Capítulo III

El desierto Gerudo parecía chisporrotear sobre aquel sol inclemente que lo bañaba, las enormes dunas se ondulaban por el viento pero también deformadas por el sol abrasador que lograba jugar fácilmente malas pasadas a los viajeros. Poco a poco la conexión perdida del desierto con Hyrule se había ido restableciendo como si las dunas hubiesen avanzado para tender un puente que lindaba con el lago de Hylia, el contraste entre ambos paisajes no era demasiado brusco pues una pared de rocas abrupta y desigual conformaba la entrada al desierto en una loma que Link había tenido que salvar antes de poner sus pies sobre la arena ocre que alfombraba toda aquella extensión hasta el patíbulo. Se maldijo por haber acudido a mediodía, esperaba no desfallecer en su travesía pues el calor era intenso de modo que apretó el paso sorteando los desfiladeros entre los que ya no acampaban los Moblins. Nunca supo con exactitud por qué se habían instalado allí, supuso que lo hacían para proteger la puerta hacia el Crepúsculo ya que eran conscientes del enorme poder que el espejo contenía.

Tras cruzar lo que fuera el campamento atravesó el patíbulo con rapidez pues recordaba dónde estaban las trampas y los escollos, la mayoría de ellos no le suponían desafío alguno y muchas de ellas estaban ya desactivadas, pasó junto a los restos del esquelético coloso de Stallord al que se enfrentó cuando había sido despertado por Zant y salió de nuevo al circo del espejo. Se movió entre las columnas hasta llegar al altar que había albergado el espejo del crepúsculo, en su momento le resultó impactante cómo el arcano mecanismo se había accionado con tal facilidad tras haber empleado el aerodisco descubriendo tanto el espejo como el enorme bloque de alabastro que hacía de pantalla para reflejar la energía de este y conectar ambos mundos al crear la entrada. Se giró sobre sí mismo contemplando los arcos de piedra y los emblemas de bronce que representaban los elementos de los sabios, uno de ellos quebrado en señal de que el sabio del mismo había perecido cuando Ganondorf fue ejecutado y enviado al Crepúsculo, buscó, receloso, algún indicio que le infundiese la esperanza de que tal vez la puerta pudiera abrirse pero suspiró, derrotado, lo único que le rodeaba era el ulular de aquel viento ardiente que hacía que la arena se arremolinase en una leve polvareda.

Se aproximó al gran bloque de alabastro y acercó la mano a él intentando hallar algo pero sólo emanaba la feroz calidez que había absorbido del sol, retrocedió para acercarse al pequeño altar en el que estaba el espejo, aunque lo único que quedaba de él era el marco semicircular en que se apoyaba, ni tan siquiera los restos del cristal en que se hizo trizas eran visibles, recordó que en el momento en que vio aquellas esquirlas saltar en todas direcciones brillaban como si fueran de hielo aunque con un destello cobrizo, ciertamente parecían haberse desvanecido o evaporado como si realmente lo fuesen.

También rememoró a Midna arrodillada frente a él, aún en su forma de duende, una punzada muy similar a la que sintió en aquel entonces le recorrió. Se permitió dejarse llevar por los recuerdos unos instantes, Midna, en aquella forma que en un principio le resultó monstruosa con aquella voz chillona y esa apariencia pícara, con el tiempo obedecerla le resultó más sencillo pues entendía que para salvar Hyrule debía hacer lo propio con el Crepúsculo, fue cuando la vio desmadejada sobre el suelo del patíbulo, destrozada y sollozando cuando entendió que debía ayudarla a toda costa al ser consciente de lo importante que su reino era para ella, al igual que Hyrule lo era para él.

