Hola queridos fanáticos de la magia y del mundo de crepúsculo, heme aquí para presentarles el segundo capítulo de este fic.
P.D: en mi historia cuando quieran visualizar a Theodore Nott (amigo de Draco) busquen al actor Logan Lerman como referencia. Espero les guste:
Capítulo 2. Hermanos, pero no de sangre
Miranda fue creciendo y con el paso del tiempo se hacía cada vez más curiosa y rebelde, entrenó a Júpiter para robar cosas (por lo menos dentro de la casa) y siempre que tenía hambre hacía que el gato trepara por las repisas y le tirara los paquetes de golosinas que su padre guardaba, dejando de importarle que la regañaran todo el tiempo. Ella ya sabía la historia que Fudge había esparcido acerca de su familia, sabía que él no era su verdadero padre y sabía la historia sobre sus supuestos mamá y papá biológicos que habían muerto durante la guerra que se desarrolló años atrás. A Fudge no se le había ocurrido nada mejor y nunca entraba en detalles cuando hablaba sobre ellos entendiendo que delataría la gran mentira que había construido si inventaba muchas cosas y luego no lograra acordarse de ellas.
Pero sin importarle que él no fuera su familia real, a veces la niña creía que todo esfuerzo por la llamar su atención era una total pérdida de su tiempo; incluso con la guerra ya concluida Cornelius se había obsesionado con su trabajo y siempre usaba la misma excusa para justificarse:
- Si quieres que siga pagando tu comida, ropa y juguetes, tengo que trabajar tiempo extra. – Repetía distraídamente cada vez que ella preguntaba a la hora del desayuno por qué nunca estaba en casa o por qué nunca jugaba con ella.
Si Fudge quería obtener el puesto como Ministro de magia, debía de trabajar arduamente, pues había más candidatos y su oportunidad se podría perder en cualquier momento si se descuidaba, el no quemar la carta de Lizzie no le había servido de nada, de igual manera olvidó la última petición que le había hecho en su carta: "por favor, no dejes que tu corazón se corrompa con miedo y sed de poder". Pero, aunque Miranda pensaba que le daba igual a su padre adoptivo, Cornelius la vigilaba durante el tiempo que pasaba en casa, temiendo que la pequeña Potter hubiera heredado el don de su madre, no le gustaba pensar adquiriera los mismos miedos que su madre e hiciera las mismas estupideces cuando creciera. Hasta ahora no había dado señales de conocer el futuro ni de tener pesadillas que se convertirían en profecías.
Miranda no se daba por vencida, no iba a quedar satisfecha hasta verle sonreír, aunque fuera sólo una vez, cuando se sentaba a desayunar junto a él interpretaba un sinfín de actuaciones ensayadas y otras tantas improvisadas para ver si podía hacerlo reír con alguna tontería, los adultos también necesitaban reír ¿o no? Cuando nada de eso funcionaba planeaba su próxima actuación y luego esperaba a que se fuera al trabajo para estar sólo con Atos y Júpiter o para salir a la calle a hurtadillas, tan sólo para ser atrapada por el elfo doméstico unas cuadras más adelante.
- Por favor ama. – Suplicaba la criatura cuando volvía con ella, jalando de su mano para impedir que saliera de nuevo. – Si el amo se llegara a enterar que salió de aquí ¡Oh, lo que le haría al pobre Atos! – Gemía siempre con el mismo pesar. La niña no lograba entender por qué le tenía tanto miedo a que le regalaran una prenda, no tenía sentido.
Y lo que menos lograba entender era por qué no podía dejar la casa. En una ocasión había preguntado por qué no podía salir y la respuesta le generó más preguntas:
- Verás, nosotros pertenecemos al mundo mágico. – Presumió Fudge con una sonrisa socarrona, como si pudiera adjuntarse el mérito de que ella hubiera nacido con sangre mágica. – Y los niños y personas que hay en esta colonia, no lo son. – Dijo, refiriéndose al barrio muggle en que vivían. – Además, tú tienes un don muy especial ¿te puedes imaginar cómo reaccionarían al verte? Tan sólo mira tu cabello, no puedes hacer que tenga un color normal. – Distraído con la correspondencia, no se dio cuenta del efecto que tuvieron sus palabras en Miranda.
¿Cómo se suponía que una pequeña de cuatro años podría entender lo que la palabra "normal" significa? Para ella "normal" era vivir con un mago, un elfo, un gato que cambia de tamaño y la habilidad que ella tenía para cambiar su apariencia.
El único gesto lindo que su padre adoptivo tenía con ella es que le compraba varios libros sobre criaturas mágicas y aunque a veces ella no entendía algunas cosas, su curiosidad era algo insaciable, pidiendo cada vez más información, pero él nunca le llevaba lo que pedía, le conseguía libros de cocina con magia o de hierbas medicinales y remedios caseros mágicos, cuando ella le pedía un libro de pociones o historia de la magia. Pero era mejor que ser ignorada.
Miranda seguía sin tener amigos y el sol apenas conocía su rostro, pero al cumplir seis años, hubo un día en que Fudge comprendió que Miranda necesitaba relacionarse más con su propio mundo que con el muggle. Cuando Atos estaba haciendo un pedido para su amo se distrajo y olvidó cerrar la puerta de enfrente con llave y ella salió corriendo, cruzó la calle y atravesó el parque, hasta donde había encontrado a más niños jugando cerca de unos columpios, quiso jugar con ellos y, pensando que alguno tenía poderes igual que ella, comenzó a hacer magia frente a ellos. Cornelius la había visto todo desde el segundo piso y se apresuró hasta llegar a ella.
Por fortuna no había adultos mirando y fue fácil convencer a los niños de que Miranda sólo hacía trucos de magia.
