Amor Vincit Omnia

"El Amor lo vence todo"

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Fic escrito por: Abarero

Traducido por: Lilaluux

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Capítulo 3

El viaje iba a ser una aventura que Victor atesoraría por el resto de sus días.

Ya que nunca se le había permitido a Victor esta cantidad de libertad en toda su vida. Dudó en decírselo a Yuuri, seguro que un viaje de tres días a través del bosque no era tan interesante para él; pero para Victor lo era todo.

Yuuri había estado tenso al principio, pero conforme se adentraban más dentro del bosque y se alejaban de las miradas lastimeras del castillo, más relajado se ponía. Yuuri respondió las preguntas que Victor le planteó, ya sea de su vida antes de venir al castillo, o sobre algún sonido o esencia que Victor captaba y quería identificar.

Victor estaba seguro de que podía escuchar hablar a Yuuri por horas, y ya sea con intención o no, la mayor parte del viaje fue así. Yuuri le enseño a Victor cómo identificar a los pájaros por sus canciones, las flores por su aroma y los arboles por la sensación de sus cortezas y hojas.

Era como si un mundo completamente nuevo se hubiera abierto para él, Yuuri lo orientaba con devoción y cuidado y sin un rastro de lastima. Por una vez, en toda su vida, Victor estaba siendo tratado como todos los demás.

Y sólo cuando acamparon la primera noche el problema de la ceguera de Victor surgió.

—Su alteza, ¿va a dormir con eso?

Victor sabía que los sirvientes habían empacado para él bastante ropa, y un odioso bulto de mantas para no tener que soportar las dificultades de dormir en el suelo como esperaban que Yuuri lo hiciera.

Pero aún con toda su planificación, y aún con la confianza de Victor de que Yuuri era la única persona que necesitaba junto a él, se dio cuenta de que había muchas cosas que no podría ni sabría hacer por sí mismo. Y el entrar y salir de esas ropas ridículamente complicadas era una de ellas.

—Yo… —Victor considero por último rasgar esas ropas, pero sabía que si las dañaba entonces escucharía un buen regaño por días. Después de todo, su padre había insistido que él vistiera sus mejores ropas para causar una buena impresión.

—Lo siento —suspiró, bajando la voz con algo de vergüenza—. No pensé demasiado como sería esto.

Podía oír a Yuuri acercársele, a la izquierda del pequeño fuego que había hecho.

—¿Hay algo con lo que pueda ayudar?

Él no lo dijo por ser condescendiente, y eso hizo que fuera más difícil admitir que sí, sí, Victor necesitaba su ayuda. Era algo estúpido. Un hombre mayor que no podía vestirse por sí mismo.

Yuuri se acercó más, agachándose a su lado; Victor supo que él ahora estaba a su alcance y el tenerlo así de cerca lo tranquilizó.

—Estas ropas son… —intento encontrar una manera de justificarse y mantener su dignidad intacta, sin embargo, podía sentir la mirada de Yuuri sobre él. Sin lastima, sin critica, simplemente transparente y amable—. Yo normalmente tengo un siervo para ayudarme.

—No me sorprende —dijo Yuuri, pero su tono era ligero—. Con tantos botones sus dedos se acalambrarían.

Victor sintió su corazón arder con calor. Yuuri no había sentido lastima ni por un segundo, en lugar de eso había visto la ilógica constitución de las prendas y había señalado eso como el problema real. Victor tenía razón, ni una persona a la cual los animales adoraran tanto podía ser cualquier cosa, menos si era la persona más hermosa de todas, por dentro y por fuera.

—Hay treinta y cuatro botones —respondió Victor, su voz siendo una mezcla de risa y sollozo de alivio—. Es absurdo.

Yuuri se movió aún más cerca, su mano quedo suspendida cerca del botón junto a su cuello. Victor asintió, indicando que podía continuar.

—¿Los cuenta cada vez que se lo pone?

Si estaba hablando o bromeando para aliviar los nervios de Victor, estaba funcionando. No pudo retener la sonrisa que surgió de sus labios.

—Es una manera de pasar el tiempo que toma el sujetarlos.

Hubo un momento de silencio entre ellos, sin ningún sonido más que las criaturas del bosque preparándose para recibir la noche y el desprendimiento de los botones de seda. Los dedos de Yuuri hicieron su trabajo rápidamente, finalmente deslizando el elaborado brocado fuera de los hombros de Victor con gentileza.

