Objetivo III: Inesperado

Gokudera trataba de estar atento a las palabras de Reborn sobre el plan que tenía para derrotar a Varia, pero era complicado, Yamomoto estaba a su costado con su inseparable sonrisa. En el fondo, le gustaba mirar la sonrisa del guardián de la lluvia, pero le costaba exteriorizarlo, lo más cerca de un alagado era llamándolo «idiota». Él otro no contestaba, sólo atinaba a seguir sonriendo y, a veces, contestaba con sus «ma, ma» y ahí quedaba el asunto. Y esos simples gestos lo asustaban porque no estaba acostumbrado a tratar con personas tan calmadas como Yamomoto, sino con personas que buscaban peleas sin motivo alguno, como él. Era desconcertante.

En medio de su vaivén de pequeñas peleas, que más que eso parecía pequeñas conversaciones que sólo ellos entendían, en una de esas sintió un regocijo en el pecho, primero pensó que era un pre-infacto, ya que era agudo y opresor, estaba cerca del corazón. Pero con una visita a Shamal, quien le recordó una vez más que no atendía a hombres sino a mujeres, descartó la enfermedad. Él como guardián de la tormenta no podría darse el lujo de descuidar su salud. Dejó el asunto del pre-infarto, pero no duró mucho. La aguda opresión se volvió a sentir de nuevo al estar cerca de Yamamoto, sus sospechas cambiaron, ya que sólo sucedía cuando estaba con él. Se mordió los labios. Habló del asunto con Shamal, que era mayor que él y por lo tanto con más experiencia en medicina, aun desagradándole la idea de depender de otra persona que es mayor que él. El doctor sonrió al terminar de escucharlo, como si hubiera visto algo que él no y eso le desesperaba y ponía de mal humor.

―Deja de sonreír y habla. ―Exigió Gokudera.

―Es por eso que no me gustan los mocosos ―contestó Shamal, calmado―. Es simple ―lo miró―. Tu enfermedad se llama amor, Hayato.

El doctor esperó que procesara la información mientras miraba qué jovencita estaba esperándolo en su consultorio. Suspiró al ver la sala de espera sin nadie y regresó con Hayato. Los ojos verdes de la tormenta estaba abiertos, su rostro pálido, como si hubiera visto un fantasma. Sin decir ni una palabra el joven se retiró de ahí. Shamal entendió que necesitaba tiempo para pensar y podría jurar que era la primera vez que el muchacho se enamoraba.

El sonido de un suave «click» lo sacó de sus pensamientos. Al enfocar de nuevo, vio a Reborn apuntándolo con Leon convertido en arma, Gokuderá maldijo su momento de despiste.

―Más te vale que estés pensando en cómo vencer a Belphegor ―dijo el «hitman».

Gokudera sabiendo lo maniático que era Reborn y cualquier oportunidad era perfecta para saciar su sadismo. De reojo, pudo ver como el Décimo comenzaba a sudar y temer por su vida; mientras Yamamoto lo veía serio, sin su característica sonrisa despreocupada.

―He estado pensado que primero debería saber cuáles son sus arma y la forma que ataca ―dijo, tratando de tranquilizar al arcobaleno.

―¿Cómo? ¿Atacando primero? ―Gokudera pensó que diciendo eso lo dejaría en paz, pero se equivocó. Reborn buscaba saber más de ese plan inexistente.

―Sí ― contestó susurrando.

Y de pronto vio el enfado en los pequeños ojos negros. Reborn estaba listo para lanzar su primera bala.

―Espera, chiquitín ―Yamamoto llamó a Reborn, antes que lanzara la primera bala―. Sé que este asunto es importante, pero Gokudera no se ha sentido bien últimamente.

Los tres miraron al de cabello plateado. Gokudera se sitió expuesto, como si esas miraras pudieran ver qué estaba pasando con él.

―¿Fuiste con Shamal? ―preguntó Reborn, no le gustaba la posibilidad que un guardián esté enfermo días antes de la batalla.

―Sí. Él dice que sólo necesito descansar ―contestó desviando la mirada de Reborn.

Reborn sabía que el guardián estaba mintiendo, su mirada esquiva era la mejor prueba. Sus pequeños ojos negros pasaron a Yamamoto que miraba preocupado a la tormenta. Suspiró. Tenía el presentimiento que no era enfermedad física sino emocional.

Tsuna se alarmó al escuchar a Reborn suspirar, él nunca suspira. Y más cuando miraba a Gokudera y Yamamoto, su hiper-intuición le decía que algo pasaba entre los dos guardianes. Lo notó en Gokudera cuando fueron a la casa de Yamomoto y su repentino agarre en la mochila, cuando fueron a su casa, a pesar de tratarse como antes, sintió la incomodidad de la tormenta.

―Entonces, descansarás ―Reborn bajo su sombrero, ocultando su rostro en el―. Yamomoto podrá cuidar de ti mientras te recuperas.

Las últimas palabras del «hitman» dejaron a de ojos verdes helados, nunca pensó que le darían esa orden. Se mordió los labios, mientras pensaba en una excusa para deshacerse del guardián de la lluvia.