- ¿Qué crees que haces ahí afuera? – Le espetó el mago una vez que la arrastró al interior de la casa. - ¿Quién te dijo que podías salir de aquí? –
- Sólo quería jugar un rato, nunca juego con otros niños, me aburro mucho aquí adentro. –
- Es por tu propio bien ¿por qué nunca quieres escucharme? – Gritó furioso, mientras Atos y Júpiter se escondían detrás de la puerta corrediza que daba al patio.
- Tú no sabes nada ¡Ni siquiera eres mi padre! – Lloró Miranda. Había quedado en ridículo frente a los primeros niños que conocía, no tenía ganas de hablar con él, se soltó de su agarre y salió corriendo hacia su habitación, cerró de un portazo y no salió de ahí hasta el día siguiente, sin importarle cuánto había insistido Atos para que comiera un poco.
Esa mañana, cuando bajó las escaleras para tomar el desayuno, vio que su padre conversaba con alguien más, un hombre alto de piel blanca, con pecas en la cara, cabello naranja y el mismo estilo de ropa que el huraño de su papá, sólo que las del hombre pelirrojo estaban un poco más descuidadas.
- ¡Ah, ahí está! – Exclamó Fudge con una exagerada sonrisa. - ¿Cómo amaneciste? –
Cuando su padre trató de acercarse a ella, al contrario de lo que Miranda creía su sonrisa no era algo alentador de mirar y retrocedió asustada, sabía que algo tramaba, no se tragaría su amabilidad tan fácil.
- Tú debes ser Miranda ¿no es así? – Ella no respondió, se quedó viendo al desconocido y luego miró sobre su hombro para observar a Cornelius cuyo semblante ahora era inexpresivo. – ¿Qué sucede querida? – Preguntó el extraño con voz amable, inclinándose un poco para verla mejor y sonrió dulcemente. – Mi nombre es Arthur Weasley, es un placer. –
Miranda observó su cabello y extendió una mano como si fuera a tocarlo, pero a mitad de camino cambió de idea y se detuvo.
- ¿Tú también eres como yo? – Preguntó ella. El brillo en sus ojos dejó hipnotizado a Arthur, la niña era realmente encantadora.
- ¿Cómo? – El hombre se confundió con aquella pregunta.
Miranda cerró los ojos concentrada en lo que quería mostrarle, y su cabello se tornó rojo brillante, abrió los ojos y verificó un mechón de su cabello, dirigió la vista hacia el Weasley y lentamente el color fue aclarándose hasta volverse casi del mismo tono que el suyo. Arthur quedó impresionado por la forma en que había dominado el don a temprana edad.
- Practiqué frente al espejo. Es lo único que puedo hacer aquí dentro. – Contestó la chica con una sonrisa, orgullosa por haber podido imitar uno de los rasgos de ese amigo de su padre. - ¿Cómo me veo? – Preguntó ella, dando una vuelta sobre la punta de sus pies mientras reía.
- Muy bonita, si no fuera por la falta de pecas, podrían confundirte con mi hija. – Contestó el hombre con una sonrisa.
- Arthur. – Habló Fudge, como si se hubiera ofendido por ser olvidado. – Entonces, como ya lo hablamos ¿de acuerdo? – El mago asintió con la cabeza.
- ¿Qué hablaron? – Miranda escondió las manos tras la espalda y retrocedió hasta que topó con la barra del comedor de la cocina.
- Hoy vas a ir conmigo y el señor Weasley al ministerio de magia, y él se hará responsable de cuidarte mientras estés ahí. No quiero que hagas travesuras, no quiero que corras por todo el lugar gritando o saltando… - Bla, bla, bla. Lo único a lo que ella había prestado atención era la parte en la que le decían que iba a salir de la casa. – Así que vístete y ve a desayunar, espero que estés lista en media hora. – No necesitó decirlo dos veces, salió disparada en dirección a su cuarto, tropezando con los escalones como si estuviera en medio de una carrera de maratón. Eligió cualquier cosa de su armario y se metió a bañar, salió en menos de diez minutos y bajó corriendo una vez que se cambió de ropa, tomó una de las tostadas de la cocina, una cuchara, un pañuelo y un pequeño frasco de mermelada de melocotón que guardó en su bolsa con correa.
- Ya estoy lista. – Anunció con alegría, mientras terminaba de atarse el cabello. Fudge estaba impresionado, nunca la había visto tan emocionada y mucho menos tan obediente como en ese momento. Si tan solo le hubieran dicho que ese era el secreto, lo hubiera hecho desde hace muchos años atrás.
El señor Weasley se rió de lo divertida que era la pequeña, pensó que a su esposa le encantaría conocerla y estaba seguro que a sus hijos Fred y George les caería de maravilla, aunque a ese par de diablillos no les hacía falta un compañero de travesuras.
Todos usaron la entrada de la cabina telefónica que estaba en una de las calles principales de Londres, Miranda estaba quieta y callada, sólo por ahora claro, no quería que Fudge cambiara de idea y la llevara de vuelta a casa encerrándola de nuevo. Pero realmente estaba emocionada, por fin podría interactuar con más personas y conocer de ese mundo mágico del que su padre siempre iba y regresaba.
El jefe del señor Weasley se despidió de ellos y se dirigió a su oficina, mientras que el pelirrojo tomó de la mano a la niña y juntos caminaron hacia la oficina de Arthur, Miranda no se contuvo más y externó todo su asombro en cuanto la espalda de su padre desapareció, había toda clase de cosas que quería conocer, vio a brujas y magos aparecer y desaparecer entre el fuego verde esmeralda de las chimeneas, las lechuzas que llevaban cartas y paquetes de un lado para otro, la cantidad de personas que usaban magia era impresionante y el lugar era como un palacio gigante construido de mármol negro, luego de tanto tiempo de encierro el mundo parecía un parque de diversiones que guarda un montón de tesoros para jugar.
