Por Siempre Juntos
Angie C. Cullen
Hola chicas, espero me disculpen el hecho de que estoy actualizando muy esporádicamente... pero en verdad la uni no me deja hacerlo mas rápido, sobre todo porque mañana y pasado tengo exa de anato. Sé que el cap es corto pero les tengo buenas noticias: actualizo primeramente Dios el jueves (este jueves 28 de abril).
Espero les agrade el capo y bueno una de las cosas que cambié es que Bella y Tony no viven en una casa sino que ahora es un departamento :D
Disfrutenlo!
Capitulo 3
Ese lunes por la mañana se había despertado con una sobredosis de entusiasmo; la joven madre había iniciado su día media hora antes de lo que solía y a pesar de que el desvelo de la noche anterior le reclamaba algunos minutos más de sueño la impaciencia en su interior había alejado de su casa a Morfeo.
Poco después bañarse estaba desesperada; no podía encontrar la combinación perfecta entre la escasa ropa que tenía. Verse bien era crucial para su segunda entrevista de trabajo y era claro que no podía escoger el mejor de sus trajes sastres ya que todos estaban gastados por igual. De un momento a otro su armario se le antojó demasiado grande a pesar de la estreches de la habitación y se giró fastidiada por la magnitud de su guardarropas. Inspeccionó la pequeña habitación antes de fijar la mirada en el pequeño bulto que había dentro de su cama; Anthony seguía tratando de abarcar todo lecho con su pequeño cuerpo.
–Tranquila Bella, esto va a mejorar –se susurró tratando de convencerse sin quitar la mirada de su hijo–, todo es por él…por nosotros dos.
El lugar donde vivían constaba sólo dos diminutas habitaciones en el fondo del departamento junto con un baño aun más deplorable y, una pequeña área que jugaba a ser la cocina y comedor; la sala salía sobrando en aquel lugar y solo un sillón junto a la puerta pretendía sustituirla, contrastaba con la probablemente amarrilla o probablemente blanca pintura gastada del lugar y sin importar el tono que fuera igual desentonaba.
Charlie, su padre, solía ayudarla a pagar la renta y le había regalado el viejo sedán 2005 que manejaba. No le gustaba depender más de él y mucho menos molestarlo, sin embargo ese día les visitaría y había insistido en cuidar de Anthony por el tiempo que la entrevista durara, quizás por ello, su humor estaba más sensible que de costumbre y a descontento suyo tuvo que aceptar la ayuda.
Cerca de las nueve de la mañana el arcaico timbre del departamento sonó; atravesó el desgastado piso de madera con un taconeo impetuoso hasta llegar a la puerta y recibir a su padre con un gesto agradablemente forzado; desde que habían dejado Agua Blanca los problemas y discusiones habían atrofiado su relación familia.
–Traje donas, café y chocolate –anunció con una honesta sonrisa antes de saludarla.
–Gracias –fue su precitada respuesta al tiempo que terminaba de acomodarse su saco negro –, pasa… Anthony sigue dormido pero ahorita lo despierto.
La sonrisa de Charlie se borró al notar la indiferencia de su hija, un par de pasos le bastaron para poder llegar a la mesa y depositar lo que llevaba;
–Claro... –suspiró resignado –. ¿Vas retrasada? Yo puedo hacerlo si quieres –se ofreció animado con el fin de limar asperezas –, por cierto… Abraham te manda saludos.
Esperó una respuesta ansiosamente pero ni un simple monosílabo escuchó y cuando buscó a Bella se topó con la sorpresa de que ya no estaba; tan pronto como ella pudo había regresado a su habitación para levantar a su hijo. Resignado decidió sacar las donas y servir las calientes bebidas mientras esperaba que su hija y nieto aparecieran. Se sentó solitariamente hasta el momento en que un animado pequeño le saludó aún vestido en su azulada pijama con ositos y el cabello alborotado, se estremeció ligeramente ya que Anthony lo sacó de golpe de su trance y, aunque Charlie se propusiera tenerle afecto al niño, no lograba evitar que un ligero odio se asomara por sus ojos al recordar que ese pequeño arruinó, no solo, la vida de su hija, sino la suya también si solo encontrara el valor para decirlo; ya que fue él el causante de las múltiples discusiones y el distanciamiento que tuvo con Bella.
