Disclaimer: Ningún personaje de Shaman king me pertenece. Sólo me pertenece los personajes creados para este fic.
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Capítulo 3: Planes
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Unas pisadas lentas y sincronizadas se dejaron escuchar en el largo pasillo. Las puertas corredizas se abrieron de par en par dejando pasar a la presencia que caminaba con la mirada centrada en la siguiente puerta. Después que la última se cerrara tras él, se dirigió directamente hacia uno de los cojines, justo al frente de la otra presencia que parecía muy concentrada en beber de su taza de té.
—Me llamaba señor. —Hizo una reverencia.
—Isamu —llamó la voz—. Siéntate y dime las últimas noticias.
—Mi señor debe estar muy preocupado por la situación actual.
—Es de esperarse con alguien desconocido merodeando por los alrededores.
—Haremos lo que esté de nuestra mano para no generarle problemas —explicó, con seguridad—. Mi señor vivirá por muchos años.
—Confío que harás un buen trabajo —asintió—. Sabes que tenemos muchos negocios con el Shogun, y cualquier evento desafortunado, no iría nada bien.
El hombre aceptó, muy determinado. Dejó sus armas sobre el tatami que cubría el extenso piso, mientras se sentaba en el cojín designado. Al arreglarse el haori negro que llevaba, sacó tres pergaminos y los colocó al frente del Daimyo, quien hizo una mueca particular de felicidad.
—¡Vaya! —dijo con algarabía—. Agradezcamos a la situación política del país en conseguirlos tan rápido. Has hecho un gran trabajo.
—Sólo necesitamos ninjas dispuestos a colaborar con la causa —explicó confiado—. Son muy capaces, y sobre todo, no dejan ningún cabo suelto. Además, odian la presencia de los oficiales en el bosque, son muy molestos.
—Es un precio que hay que pagar por segur con el plan. —Movió los ojos, fastidiado—. Sólo son estorbos que van en contra de nuestro proyecto de extensión de las tierras.
—No tiene de qué preocuparse, todo estará listo para la siguiente luna mientras hacemos los preparativos del caso.
El Daimyo soltó una risa al coger cada pergamino del piso y empezó con la lectura. Pasó varios minutos paseando los ojos por las distintas letras que lo alegraba cada vez más; no dejaba de felicitar a su subordinado por el buen trabajo que había realizado.
—¡Perfectos! Tomará algunos días elaborar los nuevos y enviarlos nuevamente.
—No se preocupe, los ninjas lo harán con discreción; en pocos meses podremos disfrutar de nuestra nueva expansión.
—Estoy seguro de eso —se rió. Juntó los pergaminos y los guardó en el haori blanco que usaba—. Aunque me da curiosidad lo que dijiste en la reunión de esta tarde. ¿Una ninja nos está dando problemas?
—Disculpará si no le advertí antes lo que diría en la reunión. —Isamu hizo una reverencia—. Estoy seguro que será una buena motivación para los Samuráis, a ellos les gustará la idea de capturar al supuesto ninja. Debíamos pensar en cómo deshacernos de tal amenaza.
—Me pareció un poco exagerado, pero estuvo bien, no te lo recrimino —sonrió—. No deseo que ningún documento más caiga en manos de esa mujer.
—Descuide. Es cuestión de tiempo para dar con su paradero. En nuestro último recorrido notamos que la frontera es el único lugar que no hemos prestado la debida revisión.
—Hazlo pronto. No me gusta la sensación de tener alguien persiguiéndome sólo por una tontería. Se nota que no quiere vivir más, debería encontrar un lugar mejor donde quedarse.
—Señor. Las personas que vio en la tarde son habilidosos Samuráis.
—Ahora que lo mencionas, varias caras son conocidas, aunque no sabría decir de dónde. —Repasó la mano por el mentón de manera pensativa.
—Son oficiales, rangos superiores e inferiores. Tienen un buen dominio con la espada y no dudarán en dar su vida por defenderlo.
—¡Cierto! Ahora que recuerdo. El de cabello plateado tiene una espada formidable. ¿Sus habilidades son muy buenas como aparenta? Porque para que lo hayas traído hasta aquí.
—Sí señor. Hace sólo trabajos de campo y algunas ayudas personales, pero su precisión es muy avanzada.
—Muy bien. Lo que me importa es la espada que posee. Aunque me haré cargo de ese tema cuando hayamos terminado con la amenaza.
