Aquella mañana continuó en lo que luego de tres días despiertos comenzaba a convertirse en una rutina para mí, en aquella mansión que en un inicio se había sentido tan absolutamente ajena yo comenzaba a convertirme en alguien de apoco, esto claramente resultaba aterrador para un ser como yo, hecho a medias, sin pasado, medio borrado en la hoja de papel, eso era yo, un homúnculo que no conseguía alcanzar la metamorfosis necesaria para llegar a ser un humano. Aquella mansión con todas sus elegantes piezas en su lugar amenazaba con devorarme, y yo me veía constantemente perseguidx por la luz de una vida apacible y normal, lo que a su vez resultaba del todo irónico, puesto que está situación era sólo y exclusivamente resultado del quehacer de los sirvientes de la familia Phantomhive, quienes insistían en hacerme caer en aquella dulce ilusión de una vida familiar noble, tranquila, cuya más grande preocupación era llevar los zapatos bien puestos, que los sirvientes obedecieran las órdenes con irrevocable fidelidad y quizás, para algunos hombres impotentes, mantenerse bien sentados en sus estudios fingiendo que un par de cálculos podían dominar el mundo, ignorando que tenían en sus manos las vidas miserables de miles.

Y, sin embargo, algo dentro de mí jalaba hacia aquella vida ensoñada; parte de aquella ilusión evocaba en mí un cierto sentido de nostalgia, de recuerdo añejo y demacrado, me dejaba un sabor agridulce en la boca y un vacío en el pecho. A ratos llegaban como pequeños destellos, suficientemente brillantes como para cegar mi precaria visión presionando en mi cerebro por liberar imágenes, sonidos, olores, y dejaban mi pecho sintiéndose asfixiado por las emociones contenidas tras el visillo de la amnesia. Aún en contra de todos los indicios mi más absoluta voluntad se rehusaba a abrir paso a aquella terrible posibilidad, la más nefasta oportunidad de que quizás yo podría tener un pasado. Aquella obstinación había echado raíces tan profundas en mi ser que podía jurar me pertenecían por naturaleza cuando lo cierto es que aún hoy no he descubierto lo cierto de aquella esencia humana común a todxs lxs mortales.


No obstante mi extrema precaución con las figuras rondantes de la mansión Phantomhive, la puerta crujió aquella mañana como se había hecho su costumbre, luego de los tres suaves toques que la mano enguantada del mayordomo había anunciado. Sus pasos inaudibles se abrieron paso en la habitación, entre sus manos se hallaba un nuevo trozo de tela negra, al contacto con mis párpados se sintió fresca, ligeramente fría, pero muy suave, mis dedos flotaron hasta esta distinguiendo inmediatamente el trozo de tela del anterior, a pesar de ser mucho más ligero, suave, y de tener acabados y detalles decorativos en los bordes, era también cierto que no presentaba una barrera tan eficaz ante la luz del día, misma que atravesaba todo el camino hasta mis retinas aún con mis párpados de por medio, por un segundo me pregunté qué habría pasado con el trozo de tela que May rin había arrancado de las cortinas por accidente.

Espero que las nuevas vendas que he conseguido para sus ojos sean de su agrado, a pesar de que un sombrero habría sido magnífico- comentó con el mismo tono de voz endulzado y elegante que solía utilizar cuando en realidad no quería decir nada.

-El material es más ligero, ¿Seda si no me equivoco? ¿Porque ha elegido esta en específico?- Pregunté con escepticismo, la poca funcionalidad de la nueva protección en mis ojos me alertaba acerca del mensaje que buscaba entregar el conde Phantomhive./span/p

-Consideré que quizás el crepe/span span style="border: 0px; outline: 0px; font-weight: inherit; font-style: inherit; font-size: 15.12px; font-family: inherit; vertical-align: baseline; list-style: none; margin: 0px; padding: 0px;"sería demasiado áspero para su piel, joven Arden, espero que mis acciones no le hayan causado alguna incomodidad- dió un paso atrás alejándose de mí para terminar inclinándose en señal de disculpas y respeto, aún sin verle pude sentir que escondía una sonrisa colmilluda- han sido órdenes de mi joven amo, como invitado de la familia Phantomhive, es impensable que continuara más tiempo con aquel viejo trozo de tela protegiendo su vista

-Agradezco su sincera preocupación. Por favor entregue mis honestos agradecimientos al conde, sin embargo, desearía que también le comentase sobre lo superfluo de sus decisiones.

