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Alonso de Entrerríos jamás había siquiera imaginado la posibilidad de trabajar para una institución tan extraña como lo era el Ministerio del Tiempo. La gran mayoría de misiones que había aceptado – de buen grado, como correspondía a un soldado comprometido como siempre lo había sido él – junto a sus compañeros Amelia y Julián lo habían llevado a momentos que lo separaban mucho de su siglo XVI natal. Amaba España con cada fibra de su ser y había tenido la dudosa oportunidad de comprobar que sus años de gloria parecían perderse más y más conforme avanzaban los siglos: rara había sido la misión en que una información sobre el futuro del país no le hubiera llenado de indignación y a veces incluso vergüenza.

Por ello, aunque su carácter natural siempre le impulsaba a salir adelante con valentía y entrega, siempre se había sentido un poco desorientado en tiempos que eran posteriores al suyo, sensación que también compartía Amelia Folch, líder de la patrulla, cada vez en mayor medida debido al dichoso asunto de las fotografías que descubrieron en la misión de la Residencia de Estudiantes. Julián y ella suponían para él una fuerte armadura con la que enfrentarse con seguridad a los nuevos tiempos, pero aún así, en todas las misiones que les habían encomendado, jamás había tenido la oportunidad de conocer a ningún paisano suyo.

Era por esa razón que, a pesar de que acababan de dar con la persona a cuyo alrededor giraba la misión, no podía tampoco dejar de prestar atención a su hermano Valeriano, con el que Amelia seguía charlando mientras Julián contemplaba al poeta sentado unas filas más adelante. El hecho de que ambos fueran de Sevilla era algo que no le había pasado inadvertido, en absoluto, como tampoco lo habían hecho las palabras que le había dedicado Julián mientras Salvador Martí les exponía el caso en la sala de proyecciones.

Si vieras ahora tu ciudad, seguramente no la reconocerías.

Y era cierto, probablemente no lo haría, pero ahí tenía a dos personas que podían albergar respuestas para preguntas que Alonso sólo se había atrevido a hacerse a sí mismo en la soledad de la morada que le había asignado el Ministerio en el Madrid del siglo XVI, preguntas que se habían incrementado tras conocer a su hijo en la misión de la Armada Invencible. Ahora se encontraban en el siglo XIX, seguramente la Sevilla que conoció en su día era ahora mucho más vasta y con muchos más habitantes, pero... ¿Qué habría sido del joven Alonso de Entrerríos, su hijo? ¿La vida le trató bien después de su truncada aventura por los mares de Inglaterra? ¿Sería posible que, tres siglos después de él, alguien siguiera portando el apellido de Entrerríos en su nombre? ¿O todo habría sido pasto del tiempo y del olvido?

No pudo evitar estremecerse ligeramente al pensar en ello y se obligó a prestar atención a la animada charla que Valeriano Bécquer compartía con Amelia: por lo que podía ver, el mayor de los hermanos era un hombre de carácter afable, con don de gentes y, a juzgar por lo gastado que estaba el cuaderno de papel que portaba con él y sus instrumentos de dibujo, la pintura no era sólo un trabajo con el que ganarse la vida y echar el cierre una vez terminada la jornada laboral, sino que se trataba de algo más profundo, algo que componía la propia esencia de lo que ese hombre era.

- ¿Usted es pintor, verdad? - había preguntado entonces Amelia, aunque ya conocía la respuesta. - Esta mañana hemos hablado con una señora de cuya hija usted hizo un retrato...

- Es muy probable que así sea, señorita – asintió Valeriano, acomodándose mejor en su asiento. - Desde que llegamos a Madrid, mi hermano y yo hemos tratado de realizar el mayor número de trabajos posibles: en mi caso, retratos, y Gustavo sigue tratando de encontrar su sitio en el mundo editorial

La mirada del hombre pareció oscurecerse un poco, como si hubiera recordado algo desagradable que hiciera decaer su buen ánimo, pero al momento negó casi imperceptiblemente con la cabeza para sí y dedicó de nuevo una sonrisa a la patrulla del Ministerio. Entonces Alonso decidió tomar parte también en la conversación:

- ¿Y vuestro hermano también se dedica a pintar? - preguntó haciendo un gesto con la cabeza hacia donde se encontraba el susodicho, quien fruncía levemente el ceño mientras borraba con cuidado una parte del esbozo que no acababa de convencerle a la vez que dejaba escapar un suspiro de frustración.

Valeriano Bécquer dejó escapar una breve risa ante el gesto de su hermano y se inclinó más hacia la patrulla, con quien parecía haber establecido ya un vínculo de confianza. O al menos sí con Amelia y Alonso, pues Julián parecía perdido en sus propios pensamientos mientras seguía observando al joven poeta.

