LA BRUJA
A través de un pasadizo secreto bajo las mazmorras del palacio, en una pequeña cripta, aislada del bullicio de la fiesta, un hombre no compartía en absoluto la alegría reinante en la ciudad ese día.
"¡No puede ser! ¡Es imposible que me haya equivocado! ¡Yo no cometo errores! ¡No han buscado lo suficiente!"
"… aah pero realmente parece que ya no quedan más. Pffft es realmente triste, sabiendo que sólo te faltaba uno."
"¡Silencio, Hara! ¡No he desperdiciado todos estos años aguantando a esos patéticos monos para fallar ahora! ¡Mi triunfo estaba asegurado desde el principio! ¡Además, la profecía de la vieja hablaba de un dragón en especial! ¿O es que me mentiste, Seto?"
"Nah… te dije las palabras exactas que pude escuchar... ¿pero y qué? Ya tienes el poder y la longevidad suficientes para destruir este mundo. ¿Por qué molestarse en seguir buscando algo que no existe?"
"¡Cállate estúpido! ¡Estamos hablando del poder absoluto y de la inmortalidad! ¡Mi padre fracasó en el intento de poseerlos como el inútil que era, pero yo lo lograré! ¡Sólo necesito encontrar a ese maldito dragón sin que me molesten el rey y su ridícula 'Generación de los Memos'!"
"Es de los Milagr… ah, perdón… ¿entonces, quieres mandar más arañas a rastrear las montañas?"
"Y vosotros también iréis en su busca. Yo no puedo hacer nada, ese parásito de Imayoshi no se me despega del trasero. Y tengo la sensación que desde lo de la dichosa profecía el imbécil de Aomine me vigila."
"¿Quieres que le hagamos alguna faena como hicimos con Kiyoshi?"
"¡No! ¡No quiero levantar más sospechas! ¡Ya he tenido suficientes problemas desde que ese mocoso se convirtió en rey y anuló todas las normas que yo había establecido! ¡Ahora haced lo que os he ordenado, encontrad a esa sucia criatura y traedme su repugnante corazón!"
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Era muy fácil perderse en aquel bosque sino tenías claro donde ibas. Lo que podría parecer un camino podía llevarte a lo más profundo de aquella selva, desvanecerse de pronto, y nunca volver a aparecer. Era un laberinto de árboles tan vastos, que apenas dejaban pasar la luz del día. La magia y el misterio que se respiraban en el aire hacían que la belleza de los bosques fuera cautivadora, y peligrosa.
A pesar de toda la curiosidad que sentía hacia el mundo de los humanos, el pelirrojo sabía que la naturaleza siempre le atraería siempre como parte de él que era.
Es por eso que le gustaba tanto el lugar en el que vivía. Le había fascinado desde el primer momento, y lo que al principio iba a ser un hogar temporal, había conseguido que olvidasen toda intención de marcharse en estos dieciséis años.
Su 'casa' no era especialmente amplia, pero era todo lo espaciosa que podía ser dentro de aquel viejo roble.
Era un gran árbol milenario, ahuecado por la caída de un rayo, con un tronco tan largo y tan ancho, que con manos hábiles y un poco de magia, se había transformado en su propia mansión de tres pisos. Desde su habitación en la última planta, podía subir por una de las ramas hasta la copa del roble y observar el interminable mar verde que se extendía a su alrededor. Ese era otro de sus rincones favoritos para pasar el rato. Desde allí contemplaba el transcurrir de las nubes y los pájaros, llenándose a menudo de envidia por esa visión de libertad que perseguía, pero que nunca alcanzaría.
"He vuelto" – saludó el pelirrojo al cruzar la puerta y encontrarse en la sala principal de su casa. No era un 'palacio', pero el chico estaba seguro de que no la cambiaría por ninguna otra. Todo lo que había allí era rústico y humilde, pero la sensación acogedora que te invadía al entrar era algo inigualable. El olor a madera de las paredes y los muebles, la gran variedad de objetos extraños que se apilaban en las estanterías, la gran escalera de caracol situada entre el cálido salón y la cocina… parecía algo fantástico. Aunque bien ayudaba a ello la magia que se percibía en el ambiente – "¿Alex…?"
"Ka-ga-mi Tai-ga" – se escuchó detrás de él. El tono serio de esa voz no parecía prometer nada bueno - "¿Se puede saber dónde estabas?"
"Ah lo siento, me… ¡ALEX! ¡Te he dicho mil veces que te vistas, bruja loca!" – no importaba cuantos años pasaran, Kagami jamás podría acostumbrarse a la rubia y su manía de pasearse por casa a todas horas completamente desnuda. Siempre ocurría lo mismo: él, avergonzado, gritaba e insultaba a Alex a la vez que, sin mirar, buscaba algo que lanzarle para que se cubriese.
"¡Y yo te he dicho otras mil veces que no me llames loca! Ya me visto, ya. No hace falta ponerse así" – eso decía todas las veces, pero no pasaría mucho tiempo hasta que volviera a repetirse la escena – "Y ahora dime, ¿por qué llegas tan tarde? Ya tenía hambre."
"Es sólo que no me di cuenta de… ¡espera! ¡¿Has hecho algo en la cocina?!" – la casa seguía en pie, así que lo más probable era que con suerte no.
"Iba a hacerlo, pero tú cocinas mejor Taiga, así que ahora te lo dejo a ti"
"… ese no es el problema Alex… ¡ya deberías saber que tienes prohibida la entrada en 'mi' cocina!" – aun habiendo sucedido toda clase de accidentes incluso con la más simple de las recetas, parecía que esa mujer todavía no asimilaba lo torpe, negada y completamente incapaz que era en el arte de cocinar.
"¡Taiga! ¡¿Cómo atiendo a las visitas entonces?! Para tu información, Tatsuya vino antes, y no os habéis visto porque tú estabas por ahí en tu mundo de ilusión y fantasía."
"Para tu información, Tatsuya es el único que nos 'visita', ¡y yo no tengo ningún mundo de esos!" – Kagami estaba indignado. Disfrutaba de verdad de sus andanzas por el bosque. Siempre era mejor eso a pasar todo el día aburrido en casa sin nada que hacer – "¿Por qué se fue Tatsuya tan pronto?"
"Sólo vino a traerme unas cosillas que le pedí. Tuvo que volver en seguida o preguntarían demasiado por su ausencia."
"¡Oh! ¡¿Te dijo que se está celebrando hoy en Rakuzan?! La gente parecía más feliz que nunca" – preguntó el pelirrojo interesado al recordar lo que había visto antes.
"… n- no me ha dicho nada... será por la llegada del verano" – el rostro de Alex se había oscurecido con inquietud y pesar, pero se giró antes de que el muchacho pudiera verlo – "¿Q-Qué vas a cocinar? Mi estómago está protestando… no sé como tú no te has desmayado aún."
"¡Oye! ¡Puedo aguantar perfectamente un par de horas sin comer!"
Kagami preparó un plato sencillo en diez minutos, mientras que Alex ordenaba unos libros y ponía la mesa.
Cuando se sentaron a comer, Alex empezó a charlar sobre Tatsuya y lo que éste le había contado de su trabajo en la capital. No era un tema de conversación que le agradase mucho a Kagami. Sabía que nada iba a cambiar, y en verdad se alegraba por su hermano (siempre que iba a visitarles parecía muy satisfecho con su vida en la ciudad), pero el pelirrojo soñaba con experimentar esa vida aunque fuese sólo por un día, y le dolía escuchar sobre todo aquello mientras que él sólo podía imaginarse cómo sería realmente. Después de tantos años creía que dejaría de molestarle, pero en cambio cada día que pasaba le afligía aún más que el anterior.
