Jelou de nuevo. Una actualización más, una historia más. Esta, en concreto, situada en pleno arco de Skypiea.
La mayoría de situaciones que narro en este shot se basan mucho más en el anime que en el manga, supongo que estos momentos fueron puro relleno para el anime, pero a mí me encantan. Es que los veo y pienso: menos mal que Zoro estaba ahí para Nami xd. Es básicamente lo que he contado hasta ahora, todos esos momentos en los que Zoro ha tenido que salvar a Nami y como eso después les afecta como "pareja". Monísimos.
Aunque bueno, para el próximo vamos a cambiar un poquito, que ya sé que momento utilizar ;) ;) ;) momento que, además, me gusta muchísimo.
Y pues aquí os quedáis, muchas gracias por comentar, por leer y por existir. Guapassss (creo que no tengo ningún lector masculino).
¡ZoNa al poder!
Nami dirige sus ojos marrones hacia todas partes, desorientada después de un viaje no deseado con muchos traqueteos. Chopper, Robin, Zoro y ella misma han sido arrastrados precisamente a la frondosa isla de Skypiea que ella quería evitar. Que mala suerte. Suspira con resignación y se acerca a la barandilla del barco para poder mirar la edificación sobre la que se encuentran, ya que el navío ha quedado colocado sobre lo que creen que podría ser un altar de sacrificios rodeado de todo un mar lleno de tiburones del cielo.
Que bien.
Mira hacia abajo, dónde se encuentra a un empapado Zoro – debido a la reciente pelea con uno de los tiburones – que se está quitando la camiseta. Durante los primeros dos segundos Nami no se inmuta, pero pronto acaba dejando que su pervertida interior se regocije con la imagen del pecho desnudo de Zoro. Oh, debería estar prohibido. Si es que hasta con esa enorme cicatriz las vistas resultan maravillosas.
Y Robin, que está al lado del espadachín, está tan tranquila. ¿Pero cómo lo hace? Si no fuera precisamente porque están Chopper y ella delante ya hubiera saltado sobre él como si fuese una especie de mono en celo. "Por favor, que vulgar me vuelvo a veces", piensa con un suspiro.
Al final se obliga a apartarse a regañadientes e ir a buscar una camiseta para él, aunque si por ella fuera lo dejaría paseando por ahí así. Le lanza la prenda, acertando de pleno en su cabeza, mientras él discute con Robin sobre el posible Dios que los está amenazando.
- Chopper, el barco está destrozado por la parte de abajo, deberías repararlo – comenta justo antes de pasar la camiseta por encima de su cabeza para vestirse por fin.
Como si el hecho de que su distracción principal ya no vaya por ahí semidesnudo haya conseguido que su mente se despeje, Nami considera las palabras del segundo a bordo y la pregunta sale sola de sus labios.
- ¿Qué vas a hacer tú?
- Ir al bosque. Utilizaremos esto como punto de encuentro. Estoy seguro de que Luffy y los demás intentarán buscarnos aquí. Ya sabes lo que dicen…"cuando te pierdas, quédate dónde estás".
- ¡Tú eres el único que no debería moverse! – grita Nami fuera de sus casillas. Como el estúpido espadachín se pierda en ese enorme bosque no lo van a encontrar en la vida.
Como siempre, los dos acaban entrando en una discusión sobre el supuesto Dios y las ganas que Zoro tiene de verle en el caso de que exista. Ganas que Nami, por supuesto, no comparte en absoluto. Y encima que ella con toda su buena voluntad le avisa de lo peligroso que puede ser un Dios – que por algo le dirán Dios, piensa ella – y de que además tienen a cuatro Sacerdotes intentando matarlos, el muy capullo se lo pasa todo por el forro porque "nunca le ha rezado a Dios" y que no cree en él y blablablá.
Puto Zoro de mierda, van a morir todos por lo idiota que es. Encima va Chopper y se emociona por lo que dice. Vaya dos.