-Por supuesto, entregaré su mensaje a mi amo. Si me disculpa, me retiraré en este momento. May rin llegará en unos momentos para arreglarle, le deseo un buen día en nuestra estancia.- Y tan preciso y acertado como siempre, se marchó sin dar un solo paso fuera de lugar. Lancé un suspiro frustrado ante la ironía del mensaje enviado por el conde, quizás, enviar un arreglo funerario habría sido poco discreto, como tanto adoran los ingleses la condenada discreción. Volví a acariciar la venda en mis ojos, ciertamente el crepé habría sido inadecuado, después de todo aún si hubiera perdido mi propia vida no me habría enterado de nada. Otro suspiro fue arrancado de mis labios al considerar la posibilidad, al fin y al cabo, podrían estar buscando, alguien, quien fuese; aquellas pesadillas podrían bien ser solo pesadillas, y yo podía ser solo una pequeña alicia jugando a perseguir un conejo atrasado, salvo que. en esta historia, se asemejaba más a un cuervo con tiempo de sobra


May rin se mantuvo hablando sobre las preparaciones para la mascarada que se realizaría esa misma noche, aún cuando el día anterior se habían mantenido ocupados atendiendo mis necesidades y Sebastian se había ausentado, toda la planificación iba al pie de la letra.

-El señor Sebastian es un hombre extremadamente hábil, siempre se encarga de cualquier tarea entregada por el joven amo, sin importar cuán imposible sea- continuó May rin, incluso con la luz cegadora y la tela cubriendo mis ojos cerrados podía asegurar que sus mejillas estaban sonrojadas, el solo tono de su voz exaltada resaltaba suficientemente sus emociones, no pude evitar soltar una pequeña sonrisa ante lo adorable de su actitud.

-¿Y que les ha encomendado preparar hoy?- pregunté con genuino interés, probablemente sin importar lo que fuese, sería infinitamente más interesante que permanecer como damisela cautiva en la habitación.


Una vez más avanzaba por el corredor que daba a la cocina, esta vez recordando el camino claramente, aún así May rin me acompañaba a unos cuantos pasos de distancia guiandome. Otro par de pisadas resonaron a lo lejos, hacia el fondo del pasillo en dirección a mi habitación, se notaba un esfuerzo por ser imperceptibles, y casi lo eran, avanzaban tranquila y pausadamente, hasta detenerse tan abruptamente que por poco quise girarme a confirmar el motivo.

-May rin, ¿puedo preguntar a dónde diriges a nuestro joven invitado?- se hizo oír una voz gastada y anciana, dejaba entrever un tono un tanto estricto, casi como si hubiese un reto oculto bajo una pregunta inocentemente formulada. La joven que me acompañaba soltó un chillido de sorpresa y se giró rápidamente balbuceando excusas, por alguna razón no podía evitar molestarme por su reacción, por lo que decidí responder en su lugar.- Vamos a la cocina- dije simplemente sin entregar mayores explicaciones, cuando me disponía a girarme para reanudar nuestro camino fui interrumpida por la voz del anciano a un par de pasos de nosotras -Me temo que eso no será posible Joven, no están permitidos los niños en la cocina. Además, la señorita Elizabeth le espera

El anciano de nombre japonés, Tanaka si mal no recuerdo, se había girado tan rotundamente con su última frase, sin dejar ni la más minúscula posibilidad de argumentar, que ni siquiera tuve tiempo de dudar en que debía seguirle; con paso firme y decidido me habia dirigido por el corredor de regreso a los pisos principales de la mansión, con un pequeño ademán de la mano alcancé a despedirme de May rin antes de seguirle. Tras girar un par de veces y subir unas cuantas escaleras nos hallamos en un corredor iluminado por ventanales enormes, pude sentir mis ojos escocer mientras un dolor punzante se abría paso a la altura de mi frente y tras mis párpados. Mis pies de pronto perdieron balance, instintivamente estiré mi mano que se cerró alrededor de otra cuyos dedos eran casi tan delgados y frágiles como los míos, sentí rozar contra mi piel algún material duro, frío y algo rasposo en algunas orillas, probablemente un anillo con muchos detalles.

