Arthur POV:
Mei y yo nos quedamos totalmente quietos en aquel lugar, bajo unas húmedas rocas, para asegurarnos que el peligro había pasado. Ella temblaba demasiado, mientras la abrazaba podía sentir todo su nerviosismo recorrer su cuerpo. Estuvimos callados un buen rato y cuando pareció ponerse mejor me aparté un poco de ella sin dejar de abrazarla, para poder mirarla a los ojos. Me quedé hipnotizado por ellos, sencillamente mi cerebro dejó de pensar y sólo podía mirarla dulcemente:
- ¿Ocurre algo? - preguntó ella.
- No... - dije con voz temblorosa- Al contrario, creo que ya está todo bien. ¿No es así? ¿Te encuentras mejor?
- Sí... Creo que al fin esa cosa se ha ido. - respondió Mei.
- Tú llevas mucho tiempo en este lugar. ¿Puedes decirme qué está pasando? - la empecé a interrogar, confuso. - Monstruos, la tormenta que me trajo aquí, las voces... ¿está todo en mi cabeza?
- Este lugar solía ser el sitio ideal donde vivir... Nuestro paraíso... - ella suspiró.
- ¿Nuestro? - alcé una ceja, intrigado.
- De mi familia...-bajó la mirada al suelo, apenada.- Pero todo cambió cuando mi padre encontró aquel lugar, en el lago.
- ¿Tu padre? ¿Te refieres a aquel hombre del que hemos huido en la cueva? -cambió su tono de voz a uno más comprensivo- ¿Por qué te amordazó?
- ¿Crees qué puedes ayudarme? - se levantó del suelo, mirándome fríamente y con una voz muy seria.
En ese momento mi cabeza empezó a doler muchísimo y mi vista se nubló. De nuevo un agudo zumbido me atacó, dejándome prácticamente inconsciente a los pies de la chica. En medio de la oscuridad, podía escuchar cosas. Voces y sonidos.
Poco a poco la imagen se fue aclarando, dejando ver una estancia, parecía el salón de una casa de madera en buen estado. Entonces vi a Mei con un aspecto mucho más joven del que tenía cuando la conocí, saliendo de la habitación y sentándose en la mesa para comer. Junto a ella estaba una mujer de mediana edad, probablemente su madre. Al parecer, no me veían. O tal vez... fueran sus recuerdos, y me los estuviera enseñando.
No comprendía en absoluto qué clase de brujería podía conseguir eso, pero seguí observando, completamente callado.
Por la entrada, apareció un hombre de gafas, mayor. Aquel hombre, que la había atado en una cueva fría y oscura, de la cual pude salvarla. Su padre llegó y portaba algo en su mano derecha: una calavera. Mei se quedó mirándola, curiosa, mientras su padre y su madre hablaban entre sí, en voz baja. No comprendía en absoluto nada de lo que decían, pero tras un instante, incitaron a su hija a salir afuera con ellos. Yo les seguí justo detrás, mientras memorizaba el camino que había entre su casa y su destino.
Siguieron por un camino, de noche y parcialmente oculto entre la maleza, hasta un gran lago. La vista, con la luna llena justo en lo más alto del cielo, era totalmente hermosa. Nunca había visto nada igual. Siguieron caminando por la orilla durante un buen rato, mientras Mei paseaba con sus pies metidos en el agua, jugando feliz.
En el otro extremo del lago había unas rocas grandes y una especie de abertura entre ellas, por la cual entramos todos. El ambiente cambió totalmente, pasando a ser terriblemente frío y claustrofóbico. Igualmente el recorrido fue variando.
Primero eran rocas, que conducían a una caverna subterránea, la cual poco a poco iba pasando de ser la típica cueva oscura, solamente iluminada por los rayos de luz lunar, a una estancia con antorchas y símbolos extraños en la pared. Dichos símbolos estaban también en la cueva donde Mei estaba presa y fueron los que ella descifró en el suelo para averiguar la salida.
