No había tiempo para cuestionarse nada, para echarse atrás. Aspiro profundamente, y dijo con voz más seductora:

-Buenas noches, señor Uchiha.

El quedo inmóvil al verla materializarse en la oscuridad. Pero no era la inmovilidad del miedo, sino la de un pensamiento rápido y penetrante, preludio de la acción. El viento de la noche sacudió se capa corta que pendía de sus hombros, y ella vio que se había cambiado el disfraz por un traje de etiqueta. En una mano llevaba un bastón y un sombrero de copa.

Sasuke Uchiha oyó en sonido de su voz, esa voz que había asolado sus sueños a lo largo de mil noches de desvelo, y sintió que se le tensaban los músculos del estómago. No podía confundirla su silueta erguida y esbelta, ni la inclinación de su cabeza, allí en la penumbra. Había pocas cosas que decidieran a una mujer como Hinata Hyuga a abordar a un hombre como él, a esa hora de la noche. Y entre esas pocas cosas no se contaba la atracción hacia él ni el interés por su salud. Por sus venas circulo una mezcla explosiva de ira y deseo, combinados con un bochorno como no lo sentía desde los dieciséis años: el bochorno de ser descubierto al volver de una cita. Nadie, salvo esa mujer, era capaz de hacerle tomar tan vivida conciencia de sus defectos.

Cuando hablo, sus palabras restallaron como un látigo.

-Por todos los diablos, ¿Qué hace usted aquí?

Hinata se sobresaltó ante su vehemencia y la subyacente irritación de sus palabras. Miro por un largo instante aquellos ojos, insondables, negros como el fuerte café de los criollos, que, junto con su pelo escuro, su cara magra y su nariz aguileña, le daban el aspecto de un asceta español. Parecía a punto de volverle la espalda para desaparecer. ¿Dónde estaban Choji i Jugo? Dio un apresurado paso hacia adelante, alargando su mano hacia él.

-Sólo quería conversar con usted.

-¿Con que propósito? ¿La han enviado a suplicar por Sasori? ¿Ha venido a convérseme de que, siendo el menos valioso de los dos, debería echarme atrás?

La enfurecía esa capacidad de anticiparse a ella. Abandono toda pretensión y levanto la voz.

-¿Y si así fuera?

-Usted mejor que nadie debería saber que es inútil. ¿Cómo puede apelar a mis mejores instintos cuando esta tan segura de que no los tengo?

-Siempre cabe la posibilidad de que me equivoque.

Se arriesgó a mirar hacia atrás del hombre, pero no había señales de los dos a quienes esperaba.

-Tan fría, tan impertérrita... ¿que apostaría contra la posibilidad? ¿Qué puede jugar contra mi perdida del honor?

-El honor- dijo ella, con tono hiriente- es solo una palabra.

-Antes bien u concepto, muy similar a la dignidad o la castidad. Si usted no le da valor a uno, ¿significa eso que tampoco le interesan los otros?

-¿Qué quieres decir…?- comenzó ella.

Las palabras le fueron arrebatadas de los labios: él había alargado un brazo duro para rodarla por la cintura, atrayéndola hacia sí. Su boca descendió hacia la de ella con fuerza hiriente; los fuertes dedos de la otra mano te aprisionaron la cara, obligándola a aceptar el beso.

Ella emitió un quejido de inquietud, empuñándolo con sus manos, confinadas por los pliegues del manto. De pronto, la presión cedió. Los labios de Sasuke, cálidos y firmes, rozaron los de ella en una disculpa sin palabras: la punta de su lengua busco sus superficies sensibles, ardorosas. Con suavidad, busco la dulzura interior.

Hacía falta una distracción, y allí estaba. No se la podía dejar pasar. Hinata se obligó a relajar sus músculos tensos y dejo que sus labios se entreabrieran, puesto que eso parecía buscar él. La lengua del hombre, suavemente rugosa, se deslizo en su boca, tocando el frágil revestimiento interior. Ella aspiro profundamente, inundada de sensaciones. La languidez circulaba por sus venas. Su piel parecía arder con un fuego interno. Sentía cierta pesadez en la parte inferior de su cuerpo. El pensamiento consciente retrocedió con un suave murmullo, presiono contra él y busco su lengua con la propia, vacilante, tocando y retrocediendo para permitir un mayor acceso.

