Todas/os conocemos el lenguaje que usa Lovino, así que ni les advierto. ;)


Capitulo 3: Para los jóvenes de espíritu*

P.d.v: Lovino

–¡Veeh! Lovi, deja ya de caminar por todos lados. Y baja el cigarrillo, va a quedar la comida con sabor feo –me dijo Feliciano. Pero no podía calmarme, simplemente no podía.

–¡No! Este pucho es lo único que evita que te ahorque con la puta pasta –grite. No sé porque me las agarro con él, pero es tan insoportable.

–Escúchame Lovi: Lo único que tenemos que hacer, es viajar hasta Roma y ofrecerles un mejor trato. Un poco mas de dinero, después los estafamos cuando terminen con el trabajo –¡Ja! Feliciano podía ser un maricón la mayoría del tiempo, pero sí que sabía pensar como italiano.

–O los apretamos y los mandamos a la mierda por no aceptar. De paso, les choreamos esos autos tan caros que tienen –sugerí. Me parecía una idea tan efectiva, pero siempre Feliciano me la tenía que cagar diciendo:

–Déjale la violencia a nuestros hombres, preocupémonos por cenar ahora, ¿Te parece? Después tengo que salir, así que es mejor que comamos temprano -…no esperaba eso. ¿Salir?

–¿A dónde tenés que ir? –pregunte.

–Voy a ver a Ludwig –fue todo lo que me dijo. ¿Por qué, de todas las personas con las que mi hermano se llevaba bien, tenía que ser ese bastardo nazi?

–¿Qué mierda hay entre vos y ese macho-patatas-nazi-enorme? –tengo que aprender a ser más sutil. Cómo si pudiera…

–Somos amigos. Salimos, comemos pasta, vamos al teatro. Para eso sirven los amigos, Lovi. ¿Prefieres que me quede todo el día en esta enorme mansión, como hacía antes de conocerlo? –preguntó. La respuesta a esa pregunta era un rotundo no: hay que admitir, que me dolía en el alma cuando Feli estaba en esa depresión Y todo por culpa de ese hijo de puta, ese pedazo de cobarde que lo dejó hecho mierda.

–Bueno… No. Estás mucho mejor que antes, cuando ese cobarde desapareció –podía haber seguido, pero Feliciano me interrumpió diciendo:

–Te dije que no lo llames cobarde. Es más: te dije que no lo nombres de ninguna manera –casi me lo grita. Pero podía escuchar su voz temblando.

–Esta bien. Solo te decía que estas mejor, cálmate ¿Querés? –le dije.

–No… Lovi, tenés razón: Si, Sacro fue un… es… un cobarde –sentenció de repente mi hermano. Si no fuera por mi orgullo, le daría un abrazo y le diría "Sos más fuerte que todo esto" pero no puedo. Simplemente no puedo.

La realidad se puso dura cuando ambos heredamos la Camorra**. Antes vivíamos la buena vida, pero el abuelo Roma falleció, y desde entonces Feli y yo nos tuvimos que encargar de… bueno, de toda Campania, además de casi todos los puertos de Italia y el Mediterráneo.

Pero es un negocio de familia: siglos y siglos, extorsionando gente, afanando en los puertos…

Por un tiempo pensaron que no volveríamos, pero el abuelo Roma lo logró, reunió de vuelta a los camorristas, y dominamos todo. No quiero decepcionarlo.

Mis reflexiones se vieron interrumpidas cuando de repente… suena nuestro timbre.

–Feliciano… decime que no es el alemán –lo amenacé.

–No es posible, él no sabe donde vivimos –me informó

–Entonces es mejor que vaya a ver quien carajo esta jodiendo en nuestra casa –con eso dicho, fui hasta nuestro portero eléctrico a preguntarle a nuestro portero/patovica quien estaba en la puerta.

Lo que escuché creo que no me lo olvido más: "El Pirata se encuentra. Trae a otros tres hombres con el."