Entonces llegamos a una gran estancia totalmente decorada con símbolos y otras decoraciones ornamentales. Abundaba el oro: copas, collares, mesas... y una especie de trono, que presidía sobre unas escaleras en dicha estancia, propia de un Rey. Me recordó vagamente algunos rumores que escuché en la época donde navegaba por el Mar Mediterráneo.
Dichos rumores incluían simbología extraña y grandes tumbas de reyes de la antigüedad, en unos edificios misteriosos llamados pirámides. Dichos reyes que las gobernaban, eran llamados Faraones o Dioses. ¿Significaba eso que yo me encontraba en algo similar? De repente escuché gritos y vi a Mei forcejear con sus padres, que la estaban agarrando y llevándola hacia el trono.
Vi a la pequeña resistirse a ser llevada. No entendía que estaba pasando, y me sentía muy impotente al no poder detener aquello, por mucho que gritase o me moviese, intentando agarrar a Mei con mis propias manos.
Ella lloraba, mientras la obligaban a sentarse en aquel trono. Ambos la agarraban, cada uno de una mano, para que no se levantase. La escena era terriblemente triste, con la chica que no entendía porqué estaban haciendo eso llorando a mares. Entonces, cogieron la calavera que había visto antes en su casa y se la pusieron encima de sus piernas.
No entendía que pretendían, pero todo me daba muy mala espina. Entonces la calavera empezó a brillar. Sus ojos se iluminaron de un color rojo terrible, como si fuera un monstruo que estaba despertándose de su letargo.
Todo empezó a temblar, con mucho polvo cayendo de todas partes y fue entonces cuando el brillo se hizo terriblemente cegador. Durante unos segundos Mei quedó totalmente tapada por el brillo, mientras escuchaba sus gritos. Tras un momento la luz cesó y ella cayó por las escaleras hasta detenerse en el suelo, totalmente inconsciente y magullada. Sus padres entonces bajaron a ver si estaba bien -en ese momento no se me ocurrió otra palabra que "hipócritas" por sus acciones-. Sin embargo, en el trono, todavía quedaba alguien.
No había ni rastro de la calavera. En su lugar había un niño, no debería tener más de 10 años, moreno y con piel bastante pálida. Aparentemente, cómo Mei, estaba inconsciente, sentado en el trono pero despertándose. Al abrir sus ojos, vi que poseían el mismo brillo que tenían los de la calavera durante aquella especie de "ritual". Entonces se levantó y empezó a descender las escaleras, rumbo a la familia.
Los padres dejaron de lado a su hija para arrodillarse y presentar respetos ante aquel ser. Yo me quedé al lado de Mei, viendo si estaba bien mientras ellos rezaban alguna especie de cántico extraño. Cuando el niño llegó al suelo, junto a ellos, se fijó en la chica y extendió la palma de su mano hacia ella. Para mayor sorpresa usó alguna especie de magia, que la levantó en el aire y empezó a romperle los huesos de su mano izquierda, en un espectáculo dantesco. El niño reía feliz por ello, mientras los padres seguían adorándole sin importarles nada su propia hija.
Entonces ella despertó, gritando de dolor por lo que le estaba haciendo aquel ser. Pero de repente su mirada cambió a una muy enfurecida y la fijó sobre su enemigo. Extendió su mano igual que él y le hizo detenerse.
Por lo que vi, ambos tenían la misma clase de poder. Mei, mientras levitaba aún le obligó a arrodillarse y sus padres se sorprendieron, horrorizados por que su "Dios" estaba siendo sometido. Un grito de rabia salió de la boca de Mei, que provocó que el "demonio" también gritase, aparentemente de dolor.
Sus ojos brillantes oscurecieron, quedando el niño totalmente inconsciente. Mei cayó al suelo, dolorida por todas sus heridas. Entonces ella, cómo pudo, se levantó y empezó a correr hacia la selva, escapando de aquel lugar. Sus padres se quedaron con el chico, intentando despertarle, sujetándole en sus brazos.