-Veo que su vista aún no se acostumbra a la luz del día- resonó la voz del conde Phantomhive en mi oído, sarcástica, cruel, burlona y aún así infinitamente amable y cortés, inclinó su cuerpo para brindarme equilibrio. -¿La venda que le he encomendado ha sido de su agrado?- lentamente comencé a recomponerme devolviendo el peso a ambos pies, mientras un escalofrío recorría mi oído.

-Lo cierto es que me ha parecido completamente innecesario de su parte, Phantomhive, ¿asumo que Sebastian no ha entregado mi mensaje aún?- mi voz sonó más quejumbrosa y temblorosa de lo que habría deseado. Sin tener tiempo de redimirme, una voz chillona y emocionada destruyó la incómoda atmósfera por completo al tiempo en que mi consciencia reparaba en el agarre de Ciel sobre mi mano, la joven Midford pareció tragarse un insecto al momento en que su voz fue cortada como por un cuchillo.

-Joven Arden, veo que aún no se ha preparado para la mascarada de esta noche- bajo su aparente cordialidad se escapaba la tensión en su voz, el conde parecía entre molesto, avergonzado e incómodo, disfruté lo contradictorio de su actitud como una broma personal; sintiéndome completamente redimida deje escapar una pequeña risa, el asunto resultaba de lo más hilarante ante mi perspectiva.

-Creo que podrá haber notado claramente que la estética no es lo mío señorita Elizabeth, aunque si se me ha forzado a cambiar la protección de mis ojos por una acorde a las expectativas del conde- El Ciel Phantomhive soltó una protesta a medida que comenzaba a escabullirse por el pasillo

- ¡Ciel! ¿a dónde vas? ya casi es hora de la comida- protesto Elizabeth en un arrebato infantil. Inclinándose, en lo que probablemente sería el ademán de perseguirle, se vió cortada en seco una vez más por la voz seria pero amable del muchacho- Hay unos asuntos de los que debo encargarme antes, me aseguraré de acompañarles en la mesa de todos modos, ahora, si me disculpan- se marchó inmediatamente, sin poder evitar dejar la esencia de su huida en el corredor que por un segundo se sumió en un incómodo silencio. El anciano que hasta el momento había tenido éxito pasando desapercibido se disculpó y se marchó apaciblemente, pude notar incertidumbre en la joven junto a mí, que de pronto se había vuelto muy callada. -¿Le apetecría ayudarme a elegir algo lindo para esta noche?- pregunté con las entrañas medio retorcidas, quizás se negaría aún más incómoda que antes, sin embargo también existía la posibilidad de que aceptara y llegase a conocer algo nuevo, de pronto se me hizo la idea de que quizás, había en ella muchísimo más que una chica eternamente preocupada por la estética de la existencia. Luego de un par de segundos donde parecía contemplarme conteniendo la respiración, finalmente soltó el aire y contestó alegremente - ¡Sería un placer ayudarle!- tomando enérgicamente mis manos me condujo rápidamente por los pasillos hasta alguna habitación desconocida. Antes de darme cuenta May rin se nos había unido y mi cuerpo se hallaba sepultado entre miles de toneladas de tela, adornos, detalles, joyas, máscaras y antifaces.

-¡Es increible que hayas escapado de usar un corsé todo este tiempo!- Resonó la voz de Elizabeth en algún lugar de la habitación removiendo entre miles de cosas -Entiendo que haya sido por salud, pero aún así, está vez no te escaparás, ¡ya verás que dejaré todo precioso!- comentó soltando un chillido de emoción al tiempo que su cabellera rubia se asomaba, luego su cabeza, pronto se estuvo acercando a mi con una prenda de apariencia extraña entre las manos y el rostro completamente iluminado- ¡May rin asegurate de dejarlo muy ajustado!