Antonio… Antonio… No… ¿Qué hago? Le digo que no puede entrar, que si no se va, lo voy a… ¡Conferencia! questo non può accarde, non ora.***

–Déjalos pasar –dije, casi por instinto –Feliciano, tenemos visitas.

–¿Qué? –pregunto, poniéndose un poco serio.

Justo cuando iba a contestar, se escucha a alguien tocando la puerta. Ante eso, Feliciano sale rápido de la cocina, y va a fijarse por la mirilla a ver quién es. Como suponía, se formó una sonrisa enorme en su rostro y apenas abrió la puerta se lanzó a los brazos de Antonio, diciendo:

Mio Dio****, ¡Antonio!

–¡Feli! Te extrañé amigo –dijo el bastardo. Ya ni recordaba su voz… Bueno, eso es mentira, su voz es difícil de olvidar. Decidí mirar esta escena desde cierta distancia.

–Por favor, pasen –dijo mi hermano. Y vi como tres rubios entraban a mi casa, junto con Antonio. A uno de ellos sí lo reconocí: trabajamos con ese francés por un año, pero después, el pervertido y alcohólico desapareció de nuestras vidas… al igual que Antonio (hasta ahora, claro).

–Bueno, los presento: Este es Arthur, "El Caballero" –se refería al más bajo, con enormes cejas y ojos verdes. Usaba un traje gris y negro, sin corbata y un sombrero. Le estrechó la mano a mi hermano y le dijo:

–Un placer –placer tus pelotas.

–Este es Alfred Jones –anunció de vuelta Antonio, esta vez hablando del más alto: un tipo de hombros anchos, cabello rubio más oscuro que el de los otros, ojos azules atrás de unos anteojos de marco fino, y estaba vestido como un adolescente. El también le estrechó la mano a mi hermano y dijo:

–What's up? –La puta madre que lo re mil parió… un gringo.

–Y supongo que recuerdas a Francis –concluyó Antonio

–¿Cómo olvidarlo? –dijo mi hermano, y le dio un abrazo a ese bastardo del vino.

Yo no intervine en toda la escena, hasta que Antonio clavó sus ojos verdes en los míos. Le sostuve la mirada por lo que parecieron dos siglos y medio, hasta que me dijo con un tono un poco más cansado:

–Hola Lovino -¿Qué? ¿Eso es lo único que me dice después de tres putos años de ausencia?

–¿Qué mierda haces acá? –pregunté. Me acerqué a él un poco más para poder seguir mirándolo a los ojos.

–No cambiaste nada –dicho esto, hizo algo que me dio un ataque de nervios, (esa es la única explicación de por qué me sonrojé): agarró mi muñeca derecha para levantar mi mano. Todavía tenía el cigarrillo entre los dedos, él usó mis estos para sostenerlo y fumar una bocanada, acariciándolos ligeramente con sus labios, siempre mirándome a los ojos mientras el humo salía por su boca.

–Sos un enfermo –dije, y me aparté de él lo más bruscamente – encima, venís a mi casa, traés a ese francés del demonio, un inglés y un yanqui, y te fumás mi pucho.

Muchachos, este es Lovino –dijo sonriendo muy alegremente, mirando a sus nuevos compañeros.

El gringo me hizo un saludo con la cabeza, el inglés levanto sus dedos índice y anular, haciendo algo parecido al símbolo de la paz.

–Ningún tipo de gestos de esa manera bajo mi techo –le espeté.

–Escúchame, veo que tienes problemas con Antonio –me dijo Arthur- pero estamos aquí por negocios. Creo que te va a interesar saber que tienes competencia en los puertos. Por lo que me enteré, Camorra se especializa en piratería.

–¿De qué hablas? –preguntó Feliciano.

El gringo saca un boceto de su bolsillo y se lo pasa a Feliciano. Lo que vi me dio susto: la generalmente alegre cara de mi hermano se convierte en una seria y de un poco de rabia. Me mira y me dice:

–No puede ser Lovi, están en todas partes –dicho esto me pasa el boceto.

