Harry Potter es propiedad de JK Rowling.
Capítulo III:
La propuesta
«It's not a secret I try to hide.»
Rewrite the Stars, Anne-Marie & James Arthur.
No debía perder la paciencia.
Tuvo que anticipar que el escenario incluiría a un Harry Potter abriendo y cerrando la boca como un idiota mientras le miraba sin creerse lo que acababa de escuchar. ¿En serio era tan sorprendente que Stan pudiera desenmascarar a alguien? Un lado de él disfrutó la vista, no era de cuestión de todos los días que se veía este comportamiento del Niño Que Vivió; y la otra parte lo aborreció, ¿por qué estaba condenado a soportar a un puado de imbéciles descerebrados? ¿Qué hizo para merecer este sufrimiento? Bufó y se cruzó de brazos. El papel del niño inepto, crédulo y desatento era agotador. Potter debería dejar de sorprenderse cuando sus planes le salían mal.
«Tengo que pensar muy bien lo que diré.»
Contempló al adolescente delante de sí. Potter le sonrió con nerviosismo y volvió a mirar hacia la ventana, como si estuviera esperando una correspondencia que nunca llegaría. ¿Estaba haciendo lo correcto al impedir que tuviera contacto con el mundo exterior? Todavía no se había ganado su confianza, ¿qué podría pasar si le permitía contactarse con alguien? No aceptaría a cualquier persona que no fueran sus mejores amigos —uno de los Weasley y una tal Hermione— y estaba la posibilidad de que acabara revelando una información muy importante que podría causar la perdición de Stan. No importaba que Beatrice y Potter hubieran accedido voluntariamente a ir con él, los aurores encontrarían un modo para que acabara en prisión.
Y ningún señor de las tinieblas haría que se pudriera ahí.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó Potter.
Stan le miró sin humor.
—A veces no ocultas tu cicatriz —respondió Stan—. Te descubrí a los pocos días después que llegaste aquí. No sé qué te incentivó para que me dijeras el nombre del nieto de Augusta Longbottom, pero agradece que ella no te haya descubierto. Esa mujer es de armas a tomar. No querrás saber qué es capaz de hacer —advirtió Stan.
Omitió la parte de «aunque su nieto es un inútil y una deshonra para un noble linaje». El verdadero Neville Longbottom era una decepción en toda la extensión de la palabra. Potter se removió culpable en su sitio y miró al suelo, afligido. La sala de estar se convirtió en el centro de reuniones en algún momento del año pasado. Beatrice causaba muchísimos problemas cuando llevaba a esos animales suyos para ayudarlos a recuperarse y casualmente olvidaba devolverlos. A veces no sabía qué hacer con esa niña.
—¿Por qué pretendiste…?
—¿Tengo que repetírtelo? No eres el primero al que ayudo a escapar de algo o alguien. —Stan chasqueó la lengua y el muchacho le sonrió con nerviosismo—. Pensé en darte tu privacidad y espacio hasta que te acostumbraras. Puedo imaginarme lo difícil que es adaptarse a un nuevo entorno con caras nuevas y personalidades desconocidas… Pero estamos a diez días de noviembre. Vivimos bajo el mismo techo y todavía actuamos como si fuéramos desconocidos el uno para el otro. O empezamos a comportarnos más como la familia disfuncional que no somos o me volveré loco con tanto silencio.
—A mí no me molesta —dijo Potter y se encogió de hombros. En serio, ¿qué estaba mal con este niño? ¿Cómo podía ser tan raro?—. Supongo que podré ser un poco más… comunicativo con ustedes. Solamente lo necesario. ¿Y soy un prisionero aquí, sí o no?
La pregunta atravesó sus barreras con una insultante facilidad. Tragó en seco y desvió la mirada hacia un costado. Potter le vio con un brillo de expectación en sus ojos y esperó. Por segunda vez en lo que iba de la semana, dudó. La comunidad mágica de Gran Bretaña sucumbía a la desesperación y al pánico conforme pasaban los días. Los esfuerzos de Rufus Scrimgeour eran en vano. No se había encontrado una sola pista que pudiera indicar el paradero de Harry Potter y se teorizaba que debía estar muerto.
Nadie desaparecía de la faz de la tierra así como así.
Los Dursley también pidieron que se investigara la desaparición de su sobrino, pero se rindieron rápidamente. De este detalle se enteró la semana pasada, después de que una vieja squib le hiciera parada al autobús. «La señora Dursley está devastada. Los vecinos están apoyándola en este tiempo tan difícil y ella les agradece su generosidad por darle tantos regalos. El señor Dursley está más temperamental de lo normal, algo acerca de su sobrino siempre los hace pasar por este tipo de cosas. De Dudley no sé nada pero me parece que está bien. La familia Dursley está en el centro de atención. Arley y Layna Mason* se arrepintieron rápidamente de no firmar el contrato, y lo hicieron en cuanto supieron lo que le pasó a Harry Potter. Creo que fue su manera para apoyar a la familia», dijo Figg. Stan entornó los ojos y la dejó continuar con su perorata.
La mitad del país fue revisada minuciosamente y se hizo redadas a los locales del callejón Knockturn, en caso de que Black se encontrara por ahí. Eran unos estúpidos. ¿Por qué Sirius Black se escondería en un lugar público después de escaparse de Azkaban? Lo estaban subestimando.