"Uuaa… como sospechaba me llevará la tarde completa ponerme al día en todo lo que tengo pendiente" – comentó Alex en voz alta desde su sillón, mientras Kagami fregaba los platos sucios de la comida.
"… pensaba que íbamos a practicar con la espada… ¿no tenías algo nuevo que enseñarme?" – no había planeado nada con Alex para ese día, pero el pelirrojo supuso que harían algo juntos, y entrenar era lo único que se le ocurría.
"Taiga, a estas alturas ya no necesitas nada de lo que pueda enseñarte. Nunca he visto a nadie tan bueno luchando como tú. Nos superaste a Tatsuya y a mí hace mucho. En una pelea contigo no podría hacer gran cosa."
"¡Pero no hay nadie más a quien pueda enfrentarme! Los duendes del claro sólo saben burlarse de mí, y los ents del otro lado del arroyo, son tan lentos que hasta yo me vuelvo más tonto después de hablar con ellos... los lobos no quiero ni mencionarlos" – Kagami ya había sentido esa desesperación muchas veces últimamente. Siempre le había gustado luchar, desde que Alex y Tatsuya le enseñaron de niño a defenderse, y con el tiempo y la práctica se había vuelto muy hábil, con la espada especialmente. El problema era que, daba igual cuanto ansiara una buena pelea, no había nadie que le plantase cara como él quería. Alex muchos días no tenía ni tiempo ni ganas de ello, y Tatsuya vivía en la ciudad. No había nadie más.
"Taiga… ¡mañana te prometo que entreno contigo! Tengo que practicar yo también o me voy a oxidar a este ritmo jajaja" – Alex conocía muy bien esta situación, pero desgraciadamente, por mucho que le atormentase, sabía que no podía hacer mucho para consolar a Taiga.
"… da igual Alex… acabo de recordar algo que quería hacer así que voy a salir. Volveré para la cena" – Kagami terminó en la cocina, y después de ponerse un chaleco sobre su camisa blanca de lino, salió cabizbajo por la puerta sin decir nada más.
"… lo siento Taiga… ojalá pudiera darte la libertad de ser feliz" – susurró Alex con voz triste cuando el chico ya no podía oírla. Suspirando, se levantó de su asiento y se dirigió hacia su habitación, chasqueando antes los dedos a una escoba, la cual pareció cobrar vida al empezar a barrer por toda la sala.
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"Creo que lo mejor será dejar aquí los caballos. En el bosque podrían ponerse nerviosos. Además, el tuyo parece estar agonizando Kise-kun. ¿Tanto has engordado?"
"¡Kurokocchiii! ¡¿Cómo puedes preguntarme eso?! ¡Es sólo que mi caballo es muy sensible al calor!"
Después del largo paseo, los cinco caballeros habían llegado por fin a los límites del bosque. La idea de Kise de echar una carrera había sido rechazada en general, y estaba haciendo pucheros por ello.
"Jajaja aún no me creo que hayáis querido venir. ¿Por qué ese cambio de parecer, Shin-chan?... ¡ah ya sé! ¡Te preocupaba que viniera sólo!"
"¡P-Por supuesto que no! He venido solamente porque tengo la impresión de que encontraremos algo importante nodayo."
"¿Otra de tus premoniciones, Midorimacchi? He pensado en ello incontables veces pero, ¡de verdad que no le encuentro sentido alguno!"
"Kise-kun, Takao-kun, ¿puedo preguntar para qué habéis traído los arcos?" – Kuroko sospechaba del motivo y estaba bastante molesto por ello.
"¿Eeh? ¿Para qué va a ser Kurokocchi? Nunca se sabe cuando se nos puede cruzar alguna presa interesante, ¿verdad?"
"No hemos venido a cazar. ¿Acaso no sabéis hacer nada más?"
"Moo, Kurokocchi, no te enfades-ssu… ¡prometo que sólo dispararé una flecha si es realmente necesario! Pero… ¿no creéis que Akashicchi se enfadaría menos con nosotros si le llevásemos un ciervo por ejemplo? ¿Qué tal si apostamos a ver quién puede cazar uno primero?"
"Kise-kun…" – Kuroko sabía que el rubio no era una mala persona, pero le exasperaba esa actitud despectiva con la que le quitaba la importancia a todas las cosas, incluidas las verdaderamente importantes.
"No es la peor de las ideas, pero no me parece correcto convertirlo en una competición nanodayo. ¿Tú qué opinas Aomine?"
"… yo paso, haced lo que queráis, a mí me la pela" – respondió Aomine desganado. En verdad sólo quería dormir pero, bendita suerte la suya, estaba claro que tendría que esperar un buen rato para poder hacerlo. No podía volver aún, y no era seguro echarse una siesta en aquel lugar, pero no por ello iba a esforzarse en algo que no le interesaba.
"Jejeje como era de esperar de Aomine. No estás obligado a participar, Shin-chan. ¡Yo me apunto Kise, vamos!"
Kuroko quiso impedirlo, pero el resto ya se había adentrado en el bosque, ignorándole, y no tenía ganas de estropear su tarde de excursión, así que simplemente les siguió, rezando para que con suerte, nada se les cruzara en su camino.
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Kagami no había mentido del todo al decir que tenía algo que hacer, así que no estaba tan desanimado como en otros días iguales a ese. No culpaba a Alex de nada. Nunca podría hacerlo, no cuando había sido ella la que le había cuidado todos estos años. Y sabía que si tanto le prohibía salir del bosque, era únicamente por su propio bien, así que se conformaría con lo que tenía, y no protestaría por mucho que le doliese.
El muchacho se dirigía hacia el este, hacia un arroyo cercano, esperando poder encontrarse con 'alguien' que había conocido la semana anterior. Quería asegurarse de que todo estuviese bien, y quién sabe, igual podía hacer algo por ella. Le gustaba sentirse necesitado. Le ayudaba a creer que había alguna razón por la que debía existir al fin y al cabo.
Ya muy próximo a su destino, el pelirrojo se detuvo a observar a su alrededor. Todo el claro en el que se encontraba estaba plagado de hierbas altas y arbustos cargados de bayas, por lo que no era raro ver a diario a muchos animales alimentándose tranquilamente, más ahora que había llegado el buen tiempo. Recorriendo con la mirada la orilla del riachuelo, no muy lejos de allí, divisó y reconoció a la cierva que estaba buscando.
Satisfecho con su éxito, Kagami decidió no acercarse todavía, y dejar a la criatura que comiese en paz, por lo que fue a sentarse a la sombra de un frondoso castaño.
O eso pretendía hacer hasta que de pronto oyó el crujir de una rama a escasos metros de él.
Buscando al causante de la distracción, el pelirrojo sintió como se le helaba la sangre al ver a un hombre de pelo amarillo apuntando con un arco hacia donde se hallaba en ese momento la cierva. No, no podía dejar que sucediera aquello. Aquel tipo iba a hacerle daño al animal y de ninguna manera iba a permitirlo.
Actuando antes de pensar en las posibles consecuencias, Kagami se lanzó a toda velocidad en dirección al cazador, un segundo antes de que éste disparase la flecha.
