SEGUNDA PARTE
MOUNSTROS
PARTE II
CLAUDE
Observó al niño que sostenía el cráneo entre sus manos, acariciaba la superficie embobado ante la imagen. Habría podido dejarlo ir, pero ahora ya era demasiado tarde, tendría que asesinarlo…no tenía opción. Ambos se observaron, el tiempo se detuvo, contuvieron la respiración y se lanzaron miradas desconcertantes, no había repugnancia en las orbes azules, tampoco temor…sólo sorpresa. Espero un largo rato, calculando el momento en que gritaría o intentaría escapar, pero el chiquillo no parecía tener intenciones de hacerlo; en cambio se dirigió a un rincón de la habitación y se sentó en el suelo, sosteniendo aún el cráneo entre sus manos.
—Eres un mounstro—le dijo con apatía, sin odio ni rencor, igual que si leyera un libro.
—Así es.
—¿Me matarás?
Se sorprendió ante la naturalidad con que salieron sus palabras, no parecía tener miedo.
—¿Cuándo?—preguntó el chiquillo viéndolo directamente a los ojos—. ¿Ahora?
Claude no contestó. "Si, ahora" debía de responder con tales palabras, pero no tenía la certeza de que así fuera.
—¿Cómo lo harás?—preguntó una vez más.
Y nuevamente no contestó, bajó los últimos peldaños de la escalera y se dirigió hasta Alois, el sonido de sus pasos retumbaba dentro de la habitación, se acercó hasta el menor, lo jaló con fuerza del brazo para ponerlo de pie y con sus manos rodeo su delgado cuello; el pequeño no se quejó, lloró o resistió, debía estar muerto de miedo…No importaba, era una criatura miserable sin objetivo alguno en la vida, sacándolo de este mundo no sólo le haría un favor al mundo, sino a él mismo…y apretó, apretó hasta que el cuello crujió y el rostro del menor se descompuso en una expresión de puro dolor.
SEBASTIÁN
No recordaba a sus padres y lo cierto es que no lo lamentaba, habían sido personas ocupadas, exitosas y banales…le dejaron un importante legado sobretodo económico y cultural, los sentimientos y emociones no estaban incluidos en la lista de cosas qué ellos consideraban importante para tener éxito, los mejores maestros, los mejores juguetes, la mejor comida, la mejor escuela…siempre le dieron lo mejor, al menos materialmente y el respondió con la excelencia casi absoluta. Se mentiría a si mismo si se dijera que lo lamentaba, porque no lo hacía, simplemente pensaba en como habrían sido las cosas si se hubiera criado en un ambiente diferente, tal vez tendría una esposa y un hijo o hasta dos, trabajaría de Lunes a Sábado y acudiría a una que otra fiesta de vez en cuando, tocaría el piano eventualmente para familiares y amigos íntimos…
No, no quería esa vida, se aburría sólo de pensarlo. Debía aceptar que su vida no sería un ejemplo de virtud y honestidad, pero había disfrutado de buenas comidas, los viajes, el alcohol, la fama, los halagos, las mujeres e incluso los hombres; había cometido demasiados errores, pero ¿Qué ser humano moría con la conciencia tranquila? Nadie, todos se equivocaban, buenos o malos y tarde o temprano debían de pagar las consecuencias. Había vivido bien y hasta cierto punto se sentía satisfecho.
Se sirvió un poco de whisky y lo bebió de golpe, el alcohol sacudió sus sentidos, lo distrajo un par de segundos, el tiempo suficiente para darle tiempo a su organismo de detectar la sustancia intrusa. Observó el reloj…Claude debía encontrarse en casa, lo saludaría y molestaría un momento. Después de todo se merecía una última pelea con su viejo e insoportable amigo.
Bebió un poco más, dentro de un par de minutos iría a verlo y recordarían viejos tiempos. Las conquistas exitosas, los castigos en conjunto, las severas reprimendas y las amargas peleas…de la última nunca se habían repuesto, pero no eran niños pequeños incapaces de lidiar con el pasado, a menos que sus sospechas fueran ciertas y el pasado fuera mucho más peligroso de lo qué esperaba.
CIEL
Contó hasta diez, en cuenta regresiva…necesitaba tranquilizarse. Controlar sus emociones y mover las piezas de tal manera que pese a que en ese momento la mayoría se encontraban en su contra, las volviera a su favor. Tenía trece años, era un niño y aunque se esforzará en demostrar lo contrario el mundo le veía así.
