Capitulo 2

Los Personajes No son míos, (Ya Quisiera xD) Pertenecen a Stephany Meyer

La Historia Es una Adaptación Así que tampoco es mía

Publicare el nombre de la autora al Final de la historia


—¿Quién es, Eleazar? ¿Por qué ha venido? Creo que es un mal presagio.

Edward recorría un cuarto del salón principal, se giraba y volvía a recorrerlo, con inquietud. Siempre que algo le preocupaba, paseaba. Mantenía las manos fuertemente pegadas a los costados y se movía en círculos, sin detener los pies ni un segundo.

¿Quién dejaría a una dama a las puertas de mi castillo para que muriera? ¿Quién se atrevería a conspirar contra mí?

Entrecerró los ojos y se peinó el pelo hacia atrás con impaciencia, acuchillando el aire con la palma de la mano.

—Mi señor, no creéis en los presagios —dijo Eleazar con lógica. El duque gruñó y, en cuanto hubo acabado su pequeña diatriba, el criado continuó—: Así que es imposible que sea uno malo.

Por toda respuesta, Edward refunfuñó y siguió paseando. Sus pies pisoteaban las pajas que había sobre el suelo de piedra y se llevó la mano al cuchillo que llevaba a la cintura.

—He puesto a Carmen al cargo de su señoría. Le han debido de dar una buena paliza y puede que tarde varios días en recuperarse de sus heridas, pero Carmen cree que se recuperará. —La perpleja declaración de Eleazar no era lo que el duque buscaba. De forma sarcástica, el hombre añadió—: Gracias a su generosidad, mi señor, se recuperará sin problemas.

¿Señoría? Esta mujer es tan noble como vos, Eleazar.

Edward se giró a observar al imprudente criado. Desenfundó el cuchillo con premura y lo lanzó por el aire, incrustando la hoja en un tocón de madera que había sobre una mesa cercana.

Eleazar se dirigió a por el cuchillo sin parecer impresionado. Tiró con fuerza para sacarlo del tocón y se lo devolvió a su señor. Edward lo recogió sin hacer ningún comentario y lo enfundó en el cinturón. Si no llevara tanto tiempo a su servicio, el duque habría considerado la posibilidad de echar a Eleazar de su castillo pero, en lugar de eso, pasó por alto la imprudente sonrisa de suficiencia del hombre y se puso a andar de nuevo.

—También parece que la dama se haya caído sobre un montón de estiércol, o la hayan tirado ahí. Creo que convendría preguntar a los campesinos que trabajan con los cerdos —le aconsejó Eleazar—. He dado instrucciones para que la bañen y le cosan ropas nuevas.

—No, no desperdiciéis el tiempo cosiendo para la intrusa. Limitaos a arreglar las ropas que llevaba puestas —ordenó Edward con un vigoroso golpe de muñeca.

El duque pensó en la apestosa capa que llevaba. Mientras la introducían en el castillo, distinguió el corte fino de sus vestimentas, pese a que estaban destrozadas. No había querido acercarse demasiado a ella, así que se había abstenido de inspeccionarla más de cerca, pero además de haberse caído sobre estiércol, la habían cubierto con los cadáveres podridos de conejos destripados, que había ordenado quemar en cuanto se los hubieron quitado de encima. Aún creía poder percibir su asqueroso olor en el aire por donde los caballeros habían pasado para subirla a uno de los aposentos.

Su voz sonó excepcionalmente alta en la desértica sala y se volvió para mirar a su criado.

—No me corresponde cuidar de ella, ni deseo hacerlo. Quiero que se marche en cuanto despierte. ¡Ya se ha quedado más de lo debido!

—Mi señor —asintió Eleazar; no le gustaba la idea de deshacerse de la joven, pero sabía que no podía insistir en el tema.

Al criado no le impresionó la furiosa demostración del duque; estaba más que acostumbrado a los cambios de humor del noble. Nadie que le viera recorrer la sala una y otra vez pensaría que el noble estaba inquieto, pues Edward parecía un monstruo y se le consideraba como tal. Pero Eleazar le conocía bien. Tal vez el noble pareciera disfrutar de su crueldad, pero la realidad era que le aterraba cualquier cosa que irrumpiera en su enfadado mundo.

—¡Argh! —gritó el duque con rabia.