En cuanto descubrieron que el espejo podía repararse Midna recobró toda esperanza, un destello afloró en sus ojos y Link agradeció interiormente que así fuera, al igual que el corazón volvió a encogérsele cuando creyó que Ganondorf había acabado con ella, que se había sacrificado por él y por Zelda. Quizá por ello cuando se enfrentó de nuevo al rey Gerudo lo hizo como jamás pensó que llegaría a luchar, espoleado por el odio e incluso las ansias de venganza, tuvo que esforzarse para que la mente no se le nublase por tan nocivos sentimientos cuando aceptó prestarle a Zelda su ayuda en el enfrentamiento final. Al comprobar que los espíritus de luz habían intercedido y la trajeron de vuelta su sorpresa fue mayúscula. No sólo parecía que hubiese renacido milagrosamente sino que en el lugar que antes ocupaba aquel duendecillo caprichoso estaba una mujer de belleza cautivadora y arrebatadora con aquella voz aterciopelada y seductora, en un primer momento estuvo tentado de alabarla pero la vergüenza y la timidez lo paralizaron y creyó ilusamente que tendría tiempo de hacerlo, ahora se arrepentía.

Puesto que no había nada que pudiese ya hacer en aquel lugar, optó por regresar y dirigirse al castillo de Hyrule. No había avisado en la aldea de su falta, pero estaba seguro de que no se preocuparían en exceso, salvo Ilia, la idea le causó ciertos remordimientos de modo que concluyó que llegado el caso podría enviarle una carta explicándose. Epona le esperaba en la entrada del gran puente de Hylia, montó sobre su leal yegua e inició un trote suave sin poder dejar de cuestionarse si encajaría en el castillo, si un plebeyo de origen humilde como él sería aceptado o tendría que lidiar con las envidias de los altos mandos del ejército, aquello suponiendo que la princesa Zelda le acogiese.

Al entrar en la ciudadela, desmontó llevando su montura por las riendas y acariciando con ternura su hocico para calmarla ante el ruidoso gentío. Otra de sus paradas obligadas en cuanto tuviese tiempo sería la tasca de Telma, tenía que agradecerle a los miembros de la Resistencia que hubiesen intervenido en el momento justo, de otro modo los Moblins arqueros ocultos entre las almenas del castillo de Hyrule le hubiesen ensartado con sus saetas. Bordeó la fuente de mármol con la estatua del símbolo de la familia real de Hyrule y se acercó a los grandes portones del castillo, dejando a Epona tras él.

Dos soldados, alabarda en mano custodiaban celosamente la puerta. Desde el incidente en la tasca de Telma cuando un grupo de ellos huyó en estampida en cuanto la tabernera les pidió que la escoltaran a ella, Ralis e Ilia rumbo a Kakariko les profesaba una cierta repulsa, ver sus reacciones cuando había tenido la mala fortuna de transformarse en su forma lobuna en la ciudadela, oler el miedo que les despertaba una simple bestia que no había dado señales de atacarles tampoco le ayudó a cambiar de parecer. En cualquier caso, inspiró hondo, revolvió las crines de Epona cariñosamente antes de dejarla tras de sí y avanzar frente a los soldados.

-Saludos. Me gustaría mantener una audiencia con su Alteza, la princesa Zelda.-expuso todo lo calmado y convincente que pudo.

Le observaron con sorpresa y suspicacia bajo sus respectivos yelmos y cruzaron un par de murmullos, seguidamente, las puertas se abrieron y uno de ellos se adelantó, instándole a seguirle. Link obedeció tras tomar a Epona de las riendas. El castillo mantenía su porte majestuoso, el verdor de sus jardines sólo oscurecido por las sombras proyectadas por la propia construcción, aquella sucesión de baluartes y arbotantes que conectaban las torres circundantes más pequeñas con la gloriosa torre del homenaje. Situó a Epona a la sombra entre unos setos pulcramente recortados rezando para que no decidiera mordisquear sus flores y esperó pacientemente a que alguien fuese a avisarle. Al parecer los espíritus de luz habían obrado su magia también en el castillo puesto que Midna había usado sin piedad la sombra fundida en él tras alejarles tanto a él como a Zelda hasta aquel campo de batalla, pero el lugar lucía incluso más impresionante que la primera vez que lo visitó, quizá porque no había sobre él un cielo plomizo y tempestuoso.

