En el capitulo pasado: Sora se encuentra con Taichi en el autobus, él sabe (aparentemente) mucho de ella, ella ni siquiera el nombre de él. Cuando le pregunta, él responde que no puede decírselo, que solo es problemas. Ella ya lo había previsto, sabía que él era un problema, pero igual es sorprendida por la revelación de las palabras de Tai.
—¿Eres problemas? —repito a modo de pregunta.
Cuando asiente con su cabeza, logro evidenciar de nuevo su actitud burlona. Tal vez porque mis palabras han salido muy apresuradas, con un tono de voz tan incrédulo que ha desatado su sonrisa. La detesto.
—¿Por qué tan sorprendida? —me pregunta.
—¿Sorprendida? No, para nada. Bueno, sí, tal vez un poco. Pero no del modo en que lo crees.
—He logrado sorprenderte. No me importa en qué modo lo he logrado.
Su seguridad es desconcertante. Tiene tanta desfachatez de hablarme como si fuésemos los mejores amigos del mundo. Lo peor es que no puedo decir que puedo imitarle y seguirle el juego todo el tiempo. La verdad es que deseo saber quién es y por qué sabe mi nombre. Me intriga demasiado y sus palabras, pese a que no me han rebelado algo que no sepa ya, me sorprenden, como lo ha advertido él segundos antes.
Sigue mirándome.
Debo hablar porque en este preciso instante mi silencio debe estarle dando una idea de lo mucho que me hace dudar su actitud. No quiero que sepa que, si ponerme los nervios de puntas es su misión, lo ha logrado.
—Eso es fácil de deducir.
—¿Perdón?
—Se puede notar de aquí a América que tienes estándares bajos en la vida.
—No logro seguirte. No te entiendo.
—Acabas de demostrar mi punto —Él sonríe.
Se acomoda sobre su asiento, gira un poco su cuerpo y apoya sus brazos sobre el espaldar del puesto del bus, esconde la mitad de su rostro entre el hueco que formaron sus brazos y solo me permite ver sus ojos desnudos, capaces de hipnotizar a cualquier chica si lo deseara. Sus cejas arqueadas y el mechón que cae sobre su frente solo acentúan esa esencia de niño malo que desea transmitir.
Su mirada se mantiene firme sobre la mía.
—No me conoces, Sora. Sí tengo estándares altos en la vida.
—Ah, ¿sí? —respondo con fingida sorpresa—. ¿Como cuáles?
No dice nada al instante, pero puedo ver el brillo que se asoma en su mirar. Levanta su rostro y me deja verle los labios que se inclinan hacía un lado como si quisiesen sonreír, pero no lo hacen.
En vez de ello me responde:
—Besarte, por ejemplo.
No puedo creer lo que me dice.
Antes de poder, si quiera, reaccionar a su comentario atrevido, el bus se detiene y él se pone de pie.
—Esta es mi parada.
¡No! No puede bajarse aquí.
—¡Espera! —le grito. Como si ya no fuese poco mi imprudencia para con el desconocido, le tomo del brazo y le impido que se gire hacia la salida.
Mi corazón late tan a prisa que temo a que deje de funcionar en cualquier momento. Suelto su brazo tan pronto como lo he cogido y oculto mi sonrojo al bajar la cabeza y mirar el piso del autobús. Tal vez me mira, tal vez ríe con su ya característica sonrisa de medio lado, posiblemente ni siquiera me presta más atención, ni tiempo del que necesita darme y se ha marchado sin más.
El pulso aún sigue acelerado para cuando levanto la vista y observo cómo baja por las pequeñas escaleras de metal.
Me tiemblan las rodillas y escucho una voz que me dice que me detenga, que regrese a mi asiento y olvide todo lo que tenga que ver con aquél chico. Peleo con las voces que me atormentan por dentro, no puedo dejar que se marche, necesito respuestas.
Dejo de pensar y me dispongo a reaccionar.
