Miércoles es Azul. Sus ojos son el cielo.
A Hinata la fascinaba mirar al cielo. Se sentía abrumada por sus dimensiones. Daba igual hacia donde mirase, el cielo se expandía y abarcaba todo, era tan infinito como el firmamento y tan brillante como una estrella.
Hinata se había dado cuenta de que no la costaba nada hacer comparaciones entre Naruto y el cielo. Porque daba igual cuanto mirase a sus ojos, estaba segura de que jamás encontraría un final en ellos. Y, como el cielo, Naruto estaba triste o furioso y sus ojos se ensombrecían y brillaba una chispa en ellos que Hinata no sabía que era, pero que no quería volver a ver. (El cielo se compadecía y se nublaba o se avecinaba una tormenta para acompañar a Naruto con sus sentimientos)
Hinata había aprendido que las cosas, todas ellas, morían, tenían fisuras y estaban sucias. El cielo no, el cielo se mantenía firme e inquebrantable, tan limpio y liso como siempre. Naruto, como un igual, permanecía fuerte e intacto en todo. Se recuperaba de todos los golpes que le daban y se hacía cada vez más fuerte. (Hinata en secreto esperaba ver un día, tan solo un día, una fisura en ese infinito azul, para comprobar que no era tan especial e inalcanzable. Para comprobar que podía estar a su altura aunque fuera solo un día)
Hinata odiaba ver como alzaba la mano y sus ojos la engañaban haciéndola creer que por fin había tocado el cielo cuando solo se había acercado a él medio metro más.
Hinata estaba sumida en sombras que querían comerla y devorar su esencia. Hacía mucho que el camino bajo sus pies se había fundido con las sombras para dejarla asustada sin saber hacia donde mover los pies. (Sus ojos no registraban luces)
Naruto pasó a su lado, todo luz y calor, e iluminó un poco el camino. Hinata decidió seguirle, pero él caminaba demasiado rápido y la estaba dejando atrás. (Sus gritos silenciosos no conseguían alcanzarle y las sombras se tragaban sus palabras)
Naruto era cada vez más parecido al cielo y se hacía cada vez más brillante.
Llegó un momento en el que la luz abarcó todas las sombras y suprimió la oscuridad. El camino era visible y sus pies lo recorrieron sin flaquear, imponiendo un ritmo propio. (Hinata ya no tenían prisa por alcanzar al cielo porque este había descendido para estar con ella)