Se duchó y vistió con rapidez, consciente de que su Tía le esperaba abajo. No la odiaba, pero le enfurecía la idea de que quisiera meterse en su vida personal cuando ella lo mantenía lejos de la suya. Le habría gustado exclamar alguna frase estúpida como "Eso no justo", pero con aquello sólo demostraría qué era tan infantil como creían.
Mandó a llamar a su Portero y tras reprenderlo por haber permitido la entrada a su Tía sin su autorización, ordenó que preparará y sirviera el desayuno para tres personas. Se dirigió al cuarto de su madre y tal como lo esperaba encontró a su Tía junto a aquel extraño hombre que le acompañaba, su aspecto severo le intimidó por un momento, pero no tardó en dirigirse al lado de su madre quién dormía plácidamente gracias a los medicamentos. Madame Red sentada a su lado acariciaba su melena con afecto, arrastraba los dedos con delicadeza por el delineado rostro y las pálidas mejillas que en otro tiempo habían estado repletas de vida y color…los labios pálidos, el cabello reseco…no podía creer que ella fuera su amada hermana. Ciel avistó todo esto con sólo ver sus ojos, él mismo se descubría, sobretodo por las noches cuando nadie lo rodeaba, preguntándose si la mujer postrada sobre aquella cama que dormía hasta dieciocho horas al día era su Madre...Lo era, aunque él no lo deseará, lo era…
—¿Cómo se encuentra?—preguntó Madame Red dirigiéndose a Ciel qué había tomado asiento en un sillón alejado de ella.
—Ya le habrás preguntado a las enfermeras, ¿no?—contestó sin ánimos de repetir lo evidente—. He contratado a dos enfermeras para que se encarguen de ella durante el día, en la noche viene otra a suplirlas. Desayuno y ceno con ella siempre que puedo…Estamos bien…—le fue imposible evitar que una tímida sonrisa se le escapará de los labios, de alguna extraña decir esas palabras forma era divertido…irónico.
—¡Ciel…!—exclamó Madame Red abandonando su lugar al lado de Rachel para arrodillarse a sus pies y tomar sus manos, le temblaban y las suyas también—. Sólo quiero ayudarte, por favor yo…
—No necesitamos de tu ayuda—se puso de pie y dirigió su atención hasta Claude—. ¿Para qué lo has traído?
Madame Red se puso de pie en una pose orgullosa, comprendiendo a lo que Ciel se refería, sonrió con tristeza al ver a su pequeño sobrino y respondió.
—Es un psiquiatra, quiero que te vea. Esta de vacaciones por el momento, no llevará mucho tiempo.
Ciel observó al hombre y después a su Tía, si no aceptaba podría perder mucho, en cambio si…
—¿Cuál es su nombre?—preguntó dirigiéndose en esta ocasión hasta el hombre.
—Claude Fausto.
—Interesante nombre—comentó el pequeño en alusión al personaje de aquella celebre novela y añadió—y curiosa coincidencia. Señor Fausto acompáñeme un momento a mi estudio, por favor. Me gustaría hablar con usted a solas.
—Ciel…—le reprendió su Tía en evidente desacuerdo con la decisión.
—Descuida, Madame Red. Sólo hablaremos de negocios, puramente profesional—y salió de la habitación, seguido de cerca por Claude quién lo examinaba de cerca cual bicho de laboratorio.
Tal y como dijo se introdujeron dentro del estudio, la montaña de papeles y múltiples libreros atestados de textos, obras, literatura y demás material de consultas aunado a la lóbrega y triste decoración indicaban todo menos el cuarto de trabajo de un niño de trece años; Ciel lo prefería así, no necesitaba de estúpidas influencias juveniles.
—Un ambiente correcto para trabajar—apuntó Claude examinando los títulos de las obras. Las obras completas y originales de Fayol y Taylor no podían faltar, Ciel estaba muy orgulloso de su colección, sonreía complacido al observar la fugaz y casi invisible expresión de sorpresa en el rostro del adulto, aquella era su oportunidad, debía atacar ahora mismo.
—Seré directo con usted Señor Fausto. Según como yo lo veo, tenemos dos opciones.
—¿Partiendo de que hecho establece usted cuales opciones?
