Capítulo 3: Corazones en guerra.

Aquella tarde, Harry se encontraba en su despacho repasando el informe inicial del caso abierto por el intento de asesinato de Kingsley. Ginny se había marchado un momento a hablar con su madre, llevándose a Bonnie, y los gemelos se habían quedado a cargo de su padre, ya que estaban tan plácidamente dormidos que a ella le había sabido mal despertarlos para que la acompañasen. Harry desvió la mirada por un momento hacia sus dos joyas, que seguían dormidos en sus minicunas, a unos metros de él, junto al sofá de su despacho. "Decididamente, - pensó Harry, deleitándose con la dulce visión de sus dos hijos – tener estos bebés es la cosa más maravillosa que Gin y yo hemos hecho juntos jamás". Volvió la mirada de nuevo al informe, el cual todavía no incluía ningún dato relevante para esclarecer el caso. Se había peinado los alrededores del Ministerio en busca de pistas, se había interrogado a todo aquél que hubiese podido ver algo para que les diese al menos una pequeña descripción de los atacantes… Pero sin resultado alguno. Parecía como si hubiesen aparecido de la nada, atacado a Kingsley y desaparecido del mismo modo. Este pensamiento llevó a Harry de nuevo a la conversación que había mantenido esa mañana con Malfoy: a pesar de que el intento de asesinato tenía tintes muggles, todo apuntaba a que había sido cometido por magos o al menos por muggles apoyados por magos.

Sonó el timbre, interrumpiendo sus cavilaciones. Harry se dirigió a la puerta de entrada de la casa, mientras se quitaba las gafas por el camino y se masajeaba los ojos, cansados. Al abrir la puerta, quedó gratamente sorprendido.

- Nadia, tú aquí. Pensé que no vendrías, tal y como nos hemos despedido esta mañana.

- No venir es lo que mereces, imbécil – le respondió ella, todavía molesta por cómo Harry le había impuesto la baja temporal y el estudio para examinarse de auror – pero necesito tu ayuda. Este asunto se me está comenzando a escapar de las manos.

- ¿Asunto? – preguntó él, sorprendido, interrogándole también con la mirada.

- ¿Podemos hablar en privado? – le apremió ella, entrando en la casa y dirigiéndose al despacho de su amigo, sin esperar su invitación.

- Claro, pasa – quedó Harry a solas en la puerta, hablando para sí mismo, con una sonrisa de "no cambiará". La siguió hasta el despacho. Ella se había dado cuenta de que los gemelos estaban dormidos allí y los observaba, embelesada. Había tomado la mano de Alan y la acariciaba tiernamente, pendiente de que no se despertase.

- Es tan tranquilo que no sé a quién se parece – le dijo Harry, sonriendo, también hechizado por sus hijos – porque Ginny y yo tenemos un temperamento bastante fogoso – terminó después.

- Tú has sido fogoso en cierto aspectos… digamos nocturnos… que a ellos les queda mucho tiempo para conocer – le sonrió Nadia maliciosamente. Harry se puso rojo sin poder evitarlo – pero de carácter eres bastante tranquilo también, mientras nadie toque lo que más te importa. Entonces te vuelves un león defendiendo su territorio y das miedo. Bueno, a mí no me das miedo, que lo sepas – terminó, retadora, sentándose en el sillón de visitas, frente al escritorio.

- Sí… ya sé que Nadia Puddle hace siempre lo que le viene en gana… Te conozco demasiado bien. Pero esta vez no hay nada que hacer. Mi decisión es inamovible – le dijo duramente, aludiendo a la conversación de esa mañana.

- No he venido a hablar de eso, aunque ya veremos quién sale ganando.

- Cuéntame, Nad – le pidió él, tratando de ignorar su último comentario.