Mierda. El puto tatuaje de la puta espada de puño filoso. Nuestros hombres ya nos informaron de esto: en Sicilia empezaron a aparecer hace como seis meses, y fueron subiendo hasta nuestro territorio. Uno sabe que están ahí, pero no se los encuentra. Literalmente.

Me acerqué al yanqui y al británico y agarré a ambos por las camisas para atraer un poco sus caras a las mías, gritando:

–¿¡Cómo mierda consiguieron esto!

Siento como cuatro brazos (que son los de Feliciano y Antonio) me alejan de esos dos angloparlantes. Antonio me da vuelta y me agarra de los hombros, diciéndome:

–Lovino, hombre: ¡Cálmate! Por esto vinimos.

–¿¡Qué!

–Tenemos que discutir esto. Es obvio que tienen idea de lo que significa esto. Ahora, Lovino… Lovino, tenemos mucho que discutir tú y yo, pero esto es más importante.

–Esta bien, hablen –ordené.

Nos empezaron a contar como es que llegaron a encontrarse los cuatro juntos: el francés tuvo conflicto en el Puerto de Marsella, a Antonio le robaron un cargamento de prostitutas.

Cuando Alfred contó su historia y la de su esposa, comprendí por qué Arthur decidió acompañarlo: ver a tu esposa ser secuestrada por unos hombres desconocidos, debe ser un golpe en el alma. Mi hermano, después de la historia del yanqui, dijo "ahora vuelvo" y salió para ocultar sus lágrimas. Volvió cinco minutos después. Entre todas estas narraciones, me fumé como dos cigarrillos, y Antonio como cuatro.

–Seguís fumando como una chimenea, Pirata –dije.

–Qué puedo decir, tú me pegaste el hábito -contestó. Eso es cierto: él no fumaba hasta hace tres años, cuando nos conocimos por primera vez.

–Pero vos llevas los hábitos al extremo.

–¿Debería controlarme? –preguntó mirándome fijo a los ojos, mientras sonreía maliciosamente… qué bastardo.

–Sí –contesté. Nos quedamos mirándonos a los ojos de vuelta, hasta que el francés interrumpió diciendo:

–Bueno… tenemos cosas que hacer… -su tono era incómodo, pero se notaba que le divertía la situación.

Corté este espantoso contacto visual y miré a Feliciano. Tenía cara de preocupado, pero no se dé qué. Cuando levanto la mirada, me hizo una seña de afirmación, con el semblante decidido.

Lo que hago por el poder.

–Aceptamos –dije casi suspirando.

La sonrisa de Antonio no cambió para nada en estos tres años.

–De acuerdo, hay que empezar a planear las cosas –dijo Alfred.

–Solo, me esperan un segundo que tengo que hacer una llamada –ese fue Feliciano, que agarró el teléfono y se fue a la cocina, pero todos escuchamos como le decía a Ludwig: "Lo siento, voy a tener que cancelar, algo surgió" "Ludwig, voy a estar bien, me preocupas un poco más tu" "Nos hablamos amigo, ¡Veeh!". Cuando volvió estaba un poco molesto, pero de todos modos dijo:

–Manos a la obra.


Pasamos toda la noche planeando como iba a ser la cosa: en la mesa había un mapa de la zona de contenedores del puerto, que es donde nos vamos a instalar y buscar a estos hombres. Es una zona estratégica, porque es un buen escondite y de paso, podemos buscar si hay contenedores con contenido "no aceptable" como me gusta llamarlo.

–Tenemos nuestros hombres armados en todas las entradas, y otros más vigilando la llegada de los barcos. Nosotros vamos a estar esperando dentro de la zona de contenedores, tenemos que dividirnos –dijo Alfred, que a pesar de que era una idea razonable, no me gusta que se le dé por actuar como un héroe o algo así.

–De acuerdo. Alfred, todavía no confió en ti –empezó el británico. Pero lo decía con un poco de humor –así que tú vienes conmigo. Podemos estar en la parte oeste del sector.