Un lacayo ataviado con una túnica de gala y capa rojiza se le acercó conminándole a que le acompañase. Link caminó a su espalda, detestaba someterse al protocolo pero obviamente era lo más adecuado en aquellas circunstancias si quería llegar ante la princesa. Recorrió aquellos pasillos que tan bien conocía, los tapices habían sido recolocados, las antorchas y las lámparas de araña bruñidas, las alfombras sacudidas, así como las cortinas. Tanto interior como exteriormente el castillo había recobrado su esplendor. Llegó hasta la torre del homenaje y se quedó en la entrada del enorme salón del trono hasta que aquel lacayo le anunció de manera grandilocuente como héroe de Hyrule. Ese era un título que muchos se empeñaban en endosarle y que le perseguiría durante toda su existencia pese a no estar del todo de acuerdo con él. Avanzó por la mullida alfombra de terciopelo azul tratando de aparentar seguridad y se arrodilló justo al pie de la escalinata del trono, bajando el rostro.

-Alteza, es un honor que os hayáis dignado a recibirme.-dijo, si quería que todo marchase bien debía seguir el consabido protocolo.

-El honor y el placer son míos, héroe.-Replicó Zelda desde el trono, apoyando la barbilla en el dorso de su mano-¿Qué os trae por aquí?

-Quisiera…-titubeó apretando los puños, la elocuencia no era una de sus cualidades y verse sometido a aquella presión a la vista de todos los guardias y de la propia Zelda sólo agravaba más lo indefenso que se sentía-Quisiera presentaros mis respetos una vez que Hyrule ha sido pacificado.

-Un gesto admirable y ciertamente cortés. héroe.-Zelda se puso en pie y avanzó unos pasos sin descender aún los escalones-Pero por favor, levantaos.

Link asintió y procedió a obedecer. Tuvo que alzar la vista para contemplarla y sus miradas se cruzaron apenas un instante pues hubo de apartarla para no contrariarla, al fin y al cabo era un plebeyo y no debía mostrar amago alguno de superioridad frente a la corona a la que había jurado servir. La princesa de Hyrule era ciertamente hermosa, aquella doncella de áurea corona con un zafiro engastado, las pulcras trenzas cayendo sobre sus hombreras igualmente aúreas, las manos ocultas bajo los guantes de seda… desprendía una belleza distinta a aquella de la que Midna hacía gala, la belleza de Zelda era fría, serena, altiva, inalcanzable. Había accedido al trono cuando su padre pereció en la invasión de las sombras y tuvo que asumir decisiones y enfrentarse a situaciones ciertamente desgarradoras que habían forjado su personalidad hasta conseguir construir una coraza que sólo lograba reforzar esa gélida e impertérrita elegancia.

Por ello se había granjeado numerosas críticas entre las camarillas de palacio, algunos censuraban su inexpresividad, su incapacidad de mostrar empatía hacia sus súbditos, sus ínfulas de superioridad quizá alentadas por el poderoso linaje Hyliano al que representaba, otros la veían incapaz de gobernar por su juventud a la que consideraban insultante hasta el punto de haber deseado la elección de un regente. Pero Zelda había perdido a su padre y aquel dolor no la había frenado, se había limitado a encajarlo para no convertirle en un mártir inútil, uno de los muchos que aquella cruenta guerra había dejado a su paso y eso logró imbuirla de cierta prudencia, lo contrario habría sido un insulto a su memoria. Link podría hablarles de cómo era realmente la princesa, él la había conocido en una faceta que pocos habían tenido el placer de contemplar.