Nami se rinde, no hay manera alguna de que ese tonto de pelo verde se vuelva un poco más consciente de la situación que están pasando. Bueno. Su única opción es rezar por sí misma y asegurarse de que Dios está seguro de que ella no tiene nada que ver con él. Que tiene que ver con él más de lo que tal vez deberían, pero eso es otro tema. El caso es que Dios crea que no. Así que tras pedir en voz alta que no le castiguen por los pecados que él cometa, decide centrarse de nuevo en el asunto que les compete.
Nami siente como el alma se le cae a los pies cuando Robin anuncia que va a ir con él. El pánico la invade por el hecho de que se van a ir los dos más fuertes del pequeño grupo pero no pasa por su mente la intención de acompañarles… hasta que Robin con unas pocas palabras da justo en su punto débil.
Posibles tesoros perdidos con miles de años de antigüedad. Que se va a quedar ella ahí estando ese pobre oro por ahí abandonado y desperdiciado… ¡ja!
Con la ayuda de una liana, Zoro se transporta desde el barco hasta tierra firme con el "apoyo" de un grito al más puro estilo Tarzán. Nami se pregunta si de verdad es así de imbécil o sí es que en situaciones tan críticas como esa le gusta hacérselo. Imbécil, no se va a cansar de repetirlo.
Después cruza Robin y cuando llega su turno, le falta poco para estamparse a una velocidad asombrosa contra un enorme árbol. Por suerte, la morena es rápida y la detiene antes de que suceda nada. Cae al suelo temblorosa y dándole las gracias a su más reciente nakama mientras ella comienza a alejarse.
- Ha sido por no hacer el grito – le suelta Zoro con pasmosa convicción.
- ¡Claro que no es por eso! – grita ella rabiosa.
Ag, ese hombre tiene la capacidad de hacerle pasar del deseo al enfado en cuestión de minutos. No obstante, no puede evitar que de repente una sonrisa que parece no traer nada bueno aparezca en sus labios. Zoro se tensa cuando la ve. Mierda. Mierda, mierda, mierda. Verás lo que le va a decir.
- ¿Crees que no he visto tu cara de desesperación cuando me has visto en peligro? – amplia la sonrisa de suficiencia y Zoro se queda estático. Mierda. Le ha pillado –. Si es que no puedes verme sufrir, mi querido espadachín estúpido.
Nami se levanta y le acaricia una mejilla, alejándose de él con esa elegancia felina que la caracteriza. Ahora que le da la espalda, Zoro se permite sonreír durante una milésima de segundo antes de seguirla. Recuerda lo sucedido en Arabasta y respira hondo. Que mujer. Le vuelve loco.
Los tres caminan durante un buen rato investigando el lugar al que los han traído a la fuerza. Sin embargo, un pequeño problema aparece en su camino: un enorme río que no tienen ni idea de cómo poder cruzar.
Nami se acerca al borde con la intención de poder mirarlo más de cerca e intentar descubrir una forma de llegar al otro lado… pero claro, a ella las cosas no le salen bien así porque sí. La roca cede bajo sus pies provocando que se precipite al agua a la vez que un tiburón como los que vieron antes aparece dispuesto a devorarla. Sacude los brazos como una loca en un intento fallido de agarrarse a algo.
Por suerte para ella, su eterno salvador surge dispuesto a ayudarla, como siempre. Uno de los brazos de Zoro la rodea por los hombros e impulsa su cuerpo hacia atrás mientras él mismo impulsa el suyo propio hacia delante, dejando inconsciente a la criatura de una patada. Además, los brazos de Robin impiden que Nami se dé un golpe más brusco de lo necesario contra un árbol.
- ¡¿Hay más de estas cosas aquí?! – se pregunta el espadachín en voz alta, fastidiado. Son todo un problema, más teniendo en cuenta que Nami parece estar gafada en esta isla y encuentra una forma de liarla con cada paso que da.
