Estos personajes han nacido de la imaginación de Charlaine Harris. Gracias por prestárnoslos para jugar con ellos.


3.

Intenté entrar sin hacer ruido para no tener que pasar la vergüenza de enfrentarme a los comentarios de Laf y Tara. Bastante tenía ya con lo que yo pensaba de mí misma para tener que oír a Lafayette llamarme putón verbenero entre risas. No me podía creer que me acabara de levantar de la cama de un tío que había conocido unas horas antes. No me podía creer que le hubiese dejado hacerme todo "eso" y que encima lo hubiese disfrutado. Dios, nunca nadie me había tocado así, nunca nadie me había excitado tanto y tan rápidamente. ¿Qué iba a hacer ahora? ¿Con qué cara iba a mirar a Bill? ¿Cómo había podido olvidar durante unas horas a mi prometido, al hombre con el que me iba a casar en unos días? No, en lo que a mí respectaba, éso no había ocurrido. Tara, Laf y yo habíamos pasado unos días divirtiéndonos en Nueva Orleans, sólo nosotros. Nunca había conocido a ningún sueco. Nunca había estado en una suite en un hotel de la calle Bourbon ni nunca había tenido sexo salvaje e increíble con un hombre rubio, alto y guapo para morirse al que apenas conocía. No, nunca.

Salí del baño de puntillas sin molestarme en echar la luz, camino de mi cama, pensando en lo que nunca había pasado, y me metí en ella sin mirar. Me di contra un cuerpo de hombre y me sobresalté. La luz de la mesilla de noche iluminó la habitación. Tara y Laf me miraban desde el otro lado de la cama, aguantando la risa.

_ ¡Serás puta...! - atronó la voz de Laf- Dime que el vikingo tiene un revolcón memorable, por favor, sería una pena que ese pedazo de cuerpo fuese un muerto en la cama.

Nunca creí que fuese capaz de sonrojarme tanto, notaba como me ardía la cara y eso no hizo más que espolear a Lafayette y a Tara.

_ ¡Ay, Dios mío, Suzanna Adele Stackhouse! - se rió Tara y puso una vocecita como si hablara de una niña- Laf, mírala, nuestra Sookie se ha hecho una mujer...

_ Por fin, bien sabe Dios que necesitaba un buen polvo como el comer.

_ Bueno, ya está bien – intenté hacerles callar-. Nunca más vamos a hablar de ésto, que, en realidad, no ha ocurrido – les miré con intención para ver si pillaban lo que quería decir y ellos asintieron-. Sí, tiene un revolcón memorable, lástima que nunca haya pasado, es imaginativo y sabe como usar todas las partes de su cuerpo, aunque yo no tenga ninguna constancia de ello. Ahora, vamos a olvidar que le hemos conocido y cuando se nos pregunte negaremos la mayor. Hemos pasado unos días divirtiéndonos, solos. No conocemos a ningún europeo, ni siquiera sabemos situar Suecia en el mapa, ¿me he explicado con claridad?

Los dos volvieron a asentir en silencio con una sonrisa curvándoles los labios.

_ Sí, una lástima que nunca tengas elementos para poder compararlo con Bill, ¿verdad? Pero seguro que tu novio sale mejor parado que un hombre – me quedé esperando como si no hubiese terminado la frase y Laf me sonrió con malicia y puntualizó-. Un hombre, punto.

_ Mira que tienes mala leche... – le recriminé.

_ No, constato lo que veo. Tras las horas que no has pasado con ese sueco que no hemos conocido y que no te ha estado comiendo todo lo comible, tu aspecto es mucho más feliz y relajado que cuando pasas la media horita con tu vecinovio haciendo algo, seguramente, terriblemente aburrido – concluyó Lafayette mientras Tara me miraba compadeciéndome pero sin darme su apoyo.

_ Lo siento, pedazo de pendón, pero no tienes tiempo para echarte un sueñecito post coital, desde que no has hecho nada con nadie esta noche. Hemos recogido tus cosas. Vístete, en una horas podrás volver al tedio y a la seguridad de tu Sosoman.

