Nada de esto me pertenece, los personajes son de la Sra. Meyer y la historia es de LadyEscalibur2010, lo que si me pertenece es un par de entradas para Pearl Jam wiii.


El dolor se puede sostener, no obstante de forma desoladora, si nadie te habla. Cuando alguien lo hace, te quiebras ~ Bede Jarrett

Él la vio caminando hacia el este y rápidamente corrió detrás de ella. La mayoría de los hombres, aquellos que no tienen el control de sus emociones y reacciones hubieran tirado de su brazo para voltearla y gritarle. Edward Cullen no era parte esa mayoría. En su lugar se le adelanto, bastante ágil en su repentina desesperación, se detuvo frente a ella y se giro para mirarla. Tendió sus brazos en caso de que ella se cayera, sorprendida al verlo allí.

Ella se detuvo de repente pero mantuvo su equilibrio, por lo que él bajo sus brazos.

-Srta. Swan,- comenzó a decir con un tono de voz calmante. Era la voz que usaría si se hubiera encontrado con un perro herido. O con un mapache rabioso. Todavía no estaba seguro si Isabella Swan era uno u otro. De todas formas, debía acercarse con precaución. Por suerte tomar precaución era una de las cosas que Edward Cullen hacia mejor. Venia naturalmente, un disfraz que se había vuelto realidad.

Ella levanto su mirada y sus mejillas estaban mojadas. Eso, admitió, lo sorprendió. Su opinión acerca de las sorpresas ya es bien conocida. Suspiró exasperado. - ¿Por qué estas llorando? Ciertamente yo soy la parte perjudicada.- Él mismo distinguió en su tono una nota de petulancia, y eso lo molesto. Aun más, de nuevo.

Isabella solo sacudió su cabeza, tratando de seguir caminando, pero él se interponía en su camino cada vez que lo intentaba. Finalmente se detuvo, resoplo fuertemente y se cruzo de brazos. Edward sintió una pequeña punzada de satisfacción al haberla molestado, para variar. Él admitió que era inmaduro pero era verdad. Algunas veces un hombre tenía que tomar alguna satisfacción de donde pudiera.

-Mira, dije que lo lamento,- dijo apresuradamente. –No te molestare de nuevo.-

-Bueno supongo que algo del día se salvo después de todo,- observo con alivio. Mientras que la buena educación mandaba una respuesta más cordial, él había sido llevado hacia sus límites, y seguramente ella tendría que saber que era su culpa ¿no?

-No debí haber…-Ella sacudió su cabeza. -Solo pensé que tu- Luego sin decir nada mas, Isabella se giro y comenzó a caminar lentamente en otra dirección. Él observo por un largo tiempo, como se alejaba, sin saber porque que se sentía… inquieto e insatisfecho. Ella había prometido que no lo iba a molestar, que no se iba a entrometer de nuevo en su vida. No había razón para seguirla, ninguna razón. De hecho, él tendría que volver al bar para intentar de alguna manera, salvar el resto de la noche y coger. Dos veces.

En lugar de eso, corrió detrás de ella, más molesto consigo mismo que con la exasperante Isabella Swan y eso era decir algo. Una vez más se interpuso en su camino, sin dejarla caminar. Él no la toco. Uso su altura como ventaja para amenazarla, aunque en realidad no era del tipo de hombre que amenazaba. Se sentía incomodo y falso.

-Si no eres una periodista ni una escritora, entonces podrías decirme ¿qué demonios haces aquí?- dijo bruscamente. Él sentía un dolor formándose en su cráneo. Pronto se irradiaría por su cabeza y se expandiría como una tormenta en su frente. Reprimió las ganas de frotar el inminente dolor para que desaparezca. Era solo malestar, algo que él podía tolerar.

-Yo vivo aquí,- ella dijo añadiendo con ese dato otra razón para considerar este día como terrible, horrible, espantoso y horroroso.

