Buenas, gentecilla.

Muchas gracias por el feedback, es genial que os guste esta historia. *^*

Seguramente me salga más larga que la otra, así que lo siento si eso os incomoda.

Saludos, invocadores.


Pasear por los pasillos del Instituto de la Guerra sin tener un mapa en el que guiarte era tremendamente difícil. Vi se perdió varias veces antes de encontrar el camino que llevaba a los dormitorios de los Yordles, esperando encontrar a Heimerdinger o a Corky en sus habitaciones, porque como no se encontraran allí tendría que buscarlos en otro sitio y, sin tener mapa, iba a ser bastante complicado.

Se rascó el cuello y notó una ligera contractura en él. Suspiró cansada y siguió su camino mirando las placas de las puertas hasta que llegó a una en la que ponía el nombre del Profesor. Llamó esperando una respuesta, aunque en el fondo sabía que el viejo Yordle no se iba a encontrar allí. Volvió a llamar con la esperanza de que no la hubiera oído, pero comprobó, otra vez, con una gran decepción encima, que no se encontraba allí.

Maldijo su suerte y cuando se fue a girar se encontró con una Yordle que la miraba con la cabeza ladeada. Llevaba un sombrero demasiado grande para su cabeza, iba montada sobre una vara de madera y la seguía una especie de insecto volador que revoloteó sobre la cabeza de Vi, haciendo que mirara en derredor mientras daba vueltas a su alrededor.

– Esto… – se quedó Vi pensativa mirando los ojos verdes claros de la pequeña Yordle. – ¿Hola?

– ¿Hola? – preguntó la joven con la cabeza todavía ladeada.

– ¿Puedo ayudarte en algo? – preguntó con los ojos entrecerrados, sin saber qué decir.

– ¿Estás perdida? – preguntó con una voz adorable. La Yordle revoloteó hacia arriba poniéndose a la altura de Vi y girando su escoba para quedar boca abajo. El sombrero siguió en su sitio.

– Un poco, ¿sabrías guiarme hacia el dormitorio de las mujeres?

– Sí, puedo. ¿Juegas conmigo después? – preguntó como si de una niña pequeña se tratara.

Vi se alegró de que su aspecto no la hubiera intimidado. Sonrió de oreja a oreja y asintió comprometiéndose a jugar con ella todas las veces que quisiera. Lulu sonrió ante la frase de su nueva compañera de juegos y antes de que pudiera replicar, le lanzó un hechizo. La convirtió en un animal extraño con dos colas. Parecía una mezcla entre una ardilla y un conejo de color púrpura.

– ¡Qué adorable! – dijo ella cogiéndola del suelo y montándola en la escoba.

Volaron por los pasillos hasta que alcanzaron alguna sala con un punto de referencia que a Vi le sonaba de algo. Mientras tanto, Lulu no paraba de hablar y de contarle cosas interesantes sobre la Liga o los Campeones. Descubrió varios datos en relación a las habilidades de Lulu y de varios Yordles más hasta que alcanzaron el dormitorio femenino.

Lulu puso a Vi en el suelo y deshizo el hechizo. La joven pelirrosa estaba demasiado aturdida como para enfadarse, además de que la sonrisa angelical de la pequeña no ayudaba a que su enfado se fuera. Vi fue a replicar justo cuando una persona detrás de ella llamó a Lulu para reprenderla.

– ¡Lulu! ¿Cuántas veces voy a tener que decirte que no trates así a los nuevos Campeones? – preguntó la voz autoritaria de una mujer.

Al girarse contempló la magnificencia del Radiante Amanecer detrás de ella. Su cabello castaño rojizo cayendo en cascada sobre sus perfectos hombros, su mirada autoritaria y su fuerte porte hicieron que Vi se quedara un rato contemplando el físico de la joven. Lulu empezó a disculparse haciendo que la pelirrosa frunciera el entrecejo sabiendo que la disculpa no era de verdad y que no se arrepentía de lo que había hecho.