- ¿Dónde puedo conseguir esos palitos que sostiene la gente? – Preguntó ella mientras señalaba a un mago que estaba levitando una pila de papeles que estaban siendo repartidos por debajo de cada puerta por la que pasaba.
- Se llaman varitas. – Contestó el señor Weasley, sorprendido de lo poco que sabía del mundo al que pertenecía. – Todas las brujas y magos tienen la suya. –
- ¿De verdad? Yo nunca he visto la varita de mi padre, sólo he leído un poco de ellas en unos libros. – Le brillaron los ojos de sólo pensar lo que podría hacer si tuviera una varita propia.
- Venden varitas en el callejón Diagon. – Explicó Arthur, entrando a su oficina y dejando la puerta abierta para que pasara.
- ¿Qué es el callejón Diagon? ¿Puedo ir? – Siguió cuestionando Miranda, había tantas cosas que quería saber y que su padre no le había contado, que las dudas siguieron surgiendo a medida que avanzaba la conversación.
- Es un lugar en Londres donde puedes conseguir de toda clase de cosas del mundo mágico, pero aún eres muy joven para tener una varita. – Comentó el hombre con cariño.
- ¿Tengo que crecer para poder tener una? – Se decepcionó ella.
- Así es, cuando cumplas once años tendrás que ingresar al colegio para que te enseñen a usar tu magia con responsabilidad. – Arthur observó su semblante y se dio cuenta de lo decepcionada que estaba, su cabello se había vuelto verde aqua y quiso saber qué le sucedía. - ¿En qué piensas? –
- No quiero crecer. – Replicó la pequeña. La respuesta lo sorprendió con la guardia baja.
- ¿Por qué no? –
- Porque todos los adultos se vuelven tristes con la edad, y si tengo que crecer para obtener una varita, entonces prefiero no obtener una nunca. – Razonó ella.
Alzó las cejas con sorpresa, no supo qué hacer ante esa lógica.
- ¿Quién te dijo que los adultos se vuelven tristes cuando crecen? –
Miranda le contó cómo era vivir con Fudge y de sus frustrados intentos por hacerlo sonreír, Arthur sintió pena por ella, si bien los que trabajaban en la oficina con Cornelius nunca habían pensado en ese hombre como un padre, jamás se hubiera imaginado que trataría así a una niña.
- Los adultos son extraños. – Concluyó Miranda, mientras se cruzaba de brazos.
Hubo un momento de silencio en que Weasley no supo qué decir, pero de algo estaba seguro, tenía que hacerla ver que no todos los adultos eran iguales, quería, además, darle un momento para que se divirtiera. Así que decidió dejarla jugar, le dijo que la dejaría salir de su oficina para que explorara el lugar y le dio un mapa improvisado en el que anotó las zonas a las que podía entrar.
- Te estoy dando la oportunidad de ser libre por un rato. – Comentó el pelirrojo, mirándola con seriedad. – Así que trata de no meterme en problemas ¿quieres? – Dijo, suavizando las cosas con una sonrisa.
- ¿Usted no vendrá conmigo? – Preguntó Miranda, tomando el pergamino con los garabatos que había hecho ese hombre en el pergamino.
- No querida. No puedo escaparme del trabajo, mi jefe me regañaría. Pero tú sí puedes salir un rato, y tendrás que regresar para las diez aquí conmigo ¿De acuerdo? – La chica asintió y tomó de su mano cerrando su pequeño acuerdo. - ¡Ah, casi lo olvido! Si alguien pregunta que haces afuera, diles que estás buscando el baño. – Ella sonrió y abrió la puerta.
Pero antes de salir se volteó y le dijo:
- ¿Sabe? Usted es un buen hombre. Me agrada. – Y entonces, delicadamente cerró la puerta, dejando de tras de sí un mar de sentimientos de cariño, ternura y felicidad.
Miranda deambuló por un rato entre los pasillos, leyendo cuidadosamente las instrucciones que le habían escrito en el pergamino, admiró por largo rato la fuente que había visto cuando entraron al ministerio de magia, subió y bajó por diferentes escaleras, pero se dio cuenta de que no había nada que hacer para una niña de seis años, no vio a más niños de su edad, sólo adultos, algunos eran amables pero otros ni siquiera la notaron al ir sumergidos en una conversación con diferentes interlocutores en la que todos parecían hablar pero ninguno parecía estar escuchando.
Cuando por fin decidió que no había nada más interesante que hacer ahí se dirigió de regreso a la oficina del señor Weasley, pero al dar vuelta por un pasillo escuchó a unas personas discutiendo y olvidándose de su plan, dio la vuelta y siguió las voces.
Encontró a tres niños hablando, pero no era una plática amistosa y tampoco parecían discutir entre ellos, curiosa, se acercó y le tocó el hombro a uno de los niños que estaban ahí, haciendo que éste se sobresaltara.
- ¿Quién eres y qué quieres? – Preguntó el rubio con tono arrogante, una vez que se recuperó del susto.
- Soy Miranda. – Saludó ella, sin inmutarse antes su tono despectivo. - ¿Cuál es tu nombre? – Nunca tuvo la oportunidad de hacer amigos y menos en el mundo mágico, quería conocerlos bien y agradarles. - ¿Son magos? ¿Quiénes son sus padres? ¿Tienen hermanos? ¿Con quién hablan? – Preguntó lanzando preguntas sin detenerse a obtener una respuesta y estiró el cuello examinando a su alrededor para ver mejor, pero ahí sólo estaban ellos cuatro. Frunció el ceño confundida y se preguntó si no había sido su imaginación.
Todos dudaron un par de segundos sin saber a qué se debían tantas preguntas, pero a uno de ellos, el pequeño rubio de ojos grises, le gustó el interés que tenía por saber más sobre él, así que, al contrario de sus dos compañeros, no le importó mucho que sonara como una chiflada. Sin embargo, al mirarla se sorprendió por el color tan extraño que sus ojos tenían.