-¡¿Tu vives aquí?- Seguramente había escuchado mal. Tal vez tenía un tumor en el cerebro. Solo podía desearlo.

Pero si era verdad, y la había escuchado correctamente… Se pregunto si el mudarse a otra ciudad, estado tal vez, reflejaría una falta de control. Así y todo, pensaba que podría disfrutar de Europa. Podría reconstruir su segura y cómoda vida en otro lugar.

No era peligrosa la presencia de la Srta Swan sino lo que sabía. Si ella lo había descubierto, ¿Cuánto tiempo tomaría para que los demás lo hicieran también? ¿En cuánto tiempo ella develaría sus deshonras al mundo entero? ¿En cuánto tiempo comenzarían los susurros y las miradas por lo bajo? ¿En cuánto tiempo comenzarían las bromas? ¿Cuánto tiempo tomaría para que aparezcan esas palabras obscenas pintadas en su casa, alertando al mundo de sus pecados, del veneno que corre por sus venas? - ¿Dijiste que vives aquí?- Tal vez él sufría de daños cerebrales. Quizás se había golpeado la cabeza y no lo recordaba. Tal vez había imaginado su respuesta. Solo podía desearlo.

Ella se encogió de hombros defensivamente y se giro para mirar algo detrás por un segundo. – Me mude aquí hace un par de semanas y…- suspiro. –Me tomo todo este tiempo acercarme a ti.- Isabella se froto el rostro con las manos. –Y luego arruine todo completamente. Estaba tan asustada de decir una cosa que dije otra y resulto peor y…-

-¿Por qué en el nombre de Dios querrías hacerlo? ¿Acercarte a mi?- Esa era la pregunta ¿no? ¿Cuál era su itinerario? ¿Si no ganaba nada desbaratando su pequeña y ordenada existencia para que lo hacía?

-No lo entenderás,-ella murmuró.

-Tienes razón, probablemente no lo haría, pero quisiera una explicación. Creo que lo merezco.-

Ella vacilo un momento. –Bueno, si soy una escritora,- dijo. Dio su confesión en la misma manera en la que un niño admitiría sus mentiras, con una gran sensación de vergüenza y con la sincera esperanza de que no la castiguen.

-Lo sabia.- Su tono de voz era monótono y su expresión, tensa. –Bueno entonces, que disfrute de la noche Srta Swan. No tenemos nada más que decirnos.-

Él se giro y comenzó a alejarse, pero esta vez fue el turno de la Srita Swan de perseguirlo. Ella si tomo de su brazo y lo obligo a girar, aprovechando el asombro de Edward por su osadía. – Soy escritora, pero no estoy interesada en escribir una historia acerca de lo que Masen hizo. Soy escritora. Con eso me gano la vida pero la razón por la quiero hablar contigo no tiene nada que ver con lo que él hizo.- Ella se estremeció. –No, no tiene nada que ver.- Ella soltó su brazo cuando él la miro puntualmente. Dejo caer sus brazos a los lados. –En realidad escribo libros para niños.-

Una vez más, la Srta. Swan lo sorprendió. Se estaba cansando de las sorpresas. Eran agotadoras. Toda esta situación era agotadora. Pero sobre todo, Isabella Swan era agotadora.

- ¿Libros para niños? Dudo realmente que los crimines de un asesino en serie sean un tema adecuado para un libro para niños.- Había algo raro al decir las palabras "asesino en serie". ¿Hace cuanto tiempo la combinación de esas palabras había salido de su boca? Edward no podía decidir si eso representaba una especie de liberación o si solo era un candado más a su prisión.

- No estoy escribiendo nada acerca de… eso.- dijo lentamente mientras se estremecía. Edward no estaba seguro si eso se debía solo a la brisa de la noche. – Es solo…- suspiro, y rodeo su cuerpo con sus brazos, abrazándose fuertemente. – Deseaba…necesito saber…-

Algo en su voz y su postura, le dio que pensar. Ella estaba rota a su manera, como él lo estaba en la propia. Ella solo lo escondía mucho mejor. Mientras que él había encontrado consuelo en el control y el régimen, ella lo había hecho en tratar de tener una vida completa y normal.