- Nuestro padre era pintor: aún recuerdo sentarme a su lado y contemplar cómo trabajaba con las acuarelas... Ambos nos hemos destetado entre lienzos y paisajes, y parece que parte de su legado ha sido ese amor por el arte – señaló el hombre. - Pero Gustavo desde bien chico encontraba más comodidad en la biblioteca de nuestra madrina, que podía presumir de una amplísima colección en la que mi hermano podía perderse durante horas

El mismo Valeriano parecía perderse al recordar esos momentos de niñez, a juzgar por la sonrisa nostálgica de su rostro, pero no tardó en continuar hablando:

- No obstante, Gustavo también siente pasión por la pintura y el dibujo, y no se le da nada mal, pero está demasiado embaucado por el mundo de las letras... - algo pareció acudir a su mente, pues se apresuró a añadir, con cierta expresión divertida en el rostro. - Por Dios, recuerdo bien que en una ocasión nuestro tío llegó a decirle: "Tú no serás nunca un buen pintor, sino un mal literato"

Amelia frunció el ceño levemente. La sensación de carecer del apoyo familiar para dedicarse a lo que realmente quería hacer con su vida no le era en absoluto desconocida. Su propia madre había llegado a espetarle que había perdido la razón cuando le hizo saber que quería ir a la universidad y perdió el contacto con gran parte de sus amigas, quienes ahora solamente vivían por y para sus maridos e hijos.

- Parecen palabras severas... - musitó la universitaria, mostrando educadamente que un reproche como ése no le parecía algo divertido.

- No, no se equivoque, señorita: mi tío no hablaba con maldad – se apresuró a aclarar Valeriano. - Mi hermano y yo nos acordamos de esa anécdota a menudo y le aseguro que no le causó ningún trauma. Gustavo sigue dibujando, pero también escribe, algo que jamás podría hacer yo: encuentro mucho más fácil representar una escena en un lienzo que evocar sentimientos y situaciones mediante la palabra escrita. No considero en absoluto que mi hermano sea un mal literato, pero nuestro tío se equivocaba al pensar que Gustavo no podía ser ambas cosas... Comprenda que la gente mayor está acostumbrada a otro modo de ser y de ver la vida

Amelia esbozó una amarga sonrisa y asintió con la cabeza: ¡qué le iba a decir a ella! Su madre la presionaba constantemente para que fuera como las hijas de sus amigas, pero también conocía que la presión familiar podía llevar a un joven a dedicarse a algo que en realidad no le apasionaba: ha sabido de algunos casos en su universidad, siempre entre murmuraciones de sus propios compañeros.

Hubo un silencio relativo, pues ellos habían parado de hablar pero la gente a su alrededor no dejaba de hacerlo. El entusiasmo por el recital parecía aumentar a medida que pasaban los minutos y se acercaba la hora de la representación. Alonso, que había dejado que Amelia llevara la mayor parte de la conversación, se inclinó entonces sobre el respaldo de su asiento, dirigiéndose hacia el pintor.

- Son ustedes sevillanos, ¿no es así? - inquirió Alonso, intentando adaptarse a usar el "usted" en lugar del "vos", aunque le estaba costando: ya al intercambiar sus primeras palabras con Valeriano Bécquer se le había escapado un "vuestro" al refererirse a su hermano Gustavo, pero el hombre no parecía haberlo notado.

Al momento, una expresión de sorpresa invadió el rostro de Valeriano.

- Así es, ¿cómo lo ha sabido?

- La forma de hablar, supongo... - cabeceó Alonso, bajo la mirada inquisitiva de Amelia: después de todo, tenían que tener cuidado con no decir nada que no debieran saber. - Yo nací en Sevilla y vo... Usted al expresarse me ha recordado mucho a mis paisanos...

- ¡Válgame el cielo! - contestó Valeriano al momento, como si no pudiera creer su suerte. - Conocen la obra de mi hermano y además es usted de mi tierra, esto tiene que saberlo...

El pintor se irguió levemente sobre su asiento, hasta dar de nuevo con su hermano en la sala.

- ¡Gustavo! - exclamó Valeriano Bécquer, llamando tanto la atención del susodicho como la de Julián, quien dio un leve sobresalto y se giró hacia el pintor.

También el poeta se había girado hacia su hermano, permitiendo a la patrulla verle el rostro por primera vez: desde luego, el don de Valeriano para la pintura era notorio, podían reconocer al escritor perfectamente tras contemplar su retrato en el Ministerio. Gustavo Adolfo Bécquer miraba a su hermano con expresión de desconcierto, preguntándole con la mirada a qué venía eso de estar llamándole a voces en medio de una sala concurrida entre gente de la burguesía. El pintor le hizo un gesto con la mano, instándole a que acudiera a su encuentro.

- ¡Ven, anda! - habló de nuevo Valeriano, sin perder el buen ánimo. - ¡Tienes que conocer a unas personas!

Pero en el escenario ya había aparecido un señor bien vestido que había tomado asiento en el piano con un gesto exquisito y había comenzado a pulsar teclas del mismo, como comprobando su afinación, algo que no pasó desapercibido para Gustavo Bécquer. Tras ver la actividad que empezaba a haber en el escenario, el poeta se giró de nuevo hacia su hermano con cierto gesto de reproche en el rostro y negó rotundamente con la cabeza mientras sus labios dibujaban lo que era un "ahora no" inequívoco. Valeriano ahogó una breve risa y volvió a tomar asiento.

- Deben disculparle, seguro que no tendrá problema alguno en hablar con ustedes una vez finalice el recital, pero en estos momentos la atención de Gustavo está en otros asuntos – dijo el pintor, mientras se acomodaba de nuevo en su asiento de cara al inicio del espectáculo.