—No —respondió. Hedwig le enseñó las garras en un ademan que le advirtió que, si no decía la vedad, le haría daño con ellas. Stan maldijo por lo bajo—. Al menos ya no lo eres. Lo fuiste durante un tiempo y… Honestamente, me diste una mala primera impresión aquella noche con la ropa heredada que usabas y que era, al menos, dos tallas más grandes de la que necesitabas… —Stan se detuvo. ¿Cómo se lo decía para que lo comprendiera pero que no lo hiciera indagar más?—. Me causaste curiosidad.
—¿Y qué está pasando mientras estoy aquí?
—¿No has leído El Profeta? Lo dejo en la mesa cada mañana.
—No tengo una buena relación con lo que aparece ahí —dijo Potter. Frunció el ceño y Hedwig ululó indignada—. Se publicó el artículo de la suspensión de Hagrid y se especula tonterías sobre la sanidad mental de Dumbledore. No lo sabía hasta que llegué aquí. También se comentó los ataques a los nacidos de muggles en mi segundo año y cómo supuestamente fui el causante de eso, ¡aunque sólo tenía doce años y nunca me entrevistaron!… Bueno, no tengo nada que decir sobre lo de la piedra filosofal. Es una decisión de los Flamel que todavía no entiendo, pero si está bien para ellos está bien para mí.
—¿En serio creíste que todo se quedó dentro de Hogwarts? —preguntó Stan, incrédulo. Si esta era su percepción de la vida real, Potter estaba jodido. Lo que él hacía era conocido por todo el mundo, sólo los detalles de cómo y por qué permanecían en secreto—. La Cámara de los Secretos es una leyenda de la que nadie sabe casi nada. Ni siquiera después de la segunda apertura se ha investigado al respecto. El director Dumbledore lo mantiene todo muy cerca de sí para evitar que el pánico se apodere de nuestra sociedad, o al menos eso es lo que estoy pensando en este momento. Por supuesto que la responsabilidad recaería en Hagrid en esta ocasión… —Potter se cruzó de brazos—… Naturalmente si tuviéramos una prueba contundente de lo que pasó la primera vez; aunque el testimonio de Tom Riddle, el chico más desinteresado y noble que asistió a Hogwarts, es un buen lugar para empezar.
Stan podía jurar que oyó la tos mal disimulada de Potter; sin embargo, cuando se volvió hacia él parecía tranquilo.
»Y los artículos que cuestionan cada paso que da Dumbledore hay desde hace años. Después de la caída de Grindelwald se ha especulado acerca del por qué no lo detuvo antes que se cobrara tantas vidas inocentes y que trasladara la batalla a Estados Unidos durante un tiempo. El desastre que causó Newt Scamander con ese maletín suyo no ha sido nada en comparación con él. Theseus Scamander, por otro lado, es reconocido como un héroe de guerra por todas las cosas que hizo para intentar detener a Grindelwald.
—Pensé que…
—Hay muchas cosas que piensas últimamente, Potter. Y no necesariamente eso las vuelve la única verdad que hay. Solamente porque tú no sepas que ha pasado algo no significa que no haya sucedido. El mundo no se detendrá solo por tu ignorancia e inocencia que roza la estupidez e imprudencia —dijo Stan. Potter asintió como si estuviera en una clase de McGonagall—. Tenemos que resolverlo antes que acabes matándote cuando pasees por ahí.
—¿Puedo salir? —preguntó Potter con una amplia sonrisa en el rostro—. ¿Oíste eso, Hedwig? ¡Podemos salir!
—Ella vuela fuera de la propiedad desde hace días —contradijo Stan. Ignoró la sensación de amargura que se quiso apoderar de él. No era del tipo sentimental, Potter nunca cambiaría eso—. Tenemos que hacer algo con esa cicatriz tuya. Quizá un hechizo para esconder tu apariencia ayude cuando lo aprendas, porque yo no lo haré por ti y Beatrice me matará si la nombro como tu guardiana personal. ¿Te importaría cambiar tu elección de ropa?
—No creo que funcione.
—No lo subestimes a menos que lo hayas intentado. Nunca sabes qué puede pasar —dijo Stan—. Esconderte a simple vista es más efectivo en ciertas ocasiones. No tienes permitido decírselo a nadie a menos que te diga lo contrario, y eso no pasará durante muchísimo tiempo. ¿Entendiste?
—¿Y qué hay con Beatrice?
—No es de tu incumbencia.
—¿Qué hiciste?
—¡Oye!
—Años de convivencia con Ron y Hermione me han enseñado un par de cosas acerca de la relación entre chicos y chicas —dijo Potter como si se disculpara. El brillo en sus ojos se apagó brevemente al mencionar a sus amigos—. Una de ellas es que los problemas empeoran si los evades o evades a la persona que los causó, sea que los haya causado o no. Y no creo que haya un trol aquí para ayudarlos a hacer las paces. —Potter sonrió—. Una aventura bastante tranquila —añadió.
—Los conociste hace dos años —señaló Stan—. Aceptaría ese tono de voz si te hubieras graduado o estuvieras en tu quinto año, pero no es así.