–Jaja, suena bien para mi, Artie –se burló el yanqui.

–No me digas Artie –le respondió el inglés. ¿Pero ese color en sus mejillas era un sonro…? Jódeme. Estos dos van a follar.

–Creo que yo voy con Feli, se nota que creciste mucho desde la última vez que te vi –dijo Francis. Mi sangre empezó a hervir de rabia. Me acerqué a Francis y le palmeé un hombro diciéndole:

–Le llegas a tocar un pelo a mi hermano, antes, durante o después de la puta misión, y vas a desear estar en el infierno mismo. ¿Capishi?

–Jaj, eres bravo Lovino –se burló Francis –estaremos en la parte central.

–Entonces, Lovi, eso nos deja solos tú y yo en la parte este –concluyó Antonio. Y me quise pegar un tiro.

Después de planear todo, nos repartimos las armas: cada uno tenía un par de Colt .45, Gold Cup, MK-IV*****, varios cargadores.

Me dio gracia cuando Arthur, le estaba explicando a Alfred, (aunque, por alguna razón lo estaba llamando "observador") cómo usar el arma, como cargarla y sostenerla. Cuando se la pasó al gringo, él la cargo a una muy buena velocidad y apuntó a su frente con una sonrisa pícara en los labios. A esto, Arthur, con unos movimientos increíblemente rápidos, alejó el brazo de Alfred de su frente, le hizo una llave, le apunto con el arma en la frente y le dijo al oído:

–Te falta práctica.

–De acuerdo, tú ganas Caballero –dijo Alfred riéndose.

–Tú no estás tan mal, ¿Dónde aprendiste a usar el arma? No me respondas que es porque eres un observador porque no me la creo –preguntó Arthur.

–No es el observador –respondió, riéndose un poco – apenas cumplí dieciocho me uní al tiro federal de Detroit.

–Ya, explíquennos: ¿Qué mierda es el observador? –interrumpí. No me importa si estaban tirándose onda, tenía que saber.

Se miraron por un segundo, y Arthur dijo:

–Les explicamos en el viaje al puerto.


El puerto a esta hora es francamente espeluznante. Encima en la zona de contenedores, donde es como un laberinto de caminos finos, donde no se sabe qué va a aparecer por una esquina.

Pero por lo demás, no hay señal de nada. Tal vez venir acá fue una pérdida de tiempo.

Hasta que vibra mi celular. Alessandro, uno de mis hombres que está vigilando la llegada de los barcos.

–¿Algo para informar? –pregunte.

–Si boss, hay un barco con contenedores a punto de atracar. Y según mi información, no se planeaba ningún barco arriband… -de repente, se cortó la comunicación.

–Antonio, vení para acá un segundo –dije llamando a Antonio, que estaba a unos diez metros míos.

–¿Qué sucede, Lovi? –pregunto acercándose.

–Dos cosas. Uno: hay un barco con contenedores que esta arribando ahora mismo, y no estaba planeado. Dos: como que a uno de mis hombres se le corto la comunic… -fui interrumpido por el sonido de un balazo desde el centro del sector… el centro…

–¡Feliciano! –grite, y salí corriendo a buscar a mi hermano.

Pero mientras corría por los contenedores, me encontré con un par de hombres con las caras tapadas, pero se les veía claramente el tatuaje de la espada en el cuello. Saque mi arma y me escondí en una esquina, para asomarme y dispararles. Muertos. Pero tenía que encontrar a mi hermano.

Cuando llegué al lugar donde se suponía que Feli y Francis estaban, encontré a otros tres enmascarados apuntándome directo al pecho.

Lo que hice fue muy simple: tire mi pistola al suelo y levante las manos, diciendo:

–Tranquilos muchachos, no estoy acá para matarlos –la razón por la que hice esto, fue porque podía ver claramente como Francis y Antonio les apuntaban a los tres por la espalda. En menos de dos segundos, los putos captores ya estaban arrodillándose para después caer al suelo. Muertos y sangrando.