Justo entonces, Eleazar vio que una de las criadas sajonas entraba en la sala con una bandeja con copas de vino. Alice era una chiquilla preciosa y llena de vida, aunque bastante recatada. Su esbelta figura se balanceó al detenerse con nerviosismo. Apartó sus redondos ojos de la humareda de polvo y paja que levantaba su señor en su loco caminar. Dio un apresurado paso hacia atrás y desapareció por la puerta de la cocina, totalmente inconsciente de que Eleazar había visto su apresurada retirada.

Eleazar sacudió la cabeza, apenado; odiaba el temor que el duque provocaba en la gente de Cullen. La mayor parte del tiempo los criados pasaban a su lado de puntillas y se esforzaban en cumplir con sus tareas aunque él no estuviera cerca. Como Alice, que intentaba poner la mesa para la comida mientras se suponía que el duque debía de estar fuera del castillo.

Eleazar sabía qué murmuraban, y sabía que Edward se lo merecía por su exaltado temperamento; al igual que sabía que, si el duque dejara de compadecerse, llegaría a ser mucho mejor líder. Tras sus muchos años de servicio, Eleazar se había acostumbrado a la forma de ser de su señor y, pese a que ahora todo el mundo temía a Edward, Eleazar sabía que no siempre había sido así. Hubo una época en que el duque era bastante encantador, pero esos tiempos se habían ido para siempre y, en el lugar del hombre encantador, había ahora un monstruo autoerigido.

Eleazar sacudió la cabeza, apartando los ojos de la puerta a la cocina por la que criada desaparecía. Volvió a centrar la atención en la discusión que estaban teniendo.

—¿Quién es? —le preguntó el duque—. ¿No reconocéis el blasón de su capa?

Eleazar estaba contento de que Lord Masen permitiera que la mujer se quedara hasta que se hubiera recuperado, sabedor de que, cuando llegara el momento, podría lidiar con Edward y su afán por desterrarla del castillo. Sin embargo, le preocupaba que el duque actuara de forma tan despiadada en público, aunque allí no había nadie para escuchar su perorata. Al ver que su señor requería una respuesta, Eleazar suspiró.

—No lo sé, mi señor. Han arrancado el blasón de la capa, así que no puedo ver a qué familia pertenece. —Y escondiendo el destello de picardía de su expresión, el criado continuó—: A mi parecer, es una dama muy guapa.

—¿Con el rostro lleno de moratones? —preguntó Edward, alzando una ceja con incredulidad antes de descartar la idea con una mano. Dejó de dar vueltas y dio varios pasos hacia delante, hasta quedarse cara a cara con su criado—. Me da igual cómo sea la dama. Preferiría que estuviera muerta, para poder quemarla y deshacerme de ella y del apestoso olor que ha traído.

—Mi señor —asintió de nuevo Eleazar, comprendiéndole. Consiguió disimular la mirada cáustica que le dirigía y ocultó su sonrisa.

—Tal vez sea una ladrona, y por eso su ropa está destrozada. Puede que le robara la capa a una noble a la que asesinara. Estoy seguro de que el Ealdorman(1) Baudoin, esa cabra incompetente, convencerá a la Witan(2) y nos acusará de haberla ayudado. No me extrañaría que Alfred y su Ejecito nos colgaran junto a ella en la horca. — Edward entrecerró los ojos y su mirada se hizo más dura, como si estuviera considerando qué hacer—. He cambiado de opinión, llevadla a la campiña y abandonadla allí. Hemos hecho lo posible por ella.

—Eso sería asesinato; es imposible que sobreviva en la campiña sin ayuda —protestó Eleazar con el tono grave que sabía que molestaba a su señor. No le iba a obligar a hacer nada movido por el enfado ni por el miedo, y no tenía ninguna intención de llevar a cabo sus crueles órdenes.

—Muy bien —concedió Edward con desdén. Le gruñó con fiereza a Eleazar y su boca se curvó en una mueca maliciosa—. Dadle de comer y de beber, después llevadla al campo y dejadla en alguna cabaña. Que cualquier otro se encargue de ella, no cobijaré a ninguna ladrona asesina, ¡no quiero verme involucrado!