Cuando Midna y él se presentaron ante ella Lanayru todavía formaba parte del dominio de las sombras, Link pudo verla bajo aquella capa oscura que representaba el luto por su reino, un reino que había deseado preservar a toda costa aunque sus habitantes se hubiesen vuelto vulgares ánimas inconscientes de su aciago destino antes que oponerse al tirano de las sombras y derramar más sangre. En un ejercicio de sensatez Zelda optó por la rendición a la espera de que alguien pudiera virar aquella situación. Link la había visto cuando se arrodilló para inspeccionarle en su forma lobuna y no necesitó la percepción animal para percatarse de las emociones que la sacudían, los remordimientos, la incertidumbre, la leve esperanza… y pese a todo aquello tan bella como siempre en su aflicción, soportando aquel revés con estoicismo. Fue ella quien en aquella ocasión se permitió romper el protocolo y posar las manos enguatadas sobre el pelaje de su cabeza, entre sus orejas lobunas, quizá rota por el dolor o con la conciencia tranquila al saber que no sería juzgada por ello, pero ahora ambos estaban a la vista de todos sus guardias y lacayos y un acercamiento así era imposible. Aún así la admiraba por su fortaleza, por su entrega y su valentía, por cómo había ayudado a Midna e irónicamente cómo con su luz había resucitado a una sombra.

-Aún así, deduzco que vuestra visita no es producto de mera cortesía, ¿me equivoco? Intuyo que algo os atormenta.-Zelda bajó uno sólo de los escalones agarrando el vuelo de su vestido con ambas manos.

Agradecía enormemente aquel gesto que le ahorraba explicaciones, no sabía hasta qué punto le conocía como para afirmarlo con tal rotundidad pero asintió componiendo una mirada de pura gratitud.

-Eso es cierto, Alteza. Aunque me temo que no sabría bien cómo ponerlo en pie.-Afirmó, deseando que de nuevo captase las intenciones que le estaba dando a entrever.

-En ese caso, considero que la discreción ha de sobreponerse a la solemnidad.-Zelda pasó por su lado lanzándole una mirada de reojo y luego continuó su camino rumbo a la salida de la sala del trono-Acompañadme, héroe.

Link asintió siguiéndola unos pasos por detrás mientras que los guardias de nuevo se apartaban a su paso realizando reverencias ante la presencia de la princesa, entre la columnata advirtió a Pericleo quien negó pesadamente con la cabeza con gesto severo. Pericleo había visto crecer a la princesa y había sido su maestro e instructor, uno de sus grandes pilares de modo que era lógico que hubiese regresado a su lado para continuar mostrándole su apoyo y sus consejos, aunque Link no esperó que su regreso fuese tan patente y repentino, en cuanto le fuera posible también deseaba reencontrarse con él como miembro de la Resistencia que era.

En escrupuloso silencio tal vez para mantener en secreto aquella conversación pendiente, Zelda guió a Link hasta una estancia en el primer piso, del fajín de su vestido sacó una pequeña llave dorada, la introdujo en la cerradura de aquella puerta de madera lacada y seguidamente abrió, accediendo a un hermoso despacho repleto de estanterías rebosantes de gruesos volúmenes y legajos que se apilaban sin orden ni concierto.

-Cerrad la puerta y tomad asiento, por favor.-Ordenó Zelda mientras se acomodaba en la mullida butaca que presidía la mesa del despacho.

Siguió sus indicaciones tras deshacerse de los correajes que sujetaban la vaina y el escudo los dejó en el suelo junto a él. Al instante una sirvienta entró de manera apresurada realizando una inclinación de cabeza, Zelda se limitó a pedir que les sirviera un té y continuó trabajando. Allá donde algunos veían displicencia Link sólo advertía precisión y eficacia, todos y cada uno de sus movimientos eran pulcros desde el rasgar de la pluma sobre el pergamino hasta el ceño levemente fruncido como seña de concentración. Probablemente, si no hubiera conocido a Midna, Zelda habría sido el objeto de su fascinación, o tal vez lo que hacia ella sentía era un respeto reverencial o un aprecio incondicional, mientras que Midna ocupaba su mente de forma sempiterna, los recuerdos le martilleaban insistentemnte y sin descanso con una cadencia dolorosa. Cuando la sirvienta regresó con una bandeja de plata sobre la que descansaban una tetera, dos tazas y demás utensilios, Zelda detuvo su escritura devolviendo la pluma a su tintero, a sabiendas de que finalmente estarían libres de toda interrupción.