- ¿A qué se refiere? - quiso saber Julián, quien ya parecía haber vuelto al asunto que les había traído al año 1858: Valeriano Bécquer no había hecho una referencia clara a Julia Espín, pero no creía que la atención de su hermano estuviera centrada sólo en la música.

El pintor se encogió de hombros, haciendo como que no sabía nada, pero tras pensarlo unos instantes, añadió:

- Mi hermano y yo estamos muy unidos, siempre vamos juntos a todas partes y es extraño que no se encuentre ahora mismo sentado a mi lado... Pero mucho me temo que no soy competencia alguna contra una mujer hermosa...

Amelia intercambió una mirada llena de significado con Julián bajo la atenta mirada de Alonso: de modo que Gustavo Adolfo Bécquer ya mostraba interés en Julia Espín, pero eso era lo único que sabían de momento, no tenían idea alguna de qué relación existía entre ambos. Julián ya se disponía a volver a preguntar sobre la cuestión a Valeriano Bécquer cuando la gente empezó a chistarse entre sí, instándose a guardar silencio, y no tuvo más remedio que volverse de nuevo para comprobar que el señor que había estado sentado al piano ahora se encontraba en pie dirigiéndose al pequeño público que había allí reunido. La patrulla se volvió hacia adelante y se acomodó en sus asientos: ya habían trabado cierta amistad con Valeriano y éste les había prometido presentarles a su hermano una vez acabara el recital, eso era más de lo que habían esperado y lo único que podían hacer por el momento era tratar de disfrutar del espectáculo.

- Buenas tardes, amigos míos – comenzó a decir en voz medianamente alta aquel señor trajeado, quien debía ser el anfitrión de aquella peculiar reunión y, por lo tanto, el padre de Julia Espín. - Me alegra enormemente verles de nuevo y poder empezar a reconocer a algunos de nuestros socios, eso está bien...

Aquel comentario desató risas por parte de los allí reunidos y algún que otro aplauso aislado. El señor Espín posó las manos en las solapas de su impecable chaqueta y continuó con su arenga:

- En esta ocasión, tenemos el honor de ofrecerles un pequeño recital de ópera. Seguro recordarán que la última vez que nos vimos disfrutamos de una zarzuela y en la variedad está el gusto, señores míos. Así pues, en el día de hoy les presentamos un fragmento de la obra Lucia di Lammermoor – remarcó en un marcado acento italiano, algo que a Julián no dejó de resultarle algo presuntuoso y artificial. - En el papel de Lucía, por supuesto, la señorita Julia Espín...

El orgullo que había reflejado en la presentación del señor Espín no pasó desapercibido para ningún miembro de la patrulla, pero ese pensamiento pasó de largo en cuanto la gente allí reunida empezó a aplaudir precediendo a la entrada de Julia Espín en el improvisado escenario. Al verla entrar, con una sonrisa radiante dibujada en el rostro y realizando una pequeña reverencia a los allí reunidos, Julián comprendió perfectamente cómo alguien como Bécquer – al que aún no conocía personalmente, pero sí algo del tipo de poesía que escribía – bebía los vientos por Julia Espín: era una joven que aún no tendría ni veinte años de apariencia dulce y sonrisa afable, de complexión algo menuda pero esbelta, con largos rizos castaños que le caían por la espalda y enmarcaban un rostro níveo en el que brillaban unos vivaces ojos azules.

Para la ocasión, llevaba un vestido blanco que nada tendría que envidiar al de cualquier novia del siglo XXI: unas puntillas blancas adornaban el escote casi inexistente, mientras que unas flores doradas bordadas a mano parecían trepar por la zona del corsé hasta su pecho, las mangas le llegaban únicamente hasta el codo y algo parecido a seda formaba unos volantes al final de las mismas, y, finalmente, la amplia falda del vestido parecía tener varias capas, lo que aumentaba su imagen etérea.

A su lado, Amelia dejó escapar un pequeño grito ahogado de asombro:

- Dios mío... Los Espín deben de estar mejor posicionados de lo que pensábamos si pueden permitirse un vestido como ése sólo para una representación – murmuró a sus compañeros de patrulla. - Ni siquiera mis padres podrían permitirse un traje así...

Amelia era de familia bien y también vivía en el siglo XIX, aunque a finales de éste, por lo tanto sabía de lo que hablaba, pero Alonso y Julián también pensaron que aquel vestido no debía ser en absoluto barato. Al llegar a este punto, Julián intentó recordar los chismes que la funcionaria María Luisa les había contado al recibirles en el año 1858: el padre de la joven estaba relacionado de algún modo con el conservatorio de la ciudad, pero por algún motivo realizaba estos recitales en su casa así como clases particulares... Quizás tenía alguna especie de acuerdo o amistad con el teatro de la ciudad y tenía acceso al vestuario... Pero a Julia Espín el vestido le quedaba como un guante, no parecía estar hecho para otra persona que no fuera ella.

Aprovechó que la muchacha intercambiaba unas palabras con su padre, ya sentado al piano, para dirigir la mirada hacia el enamorado y lo que vio volvió a hacerle replantearse el bien que supuestamente iban a hacer con esa misión: Gustavo Adolfo Bécquer contemplaba cada gesto de Julia Espín sin apenas parpadear, como si temiera perderse lo más mínimo si lo hacía, con una expresión de adoración que le hizo sentir incómodo al recordar que se suponía que estaban allí para impedir que esa relación llegara a buen puerto.