"¡DETENTE!"
Aquel grito no logró detener el tiro del rubio, pero sí consiguió asustarle lo suficiente para que la flecha no diera de lleno en el blanco. Aún así, alcanzó a la cierva en un costado, la cual alarmada, huyó despavorida hacia la espesura del bosque. Angustiado, Kagami quiso correr tras ella, pero la voz del causante de la situación le impidió hacerlo.
"¡¿Tú de dónde has salido?! ¡¿No sabes que lo que has hecho es peligroso?!"
"¡Esa es mi línea, idiota!" – voceó furioso el pelirrojo mientras se giraba para enfrentarse al otro.
"¡Oi, Kise! ¿Qué diablos…? – los demás, al escuchar el griterío, habían reaccionado inmediatamente, acudiendo deprisa en ayuda del rubio. Sin embargo, al llegar allí y encontrarse aquella escena, ninguno fue capaz de decir o de hacer nada por unos instantes. Aomine ni siquiera pudo terminar de preguntar.
Kagami estaba algo aturdido e intimidado por la repentina aparición de tantos desconocidos. Pero, a pesar de sentir la presencia de cada uno ellos, se encontró con que sólo tenía ojos para el hombre que tenía delante en ese momento.
Jamás, en todos los años de su vida en los que se había pasado horas y horas observando a la gente de la ciudad, había visto a alguien igual. Nunca había imaginado que pudieran existir unos ojos… no… no había nada en él que no fuera 'diferente' al resto. El color de su mirada, un azul tan profundo que parecía atraparle más y más a cada segundo que pasaba. Sus cabellos, de un añil oscuro e intenso. Su rostro, en el que a través de la sorpresa y la confusión aún se podía entrever un lado, ¿salvaje? Y todo su cuerpo, era… incitante. Kagami había visto antes a personas de piel más oscura que la suya, especialmente en esa época del año, pero el matiz de 'su piel' era distinto, especial. Todo lo de ese peliazul era completamente nuevo e insólito para él. Aunque mucho más extrañas aún eran las sensaciones que despertaba en su interior el simple hecho de mirar al moreno. Algo dentro de él le estaba empujando hacia aquel hombre. Quería acercarse a él. Quería tocarle. ¡Quería que él le tocase!
Aomine se encontraba en una situación parecida. Su cabeza era un lío de emociones y pensamientos que no conseguía entender. Desde su infancia, había conocido a mucha gente de todo tipo. Pero lo que estaba viendo ahora, lo que le estaba devolviendo su mirada, no lo había visto, ni pensaba que lo vería nunca. No debería ser diferente a cualquier otro primer encuentro, excepto por el lugar en el que se hallaban. Pero ese chico tenía algo que por razones desconocidas para él, estaba revolviendo todo su ser, de un modo que no había sentido jamás. No sabía si eran sus ojos, tan apasionadamente rojos que parecían quemarle. Maldita sea, ni siquiera creía que pudieran existir unos ojos como esos. Su pelo, puntiagudo y desordenado, también era de un llamativo carmesí. Los rasgos de su cara ovalada reflejaban pura agresividad, y sus cejas… debería burlarse de esas cejas pero, ¿por qué no le parecían del todo ridículas en ese rostro? Su aura era intensa. Aquel hombre era… fascinante, y Aomine no podía impedir que su cuerpo le dirigiese hacia él. Quería tocarle… y por algún motivo, 'necesitaba' sentir los latidos de su corazón.
"¡¿Qué pasa aquí?! ¿Quién eres tú? ¿Tú le habías visto alguna vez, Shin-chan?"
La voz de Takao hizo reaccionar a Kagami y a Aomine, ambos dando un salto hacia atrás al darse cuenta asombrados de que estaban más cerca el uno del otro de lo que deberían. Todos sus pensamientos anteriores se esfumaron para dejar paso a una tremenda confusión. Pero no les dieron mucho tiempo para reflexionar sobre lo sucedido.
"¡¿Me vas a explicar de una vez por qué hiciste eso?! – preguntó voceando Kise, recuperándose de la gran impresión que había causado el desconocido.
Kagami recordó entonces lo que había ocurrido minutos antes y se volvió para encarar al rubio con toda su rabia.
"¡Dime antes quién te crees que eres para hacer lo que acabas de hacer!"
"¡¿Perdona?! ¿Acaso no es obvio? ¡Soy cazador y tenía delante de mí a una presa fácil!"
"¡¿Y quién te dijo que podías matar a esa cierva, eh?! ¡Ahora tengo que ir a ayudarla porque la has herido!"
"¡Sólo es un animal como cualquier otro! ¿A quién le importa que lo caze?"
"¡A las dos crías que dio a luz hace una semana les importa!" – bramó Kagami colérico. Esas palabras consiguieron callar por completo a Kise. No se esperaba escuchar algo que le hiciera sentirse culpable de lo que había hecho. El resto tampoco dijo nada, impresionados como estaban por tal declaración - "Ha tenido que alimentarlas ella sola porque el padre desapareció hace casi un mes. ¡¿Tenéis algo que ver con eso?!"
"¡No! ¡Es la primera vez que venimos y no sabía nada lo prometo!" – eso era verdad, y a Kise no le gustaba que esos ojos le acusaran de esa forma.
Viendo que decía la verdad, Kagami se calmó un poco, pudiendo pensar al fin en cómo podía socorrer a la cierva herida. Había ayudado a buscar alimento y cobijo para sus retoños desde que la encontró aquel día, débil y asustada, pero no sabía lo que hacía falta para auxiliarla en algo así.
"Estooo, ¿nos vas a decir al menos quién eres?"
"… ¡¿Huh?!" – sólo entonces Kagami se fue consciente de que estaba delante de un grupo de personas que no eran ni Alex ni Tatsuya, ¡por primera vez en su vida! Y eso era algo que supuestamente no debía pasar. Alex se iba a enfadar… ¡pero había sido un accidente! Y no era tan grave, lo único que tenía que hacer era no dar demasiados detalles sobre él y todo estaría bien. Además, probablemente no volvería a repetirse de nuevo algo así, y la verdad es que el pelirrojo estaba emocionado – "¡N-No me gusta la gente que reclama cosas sin presentarse siquiera!"
"… Me parece justo. Yo soy Kise Ryouta, el rarito verde es Midorima Shintarou ("¡Oi!"), a su lado está Takao Kazunari, éste de aquí es Aomine Daiki, y… ¿dónde está…? Bueno, venimos de Rakuzan y somos caballeros de la corte."
"… Kagami Taiga" – respondió el pelirrojo después de mirar al tal Aomine por unos segundos.
"… y… ¿qué haces aquí solo? ¿Dónde vives? ¿En qué trabajas?"
"… estaba paseando… del resto no diré nada."
"¿EH? ¿Por qué?"
"… secreto."
"¡¿Eeeh?! ¡Oh vamos, qué puede…!"
"No insistas Kise-kun. Disculpa Kagami-kun. Mi nombre es Kuroko Tetsuya, encantado de conocerte."
Kagami, girando arriesgadamente rápido su cabeza, se encontró por fin con los ojos celestes e inexpresivos de Kuroko.
En un segundo, toda la capital pudo haber sabido de la existencia del pelirrojo si éste hubiese gritado solamente un poquito más alto.