Al escuchar estas palabras, el semblante de Nadia se transformó. La joven perdió toda su arrogancia, todo el desafío y seguridad en sí misma que había mostrado hasta el momento y rompió a llorar, desconsolada. Harry la rodeó con sus brazos, impresionado, tratando de consolarla para que se tranquilizase lo suficiente y así poder comenzar su relato. Ella se abandonó en sus brazos por un momento, pero enseguida lo apartó suavemente, indicándole que se sentase en su sillón, y se recompuso lo mejor que pudo. No dejaba de acariciarse el vientre, donde se gestaba la vida de su hijo con el hombre que amaba: Draco Malfoy.

- Hace prácticamente un mes – comenzó ella, ya más serena – tú y yo llevábamos el caso de la agresión que se produjo en la casa de aquél hombre… Nemeod, se llamaba. El que se zanjó con la detención de aquellos mendigos, que lo habían matado porque creían que estaba loco y que era una amenaza para ellos.

- ¿Llevábamos? – la miró Harry, recordándole que él era el único auror que había en la sala en aquellos momentos.

- El caso es que – ahora fue ella quien decidió ignorar las palabras de él – una tarde, tú ya te habías marchado a casa porque era muy tarde y yo estaba a punto de marcharme, llegó un mensaje dirigido al Departamento de Aurores. En él especificaba que si aquella misma noche alguno de nosotros iba a la dirección indicada, encontraría pistas determinantes para resolver el caso del asesinato de Nemeod. Kingsley también había marchado. Así que yo… no quise molestaros y decidí acudir a ese lugar. – Harry la miró, furioso e incrédulo a la vez. Ella levantó una mano, tratando de disculparse – Draco no iba a estar en casa aquella noche, Harry, tú y Kingsley tenéis una familia que os reclama… - Harry bufó, haciéndole ver que sus patéticas razones no lo estaban convenciendo en absoluto.

- ¿Y los demás aurores? ¿Esos que tienen el título y saben lo que se hacen? – Le recalcó él - ¿No había ninguno al que poder avisar? ¿Acaso estaban todos desaparecidos?

- ¡Por favor! ¡No me machaques, Harry! – le suplicó ella, sus ojos anegados en lágrimas. Al ver esto, Harry decidió callar y escucharla. La chica no era de las que usaban el llanto para conmover a un hombre, y menos a un amigo. – El caso es que, como te he dicho, decidí acudir a ese lugar. Es una casa solariega situada a las afueras de Londres, abandonada, a juzgar por las pintas que tiene. Parece sacada de una de esas películas de terror muggle que tú y yo solíamos ver en Australia cuando queríamos pasar de todos lo problemas y reírnos un rato. Pero impone mucho respeto, te lo puedo asegurar, y por la noche más. En la entrada no había nadie, así que decidí tocar a la puerta, pero cuando lo intenté, esta se abrió de par en par. En el interior no había ninguna luz. Todo parecía desierto. Pero ya que estaba allí, no iba a desaprovechar la ocasión. Así que entré.

- Yo la mato – dijo Harry, sujetándose la cabeza con ambas manos. Se quitó las gafas de nuevo – Es que la mato…

- Harry – le dijo ella, volviendo a sollozar – apenas había dado unos pasos dentro de la casa, me entró un sopor incontrolable y caí dormida. A la mañana siguiente desperté en una de las habitaciones de la casa. Estaba tumbada en una cama, totalmente desnuda, tan sólo cubierta por unas sábanas…

- ¿Qué? – gritó Harry, cada vez más desesperado. Nadia lloraba ya incontroladamente.

- Mi ropa estaba encima de la cama y sobre ella había una nota – contó ella, entre hipidos, que impedían que se le entendiese correctamente.

- ¿Una nota? ¿Dónde está esa nota? ¿Dónde está, Nad? – se acercó a ella y la tomó por los hombros, firmemente. Por toda respuesta, ella extrajo de un bolsillo de su chaqueta un papel cuidadosamente plegado y se lo entregó. Siguió llorando, desconsolada.