Y ahí es a donde volví. Bill nos recibió con su tibieza acostumbrada, sus buenos modales y su cortesía. No era que no me gustara éso de él pero, a veces, fantaseaba con que fuera un poco, sólo un poquito, más apasionado, más vehemente, más... lo que fuese. Suspiré, no estaba bien lo que estaba haciendo. Bill siempre había sido bueno conmigo, no podía exigirle que cambiara su manera de ser. Cuando me pidió que me casara ya sabía que era así y le acepté tal y como era, no tenía ningún sentido pensar en posibles cambios. En unos días sería mi marido, sería el compañero que había estado a mi lado en los malos momentos y que me había dado su apoyo y su cariño durante los últimos siete años. La vocecita burlona de Lafayette resonó en mi cabeza, riéndose y hablando de la Crisis de los Siete Años, su manera de referirse en las últimas horas a esa persona que no llegamos a conocer en nuestro viaje... Menudo regreso a casa me había dado esa pseudo-Lady Gaga negra, mordaz y de lengua viperina.

Dejé las maletas en la granja y fui con Bill a cenar a su casa, con su madre. Lorena, esa si que era una buena razón para no casarse con él. La señora Compton era una mujer desagradable hasta el infinito y más allá, altiva, arrogante, soberbia, estirada y despectiva. Mi futura suegra. No podía reprimir un escalofrío cada vez que pensaba en ella, una mujer capaz de helar un desierto. Me recibió con su habitual desdén, era evidente que no le gustaba pero puse mi mejor sonrisa falsa y la saludé como correspondía y como Bill, que no se parecía en nada a ella, se merecía.

_ Lorena, qué guapa estás. Me alegro mucho de volver a estar en casa...

_ ¿En casa...? ¿Te refieres a mi casa? - murmuró cuando su hijo no podía oírla haciéndome ver que ese nunca sería mi hogar.

_ Claro, me refiero a esta casa – intenté no ponerme a su nivel con mi tono, sin éxito, y dije con voz suave y una sonrisa malévola-, siempre serás bienvenida y podrás estar casi como en la tuya.

Me miró sorprendida, aunque, probablemente, la más extrañada era yo. ¿Le había contestado? ¿Había sido capaz de hacer frente a la señora Compton?

_ Vaya, ¿qué has hecho en Nueva Orleans para volver así de insolente?

_ Divertirme – dije intentando mantener el tono seco y dándome la vuelta para que no notase mi sonrojo.

_ Sí..., ya veo – musitó a mi espalda como si de verdad lo viera y lo supiera.

La comida pasó sin más incidentes, Lorena estaba demasiado ocupada observando hasta el más mínimo de mis movimientos, diseccionando hasta el menor de mis gestos. Sacando conclusiones, pensé con pánico, estaba segura de que tenía las huellas de esas manos que nunca me habían tocado, impresas por todo mi cuerpo y que ella con el luminol de sus ojos era capaz de verlas, como si fueran manchas de sangre para un CSI.

_ ¿Y qué tal tu viaje? - dijo en un momento determinado mientras esperábamos que nos sirvieran el café- Estás radiante, ¿no te parece Bill, querido? No sé, quizá no deberías permitirle alejarse tanto de tí, yo estaría celosa si fuese tú, hijo, de que algo que no soy yo le hubiese dado ese brillo.

Ahí estaba, esa zorra lo había descubierto, había sido capaz de seguir el rastro de unos labios que no habían sido los de su hijo por todo mi cuerpo. La doncella apareció con las tazas y me dio unos segundos para recuperarme de la impresión y no acabar gritándole a esa mujer que sí, que ése era el aspecto de una hembra satisfecha. Me exasperaba esa mujer insufrible, había conseguido que admitiese ante mí misma lo que llevaba todo el día negando. Eric me había hecho sentir en unas horas lo que su hijo no había conseguido en siete años. Sí, Eric, no esa persona que nunca conocí ni mi Crisis de los Siete Años. Maldito Vikingo.

Una vez más, Bill vino al rescate.

_ Madre, no seas así. Sookie está siempre radiante y yo soy estoy encantado si ella es feliz. Necesitaba unos días de descanso con sus amigos antes de la boda, los preparativos están siendo muy estresantes, ¿verdad, corazón?

