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Secretary
El hombre, que parecía una morsa con traje, alternaba su mirada del currículum a la candidata y viceversa. Tras un buen rato en silencio, dejó el papel sobre la mesa y habló al fin.
―Señorita Chang. No tiene usted residencia fija. No tiene usted teléfono. Ni cuenta bancaria. Por no tener, no tiene ni número de la Seguridad Social, tan necesario ¿Por qué espera que vaya a contratarle para el puesto de secretaria?
Cho sonrió al señor Vernon, el director de la fábrica de taladors Grunnings.
―Porque… ¿sé servir un buen café?
Vernon sonrió, aunque por mera cortesía.
―Me gusta el buen café por las mañanas, señorita Chang, pero también me gustan los informes bien redactados, la oficina bien ordenada, los mensajes bien entregados.
―Lo sé, lo sé. Y puedo hacer todo eso, señor Vernon ―contestó ella, convencida.
Vernon Dursley sonrió nuevamente.
―Dursley. Señor Dursley, por favor. Primera norma si quiere trabajar aquí. No soy Vernon, soy el señor Dursley. Cho se mantuvo callada. Recordó a Dudley, también apellidado igual. ¿Tendrían algo que ver? ―. Tres meses de prueba, señorita Chang. Al menor fallo, la despediré. Reúnase al final del día con Mildred de Recursos Humanos, quien le proporcionará todo lo que necesite.
―Genial… Es genial ¿Cuándo empiezo?
Vernon Dursley esbozó una sonrisa porcina.
―¿Qué tal ahora? Su mesa le espera fuera. Ya tiene esperándole una serie de informes que quiero que redacte. Pero antes, llame a esta persona para que venga a verme.
Le tendió un papel y, al instante, cogió el teléfono y marcó un número. En cuanto Cho salió, le oyó gritar.
Se sentó en su silla y abrió el papel. No esperaba encontrarse aquel nombre.
Mientras tanto, en otro lugar de la fábrica, un hombre alto y grandote trabajaba. O al menos, eso parecía que hacía.
―Vamos, chico, no te quedes dormido en tu puesto ―advirtió una mujer de unos cincuenta años.
―Mi padre es el jefe, Ellie, ¿crees que le importará si me quedo dormido o no?
De repente, se oyó un ruido por el megáfono de la fábrica.
―Eh… ¿Señor Dursley? ¿Dudley Dursley? El señor Dursley quiere verle, señor Dursley.
―No tienes que preguntar las cosas, limítate a llamarle.
El otro que había hablado era su padre. Ellie miró a Dudley.
―Bueno, parece que se te acabó el chollo.
Dudley la miró con desdén y se levantó de su mesa de trabajo. Caminó hasta las oficinas de la fábrica, hasta que llegó a la recepción del despacho de su padre. Y en cuanto entró…
―¿Cho?
―Hola, Dudley ―saludó Cho ―. ¿Quieres un café?
―¿Qué…? ¿Qué haces aquí? ―Dudley parecía confundido.
―Tenía una entrevista y tu padre me ha contratado ―contestó ella.
―Es… Es genial. Me alegro de que hayas encontrado un trabajo ―confesó Dudley.
Cho sonrió, complacida.
―Gracias, Dudley. Tu padre te está esperando.
Dudley sonrió antes de entrar, pero cuando ya estaba frente a su padre, la sonrisa se le había borrado de la cara.
―Papá ―saludó él.
―Dudley, hola. Siéntate, por favor.
Dudley se sentó. Esperó a que su padre terminase de rellenar unos papeles y decidiese centrar su atención en él.
―Bueno, ¿qué quieres?
―Dime, ¿hablas con tu madre?
Dudley esperaba de todo menos eso. Esperaba que su padre le dijese que era un fracasado, que debería hacer algo con su vida. O que al menos debería centrarse más en su trabajo y no en el dichoso boxeo.
―¿Perdona? ―preguntó.
―Te he preguntado si hablas con tu madre, Dudley. Me ha dicho que lleva tiempo sin saber de ti.