-Pero Lady Elizabeth, sus pulmones aún no se recuperan por completo- mencionó May rin con una voz preocupada mientras recibía la extraña prenda y comenzaba a manipularla -Mmm… Bueno, en ese caso, apriétalo lo suficiente como para permitirle respirar bien- su voz soltó una pequeña risita inocente al terminar la oración, sin embargo no hizo más que levantar una diminuta señal de alerta en mí que crecía junto con cada paso que la mucama daba en mi dirección, sentí su mirada, soltó un pequeño suspiro resignado y me indicó una posición extraña, sentí como si estuviese a punto de someterme a alguna práctica de tortura. Luego de un par de minutos pude confirmar que las señales calzaban efectivamente con el uso del corsé como una práctica digna de calificarse como tortura.

-Pero, Arden parece que nunca hubieses usado un corsé en tu vida. Debo admitir que en un inicio tuve mis dudas, ¿realmente eres una chica?- Elizabeth resopló rendida cuando finalmente hubieron acabado, mientras aguardabamos a que May rin regresara con más vestidos encargados por Elizabeth.

-No recuerdo haber afirmado eso nunca aunque ¿es eso importante siquiera?- mi voz sonó ahogada, más bien asfixiada, y jadeante. Mientras me retorcía para conseguir sentarme en la cama sentí el peso de Elizabeth hundir el colchón cerca de donde me hallaba.

-¡Por supuesto que es importante! ¡Eso lo cambia absolutamente todo! las chicas estamos hechas de todas las cosas que son lindas ¡por lo tanto debemos estar perfectas siempre!- la chica sonrió y soltó un ínfimo suspiro casi imperceptible, de pronto sentí como si hubiesen miles de dudas dentro de su cabeza y colgando en el aire, el que se había vuelto silencioso de repente.

-Pero yo no creo que tu seas así, Elizabeth- solté sin pensar, la rubia junto a mí levantó abruptamente la cabeza, una interrogante pendiendo de sus labios- lo supe desde el primer momento en que escuche tus pisadas- luego de dejar escapar una sonrisa contenedora que tenía escondida continué- Eran grandes, enormes, las huellas que esos diminutos pies tuyos dejaban en el suelo. Las pisadas de una mujer fuerte- mis palabras terminadas casi en susurros fueron seguidas de un silencio nuevamente, parecía ser que la joven había vuelto a contener la respiración abrumada, finalmente liberó el aire aguantado y junto con ello una risa que ocultaba un sollozo, su cabeza cayó a la cama en lo que no se lograba diferenciar entre risa y llanto. Logré sentarme en la cama con sorpresa, aguardando, cuando lentamente su voz comenzó a desvanecerse y solo quedó su respiración un poco entrecortada, mantuve el silencio tranquilo y acogedor, esperando oír quizás alguna protesta de su parte.

-Quizás tienes razón, y ambas somos un par de personas diferentes pero disfrazadas- sentí la sonrisa oculta en su respuesta- Y por favor, llámame Lizzy- dijo finalmente al tiempo que volvía a sentarse en la cama, con apenas unos segundos de diferencia dos toques se hicieron escuchar en la puerta de la habitación, acto seguido la cabeza pelirroja de May rin cargando un enorme enredo de telas entró.

-¡Ahora es tiempo de que te encontremos el vestido perfecto!- la voz de Lizzy volvió a brillar en la habitación con emoción, al menos ella parecía disfrutar con toda la situación -Muy bien, ¿Qué te parece que elija tu atuendo de hoy?- preguntó dubitativa, casi como tanteando mi respuesta, entre todas las opciones me parecía la más razonable y acertada considerando lo problemático de la situación./

-Seria maravilloso- contesté asintiendo con mi cabeza.

Luego de varias horas y un millón de cambios de ropa guiado por ambas jóvenes Lizzy pareció satisfecha, justo al segundo en que la puerta daba tres toques anunciando la entrada del mayordomo oscuro, la comida estaba lista y la mansión ya albergaba a los primeros invitados e invitadas. En el momento en que me disponía a avanzar hacia la puerta, cuidando seguir las instrucciones dadas por la joven previamente, sentí el agarre de su mano súbitamente cerrarse en mi muñeca/

