"Frío"
Ayer le mandé una carta a Frank, un viejo amigo de la familia, mi mejor amigo más bien. Me di cuenta ayer en la mañana que ya casi no había comida y la mujer que secuestré quizá llegue a enfermarse de gripa o algo así. El frío se cuela entre la pequeña ventana y también por la puerta de madera, aunque ambas estén bien cerradas. Incluso la cama llega a parecer muchas veces un témpano de hielo y no tengo más que una gabardina para tapar a la chica que hace que todo esto parezca un secuestro cruel.
Así que en la carta le pido a Frank que me traiga lo necesario para vivir unos siete meses más aquí.
-¿Qué hace?—me pregunta ella.
-Escribo una carta—le comento confiado.
-¿Frank, quién es Frank?—pregunta asomándose para leer lo que llevo escrito en el papel.
-Un viejo amigo, señorita—contesto concentrándome en las palabras que voy a escribirle a Iero.
-"Hasta" se escribe con "H" al inicio, señor Way—me dice y yo me sonrojo. Corrijo mi error y ella continúa—Quizá uno de mis libros le ayude a corregir esa ortografía que tiene, -me mira preocupada, al parecer se ha dado cuenta de que lo que ha dicho no es apropiado para iniciar una sana conversación—digo, no se enoje, señor Way. Su ortografía no es tan mala, solo se necesita perfeccionar un poquito. –y me sonríe.
-De acuerdo—le devuelvo el gesto algo apenado. Qué imbécil soy. Si yo sé que "hasta" va con ache.
-Le manda saludos a su amigo de mi parte.—me pide sin siquiera mirarme a la cara, casi como si me lo ordenara.
-De acuerdo—repito. Escribo "Abrazos de tu amigo G. Por cierto la señorita…" y entonces hago una pausa y la miro—Perdone, ¿cómo se llama?
-¿Qué?—dice ella alarmada, como si le hubiera hecho una propuesta indecorosa se indigna.
-Que cómo se llama. No puedo mandarle saludos a mi amigo de su parte si no sé su nombre.
-Ah—ella piensa un momento mirando al suelo—Pues yo soy…-Me mira desconfiada—Me apellido Lee.—balbucea ella, como si no estuviera segura de su propio nombre.
-¿Enserio? –pregunto casi riendo.
-Sí. ¿Por qué?—pregunta algo molesta— ¿Mi apellido le parece divertido? Porque no lo es.
-No, señorita Lee, no me malinterprete. Me alegro de la coincidencia, porque mi segundo apellido también es Lee.—Ella me sonríe por segunda ocasión. –Bien, con eso es suficiente—y termino. "Abrazos de tu amigo G. Por cierto, la señorita Lee te manda saludos."—Ya está. Sólo tengo que escabullirme entre la calle para que nadie me reconozca y llegar al buzón. Todo saldrá bien.—Digo esto último hacia mí mismo y me levanto del colchón donde ella duerme para luego ponerme la sudadera azul marino.
-¡Suerte!—me desea ella ya cuando abro la puerta. Miro atrás y le sonrió a modo de agradecimiento.
Recuerdo que al llegar al buzón agrego la dirección de mi casa al contenido de la carta. Mi casa, el lugar donde me encuentro escondido con la señorita Lee.
…
…
Ya es de noche. Mi reloj de mano me indica que son las ocho dieciséis. Me encuentro sentado en el suelo casi en penumbras. La cara de la señorita Lee es iluminada por la débil luz de una vela que está a punto de calcinarse por completo, mientras lee un libro, quizá un cuento para niños. Con la poca luz que me llega intento dibujarla. El silencio invade la habitación y no es porque ella me repudie o algo parecido, es que afuera se escucha que la gente viene y va, nosotros no queremos ser encontrados así que hacemos como si no existiéramos.
Tanto me abruma la falta de voces que escucho mi propio latido. Quizá hasta llegue a escuchar el fluido de mi sangre a través de mis venas.
Ella comienza a estornudar. ¿Será el polvo o quizá gripa por el invierno? Espero que sólo sea lo primero, no quiero que se enferme.