Cuando hablo, él odio el tono de dulzura en su voz. -¿Por qué? Solo olvídalo. Es una historia antigua. Nada de eso importa ahora.- Desde luego que importaba, pero solo a él. Pasaría el resto de su vida tratando de expiar los pecados de su padre. Esta mujer lo exasperaba y desesperaba, pero él era todavía un ser humano y sabia reconocer el dolor en los de las personas cuando lo veía.

-A mi me importa,- ella insistió suavemente. Isabella Swan trago fuertemente y Edward miro por sobre de su hombro, dándole un último vistazo a la puerta del bar. Hubiera sido tan bueno obtener esa descarga hoy. Pero parecía que no lo iba a hacer, así que dejo su frustración de lado, controlando cuidadosamente su necesidad, y se giro para caminar a casa. Había terminado con Isabella Swan. Se había cansado de permitir que destruyera su autocontrol.

Tenía que alejarse de ella. Todo a su alrededor destilaba peligro e impulso.

Él escucho los pasos detrás, pero los ignoro. Estaba cansado de lidiar con la Srta. Swan y sus preguntas explosivas. Cansado de sentirse fuera de lugar, cohibido, y todas las demás sensaciones incomodas que ella trajera consigo. Él quería su rutina tranquilizadora, la comodidad de sus pertenencias (un lugar para todo y todo en su lugar). Él quería el consuelo del orden y la predictibilidad.

Con la Srta. Swan alrededor, todas esas cosas se acababan y él estaba muy cansado. -¿Sr. Cullen?- preguntó cuando lo alcanzo.

Él no se detuvo, ni siquiera aflojo el paso. Ni siquiera le dio una mirada de cortesía. -¿Si?- dijo en forma brusca y respiro profundamente, liberando algo de tensión. Respira, respira como dijo el Dr. Harvey. Incluso después de tantos años, podía escuchar la calmada voz del Dr Harvey en su cabeza.

-Escúchame, no te culpo por enrojarte conmigo. Yo estoy enojada conmigo,- dijo con una obvia nota de frustración. – Así que… déjame invitarte una taza de café. Tratare de explicarte. Si me lo permites. No tienes que volver a hablar conmigo, pero por favor, déjame explicarte.-

Él se quedo parado ahí en la calle, con su cuerpo deseando esa descarga como si supiera que en algún momento de la noche pasaría. Su mente estaba todavía inestable, y su cuerpo se sentía como si perteneciera a alguien más. La última cosa que quería en este mundo era tomar una taza de café son esta mujer. Pero cometió el error de mirarla a los ojos. Allí estaba de nuevo, esa cruda agonía que lo llamaba. Algo profundo en su ser cambio en esa noche. A Edward Cullen no le gustaban las sorpresas, pero parecía que insistía en encontrarlas esa noche. Asintió con su cabeza, a pesar de sus intenciones de escaparse, a pesar de su determinación para dejar a esta mujer en el pasado, de manera figurada y literal.

Una rápida y genuina sonrisa apareció en su rostro. –Bien, eso es…bueno. Gracias.- Ella levanto su mirada y la dirigió hacia la calle. –Uh…hay un pequeño restaurant en esa dirección. ¿Está bien?-

Edward lo conocía. La comida era aceptable, su café era bastante bueno, y su servicio era amigable y rápido, por lo que asintió de nuevo. Se giro y comenzó a caminar de nuevo, ahora en dirección al restaurant, dejando que Isabella Swan alcanzara sus pasos y lo siguiera o no, que hiciera lo que quiera. Un momento después, se encontraba a su lado, con sus brazos alrededor de su cuerpo. Él se pregunto porque las mujeres insistían en salir sin los elementos adecuados de protección cuando la noche era fría. Deseaba haber usado una chaqueta para poder prestársela. Tal vez estaría tan agradecida por el gesto que lo dejaría tranquilo de una vez, pensó. Luego sonrió irónicamente para sí mismo. No es probable, admitió. La Srta. Swan no parecía ser el tipo de personas que se rendía fácilmente.