-¡Falta un detalle más! uno sumamente importante- su voz terca no daba cabida a ninguna protesta que huyera de mi boca, sentandome en una silla comenzó a añadir cosas en mi cabello con cuidado de no tocar mi frente, sin entender muy bien qué clase de sombrero se disponía a colocarme sentí algo suave caer desde los costados de mi cabeza y rozar la superficie de mis mejillas, mis manos curiosas se dirigieron a mis hombros donde descansaba el material, una mata a cada lado, suave, parecía ser cabello. Confundida percibí a Sebastian aclarar su garganta, aunque más que tos, daba la impresión de contener la risa -Listo, ahora si has quedado perfecta. ¡El cabello largo te viene de maravillas! ¿No opinan lo mismo?- preguntó la chica alegremente.


Siendo las últimas en bajar, nos presentamos con lxs otrxs invitadxs que ya se encontraban esperando, entre conversaciones pomposas y saludos cordiales, un aroma peculiar consiguió captar mi interés en el momento en que mis oídos repararon en un acento conocido, un hombre asiático -chino probablemente- se comunicaba con una joven de voz muy suave y que poseía el mismo acento. Platicaban con un hombre acerca de negocios, al parecer, mas no tuve tiempo de prestar atención ya que el conde anunciaba su presencia, y con ello se nos permitiría pasar al comedor para la comida de mediodía. Por alguna razón Ciel parecía sobrecogido cuando menos, susurrando con Sebastian acerca de algún objeto que debía estar escondido, siendo una corta frase lo único que alcancé a distinguir entre los chillidos de Elizabeth que ya había reparado en la presencia de su prometido en el salón, "¡si alguien se llega a enterar el nombre de la familia Phantomhive se vería manchado por generaciones!". Sin embargo ante la presencia de Lady Elizabeth pareció recuperar la compostura y construir una sonrisa cordial para sus invitadxs, a quienes permitió el paso a la mesa.

El incómodo puesto entre la cabecera de mesa y un enérgico muchacho moreno de aspecto Hindú era el que yo ocupaba, sin saber exactamente como participar de las conversaciones sin sentido que tanto agradaban a los ingleses, y sin tener gran interés por descubrirlo, me concentré en disfrutar de la deliciosa comida.

-Me recuerdas a Ciel- soltó de improviso el muchacho sentado junto a mí. Phantomhive, que parecía haber escuchado el comentario, estuvo a punto de atragantarse con su comida, confundida pregunté a qué se refería con ello -pues tienes los ojos vendados, y parece que no disfrutaras de las actividades sociales- finalizó con una gran sonrisa al mismo tiempo que el chico soltaba una bocanada de aire que al parecer había estado conteniendo. El joven de nombre Soma y apellido impronunciable resultó ser un príncipe y además, amigo cercano del conde, lo cual significó toda una sorpresa para mí. Comenzó por relatar toda clase de situaciones divertidas, una charla ciertamente muy amena, el muchacho parecía estar siempre de buen humor, y pronto se nos unió un hombre de acento extranjero, su mayordomo por lo que entendí, tras lo cual ya no pude parar de reír, juntos creaban un dúo excepcional. Agni, el mayordomo indio, tenía un aire maternal que no alcanzaba a describir del todo, y que logró sobrecoger mi pecho hasta la médula; poseía una genuina preocupación por el chico, su príncipe, y una infinita empatía que alcanzaba a todas las personas que le rodeaban.

Algo extraño comenzó a crecer en mis entrañas al observarles, subiendo hasta mi pecho y luego mi garganta, el sentimiento de pérdida que me embargó la primera noche en vela que viví en la mansión volvió a apoderarse de mí. Mientras mi boca se secaba y mis pulmones luchaban contra la resistente tela del corsé y las varillas que aprisionaban mi caja torácica comencé a sentir el fantasma de la arenilla en mis vías respiratorias. Luego de disculparme decidí levantarme y rápidamente encontré mi camino a mi habitación, cayendo ante mis rodillas inestables, cubriendo mi boca con el pañuelo que Lizzy me había regalado intenté ahogar la toz que parecía arrancarme las entrañas, mis ojos llenos de lágrimas humedecieron la tela atada alrededor de mis sienes, y por un minuto dejé de respirar. Presionando fuertemente el pañuelo contra mi boca intente aspirar por mi nariz, lentamente, hasta que solo quedó la comezón en mi garganta y el ardor en mi pecho, nuevamente, sentía como si el aire se hubiese convertido en fuego.