—Se siente como una eternidad cuando discuten —dijo Potter—. No siempre fue así. Los primeros días de nuestro primer año nos evitábamos mutuamente y creo que ella nos odió, pero no lo sé. Pretendimos que ella no existía y no sé cómo pudimos sobrevivir sin que ella estuviera ahí para obligarnos a que tomáramos la opción más sensata o que pusiéramos más interés en nuestros estudios y no en ir a un duelo a la medianoche. A veces no le hacemos caso, pero normalmente la escuchamos.
»Hermione fue una sabelotodo insufrible y muy mandona, y Ron fue el chico que no aceptó que le dijeran cómo pronunciar Wingardium Leviosa.
—Supongo que Hermione cambió.
—En cierta manera, sí. Está más dispuesta a romper las reglas pero todavía es una sabelotodo insufrible y muy mandona y la queremos así, del mismo modo en que ella nos quiere a pesar de nuestros errores. Ron aprendió que si Hermione lo corrige es por una razón o porque ella tiene la razón… aunque no quiso que lo hiciera después que nos estrelláramos contra el Sauce Boxeador —Potter rio. Stan no quiso saber cómo un par de niños se estrellaban contra semejante árbol y vivían para contarlo—. Una noche pensé que Hermione gruñía como una gansa enfadada después de que nos siguió a nuestro duelo contra Malfoy y Crabbe. ¡Pero fue una trampa y conocimos a Fluffy!
—¿Y quién diablos es Fluffy?
¿Qué tipo de nombre era Fluffy? Aun así, estaba dispuesto a escuchar y juzgar por sí mismo.
—Un cerbero. Fluffy y es una de las mascotas de Hagrid —respondió el muchacho. Stan puso los ojos en blanco. Típico del guardabosque—. ¿Cuándo sabré algo acerca de ti o de Beatrice?
—No hay mucho que saber sobre mí, Potter. Mi vida no es tan interesante como la tuya o la de Beatrice. —Stan se encogió de hombros—. Trabajo en el autobús noctámbulo desde que hice los ÉXTASIS, te consigo los libros que me pides y suelo dormir hasta muy tarde según los estándares habituales. Apenas sé cocinar y tengo una nula empatía hacia los problemas de los demás, o eso me han dicho constantemente desde que tenía catorce años. Soy un mestizo. Mis padres todavía me tienen en un pedestal del que dudo que caiga en el corto plazo; sus nombres son Carter y Aline, y soy hijo único.
»Y repudio todo lo que esté vinculado a esa tontería de hacer amistades. Soy un alma solitaria.
—¿Y qué me puedes decir acerca de Beatrice?
—Ella odia la compañía. No te lo tomes personal, me tomó meses hacer que confiara en mí —dijo Stan—. Beatrice prefiere mantener su distancia a menos que tenga una motivación para contradecirse a sí misma y ama a los animales, mágicos y muggles. Siempre quiso tener un perro pero nunca pudo, por diversas razones. De ahí en adelante, depende de ti descubrirlo. ¿Te gusta el misterio?
—Se puede decir que sí.
¿Estaba haciendo lo correcto al impedir que tuviera contacto con el mundo exterior o tomaba el enfoque erróneo una vez más? Durante los años en Hogwarts, se dedicó a observar cómo sus compañeros se reían y divertían, pasando tiempo con el otro y haciendo buenas memorias mientras que Stan estuvo ocupado presumiendo por ahí, impresionando a los demás con historias que nunca le pasarían a él y fingiendo que no se daba cuenta que se había vuelto el hazmerreír de su supuesto grupo de amigos. Todo cambió cuando se concentró en liberar a Beatrice. Le dieron la espalda, un hecho que le importó una mierda, y se olvidaron que existía a menos que quisieran que les diera copia de sus apuntes y tareas.
Todo este asunto de mantener a los amigos era muy confuso para él. Entendía la importancia y tenía las bases para construir una relación de este tipo, pero carecía de la práctica y la fuerza de voluntad para llevarla a la realidad. ¿Qué pasaría si le daba una oportunidad y fracasaba estúpidamente? Enumeraba cada ocasión en la que lo intentó y algo, sea lo que sea, salió mal. Eventualmente, aceptó que algunas personas estaban destinadas a estar solas aunque hubieran intentado mejorarse a sí mismas para agradarles a los demás. Por eso le simpatizó y sintió admiración hacia Gustav Nott. Su socio no dependía de nadie para sobrevivir, a diferencia de Potter y Beatrice.
Bufó al pensar en la… señorita. ¿Qué edad debía tener en cuenta para referirse a ella? ¿Y por qué le molestaba que Beatrice le tratara con indiferencia?
—Qué complicado.
—¿Por qué nos ayudaste? —preguntó Potter. Stan le prestó atención, confundido e interesado. Al menos esto le iba a servir para distraerse. No daría con la respuesta si seguía con esta actitud o si se estresaba—. Lo repites constantemente pero no das una razón. ¿Por qué?
—No lo sé —respondió sin pensárselo demasiado—. Sólo lo hago. No tengo una razón para ello. Es algo que sucede sin que me dé cuenta. Es bastante extraño, pero he aprendido a soportarlo y adaptarme a ello. Al final formaré un tipo de club u organización si continúo así. En fin, ¿te gustaría tener un amigo por correspondencia? —añadió toscamente.
—¿Podré contactarme con mis mejores amigos? —dijo Potter esperanzado. Stan negó con la cabeza—. ¿Por qué? Probé que soy de confianza.