- "Para Draco Malfoy – comenzó Harry pasa sí, cada vez más sorprendido y alarmado – la noche que hemos pasado con tu chica ha sido memorable. Es toda una leona. Recuerda, tal y como hemos jugado con ella hoy podemos volver a hacerlo, o lastimarla, o incluso matarla… La elección es tan sólo tuya. Tú dirás cómo quieres que termine esto. Por el momento, nos hemos divertido como hace tiempo que no lo hacíamos. Tan sólo queremos que vuelvas a ser quien nunca deberías haber dejado de ser, es decir, un mortífago al servicio de nuestra causa, la sangre pura. Numerosos e importantes cambios se avecinan. Necesitamos tu dinero y tu carisma para llevarlos a cabo. Contamos contigo, así que no nos defraudes o los jueguecitos se convertirán en mucho más que amenazas. Por cierto, nunca lo habíamos hecho con una embarazada. Es…. Genial. ¿Qué decides? Cuando tengas la respuesta, basta con que dejes un recado donde siempre. Nosotros nos pondremos en contacto contigo. Ah, no tardes demasiado." – Harry terminó de leer la nota, completamente destrozado. La miró, también él con lágrimas en los ojos.

- No recuerdo nada, Harry. Nada de nada. – dijo ella, con inmensa pena.

- ¡Te tendieron una trampa! ¡Sabían que estabas sola en el Ministerio y contaban con que fueses tú quien acudiese a la cita! ¡Maldita sea! ¡Nos espían y conocen nuestros movimientos! ¿Por qué coño no le has contado nada a Malfoy? – tronó él, de repente, acusándola con la mirada. - ¿Y por qué no me lo contaste a mí al día siguiente de haber sucedido? ¡Habría puesto a todo el Ministerio a registrar esa casa y a buscar a los hijos de puta que te han hecho esto! ¿Por qué no has confiado en mí hasta ahora? ¿Por qué? – volvió a sentarse en su sillón, abatido.

- No te lo conté porque sabía que me separarías del Departamento de Aurores definitivamente, Harry, y he descubierto que es mi vida, mi vocación, mi futuro… - él la miró con dureza – Y no se lo conté a Draco… porque no quiero que tenga que elegir, Harry. Sé que volverá a la vida de mortífago por mí y no deseo que lo haga. Él es bueno, lo demostró con creces ayudándonos a salvar la vida hace seis meses. No puede abandonar ese camino por mí y volver a cometer maldades. ¡No puede! – Terminó gritando, totalmente desesperada – he tratado de abandonarle. Si yo y el bebé desaparecemos de su vida, esos miserables ya no tendrán nada con qué presionarle y no se verá obligado a elegir. Pero no he podido. Le amo tanto…

- Hace unos meses – le respondió Harry, apuntándola con el dedo – tú te inmiscuiste en mi vida, contándole a Hermione por qué había abandonado a Ginny. Antes de eso, montones de veces me dijiste que no estabas de acuerdo con mi decisión, que era un egoísta por no permitir a Ginny tomar la suya propia. Draco es un hombre adulto. Ya una vez decidió apartarse del camino del mal y pasó incluso por encima de su padre para conseguirlo. Y lo hizo por ti, señorita. Y tú ahora le devuelves el favor no confiando en él. Y tampoco has confiado en mí. – tras decir esto, Harry quedó en silencio, pensativo, hasta que hubo analizado la situación y tomado una decisión.

Se levantó de nuevo, acercándose a su amiga y arrodillándose ante ella, que seguía sentada en el sillón frente a su mesa de despacho, y acercó su cara a dos centímetros de la suya.

- Si no se lo cuentas tú, señorita rebelde, lo haré yo.

Estando así ambos, y sin saber de dónde, apareció Draco. Iba en busca de Nadia.

