Capítulo 3

El comedor había sido el mejor lugar donde podían esconderse, principalmente, porque hallarían con qué defenderse, aunque los tres sabían que en cuanto a seguridad, era el peor sitio posible ya que las puertas no eran precisamente, las más estables. Así, Gai, Neji y Lee se vieron tomando medidas para impedir que entraran por el frente, apilando las mesas y haciendo lo mejor posible que fuera mucho más dificultoso llegar a entrar.

—Tenemos algo de tiempo y la juventud de nuestro lado —dijo Gai con su típica sonrisa de comercial de pasta dental en el rostro. Neji seguía serio, pero Lee se emocionaba con las palabras de su profesor, siguiendo al pie de la letra sus indicaciones.

Rebuscaron en la cocina todo lo que pudiera servir para defenderse en el camino, poco o mucho, lo iban a necesitar, pues, aún les quedaba camino para llegar al punto de encuentro.

—Gai-sensei, creo que es todo lo que podemos cargar —dijo Neji interrumpiendo el entusiasmo de Lee y de su profesor, que habían llenado un costal con utensilios de la cocina (sin contar los que tenían encima) y el otro con comida pensando en lo duro que iba a ser el camino a un refugio. Pero a ninguno de los dos le importaba realmente, que si hubiesen podido, llevarían todavía más de no haber sentido el golpe en la puerta.

Lee que tenía una cacerola en la cabeza y un par de cucharones en las manos, saltó tras el mostrador colgándose el costal lleno en la espalda y blandiendo los utensilios de cocina como si fueran armas mortales, acto que su maestro no tardó en imitar con una espátula y unas pinzas de ensalada. Neji se sentía de mal tercio al verlos actuar, estrellándose la palma de la mano contra la frente al pensar en la razón por la que estaba con ellos.

Sí… no encontraba ninguna en lo absoluto.

La puerta se sacudió un par de veces y los golpes se sucedieron haciendo un fuerte eco en la cafetería. El ánimo de Lee y Gai se vio disminuido al tornarse serios para los que se vendría en ese momento. Intercambiaron miradas antes de tomar todas sus herramientas y provisiones. Neji fue un poco más astuto juntando los cuchillos de cocina, quedando con el de deshuesar en mano.

—Tenemos una salida por el frigorífico —les dijo Gai a sus alumnos sin perder de vista la puerta— aun así, debemos ir con cuidado, no sabemos cuántos haya fuerza y qué tan rápido nos alcancen ellos.

Los dos asintieron. Sabían lo peligroso que podía ser aquello, que no dudaban de que todas las precauciones fueran pocas.

Dio un grito para animarlos y salieron por atrás, trabando la puerta desde el interior, toda ventaja que pudieran ganar iba a ser bien recibida.


Gaara apenas podía mantenerse en pie debido a la herida en su cabeza y ellos, no contaban con demasiado tiempo para huir. El piloto se había lanzado contra ellos y había capturado a Sakura, tomándola de la muñeca y la hubiese mordido y lastimado con las uñas si Sasuke no hubiese reaccionado a tiempo dándole en la cabeza con uno de los hierros salidos del helicóptero, tomando a la mujer del brazo y dejándola detrás de él.

Kankuro llevó a Gaara en su espalda y comenzaron a correr todos juntos, que apenas había caído al suelo con un líquido viscoso escurriéndole de la herida. No era sangre, parecía, quizás, hacía apenas diez minutos había sido sangre, ahora, era una masa viscosa de color azulado que emanaba olor a podrido, como si su cuerpo fuera capaz de descomponerse en cuestión de segundos.

Se apresuraron a correr lejos. Aunque realmente, ninguno tenía idea de lugar a donde se dirigían, estaban a tientas en medio de la nada. Pensaban que al menos, la edificación se iba a ver a lo lejos como para poder guiarse y llegar hasta ella.

No dijeron nada, sólo sus respiraciones agitadas y el ruido de sus pies al pisar el suelo con fuerza, rompiendo ramas, metiéndose entre la hierba, sin importar nada más que su supervivencia. No había tiempo para nada, ni para hablar ni para preguntar ni para darse consejos: tenían que huir. Con el miedo a flor de piel y sintiendo el jadeo que iba en crescendo del piloto que los seguía, como si fuera una bestia salvaje que los estaba persiguiendo para hacer de ellos su próxima caza.

Sin ponerlo en palabras, siguieron el camino a todo lo que sus piernas podían dar, cuando el sonido sordo del cuerpo cayendo al suelo los detuvo. Agitados, voltearon escuchando el grito de Gaara. Kankuro no pudo moverse por el peso de su hermano encima suyo, logrando reaccionar cuando éste se irguió adolorido: el hombre había saltado encima cual lobo hambriento y desgarró la piel de su hombro arrancándole un pedazo de la ropa con sus dientes.