—Tú lo hiciste, no ellos —dijo Stan. Potter hizo una mueca—. Tengo otra opción en mente. ¿Conoces a Theodore Nott? Su padre y yo nos contactamos de vez en cuando, especialmente cuando Theodore decide que se abordará el autobús noctámbulo sin tener un destino definido. Sé que no le molestará tener a alguien con quien hablar —le aseguró, aunque omitió la parte de que Theodore probablemente se enfadara con él por incluirlo en su plan sin consultárselo.
—No lo conozco aunque lo he visto algunas veces en los pasillos —contestó Potter—. No nos hemos hablado nunca. No sé qué podríamos tener en común. ¿Estás seguro que Theodore es de fiar? Creo que Beatrice se cabreará contigo si le comentas a alguien más dónde se esconde.
—Mientras que no escribas tu nombre completo, no habrá problema. «Harry» puede ser cualquier persona aunque mantendremos el hecho de que eres un mestizo. Sería extraño que un Nott congeniara con un nacido de muggle y, para ser honesto, tú no te comportas como un digno sangrepura —dijo Stan. Potter asintió—. Te reunirás con él en persona durante las vacaciones de navidad en la mansión Nott. Por el momento, espera a que él se comunique contigo.
—Stanley Shunpike —dijo una voz femenina en un tono impersonal. Le recorrió un escalofrío por la espina dorsal, giró hacia Beatrice y tragó en seco. Ella estaba mirándolos desde el pasillo con cierto desprecio, como si quisiera asesinarlo por atreverse a sugerir tal estupidez—. ¿En qué mierda estás pensando? Se suponía que Potter fue tu último caso de caridad, ¿y ahora estás proponiendo que le contemos a ese mocoso nuestro secreto?
—Harry, amigo mío, ayúdame —pidió Stan.
Potter no se encontraba por ninguna parte. ¿Cuándo se fue? Suspiró e intercambió una mirada con Beatrice durante casi un minuto, sin que ninguno hiciera nada para romper el frágil equilibro que se instauró en la habitación. ¿Por qué estaba tan enojada? Ni siquiera le diría a Theodore que Beatrice Haywood vivía con ellos. Ella no era relevante para el plan y Potter tampoco se lo contaría a nadie. De hecho, tendría suerte si Theodore y Potter compartían algo más que un saludo cordial y las preguntas estúpidas de «¿Cómo estás?», «¿Qué tal va tu día?», «¿Qué has hecho?», «¿Quiénes son tus amigos?» y demás tonterías.
Por amor a Morgana, la quería entender. Sin embargo, Beatrice no se lo ponía fácil. ¿Qué haría? ¿Cómo la tranquilizaría cuando ella no lo quería escuchar? Por alguna desconocida razón creía que estaba a punto de traicionarla una vez más. ¿Cuál fue la primera? Entonces lo entendió.
—Beatrice —murmuró. ¿Era por esto que estaba tan… fuera de sí últimamente?—. Sé que soy un imbécil inconsciente, pero necesito que me digas por qué estás tan enojada. Sé que no es por Theodore o por mi idea… Al menos, sé que mi estúpida idea no es la razón principal para este comportamiento tan irracional. Por favor, dímelo. Hazme entender qué te pasa.
—¿Por qué mierda te importa?
Los ojos de Beatrice perdieron su brillo característico y la sonrisa se volvió forzada en su rostro. Le trajo amargos recuerdos y se quiso golpear por ser tan idiota. Le dijo que estaban juntos en esta aventura, que ninguno necesitaba a nadie más para sobrevivir y que no la cambiaría por nadie por ninguna razón. Un tiempo después, aprovechó la oportunidad y se llevó a Harry Potter con él sin siquiera tomar en cuenta la opinión de Beatrice. ¿Por qué fue tan estúpido? Sin embargo, no podía echar a Potter. Ya le había informado a Gustav Nott que era su prisionero y le aseguró al muchacho que podría tener un amigo por correspondencia. ¿Por qué nunca hacía nada que valiera la pena?
—Eres… una conocida mía —respondió Stan—. Y como conocida mía y compañera en esta aventura, estoy interesado en saber qué carajo te pasa. Más o menos entiendo qué hice mal…
—¿En serio? Difícilmente puedo creer que hayas concluido algo por ti mismo —criticó Beatrice.
—Lo sé, lo sé. Me tomó muchísimo tiempo darme cuenta —concedió Stan. Beatrice bufó—. Pero todavía no respondes mi pregunta. Por favor, dímelo.
—Primero fue Potter y ahora es ese chico Nott —rezongó Beatrice—. Antes de que te des cuenta, ya no… ya no me necesitarás. Decidirás que no soy nada para ti y nunca más recordarás que alguna vez nos conocimos.
—¿Lo dices por tu hermana?
—No la culpo por no buscarme, por rendirse y por decidir que prefería seguir adelante en vez de aferrarse al pasado. Entiendo que lo hiciera —dijo ella—. Pero todavía es mi hermana. No sé nada de ella desde que salí de la Bóveda Maldita. No sé si todavía vive en el mismo lugar o si ya se habrá olvidado de mí. Tú eras el único que tuve durante tanto tiempo, el único que estuvo ahí para mí cuando más te necesité. Y luego viene este mocoso huérfano y piensa que puede quitarme todo lo que tengo. Y ahora este imbécil que está delante de mí decide que uno no es suficiente, que quiere incluir a otro.