- ¿Qué les pasó a tus ojos? – Dijo el rubio, levantando su mano derecha mientras la apuntaba con su dedo índice. Los ojos de Miranda tenían una mezcla de varios colores, pues su don aún no estaba bajo su completo control y aún cambiaba su apariencia según la intensidad de las emociones que tenía. – Tienen morado, azul y rojo. – Los colores delataban muchas cosas cuando llegabas a conocerla, razón por la que le habían atrapado varias travesuras. El morado era un estado de hiperactividad luego de comer varias golosinas o también podía ser nerviosismo cuando se enfrentaba a situaciones nuevas, el azul delataba su felicidad y el rojo podía significar furia o molestia, aunque también se ponía de ese color cuando hacía travesuras por lo que Atos sabía reconocer cuándo mentía y cuándo no.
- No sé de qué hablas. – Jugó. – ¿O te refieres a esto? – Fanfarroneando un poco, cambió el tono de sus ojos por unos tan dorados como el cabello de ese niño. - ¿Quién eres tú? – Insistió, persuadiendo al pequeño para que confiara en ella.
- Que rara eres. – Dijo el de cabello negro, haciendo que el amigo de su derecha se riera con él.
- Soy Draco, Draco Malfoy. – El rubio se fascinó por la habilidad de la chica, distraído con los bonitos colores que ella estaba combinando para él, no le tomó importancia a los comentarios que hacían sus amigos. – Ellos son Crabbe y Goyle. – Dijo, señalando a los niños que aún no dejaban de cuchichear y reírse, Miranda decidió que aquellos últimos no tenían mucha importancia haciendo que el que respondiera al nombre de Draco fuera, a falta de una mejor palabra, su líder y enfocó toda su atención en él.
- Draco, mucho gusto. – Respondió ella con una sonrisa radiante, sin molestarse en saludar a los otros dos. Draco no comprendió por qué de pronto la niña parecía tan feliz, sólo le había dicho su nombre. - Y ¿Qué hacen aquí? ¿con quién hablaban? – Preguntó de nuevo.
- Hablábamos con esta cosa. – Contestó, señalando una estatua de un material que la niña no supo identificar. Miranda no entendió a qué se refería, pero habría de entenderlo pronto. La estatua tenía forma de mujer y al mirarla más de cerca dio un respingo cuando ésta movió la cabeza y dirigió la vista hacia ellos.
- Esta cosa tiene su nombre niño. – Replicó la figura gritando. – El que tenga los pies empotrados al suelo no significa que no puedo hacerte daño. – La mujer chillaba cada vez más alto mientras alzaba los brazos como una histérica y los lanzaba en dirección al pequeño Draco, quien dio un brinco asustado.
- Tan solo pasábamos por aquí cuando empezó a gritarnos ¡Está loca! – Ni bien terminó de decir eso el cabello del rubio fue atrapado por la mano de la mujer de piedra, comenzó a zarandearlo de un lado a otro mientras Malfoy chillaba de dolor. Los otros dos corrieron asustados y los vieron desaparecer tras dar vuelta en un pasillo mientras gritaban como posesos. – Traidores. – Masculló el primogénito de la familia Malfoy entre dientes.
- ¡Vaya amigos tienes! – Ironizó. Miranda no supo cuánto tardaría si corría por ayuda así que prefirió quedarse, trepó por una de las piernas de la figura y, sin saber si resultaría o no, le tapó los ojos y se sujetó fuerte mientras ésta soltaba a Draco y comenzaba a jalar de ella. El niño no entendió por qué Miranda no lo había dejado solo, no se conocían y no tenía razones para ser amable con él. Recordó cómo Crabbe y Goyle siempre lo dejaban solo, justo como habían demostrado en ese momento, y le echaban la culpa cuando hacían travesuras, haciendo que su padre se enfadara con él y dejando que recibiera todos los castigos. - ¡Ay! – Miranda resbaló por uno de los costados y la mujer de piedra la sujetó por un brazo y la lanzó lejos, la metamorfo se quedó boca abajo unos segundos y luego se sujetó la pierna con los ojos cargados de lágrimas por el dolor.
Draco se quedó atónito, no sabía por qué lo había ayudado ni qué razón tuvo para hacer algo tan temerario como eso, pero algo en él se cargó de ira cuando vio que la rodilla de esa extraña niña se inflamaba gracias a la herida que se hizo en la caída, regresó la mirada a la estatua y comenzó a gritarle, cada vez más y más fuerte hasta que de un segundo a otro, sin saber cómo, la superficie de la mujer comenzó a agrietarse hasta estallar y romperse en mil pedazos. Los niños cubrieron sus rostros con sus manos mientras los restos se esparcían por todo el pasillo, el cual quedó en silencio al terminar de caer el último pedazo de piedra negra.
- Wow. – Asombrada, Miranda se levantó del suelo ignorando su rodilla y caminó hasta llegar al lado del rubio. – Eso fue impresionante ¡Hazlo otra vez! – Los labios de la metamorfo se ensancharon en una enorme sonrisa y admiró el desastre en que se había convertido esa desagradable figura.
Pero él no respondió, la cara de Draco se tornó roja y posó la vista a la estatua destrozada en el suelo y sus ojos amenazaron con llenarse de lágrimas.
- ¿Qué te pasa? ¿Te duele algo? – Asustada, Miranda sostuvo el rostro de Draco y comenzó a buscar heridas o moretones. Malfoy sólo negaba con la cabeza y murmuraba con miedo.
- Mi padre va a matarme si descubre que yo lo hice. – Draco trató de controlar las lágrimas, hablando entrecortado y con hipo debido al llanto, se acuclilló y escondió su rostro, avergonzado por ser tan débil y llorar frente a otra persona. Su padre le había dicho que llorar era para los débiles y que como un Malfoy no tenía permitido demostrar sus sentimientos en público, sólo su madre lo defendía de él y discutía con su marido cada vez que éste reprendía a su hijo por llorar o comportarse como alguien con sentimientos.