Sin previo aviso se oyó un golpe apagado. La cabeza de Sasuke salto hacia adelante. Hinata sintió un aguijonazo palpitante al partírsele el labio inferior y cayó hacia atrás, tambaleándose, perdió el equilibrio bajo el peso del hombre. Lo sujeto, con un grito estrangulado. Un instante después, Choji y Jugo liberaban de su peso, tirando de él hacia arriba.

Sasuke tenía la cabeza cauda hacia adelante, balanceándose sobre sus hombros; las largas piernas se doblaron a la altura de las rodillas. Una mancha reptante y negra en la penumbra, se extendía rápidamente en la blancura de la camisa y la corbata. El sombrero, de cachemira gris, y el bastón de ébano habían caído a la acera. El viento se apodero del sombrero, arrojándolo a la calle.

Hinata elevo a su boca una mano temblorosa.

-¿No esta muerto? ¿No lo habréis matado?

-Tal vez hayamos golpeado algo fuerte, considerando lo que estaba a punto de hacer- admitió Jugo, gruñendo.

Choji agrego su acuerdo.

-Sera mejor para el viaje. Es largo.

-Pero está sangrando mucho.

-Las heridas del cuero cabelludo siempre sangran mucho. Le quitaremos la camisa para hacer vendajes. Si usted sostiene la puerta, señorita, lo podremos dentro del carruaje antes que alguien pueda curiosear.

-Si.- Hinata dejo escapar un súbito suspiro estremecido, mirando en derredor-. Si.

Con más celeridad que cuidado, metieron a Sasuke Uchiha en el landó. Hinata subió también y cerró la portezuela. El vehículo se puso en movimiento con una sacudida, de modo tal que ella se vio arrojada contra su prisionero, que yacía en el asiento. En breve instante en que se apoyó en él, sintió la esbelta y dura masculinidad de su cuerpo. Apresuradamente, se apartó de él para arrodillarse a su lado. Deslizo su mano bajo la cabeza para ver la extensión de las heridas; la sangre caliente que caía por el pelo la lleno de remordimientos.

Su exceso de confianza había sido algo criminal. Habría debido tener en cuenta que no seria tan fácil secuestrar a un hombre y retenerlo prisionero. Su plan era simple: ella distraería a Sasuke un instante, para que Choji u Jugo lo aturdieran con un golpe. Después lo atarían de pies y manos, si hacía falta, para cargarlo en el coche, y todo estaría listo. Había resultado bien. Sin embargo, Hinata experimentaba poco placer por eso. Solo podía castigarse por no haber tenido en cuenta que las cosas podían resultar mal.

Choji viajaba en el interior del coche mientras Jugo ocupaba el pescante con el cochero. Choji la ayudo a quitarle la capa y la chaqueta. Hinata, con dedos fastidiosamente estremecidos desato la corbata y libero los gemelos de la camisa. Luego sostuvo contra si la silueta inerte en el vehículo bamboleante, mientras Choji le quitaba la camisa. Cuando acabaron de desgarrar la prenda para convertirla en vendajes, la sangre ya había manchado no sólo los asientos de cuero, sino también el manto de la muchacha y la pechera de su disfraz de india. Las heridas sangraban tan copiosamente que ella hizo detener el carruaje una o dos calles más adelante, a fin de que Jugo volviera a encender las lámparas, pues hacía falta buena luz para vendar la herida. Por fin, con la cabeza de Sasuke Uchiha sobre su regazo, para protegerlo de las sacudidas, continuaron la marcha hacia la noche.

El permanecía inmóvil, sin vida; su peso era algo inerte sobre los muslos de Hinata. Bajo el bronce de su piel, la cara estaba pálida. Era una cara fuerte, de frente ancha, gruesas pestañas oscuras y pómulos altos que descendían hacia las mejillas delgadas. Los ojos, bien hundidos en su órbita, estaban provistos de densas pestañas. Su boca era firme, de curvas sensuales, bordes cincelados y pequeñas arrugas gestuales en las comisuras, que suavizaban la severidad de aquellas facciones. Llevaba bien rasurado su cuadrado mentón, aunque se veía una leve sombra negro-azulada bajo la piel. El pelo cubierto por el grueso vendaje, lo llevaba corto, para evitar que sus densas ondas se convirtieran en rizos, aunque formaban anillos tras las orejas y en la nuca y caía sobre la frente.