Saco el tiquete de estudiante y lo muestro al chófer. Bajo apresuradamente del transporte. No puedo perderle de vista. Tropiezo con el muro de la calle y pierdo el equilibrio. Alguien me sujeta entre sus brazos, puedo imaginar ya de quién se trata.
—Déjame adivinar… —Sí, es él. Su voz socarrona lo deja en evidencia—. También quieres besarme y has venido a cumplir nuestros deseos.
Le empujo, como si me diera asco estar entre sus brazos.
—¡Ya quisieras! —Por alguna razón, esa simple frase no me basta. Siento que debo darle alguna explicación—. H-he venido a visitar a una amiga del… —Las palabras quedan en el aire.
Mis ojos se quedan contemplando la imagen de una chica semidesnuda, parada en una esquina, hablando a través de la ventana de un auto con algún sujeto. No me gusta juzgar a nadie ni a nada. Pero al ver la escena, la palabra: prostitución, invade mi mente.
¿En qué clase de sitio vine a parar?
Nunca he estado en este lado de la ciudad. Todo huele raro, como a caucho quemado; todo está inmerso en la suciedad y callejones oscuros que pueden prestarse para cualquier escenario violento y fuera de la ley. La piel se me vuelve de gallina. No logro reconocer este sitio de mala muerte.
—Sora… —le miro en cuanto me llama.
—Es cierto —Nunca he sabido mentir—. He quedado con una amiga de por aquí —Cuando lo hago, siempre tiendo a ponerme a la defensiva, como ahora.
A veces cuando le miento a mi padre (que no es siempre y por lo general es por cosas pequeñas) él me mira por largos segundos, que parecen décadas, sin decir nada. Es como si esperara a que le dijera la verdad. O como si quisiera leer mis sonrisas temblorosas. Así mismo me mira este sujeto en este instante.
—¡Es cierto! —Le repito.
Que absurdo esta situación. No debo explicarle nada a él.
Un suspiro en el aire rompe su silencio. Niega con su cabeza. Trago pesado.
Cuando mete sus manos en los bolsillos de su pantalón y se encoge de hombros me permito tomar un poco de aire aliviada: me ha creído. Eso creí.
Se va acercando hasta a mí e inclina su cuerpo. Sus ojos están solo a dos centímetros lejos de los míos. Me paralizo, con la electricidad recorriendo mi cuerpo.
No dice nada, ni se inmuta. Solo me observa en busca de la verdad, quizá.
Muerde su labio inferior, no encuentro morbo en el gesto, está serio. Nunca antes había permanecido con esa misma expresión por tanto tiempo. Aunque me da la sensación de estar viendo a un indigente frente a la vidriera de una panadería que exhibe sus más deliciosos (en apariencia) pastelillos de temporadas.
—Sora —Vuelve a pronunciar mi nombre. Provoca emociones indescriptibles en mí. Suspira, cansado—. Nunca has sido buena mintiendo, Sora —añade.
Estoy cansada de su juego tonto. Estoy cansada de que haga y diga cosas que insinúan que nos hemos visto en un pasado. No lo conozco. Nunca en mi vida lo he visto, salvo hoy y la vez en el bosque. La sensación que invade mi cuerpo es abrazadora. Deseo darle con todas mis fuerzas una patada en las espinillas. Molerle a golpes hasta que suelte la verdad. Que me diga cuáles son sus intenciones de una buena vez y por todas.
—Ni me molestaré en preguntar esta vez —le digo. Llamo a la paciencia.
—Eres una chica inteligente. Siempre lo has sido.
—¿Estas retándome? ¿Quieres ponerme a prueba a ver si termino estallando?
—No podría, no te conozco. Nunca nos hemos visto antes, salvo la vez en el bosque y este día.
Le miro desconfiada. Tengo miedo de él. Un miedo extraño.