- ¿Por qué se enfadaría? – Ella miró de nuevo la escultura rota y por fin comprendió. – ¡Oh! – Le tendió un pañuelo que había sacado de su bolsa de correa y se sentó junto a él, mientras levantaba su rostro para ayudarle a limpiarse las lágrimas.
Draco se calmó un poco luego de que ella le dijera que se recostara sobre sus piernas y pasara una de sus manos por su rubio cabello, haciendo una representación de una madre y su hijo.
- ¿Y no podrías repararla? – Sugirió ella.
- No lo creo, no sé cómo hacerlo. – Draco hundió los hombros desanimado, observando una parte cabeza de la estatua.
- Pues en realidad no me agradaba tanto como para querer repararla, desde mi punto de vista se lo merecía. – Argumentó ella.
– Mi padre me ordenó no tocar nada, cuando vea lo que hice va a castigarme. – Comentó mientras aún trataba de calmarse.
– ¿Qué te parece si nos vamos de aquí y nadie vio nada? – Sugirió Miranda tranquilamente, mientras examinaba su raspón ahora inflamado.
- Nadie vio ¿qué? Draco. – La voz seria de un hombre se alzó por encima del silencio, arrastrando las palabras, un escalofrío recorrió el cuerpo del rubio haciendo que se incorporara de inmediato. Un tipo alto de piel blanca, cabello rubio largo y ojos grises estaba de pie a espaldas de ambos, los niños pudieron observar a Crabbe y a Goyle al final del pasillo, seguramente siendo responsables de la aparición del señor Malfoy. Miranda se giró para ver al nuevo visitante e intuyó de inmediato que se trataba del padre de su nuevo amigo, como ella lo había bautizado. - ¿Y bien? Draco ¿Tú hiciste eso? – Insistió, ahora señalando los restos de piedra.
El hijo de Lucius Malfoy no respondió y desvió la mirada al borde del llanto, cuando Miranda intervino.
- Verá señor Malfoy, Draco no hizo nada, fui yo la que rompió la estatua. – Dijo ella, hablando atropelladamente. – Estaba jugando con ella y traté de subir por uno de sus brazos cuando cayó y se rompió. Draco sólo pasaba por aquí y... –
- Y dime Draco. – Interrumpió Lucius sin dar señales de haber escuchado ni media palabra. - ¿Quién es tu nueva amiga? – Dijo, cuyo tono despectivo en esta última palabra le tuvo sin cuidado a Miranda, quien estaba acostumbrada a lidiar con eso todos los días con Fudge.
- Yo… - Titubeando, se dio cuenta que no sabía nada de ella más que su nombre, y aun así lo había defendido y se había culpado por algo que no hizo. Ninguno de los amigos que tenía habían hecho algo así por él. – Se llama Miranda. – Respondió al fin.
Apenas volteándola a ver, el señor Malfoy siguió cuestionando a su hijo.
- ¿Y sabes acaso de qué familia proviene? – Se burló, como si hubiera encontrado una nueva sangre sucia de la que burlarse. Miranda comenzó a enfadarse por la actitud arrogante de ese rubio y para variar parecía querer humillar a su propio hijo. Lucius se acercó hasta él y tomó su mano bruscamente mientras su tono de voz iba en aumento, amenazando con llegar a casa para castigarle. – ¿Qué te he dicho de hablar con sangres sucias? Si vuelves a hablar con esta escoria te castigaré por el resto de tu vida. – Gritaba en dirección al pequeño.
- Oiga, yo no soy ninguna estoria. – Sin saber el significado o pronunciación de la palabra, se interpuso entre él y Draco. - ¿Por qué le habla así a su hijo? – Su cabello y sus ojos dejaron el tono marrón y se convirtieron en uno negro vibrante. No pudo controlar el impulso de tratarlo como a su padre, pues su actitud le recordaba mucho a ese desdichado hombre, cuya sonrisa parecía ocultarse permanentemente detrás de su actitud arrogante. – Por cierto ¿qué es una sangre sucia? -
- Apártate mocosa. – Pero la metamorfo no hizo amago de moverse, no le importaba si la trataban con desprecio, pero odiaba que los adultos no supieran lo mal que la pasaban los niños cuando los padres los trataban así. Iba a responderle cuando la voz de su padre la salvó por primera vez.
- Miranda ¿Qué haces aquí? – Cornelius Fudge se acercó hasta quedar de frente a ellos. - ¡Ah, señor Malfoy! Espero que mi hija no le esté causando problemas. – El ex mortífago no pudo esconder su asombro, quedándose perplejo ante ese nuevo descubrimiento. – Pero ¿qué rayos es todo esto? ¿qué no te dije que no quería que hicieras tus acostumbradas travesuras y tonterías? Mira cómo tienes la ropa y ese raspón que tienes ahí. – Exclamó Fudge al ver el desastre de la estatua y su rodilla con sangre.
- Agh, no es nada. Yo lo arreglo. - Se concentró en sanar la herida y poco a poco ésta se fue cerrando para asombro de los Malfoy.
La ira de Lucius se apaciguó un poco, pero no por tenerle miedo a esa chiquilla, sino por el nombre que la niña cargaba consigo, ya había escuchado que uno de los candidatos a Ministro de magia tenía una sobrina a la que había adoptado cuando los padres murieron, sólo que no imaginó la falta de educación que ésta tendría. Luego de que el padre de Miranda la regañara por su actitud, Malfoy y Cornelius intercambiaron algunas palabras cordiales y se deshicieron de los residuos de piedra de esa estatua vieja que ya no le gustaba a nadie, e intercambiaron direcciones para mantenerse en contacto, pues la familia Malfoy le gustaba mantener buenas relaciones con gente influyente, sobre todo después de haber salido impunes de su juicio hace un par de años para no ir a Azkaban.