De repente tres golpes en la puerta hacen su aparición. La señorita Lee me mira angustiada, pero yo me levanto casi sin mirarla y abro.
-¿Se puede?—dice Frank sonriente.
-Claro que sí—le contesto en un susurro. Aún la gente está presente en las calles.
-Gracias—agradece de igual manera. Me meto de nuevo al desván y le sonrío a la señorita Lee confiado, ella se muestra curiosa ante nuestro invitado y se asoma.
Frank empuja una gran caja hacia adentro y al fin cierra la puerta. Al mismo tiempo, ella cierra su libro y lo deja en la cama para luego levantarse.
-¿Qué hace?—le pregunto alarmado. Pensé que huiría.
-Me levanto. ¿Qué más? –se plisa con ambas manos el vestido de noche que usa desde el día en que vino conmigo a esconderse—Señor Way, yo no recibo a mis visitas acostada, es de mala educación.
-Bien—digo tranquilo-¿Le ayudo?
-No-dice ella, pero ya es muy tarde, yo ya le sostengo de la cintura apoyándola.—Gracias.
Era de esas pocas veces en las que hablábamos. Frank espera hasta que me desocupo, me mira orgulloso.
-¿Cómo han estado?—pregunta quedito.
-Bien gracias—le digo y me acero a él para darle un fuerte abrazo—No sabes cuánto te he extrañado—susurro en su hombro.
-Yo también, hermano.
-Mira—le digo al deshacer el abrazo y tomo la mano de ella—Frank, te presento a la señorita Lee.—ella le sonríe a mi amigo—Señorita Lee, él es mi amigo de toda la vida, Frank Iero.
-Es un gusto—contesta ella y estrechan sus manos.—Gracias por venir a ayudarnos.
-El gusto es mío, señorita Lee.—mi amigo hace una pausa y suelta su mano—Un momento ¿usted es la señorita Lee, la que aparece en los periódicos desde hace como mes y medio? Sí, a la que secuestraron en la fiesta de compromiso con Robert McCracken. ¿O es otra?
-¿Yo estoy en los periódicos?—ambos comienzan a alzar la voz.
-Gerard, me debes una explicación—me mira desconcertado.
Abro la boca para darle lo que quiere
-No—pero interrumpe ella.—No fue él. Yo vine aquí por mi cuenta. Señor Iero, siéntese sobre el colchón, por favor, y déjeme contarle.
Mi amigo obedece y los miro parado al lado de la caja que trajo mi amigo.
-Usted verá,-le habla de manera propia—señor Iero.
-Oh, no. Llámame Frank, por favor—pide.
-Bien. Verás, Frank, después del caos que causó tu amigo aquél día en la fiesta, yo decidí huir con él. Nada importante. Realmente nadie me ha secuestrado, no se preocupe.
-Entiendo—es lo único que dice Frank. Suelta un largo suspiro y me mira—No se preocupen, su secreto está bien guardado conmigo. En fin, ¿no quieren ver lo que les traigo?
-¡Sí!—dice ella emocionada como si de regalos navideños se tratara. Contesto igual.
…
…
Una semana después de que Frank viniera y trajera velas nuevas y cobijas junto con medicinas y comida, igualmente nos trajo ropa caliente. El invierno comienza a acercarse más y más a esta desolada colonia.
Últimamente los días en los que se supone debo dormir mientras ella vigila, me hago el que está dormido y solo la observo. Veo esa añoranza de poder salir de aquí… Veo que extraña el exterior. Pero ella quiere quedarse, no entiendo la razón, no quiere explicarme, cada vez que le pregunto me evade y se sonroja. Uh, las mujeres, no las entiendo mucho… Es que ¿quién se sonroja cuando le preguntas por qué quiere quedarse con un maldito pobre que se atrevió a secuestrarla? Ella normalmente no es extraña, es muy completa, no es perfeccionista, pero siempre trata de ser ordenada "que lindos modales tiene…" pienso. Ha de haber tenido buen dinero antes de que yo llegara y le arruinara la vida escondiéndola conmigo. Soy un jodido prófugo y ella me siguió. Debí haber insistido que huyera lejos de mí. Pero yo sé que deseaba por dentro quedarme con ella, fui un tonto y por eso ella sufre aquí viviendo en la misma pocilga que un desconocido quien quería asesinar a su prometido.