–Regreso como a las dos –anunció ella al terminar el improvisado desayuno –, antes de la entrevista tengo que pasar a comprar un par de cosas y ver si hay algún otro trabajo disponible en caso de que no me den este… –comentó tratando de sonar optimista.
–Tranquila hija, seguro te lo darán –fueron las rutinarias palabras que Charlie le dijo y que cualquier otro padre hubiera dicho, solo que cualquier otro padre hubiese evitado la abulia en ellas.
–¿Va ser musho tempo? –preguntó casi desesperado Anthony ante la angustia de estar lejos de su madre.
–No cariño –le tranquilizó con la mirada –, solo un par de horas… además te vas a quedar con tu abuelo, ¿recuerdas?
–Sí… –susurró forzada y desganadamente ante la idea.
Estar con su abuelo no era algo que en verdad disfrutara; no porque le maltratara o similar más bien era porque cuando se quedaban juntos su abuelo le esquivaba e ignoraba.
Bella tomó su negro bolso que hacia juego con su traje e impulsaba a que la blusa azul que llevaba resaltara aun más. Se despidió efusivamente de su hijo y de su padre, bueno, de él simplemente se despidió.
Todo le había estado saliendo bien en ese nublado día hasta el momento que llegó a su entrevista en la dirección que el señor Bruni le había enviado; la secretaria del pequeño edificio le hizo esperar varios minutos después de las doce exclusivamente para hacerle saber que ese día no la iban a poder atender.
–Lo siento señora Swan, pero el licenciado me ha informado que tuvo una junta de emergencia así que la espera mañana a la misma hora –dijo con una practicada sonrisa que desilusionó a Bella por completo.
Salió de aquel edificio desalentada y del mismo modo llegó hasta su casa a escasos minutos de la una y media de la tarde. Bajó los víveres que había comprado y trato de poner buena cara frente a su padre e hijo durante el resto de la tarde tan pronto como entró en el departamento… lo malo del asunto es que no se pudo consolar sabiendo que no era la única que padecía en ese lunes y que, en otro punto de la populosa ciudad, alguien más compartía su ánimo.
Por su parte, Edward no había pasado un buena noche ni esta ni las pasadas; ese lunes su insomnio había provocado que se quedara dormido hasta tarde evitando que fuera a sus primeras clases en la universidad. Estaba más aburrido de lo normal; y si por él hubiera sido estaría costado en su cama pensando y atormentándose con las conjeturas que su mente formulaba a cada instante, de no ser porque Elizabeth llegaría a su departamento en poco tiempo seguramente seguiría en pijama. El lugar estaba demasiado ordenado y bien cuidado para ser habitado por un hombre soltero pero era más la disciplina que la voluntad lo que hacía a Edward tener en orden su vida.
Justo estaba recostado sobre el sillón de piel color crema en su sala mientras observaba el techo detenidamente y el su reloj marcaba las seis de la tarde cuando su, no tan deseada visita, tocó a la puerta. Se paró con pesar y caminó aletargado hasta llegar a su entrada. Dibujó una sonrisa ligeramente forzada en su rostro antes de abrirle a Elizabeth para dejarla pasar.
–Hola –la dijo en saludo con un todo que implicaba su entrada al departamento.
–¿Cómo estás? –le saludó entrando mientras inspeccionaba el lugar.
–Cansado…el fin de semana fue un poco pesado –cerró la puerta y la dirigió a su sala–. ¿Gustas algo de tomar?
–¿Tienes cerveza? –sugirió Elizabeth.