La mujer que había hablado con la Yordle se giró para mirarla. Pilló a Vi mirándole las piernas, carraspeó llamando su atención y la pelirrosa en vez de disculparse le sonrió seductoramente. Leona tragó saliva sorprendida de la reacción de la joven y le devolvió la sonrisa divertida.

– Bonitas piernas. – le dijo rompiendo el hielo.

– ¿Siempre rompes el hielo de esa forma?

– A veces. – le dijo ella ladeando la cabeza. – Por cierto, no me he quedado con tu nombre.

– Leona. Soy Solari del Templo que hay en la montaña Targon.

– Encantada. – le dijo Vi mirando la diadema que tenía en la cabeza. Se le asemejaba a otra cosa, pero no podía recordar lo que era.

– Disculpa a Lulu, va por ahí hechizando a la gente para poder jugar con ella. Es como una niña pequeña.

– Estoy acostumbrada a las cosas tan raras e irascibles que hacen los Yordles. He trabajado durante años con Corky y con Heimerdinger. – resopló apartándose el flequillo con el aire y sonrió de oreja a oreja. – ¿Sabes dónde puedo encontrar mi cuarto? Me han asignado a este dormitorio pero todavía no conozco mucho de este sitio.

– Por supuesto, acompáñame. – le dijo ella. Empezaron a caminar por los pasillos lentamente. – Has demostrado tener mucha fuerza en el coliseo, ¿te han asignado ya alguna línea en concreto?

– Los Invocadores me han estado diciendo que mi mejor línea iba a ser jungla, aunque también me han dicho que podría ir a la línea de arriba dependiendo del invocador que me lleve. Pero…

– ¿Pero? – preguntó Leona cortésmente para que siguiera hablando.

– He de decir que estoy un poco asustada. – le dijo ella. – Se supone que tienes que matar a tu adversario, ¿no es eso un poco extremo?

– Bienvenida al mundo real, Vi. – le dijo ella mordiéndose el labio pensativa. – Aquí quien no corre, vuela. Si te paras medio segundo a pensar si debes darle el golpe mortal o no, serás tú quién muera. Has de ser fuerte, compañera. – le enseñó la puerta en la que ponía su nombre, Leona se dio cuenta de que estaba sólo a dos puertas de distancia de Caitlyn. Vi le agradeció que la llevara a su cuarto y se despidió de ella amablemente, una vez hubo entrado Leona sonrió para sus adentros. – Seguramente no es de matar a tu adversario de lo que tienes miedo Vi, sino de matar a Caitlyn cuando te toque luchar contra ella.


La línea del sol amaneciendo hizo que sus ojos hinchados notaran el cambio de luz que estaba produciendo en la alcoba. Pasó de la oscuridad reinante a una luz tenue, el amanecer de un nuevo día. Caitlyn parpadeó limpiando sus ojos, de haber estado llorando la noche anterior, aunque sin saber por qué.

¿Era porque Vi había vuelto? ¿Porque la había tratado como una mierda? ¿Porque hacía como si no existiera y el mero hecho de salir de la cárcel no le hubiera sido comunicado? Todas estas preguntas le vagaban por la mente haciendo que se sintiera peor de lo que se encontraba ya. ¿Se sentía mal porque, a pesar de todo, se había dado cuenta de que todavía sentía algo por Vi? ¿Amor, compañerismo, amistad?

Toda la confianza que depositó en la pelirrosa una vez murió a la vez que la abandonó aquella noche en su apartamento, tras hacerlo por primera vez. Cómo odió a Vi en aquél momento.

Se levantó de la cama con una resolución nueva en los ojos. Vi le había hecho daño, sí. La había abandonado y la había hecho sentir como una verdadera mierda durante unos meses, hasta que la volvió a encontrar. Siempre como el perro y el gato.

Aunque también recordaba esos momentos con cariño. La forma en la que la besaba, en la que sus dedos recorrían su cuerpo… Sacudió la cabeza. No, no podía volver a caer en lo mismo, ella no se merecía ser tratada como la estaba tratando la pelirrosa. Decidió ser fuerte, decidió no caer en lo mismo.