—¿No habéis pensado que, tal vez, la noble víctima sea mi señora? ¿Preferirías que el rey os apuntara por no haberla socorrido? ¿Os atreveríais a dirigir la cólera de Alfred que caería sobre nuestras cabezas? ¿Total, por qué? ¿Por el irrisorio precio de un poco de pan y agua? ¿Por el poco tiempo que le lleva a Carmen ocuparse de ella? Ni que fuerais vos quien se encarga de ella; ni siquiera tenéis que verla si no queréis. —Eleazar sonrió al ver que tenía la atención de su señor. Se rascó la cabeza medio calva antes de mirar audazmente a su señor—. Tal vez mi señora sea inocente.

El comentario recibió el iracundo gruñido que Eleazar esperaba. Se estremeció ante el destello de dolor que vio en la cara del duque. Sin embargo, el sentimiento fue tan breve que Eleazar se preguntó si no se lo habría imaginado. A lo largo de los años, Edward había ido mostrando cada vez menos sus emociones, hasta que el criado dejó de acordarse del dolor profundamente arraigado que sabía que residía en el duque.

—Ninguna mujer es inocente, especialmente si se trata de una noble. No va con su naturaleza ladina. Creo que la traición de la que son capaces sobrepasa con creces la del hombre —declaró Edward. Debido al enfado, sus ojos parecieron tornarse de un negro sobrenatural y la voz se le quebró. Subiendo y bajando el pecho, continuó en un susurro—: Si no es culpable de asesinato, lo será de cualquier otra cosa. Todas las mujeres lo son. Tal vez por eso la abandonaron para que muriera.

—Puede que ésta sea inocente —insistió Eleazar con voz suave. Además, ¿os atreveríais a hacer enfadar al rey Alfred cuando vivimos en sus tierras, a su merced? Antes de condenarla a muerte, creo que al menos deberíais tratar de descubrir quién es; puede que el rey os recompense por vuestra caballerosa hazaña. —¿Más recompensa que ésta? —resopló

—¿Más recompensa que ésta? —resopló Edward, abarcando con un gesto la sala principal del castillo de Cullen. Pasó los dedos por la línea de su visión para apartar la polvorienta piedra negra de las paredes y la paja sucia que cubría el suelo. La sala estaba desordenada y llena de polvo, tal y como ordenaba Edward que permaneciera—. Creo que no necesito más recompensas del rey. Un título vacío y tierra extranjera es más que de sobra para vivir en paz en Wessex hasta que empiece la guerra que seguro que vendrá.

Eleazar rió con ironía y trató de ocultar su decepción por la actitud del duque, pero cada vez se le hacía más difícil soportar el temperamento de aquel hombre.

—Este tiempo de paz no puede durar para siempre. Pronto volverán a comenzar las muertes y entonces, tal vez encontréis vuestra propia paz cuando hundáis vuestra maldita espada en la sangre de los sajones, sin importaros el haber convivido con ellos durante un año.

—Sí, dentro de poco nos abriremos paso hasta la frontera luchando, o moriremos en el intento. —Edward sonrió ante la perspectiva. Eleazar hizo una mueca; pero el duque no se dio cuenta—. Aunque no me importa demasiado volver. ¿Qué decís? ¿Deberíamos dirigirnos al sur en vez de ello, y unirnos a los francos o incluso a los moros? ¿Creéis que Aro se daría cuenta si nos marcháramos esta misma noche?

—Sí; creo que si su tratado de paz se rompiera porque el rehén más preciado del rey Carlisle desaparece, se daría cuenta. —Eleazar sacudió la cabeza en protesta—. No seré la causa de una nueva guerra.

—Ya, pero yo tengo que ser la de la paz —murmuró Edward con enfado. El duque había repetido en numerosas ocasiones que cualquier cosa sería mejor que perder el tiempo en un lugar que no le atraía en absoluto. Señalando a Eleazar con el dedo, el duque preguntó—: ¿Creéis que importaría si cualquiera de los otros rehenes desapareciera? Yo creo que los reyes ni siquiera se darían cuenta. Por todos los demonios, probablemente a estas alturas los demás hayan vuelto ya a casa.

—Es culpa vuestra, y de nadie más, que estéis aquí. Vos pedisteis que os enviaran como prisionero; así que vos mismo os hicisteis la prisión. —Eleazar apenas mostró compasión al recordarle al duque su situación. Edward sacudió la mano en un gesto de fastidio. Eleazar y algunos de los otros no habían tenido más opción que venir a tierra extranjera, pero a Edward le habían dado una opción. Por pequeña que fuera—. Hicisteis vuestro propio pacto con el rey, y ahora debéis vivir con ello y con la responsabilidad que conlleva. Y si esa responsabilidad implica que viváis aquí en paz, eso es lo que haréis.