–Eh… las reservas se acabaron –se excusó con una sonrisa inocente omitiendo el hecho de que tal bebida no era de su agrado–, ¿jugo de manzana está bien?
–Por hoy lo está–dijo con una radiante sonrisa.
Un par de minutos después Edward regresó con dos vasos llenos de un castaño líquido en tanto que Elizabeth ya se había instalando para poder iniciar con el trabajo.
–Ten –le entregó el vaso sentándose a su lado en el sillón.
–Gracias –habló con una coqueta mirada que Edward no reconoció–. ¿Te parece comenzamos con la búsqueda casos clínicos?
–Claro –dijo con un fingido interés fingido al tiempo que desacomodaba su cabello con la mano izquierda.
El trabajo consistía en realizar una presentación sobre los trastornos psicoafectivos para su clase de Psiquiatría; no era la cuestión más divertida alguno ya que en mínimo les agradaba la clase mas debían de hacer bien el trabajo esperando aprobar con una calificación que aumentara su promedio.
Comenzaron a trabajar entre bromas, jugo derramado y miles de papeles regados sobre el piso y la mesa de centro de la sala. El trabajo no debería de tomarles más de dos horas pero eran cerca de las nueve cuando notaron que el tiempo había volado gracias al buen rato que estaban pasando; decidieron descansar un rato antes de revisar la presentación por última vez.
–Siento molestarte Edward… pero debo de pasar a tu baño –confesó interrumpiendo la alegría que les rodeaba.
–Ah…sí, no te preocupes –ahogó su risa –, ya sabes: al fondo a la derecha segunda puerta –aclaró levantando su mirada al notar que Elizabeth se había puesto de pie.
–Segunda –repitió infantilmente al tiempo que le dedicaba una sonrisa a Edward el cual, tenía su cabello enmarañado debido a las innumerables veces que había pasado su mano entre este.
Él, simplemente la miró con una suave sonrisa mientras Elizabeth se alejaba y pensó que después de todo sería una buena idea tratarla como algo más que amiga.
Elizabeth entró en el baño tras inspeccionar sutilmente el pasillo que la había conducido hasta él; pudo notar la falta de recuerdos y adornos en el departamento de Edward así como la sencillez que tenia para elegir los elegantes muebles que llenaban el espacio. La pulcra habitación estaba demasiado reluciente gracias al blanco azulejo sobre los muros; el lugar era un tanto más amplio de lo normal mas no le sorprendió.
Tan pronto como terminó de lavar sus manos se dispuso a retocarse ligeramente; acomodó su dorado cabello y de su pantalón sacó un labial de pueril tono que utilizaría para resaltar sus labios pero cuando fijo su mirada en el espejó un pequeño objeto la hizo desconcentrarse. Frunció el ceño extrañada al notar que era un anillo; uno discreto y de oro junto a la pasta de dientes que exigía su atención. Indecisa y despistada guardó su labial y decidió tomar la pequeña pieza para inspeccionarla; no era más que sencilla y sin chiste que, junto con su textura lisa, le sugirió solo una idea: compromiso.
–Sólo está jugando –bufó molesta cuando dejó que aquella emoción de desconcierto la inundara.
No pudo mas que aventar el anillo contra el piso al tiempo que un metálico sonido se escuchaba tras la puerta que Elizabeth cerraba. Trató de poner una mejor cara antes de que llegara con Edward disimulando su disgusto. Se sentó sobre el sillón en silencio e ignorando la presencia de Edward reanudó su labor.
–¿Te pasa algo? –cuestionó preocupado él al notar el cambio radical en Elizabeth.
–No, nada… –mintió ensimismada y molesta tratando de no hacer la pregunta que imploraba salir de su boca.
Al parecer ahora entendía el por qué Edward no le hacía caso a ninguna chica; estaba casado. Pero, de cualquier modo, no parecía un hombre casado.
–¿Segura? Te vez…–dudó en qué palabra utilizar –Pálida.