―Está bien ―contestó el beisbolista, ganando en contestar al chico dinamita―. Cuidaré de ti, Gokudera ―dijo mientras volteaba a sonreírle.

Gokudera sintió que sus mejillas comenzaban a arden con esas simples palabras.

―Pero él necesita entrenar ―contraatacó el guardián de la tormenta.

―Y lo hará en las mañana hasta la mitad de la tarde; luego irá a tu departamento a cuidarte de ti, para que te recuperes más rápido y vuelvas a entrenar ―explicó Reborn.

Con esa explicación entendió que perdió. Sólo quedaba cumplir con las órdenes de Reborn y no desfallecer con las sonrisas del guardián de la lluvia, cada vez que vaya su casa.

El látigo se enrollaba en sus muñecas tratando de hacer que tire sus tonfas, pero él no las tiraría. Sintió la presión ir en aumento y de sus labios se escapó un suave quejido de dolor que hizo sonreír al rubio.

―¿Aún no te rindes, Kyouya? ―preguntó confiado y superior.

La repuesta fue un suave gruñido y el mover frenético de las tonfas tratando de liberarse. Pero Dino no le dejó fácil la labor, presionó más de las muñecas, pudo ver que estas comenzaban a tornarse moradas, pero el orgullo de la nube no le permitiría aceptar la derrota.

Dino miró el rostro del muchacho, era huraño y se notaba que estaba aguantando el dolor de las muñecas; si él seguía presionando así el látigo, cortaría la piel haciéndolo sangrar.

―Por hoy es suficiente ―determinó Dino.

No era recomendable hacer heridas que tardarían en curarse, no tenían tiempo. Lo primordial era hacer que el guardián sea mejor luchando para que pudiera vender en la batalla contra los Varia.

―Aún no hemos terminado ―dijo Kyouya, no reconociendo el final del entrenamiento.

―Por hoy es suficiente. Descansa. Mañana vendré a seguir entrenándote, incluso podemos movernos a otro sitio para entrenar mejor ―terminó de decir.

Dino salió de ahí seguido de Romario. La mano derecha veía por encima del hombro a Kyouya, el chico le traía mala espina, pero no dijo nada en contra del entrenamiento, después de todo fue Reborn quien le encargó esta misión a su jefe. Él no podía objetar.

Sintió que el aire golpeaba su rosto y removía sus cabellos al salir del colegio. Pensó que Kyouya no lo dejaría irse tan rápido, pero estaba agradecido que no atacara de nuevo. Miró su ropa, estaba sucia y desalineado, era mejor irse al hotel y descansar. Mañana sería un día largo y agotador.

Al llegar al hotel, en la recepción escuchó voces en los pasillos. Por unos instantes se quedó quieto, tratando de decirse que ese timbre de voz era producto de su imaginación.

―¡Voi!¡Te mataré, escoria!

Volteo lentamente. Y sus ojos marrones se abrieron de la impresión. Delante de él estaba su ex amante que no había visto desde el día que rompieron.

Romario miraba a su jefe preocupado. Él sabía de ese episodio y el dolor que sintió el Don al terminar con el espadachín, encontrarlo de nuevo traería sentimientos dormidos al rubio.

Dino reaccionó cuando Squalo lo miro serio, dejando atrás sus gritos. Se acercó a él, mientras Cavallone se quedó quieto esperando los siguientes movimientos del tiburón.

―No pensaba encontrarte aquí ―dijo Squalo―. Sé que estas entrenando a un guardián del mocoso ese.

Dino reaccionó cuando Squalo mencionó a Tsuna e Hibari. Sólo atinó a mover en afirmación la cabeza. Haciéndole sacar una carcajada.

―Tienes que estar demente para entrenar a uno mocoso o mejor dicho, estar apoyando a unos mocosos. Nosotros ganaremos ―aseguró Squalo.

Dino miró directamente sus ojos y sintió que su cuerpo se estremecía. Squalo seguía despertando en él sentimientos.

―Para eso estoy aquí, para entrenarlo y hacer que gane ―dijo Dino, su voz sonó calmada, a pesar de la revolución que había en su interior.

―Ya veremos quién ganará ―Squalo regresó con el resto de Varia.

Xanxus miraba a Dino, no le gustaba estar compartiendo techo con el Don y más al enterarse hace un año que ambos fueron amantes. Podría ser que Squalo sea convencido por Cavallone y decidiera dejar Varia, a unos días de la batalla sería perjudicial.

Dino se quedó quieto mirando como Varia se perdía en el corredor de los ascensores. Romario al darse cuenta que su jefe seguía mirando un punto del corredor, se acercó a constatar que este bien y que el repentino encuentro no había perturbado más de la cuenta.

―Estoy bien, Romario ―dijo al darse cuenta que su mano derecha se acercaba a él ―. Han pasado cinco años, ya no afecta como antes. Fue repentino, nunca pensé que coincidiéramos en el mismo hotel ―sonrió para tranquilízalo.

―Si desea podemos irnos a otro, siempre y cuando esté tranquilo, Jefe ―Romario trataba de alejarlo de Squalo.