¿Y si lo había matado? No parecía posible que un hombre tan poderoso y viril pudiera morir con tanta facilidad; sin embrago, había pocas heridas tan peligrosas como las de la cabeza. Y Hinata, por mucho que despreciara, no quería ser la causa de su muerte.

Introdujo la mano bajo su capa, con la que lo habían envuelto, y le busco el corazón. Latía con fuerte regularidad contra su palma y eso la tranquilizo. Su piel, tibia y dúctil, estaba cubierta de suave vello, levemente abrasivo bajo sus dedos. Cuando rozo con sus yemas una tetilla, retiro bruscamente la mano, sintiéndose tan culpable como si la hubiera sorprendido en un acto de promiscuidad. Si él moría, ella sería la culpable; la condenarían por asesinato, y podría considerarse afortunada si lograba evitar que ahorcaran a Choji y Jugo. Tener en sus manos la vida de tres hombres era devastador. Antes que vivir con ese peso por el resto de su existencia, tal vez fuera preferible sufrir la pena máxima.

Pero no debía pensar semejante cosas. La situación no era tan mala. Tenía a su prisionero e iba a camino de Beau Refuge. Bastaría con retenerlo durante algo más de veinticuatro horas y todo sería como en un principio.

Bajo una vez más la vista a la figura inmóvil sobre su regazo. Nunca había estado tan cerca de un hombre. Su padre, quien la había amado mucho, no era hombre demostrativo. Naruto, el perfecto caballero, no la había tocado más que para ayudarla a subir a un carruaje o bajar de el; ella nunca había podido saber si temía hacerle daño o asustarla, si tenía miedo a sus propias reacciones o si se contenía, simplemente, por respecto a las convenciones.

Tampoco la habían besado nunca como Sasuke. Las caricias de Naruto habían sido siempre breves, casi reverentes, llenas de cálido e ilimitado afecto, pero con poca pasión. A ella le parecieron siempre excitantes, hasta esa noche. Despreciaba a ese hombre casi hasta odiarlo; sin embargo, había entre ambos un vínculo peculiar. La perturbo comprenderlo así, pero no pudo dejar de preguntarse si Sasuke lo sentiría al despertar, y si, al sentirlo, lo aceptaría.

El viento, cada vez más potente, mecía el carruaje y sacudía las ramas de los árboles, filtrándose por las rendijas de puertas y ventanillas. Traía consigo un regusto a la lluvia. Muy lejos rodaban los truenos. Con un gruñido ominoso, el carruaje continuaba su marcha.

A medio camino se detuvieron para dar descanso a los caballos y permitirles beber ante una taberna. Los relámpagos destellaban en blanco fulgor, pero no podían quedarse a pasar la noche, aunque el anciano negro encargado del servicio hizo lo posible para persuadirlos.

-Se van a empapar. Dijo a los hombres sentados en el pescante, sacudiendo su cabeza canosa.

Ellos lo sabían, pero no había remedio. Se pusieron en marcha otra vez. Cinco kilómetros más adelante se inició la lluvia, con gotas pesadas y gordas, pero pronto se convirtió en un torrente, arrojado contra ellos por el viento frio que aumentaba la angustia.

Redujeron la marcha hasta un mero arrastrarse. El cochero, Lee, que había recorrido ese camino incontables veces, lo seguía por instinto, al escaso resplandor de las lámparas. Empapados, tiritando, siguieron el viaje a través de la noche.

La aurora fue acuosa y cubierta de nubes. Una lluvia ligera seguía picoteado incesantemente el techo del landó, cayendo con más fuerza cuando el vehículo pasaba bajo las ramas de los robles de follaje perenne. De pronto se oyó, desde el pescante, una poderosa palabrota que despertó a Choji de su segunda siesta. Ante una afligida señal de Hinata, el gigante abrió la pequeña ventanilla delantera, pregunto:

-¿Qué pasa?

Fue Jugo quien respondió, con densa voz de asco.

-Al pasar por debajo de ese último roble, un gran búho nos ha usado de escusado. ¡Buena cosa!