—¡Argh! —Edward echó humo con un gruñido sobrenatural volvió a señalar al criado con el dedo. Sus ojos se oscurecieron y parecieron salírsele de las órbitas. Gruñendo, la cara del duque se trocó en la de una bestia asquerosa y, durante unos minutos que parecieron eternos, no se movió de dónde estaba. Después, retirando el dedo de nuevo, dijo—: ¡De acuerdo! Puede quedarse. Pero os ocupareis de ella vos y me avisaréis en cuanto se despierte o se haya muerto. No quiero saber nada de ella hasta entonces.

—Sí, mi señor. —Eleazar se rascó la barbilla para disimular su sonrisa. Respiró hondo, contento por su pequeña victoria.

—¡Y lavadla! No quiero que apeste el castillo con su hedor. —La voz de Edward atravesó el aire mientras observaba el hueco de la escalera.

—Sí, mi señor. Como deseéis. —Eleazar se inclinó, pasándose la manga por la frente.

—No, si fuera lo que deseo, no estaría aquí. —Edward se dirigió a la puerta y sólo se volvió para ladrar—: ¡Voy a retomar mis ejercicios

—¡Pero mi señor, la tormenta! —le llamó Eleazar. Demasiado tarde, una manta de lluvia apareció tras el duque cuando atravesó la puerta En un abrir y cerrar de ojos, Edward desapareció en la tormenta de la mañana.

La sonrisa de Eleazar no desapareció al volverse hacia el hueco de la escalera. Subió con paso ligero las estrechas escaleras que llevaban al dormitorio de la doncella. Con cada paso, el manojo de llaves que llevaba al cincho entonaba una alegre melodía metálica. Hacía tiempo que no veía a Edward incómodo, y el viejo senescal supo que el duque ya estaba vendido.

—¿Así que mi señor deja que la pobre chica se quede? —pregunto Carmen cuando Eleazar entró en la lúgubre habitación para comprobar qué tal estaba su huésped. Pequeños rizos de canoso pelo pelirrojo brotaban de su cabeza, botando con cada uno de sus vigorosos movimientos—. ¿Podemos trasladarla de este cuarto a uno más apropiado?

—Sí, Carmen, puede quedarse. —Eleazar sonrió tristemente, ignorando su última pregunta e inclinándose para dar a la mujer un beso breve y cariñoso en la mejilla. Se dirigió hacia el estrecho ventanuco que había en la pared y observó los rayos que iluminaban el cielo. Eleazar vio la silueta del duque con claridad. Edward acuchillaba el aire con su espada mientras la lluvia empapaba sus ropas. El noble se ejercitaba luchando contra una criatura imaginaria. Sacudió la cabeza irónicamente; Eleazar sabía que con quien de verdad luchaba su señor era contra los demonios del pasado. Sabía que, tristemente, el demonio resultaría vencedor—. Os dije que la dejaría quedarse.

—No, apuesto a que le convencisteis. ¿Os pidió primero que la abandonarais en el bosque? —Carmen suspiró casi con melancolía y se pasó la mano por la mejilla regordeta en la que había recibido el beso.

Carmen era una mujer grandona, pero llevaba su exceso de peso con una gracia tan enérgica que le hacía parecer mucho menor. Sus miembros estaban en constante movimiento: ordenando un poco por aquí, enderezando otro poco por allá. Sin embargo, nunca parecía limpiar demasiado y se pasaba el día haciendo un montón de pequeñas naderías.

—No —se rió Eleazar, sacudiendo la cabeza ante su astucia.

—¿De verdad? —preguntó Carmen, sorprendida, y retiró la mano de la mejilla para retorcer el delantal con las manos. Siguió la mirada de Eleazar hacia su paciente.

—Dijo que la dejáramos en la campiña —comentó Eleazar secamente.

—Sabía que diría algo así. —Carmen se sacudió con una suave sonrisa. Su cuerpo se movió con nerviosismo para remeter las sábanas sobre su carga inmóvil—. ¿Qué más dijo? ¿Que dejáramos a la pobre criatura desnuda?