—Descuide mi señor. Yo mismo me haré cargo de la búsqueda de la mujer y espero que dé la orden de llevar conmigo algunos hombres a la frontera.
—Haz lo que creas conveniente. A propósito, ¿Dónde se encuentran ahora?
—Siguiendo con sus actividades rutinarias, como lo pedimos.
—Muy bien. Quiero que los mantengan vigilados y que hagan su trabajo.
El hombre hizo una reverencia con sus manos apoyadas en el tatami y después se levantó del cojín. Con una última mirada hacia la presencia del Daimyo, que parecía de lo más animado tomando su taza de té, se dirigió hasta la puerta principal que se deslizó rápidamente para que pudiera salir.
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El paisaje frente a sus ojos era el mismo de siempre. Interminables extensiones de tierra donde se cultivaba diferentes granos y alimentos para la casa principal del Daimyo. Las estructuras de las casas de madera parecían mimetizarse con los árboles, algunas mujeres caminaban entre las casas mientras paseaban a sus niños. Fue entonces que una sonrisa melancólica apareció entre sus labios.
Después de varios días de estar a la expectativa de alguna noticia sobre el infiltrado que quitaba el sueño a varios de sus superiores, no tuvo el tiempo para prestar atención a las personas que vivían sin preocupaciones en las tierras pertenecientes al Daimyo. Interiormente sintió la necesidad de protegerlos pese a que no los conocía, ya que experiencias pasadas, le hizo ver el significado de la efímera vida. Aprovecharía la ocasión que le asignaron algunas labores de campo para volver fértil la tierra y disfrutar de esos momentos de calma.
Transcurrieron sólo un par de días después del plan maestro de su mejor amigo por olvidar las supuestas penas, y disfrutar de un día lejos de las responsabilidades que conllevaba el vivir en esas tierras. Era muy tarde para negar que se divirtiera porque su estado de ánimo lo delataba cada vez que conversaban sobre lo acontecido. Sería muy difícil olvidar la ingesta imprudente de alcohol, y sobre todo, a la mujer de ojos carmines que no dejaba su mente por más que quisiera.
—¡Amigo! Te veo muy pensativo.
Detuvo sus pensamientos ante el grito y dejó la pala a un lado. Un apurado Mosuke llegó hacia él, esa sonrisa burlona no dejaba ni un segundo su rostro, por lo que pudo concluir que lo volverá a molestar con el mismo tema.
—Estos dos días has estado igual —agregó, Mosuke—. Cumplí mi palabra que te divertirías.
—No lo creo —desvió la mirada, mientras se rascaba el mentón—. No quisiera hablar de eso ahora.
—¿Es una broma? —resopló, ofendido—. Amigo, estoy seguro que en cualquier momento me contarás lo sucedido, porque me parte la curiosidad saber quién fue la mujer que interrumpe tu trabajo —se burló.
—Mosuke —advirtió, Amidamaru—. No sé de lo que…
—No trates de engañarme. —Le dio una palmada en la espalda—. Estoy seguro de lo que vi, y saliste de una habitación. —Lanzó una carcajada—. No tengo ninguna duda.
—M-Mejor no preguntes.
—¡Te lo dije!
No supo que decir. No sabía cómo seguir defendiéndose ante la acusación específica de su amigo. Después de esa crítica noche, Mosuke lo descubrió a la salda de la habitación, por más que quiso exponer cualquier razón, era muy obvio lo sucedido. Quiso desaparecer en ese momento a causa de la vergüenza, pero no le quedó otra opción que decir la verdad. Obviamente no le contó los detalles, sólo le echó la culpa al alcohol por la decisión.
Después que regresaran de la frontera, se arrepintió completamente el contarle la notica; no hubo un solo momento que no dejara de molestar con el mismo tema. Le preguntó miles de veces el nombre de la muchacha que tuvo la 'facilidad' de traspasar la armadura del Samurái, porque estaba seguro que necesitó ser mucho más que Sake. Hizo lo posible por ignorar los comentarios, pero le era difícil deshacerse de su amigo. Él no era como Mosuke que estaba interesado en casarse algún día y que no encontraba a la mujer adecuada para hacerlo.
Lo único que le preocupaba era que en algún momento lograra convencerlo de decirle quién era la mujer con quien pasó la noche, porque no le mencionó palabra alguna sobre Asahi. Era un pensamiento recurrente sobre la verdadera identidad de la muchacha que se negó a estar con otras personas, y sin embargo, lo aceptó a él. Podría pensar que se trataba de alguna tetra que debía descubrir.
