera.
—Usui-san ¿querías decirme algo?
Kurisu empezaba a impacientarse ante el repentino mutismo del joven.
—No es nada Makise-san. Perdone, no quise molestarla —respondió él.
Decirle la verdad podía cambiarlo todo, pero mejor no precipitarse a dar pasos que no podrían deshacerse.
Estaba en el pasado, por lo que podía tomar la responsabilidad de corregir el futuro con sus propias manos. Sólo necesitaba encontrar la manera correcta de hacerlo.
Kurisu lo miró confundida, el joven actuaba extraño otra vez.
Luego sus ojos se dirigieron hacia al reloj digital.
—Creo que ya es hora de irnos.
Ambos ordenaron su estación de trabajo, apagaron los equipos y recogieron sus pertenencias. Pero antes de separarse, ella lo llamó:
—Por cierto Usui-san, a mi sí me gustaría decirte una cosa.
Keitarou movió la cabeza para indicarle que la escuchaba con atención.
—Deberías cambiar esa bata de laboratorio. No se ve bien que un científico lleve puesta una prenda tan vieja. Está muy desgastada y la han remendado con un hilo rosado —dijo ella, señalando su hombro.
Él dirigió su mirada hacia la dirección de su dedo: tenía razón, era rosado.
Encontró esa bata en la casa de sus abuelos, debió pertenecer a su padre en el pasado. No era que quisiera "imitarlo" como aseguraba Hashida, pero compartía su mismo talle de ropa y la empacó para su viaje porque no tenía otra disponible.
—Intentaré conseguir una nueva.
—Será mejor así —asintió Kurisu—. Continuemos la semana que viene con este ritmo de trabajo ¿de acuerdo?
—De acuerdo, Makise-san.
Ella lo saludó y se fue primero. Momentos después, Keitarou abandonó el edificio. Esperó hasta que ya no quedó nadie alrededor y se sacó la bata de laboratorio. No le gustaba llevarla, no era parte de su estilo personal. Por suerte, tenía consigo un bolso con su abrigo negro y los guantes que Hashida le regaló. Colocárselos lo hacía sentirse mucho mejor.
Caía la tarde en Wako. Habían trabajado más horas de las que hubiese imaginado.
Partió rumbo a Itabashi, donde alquiló un departamento para estar cerca del instituto. Este era muy pequeño y no tenía más que una cocina, una mesa y un futón. No podía darse más comodidades que esas.
Era la primera vez que vivía solo y no tenía que cocinar para otras personas como estaba acostumbrado. Sin embargo, cenar así se sentía solitario. Aún cuando estuviera toda la jornada junto a su madre, no tenía la oportunidad de compartir una comida con ella, como lo harían en el futuro.
Al terminar de lavar su plato, abrió una Dk Pepper, mientras prendía el viejo teléfono. Era una pieza de historia antigua que no le gustaba utilizar por miedo a que se rompiera, pero ya era hora de saber como le estaba yendo a su amiga de la infancia.
Presionó la opción de realizar una videollamada, y esperó hasta que la línea se conectó.
—Hola, Keitarou. Al fin nos llamas.
Del otro lado de la pantalla, se encontraba la pixelada figura de Hashida Suzuha, con una taza de fideos instantáneos en la mano. Parecía estar en un cuarto de hotel e incluso podía distinguir a su hermana en un rincón, mirando una especie de tablero.
—Hola, Hashida-san. Me alegra verte de nuevo.
Realmente estaba complacido de verla, porque la figura de Suzuha en pijama y sin sus distintivas trenzas era difícil de presenciar. Como una criatura legendaria que sólo se mostraba a unos pocos elegidos; aunque por la deficiente calidad de la llamada, quizás podía asemejarse con encontrar al missing number.
—No respondías los mensajes y ya me estaba preocupando por ti —lo regañó ella—. Creíamos que te había ocurrido algo y estabas llorando en algún rincón.
—Lo siento, no quise preocuparte. Estuve ocupado y recién ahora puedo hablar con tranquilidad.
—Mmm, déjame adivinar lo que hiciste todo este tiempo...
Antes de continuar, Suzuha sorbió sus últimos fideos, y luego de limpiarse la boca, meditó su respuesta.
Cuando creyó llegar a una conclusión, agregó:
—Gastaste tus ahorros en una tonelada de material pornográfico y no tuviste tiempo para verlo todo. Fue eso, ¿verdad?
Keitarou casi derrama toda su bebida al escucharla. ¿Qué clase de estupidez se le ocurría ahora?
—¡Te equivocas, Hashida-san, siempre te equivocas! —protestó él—. ¡Y deja de hacer esos chistes!
Esa clase de comentarios eran bastante molestos, aunque quizás Suzuha no podía evitarlos. Debía ser algo en sus genes.
Para ella la perversión era una parte normal de la naturaleza humana.
—Esta bien, intentaré no hacerlos, pero no te enojes por eso —se defendió ella—. Si no tuviste tiempo para llamarnos es porque lograste tu cometido, ¿o me equivoco?