"¡Un fantasma! ¡¿De dónde salió?! ¡¿Por qué sabe mi nombre?!" – Kagami había salido corriendo despavorido hacia el árbol más cercano y de un salto se había subido a una rama, la cual abrazaba con todas sus fuerzas por miedo a lo que pudiera pasarle. No le gustaban los fantasmas – "¡N-No vengas! ¡A-Aléjate de mí!"
Aquella situación era más que familiar, pero la exagerada reacción del pelirrojo hizo que Kise y Takao se echasen a reír con todas sus ganas. Incluso Aomine y Midorima, aunque intentaran disimularlo, encontraban la situación divertida. Todos habían pasado por eso varias veces, aunque lo habían asimilado algo mejor; Kagami parecía que se iba a fusionar con la madera del árbol, si no le daba antes un infarto.
"No fue mi intención asustarte, Kagami-kun. Estuve aquí todo el rato, pero a Kise-kun se le 'olvidó' presentarme" – Kuroko se había acercado hasta debajo del árbol en el que estaba Kagami, para intentar calmarle y asegurarle que no le iba a maldecir ni nada de lo que su mente se estaba imaginando.
"¡No se me olvidó Kurokocchi! ¡Es que no te vi cuando dije nuestros nombres-ssu! – se disculpó Kise.
"¿E-Entonces no eres un fantasma?" – preguntó Kagami, mirándole con ojos desconfiados.
"No que yo sepa."
Pensándoselo antes unos segundos, el pelirrojo dedujo que era seguro bajar. De otro salto, Kagami aterrizó perfectamente al lado del chico misterioso, al que examinó con curiosidad. Casi le producía escalofríos.
Después de mirar por última vez al moreno del grupo, Kagami se obligó a darse la vuelta y echar a andar hacia donde había huido la cierva. Aunque una parte de él no quería marcharse aún de allí, debía encontrar al animal antes de que se hiciera más daño.
"¿Te vas, Kagami-kun? Pensaba que querrías nuestra ayuda."
"¿Eh? ¿Para qué…?" - murmuró Kagami desconcertado.
"¿Vas a buscar a la cierva, verdad? Te será bastante más fácil encontrarla con nuestras habilidades. Además, Midorima-kun tiene experiencia médica" – explicó Kuroko.
"¡No me involucres, Kuroko! El culpable de esto es Kise solamente. Y aunque ciertamente sé mucho de medicina, no es como si acostumbro a atender a animales nanodayo" – protestó el peliverde, más nervioso que molesto por lo que se le pedía.
"Tetsu, deja de meternos en problemas y pasa de esta mierda. No tenemos porqué ayudar a este tío, y menos en algo tan ridículo" – Aomine en verdad sólo quería largarse de allí y perder de vista al pelirrojo. No había podido controlar lo que sentía desde que el otro había aparecido. Le molestaba el no entender cosas de sí mismo, y definitivamente odiaba darle tantas vueltas a algo en la cabeza.
"… está bien, ¡no es como si quisiera ayuda de gente con esa actitud!" – voceó Kagami, mirando enfadado a Aomine. Había escuchado su voz, esa voz, por primera vez, pero el cosquilleo que recorrió su cuerpo no consiguió camuflar el disgusto que sintió por sus palabras y el tono con el que las dijo.
"¿Ha? ¿Estás insinuando algo sobre mí?" – preguntó Aomine al notar la hostilidad con la que le miraba el otro.
"¡Si decir que no sólo me pareces egoísta, sino alguien completamente detestable es insinuar algo sobre ti, entonces sí!" – Kagami no había aprendido a guardarse sus opiniones, y si tenía que decirle a alguien lo que pensaba de él, no tendría ningún problema en hacerlo.
"¡Tú, bastardo! No me interesan para nada tus opiniones pero, ¿quién te has creído que eres?" - ¿es que no sabe quién soy? Hacía mucho tiempo que había dejado de importarle lo que pensara el mundo de él, pero no le gustaba para nada lo que el pelirrojo había dicho. Parecía que necesitaba mostrarle la clase de persona que era de verdad.
"¡¿No, quién diablos te crees que…?! ¡AGH!" – un intenso dolor en un costado le impidió seguir con la disputa. Kuroko le había clavado una mano en las costillas con tanta fuerza que casi dejó a Kagami sin respiración – "¡ESO DUELE! ¡¿Por qué yo?! ¿A que ha venido…?"
"Ya es suficiente. Tenemos cosas más importantes que hacer que ver a dos hombres adultos reñir como niñas" – le cortó Tetsu firme, como si hubiera hecho lo más correcto en esa situación.
"… grrr ¡está bien! ¡Vosotros haced lo que queráis, yo me voy!"
"Te sigo, Kagami-kun"
"¡Yo también voy, Kurokocchi! ¡Soy el 'culpable' después de todo!"
"Shin-chan, sé que en el fondo estás algo preocupado jeje. ¿Qué tal si te olvidas de tu orgullo por unas horas y les ayudas, Tsunderima? Te lo compensaré después como tú quieraaas… jajajaja – Takao había susurrado eso último al oído del peliverde, para inmediatamente salir corriendo divertido detrás de los otros, antes de que Midorima pudiera gritarle nada, avergonzado como estaba, igual que todas las veces que su compañero se le insinuaba de esa forma. Aunque él, por supuesto, jamás se imaginaría cosas relacionadas con…
Con todo su bochorno, Midorima simplemente se ajustó las gafas, yendo tras el resto dando zancadas, puede que algo excesivamente largas.
Mientras, Aomine miraba boquiabierto como los otros se alejaban con el pelirrojo. Nunca le habían hecho mucho caso en sus ideas, pero hoy sus 'amigos' parecían haber optado por ignorarle completamente y ya, así que allí estaba, totalmente solo, y pudiendo elegir entre seguirles o volverse a la ciudad. Su cabeza le decía que lo mejor sería desaparecer y encerrarse en su habitación a dormir hasta la mañana siguiente. Eso estaría muy bien, y además así no tendría que volver a ver al imbécil ese. Entonces, ¿por qué sus piernas le estaban llevando en dirección contraria a donde estaba su caballo, sus ojos estaban buscando cualquier rastro que pudiera servirle a los otros, y su instinto le estaba guiando hacia el bastardo que supuestamente quería evitar? De verdad, ya no entendía nada.
Después de casi media hora siguiendo huellas y alguna que otra marca de sangre, Kagami finalmente pudo deducir donde podían encontrar a la cierva. A todos les sorprendió ver lo bien que se orientaba el pelirrojo en aquel bosque, pero nadie dijo nada al respecto. Ninguno quería que los otros se dieran cuenta de su creciente interés por el chico, por lo que simplemente se limitaron a seguirle, contribuyendo de vez en cuando en la búsqueda cuando descubrían alguna pista.
Fue al llegar a un pequeño espacio sin árboles que vieron a la cierva tirada en el suelo, cerca de unos matorrales. Kagami y Kuroko fueron los primeros en llegar hasta ella, seguidos de Midorima, quien, a pesar de no haber asistido más que a personas en toda su vida, sentía por impulso natural la necesidad de auxiliar a la criatura.
El animal, que no dejaba de quejarse a causa de la flecha clavada en su cadera, se agitó aún más cuando se vio rodeada de tantos humanos desconocidos.
"Me va a ser imposible hacer nada así, Kuroko" – el peliverde no podría trabajar si corría el peligro de llevarse una coz constantemente.