Ha sacado las palabras de mi mente y las ha reproducido con su voz como si leyera lo que pienso. Eso no es posible.
—Este no es un buen lugar para ti —dice—. Deberías irte. No quiero ser el responsable de que algo malo te suceda.
Más que a modo de preocupación, me han parecido sus palabras como una advertencia. Muerdo mi mejilla, la incertidumbre me abruma.
—No eres el responsable… —Mi voz sale como dagas que se estancan en mi garganta—. No he venido contigo.
—Sora, vete de aquí —ordena.
Sigue con su semblante serio y frío. El ambiente que nos rodea no hace más que reforzar aquella advertencia que ha dejado colgada. Ya no quiero estar aquí.
Quiero respuestas, no deseo perderle la pista, pero no es el momento ni el lugar adecuado para encontrarlas. Los músculos de mi rostro se contraen, siento como la impotencia desata el enojo en mí. Pueda que sea la última vez que lo vea. ¿Y si es así? Debería estar feliz, ¿no? De ser así no necesitaría respuestas, de ser así no tendría importancia saber su nombre. Entonces, ¿por qué no puedo mover mis pies? ¿Por qué saber que no lo volveré a ver me desconcierta tanto?
—Ya te lo dije. No estoy aquí por ti —respondo—. Llego tarde, mejor me voy.
Paso por su lado, sigo caminando sin detenerme a ver si se ha dado la vuelta para mirarme. No sé a dónde voy, la verdad. Eso no interesa con tal de que él crea que voy a cualquier lugar de por aquí.
Me esconderé en una tienda, esperaré a que se marche y regresaré a la parada de autobuses para volverme a casa. El plan es ese.
Al cruzar por una esquina de la cuadra me permito pensar en mi imprudencia: una vez más he actuado antes de pensar. Pudiera ser una coincidencia, pero no creo mucho en ellas, más cuando las únicas veces que me he dejado llevar de este modo ha sido con él. Es por ello que llego a la conclusión de que el efecto de aquel desconocido tiene mucho peso sobre mí. ¿Por qué?
Hubiese buscado una respuesta en ese preciso instante, pero alguien ha comenzado a forcejar conmigo por la pertenencia de mi bolso. No sé qué rayos ocurre, pero no se lo pongo tan fácil, me aferro a la mochila como si mi vida dependiera de ello. Todo ocurre tan rápido, tan lento. No me detengo a pensar que se trata de un robo, de que posiblemente el ladrón tenga un arma y que no dudará en ponerla sobre mi frente y disparar del gatillo.
Me empuja contra la pared con rudeza.
Me ha despojado del bolso. Me siento violada, ultrajada.
Él sale corriendo, yo le sigo sin pensar en las consecuencias.
—¡Detente, ese es mi bolso! —le grito, no porque creyese que se detendría y me regresará mis pertenencias por tan solo decírselo, no.
Le grité porque tenía la fe de que alguien me escuchase y fuese en mi ayuda.
Nadie lo hace.
Los transeúntes que tropiezan conmigo se hacen los de la vista gorda. Al parecer que alguien corra detrás de un ladrón por aquí es más común de lo que deseo creer.
Mi agresor se cansa de huir. Se detiene en medio de la calle, yo le imito. De su chaqueta saca un arma y la apunta hacia mí.
No vi mi vida pasar al frente de mis ojos, pero si sentí que sería el final de ella. Sería otra víctima más del hampa. Mi muerte se sumaría a las de otros y no sería más que una cifra que se sumaría a la lista de asesinatos. Saldría en el periódico. Mis padres llorarían desconsolados mientras buscan una respuesta a la pregunta que les atormentaría de por vida: ¿Qué hacia ella en ese barrio de mala muerte?
Escucho el ruido sordo y fuerte de la bocina de un camión. Al mismo tiempo escucho como revienta el sonido del cañón. Casi puedo visualizar la carrera entre la bala y el vehículo, quienes se disputan en una competencia para ver quién gana y se lleva mi vida como trofeo.