¿Por qué la tierra no se abría y se tragaba a gente tan mala como yo? ¿Por qué un hombre tan bueno y considerado había tenido la mala suerte de tener una madre como Lorena y una prometida como yo? Pero estaba en mi mano remediarlo, hacer lo imposible para ser la mujer que Bill se merecía. Y lo iba a hacer, Eric ¿qué?, ¿quién coño era Eric?

Bill me acompañó a casa, era un paseo corto si atajábamos por el viejo cementerio del pueblo, de la mano, acariciando con su pulgar el dorso de la mía. Era un gesto pequeño y sin importancia, lo sé, pero no pude reprimir las lagrimas.

_ ¿Qué pasa, cielo? - me abrazó preocupado-. Mi madre puede ser a veces un poco intensa, ya la conoces, pero estoy seguro de que no ha querido molestarte, que sus observaciones están hechas desde el cariño.

Me guardé la respuesta que semejante ingenuidad merecía y a cambio, sonreí como pude y me sequé las lágrimas con la mano.

_ No tiene nada que ver tu madre, Bill, es simplemente que te quiero.

Las palabras salieron de mi boca sin pensarlas y me sonaron vacías y extrañas. Erróneas. Pero a Bill se sonaron a música celestial, me apretó un poco más contra su pecho y besó mi frente. Sus manos se deslizaban por mi espalda intentando reconfortarme y yo sólo podía pensar en otras manos deslizándose por mi espalda hasta mis caderas para marcarme el ritmo. Mala, mala, Sookie... Iba a arder en el infierno.

_ Y yo a tí, Sookie.

Cerré los ojos por miedo a que viera en ellos lo que pasaba por mi cabeza. Sí, definitivamente iba a arder en el infierno durante toda la eternidad. Por fin llegamos a mi casa y se despidió con un beso dulce y casto que volvió a remover el recuerdo reciente de otros ni tan dulces ni tan castos, llenos de una vida y una pasión que casi un día después aún me ahogaba. Saludé a mi familia sin muchas ganas de hablar. Me pareció ver a mi padre y a mi abuela intercambiar una mirada significativa pero no tenía el ánimo para ponerme a analizar teorías de conspiraciones. Mi madre me paró en mi intento de escabullirme y, complaciente como soy, me quedé con ella en la cocina para contarle con pelos y señales, la versión para todos los públicos, claro, lo que había hecho en Nueva Orleans. Estaba tan encantada con la boda y los preparativos que me echó en cara que no hubiese aprovechado para comprar los zapatos. Como he dicho, estaba tan encantada que ni siquiera reparó en un hecho en el que yo acababa de caer, ¿debería ser sintomático que, con lo que adoraba los zapatos, no sólo no los hubiese comprado sino que ni siquiera me hubiese acordado de ellos? No, ya estaba harta de señales, no iba a pensar en éso más. Me despedí de mi madre con un beso de buenas noches escudándome en que estaba muy cansada y debía madrugar. Subí a mi cuarto y me encerré, no quería ver y oír a nadie más. Pero éso era mucho pedir.

_ Hey – dijo Lafayette a través del teléfono riéndose-, ¿cómo está mi putón favorito?

_ Ahora, no, Laf, por favor – se me quebró la voz.

_ Sook..., cariño, no...

_ No puedo ahora, de verdad, Laf...

_ Lo sé, cielo, no llores, todo va a ir bien, ya verás.

_ No, no lloro y no, nada va a ir bien...

_ ¿Quieres que vaya a pasar la noche contigo, que tengamos una noche de chicas? - dijo con dulzura.

_ No – me reí sin ganas pese a todo-, gracias, mañana nos vemos.

Apagué el teléfono y me tiré en la cama sin poder reprimir más las lágrimas y lloré para ver si con mis lágrimas se me iba de la retina la imagen de un hombre alto y rubio que nunca volvería a ver, para ver si mis lágrimas limpiaban mi mala conciencia, para ver si mis lágrimas conseguían que quisiese a Bill.