"¡Ah, espera un minuto! Está muy nerviosa – dijo Kagami, arrodillándose junto a la cabeza del animal y posando una mano sobre su cuello, que acarició confortablemente – "Hey grandullona, soy yo. Sé que ahora mismo estás muy enfadada pero te prometo que te daré un buen premio si nos dejas ayudarte. Te va a doler un poco pero eso es algo que ya conoces, ¿verdad?"
Tras un momento de tenso silencio, la cierva pareció aceptar las condiciones del trato, relajándose lo suficiente para que Midorima pudiera examinarle la herida. Decir que los cinco no alucinaron un poco con aquello sería mentir. Salvo Aida Riko entrenando caballos en Rakuzan, no sabían de nadie más que pudiera tranquilizar así a un animal, mucho menos uno salvaje. El gesto de Kagami parecía calmarles a ellos también de algún modo, algo bastante irónico, habiendo sido ya testigos del carácter impulsivo del muchacho.
Sin nada que hacer mientras tanto, el resto del grupo se sentó a observar la peculiar escena. Todo iba bien hasta que Midorima extrajo la flecha limpiamente. El gemido que emitió la cierva hizo que se escucharan unos llantos detrás de ellos. Automáticamente, todos se pusieron a la defensiva, excepto Kagami, que sabía lo qué ocurría.
"Así que estabais ahí. ¡Venid aquí mocosos, que todo está bien!" – el pelirrojo no le había hablado a ninguno de ellos, pero antes de que pudieran tacharle de loco, dos formas pequeñas y peludas habían salido corriendo de entre los arbustos para esconderse detrás de Kagami y lamer tiernamente la cara de la cierva – "Vuestra madre se pondrá bien así que no lloriqueéis."
Ahora los otros alucinaban completamente.
"¿Kagami-kun, hablas con los animales?" – Kuroko fue el más rápido en preguntar a Kagami, el cual se giró para mirarle con gesto perplejo.
"Emm…"
"…"
"… ¿eras Kuroko, verdad?"
"Eso es."
"… los animales no hablan, Kuroko."
"…"
"¡¿Pffft puajajaja en serio?! ¡Eso ya lo sabíamos Kagami! ¡¿Lo que queremos saber es por qué parece que puedes comunicarte con ellos?! Jejeje" – Takao no pudo aguantarse. La cara amargamente inexpresiva de Kuroko y la estúpida simpleza de Kagami eran demasiado.
"Aah… pues no sé 'por qué', desde siempre los animales se me han acercado sin miedo y me he acostumbrado a tratar con ellos."
"¡Espera, espera! ¿Cuántos años tienes? ¿Y de dónde eres para ser capaz de hacer eso?" – preguntó Kise entusiasmado.
"… secreto."
"¡¿Otra vez?! ¡Moo, eso es trampa! ¡No es justo-ssu!" – Kise volvía a hacer pucheros.
"Bueno… al menos diré que tengo casi veintidós, ¡pero lo otro no es para tanto! ¡Seguro que hay más gente como yo! Vosotros también sabéis hacer cosas que otros no" – intentó defenderse Kagami.
Los otros decidieron que era mejor no averiguar nada más por el momento.
Era cierto que poseían ciertas 'habilidades especiales' que nadie más tenía, pero la del pelirrojo era simplemente… increíble. Maravillosa incluso. No sabían de nada que se le pareciera. Demonios, no conocían a nadie que se pareciera a Kagami en lo más mínimo. Aomine también lo pensaba, y notaba como su curiosidad iba inevitablemente en aumento. Para 'disgusto' suyo, no podía dejar de observar al otro muchacho, del que ahora al menos sabía que tenía su edad.
"Yo he hecho todo lo que estaba en mis manos" – dijo Midorima al cabo de un rato – "Si descansa lo suficiente durante tres días, debería recuperarse perfectamente."
"¡Ya lo habéis oído, vosotros dos no os separéis de vuestra madre en ningún momento! Yo volveré otro día para ver cómo estáis, ¿entendido?" – tras oírse un berrido afirmativo de los pequeños, la cierva se levantó, chocó a Kagami suavemente con la cabeza, y se alejó con su camada por entre los matorrales, cojeando levemente. Una vez se perdieron de vista, el pelirrojo se dio la vuelta hacia el grupo.
"… aún no estoy seguro de si me gustáis o no… pero gracias por vuestra ayuda" – habló mirando al suelo y rascándose la mejilla tímidamente.
"No hay de qué, Kagami-kun" – dijo Kuroko con una leve sonrisa.
"¡No fue nada! ¡Aunque tuviste suerte de encontrar a los mejores para el trabajo-ssu!"
"Pfft yo apenas hize nada, se me dan mucho mejor otra clase de 'trabajillos', ¿verdad, Shin-chan?"
"¡C-Cállate, Takao! Nadie tiene que agradecerme nada, sólo he hecho lo que debía hacer."
"¿A quién narices le importa todo eso? Ahora que por fin se terminó la chorrada ésta. ¿Podemos irnos? – Aomine no pensaba que el pelirrojo les daría tan humildemente las gracias. Y no le gustó ni la calidez que verlo le produjo, ni el hecho de que él era el que menos había ayudado. Quería huir ya mismo de allí y olvidar aquel día para siempre.
"Ugh, el bosque se ha llenado de personas arrogantes y molestas, pero tú especialmente eres todo un experto en ello. ¿Es que te pagan por ser así?" – era la segunda vez que el peliazul abría la boca para hablar, y Kagami ya le veía como una persona rematadamente insoportable. ¿Qué demonios le habría pasado para que fuese tan odioso?
"¿Qué…?" – Aomine confiaba en no haber oído bien.
"¡Jajajaja, es la primera vez que alguien se atreve a decir algo así a Aominecchi! Tienes agallas, Kagamicchi" – Kise se iba a divertir mucho con esto.
"¡¿'Kagamicchi'…?!"
"¡Kise, cállate! ¡Y tú, bastardo! ¡¿Es que quieres pelea?!" – Aomine se estaba mosqueando de verdad.
Nadie allí había visto en mucho tiempo al moreno de ese modo, tan impaciente y agitado, 'violentamente' hablando.
"¡Ja! ¿Y quién me va la va a dar? ¿Tú? ¿Ahora también eres un gallito que va retando por ahí a la gente? – por supuesto, tampoco habían visto a Kagami de la misma manera. Parecía que en cualquier momento algo iba a estallar en aquel lugar.
"… no vayas por ahí, no sabes dónde te estás metiendo" – la voz de Aomine había disminuido de tono peligrosamente, y en su mirada altanera empezaban a saltar chispas.
"¡¿De verdad te crees tanto?! ¿Qué es lo que quieres demostrar?"
"No tengo que demostrar nada. Sé que soy el más fuerte así que no me espero nada de ti."
"Grrr, ¡ven si te atreves capullo, que te vas a enterar! ¡Necesitas que alguien te baje de esa nube en la que vives pero YA!" – Kagami hizo un gesto al otro con el dedo sin dejar de fulminarle con los ojos, que parecían dos brasas ardiendo. La tensión en el aire aumentaba por momentos. Parecían dos depredadores a punto de lanzarse al cuello del otro.
"Siento interrumpir el espectáculo, pero va a empezar a anochecer pronto" – Kuroko había aparecido de repente entre los dos muchachos rabiosos, haciendo que éstos dieran un brinco del susto – "A no ser que quieras quedarte Aomine-kun, pero luego podrías perderte"
"No digas memeces Tetsu, podría salir de aquí incluso ciego" – declaró Aomine, intentando recobrar a regañadientes su habitual indiferencia.