Todo se vuelve oscuro de pronto, no puedo evitar gritar. Es mi fin.
—Sora.
Puedo escuchar el sonido de mis rodillas que chocan por el tiritar descontrolado de todo mi cuerpo. Mis oídos escuchan aún el ruido del camión que me ha arrollado, pero este se ha vuelto más agudo y estático, como un pitido.
Abro mis ojos, entonces lo veo.
Sigue inclinado, mirándome, con sus cejas largas pronunciadas (una más que la otra) que enmarcan sus grandes y misteriosos ojos marrones y oscuros, como si se trataran de una obra de arte.
Mi respiración continúa entrecortada y mi corazón obstruye, con su implacable tamboriteo, el sonido de su voz. No lo escucho, pero puedo ver como mueve sus labios delgados.
Mis sentidos, hasta ahora dormidos, despiertan de un solo golpe.
El sonido de los coches en la carretera, el olor a caucho quemado, el movimiento de las personas que transitan la calle, el taconeo de sus pies, el susurro de sus respiraciones, el murmullo de sus voces que se mezclan con la del castaño que no deja de mirarme, de hablarme, todo se entremezcla y me golpea tan duro, tan fuerte que me hace querer vomitar.
No entiendo lo que sucede. Debería estar muerta.
—¿Qué sucedió? —pregunto en medio de mi abromo.
Él sonríe, sabe algo, no quiere decírmelo, no con palabras.
—¿A qué te refieres? —la burla acompaña su voz.
¿Fue una alucinación? Nada de lo que acabo de sentir, de vivir tiene sentido. Sigo de pie en la parada de autobuses, sigo mirando al Chico del bosque. ¿Cómo es posible? Un delirio no puede ser tan real. No puede a menos que esté loca y no lo estoy. ¿Acaso él tuvo que ver con lo que vi, con lo que pasó? No tiene sentido.
—¿Te sucede algo? —me dice.
—Nada —Miento. No quiero parecer una lunática.
—Pues, debo irme. Diviértete con tu amiga.
No lo dice en serio. Se burla de mí. Sabe lo que ha pasado, ¡lo sabe! Siento nauseas, quiero vomitar. Regresa el vértigo, todo da vueltas. ¿Qué ha pasado?
[*]
Me encontré con Mimi en el Centro Comercial esa tarde, más tarde. Se enojó conmigo por llegar tarde a nuestra reunión, por mi culpa no pudimos ir al bar nuevo que desea visitar. El enojo no le duró mucho cuando le dije que diéramos una vuelta por las tiendas. Aunque sigue recordándome que deberíamos ir un día de estos, muy cercano, a aquel sitio. No le gusta sentirse fuera de onda.
Como siempre Meens es una muchacha a la que no se le puede decir que no, su seguridad y extravagancia le hace única y a veces insoportable, pero la quiero mucho a pesar de que somos tan diferente: a ella le gusta el bullicio de las discotecas, de los clubes y bares. Le gusta divertirse, salir, frecuentar sitios en dónde hay chicos lindos. También tiene un don que muchas mujeres desearíamos tener: es un imán para los hombres. Lo sabe. No teme abusar de él. A donde va despierta miradas en ellos. Cuando estaba con Gohan no me importaba ser opacada por su belleza, pero ahora que estoy sola me choca un poco tener que ser la amiga mojigata de la chica hermosa. Ya habrá tiempo de acostumbrarme de nuevo.
—¿En dónde habías estado? —pregunta.
Sostiene un perfume en su mano y lo lleva hasta su nariz.
—Ya te lo dije. Estaba en el barrio chino del oeste.
Me mira con el cejo fruncido.
—No es cierto. Tú nunca irías allí.
No me creerá, a menos que le diga la verdad.