Cuando llegaron, él le abro la puerta. Ella parecía sorprendida, y él se pregunto si era porque la sociedad actual no poseía modales o porque ella sabía lo que él era. Era el hijo de un monstruo. Pero incluso él podía vestirse bien, aprender buenos modales, y ser liberado en la confiada sociedad.

Ordenaron su café y Edward sabía que su itinerario iba a ser modificado aun más al ingerir cafeína tan tarde. Suspiro y trato de olvidarse de eso. Podría haber ordenado un té, pero la idea de una buena taza de café era muy tentadora. Esperaron la bebida en silencio, pero no era un silencio incomodo. Eso lo sorprendió, y no sabía si era una sorpresa desagradable o no, lo que lo sorprendió aun más.

Isabella tomó un poco de su café y dejo salir un pequeño gemido de apreciación. Era una incomodo recordatorio de lo que Edward debería estar haciendo en ese momento. Forzó su cuerpo a la sumisión y permaneció quieto y callado en su lugar.

-Hay algo muy gracioso en las familias,- Bella dijo de repente. – Mi padre, bueno, era un policía.- Sacudió su cabeza. –Creo que él quería que siguiera sus pasos. Pensó que tal vez me gustaría, que sería una manera de corregir errores. Cosas así.- Se encogió de hombros y Edward se quedo allí sentado, mas confundido que nunca. – Pero siempre supe que haría otra cosa. Mi padre veía gran parte de la fealdad del mundo, después de todo ese era su trabajo. Él tuvo asientos de primera fila para ver toda las cosas que los humanos se hacían entre ellos, a propósito o solo con el motivo de la estupidez, y él trato de hacer las cosas bien al asegurarse de que los culpables pagaran. Es un trabajo honorable, y él era bueno en eso. Pero yo sabía que no podría vivir rodeada de la fealdad del mundo. Quería concentrarme en la belleza e inocencia que todavía existía, ¿sabes? La inocencia que todavía existe…en algún lugar. Luego me di cuenta que tenía un don para escribir libros infantiles y tuve suerte. No soy rica, para nada, pero puedo vivir.-

Edward asentía con la cabeza mientras ella hablaba de la belleza y la inocencia, aunque en realidad no lo sabía. Si el tuvo alguna vez inocencia, se la habían arrebatado aquella cálida noche de verano. Fue una persona completamente diferente cuando salió de la casa en la cual había crecido.

Él pondero sus palabras y se dio cuenta de algo. -¿Y tu madre? – la pregunta salió de su boca antes de que pudiera controlarse. Él había abierto una puerta peligrosa. Ella lo conocía, ella sabía todo lo que había pasado. ¿Qué pasaría si ella le hiciera la misma pregunta?

Sus ojos se encontraron y luego los de ella se movieron, él vio la misma reticencia que seguramente mostraban sus propios ojos. –Mi mamá solo quería que sea feliz,- dijo finalmente. – Desde luego, era difícil discutir acerca de las decisiones de carrera con una niña de once años. Estoy segura de que a esa edad quería ser una princesa.- Su sonrisa cambio tristemente para luego desaparecer. –O quizás ganarme la vida cabalgando, como un vaquero aunque tampoco quería vivir en el campo. Incluso es ese entonces odiaba a los insectos.-

Le parecía que la Srta. SWAN estaba evadiendo la pregunta, dando círculos alrededor de ella. -¿Qué le paso a tu madre Isabella?- Edward presiono. Aunque fuera incomodo y arriesgado, tenía que saberlo. Esa no fue una realización bien recibida.