Choji aulló de risa. Hinata se mordió los labios tratando de no sonreír; la respuesta resultaba divertida al compararla con sus temores, aunque no tuviera nada de grato para los hombres.

Aún tenía un dejo de sonrisa en los labios cuando, pocos metros más adelante, el landó giro el camino de entrada a Beau Refuge.

Beau Refuge fue construida al estilo criollo, apto para el cálido clima de las Indias Occidentales, con sus tormentas de viento y sus fuertes lluvias. Era una edificación de dos plantas, cuyos aleros cubrían las galerías de la parte delantera y trasera. La planta inferior era de ladrillos protegidos con yeso. La superior, de ciprés blanqueando. Las galerías estaban sostenidas por columnas de ladrillos, con graciosas columnas breves, conectadas por una sólida barbadilla. Oculta tras los retorcidos robles, viejos ya cuando el primer francés había puesto el pie en el valle de Mississippi, la casa centelleada pálidamente a las primeras luces del alba.

Hinata hizo que el cochero se adelantara hasta la casa principal. Cuando Shizune, el ama de llaves, quien vivía en las buhardillas con su hijo Konohamaru, acudió al campanillazo de Choji, Hinata bajo para entrar. Poco rato después salió con un llavero y tras subir nuevamente al landó, indico al cochero que se dirigiera hacia los edificios detrás de la casa.

Más allá de varios cobertizos, graneros y gallineros, dejando atrás la pequeña iglesia y el dispensario, así como las cabañas de los esclavos, donde las chimeneas comenzaban a despedir humo, estaba el desmontadero de algodón.

Era un gran edificio de ciprés gris, cuadrado y sólido, al borde del campo abierto. Tenía una enorme entrada a cada lado, que ocupaba la mitad de su longitud. La máquina del interior, silenciosa, fría y centellante de aceite a esa altura del año, parecía un gran monstruo metálico en la penumbra, elevado hasta el altillo. La mayor parte de ese altillo se utilizaba para almacenar fardos de algodón hasta que eran llevados al rio en carros, para cargarlos en el vapor. Sin embargo, un extremo había sido separado con una pared, para formar un pequeño cuarto al que se llegaba por otra escalera. Allí había vivido el tío de Hinata durante algunos años.

El carruaje se detuvo ante la plataforma de carga, dentro del edificio abierto. Hinata se apeó y subió las escaleras para abrir la puerta del cuarto, mientras Choji y Jugo sacaban a Sasuke del coche.

Durante un momento, la muchacha miro en derredor: una vieja y descolorida edificación con pelusa de algodón adherida a las toscas tablas y colgando de las telarañas. El aire era húmedo y olía a semillas de algodón aplastadas, a aceite rancio, sudor y tierra mojada. No era un sitio donde a ella le hubiera gustado pasar mucho tiempo. No dejaba de ser una suerte que la forzaba estancia de Sasuke Uchiha fuera a durar sólo uno o dos días.

Los dos hombres, al maniobrar con la larga silueta de Sasuke, le golpearon contra el marco de la portezuela. El hombre inconsciente gruño con voz grave y ronca.

-Cuidado- advirtió Hinata inmediatamente, preocupada.

-Sí, señorita- respondieron los hombres al unísono, aunque ambos parecían aliviados al notar que su carga estaba con vida.

Con toda la suavidad de una niñera para con el recién nacido, llevaron al alto caballero hasta el descansillo, frente a la puerta de la habitación. Hinata colgó la llave en su viejo escondrijo, bajo una lámpara colgaba de su clavo, y empujo la puerta para precederlo hacia los pies para que se aireara.

Una luz gris y espesa se filtraba por las tres altas ventanas, sobre la cama, pero no alcanzaba a iluminar demasiado. Mientras Choji u Jugo ponían a Sasuke en el colchón, Hinata se acercó a encender la lámpara puesta sobre la mesa lateral, junto al hogar. Las cerillas estaban tan húmedas que gasto tres hasta que la mecha ardió con una intensa llama amarilla. La llevo hasta la cama y contemplo a su prisionero.