—¿Estás celosa? —preguntó, anonado. Beatrice le asesinó con la mirada—. Es un cuestionamiento válido —se defendió.
—¿Y qué si lo estoy?
—Te diré que tienes razón. Eres más imbécil que yo por creer que algo tan estúpido como eso nos separará —dijo Stan. Beatrice suavizó su semblante—. ¿Le darás una oportunidad al par de muchachos? Ellos no tienen la culpa de que no nos sepamos comunicar adecuadamente. Y, a diferencia de ti y de mí, Potter necesita compañía.
—¿Un perro?
—Un niño.
Beatrice hizo un puchero. Stan decidió que no comentaría nada con respecto a este tema hasta que oyó un ladrido. Un monstruo peludo se le acercó a Beatrice y agitó la cola como si estuviera feliz de estar en la casa de Scarlett. Refunfuñó algo acerca de las jóvenes que se atrevían a hacer una escena melodramática mientras pensaba en las distintas maneras para deshacerse del condenado animal. El perro se volvió hacia él y le gruñó, como si tuviera un modo extrasensorial de saber lo que estaba pensando.
«Le lechuza del demonio conocerá al sabueso del infierno y ambos me harán la vida imposible», pensó y puso los ojos en blanco. «Creo que nunca tuve este problema con mi lechuza, de la que no recuerdo el nombre. ¿Pero por qué se escapó?»
—¿No es adorable? —dijo Beatrice acariciando al perro.
—Solo para que lo sepas, no hay un carajo en este mundo que me haga cuidar de tu maldita mascota. Él no es mi responsabilidad. Además que reconozco ese brillo: él me odia y el sentimiento es mutuo.
—¿Qué hay entre tú y odiar a todos los animales más lindos de la ciudad? ¿Alguna vez has visto algo con más ternura que él?
—Mi cama cuando estoy en ella. Mi baño antes de que lo uses.
—Gruñón.
—Eso es parte de mi lado encantador y perfecto. Intento no abusar de él, pero para ti haré una excepción.
—Eres una cosa tan incomparable y única —dijo Beatrice. Stan no estaba seguro si se refería a él o a su nueva mascota—, e indeseablemente desagradable.
En la última parte definitivamente se refería a Stan.
—¿Qué puedo decir? Como quieras, primadonna.
—¡No puedo creerlo! Sabes una palabra en italiano y la pronunciaste mal… —dijo Beatrice. El perro ladró concordando con ella y la lechuza del demonio regresó. Traía una rata muerta en el pico y Stan se asqueó—. Qué diablos. Te mereces un regalo. Te daré una galleta.
—Con chipas de chocolate o no la aceptaré —dijo Stan. Beatrice le sonrió—. ¿Crees que sea una buena idea pedirle ese favor a Theodore?
—No lo sé. Este es tu brillante plan —contestó Beatrice. Stan hizo una mueca—. No obstante, es un riesgo debes tomar. Si estás tan seguro de que será de beneficio para ti a largo plazo, atrévete. Por lo poco que me has comentado sobre tu socio, apuesto que no le importará. Y no, no iré a esa reunión tuya. No llevaré a mi Orión allá.
—¿«Orión»? —repitió extrañado—. ¿Qué tipo de nombre es ése?
—Uno muy bonito —dijo Beatrice. ¿Era imaginación de Stan o el perro del infierno le sonreía con orgullo? Sacudió la cabeza. El perro se estaba comportando como un… Bueno, eso. Un perro común y corriente. Quizá se lo imaginó—. Orión me seguía cada vez que me veía. Le di de comer una vez y nunca me arrepentiré de ello. Y si pudiste aceptar a una lechuza, un perro no es para tanto. Además se ve que está entrenado.
—Lo que sea que destroce todavía es tu responsabilidad —dijo Stan. Beatrice asintió distraídamente y mimó al perro del infierno. Hasta parecía que era su nuevo juguete o su nueva razón para sonreír—. Está bien. Orión se queda. Ojalá que Orión y Hedwig no hagan que me arrepientan.
—¿Qué podría hacer esta dulzura?
—Si continúas hablándole como si fuera un bebé, me suicidaré.
Stan se removía ansioso en el sillón mientras que esperaba la respuesta de Gustav. Estaba en la mansión Nott —aunque ya le había dado el informe mensual— y le avisó que incluiría a su hijo en su plan, pero quizá no debió de habérselo informado. Su socio se quedó en silencio durante toda la explicación y estaba anotando algo en un pergamino, sin devolverle la mirada desde que musitó un «simple pero interesante» hacía minutos.
¿Qué había de malo en que le diera un amigo a Potter? Gustav le recomendó que se ganara la confianza y la lealtad de Harry Potter sin engaños y manipulaciones, ¿y ahora le daba a entender que no debió hacerlo? Ojalá que no estuviera insinuando que no tuvo que acomodar su plan a esta situación o se quejaría. Le vio por el rabillo del ojo, ¿por qué no le decía que su idea era estúpida? Podía manejar la verdad.
—¿Por qué has de aparecer a deshora? Aunque le concedo a vuestra merced que sabe cómo hacer donaires de sí mismo —dijo el retrato de Cantankerus Nott—. A veces tan fantoche y zaraza es como della moza malquista y viceversa con la que has de vivir.
