Las explosiones continuaban, los magos y brujas trataban de defenderse más su magia no servía de mucho, cerraban una herida y esta volvía a abrirse derramando más sangre, el dolor se agudizaba, era un fenómeno extraño, normalmente su magia les protegía de los artefactos muggles. Los aurores contenían el ataque tanto como podían más los muggles aún ganaban terreno: máquinas enormes entrando al callejón Diagon, aplastándolo todo, como si fueran inmunes a la magia, se suponía que los artefactos muggles no servían, la interferencia mágica debería dejarlos inútiles y aun así avanzaban implacablemente ¿Por qué? ¿Qué demonios estaba ocurriendo?

Los magos y brujas corrían aterrados y comenzaron a desaparecerse tratando de huir del ataque, gritos desgarradores provenientes de todas partes, todo era un caos, cadáveres llenaban el callejón Diagon: niños, adultos y criaturas mágicas por igual, todos eran abatidos por el nuevo ejército de Voldemort que marchaba ferozmente tomando calle por calle. El olor a sangre y pólvora se expandía libremente, adueñándose del espacio, los explosivos hacían retumbar las paredes, los gritos y súplicas, el llanto llenaban la calle.

Los aurores se enfrentaban a lo desconocido, ni sus hechizos de protección más avanzados parecían hacer efecto: estaban desprotegidos. El ejército oscuro avanzaba con facilidad dejando a su paso sólo destrucción, derramando más sangre, agravando las heridas y tomando como prisioneros a los más jóvenes.

El pálido hombre se encontraba de pie en medio de la destrucción de sus tropas, luciendo incuso más imponente que cuando era un poderoso mago; su sonrisa se extendía en su rostro dándole un aspecto tétrico y frío, sus ojos parecían buscar a alguien entre la multitud, como si tuviera la certeza de que lo encontraría allí. Se sentía poderoso, en todo ese tiempo en el exilio había logrado hacerse con el poder en el mundo muggle de manera bastante sencilla a su parecer; una figura rodó en su dirección y Voldemort bajó la mirada, el cuerpo de un niño de al menos seis años se encontraba a sus pies: sangre fluyendo de su cráneo, su respiración pesada, trataba de levantarse con la poca fuerza que quedaba en sus pequeñas extremidades, el antiguo mago se agachó y lo tomo por la túnica, levantándolo como si pesara lo mismo que una pluma; lo examinó detenidamente: por la calidad de la ropa seguramente sería un heredero Sangre Pura, lo dejó caer nuevamente con un golpe seco, el niño soltó un gemido lleno de dolor, las lágrimas caían por su rostro, su pequeño cuerpo retorciéndose, compactándose mientras abrazaba sus rodillas tratando de protegerse del dolor, el hombre sonrió con malicia. El disparo hizo eco en el callejón, aun con todo el caos que las explosiones generaban pudo ser escuchado por cada mago presente, atrayendo su atención a la pálida y estilizada figura.

Se acercó nuevamente al niño, lo tomó por la túnica, lo levantó al nivel de su rostro y examinó la entrada de la bala, justo entre los ojos, la mirada pura perdida para siempre en el infinito, las abultadas mejillas rosadas llenas de sangre, un último suspiro escapando de los labios de la inocente criatura. La sonrisa se extendió aún más por su rostro, tomó la pequeña barbilla entre sus dedos levantando el rostro del pequeño heredero, sintiendo la cálida sangre en sus manos. Una figura encapuchada llegó hasta él, tomó el cadáver en brazos y se desapareció mientras la maníaca sonrisa del hombre brillaba en su rostro.

El pelinegro no lo dudó: se lanzó al campo de batalla, protegiendo como podía a sus compañeros aurores y a los civiles mientras eran transportados a San Mungo, su entrenamiento de nada estaba sirviendo más eso poco le importaba, corría por el callejón ayudando a quienes pudiera, esquivando a duras penas el fuego enemigo.

La marca de Draco ardía, quemaba cada vez que el pelinegro era herido, su corazón palpitaba fuertemente y él se sentía morir, trataba de concentrarse en ayudar más le era casi imposible, sentía el dolor del otro como propio; seguía a Harry con la mirada adivinando sus movimientos y pidiendo a Morgana por su bienestar.

Lo vio como en cámara lenta, uno de los proyectiles estaba a punto de impactar en el lugar donde el pelinegro se encontraba; su magia reaccionó antes que su mente: un hechizo antiguo de protección, magia oscura y poderosa, que vinculó al héroe con el ejército enemigo y redirigió el daño hacia ellos causando la muerte de al menos treinta soldados oscuros. Corrió hacia él; la magia oscura parecía la única defensa efectiva y eso agrandaba la desventaja: los magos ingleses carecían del conocimiento para ocuparla pues su enseñanza estaba prohibida. Llegó a su lado y lo ayudó a incorporarse, la sangre del ojiverde fluía por su rostro, sus ropas desgarradas y polvorientas cubriendo las heridas de sus brazos y piernas pero fuera de ello no tenía daño alguno. Se miraron directamente a los ojos y asintieron, tomaron sus varitas con fuerza y comenzaron a recitar un hechizo, un escudo de magia negra, extendiéndolo lo más que podían, las municiones muggles chocaban contra este, ambos magos las sentían en su cuerpo, sentían el dolor mientras redirigían el daño; los aurores actuaron tan rápido como pudieron pues sabían que no tenían mucho tiempo, Voldemort conocía bien esa magia y sabría cómo romperla.

Las explosiones continuaban, los edificios caían, victimas del daño, el pálido hombre se adelantó entre sus tropas encontrándose por fin con su verdadero objetivo: el pequeño Potter, los ojos verdes miraron directamente los suyos, retándolo altaneramente, él sabía que no durarían mucho más, levantó su arma apuntando al pecho del pelinegro y sonrió.

El rubio reaccionó rápidamente, tomo la mano del León y en un último esfuerzo antes de caer por el agotamiento los desapareció a un lugar seguro.