- Hola, Potter. Vengo a buscar a Nadia. Me ha dejado una nota diciendo que la encontraría aquí y… - viendo la escena que se desarrollaba ante él quedó sorprendido. Inmediatamente sustituyó la sorpresa por un ataque de ira, que le descontroló.

- ¡Ibas a besar a mi novia! ¡Maldito bastardo! – le apuntó con su varita, acusador.

- ¿Besar a tu novia? ¿Pero qué dices? – Harry se levantó, no creyendo lo que estaba escuchando. – Yo no iba a besar a Nad…

- Pero Draco – trató de hacerle entrar ella en razón – estás mal interpretando…

- Cállate, perra. Desde siempre he sabido que me la pegabas con él, por mucho que tú lo negaras. Y tú, cabrón, me has traicionado. Pagarás por esto, Potter, vas a morir. ¡Avada Kedavra! – pronunció al instante, sin reflexionar sobre lo que hacía y sin dar tiempo a ambos a reaccionar.

Harry tan sólo tuvo tiempo de apartarse tirándose contra la pared y empujando a Nadia hacia el suelo para que el hechizo no la golpeara. El rayo destructor pasó por su lado, rebotando en el cristal de un marco que tenía Harry encima del escritorio, con la foto de Ginny y sus tres hijos, y yendo a parar dos metros por encima de las minicunas de los gemelos. Dejó un boquete de negrura allí donde había impactado finalmente.

Por si la situación no era ya suficientemente complicada, en ese momento aparecieron Ginny, llevando de la mano a Bonnie, Ron y Hermione, que se habían encontrado con ella en la casa de los padres de los pelirrojos y querían saludar a Harry. Se encontraron con toda la escena. El agujero de la pared todavía humeaba. Ginny se llevó las manos a la cabeza, aterrada.

Harry se separó de la pared, dirigiéndose hacia su amiga para comprobar que no le había sucedido nada.

- ¿Estás bien, Nadia? – la ayudó a levantarse del suelo.

Después dirigió su mirada en busca del destino final de la maldición imperdonable. Su sangre se heló en las venas al ver dónde había golpeado y lo cerca que había estado de asesinar a sus hijos. Con la sangre congelada por la ira, el miedo y una mezcla de montones de sentimientos que se agolpaban por apoderarse de él, se acercó a su mesa, cogió su propia varita y apuntó a Malfoy y a Nadia. Su frialdad era aterradora, mucho más que si le hubiese invadido un ataque de ira.

- ¡Fuera de mi casa! ¡Ambos! – Esto último lo gritó – Malfoy, mal nacido. Si vuelvo a cruzarme con tu cara te mataré. Esto es un juramento. – Draco todavía no podía creer lo que acababa de hacer. No paraba de intercalar su mirada entre las cunas de los bebés y el vientre de su novia, completamente desolado – Y tú, Puddle, no quiero volver a verte jamás. Nunca he tenido hermanos y nunca los tendré. Esta es la única realidad. Si os vuelvo a ver cerca de mi familia, os mataré. ¡Fuera! – terminó, con voz atronadora.

Nadia y Draco caminaron hacia la salida, avergonzados y arrepentidos. Hubiesen querido hablar con Harry, sobre todo Nadia, pero se dieron cuenta de que en ese momento no sacarían nada de él. Si insistían, puede que Harry ejecutara su amenaza, y él sí acertaría, lo sabían seguro. Al pasar junto a Ginny, Draco le miró fugazmente, tratando de pedirle perdón, pero la muchacha le esquivó la mirada, ignorándolo.

- ¡OH, Harry! - ¿Qué ha pasado aquí? – Le preguntó Hermione, una vez Nadia y Draco se hubieron marchado – Harry se acercó a las minicunas de los niños, donde ya Ginny estaba cogiendo a ambos en brazos y abrazándolos como si no los hubiese visto en años. Los niños le sonrieron, ajenos a todo lo que había sucedido.