El futuro Ministro de magia les ofreció amablemente su chimenea a los Malfoy y los niños Crabbe y Goyle para que volvieran al hogar de Draco.
- Oye, fue impresionante lo que hiciste el día de hoy. Gracias por defenderme contra esa gárgola. – Le comentó la metamorfo con emoción, sin importar lo que Fudge le hubiera dicho, ella había disfrutado mucho de esa salida. – Jamás había tenido la oportunidad de estar con alguien como tú, eres divertido. – Draco sintió cómo se inflaba su pecho, como cuando se sentía orgulloso porque alguien lo alababa por haber subido a su escoba por primera vez, pero se sentía diferente, se sentía mucho mejor y no sonaba falso como los halagos de Crabbe y Goyle. – ¿Crees que podamos vernos otra vez? -
- Si, supongo. – Respondió.
- ¿De verdad? ¡Genial! Entonces ¿amigos? – Preguntó, aguardando nerviosa por su respuesta.
- Si, supongo. – Repitió, tras de varios segundos que a Miranda le parecieron eternos. La sonrisa de la hija de Elizabeth se ensanchó y abrazó al pequeño rubio sin importarle si la veían o no.
Por otro lado, Draco pensaba en las palabras que su padre siempre le repetía: que los Malfoy no le debían favores a nadie y que la pureza de la sangre era la cosa más importante del mundo y que esas personas eran con las únicas brujas y magos con los que algún día podría hacer amistad, pero incluso si esa niña no era de sangre pura ella le había agradado, era mejor que algunos de sus amigos de familia de sangre pura. Hablaron durante otros cortos segundos y luego fue momento de irse, pero justo antes de desaparecer Draco le dijo algo a la metamorfo y aunque no fuera algo del otro mundo, ella sospechaba que el que le dijera eso significaba algo especial.
- Gracias, Miranda. – Murmuró Draco antes de desaparecer entre las llamas esmeralda.
Durante muchos años los Malfoy mantuvieron una relación amistosa con Cornelius Fudge y su hija, tiempo en el que Draco y Miranda se fueron conociendo cada vez más. Constantemente se veían en el ministerio de magia e incluso la chica había visitado el hogar de los Malfoy para pasar el rato con él y con otros de sus amigos, Blaise Zabini, Theodore Nott y Pansy Parkinson, todos ellos se llevaban bien, pero los últimos tres aún no la trataban con tanta confianza como Draco, al principio le hablaban más por conveniencia al notar que sus padres los empujaron a formar amistad con ella cuando vieron que su padre se iba convirtiendo en el favorito para ser el futuro Ministro, pero fue gracias a todas esas visitas a la mansión que ellos pudieron conocerla y se dieron cuenta que la chica era realmente ingeniosa y divertida, le gustaba hacer todo tipo de cosas y siempre la seguían cuando recorrían los jardines de la mansión para montar escobas y hacer una carrera. Habían llegado a desarrollar una amistad sana y muchas veces fingían que se batían a duelo en el jardín trasero de la mansión y en más de una ocasión la magia accidental era partícipe de esos eventos, llenando de orgullo a sus padres cando éstos entraban en debate para discutir cuál de ellos crecería como el más poderoso de los cuatro, sin contar a Miranda claro.
Pero era diferente para Draco, la chica se había ganado por completo su confianza desde el momento que le demostró su lealtad y le enseñó lo divertido que podía ser esa enorme mansión, olvidándose de lo frívolo y solitario que solía ser, ahora regresaba a casa casi todos los días con las mejillas sonrojadas y casi sin aliento, con moretones o raspones, pero nunca se había sentido más feliz. Le gustaba correr y sentirse libre y sin límites, hacer travesuras y escaparse de casa sin que nadie lo notara, utilizando las dotes de Miranda para hacerse pasar por su madre o su padre, pues la metamorfo había practicado durante muchos años y había mejorado demasiado manipulando correctamente su don.
Habían pasado tanto tiempo juntos que ya no parecían amigos, su relación era tan cercana que a veces coordinaban su manera de pensar y de actuar y compartían toda clase de secretos que los hicieron volverse familia, como si fueran hermanos.
Lo único que no había logrado Miranda era convencerlo de que los traidores a la sangre, los impuros y los muggles no eran diferentes a ellos, pues Lucius siguió puliendo la mente de su hijo y nada podía hacerlo cambiar de opinión. Ambos aprendieron juntos acerca de la magia, Narcisa, la madre de Draco, los había llevado a conocer diferentes lugares en el Londres mágico e incluso habían visitado un par de veces el callejón Diagon a petición de los dos. Juntaban toda clase de artículos con los que jugar y pasar el tiempo, libros sobre el uso de la magia y diferentes golosinas con cada visita nueva, habiendo probado cada diferente sabor de una tienda de dulces para cuando cumplieron ocho años ella y siete él.
Miranda logró superar el encierro en el que había permanecido hasta antes de conocer Draco sin mirar atrás. Aunque la familia Malfoy no era con la única con la que convivía, también pasaba tiempo con los Weasley's hablando y jugando en su mayoría con los gemelos y confabulando con la única hija y hermana que había en esa familia, para que cuando creciera no se dejara dominar e intimidar por sus hermanos mayores, aunque ya se había dado cuenta de que la pelirroja no necesitaba su ayuda, pues no sólo era hermosa, era astuta, valiente y con actitud desafiante y atrevida y sus padres la amaban y cuidaban igual que a los demás, lo que a veces provocaba la envidia de la pequeña Potter.
Todo marchaban bien ahora, los padres de Draco ya discutían acerca de su futuro y por lo tanto de su educación, Lucius quería mandarlo al instituto de Dumstrang, pues el director Igor Karkarov, era uno de sus viejos amigos y también un ex mortífago, pero Narcisa no quería que su querido y único hijo creciera tan lejos de ella, así que le pidió a su esposo reconsiderarlo y mandar a su hijo a Hogwarts, así al menos podría asegurarse mantener el contacto directo.