Por lo pronto debía concentrarse en otros temas más importantes.
—¿Por qué no hablamos sobre otro asunto? —resopló, cansado, inconscientemente acomodó parte de la armadura roja sobre los antebrazos, y añadió—: Algo más importante quiero decir.
—¡Al fin soltarás la lengua! Soy todo oído.
—Espero que nos referimos al mismo tema. —Se aclaró la garganta—. No es algo para bromear. —Comenzó a sentirse ansioso.
—Mmm entonces te escucho.
La duda lo consumió por algunos segundos mientras trataba de formular las palabras que diría. Después de la diversión, llegaba la seriedad, y los asuntos del atacante desconocido en las tierras del Daimyo, se volvía neurálgico. Siempre pensó que, como buen amigo, debía compartir la información con Mosuke, pero la idea chocaba con la palabra de honor sobre mantener el tema del ninja en secreto. Sintió esa balanza interna que lo obligaba a mantener la boca cerrada. Estaba agradecido con el Daimyo por dejarlo vivir en sus tierras; sin embargo, la amistad con Mosuke, que venció hasta la misma muerte, valía más.
—Si te quedas callado. —Mosuke se impacientó—. Debe ser algo muy serio.
—Lo es, pero comprenderás que es parte de mi trabajo aquí.
—Si es algo riesgoso de contar, mejor dejémoslo ahí.
—Nos conocemos tantos años que ahora…
El sonido de una campana lo interrumpió.
Volteó la mirada tratando de ubicar el sonido cuando el humo que salía desde la casa principal, lo alertó. Como le dijera un superior alguna vez, la campana siempre sonaba en momentos de urgencia y los Samuráis debían reunirse en donde fuera el problema. Nunca escuchó la campana, pero la señal era muy clara.
—¡Es una emergencia! —Se alertó Mosuke—. ¡Debes ir!
—Salir de un problema para meternos a otro.
—Te ayudará a no aburrirte, amigo.
—Te contaré todo una vez que termine con esto.
Mosuke le hizo una seña de aceptación. Fingió una sonrisa ante la seriedad, y caminó hacia sus espadas que se encontraban a un lado de la tierra, enfundado y listo para usarlas. No era que le gustaran los problemas, pero algo debía ocurrir para que usara nuevamente a 'Harusame'.
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Una parte de la casa principal estaba en llamas.
Varios de los rangos inferiores corrían de un lado a otro con baldes de agua para apagar el fuego que no parecía cesar. Algunas mujeres, aun entre la desesperación del momento, trataban de ayudar a las personas que salían malheridas del recinto. Las columnas de madera se consumían por el fuego rápidamente, y algunas se desplomaron. Gritos, pedidos de ayuda no dejaban de intercambiarse en distintas divisiones de casa.
Amidamaru llegó entre el fuego cortante de la casa. Ayudó a un par de personas a salir de entre unas columnas ardientes, pero necesitaba llegar más allá, parte de su responsabilidad le pedía averiguar lo sucedido. Corrió por el diámetro de la casa y notó la figura de uno de los superiores; al parecer daba órdenes a unos Samuráis que corrían en busca de ayuda.
—Busquen al causante de este atrevimiento.
—No estamos comunicados sobre algún…
—¡Hagan lo que les digo!
Arrugó la nariz ante la prepotencia del superior, y siguió su camino hacia él. Su vista se paseó nuevamente por las instalaciones, poco a poco eran neutralizadas por varias personas responsables de apaciguar el incendio. Las órdenes iban y venían por los superiores que se mostraban preocupados ante la emergencia. Todos hacían lo posible para que los daños no sean demasiados y generara más perdidas a la casa principal.
—Señor, no encontramos actividad en otras partes de la casa.
—Busquen bien. Tiene que estar ahí.
—Takeda-dono. No me querrá decir que…
—No me hagas repetir lo que ya sabes.
El hombre se quedó callado, siguió con su camino para guiar a las demás personas para que ayudaran a sus compañeros a salir entre las estructuras. Amidamaru quiso ayudar a todos al mismo tiempo, pero su vista se posó en el fuego ardiente de la casa. Planeó continuar con su camino hasta que logró ver algo; una silueta delgada que se detuvo justo frente a él, pero que se movió rápidamente hacia otra parte de las instalaciones internas del lugar.