"¡Oh eso lo puedo arreglar yo ahora mismo!" – exclamó Kagami acercándose al moreno con los puños ya preparados.
"Kagami-kun."
"… tch… ¡está bien! No es muy seguro que os pille la noche en pleno bosque así que iros cuanto antes. Yo también tengo que regresar. "
"¡¿Kagamicchi, no vuelves con nosotros?! ¡¿Pero entonces dónde…?! Ah, lo olvidaba, secreto, ¿verdad?"
"Pffft sí, lo es. Ha sido… interesante conoceros, pero creo que eso de disparar a todo lo que se mueve no está bien, deberíais dejarlo. ¡Y que sepas que te libraste de la paliza de tu vida, idiota Aomine!... ¿Conocéis el camino de vuelta no? ¡Adiós entonces!"
Una vez hubo dicho eso, Kagami desapareció rápidamente por entre una de las hileras de árboles, dejando a los cinco caballeros atónitos de nuevo. Ese chico había aparecido en su vida como se había ido, fugaz y enérgicamente.
"E-Esto sí que ha estado entretenido. Pffft, nunca imaginé que pasaría algo así cuando propuse venir aquí. ¿Es Kagami Taiga lo importante que iba a pasar hoy, Shin-chan?"
Midorima se limitó a señalar al tigre de peluche que había llevado atado a su cinturón todo el día.
"Ooh… jejeje, increíble."
"No tengo palabras para describir lo que pienso, me siento muy raro… ¿estoy enfermo, Midorimacchi?"
"De nacimiento."
"¡Midorimachiii!"
"¿Estás bien, Aomine-kun? Hoy te he visto más alterado que nunca."
Aomine se volteó sorprendido. No había dejado de mirar hacia donde se había ido el pelirrojo, como esperando que volviera a aparecer de un momento a otro. Kuroko le observaba con una mirada sospechosa y gesto curioso, algo que no le hacía ninguna gracia.
"… son imaginaciones tuyas, Tetsu. ¿Nos vamos o qué?"
Tras echar un último vistazo por encima del hombro, Aomine sacudió la cabeza y echó a andar, siempre manteniéndose detrás del grupo, para que nadie notase el conflicto de sentimientos que le acosaban.
No estaba contento. Se intentaba convencer a sí mismo de que simplemente estaba insatisfecho por no haber conseguido dar una buena tunda al otro y así desahogarse un poco. Había visto algo en esos ojos rojos que parecían prometer una pelea decente al menos. Eso era lo que se decía, pero estaba esa maldita pequeña parte de él que llevaba horas intentando acercarle al pelirrojo. Y ahora que ya no tenía al bastardo delante, esa parte de él le hacía estar más cabreado aún. No entendía para nada por qué querría siquiera mirar a un completo desconocido, un hombre, que ni siquiera le había caído bien. Oh, con que ganas se había quedado de darle una zurra. Si alguna vez le volvía a ver se iba a enterar. No se iba a burlar de él sin recibir su merecido a cambio.
"Diría que no mencionáramos nada de lo ocurrido hoy a nadie, ni siquiera a Akashi-kun" – dijo Kuroko cuando llegaron adonde se hallaban los caballos.
Nadie respondió. Nadie dijo nada. Todos habían decidido hacía rato que no hablarían con ninguna otra persona de aquella tarde. Ya tenían sus cabezas suficientemente ocupadas... aunque todavía tendrían que darle al rey una excusa creíble sobre su ausencia.
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Kagami estaba a la vez contento, molesto, confuso y preocupado.
Contento porque, por fin había podido conocer a más gente que no fuese Alex o Tatsuya, y no había ocurrido nada malo. Realmente no parecía ser tan diferente a ellos. Además, si hablamos de rarezas, las personas que había conocido hoy parecían bastante singulares.
Estaba molesto porque, aunque todos (Kuroko incluído) se habían ganado un buen puñetazo en algún momento, las ganas que le tenía a ese Aomine eran casi incontenibles. Jamás se imaginó que alguien pudiera tener una personalidad tan penosa como esa. No sólo era egocéntrico. También era molesto, y un borde de cuidado. Ni siquiera él era tan insolente por mucho que se enfadase. El moreno no aparentaba tener nada bueno.
Es por eso que no podía justificar su confusión. La reacción que tenía con sólo recordar sus ojos azules era algo a lo que no estaba acostumbrado. Sabía que su cuerpo se calentaba peligrosamente cuando se emocionaba demasiado, pero antes, cuando estaba a punto de enfrentarse al peliazul, le había inundado un calor tan extremo, que casi amenazó con quemarle de verdad.
Ese era unos de las razones por las que estaba preocupado. ¿Cómo podía explicar a Alex lo acontecido en las últimas horas sin inquietarla? No podría preguntar nada acerca de lo que le pasaba sin relatar lo sucedido, y no podía mentirle. Parecía que no se le daba muy bien mentir; cada vez que intentaba ocultar algo, Alex y Tatsuya le pillaban enseguida, no importaba cuánto se esforzara en disimular.
Bueno, no pasaría nada porque no hablase de ello hoy. Además, que era verdad que no había pasado nada malo, y estaba agotado. Se lo contaría a Alex otro día.
"¡Alex, ya he vuelto!" – voceó el pelirrojo al llegar a casa. Todo permanecía en su sitio, eso era buena señal.
"¡Taigaaa, te he echado de menos!" – antes de que Kagami pudiera reaccionar, la mujer se había lanzado contra él con los brazos abiertos, plantándole un beso en los labios, como tantas otras veces. Otra de sus 'manías'.
Pero Kagami sabía lo que significaba besar así a otra persona, Tatsuya se lo había explicado, por lo que no le parecía bien que Alex le besara de esa manera, por muy sin mala intención que lo hiciera.
"¡ALEX! ¡Que no beses así a la gente bruja loca!"
"¡Sólo beso a los niños y a las chicas! ¡Y que no me llames loca!"
"¡No soy una chica, ni tampoco un niño ya! ¡Pero no me interesan tus gustos!"
"¿Dónde has estado toda la tarde? ¿No pensabas en cenar?"
"¡N-No he hecho nada importante! Pero estoy cansado y no tengo hambre así que me voy a dormir."
"¡Taiga, tú siempre tienes hambre! ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?"
"¡Y-Ya te he dicho nada importante! ¡Ya desayunaré bien mañana, ahora quiero irme a la cama! ¡Buenas noches!" – y sin mirar más a Alex, Kagami subió veloz por la escalera de caracol y se encerró en su habitación.
Alex sabía perfectamente que Kagami estaba ocultando algo. Hoy no insistiría, el chico estaba en casa sano y salvo al fin y al cabo, pero se iba a enterar de todo al día siguiente. No podía permitirse el lujo de pasar nada por alto si pretendía proteger a Taiga como es debido, ya que seguramente ella era una de las pocas personas en el mundo que podían, no, que de verdad querían protegerle.
Alexandra García era bruja.
No como esas de los cuentos que se pasan el día haciendo pociones con ingredientes asquerosos o volando con escobas. Ni siquiera se consideraba una bruja poderosa. No era mucho lo que podía hacer con su magia, sólo unos cuantos trucos caseros y un par de hechizos que habían resultado serle muy útiles.
