Capítulo 3
Estoy tumbada en mi cama, incapaz de cerrar los ojos. Todos los momentos que he vivido hoy pasan con fuerza en mi mente; la despedida con Prim, la sensación de haber perdido este día más de lo que en toda mi vida, y la insinuación de Gale en el baño de Haymitch. Es en eso último en lo que más pienso.
Conocí a Gale cuando apenas tenía doce años. Ambos acabábamos de quedarnos sin padre, muertos en la explosión de las minas. Lo había visto por la Veta y en el colegio, y en otra ocasión más. En enero, yo estaba junto a él cuando le dieron la medalla de valor en el Edificio de Justicia, otro hermano mayor sin padre. Recordaba a sus dos hermanos pequeños, agarrados a su madre, una mujer cuya barriga hinchada dejaba claro que le faltaban pocos días para dar a luz.
Pero la primera vez que realmente le vi fue en los bosques.
No era la última persona a la que esperaba encontrar allí, pero tampoco la primera. Mi padre era uno de los pocos valientes que se adentraban en las profundidades del bosque, hasta el punto de conocerlo perfectamente. Me llevó muchas veces allí con él, y me gustaba que pasásemos el tiempo juntos, recolectando frutas y verduras, pescando, cazando. Por eso, cuando él murió y tiempo más tarde se me ocurrió la idea de sobrevivir de la naturaleza, no me intimidó demasiado adentrarme en el bosque. Conocía lugares que nadie había visto nunca, y fue a ellos donde me dirigí.
Al principio iba con Prim, y ella tan solo se aventuraba a quedarse en los bordes, cogiendo frutos y plantas para alimentarnos. Pero, con el tiempo, yo sola encontré el lugar secreto donde mi padre guardaba las armas de caza: arcos, cuchillos y algunas que otras trampas, y comencé a cazar. Manejaba el arco (no con tanta soltura como lo hago ahora), pero mi puntería no era lo suficientemente buena, y apenas solía coger dos ardillas en una semana. Por eso solía dedicarme a pescar y recolectar verduras y ranúnculos del agua.
Mi encuentro con Gale tuvo lugar seis meses después de que empezase a entrar todos los días en el bosque. Fue en un domingo de octubre; llevaba toda la mañana peleándome con las ardillas por las nueces, y toda la tarde chapoteando en un estanque recogiendo saetas. Como aquel día en especial me había adentrado mucho en el bosque, volvía a la valla corriendo, y entonces me encontré con un conejo muerto; estaba colgado por el cuello de un cable fino, a treinta centímetros de mi cabeza. Era una trampa, y los intrincados nudos estaban perfectamente realizados. Había otro unos metros más allá.
Por lo general, mis trampas no eran lo bastante buenas; si no, llevaría mucha más carne a casa. Reconocí la trampa de lazo porque mi padre las usaba: la presa cae en ellas y sale disparada por el aire, lo que la pone fuera del alcance de otros animales hambrientos. Me fascinó volverla a ver, solté mis sacos de arpillera y la examiné. Acababa de tocar el cable del que colgaba uno de los conejos cuando oí una voz.
—Eso es peligroso.
Retrocedí de un salto y apareció Gale; había estado escondido detrás de un árbol, y seguramente me llevaba observando desde el principio. Solo tenía catorce años, pero ya rozaba el metro ochenta y para mí era todo un adulto.
—¿Cómo te llamas?—me preguntó, acercándose para sacar al conejo de la trampa. Tenía otros tres colgados del cinturón.
—Katniss—respondí, con una voz apenas audible.
—Bueno, Catnip, robar está castigado con la muerte, ¿no lo habías oído?
—Katniss—repetí, en voz más alta—. Y no estaba robando, solo quería echarle un vistazo a tu trampa. Las mías nunca cogen nada.
—Entonces, ¿de dónde has sacado la ardilla—me preguntó, frunciendo el ceño, poco convencido. Miraba la ardilla que tenía colgada en la cadera. Prácticamente, el animal se había tropezado conmigo.
—La maté con el arco—respondí, descolgándomelo del hombro.
Seguía usando la versión pequeña que me había hecho mi padre, aunque practicaba con el grande siempre que podía. Esperaba poder abatir presas más grandes cuando llegara la primavera.
—¿Puedo verlo?—preguntó Gale, con la mirada fija en el arco.