- Draco ha querido dañarme, pero el hechizo ha rebotado en la foto de la mesa – dijo Harry, cansado, dirigiéndose a todos pero en concreto a Ginny – no me ha dado tiempo de neutralizarlo porque no lo esperaba de él… - quiso continuar, pero Ginny le miró, furiosa.

- ¡El gran Harry Potter! ¡El niño que vivió! ¡El azote de los mortífagos! ¡El salvador del mundo mágico! ¡No ha sido capaz de proteger a sus propios hijos! – Harry la miró, incrédulo y sorprendido.

- Gin, yo… - trató de explicarle, pero ella no le permitió hablar.

- ¡Eres un maldito irresponsable! – Casi le escupió - ¡No puedo ni verte! ¡Te odio! ¡Te odio con toda mi alma!

Él la miró a los ojos, con la esperanza ciega de encontrar ese brillo que le confirmara que Ginny no hablaba en serio, que le comprendía y le perdonaba. En vez de eso, lo que halló hizo que su corazón sintiese tanto dolor que creyó que iba a morir allí mismo, en ese mismo instante, porque comprendió que algo entre ellos dos se había roto. Después miró a Hermione y a Ron, que los observaban a ambos, alucinados.

- Me voy, Ginevra – le dijo, manteniéndole fijamente su mirada – Jamás he visto en tus ojos tanto desprecio, tanto odio y tanto asco. Te amo, pero no puedo vivir en esta casa sabiendo lo que sientes por mí. Tan sólo quiero que tengas claro esto: daría mi vida por ti y por cada uno de nuestros tres hijos, una y mil veces si fuese necesario. Volvería de la tumba para protegerlos, si con eso los pudiese salvar de cualquier mal. Pero soy humano, no un dios todopoderoso.

- ¡Pues bien que has disfrutado haciéndonos creer lo contrario hasta ahora! – continuó ella, no queriendo aceptar que un terror todavía mayor que el que había sentido al ver a sus hijos en peligro recorría todo su cuerpo, paralizándola.

- No me impedirás ver a mis hijos, Ginevra – terminó diciendo él. No quería amenazarla, sólo constatar un hecho. Dicho esto, salió hacia la calle, decidido. Ron le siguió, dejando a Hermione a solas con Ginny, que todavía tenía a los gemelos en sus brazos.

Todos se habían olvidado momentáneamente de Bonnie, que había observado toda la situación acurrucada detrás de Hermione. Esta última la alzó en sus brazos, tratando de tranquilizarla, y se acercó a su cuñada y mejor amiga, despacio, sin dejar de mirarla duramente.

- Te equivocas, Ginevra Potter – le dijo suave pero firmemente, recalcando claramente lo de "Potter" – sea lo que sea lo que ha sucedido aquí, Harry no tiene la culpa. Eso lo tienes tan claro como yo, aunque no quieras admitirlo.

- Ha puesto a mis hijos en peligro – le respondió la otra, tratando de mantener su firmeza. Las piernas le temblaban sin poderlo evitar.

- A vuestros hijos, Ginny. Él mataría y moriría por ellos y por ti. No le hagas esto, no se lo hagas y no te lo hagas a ti misma. Te vas a arrepentir.

- Debió proteger a nuestros hijos, Hermione. Jamás se lo perdonaré.

- Te equivocas, Gin. Te equivocas y lo sé por propia experiencia – le respondió su cuñada, apenada. Ginny se sorprendió con esta revelación de le esposa de su hermano – y lo peor es que esta vez quizá no tenga marcha atrás. Le has herido en lo más profundo de su alma. Piensa bien lo que haces, amiga, piénsalo – terminó con estas palabras y, depositando a Bonnie en el suelo a la vez que le daba un dulce beso, se marchó tras su marido.

Ginny quedó sola, tan sólo con la compañía de sus tres hijos. Bonnie la miró, llorosa, y ella, tras acostar a los gemelos en las minicunas, la levantó en brazos y se sentó en el sillón de Harry, desconsolada. Ambas comenzaron a llorar, abrazadas.