Estaba experimento una sensación de triunfo, pero sólo se sentía cansada y nerviosa. Además, mientras miraba a Sasuke Uchiha le asalto algo muy parecido a un remordimiento. Ese hombre inconsciente, completamente inmóvil, exudaba tanta potencia masculina que era una verdadera pena haberlo derribado con un ataque decididamente vil. Descarto esa momentánea sensación con una impaciente sacudida de su cabeza. No había remedio: él mismo se lo había buscado.

-Jugo- llamo por encima de su hombro-. ¿Podrías encender fuego? Después iras a la casa y ayudaras a Shizune y a sus hijos a traer mantas y sabanas para hacer la cama. También necesitamos agua para calentar, Choji, creo que no puede escapar por el momento, pero sería prudente que le pusieras el grillete.

-Muy prudente, señorita- respondió el hombre, entretanto recogía la cadena con su aro, enroscada en el suelo.

-Después- prosiguió ella- sería conveniente que descasarais un rato. Cuando estéis repuestos tomareis los caballos del establo para volver a Nueva Orleans. En esta situación, cualquier hombre sentiría deseos de venganza contra quienes le echaron la mano. Tal vez el señor Uchiha no sea de ellos, pero preferiría no correr el riego.

-¿Y usted, señorita? Si él se enoja con nosotros, mucho más se enojara con usted.

-Soy mujer, y él es un caballero. ¿Qué podría hacer?

Choji se limitó a mirarla fijamente. Hinata aparto la vista, consciente de que se estaba ruborizando.

-Me mantendré fuera de su alcance cuando despierte, podéis estar seguros. Pero comprendéis que no puedo dejarlo mientras no recobre el sentido. Soy responsable. Si a media mañana no ha reaccionado, tal vez mande a buscar a un médico.

-¿Cómo se las arreglará usted?

Ella hizo un breve ademan con una mano.

-No sé. Tal vez diga que encontramos a señor Uchiha a la vera del camino, o que cayó mientras inspeccionando la máquina de la desmontadora. Ya se me ocurrirá algo.

-Oh. ¿Y cuando Uchiha vuelva en sí?

-Entonces lo dejare solo y me limitare a enviar a alguien probablemente a Konohamaru, el hijo de Shizune, para que lo libere, hacia el mediodía de mañana. Por entonces ya no tendrá posibilidades de llegar al campo del honor.

-Tenga usted cuidado. Es un caballero, sí, pero…no del todo. ¿Comprende lo que quiero decir?

-Sí, comprendo. Y tendré cuidado.

Más tarde, cuando los dos hombres se hubieron ido, cuando el agua estuvo caliente y limpias las heridas de Sasuke, Hinata despidió al ama de llaves y a su hijo para sentarse junto a Sasuke.

Paso tiempo. El cielo estaba cubierto y amenazaba con nuevas lluvias, pero ya no hacía falta la lámpara. Hinata se levantó para apagarla, y al volver reparo en la sangre seca que aun manchaba la cara de Sasuke, su cuello y las puntas de su pelo. Por hacer algo, se encaramo en el costado de la cama y comenzó a lavarlo con suaves toques. Era sólo lo que hubiera hecho por un animal herido. No había contradicción, se dijo, en ese impulso de poner más cómodo a su enemigo. Su piel bronceada por el sol tenia tinte oliva legado de su linaje francés y español. Mientras lo limpiaba con el paño, Hinata dejo que su mente vagara hacia otros aspectos de su ascendencia.

La familia, los antecedentes familiares, el honor y la pureza de la sangre, eran el principal interés de casi todas las criollas. Muchas aseguraban descender de las sesenta files á cassette, las muchachas del arcón, así llamadas porque habían llevado a Luisiana sus ajuares, distribuidos por la compañía de las Indias, en pequeños baúles. Estas muchachas, casi todas huérfanas proveniente de buenas familia, habían sido cuidadosamente escogidas como esposas para hombres de carácter entre los primeros colonos. Tenían fama de ser piadosas y caritativas. Esposas fieles y madres abnegadas; esa reputación se prolongó a lo largo de tiempo.