La principal ventaja de ser bruja era la longevidad. Podía vivir más del doble que una persona normal, y eso le había permitido viajar por el mundo durante tantos años.
En cuanto a su magia, Alex podía hacer aparecer y desaparecer toda clase de cosas, hacer que algunos objetos se muevan, transformar a personas en animales y viceversa, y modificar ligeramente su apariencia. Esto último había sido de gran ayuda en muchos de sus viajes. Había estado en lugares en los que una mujer rubia de ojos verdes y, bueno, sexy, llamaría peligrosamente la atención. Gracias a sus cambios de aspecto había descubierto muchas cosas en su vida, algunas de ellas muy desagradables, como lo que presenció en su viaje al imperio de Kirisaki Daichi, hacía casi treinta años. La gente pobre inundaba las calles de las ciudades, sin poder llevar una vida normal debido a los impuestos del gobierno. Los oficiales del ejército maltrataban a las mujeres y se llevaban a sus hijos para adiestrarles como soldados. Era una nación realmente horrible. Y Alex eligió el peor momento posible para su 'visita'. Había días en los que aún le costaba creer que lograra salir de allí.
Por mera curiosidad e insensatez, se infiltró en las tropas imperiales como otro recluta más… unos días antes de que tuviera lugar la caída del imperio por la invasión de un reino vecino. Se dio cuenta entonces de lo insignificante que era realmente, cuando vio que ni con sus poderes podía hacer nada para ayudar. Pero lo peor fue ver, en su huida del palacio, cómo escapaban también el emperador y el que parecía ser su hijo. No recordaba sus nombres, pero nunca olvidaría esos dos rostros tan iguales y tan enfermos de satisfacción al saber que escapaban vivos mientras dejaban que murieran miles de personas inocentes por su culpa. Jamás podrá olvidar su sonrisa maligna ni esa aura demoníaca que parecía envolverles, como si ni siquiera fuesen humanos.
Después de aquello, Alex no quiso saber más de tanta corrupción, y decidió vivir una vida tranquila en algún lugar. Había oído hablar maravillas del cercano reino de Teiko, un país pacífico, próspero, y repleto de magia que aún no conocía. La mejor opción.
Fue por entonces, de camino a Teiko, cuando encontró a un grupo de mercaderes que habían sido asaltados por bandidos. Parecía no haber sobrevivido nadie, hasta que escuchó los sollozos de un niño que se abrazaba tembloroso al cuerpo de una mujer. Así es como conoció a Himuro Tatsuya, un pobre huérfano de apenas un año de vida, al que de pronto le habían arrebatado todo. Alex no supo qué hacer con el bebé en aquel momento, pero no iba a dejarle allí solo. En un principio, su intención fue la de llevar a Tatsuya hasta la ciudad más próxima para encontrarle un hogar apropiado. Pero por miedo a que el niño pudiera ser infeliz, y por haberle cogido ya cariño, acabó adoptándole ella misma.
Alex se enamoró del reino de Teiko. Sus ciudades, las montañas, los bosques, las criaturas que habitaban en ellos, todo le fascinaba. Y creyendo que no había lugar mejor que aquel en el mundo, eligió quedarse a vivir allí. Se instalaron en una pequeña casa en Yosen, Tatsuya parecía feliz, y Alex tenía la tranquilidad que tanto había deseado. Todo fue bien durante unos meses.
Hasta que ocurrió la tragedia.
Cuando escuchó las noticias sobre el Holocausto de Rakuzan, Alex supo en ese instante, que la paz que conocía ese país, se había terminado. Aguantaron algunas semanas más en aquel lugar, hasta que la ira y la amargura de la gente se hicieron tan insoportables para la bruja, que no tuvo más remedio que marcharse. Sin rumbo fijo y con la esperanza de encontrar un lugar lejos de todo aquel odio, Alex probó suerte en el bosque. Siempre le había gustado rodearse de la naturaleza, y los bosques de Teiko eran hermosos. Le invadía la tristeza cuando veía lo que la maldad que sometía a la nación estaba acabando con la pureza de sus bosques. Los árboles se marchitaban, los animales perecían o eran cazados, la magia desaparecía. Y aún así, debido al miedo que las personas sentían hacia las bestias, Alex sabía que ese era el único sitio en el que encontrarían algo de calma.
Caminaron por la espesura durante días, sin apenas descanso. Tatsuya era fuerte, pero no aguantaría eternamente. Tenían que encontrar un buen sitio donde quedarse, y pronto. No esperaron hallar en vez de eso a un niño tendido en medio de la selva, herido. Le creían muerto, pero al acercarse notaron que aún respiraba. Cautelosos, pero queriendo ayudar, intentaron preguntarle por lo sucedido y por su nombre, pero el pequeño sólo fue capaz de balbucear un débil "Kagami", antes de perder el conocimiento. Alex hizo uso de su magia y su entender de hierbas medicinales, logrando milagrosamente salvar al niño. Pero para cuando éste finalmente despertó al cabo de una semana, parecía no recordar nada de su vida, absolutamente nada. No reaccionó ni al escuchar su nombre siquiera. Ni Alex ni Tatsuya pudieron solucionarlo, y bajo ningún concepto podían llevarle a una ciudad. Solamente ellos podrían cuidar de él.
En los meses siguientes, se refugiaron en cuevas y cabañas abandonadas, pero no fue hasta dos años después que tropezaron con el viejo roble. Encontrarlo fue como una bendición. El tiempo que pasaron transformando el árbol en lo que era ahora, lo aprovecharon también para aprender a luchar con Alex, toda una experta con las armas sorprendentemente, habiendo tenido que defenderse de todo tipo de peligros en su juventud. Reunieron tantos buenos recuerdos de aquel lugar en tan poco tiempo, que no habían querido marcharse jamás. Además, tenían la capital relativamente cerca si llegaran a necesitar algo importante.
Alex recordó todo con nostalgia mientras subía a su cuarto. Asegurándose de que Kagami se había ido a dormir de verdad, cerró la puerta, posicionándose a continuación en el centro de la habitación. Con un suave movimiento de su mano derecha, la bruja hizo aparecer en el aire un gran baúl de madera, cerrado con un viejo candado. Su contenido era un secreto que solamente ella y Himuro conocían. Nadie más podía saberlo.
Abriendo el candado y levantando la tapa del arcón, la luz de las velas iluminó lo que a primera vista podrían parecer cuatro simples piedras. Pero eran de un brillante azul, verde, dorado y azabache, con un relieve oval casi liso, y parecían latir cuando posabas una mano sobre ellas.
No, aquello no eran piedras. Eran huevos.
Y no huevos normales, eran huevos de dragón. Cuatro huevos con una de esas magníficas criaturas en el interior de cada uno de ellos.
Lo que Alex y Tatsuya habían encontrado aquel día en el bosque no había sido un niño humano, sino una agotada y moribunda cría de dragón. Y no estaba sola. Habían encontrado al pequeño abrazando de manera protectora a los cuatro huevos, sosteniendo uno en cada pata.
Kagami Taiga era un dragón.