Cuando el padre de Draco aceptó las condiciones de Narcisa, ambos amigos creían que lograrían permanecer juntos durante los años escolares, pero a sus once años Miranda había recibido una noticia desalentadora en la que gastó horas, días, semanas y argumentos sin poder hacer que Fudge cambiara de opinión, obligándola a pasar un largo tiempo lejos de su amigo, teniendo que abandonar su hogar en Londres y viajar a Francia a la academia Beauxbatons.
- No, lo siento, tengo que ir. – Comentó desanimada.
Ambos estaban en la habitación de Draco, él estaba acostado ocupando la mitad de su sillón negro de piel, con las piernas colgando sobre uno de los reposabrazos del sofá, mientras que ella estaba de cabeza en el mismo sofá que él, solo que sus piernas se apoyaban en el respaldo y descansaba su torso y su cabeza en el asiento, haciendo que las puntas de su largo cabello ondulado tocaran el suelo.
- Pero no es justo ¿se supone que debo de pasar el resto del año en compañía de esos dos tontos? – Dijo Draco haciendo referencia a Crabbe y Goyle, su padre había insistido que se juntara con ellos (más que nada para traerlos de subordinados) pero luego de lo ocurrido en el ministerio a él le traía sin cuidado querer agradarles o estar cerca de ellos.
- Bueno, en realidad tienes a Theo y a Blaise. – Razonó Miranda.
- ¡Uuuh, "Theo"! – Cantó Draco con burla. Su amigo pensaba que Miranda era muy bonita desde hace algunos meses, pero la chica era tan despistada que no lo había notado y Theodore era muy cobarde y tímido para intentar algo con ella, así que le prohibió a Draco, Blaise y Pansy (quien fue la primera en notarlo) contarle a la metamorfo. A veces actuaba como si la presencia de la chica le molestara para que ella no se diera cuenta, pero luego lo encontraban dándose de topes contra la pared, arrepentido.
- ¡Cállate! – Le dijo mientras le quitaba la almohada que el rubio tenía bajo la nuca, haciendo que su cabeza rebotara en el asiento. Ella se ponía nerviosa cada vez que él estaba cerca, pues a veces pensaba que para el joven mago sólo era un dolor de cabeza y Draco siempre aprovechaba para burlarse de ello. – Tal vez yo no voy a estar aquí para molestarte, pero Parkinson lo hará en mi lugar. – Draco alzó la ceja en señal de contrariedad.
- Pero si ella no me molesta. – Comentó el rubio con arrogancia como si hubiera ganado la discusión sobre quién irritaba más a quién.
- Eso no es verdad. – Le recordó Miranda entre risas. – Perece que no le ha quedado claro que no te gusta como más que una amiga. – Comentó mientras se reía.
- Pansy es bonita, pero no entiendo por qué es tan empalagosa, se vuelve fastidioso luego de un rato. Nunca se cansa. – Al rubio no le gustaba que siempre tenía que cuidarse la espalda de ella, a Pansy se le daban bien los ataques sorpresa, era totalmente impredecible cuándo y cómo lo interceptaría, y quitársela de encima era un trabajo tedioso. A Draco le caía bien, pero a veces era imposible estar con ella, lo peor era que Miranda sólo se reía de él e incluso llegó a apoyar a la pelinegra un par de veces, aunque sólo fuera para divertirse un rato, pues a ella tampoco le agradaba la idea de que su hermano (como ella había insistido en decirle) saliera con Parkinson, a Miranda no le desagradaba, pero pensaba que había alguien más especial ahí afuera para él. - ¿Estás segura de que no puedes hacer nada más? –
- Si, lo he intentado todo. – Confirmó la metamorfo. – Pero me chantajeó. -
- ¿Y desde cuándo eso te detiene? –
- Desde que me dijo que si no hacía caso no podría visitarte durante las vacaciones nunca más. – Le explicó molesta.
- ¡Oh! - Juntos, aguardaron en silencio esperando a que una idea se presentara ante ellos por medio de intervención divina, como si las ideas llovieran del cielo y atravesaran las paredes, pero no fue así, eso no sucedió. - ¿Y cuándo te vas? – Preguntó Draco por fin.
- El once de agosto. – Respondió. Miranda impulsó sus piernas hacia el frente y apoyó sus pies en el suelo seguido de sus manos, se acuclilló en el suelo y se levantó de un salto.
- ¡Pero faltan dos meses! – Contestó alarmado. – ¿Por qué Beauxbatons? – Insistió Draco de camino a la cocina.
- No lo sé, al anciano le viene fallando la cabeza desde…bueno, desde siempre. –
- Dobby. – Llamó el rubio a elfo doméstico de la familia. – Prepáranos algo de comer. – Ordenó sin verlo apenas.
- Sí, joven amo. – Respondió el elfo temeroso, haciendo una larga reverencia en donde su nariz rozó el suelo y sus orejas se movieron como alas de murciélago en pleno vuelo.
- Por favor. – Añadió Miranda dulcemente. - ¿Qué? Ya sabes que no me gusta cómo le hablas. – Se excusó ante la mirada de su amigo mientras ella se encogía de hombros. Ella quería mucho a Dobby, le hacían recordarle al dulce Atos que prácticamente la había criado y cuidado desde siempre.
- ¿Y no piensas contestarme? – Apuró él.
- Pff, perdóneme joven amo, heredero supremo de la familia Malfoy. Miranda merece ser castigada, Miranda mala, Miranda mala, Miranda mala. – Se burló ella, usando el mismo tono que Dobby usaba cada vez que hacía algo que tenía prohibido, haciendo que a Draco se le saliera por la nariz su jugo de calabaza.