- ¡Ya he tenido bastante! ¡No voy a cruzar ese río! ¡Me niego a ser comida por un puñado de tiburones del cielo! – Nami grita todo eso sentada de rodillas en la tierra, a los pies del árbol del que Robin la ha protegido. Está realmente acojonada y ahora solo tiene ganas de volver a su querido barco.
Zoro se queda mirándola. En el fondo la comprende, sabe que Nami no es como él y que esas cosas que para él solo son una molestia a ella le pueden resultar terroríficas. Verla sentada ahí en el suelo, asustada pero sobre todo vulnerable, casi le hace cogerla en brazos y correr hasta llevarla al lugar más seguro del planeta.
Ah, pequeños pensamientos que solo ella puede sacar de él.
Pero el caso es que se queda en eso, en un casi.
- Pero… tenemos que buscar la otra parte del río – dice con cierta suavidad para ser quién es. Nami sabe que tiene razón, pero ahora está demasiado cegada por el miedo.
- ¡No es no! – chilla la pelirroja mientras clava su mirada en él. Zoro aprieta los dientes al ver los ojos húmedos de la muchacha. Joder. No irá a ponerse a llorar, ¿verdad? –. Si tantas ganas tienes de ir, ¡ve tú solo!
Vale. Ese último comentario ha sobrado y Zoro, ya recuperado de las emociones que la navegante le provoca, vuelve a su actitud normal.
- ¿Qué? ¡Si tan asustada estabas, no deberías haber venido desde un primer momento!
Ambos cruzan miradas furiosas. En situaciones como esas, cuando tan fijamente se observan, es cuando se preguntan cómo es posible que una misma persona te pueda provocar al mismo tiempo las mismas ganas de besarle que de arrancarle la cabeza. Misterios de la raza humana, suponen. La voz de Robin sonando tan repentinamente los saca de su ensimismamiento común.
Se sienten raros, incómodos y con mucho calor, como cada vez que comparten una situación así, de esas que te ponen todo tipo de sentimientos – y cuando digo todos son todos – a flor de piel. Nami se sienta en la enorme raíz de un árbol. Zoro se aleja varios pasos de ella y le da la espalda, observando la zona. Robin inspecciona la tierra en busca de algo que solo ella sabrá lo que es.
Zoro y Nami saben que estarán un buen rato sin comportarse de forma normal el uno con el otro. Es lo que cualquiera denominaría tensión sexual no resuelta, después de todo no ha habido ningún encuentro más que se parezca a lo vivido en Arabasta. Así de raras se les ponen las cosas a veces.
Entonces, un extraño sonido se hace oír en el bosque.
- ¿Habéis oído algo? – Nami salta de la raíz, poniéndose de pie cerca de Robin como por instinto. Aún prefiere guardar las distancias con Zoro.
- Sí – Nami se sorprende, no esperaba que fuera él quién le contestara y mucho menos con una afirmación –. No te muevas – le habla con esa seriedad tan característica.
Abre la boca ligeramente y se queda observando la figura quieta del espadachín casi con admiración. No se mueve ni un milímetro, ni siquiera los ojos. Robin también parece haberse quedado clavada al suelo. Es en ese momento cuando un sonido desde arriba hace que Nami se alerte y se gire hacia el lugar de dónde proviene. Un enorme cocodrilo va directo hacia ella caído desde el mismísimo cielo, nunca mejor dicho.
Nami no tiene tiempo de voltearse del todo antes de que Zoro llegue a su lado y, furioso, noquee al cocodrilo de un puñetazo. La pelirroja se ha quedado tan impactada que cae de rodillas al suelo igual que antes. Robin, que también ha ayudado usando su poder para cerrar la boca del animal, sonríe de lado y mira con cierta ternura a la navegante.
- Hoy no es tu día de suerte, ¿eh?
Zoro la observa de reojo por encima del hombro.
- Tienes que estar alerta – ordena con voz fría. Por una vez, Nami no rechista a lo que el chico le dice.
- Gracias…– es lo único que acierta a responder.