Pero no recordaba serlo. Ni siquiera tenía constancia alguna de su verdadera naturaleza. Conociendo la repulsiva postura del reino hacia los dragones, Alex había decidido transformar a la criatura en humano con su magia mientras estaba inconsciente. El resultado había sido perfecto afortunadamente, ya que los dragones eran seres inteligentes como los humanos. No era tan agradable ver a una persona con mentalidad de conejo, Alex ya lo había comprobado. Alex y Tatsuya se vieron en un estado de pánico total, pues jamás imaginaron poder conocer a un dragón, y no sabían cómo tratarle cuando despertase. Pero Kagami se había comportado como una persona normal, que no recordaba nada de su pasado. Alex dudó durante semanas si contarle la verdad o no al pequeño, pero sabía que era algo muy arriesgado y pensó que el pelirrojo viviría mucho mejor sin saber que estaba en constante peligro. Kagami no tenía la culpa de nada de lo que había pasado, no se merecía morir por algo que no había hecho. Era una buena persona (un buen dragón), con la triste realidad de que no existía lugar plenamente seguro para él en todo el mundo. La bruja se juró a sí misma que haría todo lo posible por protegerle, se aseguraría de convertirle en un hombre común y corriente, y le ocultaría de la vista del resto de la humanidad.
Lo primero que hizo fue darle un nombre. Mantuvo Kagami de apellido y le llamó Taiga, pues el chico le recordaba de alguna forma a los tigres salvajes que había visto en uno de sus viajes al oeste. Su aspecto, su intensidad, su curiosidad infantil y su actitud juguetona eran como las de uno de esos enormes gatos.
Nadie mencionó jamás la palabra 'dragón' delante de Kagami. Ni siquiera ahora sabía que existieron unas criaturas llamadas dragones. Ocultaron los huevos y prohibieron a Taiga salir del bosque. No les entusiasmaba nada imponerle todo aquello, pero era por el bien del pelirrojo, y éste obedeció sin protestar.
Ni Alex ni Tatsuya iban a dejar que le ocurriera nada a Taiga. Eran una familia y se querían, no importaba lo que fuese cada uno, solamente eran especiales, nada más. Y Kagami era muy, muy especial.
El trabajo de escudero que Tatsuya consiguió en el palacio real cinco años atrás, había sido una excusa para mantenerse informados sobre la situación del reino, y así evitar cualquier peligro que pudiera afectar a Kagami. Por suerte, el trabajo le gustaba a Tatsuya, y su gran talento como actor le había permitido pasar desapercibido y ganarse la confianza de mucha gente de Rakuzan. Las visitas a escondidas de Tatsuya eran normalmente para traer provisiones de la ciudad e información secreta para Alex. Al principio habían sido sobre todo libros de la biblioteca central, que les habían ilustrado muchas cosas sobre dragones.
Fue así como aprendieron que los dragones, aunque estaban listos para nacer en cuanto su madre ponía el huevo, podían aguantar años en su interior hasta que decidieran salir del cascarón. Como si unas circunstancias concretas determinasen el nacimiento de cada dragón. Eso hizo que Alex y Tatsuya se preguntaran el porqué del nacimiento de Taiga en tiempos tan malos, y rezaban para que no se abriera ninguno de los otros huevos.
También averiguaron que los dragones podían vivir unos quinientos años, pero que en ciertas fases de su vida, eran capaces de elegir voluntariamente el momento de su muerte.
El tamaño y el poder de un dragón parecían aumentar drásticamente cuando maduraban, algo que preocupaba mucho a Alex, pues si eso era cierto, conociendo al pelirrojo como le conocía, la bruja temía que la fuerza de su verdadera forma no tuviera límites.
Estudiaron libros y libros sobre los tipos de dragones que habían existido, su historia, su biología, sus habilidades y su magia. Habían recopilado toda la información que pudieron encontrar, y todo habían sido revelaciones que de un modo u otro habían sospechado. Todo, salvo una parte que había atemorizado y entristecido terriblemente a Alex. El tema de los dragones y sus parejas. Le había angustiado enormemente el pensar que Kagami podría no encontrar jamás a esa otra mitad de su ser, a ese compañero único al que estaba destinado y con el que supuestamente sería completamente feliz. Era injusto que tuviera que pasar el resto de su vida solo e ignorante de lo que en realidad era. Pero para Alex y Tatsuya era aún más horrible la idea de que el muchacho pudiera emparejarse con un humano, como ya había ocurrido tantas veces antes. Temían que si alguna vez llegaba a formarse el vínculo entre Taiga y otra persona, eso sería su perdición y todo acabaría en tragedia nuevamente.
Alex había mantenido a Taiga bajo el hechizo de transformación todos estos años sin que él se diera cuenta. No había habido apenas contratiempos, salvo cuando el pelirrojo se había emocionado excesivamente en alguna ocasión. Entonces la bruja había podido entrever rasgos del verdadero Kagami. En esos momentos de exaltación, la temperatura del cuerpo del muchacho subía tanto que parecía echar humo, su piel se volvía rojiza, tanto que parecía que iban a surgir sus escamas, y siempre se quejaba de dolerle la frente y la espalda, por donde deberían aparecer los cuernos y las alas.
Alex tenía que procurar evitar situaciones que pudieran excitar demasiado a Taiga, y por supuesto que tenía que asegurarse de que Taiga jamás tuviera contacto con ningún humano. Todo estaría bien mientras tanto. Vivir en el bosque había conseguido evitar que el chico se enterase de la matanza de los dragones, y ella había logrado esconder su pesar cuando había sabido que Kagami era el único dragón vivo que quedaba. Se le partía el corazón al pensar en todo lo que el pelirrojo podría pero no se le permitía ser. El mundo era demasiado cruel, Taiga no se imaginaba cuanto. Pero Alex le protegería. No dejaría que nadie le hiciera daño. Antes muerta.
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Ya era completamente de noche cuando dejaron a los caballos en los establos y entraron a hurtadillas en el castillo. Cada uno se fue por su cuenta a sus habitaciones, habiendo decidido, por desgracia para él, que fuera Midorima-sama el que les excusara ante Akashi, llegando incluso a elogiarle por ser 'el más inteligente' para esa 'misión'.
Fatigados física y mentalmente, cayeron rendidos nada más tocar sus camas.
Aomine, exhausto como estaba, esperaba que sus pesadillas le dieran una pequeña tregua para poder descansar al menos esa noche.
No pensó que disfrutaría de una de las mejores noches de reposo de su vida, aunque no dejara de soñar en ningún momento. Pero no fueron esos delirios que tanto le habían hostigado últimamente. Soñó que volaba, que volaba muy alto por encima de las nubes, observando al mundo, pequeño y lejano, por debajo de él. Se sentía libre y completo. Más sólo era un sueño, pues él jamás sería capaz de volar, era imposible.
Entonces, ¿por qué parecía que no estaba solo? Había alguien más volando a su lado, alguien que su corazón consideraba especial. Pero no conseguía ver quién era. Sólo veía rojo.
Esa noche, Aomine inconscientemente decidió que le gustaba ese color.
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Notas: ¡uf! Perdonadmeee por tardar tanto en actualizar. Tengo claros principio y final, pero me cuesta escribir ciertas escenas más de lo que pensaba, y al final salió este monstruo de capítulo. T.T
Somos yo y mi yo perfeccionista. ¯\_(ü)_/¯
¡MUCHÍSIMAAAAS GRACIAAAAS! a quien ha comentado, dado a follow... Estaba muy, muy nerviosa por si no gustaba la idea así que me habéis ayudado muchísimo a seguir. Sólo unas palabritas y ya me animáis un montón (os responderé en cuanto tenga tiempo, aunque me dé algo de vergüencita (≧◡≦) jejeje).
Espero que os haya gustado lo suficiente. ¡Hasta la próxima!