—Gracias —exhaló Victor. El peso de la prenda no era el único peso que quitaba de sus hombros.

—De nada, Su Alteza.

Y sin estar seguro de que lo obligó hacerlo, pero sintiendo que era simplemente lo correcto, Victor sacudió su cabeza y lo corrigió. —Llámame Victor.

Pudo sentir su conmoción; la postura de Yuuri se tensó y la mirada que sentía sobre sí era de incredulidad.

—Cuando esté contigo, es todo lo que me gustaría ser.

Él no podía expresar en palabras todo lo que sentía; las múltiples emociones que atravesaban su corazón. Pero no quería que Yuuri se sintiera obligado a obedecerlo, incluso si él era un príncipe.

—¿Es-está seguro?

—¿Por favor? —respondió Victor, esperanzado.

—Está bien, Su… quiero decir… Victor.

Y nada en el mundo podía compararse con escuchar su nombre siendo pronunciado por la lengua de Yuuri, su acento envolviendo su nombre de una manera tan particular que hacía que el corazón de Victor se hinchara.

—¿Vas a estar lo suficientemente abrigado? Me temo que mis sirvientes empacaron muchas cosas para mí y no dejaron espacios para tus pertenencias.

—Oh, yo voy a dormir en el suelo.

Víctor se puso de pie, moviéndose con una determinación acorde con su sangre real. Encontró el borde de la plataforma de la cama que habían dispuesto para él, y tanteó con su mano la parte inferior.

Lo midió y había más que espacio suficiente. Era tan espacioso que incluso Makkachin podía unírseles. Pero así como apreciaba la falta de lástima que Yuuri mostraba para con él. Victor temía tal vez sobrepasar sus límites.

Sin embargo, la idea de Yuuri durmiendo sobre el suelo, el cual él sabía estaba cubierto de ramas y piedras, no le gustaba para nada. No se sentía bien.

—Odiaría que te enfermaras —comenzó diciendo con cautela—. Y hay espacio aquí justo al lado de Makkachin, ella puede mantenerte caliente.

—No podría, yo…

Victor palmeó la cama dos veces, una señal que Makkachin entendió. Se apresuró a llegar a su lado y se tumbó emocionada. Victor esperaba que sus ojos de cachorrito convencieran a Yuuri…

—Tú puedes manteneros a todos a salvo —probó.

Eso pareció capturar la atención de Yuuri, Victor escuchó el repentino roce de sus botas en la tierra.

—Hay algunos animales mucho más grandes que creo que podrían aparecer…

Victor asintió, su corazón comenzó a latir desenfrenado con lo que suponía era emoción.

—Confió en ti, Yuuri. De esa forma todos podemos estar a salvo y abrigados.

La tensión de Yuuri se alivió.

—Si estás seguro que está bien…

—Lo estoy.

Pudo escuchar a Yuuri respirar hondo, como si necesitara alguna clase de coraje para hacer esto. Finalmente, en un crujido de movimientos, se movió para sentarse al lado de Makkachin.

Victor sonrió, su corazón se sentía ligero mientras se acomodaba al otro lado de su caniche; pero sus palabras quedaron atrapadas dentro de su boca cuando la cálida risa de Yuuri resonó en el aire. Makkachin había saltado sobre él con emoción y le lamía el rostro.

—Ya ves, ella es mucho más feliz ahora que nadie está durmiendo en el suelo.

—Eres una buena chica, ¿no Makkachin? —dijo Yuuri, con su voz llena de afecto.

—La mejor —afirmó Victor. Alargó su mano para hacerle una caricia y sus dedos rozaron los de Yuuri entremedio del pelaje del animal.

Ambos se quedaron quietos.

Finalmente, Victor se armó de valor para estrechar la mano de Yuuri.

—Yuuri… —pudo sentirlo tensarse ante su nombre—. Te debo tanto las gracias. Este es un viaje que mi padre me ha estado presionando a que hiciera desde hace bastante tiempo, pero nunca me sentí capaz de hacerlo solo. Pero al igual que con Makkachin, me siento seguro contigo. Sé que nunca dejarías que me extravíe. Así que gracias, por darme el coraje para hacer esto.

Victor pudo sentir su pulso acelerándose, pero no estaba seguro si era el suyo o el de Yuuri o ambos.

Finalmente, Yuuri movió su mano, enredando sus dedos con los de Victor.