Con una maldición entre dientes, apretó los puños y sacó la espada del cinto; con todas las intenciones de dirigirse hacia aquella silueta; Sin embargo, escuchó su nombre entre varios presentes y ocultó una mueca de desagrado al ver de quien se trataba.
—Takeda-dono. A mi parecer seguimos el mismo objetivo.
—Da importancia a tus propios asuntos, muchacho.
—¿Usted también lo noto?
—Yo no vi nada.
—Isamu-dono debe estar con el Daimyo en un lugar seguro.
—Adelante, puedes hacer lo que desees —comentó el hombre de mala gana. Guardó la espada en el cinto y dio la vuelta para irse en dirección contraria al Samurái de cabellos plateados.
Amidamaru suspiró al sentir la mala actitud del hombre que comenzó su camino hacia otro lugar e ignoraba sus comentarios. Quería ayudar a la persona mayor que supuestamente era un superior, pues esperaba que le diera alguna orden, ya que debía tener más experiencia que él. Sin embargo, los honoríficos sólo serían para nombrar el rango, más que la experiencia.
Sacudiendo la cabeza para concentrarse, pensó que el fuego sería impedimento para poder alcanzar la silueta que logró identificar entre las estructuras. Su superior tenía la misma idea que él, pero seguramente necesitaba refuerzos para cumplir su trabajo. Él no requería de nadie. Era ahora o nunca. Corrió rápidamente en medio del humo y las columnas principales.
Algunos pedazos de madera crujieron y se precipitaron al suelo como consecuencia de la debilidad producida por el fuego. Siguió ese camino esquivando cualquier cosa que se le pusiera en el camino. No dudaba que la situación fuera peligrosa, que seguramente muchos de los Samuráis escogieran ir por el ala norte de la casa y hacer más prudente su ingreso, pero necesitaba actuar con rapidez antes que el sospechoso se saliera con la suya. Por lo menos la edad era beneficiosa en ese tipo de casos donde tenía que correr ágilmente y no dejar que alguna madera diera con él.
Se detuvo en uno de los salones principales después de protegerse de un pedazo de madera que planeaba acabar con él antes de tiempo. Tuvo que poner la mano en el cinto de la espada, preparándose. Había alguien más en ese lugar, podía sentir una respiración muy tenue que alertaba sus oídos. Su piel se erizaba por el peligro inminente. Podía estar escondido en cualquier parte, y las maderas que caían eran una distracción. Cerró los ojos y su concentración se extendió en cada espacio del lugar tratando de percibir la energía proveniente de esa persona.
Un choque inminente de espadas.
Apretó los dientes al sentir la presión de la espada causada por la entidad frente a él. Contuvo la respiración al enlazar lo que sucedía. Era la misma persona de la imagen que le fuera entregada en la última reunión. Un supuesto ninja que lo atacó con mucha fuerza.
—No podrás escapar de aquí.
Hizo más fuerza sobre las manos, el cuerpo de la mujer retrocedió unos pasos, y pensó que no tendría posibilidad alguna. Lo tenía dominado. Siguió ejerciendo presión en el intercambio, pero su intento fue inútil cuando en cuestión de segundos la mujer hizo una voltereta para deshacerse de su espada que aún tenía en sus manos. Tuvo que cubrirse el rostro para evitar que cayera un inminente golpe. Nuevamente el choque de espadas comenzó. Apretó los dientes a causa de la fuerza y siguió con sus movimientos acompasados.
Ahora tenía sentido la preocupación de Isamu para que se apresara a esta mujer de inmediato. Cada movimiento que lograba hacer y la flexibilidad que demostraba en cada respuesta ante sus ataques, era digno de admirar. Aunque no estaba de acuerdo con el comentario de Mosuke sobre no aburrirse, ya que era un problema serio en todo el territorio, no podía negar que era un enfrentamiento interesante. A las justas le daba tiempo para respirar.
—Siento si les quito un poco de diversión.
Su atención fue desviada a un lado del salón y notó de quien se trataba. El superior Takeda, que siguió el otro camino al a casa principal estaba por una columna. El intercambio de espadas se detuvo y cada uno volvió a una posición de ataque. La mujer ninja parecía concentrada en su postura de dos manos sobre su espada y mirando hacia Takeda.
—Takeda-dono, lo tengo todo controlado.
—No digas tonterías muchacho —silenció, burlonamente—, no creo haberte visto tan seguro de lo que hacías.
—Podemos discutir ese tema después.
