Capitulo 3: ¿Eres tú, Riddle?
Mérida se apareció con el extraño en su destarlada casa. La bruja, dudosa de que hacer, abrió la puerta de su habitación y dejo el cuerpo del extraño en su cama. Después de revisar que no tenía varita, cerró la puerta con un conjuro y fue a degustar su cena.
Ya al final de su comida y con la panza completamente llena, Mérida escucho gritos y golpes provenientes de su habitación. Sonrió. El ratero ya debía haber despertado.
Tomando su varita y guardando la Piedra en la túnica (por si acaso), Mérida abrió con cuidado la puerta y se encontró a un hombre de cabello oscuro mirando su pequeña biblioteca con curiosidad.
– Despertaste –dijo ella fríamente. El hombre se volteó y Mérida no pudo creer lo que veía. ¡Era Tom Riddle! ¡El Riddle del orfanato!
No había cambiado mucho. A pesar de que lo había visto sólo unas pocas veces cuando eran adolescentes, recordaba su rostro perfectamente. Sus facciones eran más adultas y Mérida calculó que no aparentaría más de cuarenta. ¿Pero cómo eso era posible? Ellos dos habían nacido hace más de setenta años. A menos que...
– ¿Slay? –dijo él. Aunque su rostro no denotaba ninguna sorpresa, Mérida puso ver ese sentimiento en los oscuros ojos del hombre.
La inmortal se irguió.
– Lavquen, querrás decir.
Por otro lado, lord Voldemort estaba confundido, enojado y cansado. ¡La estúpida niñita de Slay le había arruinado todo! ¡A él! ¡A lord Voldemort! Aunque debía admitir que Slay ya no era una niña...
– ¿Lavquen? –repitió Voldemort. Según lo que le había contado Bellatrix, los Lavquen fueron una poderosa familia proveniente de Lituania. En 1500 emigraron a Gran Bretaña y se volvieron famosos entre familias aristócratas como los Malfoy, los Lestrange y los Black.
– Sí, Lavquen, así que cierra tu gran bocota y respóndeme que hacías tratando de entrar a la casa de los Potter.
– ¿Acaso sabes quién soy ahora? –Voldemort rechino los dientes.
– ¿El Ministro de Magia? –bromeo Mérida.
– ¡Insolente, yo soy...! –pero antes de terminar la frase Voldemort sonrió sádicamente. Todavía no le diría quien era. Todavía no. Quería ver sus ojos llenos de terror cuando se enterara y no en ese momento en el que seguramente ella tenía su varita –... Tom– dijo entre dientes.
– Sí, ya sé que te llamas Tom. ¿Vas a responderme o no?
– No tengo que darte ninguna explicación –dijo el Lord– Déjame salir.
Pero Mérida no se lo permitió. No iba a moverse un centímetro hasta que él le dijera que estaba pasando.
– Recuerda que tengo tu varita, Tommy –bueno, eso no era totalmente verdad, pero al fin y al cabo él estaba desarmado y ella no.
Voldemort la miro, tratando de fulminarla con la mirada.
Desde ese momento todo sucedió muy rápido.
Hubo una explosión, probablemente producida por un Bombarda Máxima. Ella cayo al piso de rodillas, saco su varita y rápidamente busco a Riddle, quien se hallaba haciendo unos raros movimientos con las manos.
– ¡Flipendo!
La maldición le dio de lleno en el pecho de Riddle, haciendo que volara por los aires. Se incorporó como pudo y movió su muñeca. Un haz de luz verde surgió de ella. La luz de la maldición asesina. ¿Cómo demonios hizo eso?
Mérida esquivo la maldición. Esta hizo colapsar una de las torres que sostenían el techo de la casona. La bruja vio como Riddle miraba la ventana, daba unos pasos para atrás y corría para tomar impulso.
¿También sabia eso? Era un hechizo de magia negra bastante complicado que te hacia tener control sobre la gravedad y, por consiguiente, volar. La joven miro hacia arriba. El techo se desplomaría en segundos y, aunque era inmortal, no quería quedarse aplastada hasta que los Aurores llegaran.
Sin ni siquiera pensar en las consecuencias que traería esa acción, se subió a los hombros de Riddle justo cuando él estaba ''despegando''.
Mérida sintió volar. Bueno, técnicamente estaba volando sujeta a los hombros de su ex compañero de orfanato. Cosas de la vida.
Aunque la niebla era espesa esa noche y la oscuridad no ayudaba en nada a ver bien, si pudo escuchar el grito de Riddle.
– ¡¿Qué demonios estás haciendo, Slay?! ¡¿Te crees que soy tu mula de turno o que!?
Riddle trato de moverse lo suficiente para que Mérida cayera, pero esta seguía sostenida firmemente a sus hombros.