—Del hecho de que mi tía no aceptará como respuesta un "No", por muy firme, alto y claro que se lo dé.
—Entonces Señor Phanthomhive, dígame cuales son sus opciones.
Ciel quién hasta entonces había permanecido de pie, tomó a lugar detrás del amplio escritorio; aunque jamás lo compartiría con nadie se sentía ridículamente pequeño e insignificante sentado sobre esa enorme silla de piel donde los pies le colgaban y los brazos no podían reposar cómodamente debido al tamaño.
—Le ofrezco el doble de dinero…no el triple—rectificó consciente de que no podía ser avaro en tal situación—de lo que mi Tía haya ofrecido a cambio de que usted le niegue sus servicios.
—Me considero en la obligación de hacerle saber que mi condición económica es más que estable. Pero descuide, estoy dispuesto a escuchar su segunda opción—. Una cínica y sarcástica sonrisa se formó en torno a los labios del adulto, Ciel se mordió la lengua sin que se notara, y continuó.
—La segunda opción es que usted acepte el tenerme como paciente, cuya cosa no recomiendo. Viendo su carácter y conociendo su personalidad Señor Fausto, estoy casi seguro que serán sesiones aburridas, sobretodo porque yo no pienso hablar con usted, aunque me viera obligado a hacerlo.
Observó la reacción en el rostro del mayor, preparado para estudiarla para cuando surgiera el típico enfado de los adultos, incapaces de soportar a un "mocoso malcriado", pero esta nunca llegó. El adulto se limitó a alinear un libro próximo a caerse y salió de la habitación ante su mirada atónita.
—Lo veré hoy mismo por la tarde, a las cinco en punto, Señor Phanthomhive…por favor no llegué tarde. La impuntualidad denota inmadurez.
Ciel parpadeó repetidas veces, asimilando las palabras del adulto; su cerebro tardó un par de segundos en procesarlo…
—"Lo veré hoy"—repitió para si mismo y se deslizó sobre el escritorio de cedro. Su Tía podía esperar, odiaba perder, pero no volvería a pasar…ese hombre se arrepentiría de haberlo tratado de esa manera. Lo juraba.
ALOIS
Alois encendió el foco sin tener la menor idea de lo que encontraría, ciertamente esperaba encontrarse cualquier cosa, incluso creía que nada podría sorprenderlo, pero se equivocó y una parte de si lo lamentaba.
Las paredes estaban tapizadas de fotografías, decenas de mujeres desnudas, sangrando…la expresión de verdadero dolor manifestado en sus rostro, el pánico enmarcado en sus pupilas, atadas, amordazadas…vomitó en el suelo y cayó al piso, asimilando la escena y todo lo que implicaba, eso significaba que…sonrió con nerviosismo e incluso rió un par de segundos, producto más de los nervios y el miedo que de cualquier otra cosa.
—Esta loco, completamente loco…—y observó una vez más las fotografías, muchas de las chicas eran hermosas, las lágrimas le escurrían por las mejillas, el pecho parecía agitárseles…debía de dolerles, mucho, seguramente sentían mucho dolor—. Lukas—murmuró pensando en su hermano, él no pudo protegerlo…Nunca. Lo arrancaron de sus brazos, tal vez el habría sentido el mismo dolor, quizás también había sufrido de esa manera, experimentado el mismo miedo…—. ¡No, no, no, no, no…!—comenzó a gritar presa del pánico y la desesperación. Él no pudo haber terminado así, era su culpa…él…Se mantuvo un largo rato en aquella posición, debía escapar, irse lejos, pero…—. Yo no tengo ningún lugar a donde ir—y la idea pesaba, demasiado, pero era cierto. Mejor terminar ahí, a manos de ese… ¿Mounstro?, que con aquellos malditos.
Se puso de pie y recorrió la habitación, sobre una mesa encontró una calavera, incluso parecía un juguete de lejos; la tomó en su manos y jugueteó con ella…estaba rígida y fría, deslizó sus dedos sobre la superficie de la misma, era una sensación similar a acariciar un globo. Se preguntó a quién pertenecía, era pequeña…muy pequeña, tal vez una niña o adolescente, incluso alguien como él sabía eso. La apretó fuertemente contra su pecho, tanto que dolió y fue a sentarse a un rincón de la habitación, lejos de las fotografías y esperó…simple y sencillamente esperó.