-Habéis tenido suerte, en otras circunstancias el haberme llamado Alteza habría sido un tremendo error.-Expuso con una sonrisa suspicaz llenando su taza de té.

-Así que finalmente vais a proceder a la coronación…-Murmuró Link no sin cierta sorpresa, removiéndose en su asiento-Supongo que será una buena forma de reafirmaros frente a vuestros detractores.

-En unas semanas en cuanto los preparativos se concluyan.-Se interrumpió para dar un generoso sorbo a su taza y la dejó de nuevo en el plato, apoyando ambas manos sobre el escritorio-Opositores siempre se alzarán de un modo u otro. Sin embargo, es ciertamente absurdo que ejerza como soberana pero mi título siga siendo el de heredera al trono, sin duda considero que cerrará una etapa y que continuar manteniendo luto por el rey no solventará nada. Hyrule necesita esperanzas nuevas…-suspiró pesadamente con voz apagada tras cerrar momentáneamente los ojos.

-Concluir etapas y cicatrizar heridas…-rumió Link sirviéndose una taza de té-Yo también he hecho mi parte, devolví la Espada Maestra a su lugar, pero Alteza, he de deciros que desconfío de toda esta situación. La forma precipitada en que Midna se marchó y destruyó el espejo no presagia nada bueno en mi humilde opinión.

-Rebatiría vuestro pesimismo pero me temo que mis presentimientos apuntan en la misma dirección.-Tamborileó con los dedos en la mesa observando el gran mapa del reino que la presidía-Intuyo que Midna deseaba proteger Hyrule o evitar una futura invasión de las sombras pero quizá el modo de lograrlo traiga más conflictos, el pueblo Twili no va a olvidar y enterrar el resentimiento tan fácilmente y verse de nuevo recluidos forzosamente cuando ya han podido probar el néctar de la libertad puede desatar reacciones extremas, amén de que las ideas de Zant aún perdurarán entre ellos.

De nuevo se hizo el silencio y aprovecharon para degustar sus infusiones lentamente, Link se sentía arropado al comprobar que la princesa pensaba del mismo modo y que compartía sus inquietudes, no necesitaba invertir esfuerzo alguno en trasladarle unos sentimientos que no sabía bien cómo explicar o encuadrar, pero tampoco acertaba a entender cómo debería obrar en adelante, se sentía ciertamente perdido desde que su cometido en teoría había finalizado.

-¿Y bien, Link? ¿Habéis venido para poner vuestra espada al servicio de Hyrule? ¿Vais a dar el paso a realizar de manera profesional aquello que comenzasteis altruistamente?-Como si le leyese la mente, acudió en su rescate, ciertamente muchos rumoreaban sobre la posibilidad de que la princesa tuviera habilidades mágicas al ser la portadora de la trifuerza de la sabiduría.

-Me gustaría, eso es cierto. Pero temo no estar a la altura o no terminar de encajar aquí, Alteza.-Confesó Link bajando la mirada.

-¿Teméis no estar a la altura?-Zelda parpadeó incrédula y seguidamente no pudo evitar una risita-Por todos los espíritus de luz, hay más valor en vos y en vuestros actos que en toda la guardia real, Link. Yo estaré encantada de acogeros, con vuestras aptitudes podríais ascender sin mucho esfuerzo incluso desde un puesto de aprendiz. Y por supuesto, os eximiré de juramento y prueba de acceso, ya habéis demostrado bastante enfrentándoos a Ganondorf, cuando vos y yo le perseguimos a caballo por aquella llanura y jurasteis prestarme vuestra ayuda supe de inmediato todo lo que Hyrule os debía.-Entretanto había comenzado a plegar un pergamino y a derramar cera amarillenta proveniente de una palmatoria a su lado para crear un lacre, señal de que había estado allanando el terreno durante su anterior espera-De hecho, quisiera que me hicierais un favor.