–Sí es sólo que…no la verdad no importa –Elizabeth trató de prestar atención a su computadora.
–Como ti digas –contestó desanimado posando su mirada en el monitor de la computadora.
El tiempo restante que les tomó pulir el trabajo fue demasiado incomodo entre ellos dos. Al diez para las diez terminaron y Elizabeth anunció que se marchaba.
–¿Te quedas a cenar? –preguntó Edward con una tierna sonrisa tratando de retenerla para traspasar la barrera que Elizabeth había impuesto son razón aparente.
–Lo siento, le dije a mi madre que llegaría temprano y ya se me hizo algo tarde–mintió ignorando la alegría que la invitación le había ocasionado.
–Oh…claro –fingió comprensión desalentadamente.
Se irguieron, él del piso y ella del sillón. La escoltó hasta la puerta y se despidió con beso en la mejilla.
–Hasta mañana –fue el tibio despedirse de ella.
–Hasta mañana –suspiró aturdido.
Cerró la puerta sintiéndose sumamente desganado; con pesar y frustración atravesó su departamento ignorando el tenue desastre en su sala y entró a su cuarto para tirarse sobre su cama pretendiendo apaciguar su desconcierto alado de Morfeo.
Era martes y la cita de Bella era a las nueve de la mañana; en el corporativo Access Clothes. A tan sólo quince minutos de la guardería, así que tendría tiempo de sobra para repasar su discurso; estaba nerviosa. Minutos antes de la hora acordada, bajó de su auto y caminó decidida a la recepción esperando que esta vez no le cancelaran. Subió hasta el tercer piso en el pequeño edificio hasta llegar al departamento de Administración y contaduría.
–Buenos días, ¿puedo ayudarla en algo? –saludó cortésmente una mujer de tez morena y rasgos amables que estaba sentada al otro lado del escritorio tan pronto como Bella se acercó.
–Sí, tengo una cita con el licenciado Alberto Bruni –regresó en el mismo tono.
La secretaria la miró extrañada a sabiendas de que en ese lugar nadie llevaba ese nombre, sin embargo su comunicador la interrumpió antes de que pudiera negar la existencia de esa persona.
–Estefanía… –se oyó la voz de un hombre joven – ¿Ya llegó la cita de las 9?
–¿Eres tú? –preguntó en un susurró la nombrada.
Bella contestó con una sonrisa en silencio.
–En un momento pasa señor –le respondió–. Adelante, te está esperando.
Los latidos de su corazón se sentían más fuertes de lo que solían serlo y decidió abrir la puerta con una actitud nerviosa.
El lugar erra una amplia sala con una mesa de tamaño considerable, quizá para dieciséis o dieciocho personas. Al final de la sala, en la silla principal, se encontraba un hombre no más grande que ella, de tez blanca y sonrisa amable que pudo reconocer de su pasado al tiempo que se quedaba congelada en el umbral de la puerta.
Un par de ojos cafés claro se le quedaron mirando insistentemente ante su reacción; la examinó verificando que todo estuviera bien en ella y después del sepulcral silencio carraspeó para sacarla de su trance.
–¡Tanto tiempo sin vernos, Bella! –habló emocionado poniéndose de pie con total sinceridad y entusiasmo –. ¿No te da gusto verme? –preguntó estando más cerca de ella al notar lo pasmada que seguía.
–Y-yo… –las palabras se negaban a salir de su boca; lo que pasaba no podía ser posible –, N-no sé qué decir… ¿Jasper? –preguntó estupefacta.
Y sí, era Jasper. Jasper el novio de Alice…hijo adoptivo de Carlisle, hermano de Edward. Tenía que ser el mismo; nadie en este mundo tenía esa sonrisa tan sincera como él y sería imposible que ella olvidara o confundiera ese alargado rostro con finos rasgos que él poseía.
–Bueno… puedes empezar con un simple saludo –le sugirió.