—Sí, pero recuerda que robar está castigado con la muerte—le dije, pasándoselo.
Fue la primera vez que le vi sonreír; la sonrisa convertía al chico amenazador en alguien a quien te gustaría conocer, aunque tuvieron que pasar varios meses para que volviese a sonreír de nuevo.
Entonces hablamos sobre la caza; le dije que podía conseguirle un arco si me daba algo a cambio; no comida, sino conocimientos. Quería poner mis propias trampas y atrapar a varios conejos gordos en un solo día, y él contestó que podíamos arreglarlo. Con el paso de las estaciones empezamos a compartir a regañadientes lo que sabíamos: nuestras armas, los lugares secretos que estaban llenos de ciruelas o pavos silvestres. Él me enseñó a poner trampas y a pescar; yo le enseñé qué plantas se podían comer y, al final, le di uno de mis preciados arcos. Hasta que un día, sin que ninguno de los dos dijera nada, nos convertimos en un equipo: nos repartíamos el trabajo y el botín, y nos asegurábamos de que ambas familias tuviesen comida.
Gale me dio la seguridad que me faltaba desde la muerte de mi padre. Su compañía sustituyó a las largas horas solitarias en el bosque. Mejoré mucho como cazadora, porque ya no tenía que estar siempre mirando atrás; él me guardaba las espaldas. Sin embargó, se convirtió en mucho más que un compañero de caza, se convirtió en mi confidente, en alguien con quien podía compartir pensamientos que nunca podía expresar dentro de los confines de la alambrada. A cambio, él me confió los suyos. Había momentos en el que el bosque, con Gale, en los que era realmente... feliz.
Digo que es mi amigo, aunque, en el último año, parece una palabra demasiado suave para explicar lo que Gale significa para mí. Preferiría que no se hubiese ofrecido voluntario en la cosecha, preferiría que no tuviese que enfrentarse dentro de unos días a veintidós tributos dispuestos a matarle... porque yo no voy a ser una de ellos.
Gale lo había dejado todo muy claro en el cuarto de baño. Y yo, neciamente, había huido de allí, intentando huir de sus palabras a la vez. Pero yo tampoco voy a entrar en la Arena sin un plan. El suyo es protegerme, pero... ¿quién le había dicho que yo quiero eso? Mi plan. ¿Cuál habría sido de no haber estado Gale aquí? Por supuesto, intentar cumplir la promesa de mi hermana. Con él aquí, mis objetivos cambian radicalmente.
Porque ambos sabemos que de tener alguien la posibilidad de salir vivo de allí, ese es Gale.
No me preocupa la salud de Prim, porque sé que Gale la cuidaría.
Tengo clara una cosa. Si Gale pretende protegerme, nada me impide hacer lo mismo con él.
Lo que me recuerda el Quemador.
Mi padre me solía llevar allí para que lo acompañase mientras él intercambiaba las presas del día por lana, pan, cordones o dinero. Yo le iba siguiendo la espalda, y cada vez que alguien le dirigía la palabra a mi padre, intentaba ocultarme de su vista, lo que no evitaba que se fijaran en mi.
Papá decía que se sentía muy orgulloso de que quisiera acompañarle, y hasta que no murió y me vi enfrentada a la situación de entrar al Quemador yo sola, no me di cuenta del porqué.
Allí no había niños. Ese era un lugar ilegal, intimidante y peligroso. Debía andar con cuidado, sobre todo porque una niña de doce años en un sitio como ese no era tomada en serio.
Pero la gente no rechazaba el conejo que traía. Me timaban, sí, pero el nombre de mi padre me había hecho un hueco en el mercado negro. Si habían confiado en él... ¿por qué no hacerlo en la heredera de sus conocimientos?
Antes de conocer a Gale solía evitar bastante ese sitio. Era consciente de que aquel era el único lugar del Distrito 12 donde podría intercambiar mis presas cuando necesitara algo más que comida.
La primera vez que fui al Quemador con Gale me sentí... segura.
Él también lo frecuentaba o eso me había dicho. Gale, aunque tuviera solo dos años más que yo tenía mucha más experiencia a la hora de intercambiar sus presas. Aquel día íbamos cargados de conejos (entonces era lo único que pillábamos) y dado que Gale necesitaba ropa para su hermana pequeña y yo una sábana nueva para Prim, decidimos acercarnos para conseguir monedas. Gale se fue por su lado, con sus cinco conejos, y yo con los dos míos me paseé por el Quemador. A Gale no le preocupaba demasiado lo que me sucediera, y como yo no estaba ya acostumbrada a que intentaran cuidarme, tampoco me importó mucho.