Respiró hondo y se lavó la cara, maquillando sus ojeras e intentando disimular sus ojos hinchados. Se vistió y salió de la habitación tal y como había hecho aquellos dos años, con una máscara de frialdad en el rostro. La Sheriff impasible de Piltover, seria, perfecta, fuerte.

Nada más salir de la habitación se encontró con Vi, que salía de una de las puertas cercanas a la suya. Iba vestida con su uniforme de combate, que Caitlyn pudo comprobar, había mejorado en estos dos años. Varias placas de protección cubrían sus hombros, brazos y piernas. En la espalda llevaba el generador de poder que le daba más potencia a sus guanteletes, los cuales llevaba puestos en las manos.

Caitlyn cruzó una mirada con ella y sin mostrar ninguna sorpresa, hizo una ligera inclinación de cabeza a modo de saludo, Vi devolvió el gesto enarcando una ceja extrañada. Después de eso, se dio la vuelta yendo al comedor para desayunar y esperar que empezaran las sesiones de entrenamiento o fuera invocada para jugar algún partido de la Liga.

Antes de llegar a alcanzar las puertas del comedor, donde Miss Fortune estaba hablando con Leona sobre los partidos anteriores, un invocador de Piltover se cruzó en su camino y con una sonrisa de oreja a oreja, la detuvo.

– Buenos días, Sheriff Caitlyn. – le dijo el joven invocador. – Me preguntaba si podría tomar prestados unos minutos de su tiempo.

La joven Sheriff asintió con la cabeza y el joven invocador le hizo acompañarla hacia las estancias donde se realizaban las reuniones de los invocadores de más rango con los Campeones. Se encontraban en un ala distinta a la de los dormitorios, así como del comedor y de los baños. Esta parte del edificio era más grande y estaba decorada de mejor forma que las anteriores.

Alcanzaron un pasillo muy largo tras subir por las escaleras de caracol que llevaban a uno de los pisos superiores. El pasillo era bastante ancho y estaba bien iluminado, mágicamente ya que no había ventanas. Caminaron en silencio hasta que llegaron a una de las puertas más anchas del pasillo, justo donde se detuvieron, oyendo voces dentro.

El invocador llamó y la voz que se encontraba dentro les dio permiso para entrar. Nada más cruzar el umbral, Caitlyn se encontró con dos personas que no esperaba ver en la misma sala. Vi estaba sentada con aire altanero en uno de los sillones que había en la sala. Sus grandes guantes amenazaban con cuidado de no romper nada a Jayce, que estaba de pie, delante de ella, discutiendo.

Caitlyn llegó y se quedó mirando a los dos discutir como si de dos chiquillos pequeños se tratara. Si los viera Fiora, sacaría la regla y empezaría a doblegarlos a base de reglazos. Sonrió ante la imagen mental que se había formado en su mente y la borró enseguida al ver a quien se encontraba detrás del gran escritorio de madera que había en la habitación.

– ¡Ya basta! – exclamó el hombre, vestido con una túnica más pomposa que el invocador que los había llevado hasta allí, el cual había desaparecido sin que ellos se dieran cuenta. – ¡Me estáis poniendo dolor de cabeza!

– ¡Esto es una verdadera vergüenza! ¿En qué están pensando los Mayores de la Liga al dejar entrar a una criminal a sus filas? – preguntó Jayce levantando los brazos, sin saludar siquiera a Caitlyn.

– ¡Tranquilízate, Jayce! – exclamó el hombre con el cabello castaño levantándose de la silla para hacer que se callara.

El hombre que se encontraba detrás de la mesa era uno de los invocadores más poderosos de la Liga, asignado a la ciudad – estado de Piltover como su representante. Todos los Campeones de ese sitio tenían que presentarse ante él antes de que diera el visto bueno y pudiera competir en los partidos oficiales de la Liga.