-Oh cielos, pero qué le ocurre a esta criatura- oí frente a mí resonar una voz extraña, sentí el avanzar de zapatos altos en mi dirección, un caminar muy seguro y elegante -Por eso es que los niños no deben jugar con su propia alma. Aunque, ciertamente eres un caso intrigante, y tuve la oportunidad de ver a mi Sebas. Quizás si haya valido la pena el venir hasta aquí, ¿pero como se supone que colecte un trozo tan deteriorado?- parecía estar hablando consigo misma mientras caminaba de un lado a otro hojeando algo, quizás alguna libreta. Luego de un par de segundos limpié mi boca con el pañuelo una última vez y pude sentir el intenso aroma oxidado de mi sangre, aún con mi piernas dormidas intenté incorporarme. Todavía en el suelo sentí la mirada de la mujer frente a mi, parecía estarme evaluando

-Lamento muchísimo las molestias, señorita, pero ¿podría por favor ayudarme a levantarme?- soltó un chillido de emoción que me sorprendió mientras comentaba el hermoso color de mi sangre y lo sagaz que era -Disculpe mi imprudencia pero ¿podría quizás saber su nombre? me intriga su persona en mi habitación- pregunté una vez apoyada en sus manos, ella pareció pensarlo unos segundos y aguardar otro par para añadir un silencio dramático

-Muy bien criatura, te lo diré, solo porque tienes un muy buen ojo apreciando una dama como yo- su mano flotó hasta mi nuca posándose sobre el nudo de las telas que cubrían mis ojos, al tiempo que lo deshacía, la seda negra caía y mis ojos se habrían grandes observando el mismo fuego que quemaba en mis vías respiratorias, su voz resonó como si estuviese lejos -Estás ante la maravillosa presencia de Grell Sutcliff, vengo aquí a resolver ciertos asuntos en relación a tu joven y segmentada alma- entre el brillante rojo de su larga cabellera y el verde fosforescente de sus ojos mi cerebro quedó momentáneamente aturdido, lo suficiente como para tardar un par de segundos en reparar sobre sus palabras/

-¿Qué hay de malo con mi alma? Es más, ¿por qué tiene usted que hacerse cargo de ello? ¿A caso se trata de un ángel?- pregunté aturdidamente, dejando escapar sin filtro mis palabras

-My my, que pequeña alicia tan preguntona- rió dejando entrever filosos dientes de tiburón, y acercó su rostro al mío, de pronto el ambiente pareció tornarse tenso, casi peligroso, algo en sus ojos cambió recordandome a la inhumana mirada del demonio de mayordomo -¿Un ángel dices? Ciertamente una deidad como yo no puede ser comparada con una paloma de cuentos de hadas- volvió a crear otra pausa, permitiendo sacar mis propias conclusiones, que comenzaban a amontonarse en algún rincón de mi mente -En cuanto a tu alma…- su rostro arrancó una sonrisa de costado, sus irises, brillantes en la habitación, se dirigieron de pronto a la puerta a unos cuantos pasos de donde nos encontrábamos. Mis oídos se percataron entonces de las pisadas invisibles del mayordomo mientras este hacía su entrada, el vello de mi rostro se erizó al percibir una corriente helada de viento recorrer todo el camino hacia mi mejilla y continuar hasta aterrizar en la pared, aún cuando mis ojos fuesen incapaces de distinguir nada, un cuchillo de reluciente plata acababa de cortar la distancia entre la señorita Grell, quien ahora se hallaba encima de Sebastian, y yo, que permanecía en un estado de estupor ingenuo.