—No, gracias a ti por confiar en mí —empezó Yuuri, con voz baja y silenciosa—. La mayoría de las personas no son amables conmigo, excepto cuando… ya sabes…

—¿Cuándo sienten lastima de ti? —finalizó Victor, sabiendo muy bien cómo se sentía.

Pudo sentir a Yuuri moverse, Makkachin se movió en el espacio entre ellos y ambos reposaron sus manos entrelazadas sobre la espalda de la perrita. Miles de palabras no dichas pasaron entre ellos, gratitud, comprensión y tal vez incluso algo más que eso.

—Buenas noches, Victor.

—Buenas noches, dulce Yuuri.

Jamás, en ninguno de sus días, Yuuri había sido así de feliz.

Lejos de las miradas de los otros, rodeado por el bosque y acompañado por alguien que quizás era el príncipe más dulce que un reino podía pedir, Yuuri se sentía increíblemente a gusto. Pero ese gusto no duro cuando el tercer día llegó y el reino vecino finalmente apareció a la distancia.

Porque Yuuri tenía la sensación de que con la posibilidad de que Victor recuperara la vista, todas las posibilidades de que él mantuviera este algo especial que tenían se habrían ido. Había vuelto a sus pensamientos anteriores, preguntándose si dejar del castillo y regresar a casa sería lo mejor para todos los involucrados.

Pero al mismo tiempo, Yuuri sentía que se sentiría igual de nostálgico si se alejaba demasiado del príncipe que había llegado a adorar.

Esa última mañana, a orillas del río que rodeaba el castillo, Yuuri insistió en limpiar toda la suciedad que el bosque le había causado a Victor, antes de que partiera a su visita.

Lo que no se esperaba era lo muy hermoso que Victor, vistiendo nada más que su ropa interior, estaría a la luz del día.

—Eres hermoso —había murmurado, mientras el paño que sostenía removía la última mancha cercana al cuello de Victor; las palabras salieron de su boca antes de que pudiera retenerlas.

Victor se había puesto tenso y Yuuri temió haberse pasado de la raya. Pero en cambio, las mejillas de Victor se tiñeron de rosa y con su mano busco la de Yuuri.

—Yuuri… yo…

Una trompeta resonó a lo alto, una bandada de pájaros alzó vuelo. Las manos del destino habían comenzado a moverse.

—Gracias. Será mejor que termine con esto —finalizó Victor bruscamente.

Yuuri lo ayudó a vestirse con su mejor ropa de seda, probablemente sólo el hilo del bordado del dobladillo valía más que cualquier cosa que Yuuri hubiera tenido alguna vez. Ahogó un bostezo, solía atender a los animales por las mañanas antes de tomar una siesta después del desayuno.

—¿Estás seguro que prefieres quedarte aquí?

Yuuri asintió. —Odiaría que ellos pensaran menos de ti por culpa mía, Victor. Yo esperaré por ti.

Victor pareció vacilar, pero finalmente, de mala gana, se alejó; Makkachin saltó sobre sus talones cuando él cruzó el pequeño puente de madera que cruzaba sobre el río hacia el castillo.

Yuuri se retiró a donde habían dejado al caballo atado a un árbol, de repente sintiéndose aún más cansado que antes. Distraídamente, notó la capa de Victor que había dejado atrás; pero antes de que pudiera pensar más, sus ojos se volvieron pesados y se dejó caer contra el árbol para dormir.

Nunca vio a Víctor regresar por la capa.

Nunca vio que él había dejado un ramo de lirios blancos encima de la capa con una sonrisa esperanzada.

Nunca vio la figura sombría de una mujer convertir las flores en restos marchitos.

Se despertó con un sobresalto, sus ojos nublados mirando a su alrededor y al paso del sol sobre su cabeza. Fue entonces cuando notó la capa y lo que parecían ser flores muertas arrojadas sobre ella.

El corazón de Yuuri se encogió.

Era un regalo de él. Recógelo.

Con manos temblorosas, Yuuri recogió las flores marchitas, negras y quebradizas, desprovistas de toda belleza.

Tal como él.

Estaba claro ahora. Claro como el cristal. Victor debió haber recuperado la vista, regreso para verlo y entonces…

—¿Es este mi castigo? —murmuró Yuuri, las lágrimas cayendo libremente por su rostro—. ¿Por amar a alguien muy por encima de mi categoría?