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- ¿Tienes dónde quedarte esta noche? – preguntó Ron a Harry, alcanzándole y deteniéndole. El auror tenía la mirada vacía, ausente.

- Alquilaré una habitación en El Caldero Chorreante, no te preocupes – consiguió decir, finalmente, cuando las palabras de su amigo consiguieron penetrar en su mente.

- Ah, no. De eso nada. Si te quedas allí, mañana todo el mundo mágico sabrá que no has dormido en tu casa y las especulaciones no se harán esperar. El Profeta se encargará de eso, ya lo sabes. Te quedarás con nosotros. – Hermione asintió, totalmente de acuerdo con su marido. Había llegado hasta ellos a punto de escuchar su conversación.

- Vamos, Harry. Os haré una buena cena, podrás descansar en familia y mañana seguro que ves las cosas de forma distinta.

- Gracias, Hermione, eres un cielo. Pero no quisiera molestaros.

- ¿Desde cuándo molesta la familia, Harry? – le preguntaron los dos al unísono, sorprendidos. Harry amagó una sonrisa, por lo bien compenetrados que estaban. Daba gusto verlos. Siempre daba gusto verlos. Pensar esto despertó de nuevo su propio dolor y se rindió ante ellos, demasiado abatido para oponerse. Los tres desaparecieron con destino a casa de los Weasley.

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Nadia y Draco atravesaron en silencio la puerta de la mansión de este último, que habían compartido desde hace varios meses, cuando ambos conocieron la noticia de que iban a ser padres. Entonces una inmensa alegría les embargaba. Ahora eran presa de la mayor desolación que podían sentir. Nadia se dirigió directamente a la habitación de matrimonio. Abrió un armario ropero, sacó una gran maleta y comenzó a introducir en ella todas sus pertenencias que pudiese llevar con ella esa misma noche. Draco observaba la escena, sin conseguir articular palabra.

- Nadia… - comenzó, finalmente, temeroso de lo que ella tenía que decir.

- Pensaste que Harry y yo te estábamos engañando, Draco – le cortó ella, sin dignarse a mirarle a la cara. – Quisiste matarle – continuó entre sollozos – a él, que te salvó de la cárcel y ha hecho todo lo posible para que seamos felices, a pesar de no estar de acuerdo con nuestra relación.

- Nadia, yo…

- ¡Casi mataste a sus hijos! – Gritó, encarándose con él - ¡Todavía no puedo creer lo que has hecho! – Continuó, negando con la cabeza - ¡Y si él no me hubiese apartado de la trayectoria de la maldición que tú invocaste, habrías matado a tu propio hijo! – al escuchar esto, Draco cayó de rodillas, vencido. – Ahora vas a ser testigo de lo que realmente sucedió entre Harry y yo – dijo. Fue a la cocina, sacó de uno de los armarios un gran cuenco, lo llenó de agua y regresó al cuarto con él. Ejecutó el conjuro para extraer el pensamiento que deseaba mostrarle y una vez conseguido, lo depositó en el agua, usando el cuenco a modo de pensadero. – Y cuando lo hayas visto, lo nuestro se habrá terminado para siempre. – Depositó el pensadero en el suelo, frente a él, y las imágenes comenzaron a sucederse.

Toda la conversación mantenida entre Harry y Nadia transcurrió ante sus ojos. Escuchó cómo Harry la reprendía por su actitud temeraria, cómo la consolaba y se desgarraba por dentro al leer la nota que ella le había mostrado. Por fin comprendió la actitud fría y distante de ella para con él, porqué lo rechazaba y lo apartaba de su lado. Y rabió por no haber sido capaz de darse cuenta de que lo que más amaba se encontraba en peligro por su culpa. Pero lo que más le destrozó fue comprobar con sus propios ojos y oídos cómo el auror lo había defendido ante ella, haciéndole ver que debía contarle la verdad. Y finalmente se vio a sí mismo, convertido en un monstruo, atacando a las dos únicas personas que creían y confiaban en él ciegamente y cómo su error había estado a punto de acabar con las vidas inocentes de los dos hijos de Harry. Sintió que debía estar muerto por lo que había hecho y lloró en silencio, invadido por la pena y el dolor.