Pero antes de las filles á la cassette habían llegado las muchachas de los correccionales, mujeres recogidas de las prisiones francesas para ser enviadas a Luisiana contra su voluntad, en el papel de esposas, a fin de que los hombres no corrieran tras las indias. Esas mujeres habían causado problemas desde un principio, se mostraban reacias a trabajar, buscapleitos, avaras, muchas veces inmorales y ansiosas sólo por volver a Francia. Con frecuencia se señalaba que, si bien las muchachas del arcón habían resultado extremadamente fecundas, a juzgar por el número de familias que de ella descendían, casi todas las muchachas de correccional, por extrañas coincidencias, debían de haber sido estériles, pues muy pocos decían descender de ellas. Sasuke Uchiha (mejor dicho, su padre) era uno de esos pocos.

Pero no solo por eso se pensaba que Sasuke no era trigo limpio. También se sabía que el padre, antes de morir, había pertenecido al culto de los románticos. Uchiha abandono la iglesia para convertirse en librepensador; pasaba el tiempo escribiendo novelas pobladas de fantasma y extrañas mujeres etéreas. Sus trabajos apenas le alcanzaban para comer; por eso había llevado a su esposa y a sus hijos al campo, obligándolos a vivir en una casa ruinosa, gracias a la caridad del señor Mimazake, viejo amigo, padre de Naruto, el prometido de Hinata.

En la plantación de Mimazake, Sasuke y Naruto se hicieron amigos, relación que se prolongó aun cuando, tras la muerte de Uchiha, su esposa prefirió retornar con su hijo a Nueva Orleans. La madre de Sasuke, mujer de práctica sangre española, no había declinado suavemente hacia una viudez perpetua, como indicaba la costumbre. Como ultima seña de la mala estirpe, tras un período indecente (apenas dos años de luto) volvió a contraer matrimonio con otro criollo español, un tal señor Madara, que era maestro de armas y tenía una sede donde enseñaba esgrima.

Según el código criollo, las únicas ocupaciones aceptables para un caballero eran las de médico, abogado o político. Se podía invertir en diversos negocios, pero no se trabajaba en ellos. El joven Uchiha, además de ser el mejor alumno de su padrastro, practicaba con frecuencia con los jóvenes que frecuentaban la sala de armas. Fue esa habilidad casi profesional lo que torno imperdonable, casi un asesinato, la muerte de Naruto en sus manos.

La mano de Sasuke molesto a Hinata en la cadera. La muchacha la tomo con intención de cruzársela sobre el pecho, pero se detuvo un momento, con sus dedos curvados alrededor de la palma. Era una mano bien formada, de largos dedos que sugerían fuerza y sensibilidad combinadas. ¿Cómo serían en la caricia?

Los dedos del hombre se movieron, cerrándose por un instante con firmeza, antes de volver a quedar laxos. Hinata se apresuró a dejarle la mano sobre el pecho y se retiró, respirando apenas. Un momento después, Sasuke emitió un suspiro y una queja sofocada. Pasaron largos segundos sin cambio alguno. Hinata se inclinó para seguir lavando la sangre de las sienes del hombre.

Poco a poco, Sasuke levanto sus pestañas para mirarla. Dejo que su mirada descansara en aquel nítido ovalo, en los labios entreabiertos y el perlado de los ojos. Con un gran esfuerzo, levanto sus dedos para tocarla en la mejilla. La imagen no se desvaneció, ella era algo vivo y real. Una arruga le unió las cejas.

-¿Hinata?- susurro.

Hinata quedo inmóvil, como alelada por una extraña compulsión. No. No debía sucumbir al sentimentalismo sólo porque Sasuke Uchiha estuviera herido. La culpa no era sólo de ella. Se levantó rápidamente.

En los ojos de Sasuke hubo una oscura marea de desolación antes de que sus parpados descendieran, cubriendo su expresión. Cuando volvió a levantarlos, su mirada era inexpresiva, cauta, más consciente. Miro a su alrededor, observo los detalles del cuarto. Por fin hablo en voz baja y abrupta.

-La desmotadora.

Hinata se volvió a mirarlo, sorprendida.

-¿Cómo lo sabe usted?

-Vine cierta vez, con Naruto, cuando éramos niños. Subimos por una escalerilla para mirar a su tío por la ventana.

-Sí, sí, así lo supongo.