―No, está bien ―contestó sonriendo ―. No quiero que piense que estoy huyendo con solo verlo. Vamos, tenemos que descansar. Mañana tendremos que estar temprano con Kyouya.

Romario siguió a su Jefe, no estaba convencido que quedarse en el mismo hotel que Varia, pero Dino no quería irse, no podía hacer nada si esos eran los deseos del Don.

Xanxus estaba echado en su cama mientras Squalo estaba a su costado descansando. Hace un año empezaron a dormir juntos, en sus conversaciones salió el tema de su ex amante, no le gustó saber el nombre del tipo. Tenía que dejar en claro ciertos asuntos con Don Cavallone, no vaya hacer que por ayudar a esos mocosos el rubio intente hacer algo que perjudique a Varia.

Salió sigilosamente de la cama y de la habitación. Sería fácil encontrar la habitación del jefe y tener la tan esperada charla. Según recordaba de los informes, el Don tenía la costumbre de hospedarse en la última suite de ese hotel.

Al estar frente a la puerta de la habitación del rubio la abrió, sin tocar. Nunca fue su costumbre avisar, él simplemente entrada.

Uno de los pocos hombres de Dino que estaba patrullando observó todo. Se fue a informar a Romario de los acontecimientos.

Dino nunca tuvo sueño pesado sino lo contrario, él no podía permitirse bajarla guardia ni durmiendo. Había muchas familias enemigas que aprovecharían la oscuridad de la noche para hacer algún movimiento, sin importar que estuviera en otro país.

Abrió los ojos al escuchar que la puerta era abierta y tomó el látigo que descansaba al costado de su cama, dispuesto a hacer frente al intruso.

―No vengo a pelear, escoria ―dijo Xanxus, al ver que Dino tomaba el látigo.

Dino se quedó inmóvil a reconocer al jefe de los Varia, no pensó que él se infiltraría en suite. Tragó saliva. No tenía buen presentimiento de esa visita.

―¿Qué quieres? ―preguntó Dino, mirando al hombre que se mantenía apoyado en la puerta.

―Sólo advertirte que no hagas nada estúpido, nada que pueda perjudicar a Varia. Sé todo… De ti y Squalo.

Dino miró los ojos fieros del líder, no necesito preguntar por qué sabía. Todo cayó por su propio peso en la oscuridad de la habitación. Dino por fin comprendió que Squalo estaba más inalcanzable de lo que ya estaba, era hora de dejar el pasado y todos fluir los recuerdos que tuvo con el espadachín. Squalo ya había encontrado a alguien y seguía su vida, una vez más sin él.

―No haré nada. Hace cinco años que terminamos, ¿esperabas que quede parado en el tiempo? ―Dino trataba de convencerse así mismo, más que a Xanxus.

―Quien sabe… No sé cómo piensan la basura como tú ―Xanxus terminó la conversación. Abrió la puerta de la habitación y se marchó.

Afuera estaba los hombres del Don alertas a cualquier movimientos brusco del jefe de los varias, con armas en mano listo para defender a Dino si la situación la ameritaba.

Xanxus caminó ignorándolos y los hombres se quedaron quietos al ver que no se había puesto violento. Uno hombre joven que estaba cerca a la puerta abierta miró que Dino estaba en perfectas condiciones, sin ninguna herida ni nada. Hizo una afirmación positiva al resto. Ellos bajaron las armas. Xanxus ya se había perdido entre los pasillos.

Romario fue el único en entrar y les dijo a los demás que volviera a su posición. El resto se fue retirando. Cerró la puerta, a pesar que la oscuridad que rodeaba la habitación pudo ver las mejillas mojadas del joven jefe.

―Jefe ―llamó la mano derecha.

―Estoy bien. Ya entendí que el pasado no volverá. Él de nuevo avanzó, dejando atrás, una vez más, supongo que lo superó ―una sonrisita escapó de los labios del Dino―. Mañana me tocará a mí avanzar.

Romario se quedó mirando a su jefe, mientras esperaba que realmente el Don deje los recuerdos atrás y comience a mirar hacia adelante. Que con el tiempo encuentre a alguien a quien amar y las heridas sanen.


Creo que fue bien lastimero este capítulo, pero creo que era necesario. Amé escribir la parte DS, no sé me parece melancólico. Y la tercera pareja ya está presentada: XS, sé que hay fans de ellos así que va para ellos, ojala haya disfrutado esa pequeña introducción.

Cada vez los capítulos están saliendo más largos, eso es bueno. Ojalá que el siguiente sea más largo, depende de la creatividad :) Bueno comentarios son siempre bien recibidos, me ayudan a saber qué les parece la historia.

Casi lo olvido, para las personas que desean agregarme en Facebook: Pueden encontrarme como Ren Konae, tengo la imagen de Takano leyendo mientras carga Sorata.


Gracias, Aeris, por la corrección. No me había dado cuenta que puse basquetbolista en vez de beisbolista. Ya lo he corregido. Ojalá disfrutes de este nuevo capítulo.

Hola, R27, gracias por tu mensaje. Es lindo los ánimos que me das para seguir escribiendo la historia.