Y dolía. Le dolía más que cualquier otra cosa que le hubiese dolido en la vida, el saber que incluso Víctor no podía amar a alguien como él. Que sólo alguien ciego pudiera pensar en él como alguien digno.

A través de sus lágrimas, sus ojos se fijaron en el flujo turbulento del río, ahora enfurecido sobre el puente de madera.

Preferiría estar muerto.

~•~ ~•~ ~•~

Victor se sintió inquieto en el momento en que cruzó el puente, Makkachin disminuyó la velocidad y se acercó más a su costado como si ella también sintiera que algo andaba mal. Hizo una pausa, reparando en las hermosas flores que crecían en la pequeña colina al lado del castillo. No tenía idea de qué color eran, pero recordó lo que Yuuri le había contado sobre el olor. Y estos olían a lirios, una abundancia de ellos.

De repente fue golpeado con un pensamiento.

Debería darle unas cuantas a él. Demostrándole cuan hermoso pienso que es, justo como estas flores.

Sin importarle que estuviera retrasando su visita, Victor se dispuso a recoger flor tras flor hasta que sus manos se llenaron del agradable olor de ellas. Con Makkachin corriendo a su lado, corrió al lado de Yuuri, emocionado de haber encontrado algo pequeño que pudiera comenzar a transmitir todo lo que él sentía por el otro hombre.

Lo encontró dormido, con las yemas de los dedos sobre su rostro pacífico mientras dormía.

Ya sé, las dejare aquí como una sorpresa. Una hermosa flor para una hermosa persona.

En silencio, Victor regreso al castillo.

Nunca vio a la mujer materializarse desde las sombras del bosque, nunca vio que después de ejecutar un truco, lo siguió hacia el castillo para ejecutar otro.

Y a Victor no le pareció tan extraño que, después de saludar a la familia real, una hechicera que pasaba por ahí entrara corriendo en el castillo detrás de él, llamándolo por su nombre.

—¡Príncipe Victor! —entonó. Makkachin se tensó, pero Victor sabía que su mascota a menudo desconfiaba de la magia—. ¡Por fin lo he encontrado!

—¿Cómo puedo ayudarla, señora?

Podía oír el crujido de las telas de su ropa mientras le hacía una reverencia.

—He oído hablar de su condición, Su Alteza, y yo tengo la capacidad de curarlo de esa dolencia.

Víctor se quedó en estado de shock. No se sorprendió cuando la familia real le dijo que lamentablemente su magia aún no sería lo suficientemente fuerte como para ayudarlo. Pero ahora, aquí había alguien que decía que sí podía.

—¿Es eso cierto? He intentado con muchas personas antes —preguntó Víctor, aun sintiéndose receloso. Makkachin aún no se había sentado a su lado.

—Nunca me atrevería a engañarle, Su Alteza. Lo prometo, con este hechizo puedo restaurar su vista.

—Bueno, qué suerte tiene, Príncipe Víctor —dijo el rey desde el trono donde estaba sentado—. ¡Debe haber sido cosa del destino el que viniera aquí hoy!

—¿Hay algo que deba hacer? ¿Lleva tiempo?

—No, Su Alteza. Puedo realizar el hechizo siempre que usted esté listo.

Makkachin aulló a su lado y él se inclinó para darle una suave caricia a su mascota.

—No te preocupes, amiga. Siempre serás importante para mí.

Tomó un respiro profundo. Victor pensó en Yuuri, cuánto se menospreciaba a sí mismo e intentaba actuar como si él no valiera la preocupación de nadie. Pensó en lo suave que se sentía su cabello y la calidez de su mirada en él. Pensó que si esto era cierto, finalmente podría convencer a Yuuri de que era tan hermoso como Victor sabía que era.

—Puedes lanzar el hechizo.

La hechicera murmuró un hechizo. De repente, la brillante habitación comenzó a tomar forma; como si una niebla se hubiera disipado, el mundo que lo rodeaba de repente era algo que podía ver claramente.

Miró a la hechicera, su encantadora belleza, algo que Victor pensó que sólo era real en los libros de cuentos. —¿Cómo puedo pagártelo?

Ella le dio una sonrisa y una reverencia. —Saber que usted será feliz es toda la recompensa que necesito, Su Alteza.