Y tal como lo imaginaba él llegó, abrió la puerta y lo vio, el enfado se reflejaba en su rostro…era interesante verlo salir de inmutable pose, intentó sonreír, pero su rostro se negó a deformarse con cualquier emoción, ni siquiera con el miedo…por qué lo sentía, estaba aterrado, pero también se sentía satisfecho, sólo unos instantes de puro dolor y todo desaparecería, todo…era un precio muy pequeño a pagar en comparación al alivio que le proporcionaría. Pese a ello tenía miedo, mucho…y por tal razón su cuerpo no le respondía, aun si intentará cambiar de opinión ya era demasiado tarde…sus labios se abrieron impulsados por el instinto y susurró un par de palabras sin pensar en las consecuencias.
—Eres un mounstro.
Intercambiaron un par de monosílabos, apenas y era consciente de lo que decía…Se aterró cuando el hombre lo tomó del brazo y paso sus manos por su cuello, sintió como se asfixiaba, el aire no pasaba a través de su garganta ni llegaba a sus pulmones, dolía…y en ese momento fue consciente de la cruel realidad, iba a morir, agitó los brazos y piernas…no deseaba morir, no de esa manera, y lucho…intentó zafarse del agarre, le arañó el rostro, lo pateó…era inútil.
Después de una corta batalla que sintió eterna, un agudo dolor en el rostro le hizo estremecer…todo se tornó negro a su alrededor, la realidad se diluyó dentro del agonizante y desesperado momento y no supo nada más. El final no era tan dulce como había imaginado, sólo esperaba encontrar algo mejor en el más allá o tal vez, al menos…no volver a renacer, había tenido más que suficiente de este mundo pecaminoso.
SEBASTIÁN
Sacó el horno del pastel, lo decoró…una fresa en el centro del mismo consistió en el último detalle antes de considerarlo perfecto. Sonrió complacido…y lo envolvió.
"Por los viejos tiempos" pensó "Y los días que no vendrán"
Abrió la puerta y se dirigió hasta la casa de Claude, si tenía suerte podría meter un pie dentro de la casa antes de que le cerrará la puerta en la cara. Claro que la tendría, él siempre la tenía…
Tocó el timbre, nadie acudió a abrirle, otra vez…tampoco hubo respuesta y una vez más, escuchó los pasos de alguien apresurado e irritado y tal como lo esperaba Claude apareció.
—¿Qué quieres?—preguntó al verlo.
Sebastián le mostró el pastel.
—Así tratas a tus invitados—se burló—. Si el anfitrión es tan malo, los invitados deben compensarlo.
Y sin pedir permiso entró dentro de la casa, parca y opaca tal como era la personalidad de su inquilino, le faltaba vida a la decoración y el silencio impenetrable combinaba con el ambiente.
—Es bueno volver a verte. ¿Continúas odiándome?
Lanzó la pregunta sin antelación, que más le daba si la respuesta era un "Si, te odio", podía vivir…o mejor dicho morir con eso.
—No, realmente—. Claude se dirigió hasta el pequeño, pero surtido bar que tenía en medio de la sala y sacando dos vasos pequeños sirvió un poco de alguna bebida en cada uno—. ¿Whisky, cierto?
—No creo que combine tan bien con el pastel. Yo sugiero leche.
Claude le entregó el vaso con la misma arrogancia que si le estuviera dando medio millón de dólares, era tan típico de él que incluso divertía.
—Estoy ocupado, este no es el mejor momento para conversar. Tengo trabajo.
—Cuando éramos niños dijiste que comprarías esta casa. Bien hecho. Pero, ¿qué haces por aquí? En medio de la nada.
—Escribo un libro.
—Continuó sin creer que hayas decidido dedicarte a eso. Es una ciencia aburrida.
—Los humanos pueden ser muchas cosas, pero nunca aburridos.
Sebastián sonrió y bebió del vaso, era cierto…siendo joven había jugado con muchas personas y aunque se había topado con escenas patéticas y dignas de lástima todas tenían cierto encanto, desafortunadamente estas sucumbían ante el tedio de la monotonía, repitiéndose una y otra vez.
—¿Qué haces aquí?—la pregunta de Claude lo tomó desprevenido, no tenía una respuesta preparada, así que contestó lo primero que se le vino a la mente.
—Sólo veo los días correr—y no mentía en realidad.
Claude le arrebató el vaso de las manos y llenó nuevamente.
