Chapter 3.
¡Dios! Este viaje en autobús se me está haciendo interminable. Sobre todo desde el momento en que un viejo verde decidió subirse y sentarse a mi lado. No me habría importado si fuese un ancianito normal, pero le calé en el momento en que intentaba mirar mi escote. He intentado con todas mis fuerzas y recursos de adolescente cambiar de asiento, pero no hace más que contarme sus batallitas de la guerra y sus aventuras después de ésta. Resultaría interesante si no se le fuese tanto la vista.
"Tranquilízate, Ámbar, sólo quedan dos paradas. Puedes con ello."
- … Verás, jovencita, tras la posguerra, mi mujer y yo hicimos las maletas y dimos la vuelta alrededor del mundo.
- Vaya, eso es realmente interesante. – Algo empieza a vibrar en mi bolsillo. Mi móvil, estoy salvada. Es mi madre. Bueno, tal vez, no esté tan salvada. – Discúlpeme un segundito.
- Hola, mamá. Justo estaba a punto de llamarte. ¿No es una casualidad tan bonita?
- Hola, cariño. Sí que es una casualidad que cada vez que te llame, estés a punto de hacerlo tú. ¿Piensas pasar hoy por casa a cenar o te vas a quedar con Marta otra vez? He preparado algas y hamburguesas de soja para cenar.
- Mamá, el día que vuelvas a ser tú y cocines cosas normales, volveré a casa para cenar. Puede que en Navidades no me escape pero, prefiero evitar ese rollo místico-vegetariano tuyo durante el mayor tiempo posible.
- Desde luego… Tu padre y tu hermano se lo han tomado muy bien.
- Mamá, papá no te levantaría la voz y Alejandro es demasiado pequeño como para saber qué es lo que está comiendo. No puedes culparme por tener personalidad, criterio propio y gusto culinario.
- Está bien, cariño, tú ganas. Eres incorregible, ¿lo sabías?
- Lo sé, mamá. Pero me quieres, igual que yo a ti. Te dejo, que tengo que bajar del autobús. Adiós, mamá.
Y, por fin, el autobús se para.
- Bueno, jovencita, ¿por dónde íbamos?
- Disculpe, señor, pero tengo que bajarme. Es mi parada. Ha sido un placer hablar con usted.
Bajar de ese autobús ha supuesto uno de los mayores milagros y alivios de toda mi corta existencia. Pensaba que en cualquier momento se le iba a caer la baba. De entre todas las casas prácticamente idénticas que hay junto a mí, me dirijo a la de mi amiga Marta. Mi salvación de esta y todas las noches desde que a mi madre le dio por limpiar sus chacras y abrir su tercer ojo, aunque siga sin darse cuenta de muchas cosas. Ahí está, esa personita tan especial para mí, tan bajita y con su pelo rubio lleno de mechas rosas, siempre dispuesta a darme un alimento decente.
Llego hasta ella y la abrazo con una fuerza increíble. Esto de ir a institutos separados no es lo mejor para nosotras. Nos conocimos en el conservatorio hace más de cuatro años. Ella toca el violín y yo el piano y, fuera, hemos recibido las dos juntas clases de guitarra. Desde el momento en que entramos en la sala de música, somos inseparables.
- ¡No me sueltes todavía, no me sueltes! – Me dice con un gran entusiasmo.- Te he echado tanto de menos. Pero menos mal que estamos de vacaciones. ¿Te quedas a cenar?
- Ya sabes que yo siempre me quedo a cenar. Pero no sé lo que voy a hacer ahora en vacaciones con las comidas. Creo que algún día acabaré muriendo del asco. – Las dos acabamos riéndonos. Menos mal, porque Marta es la única persona que de verdad aguanta mis locuras y mis continuos sarcasmos.
- Vamos dentro. Hace un frío que pela y tengo muchas cosas que contarte. Estaremos solas un buen rato y así podré decirte lo que ,me callo cuando mi madre está delante.
- Gracias a Dios. Eres mi salvación.
- Siempre lo soy. Anda, pasa.
Entramos en la casa y ésta rezuma calor. Justo lo que necesitaba para mi pequeño culo helado. Subimos a su habitación y nos tiramos en los pufs, que también están calentitos y agradezco su comodidad. Marta desaparece unos minutos y vuelve con Nestea, Coca – Cola, Oreo y palomitas. De repente, mi estómago ruge.
- Dios, Marta, ¿te he dicho ya cuánto te quiero?
- Si, Ámbar, pero nunca lo suficiente. – Dijo entre risas, pero paró en el momento en que empecé a tirarle palomitas. – Vale, vale, me he pasado, lo siento.
- No pasa nada. Bueno, cuéntame cosas, que llevo mucho tiempo sin escuchar ningún cotilleo y algo te tiene que haber pasado.
- Bueeeeeno… ¿Te acuerdas del chico del que ye hablé?
- ¡Ah! ¿Del empolloncete de la clase de química? Claro que me acuerdo. Por favor, no me digas que se te lanzó y te dejaste llevar.
- No, tranquila, él no hizo nada. Me lancé yo. – Casi me atraganto al oír esa noticia. – Se llama Carlos y para ser un "empolloncete" es bastante guapo. Llevamos una semana y.. ¡Es tan mono! – A partir de ese momento, decido desconectar, porque la próxima media hora se la va a pasar relatándome todas y cada una de sus cualidades. Vuelvo al mundo en cuanto escucho algo que tiene que ver conmigo. – Hemos quedado con él dentro de dos días y con un amigo suyo, para ti.
- ¿Hemos? ¿Con un amigo? Vamos, Marta, ya te he dicho muchas veces que nada de citas/encerronas.
- ¡Pero si no es una cita! Sólo somos cuatro amigos. Y, además, no sabes ni cómo se llamani si te va a gustar.
- Está bien. ¿Cómo se llama?
- Mario. Se llama Mario.