Pero juro que ese McCracken me las pagará.
Mientras sigo pensando en tonterías. Ella sigue viendo la ventanita, como desde que llegamos, y escribe notas en una libretita que encontró en mi desván. Usa un pantalón caliente color negro, al igual que el gran suéter que nos trajo Frank. Enserio, me siento mal por ella, no es lástima, es odio hacia mí mismo por ser tan tonto, tan egoísta.
Casi nunca hablamos. A veces. Pero cuando escuchamos que alguien está cerca, debemos estar muy quietos, pues cualquier ruidito podría hacer que descubrieran nuestro "nuevo hogar" si es que así se le puede llamar. Lo único que hacemos es sonreír a veces, ella a mí y yo a ella, solo para darnos seguridad, o por lo menos es por eso que yo le sonrío. A veces se nota su preocupación hacia mí, no entiendo la razón de esto tampoco, no sé qué es lo que piensa, me siento mal por no ser un adivino y lograr saber qué piensa y siente hacia mí.
¿Será repulsión? ¿Odio? ¿Tiene ganas de matarme? ¿Lástima por mi estupidez? ¡¿Qué?
Somos como mimos viviendo en un matrimonio diferente a los comunes. Odio tener que mover tanto la boca para gesticular las palabras que deseo decirle. Muchas veces ella se ríe en silencio por mis caras cuando intento decirle algo con un hilo de voz casi inaudible.
"No tiene hambre?" le digo moviendo los labios exageradamente, y ella responde de la misma manera "En un rato comemos" y esboza una sonrisa.
Sus sonrisas son las que hacen que una punzada extraña pase por mi estómago, como un piquete diciendo "Advertencia, lindura detectada" o algo parecido. Luego de ese sentimiento en mí, la sangre de mi corazón bombea con más fuerza de lo normal y hace que mis pálidos pómulos tomen ese color rosado que me muestra vulnerable ante las emociones. Entonces es ahí cuando ella piensa que es por el frío y me tapa susurrando "Toma, no sufrirás de frío de nuevo" y vuelve a sonreír.
Todo esto se vuelve una aburrida monotonía, tan aburrida que hay veces en las que no me interesa mucho el ruido que ocasiono al cantar. Bueno, solo tarareo una melodía.
Al parecer la melodía que he tarareado yo hoy, la conoce ella y se sonroja, de nuevo lo hace SE SONROJA. Sonrojada es más linda, más tierna que uno de esos duendecillos en los cuentos de niños que lee antes de dormir. En fin, su tono de piel se vuelve rosado tanto en las mejillas como en la barbilla. Sus rasgados ojos brillan y, como siempre, sus labios rojo carmesí se curvan hacia arriba.
Yo sigo tarareando un vals que antes mi abuela tocaba. Cuando llego al clímax más romántico de la melodía es donde me doy cuenta que no lo hago solo y su voz de pajarillo me acompaña con coritos extraños.
Termina la canción y es así como termina nuestro día. Llega la hora de dejar los platos en la cubeta de agua a que se remojen, llega la hora de que los lápices dejen de escribir, que las botas de trabajo se dejen olvidadas por un rato en el suelo al lado del buró, llega el momento de apagar las velas y el momento de olvidarnos de la canción, para dormir. Por primera vez ella me hace un hueco sobre el colchón matrimonial donde yo siempre la dejo descansar.
-No se me hace justo que duermas de día en el suelo—me dice justificándose—Es mejor dormir de noche y en una buena cama.
Algo apenado me recuesto sobre el colchón y ella se va al otro extremo, y se acurruca entre la pared y la cama. Me tapo con una cobija mientras siento cómo mi espalda me agradece por tal paradisiaco descanso.
-Muchas gracias—murmuro antes de cerrar los ojos.
-Buenas noches, Way—me dice y suelta un largo suspiro para luego dormir profundamente a mi lado sin tocarme debajo de la luz del cielo de la noche que se cuela por la ventanita.
-Buenas noches—Y bostezo.
