El submarino se acercaba ya a la próxima isla en el itinerario de los piratas Heart. Habían emergido la noche anterior. Bepo había sido el primero en salir corriendo a cubierta, deseoso, como siempre, de respirar aire fresco. Desde entonces, el oso había insistido en dejar el enorme portalón abierto para refrescar el ambiente, y los miembros de la tripulación se acercaban de vez en cuando a estirar las piernas y a disfrutar de la luz del sol. Ikkaku, el navegante, no fue menos.

Con el submarino en la superficie, el trabajo en las salas de máquinas se reducía considerablemente y los piratas se relajaban. En la sala de control, algunos habían comenzado a lanzarse bolitas de papel. Tras la reprimenda de uno de sus superiores, Ikkaku se levantó exhalando un suspiro y se dirigió a cubierta dando fuertes pisotones por el pasillo. Por el camino se encontró con Shachi, quien ya tenía la cara sucia de grasa a esas horas de la mañana. Ambos compañeros se saludaron brevemente sin detenerse.

—¡Guau! ¡¿Qué ha sido eso?!

La voz del pirata pelirrojo estalló al mismo tiempo que un destello pardo cruzaba el vestíbulo del submarino a toda velocidad y se estrellaba contra el final del pasillo.

—¡Un pájaro! —dijo Shachi—. Se ha colado por la puerta. Debe de estar aturdido.

—Qué golpe se ha llevado.

El animal aleteó ruidosamente tratando de recuperar el equilibrio y echó a volar de inmediato, buscando una salida y graznando como loco mientras chocaba contra las paredes. Ikkaku cerró la puerta de un golpe.

—¡Vamos a capturarlo! —exclamó lanzándose hacia él—.

Shachi reaccionó con rapidez.

—¡Se va hacia dentro! —exclamó quitándose la gorra verde y rosa para emplearla como red—. ¡Corre!

El pájaro entró en pánico y comenzó a graznar todavía más alto. Completamente desorientado, voló tratando de huir y dando palos de ciego por todas partes hasta que encontró un hueco por el que escapar de los dos hombres que lo acosaban. Desgraciadamente para él, su vía de escape no era una salida, sino el pasillo del submarino; y el agujero por el que se coló, la puerta de los dormitorios.

Ikkaku gritó entrando en la habitación detrás del pájaro como un torbellino y Shachi lo siguió. En el dormitorio no había rastro del animal por ninguna parte. Ikkaku se paró en seco, desconcertado, buscando al pájaro con la mirada y Shachi, que estaba demasiado nervioso, no logró frenar a tiempo.

—¡Agh! ¡Me he mordido la lengua! —se quejó el joven cuando chocó contra el corpulento marinero rubio—.

—Shhhhh, calla —ordenó Ikkaku, haciendo caso omiso de su accidentado amigo—. ¿Dónde se ha metido? ¿Lo oyes?

—No lo oigo por ninguna parte.

—Lo hemos asustado —dijo Ikkaku bajando el tono de voz—. Ven, pajarito —llamó—. Ven, bonito, no te preocupes, no te vamos a hacer daño.

El pirata comenzó a caminar cuidadosamente, procurando hacer el menor ruido posible. Su mirada examinaba cada rincón, cada litera, y cada hueco del caos que reinaba entre las camas y los objetos personales de la tripulación. El desorden dificultaba la búsqueda notablemente. Finalmente, un sonido casi imperceptible llamó la atención del pirata e Ikkaku localizó al animal acurrucado bajo las mantas de una litera. Ikkaku dejó escapar un respingo de emoción.

—¡Está aquí! —susurró—.

Las manos del grandullón comenzaron a aproximarse lentamente al pájaro mientras Ikkaku contenía el aliento como si estuviera realizando una tarea de precisión científica. Shachi se acercó y asomó la cabeza por encima de los hombros de Ikkaku. El pájaro lanzó un sonoro graznido y asustó a los dos hombres, que gritaron a su vez. En medio de la confusión, el animal comenzó a aletear y se escabulló, colándose entre los hombros de Shachi e Ikkaku.

—¡Cierra la puerta! —exclamó Ikkaku—.

Shachi obedeció con celeridad mientras Ikkaku se lanzaba en plancha a por el animal, que graznaba altísimo y aleteaba tratando de escapar despavorido. Varias mantas y otras cosas cayeron de una de las literas cuando Ikkaku la golpeó fuertemente con la espalda. Shachi se lanzó también hacia el pájaro.

—¡Lo he rozado! —dijo el pelirrojo, chillando por encima del volumen de los graznidos—.

Toda la habitación retumbaba con los trompazos de los dos piratas y los alaridos del animal llenaban el aire, acompañados por alguna que otra pluma marrón. El escándalo iba en aumento.

—¡Espera, ya sé! —exclamó de pronto Shachi—.

El joven fue hasta una litera y sacó de un tirón las mantas y sábanas. Agarrando la pesada colcha, se acercó a donde Ikkaku yacía desparramado en el suelo a tan sólo unos pasos de la asustada ave.

—¡Uaaaarg!

Shachi dejó escapar un grito tarzanesco al tiempo que lanzaba la colcha en dirección al animal con todas sus fuerzas. La colcha cayó torpemente sobre el pájaro, atrapándolo, y los graznidos se intensificaron.

—¡Toma ya! —exclamó Ikkaku poniéndose en pie con una enorme sonrisa en la cara—. Ahora hay que ir con cuidado para que no se nos escape.

Shachi emitió un sonido a medio camino entre una carcajada y un suspiro.

—¡Qué bicho del demonio!