Las risas de la muchacha no se hicieron esperar, se carcajeó delate de él mientras que el rubio estaba esperando que sus fosas nasales y su garganta dejaran de arderle, tosió un par de veces mientras que Miranda le daba unas pequeñas palmadas en la espalda aún desternillada de la risa.
- Jamás vuelvas a hacer eso. – Comentó Draco cuando por fin pudo respirar adecuadamente. Ella puso su mejor cara de inocencia.
- No es mi culpa que seas tan torpe. – Se rio mientras lo imitaba cuando se estaba ahogando.
- Sabes, empiezo a creer que ese viaje a Francia no es tan mala idea. – Jugó Draco con la voz ronca.
- Estás rompiendo el corazón de tu hermana. – Dramatizó mientras ponía sus manos sobre su corazón y se dobló por la cintura fingiendo dolor. – Además, recuerda mis palabras Malfoy: - Dijo, amenazándolo mientras lo sujetaba de los hombros, puso su mejor mirada amenazante y su sonrisa burlona. – No importa en donde estés, no importa qué tan rápido y lejos puedas correr, jamás te librarás de mí. – Pasó su brazo alrededor de su cuello y pelearon por toda la cocina sin que Draco pudiera quitársela de encima, mientras que el pobre de Dobby pedía angustiado que dejaran de hacer ruido antes de que sus amos lo regañaran.
- Está bien está bien, tú ganas, ya suéltame. – Bramó él.
- Di que lo sientes. – Ordenó Miranda, sabiendo que obligaba a su amigo a hacer algo vergonzoso y que lastimaría su orgullo, pero sólo un poco.
- ¿Qué? No lo haré. – Se negó.
- Di que lo sientes y luego di que soy hermosa y que soy más inteligente y fuerte que tú. – Dobby los iba persiguiendo por toda la cocina con un sartén en la mano, limpiando las cosas que tiraban y sujetando el harapo mugriento que vestía, pues al seguirlos por toda la cocina (reparando el desastre que estaban haciendo) éste se le estaba resbalando por todo el cuerpo.
- No quiero. – Murmuró Draco con esfuerzo. La metamorfo le puso el pie y ambos cayeron al suelo mientras ella se ponía sobre él mientras le sujetaba ambos brazos e inmovilizaba sus piernas.
- Dilo. – Su cabello se puso rojo y se hizo crecer varios centímetros para no dejar que la fuerza de Draco le ganara.
- ¡No hagas trampa! – Exclamó él.
- ¿Draco? Cariño ¿eres tú? – Narcisa se acercaba por la puerta que daba al comedor principal buscando a su hijo para llevarlo de compras con ella.
Miranda se puso de pie de un salto y se acomodó la ropa y el cabello, se sentó rápidamente en una de las sillas altas de la cocina y puso un par de tostadas y jugo de calabaza frente a ella, para cuando la mamá de Draco había entrado sólo pudo ver a su hijo acostado en el suelo confundido y lleno de comida.
- Cariño ¿qué haces en el suelo? – La mujer se apresuró y le dio la mano para ayudarlo a levantarse. – Mira cómo está tu ropa ¿qué pasó aquí? –
- Si Draco ¿qué rayos crees que haces? – Miranda no consideraba peligroso dejar a su amigo a mitad de sus travesuras cuando se trataba de su mamá, pues a Narcisa le alegraba saber que tenía a alguien con quién divertirse, aunque eso le costara un poco de la paz y quietud de su hermosa morada.
- Hijo, recuerda que debemos hacer una visita a la tienda dentro de una hora. – Le recordó con calma, mientras le sacudía la camisa llena de harina. – Dobby, lleva a Miranda de regreso a su casa, Cornelius me avisó que tiene que revisar la lista de cosas que le faltan para su primer año en la academia. – Pidió la mujer. – Quiero que subas a tu cuarto, te limpies y te cambies de ropa para que podamos irnos. Vamos querido. – Tomó de la mano a su hijo y lo condujo fuera de la cocina luego de despedirse de Miranda.
- ¡Esperen! – Gritó la chica mientras los seguía con Dobby pisándole los talones.
- ¿Si? – Preguntó Narcisa, mientras se daba la vuelta.
- Señora Malfoy, quería pedirle un favor. – Draco frunció el ceño, aún después de tantos años le resultaba imposible anticipar algunas actitudes de su amiga.
- ¿Qué se te ofrece? – Astuta como siempre, la madre de Draco nunca afirmaba o negaba algo sin antes escuchar lo que le pediría, porque sabía lo engañosas que podían ser sus peticiones.
- ¿Cree que pueda darle permiso a Draco de ir a despedirse de mi antes de que me vaya a Beauxbatons? – Preguntó sin titubear.
Draco miró a su madre con la esperanza de que ella dijera que sí. Pero la mujer dudó un par de segundos antes de contestar, ella no tenía ningún problema con eso, sin embargo, su hijo dependía también de la respuesta de Lucius.
- Bueno, debo de comentarlo con mi esposo primero. – Dijo. Y antes de que Draco se decepcionara continuó. – Pero no creo que tenga ningún problema para convencerlo. – Terminó Narcisa con una sonrisa mientras le guiñaba un ojo a su hijo. – No hagas esperar más a tu padre y ve a casa. – Le aconsejó antes de subir por las escaleras.
Miranda se contentó con esa respuesta, le agradeció a la madre de su amigo y accedió a tomar la mano del elfo para que la llevara de regreso a su casa. Sin desperdiciar ni un solo segundo, Draco y Miranda aprovecharon para despedirse más de mil veces en el verano e hicieron sus últimas travesuras antes de que ella partiera a Francia.
Ténganme paciencia muchachos, la historia evolucionará mejor porque ya sé cómo quiero que avance, pero aún me falta otro capítulo antes de llegar a los Cullen. Siéntanse libres de dejar sus comentarios y díganme su opinión al respecto, cualquier opinión es bienvenida.