Sus ojos lo miraron fijo y suspiro. –Veras, esa es la razón por la cual fui una perra y me entrometí en tu vida, Edward Cullen.-

Dentro de su ser sabía que no había forma en la que eso sea posible. Él sabia cada nombre, habían atormentad su sueño desde que tenía catorce años. Cada nombre, cada vida, cada horrible acto. Ambos tragaron fuertemente.

-Su nombre era Renne Dwyer,- Isabella respondió como si hubiera visto en la parte más recóndita de su corazón y supiera exactamente como la vergüenza y la culpa lo sacudía, como si supiera que los nombres lo atormentaban. Los nombres de las mujeres a las cuales su padre había matado. De alguna manera ella sabía que él nunca los olvidaría.

Bajo la cabeza y sintió una inmensa tristeza apoderarse de él. Desde luego. Era horriblemente perfecto en su lógica. No tenía un escape, no importaba el hecho de que él tratara de alejarse de los primeros catorce años de su vida, lo habían hecho lo que era ahora. Y la deuda nunca estaría saldada.

-Ella fue…la primera,- Edward dijo. ¿Cuán seguido había susurrado sus nombres en la oscuridad? Renne, Marnie, Michelle, Deanna, Claire, Phoebe, Therese, Eve y… se detuvo.

-Ella fue la primera- Isabella estuvo de acuerdo.

-Lo siento- él susurro. Esto era la razón por la que él vivía como lo hacía. Por la mirada destrozada en los ojos de esta mujer, por la inmensa carga de culpabilidad que pesaba sobre él.

Isabella lo sorprendió cuando poso su mano en la suya. -¿Edward porque te disculpas?- Él la miro asombrado. Su sonrisa brindaba una especia de extraña gracia que él sorprendentemente estaba ávido de aceptar. – Yo no te culpo, esa no es la razón por la que te he molestado.-

Edward cullen era un hombre acostumbrado a vivir en la mentira, por lo que tenía la facilidad de saber cuándo lo hacían los demás. Esta mujer no estaba mintiendo. No le echaba la culpa de la muerte de su madre.

-Pensé que tal vez entenderías como me siento. Y creo que solo quería saber… ¿Por qué?- la oración se convirtió en una pregunta al final, como si ella no estuviera segura de lo que buscaba y porque. Sus ojos se encontraron. – Quería saber porque mató a mi madre. ¿Por qué ella? ¿Qué fue lo que hizo que se acercara a ella? ¿Algo acerca de ella fue el disparador para que él se convirtiera en eso? Fue… yo pienso…- sacudió su cabeza. – pensé que quizás sabrías porque tu…tú fuiste el que reconoció lo que él era. Tu lo detuviste Edward. Y quien sabe a cuantas mujeres salvaste.-

Oh si, había salvado vidas no había duda de ello. Su padre nunca se hubiera detenido. Pero no pudo salvar la vida que él quería salvar. Había sido muy estúpido, muy miedoso…había sido demasiado tarde.

Él no se dio cuenta de que había dicho eso en voz alta, hasta que la Srta. Swan volvió a posar su mano en la suya.- Eras solo un niño Edward. Lo que hiciste…- suspiro y le dio un apretón a su mano antes de soltarla. – Todavía me inspira y me asombra. Y también me da esperanzas, me hace pensar que tal vez en realidad hay más bondad que maldad en el mundo.

Él subió su mirada aunque su culpa pesara una tonelada en su cuello. Sus ojos brillaban con sinceridad y por primera vez en dieciséis años, Edward sintió como se formaba una pequeña grita en la gruesa capa de hielo que cubría su corazón.

-Gracias Edward, por salvar a todas esas mujeres que nunca tendrán idea de lo que has hecho por ellas, nunca sabrán que las salvaste, a ellas y a sus familias- Isabella susurro. –Lo que hiciste…me dio fé en todos estos años, me ayudo a sobrevivir. Gracias por salvarme a mí también.-