—No tengo ni idea de qué significan esas palabras, pero me voy a ofender sólo porque las usaste —se defendió Stan. Lo único que entendió fue «viceversa» pero Cantankerus la utilizó como si fuera un insulto y probablemente lo fue en su época—. ¿Por qué no puedes adaptarte a los tiempos modernos? Eres el único retrato anticuado que conozco.
—Te hubiese amovido hace meses pero eres el adlátere agibílibus de mi Gustav.
—¿Por qué cada vez que vengo aquí te las ingenias para darme una migraña, señor escritor de un directorio?
—Ustedes dos, deténganse. Stanley, no discutas con un retrato —dijo Gustav. Stan hizo un puchero—; Cantankerus, no discutas con mi socio. No es justo para él.
—Abandono a deste zascandil a vuestra merced pero si has de menester mi auxilio…
—Por lo que más quieras, Cantankerus, cierra la maldita boca. No entiendo absolutamente nada de lo que dices y me haces sentir como un imbécil —protestó Stan. Cantankerus le dio una mirada circunstancia—. Sí, sí. Lo sé. «Sólo porque no sepa que exista una palabra no significa que no exista», ¡pero aun así detente! Se supone que estoy aquí por asuntos empresariales pero tú complicas mi vida.
—La ignorancia es el plegue dese vagoroso baldragas al que has de agasajar en provecho de vuestro sino —dijo Cantankerus. Stan ladeó la cabeza hacia un costado, se levantó del sillón y caminó hacia el cuadro. Quitó cuidadosamente el retrato de la pared y analizó la resistencia que poseía el marco de plata, como si estuviera considerando la fuerza que tenía que usar. Al final se encogió de hombros y lo zarandeó—. Gustav —dijo monótonamente.
—Stanley.
—¡Cantankerus! —gritó él—. ¿Cuántas veces tengo que decirte que lo digas con palabras que yo entienda?
—Dice que amas ser un estúpido imbécil al que soporto de vez en cuando por asuntos laborales —tradujo Gustav quien dejó de escribir en el pergamino. Stan refunfuñó algo sobre escritores molestos y devolvió el retrato a su lugar—. Apruebo la idea que has tenido, pero te advierto que lo platiques con Theodore. No quiero que mi hijo se enfade conmigo innecesariamente. Lo invitaré para que pase las vacaciones de navidad conmigo pero tú serás el único que se lo explique. ¿Entendiste, Stanley?
—Mientras que tu ancestro no esté invitado a nuestra reunión, por mí no hay problema —contestó Stan—. ¿Escribiste las reglas que tengo que seguir? ¿Invitarás a los demás mortífagos? ¿Conoceré a los demás mortífagos? ¿Qué pasa si deciden que no les agrado? ¡Soy muy joven para morir! —preguntó alterado.
—Es la respuesta a la carta de Theodore —dijo su socio, inmune a su escándalo—. Hasta ahora ha sido un tercer año con eventos inesperados. El más notable es que Sirius Black entró a Hogwarts sin que nadie lo notara, atacó a un retrato y luego se fugó. La tensión está incrementándose y Dumbledore está perdiendo el control del colegio. Hace unos días hubo un ataque de parte de los dementores: Draco fue la víctima. Después de que el director detuvo la caída, echó a los dementores. Mi hijo dice que Pansy está preocupada por él, que ella insiste en que Draco pudo romperse un brazo.
—Y yo que pensé que sin Potter todo sería más tranquilo —dijo Stan.
—Theodore dice que en lo que van del año no han escuchado las quejas de Draco sobre Harry Potter, lo que es un alivio. «No sé por cuánto tiempo Draco soportará no hablar de él, pero disfrutaremos de esta utopía mientras podamos», en sus exactas palabras. No sé qué esperas que congenien antes de que se conozcan pero dudo que Theodore sea comunicativo con él, o que esté dispuesto a contarle aspectos de su vida personal. Adrián tiene suerte si consigue que mi hijo tenga una conversación casual con él. Es bastante quisquilloso en ese ámbito.
—Honestamente no espero que sean amigos, sólo que Potter no sienta el deseo de ponerse en contacto con sus viejas amistades —explicó Stan—. Merlín sabe que ellos harán lo que sea posible para encontrarlo.
—No te desesperes si no ves un cambio. Son Theodore y Harry de los que estamos hablando —aconsejó Gustav—. Las cosas sucederán en el orden en que esté destinado. Sé paciente y verás los resultados. Y, por amor a Salazar, no leas su correspondencia. A los adolescentes no les gusta.
—Pero Potter nunca me dice nada —dijo Stan. Gustav desaprobó su comportamiento—. Tendré la decencia para no ser descubierto. ¿Me prestas un pergamino y una pluma, y a tu lechuza? No compraré una y no permitiré que envíe a Hedwig. No me fío de la lechuza del demonio. De hecho, ¿Luca podría transportar la correspondencia entre ellos? Además que a Theodore le gustaría verla más seguido.
—Es la lechuza de la familia. Y sí, Luca puede hacerlo —dijo Gustav. Le entregó los objetos—. Léeme la carta cuando la termines. Daphne, Draco y Blaise a veces están ahí cuando Theodore abre las cartas y la leen con él.
—Terminé —avisó Stan diez minutos después.
¡Hola, viejo amigo!