—Nosotros no nos limitamos a ver los días. ¿Qué haces aquí realmente?—volvió a preguntar devolviéndolo el vaso.
—Es cierto—. Y pensó en los días de su Juventud, no necesitaban que les ordenaran algo para hacerlo, porque ellos ya lo habrían hecho antes.
—¿Tú padre murió hace un par de años?
—No era mejor persona que el tuyo…No finjamos una pérdida que no sentimos.
Y ambos se quedaron en silencio, saboreando el momento sazonando con recuerdos.
Sebastián había crecido dentro de una importante familia, pero Claude no. Lo conoció cuando tenía tres años y desde ese momento fueron inseparables. Él, hijo de un importante hombre de negocios que apenas ponía un pie en casa y una mujer cuyos amantes siempre la mantenían de viaje por el mundo y Claude, hijo de su Jardinero cuya esposa lo había abandonado recién nació su hijo y que desquitaba toda su furia en su pequeño…Él niño rico y solitario que pasaba sus mañana tomando clases y sus tardes leyendo libros no tardó en hacerse amigo del otro pequeño, cuya genialidad y talento lo sorprendieron, su condición económica poco tenían que ver con su brillante mente.
—Jamás imaginé encontrarte aquí después de "eso"—expresó Sebastián destrozando el silencio. No creí que fueras capaz, pero…fue una acción tan…
—¿Humana?—preguntó Claude con una sonrisa satisfecha.
—No, estúpida…Siempre creímos que éramos diferentes, incluso excepcionales, pero con eso no demostraste más lo común y ordinario que eres.
—¿Eso fue lo que realmente te molestó?
Sebastián sonrió con naturalidad antes de responder.
—En realidad así es. Cualquier idiota habría podido rebajarse a algo tan simple y tú ingresaste a la lista sin ningún esfuerzo. ¡Gran decepción!
Claude soltó una risita, suave y hasta melodiosa…era una imitación barata de su risa, Sebastián la odiaba.
—Casi suenas como mi madre—replicó el hombre de los anteojos.
Se disponía a responderle cuando un niño rubio apareció en el rellano de la Puerta, llevaba puesta un abrigo que le quedaba grande y una gruesa bufanda.
—Saldré un momento—dijo en voz baja, se acercó hasta Claude y pasó sus brazos sobre sus hombros, abrazándolo. Después se marcho.
—¿Quién es?
—No lo sé…
Ese chiquillo estaba nuevamente ahí, al parecer sin importar cuanto se esforzará no podría deshacerse de él.
—Desde cuando recoges a niños de la calle cual si fueran perros abandonados.
—Nunca he dicho que lo recogí…
—Es verdad…—cerró los ojos y recordó los ojos del chico, tenían vida…demasiada, no era el mismo pequeño desesperanzado y apático que había recogido en medio de la carretera—. Te dejaré trabajar, debo irme.
Y tras intercambiar unas cuantas frases de despedida salió.
Él tenía demonios del pasado que le acosaban…Claude al que desde muy joven había considerado su "Alma Gemela", ¿también los tendría? Era extraño, pero al ver la misma expresión fría y apacible después de tantos años sentía que no…
ALOIS
Ese lugar era bastante frío, odiaba esta sensación…debía despertar, necesitaba tomar una bocanada de aire antes de…
La oscuridad se había marchado, pestañeó repetidas veces intentando adaptarse a la claridad de la habitación, ensombrecida por las cortinas cerradas; no era el cuarto de huéspedes, estaba seguro, entonces debía ser la habitación de…se llevó los dedos hasta el cuello descubriendo que una venda le envolvía. "Tal vez se trató de un sueño" pensó, y lo negó repetidamente con la cabeza, no…no se había tratado de eso, el miedo, la desesperación y angustia sólo podían fundirse de aquella manera en la realidad, entonces ¿Por qué seguía vivo?
Debía irse…por un solo instante necesitaba tener un poco de sentido común y largarse de ese lugar antes de que su imagen se uniera a aquellas fotografías, sin embargo…se abrazó a si mismo y pensó, pensó un largo rato…
Escuchó voces fuera de la habitación, aún no tomaba una decisión…se vistió con lo primero que encontró y garabateó una nota mal escrita. Claude y su invitado le observaron, no con sorpresa, pero tampoco interés…aquel hombre estaba presente, Johan había sido un idiota al confiar en él y por eso estaba muerto; se acercó hasta Claude y depositó la nota sobre el bolsillo de su camisa asegurándose de que se diera cuenta.