Recordó, aunque había tratado de olvidarlo. Fue al año en que conoció a Naruto. Ese verano jugaron juntos los tres, junto con cinco o seis primos de Naruto que tenían aproximadamente la misma edad. Sasuke era levemente mayor, un niño de pelo escuro, delgado de piernas y brazos demasiado largos, pero se movía con gracia, sin esfuerzo, como una pantera a medio crecer. Ese agosto murió su padre y Hinata no volvió a verlo en varios años, aunque él y Naruto asistían a la misma escuela y mantenían la relación. Hubo algunas fiestas y bailes, durante su compromiso con Naruto, en que Sasuke hizo acto de presencia, pero en verdad no recibía muchas invitaciones.

-¿Sería demasiado preguntar como he llegado hasta aquí? Creo recordar haberla visto en la acera y…después, nada.

Ella lo observo durante un largo instante, tratando de descubrir si no mencionaba el beso por ahorrarle un bochorno o por haberlo olvidado. Sus nervios estaban tan tensos que esperaba verlos desgastarse, como sogas demasiado tirantes. Por fin dijo:

-Le he traído yo.

-Eso es bastante obvio. Lo que no llego a comprender es cómo.

-Lo deje inconsciente y lo puse en un carruaje.

-¿Usted?

El escepticismo de su voz la irrito.

-¿Tan imposible le parece?

-Imposible no, pero sí muy improbable. No importa. Aceptare que hubo cómplices, y hasta puedo adivinar quienes fueron.

-Lo dudo.

-A juzgar por el modo en que me duele la cabeza, fueron los herreros de su padre. Creo oído decir que gracias a usted están manumitidos y con trabajo en la cuidad.

-¿Cree usted que los implicaría en algo así?

-No creo que implicaría a nadie más.

-Está en libertad de pensar lo que le guste.

Después de todo, él no sabía nada y ella no hablaría.

-¿Aunque no esté en libertad de hacer otra cosa?

Los labios de Sasuke se curvaron en las comisuras, pero Hinata no cometió el error de confundir eso como una sonrisa. Lo miro de frente.

-Ya que ha reaccionado tal vez quiera un poco de coñac para el dolor de cabeza.

-Preferiría whisky, pero ahora no. ¿Por qué, Hinata?

-Puede imaginárselo, sin duda.

Ella se cruzó de brazos, en un gesto que reconoció y deploro como defensivo. Él la observaba cono ojos descoloridos.

-Cree poder impedir el duelo.

Hinata le sostuvo la mirada. Su voz era firme al responder.

-No creo: lo sé. Voy a impedirlo.

El enojo fue una llamarada blanca en la cara de Sasuke. Se incorporó sobre un codo, con una mueca de dolor.

-¿Cree poder comportarse como una marimacho el resto de su vida sin sufrir las consecuencias? ¿Qué es lo que pretende? ¿Arruinarse?

-¡Bueno está usted para dar lecciones!

-Mejor que nadie, pues sé de qué hablo. Hace años que observo su loca carrera. La he visto quebrar deliberadamente todas las normas de conducta aceptable para una dama; la he visto convertirse en granjera, sepultarse en esta plantación. Eso no sirve de nada: ¡no le devolverá a Naruto!

-¡No habría tenido ninguna necesidad de sepultarme si usted no hubiera matado a Naruto!

Por el rostro del hombre pasó el dolor. Su voz sonó grave, quebrada.

-¿No cree usted que lo sé?

-Entonces poco ha de sorprenderle que desee salvar a Murray Sasori del mismo destino.

-Esa es otra cuestión, totalmente distinta. Debo batirme con él.

-No, si yo puedo evitarlo. Y puedo.

Sus labios eran una línea firme. Lo fulminaba con la mirada. Él la sostuvo un largo instante, luego aparto las mantas y se levantó, sacando sus pies de la cama, con intención de incorporarse. Dio un paso y quedo pálido. Se tambaleo. La cadena sujeta a su tobillo le hizo perder el equilibrio y cayó a lo largo, estrellándose en la cama, que golpeo la pared. Su torso quedo sobre el colchón, Sasuke se sostuvo en él hasta poder sentarse en el suelo.

Hinata corrió hacia él y se arrodillo a su lado, alargando una mano para sujetarle el hombro.

-¿Se ha hecho daño?

Hasta aquí el capítulo.

Quiero agradecer a todas las personas que se han tomado el tiempo de leer esta historia, como también a las personas que han comentado.

Nos leemos pronto.