—No, quiere que arreglemos sus ropas. No quiere proporcionarle más de lo estrictamente necesario. —Eleazar se movió hacia delante, respirando con dificultad—. Y no me atreví a preguntar si podíamos trasladarla, pues suficiente trabajo me ha costado que aceptara tenerla aquí. Creo que sólo aceptó para no enfadar al rey Carlisle y poner en peligro el tratado. Asegura no importarle la paz, pero creo que miente; se miente a sí mismo. Ya desde niño, no podía soportar las luchas que desgarraban el país; por eso trabajó tanto por conseguir la paz mientras estaba al servicio del rey Aro.

Carmen asintió con tristeza.

—Pero cuando su mujer no le dejaba vivir en paz en su casa, dejó de intentarlo y se fue a la guerra. Esperemos que Lady Tanya no le arrancara toda la compasión. Creo entrever un rayito de su antiguo ser de vez en cuando. —Eleazar se volvió a mirar a la doncella, sacudiendo la cabeza con pena y apartándose del ventanuco. La joven no se movía, ni siquiera se revolvía en sueños. Se colocó junto a la mujer y la examinó durante unos segundos, antes de continuar—: Mi señor cree que podría ser una ladrona asesina

—No —dijo Carmen con cierta consternación—. No hay más que mirarla. Me apuesto el cuello a que es una dama. En cuanto sus dedos se hayan curado, serán tan suaves como un bote de crema. Esta criatura no es una vulgar ladrona.

—Ya —estuvo de acuerdo Eleazar con un suave asentimiento de cabeza. Observó con pena el rostro joven y apaleado de la mujer. Tenía la piel llena de moratones, los ojos hinchados completamente cerrados y las facciones tan oscuras y distorsionadas que ni siquiera podían distinguirse las líneas a cada lado de la nariz. Lo que es peor, había visto la forma en que sus ropas le habían sido arrancadas del pecho; no se atrevía ni a pensar en lo que era más que probable que le hubieran hecho—. ¿Sobrevivirá? Le dije a su señoría que sí; no quería concederle la excusa para no ayudarla. Creo que si sospechara que está al borde de la muerte, le daría la espalda.

—No lo sé. Creo que depende de las ganas que tenga de vivir. Si no quiere vivir, morirá. —Carmen suspiró—. Me quedaré con ella y la vigilaré. Por favor, ordenad a las chicas que se hagan cargo de mis tareas.

—Sí, ya lo he hecho. —Eleazar entrecerró los ojos, examinándola en profundidad, y retiró la colcha de la garganta amoratada de la joven. Frunció la frente; parecía que la hubieran estrangulado—. Mi señor la ha dejado a mi cargo hasta que se despierte. Cuando lo haga, quiere hablar con ella.

—Creo que a mi señor le aterra que esté aquí porque es una mujer, y una mujer de su clase, además. —Sí, yo también lo creo. No me creyó cuando le dije que era una belleza. —La verdad era que Eleazar sólo veía la línea del esbelto cuerpo de la dama dibujado a través de la colcha y sus labios rellenos, pero sólo había dicho que era guapa para molestar a su señor. Soltó la colcha, que volvió a su posición original, cubriendo el cuello de la mujer noble. Se acarició el pelo enjuto del bigote con el dedo.

—No sería bonito que hubiera llegado aquí para derretir el maleficio que asola el corazón del señor? -suspiro Carmen con melancolía-. Sí, y hasta el maleficio de este castillo; así el Monstruo de Cullen nos dejaría de una vez por todas.

—Sois una soñadora romántica, querida niña. —Eleazar beso brevemente la frente de Carmen y se volvió para marcharse— Avisadme en cuanto se despierte.

—Sí Eleazar, eso haré. -Carmen reía como una chiquilla cuando cerró la puerta. Desde fuera del cuarto, pudo oír que decía—: Pobre niña, no sabes en qué te has metido viniendo aquí.

La gigantesca espada ancha de prácticas acuchilló el aire con fuerza rugió con la intensa fiereza de un bárbaro al levantar la desafilada cuchilla por encima de la cabeza y su eco resonó por toda la empalizada. Embistió contra el caballero sajón utilizando los largos movimientos cortantes del ataque vikingo, algo que hacía tiempo que no ponía en práctica.