- Vamos, no me jodas – murmuró Julián para sí, pasándose la mano por la cara: Julia Espín podía interpretar a la tal Lucía, pero mucho se temía que a Amelia, Alonso y a él mismo les tocaba hacer de una Celestina algo distinta de la original, una Celestina convertida en una supervillana maruja digna de la mejor telenovela. - Con los amantes de Teruel...

Aunque lo había dicho en voz baja, sintió cómo Amelia le daba un pequeño codazo en las costillas, mandándole callar. De todas formas, no habría hecho falta: la gente a su alrededor estaba más atenta a lo que ocurría en el escenario. Finalmente, la cantante besó a su padre en la mejilla y se volvió hacia las personas que había allí reunidas, con un brillo de entusiasmo en los ojos difícil de esconder, y, poco después de que su padre comenzara a tocar una suave melodía, Julia Espín empezó a cantar.

A Julián nunca le había interesado mucho la ópera y no había acudido nunca a una obra de esas características, Alonso parecía haber pasado toda su vida más ocupado en el filo de las espadas que en las artes, pero Amelia sí conocía el género y había acudido con su padre a la Ópera Garnier con motivo de su inauguración en París hacía unos cinco años, cuando ella acababa de cumplir los dieciocho. Enric Folch se había preocupado por alimentar en lo que podía el espíritu ávido de conocimiento de su hija sin que esto conllevara problemas con su esposa, así que realizaron ese viaje a París en el que doña Carme se deleitó con la moda de la capital francesa mientras que padre e hija visitaron distintos museos y lugares de interés.

El esplendor de la Ópera de París no podía compararse en lo más mínimo al hogar de los Espín, por muy buena posición social que estos tuvieran, pero tenía que admitir que la joven Espín bien podría llegar algún día a cantar para el público francés. Tenía una voz maravillosa y no parecía costarle llegar a las notas más altas sin perder la afinación por un solo momento, sus movimientos eran estudiados sin dejar de resultar delicados: se notaba que su padre era músico y que ella había crecido entre partituras y notas de piano, pues se la veía cómoda a la par que entregada sobre el escenario, disfrutando con serena alegría de cada momento de la canción. Toda ella irradiaba comunión plena con la música y poseía un aura de luz e inocencia que no le extrañaba que hiciera temblar el corazón de cualquier poeta.

Tras alcanzar una nota particularmente alta, la muchacha giró sobre sí misma con gracia mientras su padre ejecutaba un solo de piano, ocasión que Amelia aprovechó para inclinarse disimuladamente hacia adelante para intentar ver la reacción de Gustavo Adolfo Bécquer a la interpretación de Julia Espín. Si bien ella misma había podido apreciar las virtudes de la joven en aquellos pocos minutos, estaba visto que el poeta se había percatado de todas ellas mucho antes y aún así parecía estar tan maravillado como si fuera la primera vez que la veía. Era una lástima que aquello no fuera a terminar bien, pero la universitaria se recordó que tanto Bécquer como Julia contraerían matrimonio más tarde con otras personas.

Que aquel primer enamoramiento no fuera a salir bien no significaba que no fueran a ser felices en un futuro, un pensamiento que la tranquilizaba bastante.

Amelia miró también a sus compañeros de patrulla: Julián no parecía aburrido, como había temido, pero tampoco excesivamente entregado; por otro lado, Alonso permanecía con gesto extraño, como si acabara de descubrir que no era precisamente admirador de ese género musical. La universitaria esbozó una breve sonrisa y volvió la vista al escenario justo cuando Julia volvía a cantar, y notó que esta vez portaba algo guardado en su puño.

La joven cantante continuó hilando nota tras nota en lo que parecía ser el momento cumbre de la representación. Amelia no pudo dejar de notar que, cuanto más altas eran las notas que cantaba Julia Espín, más se encogía Alonso en el asiento de al lado. Finalmente, tras llevar a cabo lo que seguro era una complicada sucesión de armonías, la cantante alzó la barbilla exhibiendo un torrente de voz en la parte final de la canción y al mismo tiempo golpeó contra su pecho uno de sus puños, el cual abrió al momento dejando escapar pétalos de rosas rojas representando seguramente la muerte de su personaje.

Julia Espín acaba de realizar una sentida reverencia tras acabar su actuación y ya tenía a la mitad de los allí reunidos aplaudiéndole en pie con fervor. Los que no lo habían hecho en un principio, imitaron a sus predecesores para no que no pareciera que habían disfrutado menos de la muestra. Cuando sus compañeros y ella se pusieron también en pie, no pudo dejar de notar que Alonso parecía hacerlo a regañadientes.

- Por Dios bendito... - murmuró el soldado, claramente disgustado. - ¿Y a estos berridos lo llaman cantar?

- ¡Alonso! - le reprendió Amelia, temiendo que alguien pudiera oírle.

- Os ayudaré a completar la misión, no lo dudéis ni por un segundo... - habló Alonso, dirigiéndose a Amelia. - Pero, por favor, no me hagáis volver aquí

Amelia negó con la cabeza, resignada y armándose de paciencia, mientras continuaba aplaudiendo.