―Bueno, será porque los últimos años no ha querido saber nada, ¿no crees?
Su padre se le quedó mirando seriamente.
―Ve a ver a tu madre. Es una orden.
Dudley rió.
―Ya no tengo doce años, papá. Ya no puedes darme órdenes. Y lo siento, pero esta noche tengo un combate. Adiós.
Se levantó bruscamente y se dirigió hacia la puerta, pero su padre habló por última vez.
―No, ya no eres un maldito crío consentido y malcrido, Dudley ―el aludido se dio la vuelta y miró a su padre furioso ―. Ve a hablar con tu madre… Por favor.
Aquella súplica le sonó diferente a Dudley, como si hubiese algo que él no supiese y que, a la vez, preocupase bastante a su padre. Sin embargo, no dijo nada más, así que abrió la puerta y se marchó. Pasó delante de Cho, pero tampoco dijo nada.
―Adiós, Dudley.
―Esto… Sí. Adiós, Cho ―se dispuso a irse, pero se detuvo en el último momento ―. ¿Ya tienes teléfono?
―¿Eh? No, aún no.
―Bueno, entonces aprovecharé el momento. Esta noche tengo un combate, ¿quieres venir?
Cho sonrió.
―Me encantaría, Dudley. Llevaré a mi amiga Marietta conmigo.
―Genial, a Piers le encantará ―los dos se rieron ―. Es en el pub York's, a las nueve de la noche.
―Allí estaremos.
Dudley sonrió, feliz.
―Genial, te veré allí. Espero que apuestes por mí.
Y dicho esto, se marchó. La petición de su padre de ir a ver a su madre había quedado en un segundo plano.
Por la noche, Dudley se encontraba en el York's, mirando a través de una cortina, desde una habitación interior.
―¿Se puede saber qué estás buscando? ―quiso saber Piers.
―¿Eh? Oh, nada. Bueno, ¿te acuerdas de Cho?
―¿La chica que conocimos tras nuestro último combate? Sí, la recuerdo.
―Ha conseguido un trabajo de secretaría en la empresa de mi padre, así que le he invitado al combate.
―¿En serio? Tío, Big D, creo que estás muy interesado en esa chica, pero me parece que no conseguirás nada ―confesó Piers.
―Su amiga Marietta también vendrá, seguramente.
―Aunque claro, nunca hay que cerrarse al amor, ¿no crees?
Dudley rió. Apareció entonces el dueño del bar para decirles que el combate iba a empezar. Dudley y Piers salieron. Justo cuando Dudley llegó al ring, vio que Cho, acompañada de su amiga Marietta, había llegado. Al rato, gracias a la presencia de Cho, Dudley había conseguido ganar el combate.
Al rato, Piers y él se sentaron en la mesa donde estaban Cho y Marietta. Cho sonrió al ver a Dudley, pero Marietta se apartó todo lo posible de Piers.
―Hola, me alegro de que hayáis venido ―confesó Dudley.
―Y yo ―sonrió Cho ―. Un gran combate, me lo he pasado muy bien.
Dudley sonrió a su vez.
―Gracias.
Marietta se les quedó mirando.
―Esto… Vaya, he recordado que tengo que irme. Os dejo solos, parejita ―esbozó una sonrisa sarcástica que hizo que tanto Dudley como Cho se ruborizasen. Piers, por su parte, siguió a Marietta ―. Ni te acerques ―advirtió ella.
Piers se quedó de pie mientras veía como Marietta se marchaba. Se dio la vuelta y miró a Dudley y a Cho.
―La tengo en el bote… Bueno, yo también os dejaré solos, voy a hablar con David, el dueño, a ver si puede programarnos otro combate. Hasta la vista, Cho.
―Adiós, Piers.
En cuanto se fue, ambos se rieron.
―¿Crees que tienen alguna posibilidad? ―quiso saber Cho, curiosa a la vez que bromista.
―¿Piers y tu amiga? Ni en sueños. Y no lo digo por ella, porque no la conozco mucho, pero Piers es incompatible con las mujeres. Amén de que tu amiga es bastante sensata.