¿Sorprendido de que te envié este? Estoy expandiendo mis horizontes hacia el otro Nott de la familia y ése eres tú. Siéntete agradecido de que te haya escogido a ti; por cierto, también tengo otra muy buena razón para esto. De todos los magos desamparados a los que atiendo de vez en cuando, conocí uno con el que podrías tener bastante en común.
Su nombre es… Sé que empieza con hache. A ver, ¿Harold?, ¿Horacio?, ¿Herman?, ¿Harrison? Lo que sea. Sé que tengo la letra correcta; y si esa chica Parkinson está leyendo esto (y sé que lo está porque raramente se separa de Draco), te aclaro que atiendo a un puñado de magos cada noche.
No puedes esperar que memorice cada nombre de cada pasajero que tengo, ¿oh, sí? De todos modos, se lo comenté a Gustav y creo que él confíe en ese chico. Es decir que confía en que socializar con él hará que seas menos solitario. Y si Draco está ahí (y apuesto a que sí porque eres un poco cotilla), no hagas un drama. Su madre y su padre fueron magos, solo que recibe educación en el hogar.
No sé si tu padre espera que se conozcan, pero deberías anticipar una carta de él pidiéndote eso.
En pocas palabras, pensé que podrías, si quisieras por supuesto, ¿ser su amigo por correspondencia? Realmente necesito que aceptes o voy a estar en un grave problema. ¡No fue culpa mía! Pero tu padre lo sabe. Me preguntó cuánto tiempo no duermes cuando estás en el autobús noctámbulo. Le respondí, despreocupadamente, que no tuve nada que ver con eso, que fue idea tuya y él me creyó por completo. No mires la carta como si no lo creyeras. ¡Te estoy diciendo la verdad, te lo juro! ¿Por qué tienen que tener tanto en común?
Caray, me estás molestando, joven Nott.
¿Puedes hacerlo? ¿Por favor, por favor con una cereza encima? Serás mi héroe. Y en caso de que Blaise también esté, ¡no, yo no creo en esas tonterías! Estoy lo suficientemente mayor para creer que un héroe vendrá a resolver mis problemas, ya sabes, a diferencia de algunos magos que podría mencionar.
Entonces, ¿qué dices? ¿Aceptas?
(Por favor, di que sí. ¡No quiero que se enoje conmigo! Y sí sé lo de tus amigos es porque Gustav me lo dijo.)
Te quiere,
Stan.
—En ocasiones me sorprendes, Stanley —dijo Gustav. Stan se encogió de hombros. Eso ya lo sabía. Era algo que no podía evitar—. ¿En qué momento me entregarás la carta de Potter?
—Probablemente mañana. Depende del tiempo que le tome a Potter escribirla —dijo Stan—. ¿Te molestaría que leyera las cartas de Theodore? Tengo que conocer todo el panorama.
—Hazlo y me informas de cualquier hallazgo.
La lechuza del demonio se ultrajó cuando mencionó que Luca enviaría las cartas de Potter. Hedwig lo persiguió por toda la sala de estar mientras le gruñía, como si fuera una cazadora persiguiendo a una presa a la que devoraría. ¿Las lechuzas de campanario gruñían? Debía investigarlo. «¡Controla a tu mascota!», le exigió a Potter. El muchacho trató de calmar a Hedwig pero ella le ignoró, como muy pocas veces hacía, y Stan se tuvo que esconder en el armario. «¡No te rías de mí, Beatrice! ¡Ayúdame!», le gritó. Beatrice se carcajeó aún más fuerte y Orión ladró como si se divirtiera con su desgracia.
Ese par de animales definitivamente harían de su vida un infierno viviente. Pero esta era su casa y le debían respeto y obediencia. Tomó unos agobiantes quince minutos detener a Hedwig y unos veinte para que lo convencieran que saliera de su escondite. Al hacerlo le dio una mirada lúgubre a Beatrice. Estaba indignado. ¿Cómo se atrevía a dejarlo a su suerte? Hedwig tenía un humor imposible de tratar y Orión parecía odiarlo. El mero pensamiento era estúpido y sinsentido. ¿Qué le había hecho al sabueso del infierno? Ni siquiera se conocían. Chasqueó la lengua y bostezó. Esta jornada laboral fue más tediosa que las anteriores.
«O tal vez estoy cansado.»
Orión se acomodó en la alfombra de la sala de estar mientras que Beatrice le acariciaba el pelaje. Hedwig ululó irritada y Potter le dijo un par de palabras que la tranquilizaron. Stan no le tenía miedo, solamente se amilanó ante ella y deseó que no tuvieran que estar en el mismo lugar sin ningún tipo de compañía.
—¿No leerás nuestras cartas, verdad? —preguntó Potter.
—Tengo otras cosas con las que lidiar que tus desventuras ridículas y estúpidas de adolescentes.
—Oh.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir sobre esto?
—Bueno, no puedo esperar a ver qué pasará después.
—Sí. Yo tampoco —dijo Beatrice un poco más calmada que antes.
Stan estaba ofendido por su comportamiento anterior, pero concordó con ella. Leería las cartas de Potter antes de enviarlas con Luca y tomaría prestadas las cartas de Theodore por unas horas antes de entregárselas a Potter. Todos iban a ganar y nadie sospecharía. Era el plan perfecto.
Todo iba perfecto. Las piezas se movían a su propio ritmo y Stan no podía esperar para descubrir qué pasaría después.