- ¿Y a tí que te ha parecido? - preguntó la universitaria a Julián, quien también aplaudía.

- No es algo que escucharía todos los días, pero no está mal... - reconoció el enfermero. - Tiene su mérito poder hacer lo que hace esta chica con la voz

En el escenario, la cantante se volvió hacia su padre, haciéndole partícipe también del éxito de aquel fragmento de ópera italiana. El señor Espín también realizó una breve reverencia e hizo gestos con las manos que instaban a los allí reunidos a que dejasen de aplaudir.

- Amigos míos – habló el padre de la joven, ahora que los aplausos habían ido menguando ante su petición. - Sé bien que siempre nos premiáis con vuestro reconocimiento y cariño, pero esto es ridículo...

Nuevas risas y aplausos brotaron del público al momento, mientras que Julia sonreía también a las palabras de su progenitor. El anfitrión de la velada continuó hablando durante unos momentos más, pero la atención de la patrulla ya estaba anticipándose al encuentro que iban a tener con el escritor en cuanto terminara todo aquello. Julián dejó escapar un suspiro y se metió el dedo por el cuello de la camisa, intentando que pasara el aire: trabajar para el Ministerio del Tiempo le había brindado la oportunidad de viajar a muchas épocas distintas y de conocer a personajes históricos muy diferentes, pero aún notaba cierta sensación de vértigo en los instantes previos a conocer a alguien que para él sólo habían sido nombres escritos en un libro de texto.

- Amigos míos – habló de nuevo Valeriano Bécquer, posando las manos en el respaldo de la silla de Amelia, haciendo que Alonso y la universitaria se volvieran hacia él. - Discúlpenme un momento mientras voy a buscar a mi hermano...

Julián, aún algo ensimismado, asintió pero no dijo nada. Notaba cómo Amelia le dirigía una mirada preocupada, pero no le devolvió la mirada: era como si la joven temiera que si el enfermero se perdía demasiado en sus pensamientos, volvería al pozo de desesperanza del que tanto le estaba costando salir. Miró a su alrededor y pudo ver que muchos de los presentes se encontraban conversando animadamente en pequeños grupos: el señor Espín reía junto a unos hombres trajeados cerca del piano y de la joven Julia no quedaba más rastro que los pétalos de rosa que había usado durante su actuación.

- Bueno, Alonso... - habló finalmente Julián, rompiendo su silencio y apoyando el brazo en el respaldo de su silla a la vez que su mirada se encontraba con la del soldado. - ¿Habías ido alguna vez a la ópera? ¿Ha habido "efecto Tenorio"?

Alonso de Entrerríos puso los ojos en blanco y se masajeó las sienes con los dedos.

- Por favor, no hagáis que lo recuerde, os lo ruego...

El enfermero rió: una de las mejores cosas de trabajar en el Ministerio era poder tomarle el pelo a Alonso.

- Pues entonces nunca veas una peli Disney antigua, porque las tías sonaban exactamente como ella – señaló Julián sin perder la sonrisa divertida. - Sólo han faltado los animalitos del bosque

A Alonso de Entrerríos no le dio tiempo de preguntar a qué se refería el enfermero, aunque con el tiempo había llegado a conocerle bastante bien y a comprender que muchas cosas de las que éste mencionaba le eran desconocidas y, de momento, la gran mayoría hubiera preferido no saberlas jamás. En lugar de eso, se puso de pie de inmediato, haciendo que Amelia y él se giraran hacia el pequeño pasillo que había dispuesto entre las filas encontrándose, esta vez, con los dos hermanos Bécquer.

Amelia y Julián también se incorporaron de sus asientos al momento. Junto al pintor con el que ya habían trabado cierta amistad se encontraba su hermano menor, Gustavo Adolfo Bécquer, el "culpable" de que se hallaran en el Madrid de mediados del siglo XIX. Era alto, bien parecido, algo más delgado que su hermano y también con un aspecto más frágil, pero no por ello daba la impresión de ser una persona débil. Esto chocó especialmente a Julián: no era lo que hubiera esperado de un muchacho de veintidós años, aunque se tuvo que recordar que en el siglo XIX a un joven de esa edad ya se le consideraba todo un hombre y que éstos se comportaban como tales.

- Gustavo, éstas son las personas que quería presentarte antes... – habló Valeriano, paseando su mirada entre su hermano menor y la patrulla del Ministerio.

Un pequeño silencio siguió a las palabras del pintor, quien había esbozado una pequeña mueca como si estuviera intentando recordar algo y no le acudiera a la mente. Aunque parecía que Gustavo Adolfo Bécquer era, y no se equivocaban, más callado y reservado que su hermano, finalmente sonrió y se inclinó levemente hacia él:

- Tanto que querías hablar y ahora resulta que te ha comido la lengua el gato

Valeriano rió y negó la cabeza:

- Discúlpenme, perdonen mis modales – continuó hablando el mayor de los hermanos mientras se llevaba la mano al pecho. - Ustedes conocen mi nombre y yo aún no les he preguntado el suyo...

- Amelia Folch – dijo la universitaria, dando un pequeño paso hacia el poeta y tendiéndole la mano con el dorso hacia arriba. - Es un placer conocerles a ambos...