El campo de ejercicio resonaba con los gruñidos de los dos combatientes, y sus gritos cargados de esfuerzo sólo se veían superados por los gritos de ánimo de los espectadores. Edward disfrutaba de la libertad de su ejercicio matutino. Los soldados que observaban se empujaban los unos a los otros, luchando por hacerse un hueco desde el que ver mejor, y los jóvenes escuderos y pajes observaban al combatiente extranjero con la boca abierta.

El sol era excepcionalmente abrasador, pero el duque no se había quitado la capa, y se le pegaba a la espalda empapada de sudor al mover la mano por encima de la cabeza, haciendo girar la espada enloquecido. Era un movimiento destinado a aterrorizar al oponente; no era más que un sencillo truco, pero funcionaba casi siempre.

Aro le había prohibido que enseñara demasiadas cosas a los soldados sajones, no fueran a ganar ventaja contra su ejército de vikingos (en caso de que hubiera una nueva guerra), pero no parecía mucho problema. A los sajones les gustaba más luchar a su manera y con sus propias armas; preferían utilizar una espada más pequeña en la guerra, que pudieran lanzar contra sus adversarios, en lugar de acuchillar.

El caballero poco diestro contra el que luchaba Edward no parecía tener muchas opciones ante su experimentado señor. Sin embargo, Jasper se movía con valentía a la luz de la inminente derrota. La fina espada sajona que llevaba el guerrero había sido construida para que no pesara demasiado, de manera que fuera más fácil de manejar, pero no podía nada contra el peso de la espada ancha con la que Edward cortaba el aire una y otra vez. La espada más débil se rompió en dos y su filo cayó al suelo.

Los soldados murmuraron con comprensión al ver que la espada del vikingo no había sufrido daño alguno. El contrincante del duque se quedó mirando su espada sorprendido antes de arrojar la empuñadura inservible al suelo. Agarrado a su escudo, aguardó el siguiente golpe devastador.

Edward sabía que los caballeros sajones ocultaban su miedo al ver la enigmática forma en que se movía. La ancha espada se fundió con su brazo y la blandió con la facilidad de la práctica. Aunque no estuviera afilada, una espada podía ser letal si se usaba correctamente. El duque no pensaba en matarle mientras se acercaba. En el fragor de la batalla, la mayoría de los caballeros aspiraban a luchar con valentía, pero Edward se reía de la Muerte en su cara, retándola a que viniera y se lo llevara. De alguna forma, quería que viniera buscarle.

El duque rugió con evidente hostilidad al ver que su adversario caía al suelo bajo él. Si Jasper quería ir algún día a la guerra, debería aprender a sobrevivir; siendo compasivo con él no le ayudaba. Edward no sabía por qué le importaba, pero si enseñaba a un hombre, lo haría bien. Además, aunque se resistiera a admitirlo, Jasper le gustaba.

El duque golpeó con fuerza el escudo del derrotado caballero, partiendo la gruesa madera. Del impacto, el brazo de Jasper fue a dar contra el suelo. El hombre gruñó de miedo al ver que sus dos defensas estaban rotas en el suelo y que no tenía con qué protegerse.

—¡Deteneos! —gritó el vencido, presa del pánico. Jasper rodó por el suelo, fuera del alcance de la espada del duque. Su espalda sudorosa y desnuda se llenó enseguida de suciedad, y abrió los ojos marrones de miedo—. ¡Deteneos!

Edward sacudió la cabeza, saliendo de su aturdimiento cuando la niebla de la batalla se disipó. Confundido durante unos segundos, dejó caer la espada a un lado y alargó una mano para ayudar a Jasper a ponerse en pie. El duque le brindó un fugaz amago de sonrisa, más rígida y severa, y más dolorosa que agradable. Había estado a punto de matarle.

—Pensé que ibais a matarme. ¿Qué forma es esa de luchar, mi señor? —exclamó el hombre. Se pasó el antebrazo por las cejas sudorosas y se sacudió el torso desnudo—. ¡Estabais como poseído! Nunca os había visto así.

—Jasper —respondió Edward con una risa forzada. Consiguió mantener el tono grave de su voz, aunque por dentro temblara como una hoja—, la paz os hace decir esas cosas. Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que batallasteis.

—Tal vez tengáis razón, aunque no tengo el más mínimo reparo contra la paz, mi señor. Ciertamente la prefiero a tener que verme las con vos en el campo de batalla. —Jasper rió y se rascó la parte posterior de la cabeza. Frotándose los hombros, sonrió a Edward avergonzadamente—. Pero creo que es probable que la preciosa Alice me esté ablandando.