Después se fue, se internó dentro del bosque, oscuro y espeso…la fragancia lo envolvió nuevamente y el agradable tintineo del aire pasando a través de los ojos le susurró dulces pensamientos, le gustaba ese lugar. Se internó más y más y más, caminó un largo rato…hundiéndose eventualmente en el fango, se manchó los zapatos y el pantalón, no le importó…eventualmente llegó al final, se encontró con un lago cubierto de una fina capa de hielo, curioso colocó un pie sobre él antes de que una voz le alertará de lo que estaba a punto de hacer.
—Puedes caer sino tienes cuidado.
Giró y se encontró con el rostro de aquel niño, no recordaba bien su nombre…cima, cielo…
—¡Ciel!—exclamó orgulloso de si mismo al recordarlo y retrocedió volviendo a tierra firme.
El extraño y pálido niño tomo una rama y se acercó hasta el lago, golpeó su superficie y la fina capa se quebró.
—No hace el suficiente frío para que se congele, si caes te ahogarás y nadie se dará cuenta.
Pronunció las palabras con amargura, de la misma manera que si a él le hubiera pasado alguna vez, así que preguntó.
—¿Te caíste alguna vez?
—Si, cuando tenía 5 años…Mi padre me sacó.
—Ya veo—asintió en silencio y no dijo nada más.
Ciel fue a sentarse sobre el tronco de un árbol con poco musgo, sin ser invitado le acompañó.
—No me gusta el invierno—murmuró sin saber porque, tenía tantas cosas en que pensar, tan sólo quería liberarse un minuto.
—Prefiero el otoño—le respondió Ciel, no esperaba sacarle siquiera dos palabras a ese niñito apático, ¡Vaya sorpresa!
—¡A Lukas también le gustaba el otoño!—exclamó divertido sintiéndose bien de decir por primera vez en mucho tiempo el nombre de su hermanito a otra persona y en voz alta.
—¿Quién es Lukas?
—Mi hermano menor—respondió con tristeza—. Está muerto.
No hubo pésames o siquiera un "Lo siento", Ciel permaneció tan apático como siempre.
—He conocido a un mounstro, ¿sabes?—preguntó sin soportar el corto silencio—. ¿Debería huir o…?
—Los mounstros siempre están allá afuera, no podemos huir de todos, por eso debemos enfrentarlo uno a uno y vencerlos. Eso es lo que creo.
La convicción con que le hablaba le sorprendió. Había huido demasiado tiempo, no quería hacerlo más.
—¿Incluso cuando ese mounstro tiene forma humana?
—¿Existen otros?—contestó con ironía el muchacho esbozando lo más cercano a una sonrisa.
—¡Eres genial, Ciel, simplemente genial!—halagó Alois en voz alta tomándolo de las manos y riendo, el chico pareció asustarse e intentó soltarse, pero él no lo dejo—. ¿Seamos amigos, Ciel?
—No—negó el otro muchacho sin pararse a pensar—. Además es tarde, debo irme—agregó mirando su reloj de pulsera.
—¡Eres cruel!—gritó sin soltarlo y amenazó—. No te dejaré ir hasta que aceptes.
—He dicho que no—repitió Ciel sin intenciones de cambiar de parece.
—Por favor.
—No.
Y la discusión se prolongó un largo rato, hasta que Ciel aparentemente fastidiado y con una urgencia terrible por irse lo empujo y rectificó su postura.
—Eres un amargado.
—Y tú un niño.
—Prefiero ser eso a un amargado.
Ciel le lanzó una mirada agresiva y se dio la vuelta con intención de partir.
—Yo vengo a este lugar casi todos los días a las tres de la tarde.
No respondió, eso sería lo más cercano que obtendría a un "Si". Además seguiría su Consejo y enfrentaría a aquel mounstro.
CLAUDE
Despidió a Sebastián ansioso por leer la nota que Alois le había dejado, ese muchacho era…algo especial, debía admitir. Debería estar muerto, pero inducido por una piedad qué no creía tener lo había dejado con vida al verlo inconsciente, incluso lo instaló dentro de su habitación; recordaba haber cerrado el cuarto con llave, pero ese chiquillo tenía más de un as bajo la manga.