- Por favor, Nadia. No te alejes de mi lado – le suplicó – Me volveré loco sin ti.

- Demasiado tarde – Si mantienes la cordura, te vuelves loco, te unes a los mortífagos o decides luchar contra ellos, ya no es asunto mío. Yo no puedo perdonar lo que has hecho, ni olvidarlo tampoco. Ya no por mí. Yo sé que te he mentido, que no he sido capaz de confiar plenamente en ti y te he ocultado lo que estaba sucediendo, que por mi culpa has estado confundido y que parte de las dudas que te han asaltado hoy las he fomentado yo. Sino por Harry, que es quien menos lo merece. Haz lo que quieras con tu vida, Draco, yo ya no formo parte de ella. Cuanto antes lo asumas, mejor para todos.

- Cambiaré, te lo prometo. Hoy me he dado cuenta de muchas cosas. Sé que puedo cambiar definitivamente y tengo un motivo poderoso para hacerlo: tú y nuestro hijo. Ayúdame, te lo ruego.

- Ojalá pudiera – le respondió ella, acariciándole la cara y llorando de pena – Pero no puedo. No puedo permanecer a tu lado porque aunque consiguiese perdonarte por lo que has hecho hoy, no sería capaz de olvidarlo. Y esto siempre sería la peor barrera entre nosotros. Es mejor asumirlo y comenzar una vida separados. Con el tiempo te darás cuenta de que es la única salida que nos queda. – Volvió a continuar haciendo su maleta y, cuando la hubo terminado, se disponía a marcharse cuando Draco la detuvo, tomándola del brazo suavemente.

- Te entiendo, Nadia, y no te detendré. Pero por favor, en tu estado no puedes salir sola a estas horas de la noche y menos cargada con una maleta tan pesada. Descansa aquí esta noche. Te juro que no te molestaré. Y mañana, cuando te levantes, tendrás un transporte preparado para llevarte a tu apartamento, con todas tus maletas. Una vez le prometí a un amigo que iba a hacerte feliz, y si hacerte feliz significa alejarte de mí, eso es lo que voy a hacer. Quizá no debí empeñarme nunca en que fueses mía. No he sabido ser un buen hombre para ti.

Nadia se conmovió todavía más, invadida por la pena y la tristeza, y finalmente asintió. Draco se levantó del suelo lentamente y, con actitud derrotada, salió de la habitación, cerrando la puerta tras él. Fue entonces cuando Nadia comenzó a llorar abiertamente, maldiciéndose por no haberle contado antes toda la verdad.

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Hermione, Ron y Harry se hallaban sentados en sendos sillones, distribuidos alrededor de una pequeña mesa de te. Ninguno de los tres podía marcharse a dormir después de todo lo que habían presenciado aquella noche. Harry les había relatado, palabra por palabra, todo lo sucedido entre Nadia, Draco y él, arrancándoles la firme promesa de que el asunto concerniente a Nadia y Draco no saldría de aquella habitación. Escuchar la historia reafirmó a Hermione y Ron en el convencimiento de que Harry tan sólo había sido una víctima del fuego cruzado entre sus dos amigos, consecuencia de la relación tortuosa que mantenían.

- Harry – trató de tranquilizarle Hermione – Ginny recapacitará. Se dará cuenta de que tú poco has podido hacer para evitar lo sucedido. La maldición no iba dirigida a vuestros hijos. El hecho de que haya rebotado en la foto de tu mesa y haya terminado sobre la cuna de los gemelos no era previsible de ninguna forma. Tú has hecho lo correcto, apartar a Nadia y apartarte tú de su trayectoria. De no ser así, ahora mismo estarías muerto y puede que Nadia y su bebé también lo estuviesen.