—¿Alice? —Edward frunció el ceño. El sudor le caía por las cejas y hacía que la bajocapa negra se le pegara a la piel, pues el color atraía el calor del sol.

El duque tiró de la capa y se la pasó por encima de la cabeza en un solo movimiento. Jasper fijó la vista en el suelo al verle. Tragó salíva y se agachó para recoger los restos de sus armas, sólo para entretenerse llevándoselas al escudero.

Edward casi nunca se descamisaba para hacer ejercicio, pese que muchos de sus hombres luchaban así. El duque no se ocultaba tras sus ropas porque fuera demasiado pudoroso, sino por la forma en que le miraban cuando no lo hacía. Vio con acostumbrada indiferencia cómo Jasper apartaba los ojos de él; el joven procuraba no mirar el torso desnudo de su señor.

—¿Alice? —preguntó de nuevo Edward al ver que el chico, no le contestaba. Hizo un gesto al resto de sus hombres para que continuaran con sus prácticas y le hizo señas a un muchacho para que le trajera su espada de verdad, que empuñó con firmeza en cuanto le hubo dado la espada roma al chico. No le gustaba perder de vista su espada ni un minuto—. ¿La de la cocina?

—La misma, sí—admitió Jasper con un brillo indicador de anticipo y miedo en los ojos. Tragó saliva con fuerza—. Quiero hablaros de ella.

Edward observó al caballero que tenía enfrente. Jasper era joven y no había visto muchas guerras, pero prometía y formaba parte del acuerdo al que había llegado con el rey Carlisle. Era uno de los hombres de confianza del rey sajón, y debía servir como uno de los caballeros de mayor rango del ejército de Edward. Al duque no le importó el acuerdo, pues le gustaba aquel hombre. Jasper había demostrado ser leal, trabajador y un alumno astuto. Sin embargo, era también un apuesto chico por el que la mayoría de las féminas se sentían atraídas. Sin duda alguna, cualquier criada maquinadora vería en él un buen marido por el que luchar. Esa era la razón por la que el duque odiaba ver que se casaba tan pronto, pues sabía que el caballero iba a pedirle la mano de Alice.

Aquellos últimos días, Edward había observado con poco interés los flirteos de Jasper y Alice. ¿Qué más le daba que sus siervos tuvieran amantes? No obstante, no se había dado cuenta de que las intenciones del joven hubieran ido tan rápido. Ahora entendía por qué se había mostrado tan dispuesto a luchar contra él en un combate simulado, pese al humor de perros del duque.

Sí, porque no hay nada más angustioso para un hombre que sentirse atrapado por una mujer; especialmente por una mujer por la que se siente especial cariño. Por eso deberían concertar los matrimonios; es la única forma de que una alianza de esas magnitudes llegue a buen término.

—No, Jasper. Ahora no —dijo Edward, girándose para marcharse. Sintió una oleada de dolor en el estómago e ignoró la culpabilidad que sentía al darle la espalda al joven—. Tengo mucho que hacer; hoy no puedo daros consejo.

—Pero —suplicó Jasper, pero el duque le ignoró.

Edward se apartó de él, despidiéndole.

—Seguid con vuestros ejercicios; la próxima vez que nos veamos quiero ver más progresos en vuestra destreza con la espada.

El duque gruñó cuando el joven trató nuevamente de detenerle. Salió del campo de ejercicio y se dirigió a la sala principal a por una jarra de cerveza, golpeando con fuerza el suelo al andar. Se le removieron las entrañas al entrar en el castillo. Había estado a punto de matarle por nada.

Edward vaciló antes de atravesar la puerta que llevaba a la sala principal, tomando aire para calmarse al pensar en la falta de control que acababa de demostrar en el campo de prácticas. Al entrar en la sombra de la sala, estrujó su túnica húmeda con el puño y se secó la frente antes de pasar la tela por la nuca. Levantó la pesada y larga mata de pelo que se le pegaba a la espalda.

La sala era más fresca que la empalizada. Ninguna de las dos chimeneas que había, una a cada lado de la sala, estaba prendida. Debido a ello, la lúgubre sala no estaba iluminada más que por las velas y los delgados rayos de luz que entraban por los ventanucos del techo.