Se rieron de nuevo.
―¿Quieres salir a dar un paseo? Aquí el aire está muy viciado ―propuso Cho.
―Me encantaría.
Al rato, los dos paseaban por las calles de Londres, charlando animadamente.
―Dime, ¿por qué te ha llamado tu padre hoy? Si se puede saber… ―preguntó Cho.
―Oh, sí. No te preocupes, no es nada. Mi padre quiere que vaya a ver a mi madre, pero yo no tengo ganas.
―¿Por qué? En fin, es tu madre ―Cho no era capaz de entenderlo.
―Eh… Déjalo, tenemos una relación larga y complicada.
―Bueno, puedes contármelo si quieres ―Cho sonrió mientras miraba fijamente a Dudley.
Este suspiró mientras sacaba las manos de los bolsillos de su chaqueta.
―Soy hijo único. Y cuando era pequeño, mis padre pusieron todas sus esperanzas en mí, confiando en que yo fuese alguien algún día. Que me hiciese un camino en la vida. Seguramente esperaban que heredaría la empresa de mi padre, que la dirigiría, pero… Cuando estaba en el instituto me metí en el club de boxeo, me hice un nombre. Y cuando alcancé la mayoría de edad, vine aquí, a Londres, donde estoy metido con Piers en los combates nocturnos. Lo cierto es que no gano mucho, así que mi madre le pidió a mi padre que me contratase en Grunnings, pero él me puso en un puesto estúpido y horrible. Pero bueno, mi vida es esta. Mi madre creía que yo recapacitaría, que encauzaría mi vida, pero no ha sido así. Y ahora no nos hablamos.
Respiró al fin.
―Vaya… ¿Y por eso no quieres hablar con tu madre?
―No creo que sea algo importante ―Dudley desdeñó cualquier posibilidad.
―Si tu padre te ha pedido que hables con ella… es que algo importante habrá.
Dudley se quedó pensativo. Tras acompañar a Cho hasta su casa, volvió a la suya. Piers ya había llegado, pero estaba en su habitación. Dudley se quedó un momento en mitad de su salón, hasta que se dio la vuelta y salió de nuevo. Al rato, estaba en una calle residencial. Llamó a un timbre. Un hombre abrió la puerta. Llevaba una bata puesta.
―Dudley, así que has venido.
―¿Está mamá?
―Es tarde, pero aún está despierta. Ya sabes que le gusta quedarse levantada para limpiar. Adelante.
Dudley entró en la casa de su infancia. Caminó hasta la cocina, donde estaba su madre, sacando brillo a la encimera.
―Hola, mamá.
―Dudley… ―alcanzó a decir su madre.
―Os dejaré solos.
Su padre se marchó arriba. Su madre dejó el trapo doblado sobre la mesa.
―¿Quieres un poco de tarta de chocolate? Es tu favorita. Hoy la he hecho sabiendo que vendrías.
Dudley se encogió de hombros.
―Sí, claro ―lo cierto es que tenía hambre.
Su madre le sirvió un buen pedazo, como había hecho toda su vida. A decir verdad, Dudley se cuidaba de comer bien, puesto que tenía que hacer mucho ejercicio. Pero era tarta de chocolate de su madre, no podía resistirse. Acabó engullendo la tarta, pero se opuso que le sirviese más.
―¿Está todo bien? ―quiso saber ella.
―Bueno, sigo con los combates y el trabajo en la empresa de papá paga las facturas, así que sí, estoy bien.
―Me alegra oír eso. Y me alegro de que hayas venido, hijo.
―Ya… Mamá, ¿qué pasa? En fin, he venido porque… papá parecía preocupado esta mañana ―bien mirado, Dudley quería irse ya de allí. Aquella casa le traía malos recuerdos, aunque otros eran buenos.
Petunia Dursley bajó la mirada. Al instante la levantó de nuevo mientras hacía verdaderos esfuerzos por reprimir unas lágrimas que luchaban por salir de sus ojos.
―Dudley… Tengo cáncer.