-Por supuesto, Alteza, ¿de qué se trata?-Link observó maravillado cómo parecía haberlo tenido todo planeado desde el principio, incluso le alegraba que aprovechando aquella intimidad le diese muestras de complicidad y sinceridad.

-Supongo que recordáis la planicie en que nos enfrentamos a Ganondorf, me gustaría que volvierais a ella, buscaseis la sombra fundida que ha de estar allí y la traigáis hasta el castillo con sumo cuidado y por supuesto, de forma confidencial.-Zelda apartó la carta que acababa de cerrar sellándola con el símbolo de la familia real y la dejó junto a la taza de Link.

-Con el debido respeto, Alteza, la sombra fundida es una reliquia del pueblo Twili y un artilugio tremendamente poderoso, no creo que sea adecuado traerla aquí.-Negó, apurando el contenido de su taza.

-Lo único que deseo es comprobar si su poder se ha extinguido o si puede seguir siendo peligrosa, además, Shad insistió en analizarla.-añadió con tono tranquilizador-Al parecer la leyenda de los Uca ya no es su único interés. Por otro lado, entiendo que os mostréis reacio, pero mi intención es custodiarla, no busco arrebatársela al pueblo Twili, si alguna vez Midna logra reconstruir el espejo no dudaré en entregársela de nuevo.-Se puso en pie con un suspiro que denotaba cansancio y preocupación-Tomad esa carta y acudid al patio de armas, os asignarán una habitación en el ala donde se encuentran los guardias y pasaréis a formar parte de ellos. Os deseo suerte, Link y os ruego encarecidamente que el contenido de lo que hemos hablado se mantenga en secreto.

-Así lo haré, Alteza. Gracias.-recogió el pergamino lacrado y tomó su mano posando los labios sobre el envés palpando la suavidad de la seda de aquellos guantes-Es todo un honor, no pienso traicionar vuestra confianza.

Tomó del suelo la vaina y el escudo y realizó una inclinación antes de salir y cerrar la puerta cuidadosamente. Desconocía el contenido de la carta pero las palabras de Zelda parecieron calar hondo entre los soldados con quiénes se topaba puesto que no se atrevieron a cuestionarle pese a que sus modales demostraban cierta envidia y recelo. Se acomodó en su alcoba, una modesta habitación con un ventanuco que daba a uno de los jardines interiores mientras que Epona pasó a las cuadras reales. Las siguientes semanas las pasó buscando con ahínco la sombra fundida o lo que quedara de ella pero por más que lo intentaba parecía que se había esfumado o que la planicie en la que se enfrentó al rey Gerudo ya no era la misma o directamente había sido borrada del mapa. Visitó la tasca de Telma agradeciendo a los miembros de la Resistencia su apoyo y mantuvo una reunión con Perícleo quien alabó su gesto pero le recomendó prudencia, no obstante, Shad, quien a menudo hurgaba con interés las interminables estanterías de la biblioteca del castillo no supo darle una respuesta sobre el paradero de la sombra fundida. Los preparativos para la coronación estaban casi finalizados y la guardia real se preparaba para atender la seguridad del evento, Link se entrenó a conciencia dispuesto a hacer méritos para acompañar a Zelda en un momento tan importante y asegurar que ninguna de sus sospechas y pesadillas se cumplieran.

No obstante, seguía anhelando transformarse en bestia de nuevo, huir y trotar por la campiña sintiendo las briznas de hierba y el cosquilleo que dejaban en sus patas, el viento alborotando su pelaje y poder aullar sus penas a la luna quizá esperando que Midna las escuchase o al menos que esa forma le permitiese fusionarse con la oscuridad de los portales que aún poblaban el cielo de Hyrule y así quizá poder acceder al Crepúsculo de alguna forma.