Al verlo salir había pensado en detenerlo, pero no podía arriesgarse a algo tan osado con Sebastián presente, al parecer conocía a ese niño, de lo contrario no se habría referido a él con la analogía del perro.
Una hora después continuaba pensando en donde debería empezar su búsqueda. Lo primero era deshacerse de todas esa fotografías que lo incriminaban, imposible pensar que un acto tan simple de vanidad y arrogancia como aquel pudieran constituir su perdición. El cráneo podía conservarlo, tenía cierto valor simbólico para él, mismo del que Sebastián se asquearía si supiera…además siempre podía alegar que lo utilizaba con fines decorativos, un simple accesorio comprado a uno de sus colegas. Nada fuera de lo común.
El timbre sonó, según parecía aún no se deshacía por completo de Sebastián, acudió a abrir y se encontró con ese chico rubio de pie frente a él, exhibía la misma expresión de inocencia y confianza que si él que lo recibiera fuera un amoroso Tío.
—Puedo pasar.
—Adelante—y abrió la puerta por completo permitiéndole la entrada—. ¿Recibiste mi nota?—cuestionó el muchacho, Claude asintió recordando su contenido.
"No temas, volveré"
Por supuesto que no podía confiar en esas palabras, pero ahí estaba…Otra vez.
Alois fue se sentó sobre una silla del comedor, en silencio.
—¿Esas mujeres?—inquirió viéndolo fijamente—. Las de la fotografía…Tú…—su voz sonaba débil, rasposa—. ¿Tú la mataste?—consiguió finalmente preguntar.
—¿Por qué?
Y la pregunta que tantas veces él se había hecho a si mismo afloró en los labios del rubio.
—Por entretenimiento.
Y era cierto, no perseguía ninguna otra ambición, simple y sencillamente eso…ni siquiera podía usar la palabra diversión. La adrenalina que corría por sus venas al sentir el absoluto y completo poder y control no podía compararse con nada, absolutamente nada.
—Si me quedo contigo, ¿intentarás matarme?
Prefirió no responder, tal vez en ese momento no consideraba a ese niño peligroso por la sencilla razón de que constituía todo un misterio para él, una personalidad igual de simple que de compleja, pero si llegado un momento se tornaba en una amenaza sin importar las circunstancias no dudaría en hacerlo desaparecer.
—Entonces, permaneceré aquí un tiempo…Ciertamente ni tengo un lugar a donde ir y ahí afuera hay peores mounstros que tú.
—Como prefieras. Empezaré a preparar la cena.
Mientras movía cacerolas, combinaba especias y cortaba vegetales no resistía el deseo de mirar de reojo al chiquillo quién reía al ver una película de comedia en la sala. No actuaba como una persona normal, tal vez lo acuchillaría mientras dormía y atacaría al encontrarlo indispuesto, pero no…realmente no lo creía capaz de algo así, no porque fuera un muchacho radiante de bondad, inocencia y misericordia, sino porque estaba perturbado. Y aquellas mentes eran las mejores, frágiles como copas de cristal que ante el primer golpe podría romperse en miles de pedazos, pero que se podían reconstruir, aunque en el proceso perdieran gran parte de su belleza y elegancia. ¿Cuántas veces Alois se había quebrado? El desconocimiento de la respuesta lo convertía en un sujeto digno de estudio.
CIEL
Corría a través del pequeño bosque, ese niño le había entretenido más de la cuenta, hablaba tanto y…observó sus manos envueltas en gruesos guantes, hacía tanto que nadie lo tocaba de esa manera, sin piedad ni compasión en su mirada, sólo amistad.
Cuando finalmente lo dieron de alta en el hospital y regresó a casa, se encontró con una Madre que apenas lo reconocía y decenas de personas que temían hablarle, también tocarle; los que en otro tiempo habían sido sus amigos se alejaron de él, temerosos de decir una palabra indiscreta o que su nombre apareciera junto al de "Ciel Phanthomhive" en revistas de espectáculo sensacionalistas. Lo aceptó, ya nada volvería a ser igual y se refugió dentro de si mismo, si las personas no lo querían cerca, él tampoco y poco a poco fue hundiéndose más hasta qué decidió mudarse a esa enorme y solitaria Mansión perdida en medio del mapa, cuyo nombre sólo recordaban sus escasos pobladores permanentes. Y durante semanas, no, incluso meses, como única fuente de entretenimiento o distracción verdadera no se permitió más que un paseo diario por el bosque, se escapaba siempre que tenía oportunidad y penetraba dentro de los tupidos árboles sin más compañía que la naturaleza. Hasta ese día…
Continuó su recorrido, iba retrasado, llegaría tarde. Demasiadas tonterías para un solo día.