Debía de arrepentirse mucho, porque cuando vendió los suyos me buscó hasta dar conmigo en una esquina, negociando con un hombre para que comprara el último conejo de mi par.
—¿Y cómo sé yo que de verdad es fresco y que no lo tienes de hace días?
Era la primera vez que un comprador ponía eso en duda. Evidentemente, no conocía a mi padre.
—Acabo de... conseguirlo—admití—. Hace un par de horas estaba vivo.
—Tan solo te podría dar una moneda.
Entreabrí los labios como para replicar, hasta que me di cuenta de que no era lo mejor que podía hacer.
—Es cierto que es de hoy el conejo, pero si no lo quieres, hay más personas dispuestas a pagar mucho más por él.
—¿Cómo quién?—preguntó cruzándose de brazos a la vez que esbozaba una sonrisa extraña.
Miré a mi alrededor. Aunque era pequeña y el Quemador estaba a rebosar, distinguí entre la multitud un puesto de sopa.
—Sae la Grasienta.
Frunció el ceño.
—¿Cuántas monedas me pides?
—Tres—respondí alzando la barbilla.
Me miró de arriba a abajo y se acercó mucho a mí. El aliento le olía a alcohol. Acarició mi trenza.
—No cogeré el conejo, pero por el doble de monedas podrías ofrecerme otras cosas...
Gale, que había estado esperándome junto a al puesto de tejidos, se acerco rápidamente y me apartó del hombre, agarrándome del hombro.
—No necesita el dinero—replicó.
El hombre miró a Gale con asco, como si hubiera interrumpido una conversación agradable.
—Deberías aprender a no meterte en asuntos ajenos.
—Es mi hermana. Y me meto donde me da la gana. Vámonos, Katniss.
Gale me arrastró hasta la otra punta de Quemador. Cuando me soltó me miró furioso.
—Tú no deberías venir al Quemador nunca más.
—¿Por qué?—pregunté desafiante. Por su culpa, el conejo me pesaba más que nunca en la cintura.
—No es lugar para una niña.
—Iba a comprarlo.
—No, Katniss, ese... hombre quería de ti todo menos el conejo. No sé como aun sigues... bien.
Se dio la vuelta y salió del Quemador. En su cinturón tenía una bolsita con más monedas de las que había visto nunca juntas. ¿Cómo negociaría para conseguirlas?
Hoy en día sé que si esa tarde en el Quemador Gale no hubiera estado cerca, habría corrido mucho peligro.
Por la mañana, Effie me despierta con un ¡arriba, arriba, arriba! ¡Va a ser un día muy, muy, muy importante! Me vuelvo a poner la misma ropa que ayer, con el sinsajo aun prendiendo en la camiseta. Las intrincadas trenzas que le dejé hacerme a mi madre ayer siguen en su sitio, y como no tengo el pelo tan mal, lo dejo tal y como está. En la misma estancia en la que cenamos ayer encuentro a Haymitch y a Gale. El primero ríe a carcajada limpia y el segundo parece enfurruñado. Mi amigo mira fijamente una taza que tiene entre las manos. Le veo mojar en ella un panecillo que coge de la cesta. Me siento, y me sirven el desayuno: huevos, bacon, jamón y montañas de patatas fritas. Hay un frutero metido en hielo para que la fruta se mantenga fresca, y también un vaso de zumo con naranja, una taza de café y otra con algo marrón intenso que nunca había visto antes.
—Es chocolate—responde Gale cuando pregunto—. Está muy bueno.
Lo pruebo y veo que tiene razón: dulce, cremoso, perfecto. Después de beberme la taza entera, me atiborro con el resto de la comida. Al igual que en la cena, termino hinchada y con un leve dolor de estómago, porque no estoy acostumbrada a alimentos tan lujosos. Cuando yo termino, Gale sigue con su taza y está Haymitch mezcla el licor con un zumo rojo. Effie se ha ido hace un rato, refunfuñando incoherencias que sospecho que irán contra nuestro mentor. Recuerdo lo que nos dijo ayer. Haymitch será nuestro contacto indirecto con la realidad cuando estemos en los Juegos, nuestra oportunidad de conseguir regalos. Parece que Gale piensa lo mismo, porque, de golpe, deja la taza sobre la mesa.