—Pero que tenemos aquí, una mujer que sólo es útil para…
Las palabras del hombre fueron detenidas por un par de instrumentos muy conocidos por ellos. Uno de los Shuriken pasaron raspando la mejilla del hombre mayor, que se limitó a poner una expresión de sorpresa por el atrevimiento; Amidamaru lo supo esquivar y suspiró ante la imprudencia de su superior. Cuando puso tuvo los pies sobre la tierra después de esquivarla, su mirada dirigió más allá de la mujer; logró divisar a tres sombras que se acercaban a ellos a una velocidad impresionante. Varios Shuriken se acercaban. Tuvo que usar su espada rápidamente para apaciguar los daños.
—¡Seguro son sus aliados! —gritó, el superior, mientras se limpiaba la mejilla sangrante.
—Me haré cargo señor —se ofreció de inmediato.
—Deja a la mujer para mí.
—Como lo desee Takeda…-dono.
Apretó los puños, no tenía alternativa. Estaba seguro que se arrepentiría por no terminar su pelea anterior, pero no podía ignorar la petición del superior por apresar a la mujer que era inmune a cualquier ataque, y que al parecer, era ajena a lo sucedido. La situación cambió una vez que tres sombras hicieron su aparición. Eran ninjas, de eso no había duda. Pensó de inmediato que se trataba de aliados del enemigo, pero desechó la idea cuando los ninjas empezaron el ataco hacia la mujer.
Si eran sus aliados, por qué la atacaban.
—Intenta engañarnos —añadió, Takeda.
No supo que contestar porque no podía afirmarlo, ni negarlo.
No pudo pensar en alguna otra relación cuando los ninjas comenzaron con su inminente ataque, sus movimientos eran flexibles y con toda la fuerza para pretender hacerlo perder su espada. Esos aquellos ojos negros oscuros, con el ceño fruncido, y esa sensación única de muerte; podía percibir el odio de esos ojos en cuestión de un segundo. Sabía que desde niños los formaban para no tener sentimientos, ni emociones, sólo asesinar a cualquiera que vaya en contra de sus intereses
Muy diferente a la situación que tuvo con la mujer.
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Nuevamente estaba sentado en uno de los cojines del inmenso salón. Varios superiores y de rango inferior caminaban desde la puerta hasta ubicarse en los cojines posteriores del recinto. Era raro. El ego de aquellas personas era tan grande que siempre ocupaban los asientos frente a la presencia del Daimyo, y ahora, se comportaban como los hombres castigados. No era para estar orgulloso del rendimiento de esa tarde, pero no pensó ver algo similar.
Cada vez que una persona nueva hacia acto de presencia en el lugar, el ambiente se volvía más denso, y ni el volar de un mosquito podía interrumpir el silencio sepulcral en el que estaban inmersos. Nadie comentaba nada.
¿Qué podrían decir si habían dejado pasar la oportunidad de sus vidas al escapárseles la mujer que infundía el desconcierto en esas tierras?
—¿Alguien que tenga buenas noticias?
Los presentes hicieron su reverencia en su sitio. La cortina de colores se desplegó de un lado a otro dejando apreciar el rostro malhumorado de Isamu quien estaba a un lado del Daimyo. Ningún comentario fue expuesto, y sintió la presión invisible ejercida en tales simples palabras. Nadie tenía la cara para defenderse después de haber fallado en la misión.
—Pensé que muchos estaban 'entusiasmados' en darle buen uso a la mujer —escupió—, y ahora nos enteramos que le abrieron la puerta principal para que se fuera.
—Señor… —interrumpió, un superiore—, si me permite, no es del todo cierto.
—Takeda-dono. —Hizo un ademán de silencio—. ¿Pudiste descubrir de dónde es? ¿Para quién trabaja? ¿Qué es lo que busca? O tal vez algo tan simple como, ¿dónde podemos ubicarla?
El hombre se quedó sin palabras ante las interrogantes. Cada pregunta en tono de voz fría y cortante daba la sensación de ser certeros cuchillos que traspasaban el salón, y hacían temblar hasta los Samuráis de rango inferior. En una simple negación de cabeza y volviendo a su posición de reverencia, el silencio una vez más inundó el lugar.
—Espero su informe en unas horas, y déjeme comunicarle, que si no tienen respuesta a mis preguntas, mejor guárdense sus comentarios.
—Lo siento Isamu-dono.