Entró corriendo dentro de la Mansión, con la ropa sucia y las mejillas sonrojadas por el frío. El sonido del piano lo arrastró hasta el segundo piso, al cuarto de su Madre…abrió la puerta lentamente intentando no hacer ruido y sus ojos se posaron de inmediato sobre Sebastián y la prolífica manera en que deslizaba las manos sobre las teclas, no identificó la canción ni el autor, pero expresaba tristeza y vacío.
Reparó en su aspecto y en los sucesos de la noche anterior, había estado tan ocupado qué apenas y había tenido tiempo de comer, ahora qué lo recordaba una enorme vergüenza le subía por el cuerpo y subía hasta sus mejillas de por si ya coloradas por su breve paseo.
Sebastián notó su presencia y en voz baja comentó a modo de orden.
—Vaya a sentarse al lado de su madre. Algunas personas consideran que la música es un remedio natural contra algunas enfermedades.
—Pero yo no estoy presentable—objetó en un intento de escapar de la habitación.
—Esta tan presentable como un adolescente. Hágalo.
—De acuerdo—aceptó no del todo seguro y se sentó al lado de su progenitora quién le dedicaba a Sebastián la misma mirada rebosante de admiración y respeto que a su padre Vincent.
Tomó su mano y espero un milagro que sabría no llegaría porque durante toda la hora que duró la sesión, Rachel no se digno mirar siquiera durante un segundo a su hijo Ciel quién sostenía su mano con vehemencia y adoración, ocultando sus verdaderos sentimientos y guardando todo su dolor. Esa noche decidió no cenar con su Madre.
Besó a Rachel en la frente y abandonó la habitación dejándola a cargo de las enfermeras.
—Señor Michaelis, me gustaría agradecerle por el favor que me presto anoche. No era necesario en realidad y le pediría que…
—Es usted demasiado orgulloso.
—¿Qué ha dicho?—inquirió sorprendido.
—Hasta que usted, Señor Phanthomhive no sea un ser extraordinario no esta bien que sea tan orgulloso.
—Él como me comporte no es su problema. Limítese a cumplir con su trabajo.
El adulto sonrió complacido al verlo, se arrodilló frente a él y apartando un par de mechones de su rostro palpó su frente.
—Al parecer no tiene fiebre.
Irritado con la caricia y cansado de que todos quisieran tocarle ese día apartó furioso la mano.
—Como le he dicho, le agradezco la ayuda brindada, pero…
—Extraña a su madre. No le diré algo como que mantenga la esperanza de que ella vuelva a usted algún día, pero no reprima sus emociones. Créame…si se enfurece ella ni siquiera se enterará.
Debía admitir que tenía razón, él podía morir y Rachel no lo extrañaría.
—Ese no es su problema—replicó poniéndose a la defensiva.
Una empleada llegó a avisarle la llegada de un nuevo visitante. El Psiquiatra que su Tía le había traído, llegaba con una puntualidad ridícula a la cita.
—Buenas tardes, Señor Phanthomhive. Esta preparado para su primer sesión.
Ciel suspiró densamente, ese día no hacía más que empeorar.
CONTINUARÁ…
Hola, después de un largo tiempo he aquí la conti, publicó a riesgo de que ya nadie se acuerde de esta historia, jeje. Perdón por el retraso, me gustaría tener excusas fiables, pero las hay…al menos no que se puedan compartir.
Un capi por momentos lentos, estos dos capis se centraron principalmente en Ciel y Alois, los próximos van para Claude y Sebas, su relación previa, el modus operandi de Claude al que falta delinear, de quién y de quienes huye exactamente Alois…Hay varias cosas por contar.
Respondiendo a una duda, no…no habrá Sebas/Claude, aunque si compartirán un par de cosas, pero no sexuales, ¿?
Muchísimas gracias por sus comentarios, los apreció MUCHO y leo más de una vez, siempre suben el ánimo.
Como siempre cualquier duda, crítica, sugerencia, queja, comentario, será bien recibido.
Gracias por leer.