Gustavo Adolfo Bécquer se inclinó levemente para besar la mano de Amelia.

- El placer es mío, señorita – aseguró el menor de los hermanos. - Gustavo Adolfo Bécquer, para servirla...

- Julián Martínez – se presentó de forma un tanto abrupta el enfermero tendiéndole la mano al escritor, quien se la estrechó con educación al momento: no sabía si se estaba volviendo paranoico o qué, pero desde Lope de Vega había empezado a sospechar de todos los literatos que fueran excesivamente amables con Amelia. - Encantado

- Alonso de Entrerríos – dijo con voz enérgica el soldado de los Tercios de Flandes, haciéndose un hueco entre sus compañeros y realizando una seca inclinación de cabeza como saludo.

El poeta pareció sorprenderle el gesto quizás algo excesivo de Alonso, pero terminó inclinando la cabeza a su vez.

- Es un honor

- Les he conocido poco antes de que empezara la representación, Gustavo – habló de nuevo, Valeriano Bécquer. - No daba crédito a mis oídos, ¿sabías que hablaban de tí?

- ¿De mí? - se sorprendió el poeta, quien aún portaba en las manos el cuaderno en el que había estado dibujando momentos antes de la representación: Amelia notó cómo un pétalo de rosa sobresalía de entre las páginas. Por su lado, Bécquer rió y añadió. - Espero que fuera con benevolencia...

A Julián le chocó el tono animado al hablar que Gustavo compartía con su hermano mayor: por lo que recordaba de él en sus clases de Literatura y la leyenda que siempre había girado entorno a su nombre, se había imaginado a poco menos que un Edgar Allan Poe español, un hombre melancólico y errante penando de amor por las calles nocturnas de Madrid. Comprobar que tenía sentido del humor era una grata sorpresa y le hizo sentir más cercano a él.

- Benevolencia... - se burló Valeriano para después dejar escapar una carcajada a la vez que daba una palmada en el hombro de su hermano. - Es más que eso, Gustavo, si recordaban tu nombre de Historia de los Templos de España...

La genuina estupefacción que asomó a la mirada del poeta hizo sonreír a Amelia, aunque al mismo tiempo rezaba todo lo que sabía por que no les hiciera demasiadas preguntas sobre de lo que pensaban acerca de su obra: después de todo, Valeriano Bécquer había asumido que conocían a su hermano por un libro cuyo título acababan de conocer por pura casualidad. Si se imaginara todo lo que en verdad había detrás...

- ¿De veras? - quiso cerciorarse el poeta y la patrulla se apresuró a asentir. - Me alegra que recuerden con cariño ese volumen y al mismo tiempo lamento tener que informarles de que el dedicado a Toledo será el primero y último de toda la colección...

Amelia observó que Valeriano dirigió una mirada seria, casi preocupada, a su hermano: por lo que habían podido charlar con el pintor, sabía que los dos hermanos estaban muy unidos pero ahora también veía que ese instinto protector que suelen tener los hermanos mayores hacia los pequeños aún estaba allí, a pesar de que ya no eran ningunos niños. Debía haber algo más ahí que no les contaban, pero tampoco ella iba a preguntar por asuntos que incumbían.

- ¿Y a qué causa responde eso? - quiso saber Alonso.

Gustavo Adolfo Bécquer se encogió levemente de hombros y dejó escapar un suspiro de cansancio:

- Al principio todo iba bien, incluso tuve oportunidad de tener una audiencia con la reina Isabel y conseguí su apoyo para la empresa pero... No salió bien, cosas que pasan, me temo...

- Gustavo, ¿sabes que este buen hombre es paisano nuestro? - mencionó Valeriano poniendo una de sus manos sobre el hombro de Alonso. El cambio tan repentino de tema de conversación no pasó desapercibido para la patrulla: daba la impresión de que el pintor quería evitar que siguieran hablando de aquel proyecto frustrado. - Extraño en tierra extraña, como nosotros

- ¿Sí? Eso es magnífico – exclamó Gustavo Bécquer, mirando a Alonso con renovado interés. - Dígame por favor, ¿de qué zona de Sevilla viene usted?

El soldado se vio en un aprieto: ¿cuánto podía cambiar una ciudad en tres siglos? Estaba seguro de que la Sevilla que él había conocido era muy distinta de la Sevilla en la que habían nacido y crecido los hermanos Bécquer. Finalmente, se encogió de hombros y se limitó a contestar:

- No muy lejos de donde pasa el río Guadalquivir

- Nosotros solíamos pasear mucho por la ribera cuando aún vivíamos en Sevilla – asintió Valeriano. - Puede que alguna vez nos hayamos cruzado con usted, incluso...

- Puede ser – murmuró Alonso, deseando zanjar el tema.

- Entonces son ustedes artistas – habló Amelia, tomando el rumbo de la conversación: siempre le había apasionado el arte y tener la posibilidad de hablar con un poeta de fama inmortal en España y también con su hermano, entendido en pinceles y acuarelas, se le hacía algo sumamente apasionante. - Un escritor y un pintor que son, por lo que veo, también aficionados a la música...