– ¿Qué está pasando? – preguntó la voz calmada de Caitlyn, haciendo que todas las miradas de la sala se giraran hacia ella. La mirada de Vi la quemaba como fuego, así que intentó por todos los medios ignorarla.

– ¿Tú vas a permitir esta transgresión de la ley? – preguntó Jayce encarándose con ella con el entrecejo fruncido. – Colin dice que no hay problema en que Vi entre en la Liga ya que ha sido absuelta de los cargos y excarcelada. Pero ambos sabemos que es falso, ¡ella mató a Adam!

– Vas a comerte tus palabras, maldito niño pijo. – le dijo Vi levantándose del sillón y encarándose al joven inventor de Piltover. – Yo no lo maté, pero me hubiera encantado hacerlo.

Jayce y Vi se acercaron peligrosamente el uno al otro, intentando ver quién intimidaba a quién. Caitlyn los separó fijando su mirada en Jayce, pensando que el joven tenía más autocontrol sobre sí mismo. Vi no opuso mucha resistencia y se separó de él y de Caitlyn como si la castaña la hubiera tocado con fuego. Caitlyn se percató de esto, pero no le hizo caso.

Colin sacudió la cabeza.

– Caitlyn no puede decidir nada, Jayce. – le dijo el hombre. – La decisión ya ha sido tomada y créeme, hay más votos a favor que en contra de la excarcelación de Vi. – la pelirrosa resopló con media sonrisa de satisfacción mirando al inventor.

– Bromeas, ¿verdad? Este hecho no se nos ha comunicado a ninguno de los dos, ¿verdad, Caitlyn? ¿Tú sabías que iba a salir de la cárcel? – preguntó el joven esperanzado.

– No, no lo sabía. – dijo la calmada voz de la Sheriff. – Y es algo que me gustaría saber. ¿Por qué no se me notificó tal acción?

– He de decir que eso es culpa mía. – dijo una voz detrás de ellos. Un hombre mayor, entrado en sus cincuenta entró cerrando la puerta tras de sí. Al parecer fue reconocido por todos los presentes de la sala como el nuevo Alcalde de Piltover. – Se me olvidó comentároslo ya que estabais ocupados con los asuntos de la Liga.

– Eso no es excusa, Alcalde. – le dijo Caitlyn cruzando los brazos sobre el pecho. – Como Sheriff tengo derecho a conocer todas las excarcelaciones que se llevan a cargo en la ciudad.

– Lo sé, mil perdones, Sheriff.

– ¿Se puede saber qué hace aquí? – preguntó Jayce intentando comprender por qué el Alcalde iba a viajar hasta el Instituto de la Guerra sin motivo aparente.

– Traigo unos papeles para la Sheriff Caitlyn. – le dijo el hombre tendiéndole la carpeta. – El juzgado de la ciudad ha decidido recompensar a Vi por haberla encarcelado injustamente y le han buscado un trabajo en el que ella se pueda sentir a gusto… y estar controlada.

– No me gusta nada como suena eso. – le dijo ella cogiendo la carpeta. Notó la mirada de Vi sobre ella, mucho más seria que las veces anteriores. Levantó los ojos para poder notar la ansiedad que transmitían los ojos de la pelirrosa.

Abrió la carpeta al lado de Jayce, que estaba curioseando por encima de su hombro izquierdo. Colin se sentó en su asiento mirando cómo la faz de la joven Sheriff se volvía blanquecina. Vi cogió aire nerviosa de la respuesta de Caitlyn.

– Esto no puede ser… – dijo con un hilo de voz.

– Te presento a la nueva adquisición del cuerpo de policía. Vi, Agente de Piltover. – dijo con una sonrisa el Alcalde.

Jayce se llevó la mano a la frente incrédulo mientras la carpeta que había en las manos de Caitlyn se cerraba lentamente, intentando mantener la postura de impasibilidad que mostraba delante de ellos. No lo podía creer.

Vi. Trabajando con ella. En el cuerpo de policía.

– Esto es una broma, ¿verdad? – preguntó intentando con todas sus fuerzas lanzar la carpeta y al Alcalde por la ventana.