Para mí era una imagen repulsiva. No lograba entender por qué, prácticamente, habían olvidado a su hija en favor de aquel ser. Cuando despertó ya no poseía aquella mirada aterradora ni esos ojos rojos, sanguinarios. Parecía un chico totalmente normal en ese momento. Los padres de Mei lloraban cómo si hubieran perdido algo. El padre, enfurecido, salió corriendo de allí en busca de Mei. Pero ella ya había desaparecido.
Todo se quedó negro de nuevo. Abrí los ojos lentamente y observé a Mei a mi lado, sentada en el suelo. Seguíamos estando bajo las rocas donde nos refugiamos del "monstruo". Al parecer el sueño ya había terminado. Mientras seguía confundido, ella me dijo:
- Ahora lo has visto todo. Intentan arrebatarme mi poder para usarlo en su propio beneficio. Aquel niño... Ya no recuerda quién es, ni por qué ha nacido. Ahora mis padres son los suyos y yo soy el demonio que puede satisfacer sus deseos. -entre sollozos- Yo soy lo único que queda y si me consiguen... Todo habrá terminado. ¿Puedes ayudarme?
- ¿Cómo puedo hacerlo? -contesté aún aturdido por el "viaje astral" que había vivido- ¿Existe alguna forma de salir de esta isla?
- Mi padre me contó, cuando yo era pequeña, que él y mi madre habían llegado a esta isla en barco hace décadas. Había muchos tripulantes pero poco a poco todos fueron desapareciendo en esta isla. Pero desconozco su localización exacta, así como su estado... - explicó Mei.
- Déjame adivinar... Llegaron a esta isla, tras una fuerte tormenta. Lo que me sorprende es que el barco quedase intacto, cómo para poder atracarlo en su costa. Soy capitán, así que podría pilotarlo sin problemas, pero siendo dos personas apenas podríamos moverlo del sitio... Necesitamos encontrar a Antonio. - concluí, pensativo.
- ¿El español que llegó aquí hace años...? - preguntó Mei.
- Sí... -por un momento me preocupé, parece que le conoce bien cómo para saber que era español- Él también es capitán, por lo que con su ayuda sería suficiente para salir de aquí. Tu padre nos atacó en la cueva, antes de que me llevasen contigo. ¿Tienes idea de dónde puede estar?
- Cuando os atacó sólo te secuestró a ti, por mi culpa... - bajó la cabeza entonces, mirando al suelo, como si pidiera perdón.
- ¿Por qué fue tu culpa? - pregunté.
- Yo... Te estaba siguiendo, desde que llegaste a la isla. Estaba observándote... cada momento y en cada lugar. Y bajé la guardia... me encontró, y conmigo, a vosotros. Dejó a tu amigo en la cueva, inconsciente. No creo que se encuentre ya allí... - relató la historia, con un tono triste.
- Entonces será casi imposible localizarle en esta isla... ¿Por qué me vigilabas, Mei? Incluso pude escuchar tu voz en mi cabeza, cuando llegué aquí...
- Por alguna razón... - ella se sonrojó- ...confío ciegamente en ti, en que podrás salvarme. Tengo miedo... de que usen mi poder... de dejar de existir... ¡No quiero que ese demonio me posea otra vez!
En ese momento la abracé. La pobre chica estaba atemorizada y con razón, de que su padre la encontrase. Teniendo en cuenta todo lo que habíamos vivido, no creí que fuéramos a conseguir escapar de la isla. Sin embargo, sentí algo en mi interior... Rabia. Rabia de no ser suficientemente poderoso como para ayudarla, más que con palabras bonitas. Rabia por la injusticia que había sufrido, por tener una familia que solo la quería por sus poderes... Aun así, con todo en contra, decidí ayudarla aunque muriera en el intento. No quería volver a verla triste, nunca más.