—No, esta vez tienes razón. Estuve toda la semana trabajando en el RIKEM. Dale mi agradecimiento a mi hermana por su ayuda.
Shizuka probablemente podía escucharlos, pero no parecía interesada en participar de su conversación.
—¿Lograste ver a tu madre?
—No solo logré verla, sino que trabajamos juntos toda la semana —aclaró él.
—¿En serio? Pensé que solo querías vigilarla, pero parece que fuiste directo hacia ella.
No era parte de su objetivo estar todo el tiempo a su lado, pero así resultaron las cosas.
—¡Cuéntanos Keitarou! ¿cómo era tía Kurisu en el pasado?
Hashida Suzuha estaba emocionada por escuchar su experiencia. Shizuka levantó la cabeza de su tablero para prestar atención.
—No sé como explicarlo. Puedo sentir que es la misma de siempre, pero que sea más joven me confunde —indicó él, meditando el asunto—. Al menos su trabajo científico es igual de intenso que en el futuro, aunque lo más extraño es que esté tan distraída cuando lo realiza.
—¿Distraída? ¿A qué te refieres? —preguntó Suzuha intrigada.
—Suele estar concentrada en lo que hace, pero ahora no deja de revisar su teléfono todo el tiempo. Estoy seguro de que se está mensajeando con ese hombre, ya sabes, "Hououin Kyouma". Parece que él es la causa de sus errores en esta época.
Suzuha sonrió del otro lado de la pantalla al escuchar lo último.
—Eso significa que tío Okarin y tía Kurisu son muy unidos en esta época.
—Esperaba que se contactaran cuando mamá regresara a Japón. Intenté revisar su teléfono para averiguar que es lo que planean hacer juntos, pero aún no tuve oportunidad. Ella no lo deja en ningún momento, parece obsesionada con revisarlo.
Podía pedirle a su hermana que intentara acceder a distancia, pero quería hacerlo por su cuenta, como un verdadero espía.
—Sería divertido descubrir que en realidad se están mandándose mensajes de amor. Siempre tuve el presentimiento de que eran muy apasionados en su juventud —comentó Suzuha—. Quién sabe, si están tan cariñosos, hasta podrías tener un hermano mayor, Keitarou.
Él sintió nauseas por el comentario, ¿de qué clase de pesadilla estaba hablando Hashida? No podía imaginar una situación más desagradable.
Para él, sus padres no eran más que dos seres asexuados que les gustaba hablar de ciencia, crear aparatos futuristas, y trabajar como lo hacían cualquier par de adultos. Incluso, en el momento que el universo decidió que tuvieran un hijo, intervino la cigüeña: un ave biotecnóloga de primer nivel, capaz de mezclar el material genético de ambos y entregarles el producto en forma de bebé humano sin ningún tipo de necesidad de contacto físico entre ellos. Él había sido creado de esa forma, aunque admitía que también las aves superinteligentes podían cometer sus errores.
También tenía como hipótesis que ellos encontraron a su hermana en alguna clase de repollo alienígena mutante. Cigüeñas y repollos eran la explicación más lógica posible.
Los mensajes de amor estaban fuera de ese esquema.
—Deben estar hablando sobre un nuevo aparato futurista. Es lo más probable —respondió él.
—Eso suena aburrido —protestó Suzuha.
Por su parte, Shizuka volvió a trabajar en su tablero.
—Hashida-san, ¿sabes qué sucede en el antiguo laboratorio? Quizás están trabajando en lo que estamos buscando.
Suzuha se mostró dubitativa ante la pregunta. Luego de un momento, se aventuró a admitirle la verdad.
—Seré sincera, todavía no sé nada sobre el antiguo laboratorio. Ni siquiera he confirmado su ubicación.
Keitarou estaba sorprendido. Había pasado más de una semana entera y Akihabara no era tan grande para no poder haberlo encontrado en ese tiempo.
—¿Será que el edificio ya fue demolido?
Tal vez hubiera sido más indicado enviarla a Ikebukuro a seguir a ese sujeto, aunque creyó que no era necesario.
—Estoy segura de que el edificio todavía existe, pero tuve un contratiempo y por eso no he ido a la dirección que me dio papá.
—¿Un contratiempo? ¿Cuál?
El silencio se apoderó del otro lado de la línea. ¿La llamada se había caído? No, pese a la mala calidad, seguía funcionando.
Era Suzuha la que no respondía.
—¿Ocurrió algo, Hashida-san?
—La verdad es que…
Ella se tardaba mucho en completar la oración, tanto que él empezaba a inquietarse.
—¿Qué sucedió? ¿Algo grave? —insistió, sin mucho éxito—. ¡Por favor, cuéntame Hashida-san! ¿Necesitas mi ayuda?.
Suzuha era fuerte, pero no del todo invulnerable y Keitarou se estaba preocupando.
Ella cerró los ojos y se decidió a confesarlo todo de una vez.
—No Keitarou, estoy bien —respondió ella—. Pero la verdad es que compré una bicicleta y me entretuve paseando toda la semana. Por eso no busqué el laboratorio.
