Disclaimer: Fullmetal Alchemist y sus personajes son propiedad de Hiromu Arakawa
Hola, gracias por entrar n.n
Siguiente entrega y siguiente motivo, espero que les guste. Saludos para Hist, me alegra que la historia sea de tu agrado, sos muy generosa en tus apreciaciones. Muchas gracias por leer y comentar n.n
Disculpen por los posibles fallos que puedan encontrar y gracias por leer :D
Proyecto: Cien drabbles por cien historias
Pareja: Roy/Riza
Motivo: Cosas para hacer
V
Las cosas que deberías hacer
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El parque sigue ocupando el mismo sitio desde la fundación de la ciudad, pensó Riza, observando en torno suyo con una pacífica sonrisa en el rostro. La visión del verde de los árboles y de las plantas, salpicado de los diversos colores de las flores que crecían aquí y allá, le brindó una sensación de bienestar que hacía tiempo no experimentaba.
Había sido una buena idea recalar allí, descansar de la urbe y desconectarse un poco de la institución militar. Aunque aún vestía uniforme, podía gozar de la gloria de un instante de recreación demasiadas veces postergado.
Excepto que la idea había venido de Roy.
-¿Disfrutando del paisaje, capitán? –la abordó él al regresar de una vuelta dedicada a "respirar", según sus palabras.
-Y del aire fresco –admitió ella-. No lo arruine, ¿quiere?
Roy se llevó una mano al pecho con ademán compungido.
-Oh, Hawkeye, ¡con lo que me gusta arruinarte las cosas!
Ella se lo temía.
-¿Y se puede saber qué estratagema ha pergeñado esta vez su testarudo cerebro?
-¿Aparte de "arruinar" tus momentos de armonía para sustraerte de esa zona de confort que tanto te empeñas en cuidar? Déjame ver… Seguir vapuleándote hasta que comprendas que conmigo estarás aún mejor.
-Señor…
Él la detuvo con una mano en alto.
-Aunque por el momento me conformaré con tomarnos una fotografía.
Eso sí que la tomó por sorpresa.
-¿Una fotografía?
-Así es. Para eso te traje aquí.
-En horas de trabajo.
-Como general puedo tomarme esas libertades.
-Y yo me veo en la obligación de reprenderlo.
-Te encanta ponerte en ese rol, ¿verdad?
-Usted mismo se encarga de eso –repuso Riza, ceñuda-. ¿Qué debería hacer entonces?
Roy suspiró con cansancio. La joven no tenía remedio.
-Deberías hacer algo tan sencillo como aceptar –dijo con paciencia, mirándola fijamente a los ojos-. Tan sólo se me ocurrió que podríamos tomarnos una hora, una maldita hora, para descansar y encontrarnos en otro lugar, y he pensado en sacarnos una fotografía para detener al menos un efímero instante de serenidad compartida. Lo que debes hacer es a-cep-tar, Hawkeye –repitió.
Riza se encontró desarmada. Cierto. Por sobre todas las cosas, las cosas de siempre y las cosas nuevas, estaban unidos por un vínculo que jamás podría romperse, ni por la costumbre ni por los avatares que modificasen sus sentimientos. Se sintió una tonta por haberlo subestimado.
-Lo siento –musitó.
Roy le sonrió, restándole importancia.
-A cambio de tu disculpa, como mi subordinada deberías hacer lo que te he pedido –bromeó, y le gratificó volver a verle la sonrisa que sin intención de su parte le había borrado-. En realidad, me gustaría mucho que lo hicieras.
Riza cedió sin más. Recurrieron al fotógrafo del parque y plasmaron su imagen, dispuestos e íntimamente emocionados. Aunque saliesen en uniforme, ellos eran tantas cosas juntos que, en el futuro, cada vez que se topasen con esa fotografía jamás podrían definir qué habían sido en ese momento preciso.
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VI
Las cosas que deberías hacer tú
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-Creí que no llegaríamos nunca.
-Lo siento, señor, este trasto ya no da para más –se disculpó Breda, refiriéndose al automóvil que los transportaba-. Tendré que llevarlo al mecánico.
-Aunque lo hagas, no habrá mucho que recomponer –repuso el general Mustang, sardónico.
A Breda no le gustó la observación y se lo hizo saber sin reparos.
-Hubiera venido entonces en el vehículo oficial. ¿Por qué insiste siempre en venir con nosotros? Termina convirtiéndose en una molestia.
-Porque es más entretenido.
El oficial hizo una mueca y le abrió la puerta para que bajara. A continuación le abrió la puerta a Riza, con quien intercambió una mirada de comprensión. El general era muy caprichoso cuando se trataba de asistir a esas celebraciones.
Ingresaron al enorme salón donde militares de todos los rangos se reunían en pequeños grupos para departir y disfrutar de una velada informal, idea del Führer. De vez en cuando tenía que darse la oportunidad de una noche de esparcimiento, el anciano consideraba que se lo merecían. Y ahí estaban, bebiendo e interactuando en franca camaradería.
Roy efectuó los saludos obligados y luego permaneció junto a Riza, poco dispuesto a prescindir de su compañía. Escaseaban las ocasiones para verla con un vestido puesto y por el cielo que la aprovecharía.
-Fue muy grosero con Breda, señor –lo regañó ella, que para su contrariedad nunca parecía estar a tono con sus pensamientos.
-No creo que Breda se ofenda por eso –dijo él, y bebió de su copa para disimular la decepción.
-Si entendió a qué me refería, entonces sabe perfectamente que estuvo mal.
-Sólo se trata de un automóvil.
-Se trata de herir los sentimientos de un amigo.
Mira quién habla de sentimientos heridos, pensó Roy con amargura.
-¿Y qué debería hacer? ¿Lo busco entre todas estas personas y le suplico perdón de rodillas?
A ella le costó entender ese nivel de sarcasmo. ¿Qué bicho le había picado? Para contrarrestarlo, optó por ser civilizada.
-Disculparse estará muy bien, pero también debería hacer una revisión concienzuda de su conducta y de sus palabras para hacerlo además con la sinceridad debida –respondió, tratando de descifrar aún qué diablos le ocurría-. Debería hacer que Breda comprenda que no tuvo intención de ofenderlo, y debería hacer que el malhumor que se trae desaparezca. A menos que pretenda terminar disculpándose con medio mundo.
Roy por fin coligió que se había dejado llevar por su insatisfacción. Quería ganarse la aceptación de Riza, pero por la vía del enojo jamás lo conseguiría, y lo sabía mejor que nadie. Se sintió un tonto pero, a la vez, reconfortado con su presencia. Ella siempre estaba ahí para salvarlo de tantas formas que le resultaría imposible enumerarlas.
Tal vez por eso estaba cada día más enamorado.
-¿Algo más? –preguntó con sonrisa contrita.
Ella se la retribuyó, aliviada de tenerlo de vuelta.
-Debería hacer que cambien la marca del licor de una buena vez –bromeó-. Estoy cansada de decirles que sabe a borra más que a gloria.