Victor se lo preguntó tres veces más, ofreciéndole riquezas y cualquier otra cosa que él sabía que su padre estaría más que feliz de conceder, pero en cada ocasión ella solamente sonreía y amablemente declinaba. Y no queriendo pasar un momento más lejos de Yuuri, Víctor finalmente aceptó eso y se separaron.

Se despidió de la familia real, y en el momento en que salió de la puerta del castillo corrió.

El sol había aparecido en el horizonte, su luz dorada bailaba entre el campo de flores. Victor les sonrió. Entonces era un lirio blanco que le había dado a Yuuri. Llegó a la cima de la colina y miró al otro lado, sus ojos encontraron el caballo y la capa, pero ni una sola señal de Yuuri.

Makkachin ladró, frenéticamente, y Victor corrió hacia donde ella estaba, al lado del río.

El puente que cruzó esa mañana había sido inundado, las aguas turbulentas fluían sobre él mientras se precipitaba hacia el mar. Fue entonces cuando lo vio, de pie en la orilla del río, contemplando el alrededor como si estuviera a punto de tirarse al agua frente a él.

—¡Yuuri!

Él levantó la vista y se congeló. Víctor pudo saber inmediatamente que algo andaba mal, y juró por la maldita agua, que estaba decidido a llegar hasta él.

Víctor alzó a Makkachin sobre sus hombros, asegurándose de que estuviera a salvo, antes de comenzar a caminar sobre el puente cubierto de agua. Yuuri parecía congelado en el lugar, pero Victor se lanzaba hacia delante con una tenacidad que incluso él no sabía que era capaz de tener.

Tenía que alcanzarlo. Sostenerlo entre sus brazos y decírselo todo.

Y aunque el agua era feroz, sus pasos no flaquearon; avanzando hasta llegar a la orilla opuesta. Apenas tuvo tiempo de dejar a Makkachin en el suelo antes de correr una vez más, cruzando la distancia restante entre ellos.

Pudo ver las lágrimas en el rostro de Yuuri e instintivamente, extendió la mano y tiró de él para abrazarlo.

—Yuuri —exhaló, como si fuera la única palabra en el mundo que importaba—. Yuuri, ¿qué pasa? No llores.

Yuuri se tensó en sus brazos, y entonces comenzó a alejarse.

—N-no. Por favor. No es necesario.

—Yuuri…

—Prefiero morir a que me tengas lastima.

Por un momento, el mundo pareció quedarse inmóvil; los pájaros haciendo una pausa en su canción, el ímpetu del río de repente se calmó, cada ser vivo contuvo la respiración.

—No te tengo lastima, Yuuri. Yo te amo. Quiero pasar el resto de mi vida a tu lado, porque eres la persona más hermosa del mundo para mí.

Y con eso, con esas pequeñas y simples palabras, aquel espeluznante hechizo se rompió.

Yuuri parpadeó, las palabras se arraigaron en su corazón y plantaron una semilla de creencia. Que floreció y floreció, los años de dudas se desvanecieron cuando una oleada de felicidad lo envolvió.

Victor podía ver. Y Victor aún lo amaba.

Entonces sonrió y Victor pensó que ni el mismo sol podía ser tan brillante.

—La segunda persona más hermosa —murmuró Yuuri, con un brillo en sus cálidos ojos marrones—. Tú todavía eres el más hermoso para mí.

Una cálida risa burbujeó entre ellos, Víctor sintiéndose como si nunca pudiera sonreír más de lo que ahora lo estaba. Llevó una mano a la mejilla de Yuuri, adoraba ese hermoso rubor rosado que nunca antes había visto.

—Bueno, si yo soy tu número uno y tú eres el mío, supongo que estamos destinados, ¿hmm?

Las esquinas de los ojos de Yuuri se arrugaron mientras sonreía, radiante y afectuoso.

—Te amo —murmuró, posando su mano sobre el corazón del príncipe—. Victor.

Se movieron al mismo tiempo, dos fuerzas que ni siquiera el destino podía mantener separadas, y sus labios se encontraron. Los latidos de sus corazones palpitaron juntos como si fueran uno solo.

Era la más grande felicidad que alguna vez hayan sentido, y esa felicidad continuó por el resto de sus días; porque el amar y ser amado, era verdaderamente el mejor regalo de todos.

FIN.


Y así termina esta historia, pequeña, corta, y tierna. Un pequeño aporte para el grupo Victuuri is Love & Life en Facebook.

Besos!