La sala principal necesitaba urgentemente un lavado de cara, pero el duque no había ordenado que se hiciera desde que le dieron la propiedad, hacía ya casi un año. Edward sabía que era extrañamente contradictorio que ordenara a los criados lavarse y, sin embargo, permitiera que su casa no lo estuviera. Las telas de araña colgaban de las vigas del techo. Los adornos de la sala, en su día espirales maravillosas, no eran ya más que delgados trazos de lo que fueron. La maraña de paja que cubría el suelo, pese a no oler, estaba ya vieja y llena de polvo.

Se había improvisado una plataforma elevada en un lado de la sala, hecha de la misma piedra negra con que se había construido el resto del castillo, y en lo alto se habían colocado cuatro majestuosas sillas para él y cualquier honorable huésped al que pudiera considerar suficientemente honorable como para compartir mesa con él. Normalmente cenaba allí solo. La mesa de comedor que había sobre la plataforma era la única mesa permanente de la sala. Las mesas y bancos que había más abajo, donde cenaban los siervos y soldados, podían moverse, y las criadas y lacayos debían desmontarlas entre comida y comida.

Al fondo de la sala colgaban las cortinas, tras las cuales los soldados dormían sobre pilas de paja. Los criados que no usaban pilas dormían sobre el suelo. La costumbre era que el señor y la señora de la casa también durmieran en la sala principal, en una amplia cama en el centro de la estancia, oculta del resto por cortinas. Pero, puesto que el rey Carlisle restauró al principio el castillo de Cullen como base militar para él en la zona más oriental de Wessex, el señor del castillo disponía de un aposento privado en la planta superior.

Aunque mientras yo sea el señor aquí, ¡no habrá ninguna duquesa de Cullen!, se había jurado con vehemencia Edward.

El duque decidió que prefería una habitación privada. No quería pasarse las noches escuchando los encuentros sexuales entre los soldados y las risueñas y jóvenes criadas. Ya le había costado lo suyo no solicitar la compañía del sexo débil a su cama con demasiada frecuencia en el pasado, aunque a la larga lo consideró una decisión acertada. Y nunca se beneficiaba a sus propias criadas.

Los soldados nunca se aprovechaban de las habitaciones de invitados que había cerca de la suya, salvo quienes buscaban relaciones adúlteras y no querían que sus mujeres les pillaran retozando con otras en la sala principal; y se mantenían cerradas y abandonadas. Hasta que llegó la misteriosa doncella, que residía ahora en una de esas habitaciones. Había ordenado que la pusieran en uno de los aposentos de la torre, lo más alejado posible de su cama.

Edward observó brevemente la escalera que daba a la habitación de su misteriosa invitada. La mujer llevaba allí algo más de una semana, sin haber dado signos de moverse, y mantenida con vida gracias a los cuidados de Carmen. No era la primera vez que Edward se preguntaba por qué permitía que Carmen perdiera el tiempo con la mujer; si Carmen dejara de ocuparse de ella, lo más probable era que la joven muriera de hambre. Pero algo impedía al duque ordenar que la dejara morir. No quería prestarle cuidados especiales por su condición, así que ordenaba a propósito que limpiaran su cuarto, ni permitía que le cosieran ropas nuevas.

Edward odiaba admitir que en parte se contenía por la curiosidad de saber quién era en realidad la dama. Sabía que le iría mejor si muriera y pudiera deshacerse del cuerpo; una mujer noble no traía más que problemas.

¡Dejad que mi señora se encuentre con una zona lúgubre al despertar, así querrá partir cuanto antes!

El duque no había vuelto a ver a la mujer desde que Eleazar ordenara a los caballeros que la llevaran al cuarto. Pese a que había estado tentado de comprobar si lo que decía acerca de su belleza era cierto, no había subido a comprobarlo. Sólo preguntaba brevemente por su estado y Eleazar, siguiendo sus instrucciones, no le molestaba con los detalles de la recuperación de la dama.


Espero Que les Haya gustado el 2 Capitulo ^^

Palabras desconocidas:

-(1)El Ealdorman: Era la autoridad Maxima en la inglaterra Anglosajona, Por debajo del Rey.

-(2)El Witenagemont ( Tambien llamado Witen, Titulo de los miembros ): Fue una Institución politica en la Inglaterra Anglosajona que funciono entre el siglo VII y el XI

Nos Leemos en Otro Capitulo!

Kizzes

By: Laura D.