- Lo lograremos. -dije mientras apoyaba su cabeza en mi pecho- Yo te sacaré de aquí, Mei. ¿Tienes idea de dónde puede estar el barco de tus padres?
- Al norte... siguiendo un río que empieza en el lago donde viste en mis recuerdos. Debería estar en su desembocadura. - susurró ella.
- De acuerdo. Guíame hasta allí y dejame el resto a mí. -le dije con un tono de confianza, mientras la miraba a los ojos y le sonreía para tranquilizarla.
Como si quisiera agradecérmelo con más que palabras, sus ojos se humedecieron y me abrazó muy fuerte. En el fondo, creo que ella también pensaba en lo mismo que yo. Era un acto suicida. Pero... ¿Qué otra opción nos quedaba?
La agarré de la mano y empezamos a caminar. Al poco tiempo llegamos a su casa. La reconocí nada mas verla, pero se notaba el paso de los años. Ahora estaba toda ruinosa y desgastada. Me pregunté donde vivirían ahora sus padres, ya que no creo que unas cuevas frías fueran un buen hogar para una familia. Recordando el sueño de Mei, seguí caminando por el sendero que había al lado de la casa que conducía directamente al lago. Durante todo el recorrido nos sentimos observados, como si alguien nos vigilase pero no quisiera atacarnos. Escuchábamos pisadas a veces y otras una risa extraña femenina, que preferimos atribuir a alguna clase de animal. Por mucho que mirásemos, no había ni rastro de nadie a nuestro alrededor.
Y así alcanzamos el lago. Tal como lo recordaba, aquella vista era impresionante. Pero no podíamos detenernos allí eternamente, por mucho que quisiéramos. Sin embargo, ella se veía muy alicaída, mirándolo. La abracé desde detrás de su espalda y decidí tomarnos unos momentos para descansar. Le dije que iba a hacer mis necesidades y que me esperase allí. Cuando terminé, escuché la risa de Mei. Me preguntaba porqué se reía.
Entonces la vi junto a un niño, en la orilla del lago. No parecía estar haciéndole nada a Mei, por lo que decidí esconderme y observar durante un momento. Fijándome mejor, supe quién era ese chico, y un intenso escalofrío me recorrió la espalda. En ese momento apareció, para mi sorpresa, Antonio. Parecía conocer al chico. Lo que de verdad me asustaba, es pensar en donde podrían estar su padres. Salí del escondite, para reunirme con ellos.
- ¿Por qué no le preguntas, más bien, por el tipo de las gafas? - pregunté de repente con una mirada fría y dudosa, como si sospechase de él.
- Quieres decir... ¿el padre del chico? ¿También le has visto? - respondió Antonio.
- Así que son hermanos... También es el padre de la chica que traje conmigo. ¿Os ha seguido? - continué preguntando.
- No, simplemente fuimos a su casa, pero no había nadie.
- Bien, es genial que te haya encontrado al fin. Te daré los detalles luego, pero creo que tenemos una oportunidad de escapar de esta isla.
- ¡¿Escapar? - gritó el español a la vez abrió los ojos como platos, incrédulo.
- Sí, de la misma forma que llegaron sus padres. Hay un barco esperándonos al otro lado de la isla. - expliqué lentamente, recordando el relato de Mei. - Desconozco si se encuentra en buen estado, pero creo que merece la pena probar suerte.
En ese momento, Antonio no sabía qué decir. Miró fijamente a la niña, sabiendo que debía entregársela al hombre que amenazó la vida de Lovi. Se preguntaba para qué la quería, y en ese momento sospechó del inglés Al igual que él mismo, puede que su amigo hubiera descubierto algo extraño de esta isla, algo que no quería contarle.
Seguramente su padre los estaba vigilando. Deseaba con toda su alma salvar a Lovi, pero no le gustaba en absoluto tener que dejarle la niña a cambio. Además, Arthur se había encariñado con ella, tal vez demasiado. No le dejaría llevársela por las buenas.