Como si se expandiera a toda velocidad, la zona mordida se tornó oscura y al igual que el piloto, en poco tiempo, del Gaara que conocieron no quedó nada más que un simple cascarón.


Al llegar a la mansión, todo fue a calma. Jiraiya y sus alumnos, junto a sus familiares, fueron acomodándose en las instalaciones. Hasta que no tuviera noticas de Tsunade, no sabía cuánto estarían ahí, así que había dejado todo a disposición de los demás y que usaran la casa como si fuera propia, aunque el miedo y la incertidumbre de lo que pasaba no les permitía disfrutar ese paraíso así nomás.

Lo que extrañó al director fue ver que aún faltaba gente por llegar. Los tripulantes del segundo helicóptero aun no llegaban y faltaban algunos de sus alumnos.

—Seguro se retrasaron, pero han de estar bien —le dijo Asuma encendiendo un cigarrillo cuando se paró a su lado a mirar por la puerta principal esperando ver alguna señal de que estaban cerca. Pero la desilusión lo invadía—te ayudará a relajarte —le acercó la caja de cigarrillos ofreciéndole uno, pero él lo rechazó.

—Saldré a mirar en los alrededores —dijo Jiraiya acercándose a una mesa donde tomó un juego de llaves y se dirigió a la cochera de la mansión. Tenía un muy mal presentimiento de la situación y no iba a dejarlo así nomás.

Al llegar, se encontró con Naruto apoyado sobre uno de sus autos, cruzado de brazos.

—Iré contigo —le dijo como si intuyera que las cosas no andaban bien y que él, parecía tener el mismo mal presentimiento que él.

Jiraiya no dijo nada, discutir le parecía una pérdida de tiempo en ese momento. Eso sí, buscó en un cofre viejo y cubierto de polvo, sacando un maletín que tenía armas de fuego. Cargó una y la metió en la parte posterior de su pantalón, la otra, se la dio a Naruto que lo miró con horror.

—Lo que posiblemente nos encontremos allá afuera —dijo moviendo la cabeza— deba ser exterminado a como dé lugar.

El joven tragó saliva y asintió, tomando el arma con miedo. Jiraiya golpeó su mano y la tomó enseñándole a empuñar con firmeza el arma.

—No puedes dudar cuando tienes una de estas. Tiras a matar.

El joven no sabía qué hacer al respecto realmente, en ese momento, había una batalla de convicciones en él, pero en cuanto sintió el sonido de la alarma que quitó del vehículo, subió al asiento del copiloto sabiendo que ese viaje no iba a ser un simple paseo por los alrededores.


Terminaron de armar con cuidado su nuevo experimento y ponerlo en los vasos de precipitado, recubriéndolos con unas finas hojas de caucho que había en el laboratorio para retrasar la explosión. Apenas hicieron unas cuantas, las suficientes, para lanzarlas y huir.

Kakashi se paró en la puerta con las bombas en mano y después de mirar a su novia, las lanzó hacia donde estaban los zombies, esperando, buscándolos como sabuesos o perros policías y abriendo la puntería y luciendo su excelente puntería, sintiendo el cristal romperse al caer al suelo, dándole el tiempo suficiente para que el gas se expandiera y el caucho se resquebrajara causando la explosión a los pocos instantes.

Se asomó a mirar por la puerta entreabierta viendo el estado en que habían quedado, tomando la mano de Fuyuki y saliendo con rapidez de ahí. Aún tenían uno o dos trucos más para el camino, que como profesor de ciencias iba a usar y explotar —nunca mejor dicho— en esa situación.

Habían quedado con Gai en verse pronto, aunque les iba a tomar su tiempo si seguían encontrando infectados en el camino. Esperaban llegar a tiempo al punto de encuentro antes de que fuera demasiado tarde.


Los teléfonos en el ministerio de salud no paraban de sonar. Tsunade no sabía a cuántos había ignorado, pero en cuanto los llamados del gobierno se volvieron más insistentes, más urgentes, hasta que el mismísimo emperador estuvo ahí, exigiendo explicaciones, no quedó más alternativas que contarle lo sucedido y hacer lo que ella no quería: declarar alerta máxima.

Se mordió la uña del dedo pulgar. Aun no tenían nada para dar una ligera esperanza a la población, sólo sembrar pánico con algo que no podían manejar, que no podían curar y que pronto, los iba a matar.


No pensaba demorarme tanto actualizando esta historia, que la tenía ya terminada y entre una y otra cosa acabé postergándola. Espero volver a un ritmo más fluido de ahora en más.

¡Un abrazo!