—Entonces, ¿cómo pretendes revelar la información sin revelarla?
Miró a Beatrice. Ella tenía un muy buen punto y no podía arriesgarse a que se contradijera lo que mencionó en la primera carta. No le podía pedir a Theodore que leyera la carta en una parte donde no hubiera nadie. Se suponía que era una simple y nada sospechosa relación de amigos por correspondencia. Estaba seguro que los amigos de Theodore se lo iban a comentar a sus respectivos padres en algún momento y estaría jodido si los adultos se daban cuenta que había algo que no andaba bien. No se lo iban a decir a Gustav, quizá, pero podrían investigarlo y todo se iría al infierno.
En esta ocasión no podía tomar las decisiones sin Potter. El muchacho estaba jugando con Orión, esperando que Stan propusiera una solución con la que él pudiera trabajar. A Stan le gustaban los desafíos y este era el mayor que había enfrentado hasta ahora.
—Oye, Beatrice querida —dijo Stan. Beatrice enarcó una ceja y Potter le volvió a ver con curiosidad. Orión ladró como si le dijera que esperaba que fuera una idea sensata. ¿Qué le pasaba a este animal?—. ¿Te importaría tener un hermano para esta aventura? Aclaré que no tiene hermano y sería extraño, anormal, como le quieras decir, que recibiera educación en el hogar y no tuviera ninguna familia ahí para él. ¿Qué dices? ¿Te gustaría pretender que eres una buena hermana mayor para este chico?
—¿Qué carajo contigo, Stan? ¿Por qué crees que aceptaría tener un hermano después de lo que pasó? —dijo Beatrice. Se dio cuenta de que Potter quería preguntarle por qué lo decía—. Olvídalo. Haz lo que quieras. Mientras no le des el apellido de mi familia, está bien para mí. No necesitamos que nadie piense que en realidad estamos relacionados, aunque no sea por la razón que ellos creerán. Muy bien, ¿y qué sigue? ¿Tu socio sabe que estás a punto de controlar todo lo que dicen?
—Le parece bien —respondió Stan. Beatrice interpretó lo que realmente dio a entender y le fulminó con la mirada—. Y pensé que también podría contar todo lo que hacemos. Nuestros respectivos nombres son comunes, con excepción del de Orión y Hedwig. Pero tenemos a una familia mágica que gustaba elegir los nombres de sus descendientes basándose en las constelaciones. Esto será más normal en comparación.
»Eso y supongo que hay nombres más extraños para mascotas que Orión. ¿Qué haremos con Hedwig? Nadie se refiere a su lechuza como «mi lechuza» en todo momento.
—¡No le cambiaré el nombre! Lo encontré en una Historia de Hogwarts.
—No tendrás que cambiárselo en realidad. Sólo será por el bien de tu posible amistad con Theodore y por nuestra seguridad —aseguró Stan. Hedwig le dio una mirada tétrica—. Tranquilízate, animal. No te cambiaré esta vez. Aprendí mi lección. Además que tú, yo, Harry, Orión y Beatrice lo sabemos.
—Una de mis compañeras mencionó que Hedwig era nombre muy bonito. De hecho, recuerdo que algunas decían eso. Se verá normal. Solo cámbiale el color de las plumas —murmuró Beatrice como si no quisiera ser oía. Fracasó. Stan le vio asombrado y Potter le sonrió, animado. Hedwig voló hacia ella y frotó su cabeza contra la mejilla de Beatrice—. Dile que yo escogí el nombre. Que es mi lechuza. Es una coartada creíble.
—¿Estás seguro que no habrá problema si le comento lo que hacemos? —preguntó Potter.
—Los dos necesitan algo que decirse. —Stan se encogió de hombros—. Déjale así. Pero necesitamos un apellido para ustedes dos. Uno que no esté relacionado a ningún apellido importante en nuestra sociedad.
—¿Y de qué servirá? Si Theodore y yo nos veremos al final, ¿para qué hacerlo?
—Mi pequeño saltamontes, te hace falta mucho por aprender —dijo Stan—. Está bien. Nos preocuparemos por eso en caso de que alguien pregunte. Finalmente, no aludas a nada de lo que pasó en Hogwarts. No me interesa que no compartas la versión de los hechos de Theodore o yo sé qué te pase después de que leas las cartas de Theodore. No lo hagas. Se supone que no estudiaste en ningún colegio mágico en ningún momento. Podrías aludir, yo que sé, que Hogwarts suena genial, pero nada más. ¿De acuerdo? Por supuesto, es aceptable que demuestres tus conocimientos del mundo mágico.
—¿A quién se lo atribuyo?
—A Beatrice o a mí.
—No me respondiste. ¿Entendiste?
—Sí.
—Por cierto, Draco es uno de los amigos de Theodore —dijo Stan. Potter hizo una mueca—. No le llames por el apellido, ya sea que te lo diga o no. Sé que sobrevivirás. Eres un chico grande y fuerte.
Potter asintió a regañadientes.
*Son los señores Mason a los que los Dursley trataron de impresionar y, en el canon, fracasaron; aquí, aprovechándose de la desaparición de Harry, consiguieron el contrato. ¿Cómo? Eso sólo los Dursley lo saben.
Me encanta Cantankerus, pero su diálogo es un poco (muy) difícil de escribir. Y, dato curioso, la mayoría de las palabras que usé no las conocía.