—¿Así te pasas todos los años durante los Juegos? Porque ahora comprendo como es que nunca ganamos.
Gale es así de simple. Siempre va al grano, por muy doloroso que sea el asunto. Pero a Haymitch no parece importarle sus palabras.
—¿A qué te refieres? ¿Al alcohol? ¿O al hecho de que yo voy a continuar viviendo y tú no?
A penas tengo tiempo de pararle los pies. El puño de Gale sale directo hacia Haymitch, el cual lo recibe por muy poco, solo que se ha inclinado tanto hacia atrás que cae de espaldas con ella. Torpe pero avispado, se incorpora y le devuelve el golpe a Gale, que no tiene tiempo de esquivarlo del todo, por lo que le da en la mandíbula. Haymitch parece olvidar todo de repente y estira la mano hacia la botella de licor. Cojo el cuchillo y lo clavo peligrosamente entre el pequeño espacio formado por centímetros que hay entre la botella y sus dedos. Se echa hacia atrás y nos mira de reojo a los dos.
—Bueno, ¿qué tenemos aquí? ¿De verdad me han tocado un par de luchadores este año?
Gale coge un puñado de hielo del frutero y hace ademán de colocárselo en la mandíbula, pero Haymitch se lo impide.
—No. Deja que salga el moretón. La audiencia pensará que te has peleado con otro tributo antes incluso de llegar al estadio.
Por fin, tanto Gale como yo nos alegramos de que empiece a actuar como un verdadero mentor, pero no puedo evitar replicar:
—Va contra las reglas.
—Solo si te pillan. Te dará imagen de tipo duro.
La verdad es que Gale no necesita un moretón para parecer un tipo duro. Su frialdad e indiferencia con casi todo el mundo resulta intimidante, además de que es uno de los pocos chicos de la Veta cuyo físico es inmejorable. Entrenado y desafiante, no necesita heridas ni nada que demuestren lo peligroso que es.
Se vuelve hacia mí.
—¿Puedes hacer algo con ese cuchillo aparte de clavarlo en la mesa?
Por toda respuesta, arranco el cuchillo de la mesa, lo cojo por la hoja y lo lanzo contra la pared. El arma queda limpiamente clavado entre dos paneles de madera. Mejor de lo que yo esperaba.
—Tenéis un buen físico, parecéis entrenados—comenta, comprobando nuestros músculos—. ¿Practicáis algún deporte?
—Cazamos—se limita a responder Gale.
Nos contempla durante un buen rato.
—Es cierto, alguna vez os he visto en el Quemador vendiéndole a Sae trozos de perro salvaje. Buen físico, y lo suficientemente valientes como para adentrarse en el mercado negro. Hagamos un trato: yo me mantendré lo suficientemente sobrio para ayudaros, pero deberéis hacer todo lo que yo os diga. Cuando lleguéis al Capitolio, estaréis en las manos de vuestros estilistas. Dejaos hacer y no repliquéis lo más mínimo. No os resistáis.
Está saliendo de la habitación cuando Gale replica:
—¿Eso es todo? ¿No nos das ningún consejo?
—Seguid vivos—dice, para después reír.
Esta vez sí que llego a tiempo para agarrar a Gale. Se deja llevar y lo siento en una silla.
—Lo necesitamos, Gale, y no nos va a servir de nada si lo matas antes de tiempo.
Por un momento esboza un amago de sonrisa.
—¿Crees que sería capaz de matarlo?
—Creo que serías capaz de eso y más—respondo, igual de sonriente.
Pero no se me ha olvidado el hecho de que quiere protegerme.
Y continuamos con la cosa. Gracias a todos aquellos que me leéis, desde los que comentan hasta los que se mantienen en el anonimato. De nuevo, se repiten escenas del libro como la historia de Katniss y Gale. Quería que la parte de Haymitch, Gale y Katniss fuera distinta a la del libro, pero también deseaba mantener los parámetros de la idea principal, por lo que tan solo cambian las reacciones de los personajes. El trato entre ellos sigue en pie.
Amanda Stryder Hawthorne