—¿Alguien más que quiera vivir de ilusiones? —Isamu bajó el escalón que dividía el estrado principal donde se encontraba el Daimyo con rostro de aburrimiento, y empezó con su caminar lento entre los puestos de los asistentes—. Como verán, no se trata de un juego, sino de solucionar este tema lo antes posible…
Cada palabra de su superior denotaba molestia. Se sintió molesto consigo mismo por no ponerse serio cuando tuvo la oportunidad. Por un momento quiso decir algo y defender a Takeda por la acusación, pero si mencionaba que estuvieron a punto de apresarla, no sería suficiente respuesta para el hombre mayor que quería resultados en lugar de acciones inconclusas.
Se arrepintió de no escuchar sus instintos que le pidieron continuar peleado contra la mujer ninja, pero por su forma de aceptar las reglas, dejó que Takeda siguiera con la lucha; fue una equivocación de su parte. Si hubiera peleado seriamente e iba en contra de la voluntad de su superior, ahora no estaría lamentándose. Los ninjas fueron muy rápidos a la hora de perseguir en conjunto a la mujer, como si se tratara de una enemigo más, lo cual, dificultó su casería. Después de mucho esfuerzo, la mujer logró deshacerse de uno de ellos y se escapó gracias a la intervención de Takeda, que no pudo con ella. Se dio cuenta muy tarde que al parecer el rango no calzaba con las habilidades que decía tener.
Todo terminó con los tres ninjas sin vida a causa de una pócima y la mujer que desapareció de la escena como si se tratase del mismo viento.
—Espero la cuenta de los daños y los informes de los involucrados en la fuga de nuestra visitante —expresó, con ironía—. Comprenderán que nuestro señor no desea mostrar su inconformidad en esta ocasión, así que siéntanse afortunados—. Hizo un ademán de conformidad antes de recibir el asentimiento colectivo—. Eso es todo por ahora. Pueden retirarse.
Ante la despedida del superior, los hombres se levantaron de sus posiciones. Ningún comentario adicional se dejó escuchar en el salón mientras se salían en orden. Nadie quería contrariar a la mano derecha del Daimyo porque, a pesar de tener un rostro y actitud afable, cuando se refería a trabajo bien hecho, era un anciano de temer.
Esperando que todos caminaran a la salida, aminoró la velocidad del paso. Entonces, la voz de Isamu lo llamó.
—Amidamaru.
—A sus órdenes, Isamu-dono. —Se detuvo.
—Espero también su informe completo en unas horas.
—Descuide, lo haré.
—Lo que menos quiero —suspiró— es que alguien tan joven termine como Takeda.
—No entiendo su comentario, Isamu-dono.
—Que hagas tu deber, según tus principios —explicó, detenidamente—. Lo que más aprecio es a un Samurái haciendo lo correcto y cumpliendo los objetivos.
—Comprendo. —Hizo una leve reverencia con su cabeza—. Seguiré su consejo.
Agradeció las palabras de su superior, sin embargo, le dejó un raro sabor de boca la insinuación con respecto a su informe. Tuvo que ser avisado por otra persona que él participó en la fallida captura de la ninja, para que estuviera interesado en saber su versión de los hechos. De todas maneras, seguiría su consejo y no cometería el mismo error.
Amidamaru, al igual que los otros Samuráis, salió de la estancia del Daimyo.
—Isamu —llamó el daimyo—. ¿Me podrías explicar por qué estuvieron esos ninjas ahí.
El susodicho se sorprendió ante las palabras del terrateniente, se hincó en ambas rodillas y agachó la cabeza ante él.
—Mi señor, mis más sinceras disculpas —dijo, con seguridad—. Fue un mal cálculo. Corre de mi parte el castigo impuesto. —Cerró los ojos con firmeza—. Puedo asegurarle que cumplieron con su misión de acabar con sus vidas antes de ser descubiertos.
—Ya veo. —Se mostró pensativo—. Me guardaré tus palabras para otra ocasión. Debes tener cuidado para la próxima vez, no deseo que alguien sospeche a que bando pertenecen.
—Descuide, no se volverá a repetir —aseguró—. Con respecto a los daños, sólo fue un pequeño sacrificio de la casa principal. Tendremos trabajos de reconstrucción por voluntarios y…
—No digas más —interrumpió—. Entiendo mi propio plan y me gusta tu idea de generar más fricción con esta indeseada visitante.
—Siempre a sus órdenes señor.
-Continuará-
N/A: Gracias a los lectores por seguir la historia.