-Grell, ni siquiera tengo el deseo de preguntar que haces en la mansión de mi amo, mucho menos preguntaré el porqué de tu presencia en esta habitación precisamente. ¿He de recordarte cuál es tu posición en este asunto?- la voz de Sebastian, al igual que su rostro, de pronto se contorsionaron mostrandose de alguna manera letal. Aún cuando su postura continuaba siendo la de un correcto mayordomo, sus ojos parecían brillar con luz propia, como si dentro de aquellas esferas de cristal se prendiese fuego, más fuego. Comencé a sentir el peso de mi propia ignorancia caer frío sobre mis hombros, aquellas palabras de Grell acerca de mi alma me traían una vaga sensación de deja vú, como si tuviese a mi alcance un delgado hilo del que aferrarme no obstante continuaba dudando si tomarlo, tan frágil que difícilmente podría significar salvación alguna para aquello de lo que venía huyendo; porque aún con el vacío infinito que dejaba mi falta de pasado, poseía el instinto suficiente para saber certeramente que había estado corriendo contra el tiempo por mucho tiempo, y ahora, venía a encontrarme en la mansión Phantomhive como si de un castillo flotante en otra dimensión se tratase, una dimensión lejana y que escapaba al reloj, y todo tipo de reglas banales, como la muerte. -Joven Arden ¿se encuentra bien?- los ojos escarlata de Sebastian ya no parecían brillar aún cuando su pupila se observaba ligeramente contraída de forma vertical, un escalofrío recorrió mi espalda, mi mano aferró el pañuelo escondiéndolo entre los pliegues del vestido que llevaba, dando un paso atrás hacia la cama escondí mi rostro entre la penumbra de la noche que caía en mi habitación oscurecida -Por supuesto, he venido a la habitación por una pequeña molestia, pero en seguida bajaré al salón- mis ojos lagrimearon incómodos al posarse en la puerta siendo atravesada por la luz del corredor, intenté repasar mi vista por el cuarto una vez más sosteniendo la duda en mis labios, la dama de rojo había desaparecido.

-Muy bien, me encargaré de avisar a mi amo y Lady Elizabeth, en caso de necesitar algo, por favor no dude en llamarme. Con su permiso, me retiro.- ya a un paso de la puerta, el mayordomo hizo una reverencia y se marchó bloqueando la luz del pasillo, aún luchando a través de las pequeñas rendijas de la puerta por entrar. Solté un suspiro de frustración, la mueca que se había formado en el rostro demoníaco del mayordomo al cerrar la puerta permanecía grabada en mi rostro, todo en su esencia bestial me susurraba miles de palabras entrecruzadas, tantas que no alcanzaba a distinguir nada coherente y sin embargo resultaba tan familiar. Las pistas que iba recogiendo no hacían más que aumentar mi frustración por una verdad que se escapaba de mi manos. Y, aún así, aquel delicado hilo continuaba colgando a través de la oscuridad, aún así la luz continuaba batallando obstinadamente por llegar a mí. Podía sentirlo en algún rincón de los desiertos de mi mente; que había cierta información vital en aquello que había olvidado y sin embargo no era capaz de concebir aquellos recuerdos perdidos en la arena. Una punzada en mi frente me obligó a retroceder un par de pasos, caí estrepitosamente a la cama mientras mi mano aferraba la piel tersa sobre mis cejas, estaba ardiendo, no sabía con claridad si se trataba de mi mano, la piel de mi rostro, mi cabeza, o si era todo en mí, mas el dolor en la parte superior de mi rostro era capaz de nublar por completo mi existencia, curvandome en un ovillo, contraje la mandíbula con las fuerzas que me quedaban en un vano intento por contener los alaridos que pujaban en mis cuerdas vocales.


-Arden, ¿te encuentras bien? desapareciste tan repentinamente que he pensado que has vuelto a empeorar tu condición.- Una pausa se mantuvo en el aire un momento, luego, la chica rubia volvió a tocar la puerta, y al obtener nada más que un nuevo silencio, decidió entrar en la habitación -¿Arden? ¿Estás aquí? Abriré la puerta un poco para que entre la luz, ¿estás bien?. Te has dormido en el suelo, vamos, vas a enfermar otra vez, además, ¡la fiesta está a punto de comenzar! ¡vamos, levántate! ¡Aún no haz visto la máscara que he conseguido para ti!- Elizabeth se detuvo insegura, con un pie dentro de la habitación y su mano descansando en el pomo de la puerta, intentó escudriñar en la completa oscuridad del cuarto sin mucho éxito, además de distinguir vagamente una diminuta silueta en el suelo- ¿Arden?- volvió a preguntar.