Como una bala, recogí mi pistola del suelo y corrí por el camino estrecho hasta ellos.

-¡Lovi, a tu izquierda! –escuché a Antonio gritar. En un camino de mi izquierda, otro encapuchado se acercaba. Casi por instinto le disparé, pero una bala rozó por debajo de mi hombro.

–¡Francis! ¿Dónde mierda esta Feliciano? –pregunté al francés. Si no sabía dónde estaba mi hermano, gastaba todas mis balas en él.

–¡Atrás tuyo! –gritó y se dio vuelta para dispararle a mas hombres que se acercaban.

Me di vuelta y vi a mi hermano acercándose hacia mí, con su arma en mano. Pero con la pierna derecha sangrando y cojeando. No

–Corrí a buscarte Lovi –me dijo, aún sonriendo. ¿Cómo hacía para sonreír en un momento así?, solo Dios sabe. Y que lo bendiga por eso.

–¡Bastardo, yo estaba haciendo eso! Estás sangrando –no podía evitar gritar. Me odiaba a mi mismo en este momento.

–Estoy bien hermano, en serio. Todavía puedo disparar. Deberías agradecer a Alfred. El disparó a uno de ellos que estaba a punto de darme –dijo Feli.

–¿Dónde están? –preguntó acercándose Francis. Estaba todo transpirado, pero parecía que tenía un pico de adrenalina. Antonio salió de la nada por un pasillo a nuestra derecha. Por un segundo nos apuntó, pero cuando se dio cuenta de quienes somos, bajo el arma al instante.

–No muy lejos. Él y Arthur lograron bajar a varios. Tenemos que buscarlos –respondió Feli.

–¡No podes caminar así! –volví a gritar.

–No puedo correr, pero si caminar. Si me quedo parado justo aquí me pegan un tiro –dijo Feliciano. Como odio cuando mi hermano menor tiene razón.

–Lovino, yo le cubro la espalda. Solo, busquen a los demás –dijo Francis. Yo asentí con la cabeza en forma de agradecimiento y salí corriendo con Antonio.

Los encontramos al doblar en una esquina. Mas que encontrarnos, chocamos con ellos. Los cuatro nos apuntamos con las armas, hasta que vimos que somos nosotros y ningún encapuchado. La poca iluminación hacia que fuera más difícil reconocer quien es quien-.

–¿Cómo está tu hermano? –preguntó Alfred. Se notaba que estaba inquieto, pero parecía estar en control.

–Rengo, pero gracias por salvarlo –primera y última vez que le agradezco al gringo.

No me pudo contestar porque alguien se acercaba por el pasillo de mi izquierda, y los cuatro nos dimos vuelta prácticamente sincronizada para apuntar.

Pero no era ningún encapuchado, ni Francis ni Feliciano. Era una bambina de más o menos 15 años. Tenía el pelo rubio oscuro. Era alta, muy delgada, tenía unas grandes ojeras debajo de sus enormes ojos oscuros. Pero estaba activa y alerta. Tenía una expresión fuerte.

Cuando nos vio apuntándole, levanto las manos. Todos al instante bajamos nuestras pistolas, un poco confundidos.

Pero logre ver como Arthur levantaba un poco sus brazos en muestra de que no vamos a lastimarla.

Ella se apoyo contra uno de los contenedores. La verdad, supuse que era italiana, por los rasgos y el tono de piel.

Parli italiano?***** -pregunté.

–No. Spanish and English –respondió. Tenía un acento parecido al de Antonio. Antes de que uno de nosotros pudiera hablar, logre ver como otro encapuchado, se acercaba por detrás de la bambina. Ella también se dio cuenta porque antes de que el hombre pudiera disparar, le pego un codazo en el hígado y una patada en las bolas. Esa clase de dolor lo hizo soltar el arma, que ella agarró.

–¿Quiénes son? –preguntó en ingles.

–¿Quién eres tú? –fue la respuesta de Arthur.