A su comentario siguió un prolongado silencio. Ahora era él quien se había quedado mudo.
—Vamos, sé que me equivoqué, pero no pude evitarlo —explicaba Suzuha, mientras Keitarou continuaba en silencio—. Tienes que entenderme, andar en bicicleta en el pasado es especial. Tokyo parece una ciudad nueva. Deberías intentarlo, hacer ejercicio es muy relajante. Hasta pensé en un par de lugares que podemos visitar juntos ¿o no dijiste que podíamos divertirnos?
Él suspiró.
Aún cuando lo deseara, no podía enojarse con Hashida Suzuha. Ella en cierta forma tenía razón: habían viajado juntos al pasado y no habían hecho otra cosa más que jugar a los videojuegos.
—Hashida-san, andaremos en bicicleta por la gran muralla china si es lo que deseas, pero antes es necesario que terminemos nuestros asuntos en el 2012. No quiero permanecer en esta época más tiempo del necesario.
—Tienes razón, no sería bueno que nos quedemos mucho tiempo aquí —afirmó ella—. Podría pasar por el laboratorio mañana ¿o prefieres que te de la dirección para que lo revises por ti mismo?
—No, estoy seguro de que mamá estará en Akihabara mañana. No quiero que sospeche que la estoy siguiendo.
Ahora que trabajaba juntos, ella podía reconocerlo. Si empezaba a verlo por todos lados, seguramente llamaría su atención.
Pero la verdadera razón era no querer encontrarse con su padre.
—Será mejor que tú encuentres una forma de infiltrarte en el lugar. Necesito que te encargues de vigilar el laboratorio y también a Okabe Rintarou, si es posible, que obtengas toda la información que puedas sobre sus planes.
Suzuha meditó esto último. No parecía muy convencida de la tarea.
—Espiar a tío Okarin en el laboratorio será una misión difícil Keitarou. Es decir, no puedo simplemente tocar la puerta y decir "hola, soy un miembro del futuro y me gustaría saber lo que están haciendo" ¿o sí?
Hacer eso sería confesarlo todo, por lo que estaba fuera de las posibilidades.
—Eres inteligente Hashida-san. Sé que se te ocurrirá una táctica para engañarlo.
Ella pareció dudar una vez más sobre la tarea, pero él quería convencerla a toda costa.
La misión podía fracasar si no se adelantaban al momento justo en donde esa máquina había sido creada. Luego de eso, podía ser tarde.
—Eres la más indicada para realizar el trabajo. Se lo daría a Shizuka, pero ella lo arruinaría todo. —No le interesaba si su hermana podía escucharlo—. Sé que estoy pidiendo algo extraño, pero te prometo que te lo compensaré. SI lo logras, haremos lo que tú quieras.
Es probable que lo hicieran igualmente, aunque ella se negara en ese momento. Casi siempre hacían lo que ella quería, pero él no podía evitarlo: después de todo, estaba enamorado.
Suzuha remotó su habitual expresión de alegría.
—Oki Doki. Si lo pides así, encontraré una forma de infiltrarme en el laboratorio y averiguar lo que están diseñando. Te doy mi palabra de soldado.
La conversación se podía dar por concluida con esa promesa.
—Confío que puedo dejar el asunto en tus manos Hashida-san. Tú eres la verdadera espía.
—¿Qué? ¿Y entonces tú que harás? —preguntó Suzuha.
—Yo iré en busca de un nuevo camino —afirmó él, con un extraño acento—. See you, space-time cowboy.
—Nos vemos, bebé futurista número 32 —respondió ella.
La comunicación terminó.
Después de guardar el teléfono, Keitarou intentó dar otro sorbo a la bebida, pero la Dk Pepper ya estaba vacía en sus manos.
No había notado que la había estado tomando sin parar. Aunque no le gustara admitirlo, ese sujeto tenía razón: la fórmula antigua era mejor. ¿En que momento a la empresa tuvo la mala idea de cambiar su receta? Alguien debía impedirlo.
Sin más que hacer por ese día, sacó de su abrigo el singular prendedor que llevaba como amuleto y se acostó en su futón, observándolo con la luz que se colaba por su ventana.
No podía negarlo, tenía curiosidad de saber como era el famoso "Laboratorio de Aparatos futuristas". No el simbólico del futuro, sino el físico que Hououin Kyouma había fundado en Akihabara en el 2010.
Lo cierto es que ya no recordaba la última vez que llamó a ese hombre "papá". Habría sido hace un par de años atrás, cuando todavía conversaban. Suzuha le reprochaba que al negarse a hablar con su padre, estaba siendo inmaduro. Un verdadero bebé futurista, como ella lo había apodado.
Pero lo que su amiga no entendía, es que no hacerlo era una especie de trato no dicho entre ambos: ni Okabe Keitarou hablaría con Okabe Rintarou, ni Okabe Rintarou molestaría a Okabe Keitarou.
Quizás existió una época donde ambos podían hacer cosas juntos como padre e hijo, pero ya era tiempo pasado.
Aunque relativamente hablando, todavía no había sucedido.