- Tú no has visto en su mirada lo que he visto yo, Hermione. – Respondió, abatido pero sereno – ella no cambiará su actitud… y yo no sé si deseo que la cambie.

- ¿Pero qué estás diciendo? – casi gritó Ron, anonadado por lo que su amigo acababa de decir. Harry le sostuvo la mirada, sin poder darle otra respuesta.

- Me siento herido, Ron, jamás imaginé, ni siquiera en la peor de mis pesadillas, que Ginny podría odiarme y despreciarme de esa manera. Ahora tan sólo siento dolor. Necesito dejar que el tiempo pase para ver a dónde me lleva todo esto. Sé que la amo porque los sentimientos tan fuertes como los míos no desaparecen tan rápidamente, aunque yo lo desease, que no lo hago. Pero en este momento no sé dónde se esconde todo lo que siento por ella. Estoy vacío, seco por dentro. – Hermione asintió levemente. Ella ya presentía que aquello iba a pasar.

- ¿Qué harás mañana? – preguntó ella, entristecida.

- Alquilaré un apartamento en una zona que me guste. No voy a llevarme nada de la casa – continuó, tratando de colocar sus gafas en la correcta posición, como hacía cuando trataba de ordenar sus ideas, pero se dio cuenta de que desde hace tiempo ya no las llevaba. Se habían quedado encima de su escritorio, en la casa del Valle de Godric. – Y continuaré con mi vida. Tengo muchísimo trabajo en el Ministerio. Tenemos entre manos un caso nuevo que nos está desvelando. Y de vez en cuando visitaré a mis hijos. Como veis, una vida sencilla – trató de sonreír y animarlos, sin mucho éxito.

- ¡OH, Harry! ¡Esto no puede ser! ¡Ginny y tú no podéis terminar así! – se quejó Ron, desolado.

- Nadie ha dicho que hayamos terminado, Ron. Pero si el tiempo demuestra que así debe ser, siempre nos quedarán nuestros hijos.

- No te reconozco, Harry – le reprochó Hermione, con dureza – tú amas a Ginny más que a nada ni a nadie en este mundo. No puedes estar diciendo en serio todo lo que te estamos escuchando decir.

- Yo tampoco me reconozco, Herms. Por eso necesito tiempo. Si me permitís, voy a tratar de descansar un rato. Mañana me espera un día duro. – Se retiró hacia el cuarto que le habían preparado, sumido de nuevo en sus pensamientos.

- Mañana tenemos que hablar con esa testaruda, Ron – dijo Hermione a su marido, decidida – No sé si se ha dado cuenta de que no se está jugando su vida con Harry, sino el amor que él siente por ella. Esto pinta mal, pero que muy mal.

- Yo pienso lo mismo, cariño. Tú y yo sabemos lo que es eso. Debemos hacer algo antes de que sea tarde – terminó, atrayendo a su esposa hacia sí y abrazándola con fuerza. Ella se dejó acunar entre sus brazos.

Permanecieron abrazados durante unos minutos y finalmente se marcharon también hacia su propio cuarto, en busca del descanso que les condujese a un nuevo día, quizá con mejores perspectivas.

Comentarios de la autora:

Por fin, la cosa se complica. Espero que os guste y que no os decepcione. A mí se me estaba cayendo el alma a trozos al escribir ciertas partes. Pero bueno, asi debe ser. Por cierto ¡FELICIDADES, JOANNE! Aunque sea un poco tarde. En vez de hacerte un regalo, nos has hecho uno tú con el último capítulo que has subido de "Antes de morir". De poco me muero, pero de la emoción.

Por favor, dadme vuestra sincera opinión.

Abrazos a discreción.

Ginevre.