- No se equivoca usted, señorita Folch – contestó el poeta. - Pero mucho me temo que no estoy tan versado en ese arte como me gustaría: sé tocar de oído algunas piezas en piano y en guitarra, pero no entiendo las partituras, aunque me fascina contemplarlas como si pudiera hacerlo... Como si dedicándoles el suficiente tiempo accedieran a revelarme sus secretos

- Pero bueno, saber escribir y pintar tampoco está nada mal, ¿no? No es algo que haga mucha gente - dijo Julián, llamando la atención de los hermanos. - Valeriano nos lo ha dicho y también hemos visto que dibujaba mientras esperaba a que empezara la representación...

La mirada de Julián había ido a parar al cuaderno que Gustavo Adolfo Bécquer sostenía entre sus manos, sobre el cual éste había empezado a tambolirear los dedos con cierto nerviosismo.

- Sí, bueno... - murmuró el poeta, como si estuviera debatiendo si mostrarle alguno de sus dibujos o no. - Pero al que las musas han bendecido con su aprobación es a mi hermano...

- Menos cuento, Gustavo – le interrumpió con una risa el susodicho. - No peques de falsa modestia: tienen que ver al menos algunos de los de Hamlet...

- ¿Están familiarizados con la obra de Shakespeare? - se interesó Amelia: aunque la fama de El Bardo era innegable, su profesor en la Universidad de Barcelona se empeñaba en afirmar que éste bebía de fuentes profanas y que, por lo tanto, eran los escritores españoles los que realmente debían llevarse el mayor mérito.

- Los dos conocemos bien su obra – afirmó Gustavo, asintiendo con la cabeza y visiblemente más cómodo en aquella conversación con los que hasta hace poco habían sido meros desconocidos para él. - Ahora que Valeriano lo ha mencionado sí creo que debo tener en alguna de estas páginas...

Gustavo Adolfo Bécquer había alzado el pequeño volumen y lo había abierto por una página cualquiera, empezando a buscar la ilustración que tenía en mente para mostrar a aquellos nuevos amigos. Mientras pasaba las hojas del gastado cuaderno, Julián pudo ver por encima cómo las finas líneas escritas compartían página con dibujos de calles, personas e incluso lo que parecían ser escenificaciones de sus propias obras. A su alrededor, la gente que se había reunido para disfrutar del recital de la familia Espín comenzaba a moverse más aún, empezando a abandonar el lugar. El poeta fue consciente de ello y comenzó a darse más prisa mientras pasaba una página tras otra.

- Debo insistir en que no tengo el talento de mi hermano, pero sí me gusta dedicar tiempo a...

Todo pasó demasiado deprisa para que pudieran haberlo prevenido: un grupo de señoritas pasó apresuradamente por el pasillo, enfrascadas en una conversación que las mantenía totalmente absortas, tanto que al parecer ni siquiera se fijaron en el escritor. Una de ellas chocó al pasar con el hombro del poeta, golpe suficiente para que éste se tambaleara ligeramente y para que el cuaderno que portaba en sus manos cayera al suelo, dejando escapar algunas hojas sueltas con el impacto.

Murmurando una maldición, Gustavo Bécquer se apresuró a arrodillarse para recoger los papeles y volver a unirlos en el cuaderno. Valeriano y el resto de la patrulla no tardaron en hacer lo mismo para ayudarle y Julián no pudo evitar dirigir una mirada de enfado a las supuestas damas que habían pasado por ahí sin ni siquiera disculparse: estaba visto que la mala educación nunca pasaría de moda. Amelia, por su parte, consciente de lo importante que serían esas cuartillas escritas para la literatura española, incluso pasaba la mano por encima de las hojas que recogía, como quitándole la suciedad que pudiera haber adquirido en el breve contacto con el impoluto suelo de la casa de los Espín.

- Vaya desastre... Gracias, señorita... - murmuró Gustavo mientras reunía las páginas perdidas y recuperaba a su vez las que le tendía Amelia y el resto de la patrulla. - Gracias...

- No se preocupe – contestó Amelia.

Valeriano Bécquer echó un breve vistazo a su alrededor antes de ayudar a su hermano a incorporarse:

- ¿Te falta alguna, Gustavo?

La patrulla del Ministerio también se había incorporado del suelo, pues no querían llamar demasiado la atención y ciertamente no parecía haber ninguna página más a la vista. Amelia se pasó las manos por la amplia falda de su vestido, alisándola, mientras que sus compañeros se sacudían un polvo inexistente de los pantalones. A todo esto, el poeta continuaba observando las páginas de su cuaderno con cautela.

- El caso es que... - murmuró mientras pasaba una página tras otra. - No, creo que no...

- ¿Ésta soy yo?

Los funcionarios del Ministerio del Tiempo pudieron apreciar al momento el cambio de expresión en el rostro de los hermanos Bécquer, más aún en el de Gustavo, antes de dirigir la mirada hacia el lugar de donde provenía esa voz dulce y pausada. Mientras que las otras muchachas que la acompañaban parecían haberse marchado ya sin esperarla, Julia Espín estaba únicamente a unos pocos metros de distancia del grupo, mientras en sus manos sostenía una cuartilla que indudablemente pertenecía al poeta.