Finalmente, ambos encuentran una enorme rama alta que pueden utilizar para cruzar el río que tantos problemas les está dando. Con Robin a la cabeza, seguida por Nami e inmediatamente detrás Zoro, se dirigen hacia el otro lado.
- Oye – habla de repente Zoro, sonando seco e incluso algo desagradable –, Nami… camina más rápido, maldita sea – se queja fastidiado. Van demasiado lentos por su culpa.
- ¡Cállate! ¡No me hables! ¡¿Qué pasa si me caigo?! – le contesta ella de igual modo. La rama es ancha, pero hay que tener mucho cuidado para no caerse. El musgo podría hacer que se resbalara y era lo que le faltaba ya. Caería de pleno en el río.
Como si el universo quisiera de verdad verla sufrir a toda costa, uno de los tiburones que tanto han visto a esas alturas salta desde el río de tal manera que llega perfectamente hasta la rama en la que se encuentran, lanzándose directamente hacia Nami. Zoro desenvaina sus katanas y necesita un solo corte para derrotar al bicho. Pero se percata perfectamente al segundo de hacerlo de que Nami no está a su lado. Solo medio segundo después, ve a Robin con esa postura que utiliza cuando usa su poder y espera que sea porque ha intentado poner a Nami a salvo.
- Oye, ¿estás bien? – su actitud desde fuera es la misma de siempre, aunque por dentro se muerde hasta las uñas de los pies. Por favor, que conteste. Que se escuche una contestación. Por favor. Por favor.
- S-Sí…– Zoro respira hondo cuando escucha la voz temblorosa de la muchacha. No se había dado ni cuenta de que había dejado de respirar.
Robin la sube con la ayuda de varios brazos pero es Zoro el que la toma de la mano y la ayuda a ponerse de pie. La morena ha comenzado a caminar antes, así que cuando Nami vuelve a encontrarse sobre suelo firme la arqueóloga está ya muy lejos de ellos. Y Zoro decide que no va a dejar pasar la oportunidad.
Nami abre sus ya de por sí grandes ojos hasta que no puede más cuando los brazos de Zoro la rodean. Ni siquiera le ha dejado libres los suyos propios para poder devolvérselo. Se limita a quedarse ahí de pie con un torbellino de emociones arrasándola por dentro, notando como la piel que está en contacto con Zoro parece arder como la más grande de las hogueras.
El chico se separa al poco rato, aunque mantiene las manos apoyadas en los hombros de la joven. Nami traga saliva, en su mirada puede leerse el desconcierto que siente por el repentino ataque cariñoso de su nakama.
- No pretenderás dejarnos a todos a la deriva en esta isla, ¿verdad? – pregunta con una media sonrisa. Nami termina por sonreír también.
- Claro que no. Si no ya me dirás como piensa llegar Luffy hasta el One Piece.
Comparten una nueva sonrisa, pero de repente no es suficiente. Los dos miran a la vez el lugar por el que se ha marchado Robin, aún pueden ver su figura a lo lejos. Vuelven a mirarse el uno al otro y, como ya hicieron una vez en Arabasta, unen sus labios en un corto y casto beso. Tampoco se han abrazado, simplemente se han cogido de las manos.
Al separarse, Nami carraspea y sacude la cabeza en un intento inútil para conseguir que el rubor de sus mejillas desaparezca. No le gustaría que Robin la viera así. Tiene que mantener su posición de chica agresiva de la tripulación.
- Anda, vamos, que Chopper sigue solo en el barco.
Comienza a hacer el camino que Robin ya ha hecho antes, pero se detiene de repente. Zoro ni siquiera se ha movido aún de su lugar. Nami se muerde el labio y esconde una sonrisa. Es un impulso que siente que tiene que dejar salir. Se da la vuelta y deposita un último beso en la boca de Zoro, quién sonríe cuando ella se da la vuelta y ya sí que sí, va tras Robin.
Él mismo no tarda nada en seguir a su pelirroja favorita. Está seguro de que esa mujer es el punto perfecto que siempre le ha faltado a su vida.