Seguimos caminando por la perfumería, oliendo diferentes perfumes mientras le cuento lo que pasó el día de la fiesta playera en el bosque, el por qué mi actitud extraña aquella noche. También le conté lo que pasó hoy en el barrio chino, mi delirio y sobre la sonrisa insufrible del chico de ojos oscuro. Su constante forma de dejarme en evidencia, de consumirme con el simple hecho de hacerme creer que le conozco.
—¿Es el chico que estaba hablando contigo en la carretera el otro día? Es lindo.
Si hubiese hablado con otra persona, quizá ella hubiese mencionado otro hecho resaltante de la trama: que haya hablado con un desconocido en un lugar poco común, por ejemplo, o preguntaría cómo él supo mi nombre, o el hecho de que deliré con una muerte inminente hace unas horas. Pero Mimi solo resalta el hecho de que el muchacho en la carretera era lindo. No me sorprende para nada.
—Debes dejar de leer libros para adolescente-adulto. Sobre todo si son con personajes sobrenaturales. Ya desvarías.
—No es eso. Estoy segura de que algo más pasó.
—¿Crees que sea un hechicero? — Me encojo de hombros. No me había planteado esa idea. ¿Podría ser?—. Si es así, que me hechice cuando quiera.
Tuerzo los ojos. Ya se había tardado en hacer esos comentarios:
—Pensé que mi visión pudo ser ocasionada por el calor o el olor de aquella calle. Influye mucho.
—Nada que ver, S. Si así fuera, ¿Por qué no tengo delirios con Ren cuando huelo su perfume oficial en las tiendas? No tiene sentido.
—El no dormir bien también pudo causar que delirara.
—Yo creo que te drogaste.
—La que parece loca ahora eres tú ¿Cómo se te ocurre…?
—Mencionaste un olor feo. Seguro se trataba de una droga que se esparció en el aire. Marihuana o algo así.
Le digo que ya no quiero hablar del asunto. Ella entiende y termina de elegir el perfume que usará para ir al club esta noche, solo le falta el par de zapatillas y podremos irnos del Centro Comercial.
Estamos saliendo de la tienda cuando Mimi choca con un chico. Ha salido de repente, no le hemos visto. Las cosas de Meens caen al suelo desparramadas. Está apunto de decirle que es un idiota y que si alguno de sus perfumes se ha roto deberá pagarlos, eso dicen sus ojos. Pero, a penas levanta la cara para mirarle e insultarle, se calma. Lo que vio le gustó.
—Disculpa, no te vi —le dice ella. Sus pestañas suben y bajan tan rápido como si abanicaran.
—La culpa ha sido mía —Ella sonríe fascinada ante su respuesta—. Estaba distraído, lo siento. Espero no haberte hecho daño.
Niega sin modular otra palabra. Eso sí me parece raro. Ella no es de las que se quedan mudas delante de ningún muchacho.
Me quedo en segundo plano, mirando la escena que crean dos desconocidos en una situación completamente normal. La envidio un poco. Este tipo de encuentros son los que se desea contar a los nietos e hijos. Nunca he escuchado que ninguna mujer diga: conocí a tu padre en un bosque, salió de entre las sombras con los nudillos ensangrentados y golpes marcados en el rostro.
Mientras Mimi conoce a rubios de ojos azules en Centros Comerciales, yo debo romperme la cabeza pensando si he estado siendo observada por un loco psicópata o si realmente soy yo quien desvaría.
Muestra de ello es que acabo de pensar en contar cómo conocí al padre de mis hijos en medio de un bosque. Estoy volviéndome loca.
—Sora —Su voz susurra detrás de mi nuca.
Siento las piernas flaquear. Cierro los ojos y la electricidad, que cada vez se vuelve más familiar al estar cerca de él, me invade.
Notas de autor: ¡Holis! He decidido hacer los capítulos más cortitos. El máximo de ellos serán de unas 3.000 o 3.500 palabras (este es de 3100 palabras). Espero que este les haya gustado.
Saludos.