– ¡Te debo una, Tommy! –grito lo más fuerte que puso. Escucho a Riddle resoplar.
Después de lo que a Mérida le parecieron incontables minutos, Riddle ''aterrizo'' en un bosque, hizo que Mérida lo soltara y volvió a tomar impulso.
– ¡Hey! No vas a dejarme aquí, ¿verdad? –grito ella. Había palpado su túnica y no tenía su varita, solo la Piedra. Y para colmo, no sabía aparecerse.
– Dame una razón para no hacerlo –dijo Riddle fríamente. Mérida se mordió el labio. ¿Qué le diría ahora? Entonces recordó una conversación con Tom, la única que tuvo en su vida con él.
Una Mérida de cinco años corría feliz por los jardines del Orfanato Wool, ese día era su cumpleaños y Jane le había regalado un paste que ya había engullido ella sola.
Allí estaba él otra vez. Estaba con el mismo libro que el de ayer, mas no parecía aburrido. La niña se acercó y se sentó al lado suyo.
– Hola, Tom –saludo alegremente– ¿Sabías que hoy es mi cumpleaños? Jane me ha regal…
Una mirada fría y un gruñido de Riddle la hicieron callarse. Minutos después, trató de entablar conversación con el de nuevo.
– Tom, si pudieras tener cualquier cosa en el mundo, lo que fuera, ¿Qué elegirías?
Al niño de siete años le brillaron los ojos antes de responder.
– La inmortalidad.
Justo lo que ella tenía en ese momento. Arriesgando su última carta, dijo claro y alto:
– Soy inmortal. Completa y llanamente inmortal.
No esperaba que se lo creyera, obviamente. Si a ella le hubiesen dicho lo mismo antes de saber de la Piedra se hubiera reído. Pero Riddle no se rio.
Se quedó mirándola, en silencio.
– Estas loca de remate –Riddle no mostraba ninguna emoción, pero Mérida creyó ver un destello de incredulidad en sus ojos.
– Puedo demostrarlo. Lánzame un Avada Kedavra o lo que sea para que ''muera'' –dijo la joven.
Tom estaba estupefacto, pero no lo demostraba. ¿La niñita Slay había conseguido la inmortalidad? ¿Había hecho Horrocruxes, al igual que él?
– Avada Kedavra –un haz de luz verde apareció en la punta de la varita de Riddle y le dio de lleno en el pecho de Mérida. Tom espero pacientemente a que Slay cayera al piso, muerte, pero eso no sucedió. La luz verde se expandió por el cuerpo de Mérida y desapareció.
– ¿Ves? –Riddle ya no escondida su estupefacción, sino que miraba a la bruja fijamente.
– ¿Horrocruxes? –pregunto al fin.
– No.
– ¿Entonces…?– Mérida sonrió.
– ¿Por qué habría de revelártelo? Siempre supe que tu mayor anhelo era la inmortalidad.
– Estoy sintiendo tu magia y veo que te concentraste mas en el hecho de conseguir ser inmortal que de ser poderosa. Te propongo un trato. Tú me enseñas como ser inmortal y yo te enseñare Artes Oscuras y demás. ¿Qué te parece, Mérida? –era la primera vez que escuchaba a Riddle pronunciar su nombre.
Sin casi siquiera pensarlo, Mérida acepto. La seducía la idea de ser poderosa y saber de esa oscura rama que nunca llego a tocar: las Artes Oscuras. Rápidamente sus planes de una vida feliz e infinita en un castillo desaparecieron tan pronto como llegaron.
– De acuerdo. Pero, como no confió en ti, haremos un Juramento de Magia ya que no puedo hacer el Inquebrantable –Riddle sonrió. Los dos brujos unieron sus dos manos y expulsaron su magia para afuera. Las dos magias se juntaron en sus manos con un resplandor blanco.
– Yo, Tom Marvolo Riddle –al Lord le asqueaba la idea de decir su verdadero nombre pero continúo– juro por mi magia que acepto enseñarle a Mérida Lavquen –mejor eso que Slay– todo lo referente a las Artes Oscuras que estén en mi poder.
– Yo, Mérida Persephone Lavquen juro por mi magia que acepto enseñarle a Tom Riddle las etapas para convertirse en inmortal– A Tom no se le paso por alto cuando ella dijo ''las etapas''.
Dejaron caer sus manos al instante en que vieron que entremedio de ellas su magia se iba volviendo de un color grisáceo. Tom sonrió y Mérida recordó cuanta curiosidad y a la vez miedo le causaba esa sonrisa cuando era una niña.
– ¿Me acompaña, señorita Lavquen? –Riddle le tendió su brazo y Mérida ladeo la cabeza.
– Prefiero la aparición, señor Riddle.