Nos miro un segundo, pero decidió contestarnos:

–Paz. Paz Lezama. ¡Guarda! –gritó. Antonio y yo nos dimos vuelta para dispararles a unos encapuchados que se acercaban detrás de nosotros. Ya es hora de irnos.

–¡Tenemos que rajar ya de acá! Creo que no bajaron ni a la mitad ¿En qué ciudad estamos? – preguntó ella.

–Nápoles –contesté.

–¿Quiénes son estos hombres? –escuché preguntar a Alfred.

–Ahora tenemos que correr, después platicamos ¿Les parece? –fue la respuesta que dio, antes de darse vuelta para empezar a correr.

–Ah no, tu vienes con nosotros –dijo Antonio en español mientras la quiso agarrar por un hombro. Pero ella, subconscientemente, lo movió para atrás. No hacía falta ser un genio para saber lo que eso significa: fue víctima de alguna clase de violencia.

–Esto es una mierda –respondió ella, pero parece que aceptó a venir con nosotros. Tal vez porque no tenía opción, pero era lo mejor para ella.

–Voy a buscar a Feliciano y a Francis, ustedes tres corran a los autos, y traten de reunir a la mayor cantidad de nuestros hombres posible –dije. Pero antes de darme vuelta, Antonio me agarra del brazo y me dice:

–Lovino… no… -lo interrumpí diciendo:

–Corre a los autos Antonio. Te necesito vivo. El que va a matarte soy yo… después.


Por suerte, encontré a Francis y a Feli rápido. Dijeron que lograron bajar a todos los que pudieron, y se pusieron a buscarnos. Además de la bala en la pierna de mi hermano, Francis tenía un pequeño corte en la sien, la sangre le iba cayendo por el costado de su cara. Pero cuando le pregunte como se había hecho ese corte, me respondió: "Uno de ellos se le ocurrió llevar un cuchillo a un tiroteo."

Corrimos lo mejor que pudimos, más o menos cargando a Feli y vigilando en cada esquina. Pero solo encontramos a uno. Parecía que habíamos terminado con varios.

Llegamos al auto, por milagro del Señor en mi opinión.


–¿Cómo mierda eran tantos? –grité.

Hace como tres horas que volvimos a la mansión. En esas tres horas, llamamos a un médico para que le saque la bala a Feliciano de la pierna. Era un doctor amigo que siempre se encargo de los daños de esta familia, a cambio de una alta suma de plata. Nunca abrió la boca, y ahora la pierna de Feli está mejor. Es una pena que no hubiese pasado eso con el cáncer de pulmón del Abuelo Roma.

–No puedo creer que lograran atracar en el puerto, y nosotros acá tratando de sobrevivir –dijo Alfred. Entiendo su furia: a este paso él nunca va a encontrar a su esposa.

–Muchachos, tenemos una ventaja y un problema al mismo tiempo –dijo Antonio, con un tono serio y preocupado.

Todos miramos a nuestro sofá.

Ahí estaba Paz Lezama. No dijo nada en todo el viaje, y creemos que se desmayó (del trauma, quizás) al llegar a la mansión. Pero nos enteramos de que tiene catorce años y que es de Buenos Aires, Argentina. Estaba plácidamente dormida, con una manta sobre ella.

Con mejor iluminación, nos dimos cuenta de que tenía lastimaduras en las manos y moretones en el cuello.


*Referencia al capítulo 2x11 de la serie Mad Men-

**Familia Mafiosa que se encontraba en Campania, Italia.

*** "Esto no puede estar pasando, no ahora"

**** "Dios mio"

***** Una pistola (busquen en google imágenes) (yo la encontré en Wikipedia)


Ya conocieron a los seis, y van a conocer a la joven Paz. Esperen por lo que se viene.

-Gracias a mi Maestra Jedi, mentora y mi Beta, Lorena Malfoy (lean gente, lean sus fics), por corregir mis boludeces y darme ideas- :D

-Dejen kilos y kilos virtuales en reviews, muero por saber lo que piensan de este fic-

Este fandom me fascina. Desde ya, gracias!