Éste parecía haberse quedado sin palabras mientras observaba con cautela cómo Julia observaba cada trazo del retrato, uno de tantos que Gustavo Bécquer había realizado de ella basándose en los momentos en los que la veía en los recitales y también en sus propios recuerdos. Recuerdos que, dicho sea de paso, últimamente le quitaban más de una noche de sueño: por unos momentos, el poeta incluso dudó de si no se había perdido en uno de ellos en aquel preciso instante.

Julia Espín ya no vestía el traje blanco que había llevado durante la representación, sino que éste había sido sustituido por un vestido diario de color azul marino, menos impresionante que el usado en el recital pero igualmente fino, elegante y con un buen trabajo de modista detrás, pues la manga francesa y las puntillas de seda blanca permanecían. Sin embargo, su cabello seguía bajando en suaves rizos castaños hasta llegar prácticamente a la cintura: era normal que en esa época las mujeres llevaran el pelo recogido, pero la muchacha no debía de haber tiempo ni ganas de hacerlo. El color azul que vestía resaltaba aún más su piel blanca y sus ojos claros.

Finalmente la joven alzó de nuevo la mirada y ésta se dirigió a Gustavo Bécquer:

- No la he visto al pasar, usted perdone... - dijo éste a modo de disculpa.

- Dígame, por favor, ¿la joven del retrato soy yo? - quiso saber ella, mostrando con cuidado el dibujo: ningún miembro de la patrulla habría podido negar que la muchacha retratada era, efectivamente, Julia Espín.

Tras una pausa breve, pero que a los presentes les resultó eterna, el poeta asintió con cautela, desconocedor de la reacción que iba a tener la joven. Para su sorpresa, ésta esbozó una sonrisa radiante y volvió a prestar atención a la cuartilla.

- Soy yo... - afirmó la muchacha sorprendida y también halagada, dedicando unos instantes más a contemplar su retrato. - Es hermoso, ¿planeaba usted mostrármelo alguna vez?

Al ver la alegría de Julia, Bécquer pareció ganar confianza en sí mismo y caminó los pocos pasos que lo separaban de ella, dejando a su hermano y a la patrulla del Ministerio atrás como meros espectadores, situándose a su lado y observando también el dibujo que recordaba haber realizado en la última zarzuela que representaron en el hogar Espín.

- Tengo algunos más, pensaba obsequiárselos en su próximo cumpleaños – afirmó el poeta, mientras la mirada maravillada de Julia seguía en aquel dibujo inesperado. - Pero algunos de ellos son aún sólo bocetos, me temo

La joven negó con la cabeza, dando a entender que no le importaba, y dejó de observar el retrato para alzar su mirada azul hacia su autor, con cuyos ojos castaños se encontró al momento, creando un instante de plácida intimidad. Pasados unos momentos, Julia Espín inclinó la cabeza con gracia a un lado, sin dejar de observar el rostro del escritor:

- Nunca nos han presentado, ¿no es cierto?- preguntó finalmente la joven.

Bécquer, que parecía no creerse la suerte que había tenido, negó con la cabeza tras dejar escapar una breve risa.

- Me temo que no he tenido el honor...

La muchacha sonrió y le tendió la mano:

- Soy Julia Espín y Pérez de Collbrand, un placer hablar con usted...

El poeta se inclinó para besar la mano que le tendía la cantante.

- Gustavo Adolfo Bécquer, encantado de conocerla...

Mientras esta escena tenía lugar, tanto Valeriano Bécquer como la patrulla del ministerio no perdían detalle de lo que sucedía manteniendo una distancia prudente para no interferir en la conversación de los dos jóvenes. El pintor había observado toda la escena con cierta incredulidad, pero finalmente se le veía contento de que Gustavo y Julia hubieran entablado conversación; los funcionarios del ministerio, por su lado, no dejaban de intercambiar miradas significativas entre ellos: si cuando habían llegado al hogar Espín no estaban del todo seguros de que poeta y musa no tuvieran ya relación, ahora podían estar más que seguros de ellos. El incómodo silencio que se había creado entre ellos sólo fue roto cuando, de forma únicamente audible para Alonso y Amelia, Julián Martínez dejó escapar en apenas un murmullo:

- Mierda...


NdA: ¡Nueva actualización! Este capítulo me ha gustado mucho escribirlo y a la vez me daba bastante reparo enfrentarme a Gustavo Adolfo Bécquer como personaje por primera vez. A principios de mes me autoregalé un volumen con sus obras completas, tan completas que incluso incluyen poemas de juventud, obras de teatro y correspondencia personal, y en este último apartado me he fijado especialmente, en la forma en la que se expresaba cuando se dirigía a sus amigos, no a un jefe ni nada por el estilo. Creo que tenía un buen sentido del humor que compartía con su hermano, al que estaba muy unido - algo que también trato de reflejar en el fic -, pero cuando estaba enamorado todo ese genio creativo incrementaba. Como en puesto en pensamientos de Julián, la figura de Bécquer ha sido muy mitificada, casi caricaturizándolo para que se ajustase al perfil del héroe romántico melancólico y desdicho. No digo que yo lo vaya a conseguir, pero voy a intentar unir lo que yo creo que era Bécquer como persona y la parte más verdadera de toda la mitificación que ha tenido. Espero que os haya gustado y nos vemos en el siguiente capítulo ;).