Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro


Capítulo 3 — Todo por una boina

A la mañana siguiente, Tino estaba cómodamente dormido en aquella cama. Por supuesto, después de haber pasado una noche entera en un autobús y en un asiento bastante molesto, estar entre sábanas era la gloria. Sin embargo, al sentir una luz sobre su rostro, comenzó a moverse y a despertarse.

El finlandés estaba solamente vestido por su ropa interior y una camisa sin mangas. Estaba totalmente despatarrado y le colgaba la baba.

—Es demasiado temprano —se quejó el rubio de ojos marrones y abrazó su almohada.

Pero en ese momento recordó a la persona con quien compartía el departamento y en un santiamén, salió de la cama. Claro que aún seguía bastante somnoliento y fue al baño, donde se lavó la cara mal que mal. Al salir del lavabo, miró hacia los lados. Hacia la izquierda y al fondo del piso, estaba la cocina. En el otro lado, se encontraba la entrada y la sala de estar.

Luego de unos minutos de pensar hacia dónde debía ir, Tino eligió el lado equivocado. Tenía unas enormes ojeras colgando y bostezaba bastante. Apenas tenía los ojos abiertos, por lo que siguió con su camino.

Cuando entró a la sala de estar, vio a lo rápido que allí estaba Berwald, con el mueble que había estado preparando desde ayer. El finlandés no se hubiera dado cuenta del ridículo que estaba haciendo, si no fuera porque...

—¿Este es tu nuevo compañero de habitación? —preguntó cierto francés.

—Tino... —el sueco no sabía que decir frente a aquella embarazosa situación, por un lado, tenía al joven en paños menores y por el otro lado, estaba su cliente.

—Buenos días, Berwald —saludó Tino, quien estuvo a punto de abrir un armario cuando se dio cuenta de lo que estaba pensando.

Por unos instantes, aquellas circunstancias fueron bastantes incómodas. Ninguno de los tres se animaba a decir absolutamente nada, ya sea porque disfrutaban de la vista o en el caso de Tino, porque no tenía la menor idea de cómo explicar su repentina aparición.

—¡Lo siento! —gritó el nuevo en la ciudad y salió corriendo hacia la cocina.

—Es bastante alegre y divertido, ¿no lo crees? —opinó el comprador, mientras se acariciaba la barbilla.

—En fin...

Sin embargo, Berwald levantó la mirada del mobiliario, sólo para observar cómo el de ojos marrones se alejaba. Por supuesto que enseguida retomó la conversación que estaba manteniendo con el otro rubio, pero se quedó con aquella imagen del joven en su mente.

Ya en el comedor, Tino se secó el sudor de la frente. Pese a ello, no habría nada en el mundo que podría sacar el rubor de su frente. No sabía qué le sucedía, todo lo que había hecho hasta ahora era pasar vergüenza frente al otro nórdico. Todo lo que le quedaba era esperar era que Berwald se lo tomara todo con humor.

Aunque ahora que lo pensaba, todavía no había visto ninguna sonrisa o escuchado alguna carcajada de parte del rubio de ojos azules, lo cual le daba un toque de misterio.

Mientras estaba pensando en todo eso, su estómago comenzó a gruñir. Recordó que había ido a la cocina para prepararse un rico desayuno para luego poder salir con el sueco a la ciudad. Abrió la alacena para ver qué podría comer, cuando encontró una caja de cereales. Pese a que era algo infantil, el finlandés decidió que era eso lo que quería.

En el ínterin que mezclaba el cereal con la leche, entró el sueco. Tino estaba tan feliz con el desayuno que no se había dado cuenta de ello, hasta que notó que dos ojos azules le estaban mirando.

—¡Lo siento por hace rato! ¡No sabía que te ibas a reunir con alguien más y yo...! Y yo... —el de ojos marrones trataba de esquivar esa mirada del sueco que tanto le intimidaba —Yo estaba aún dormido, ¿sabes?

El sueco escuchaba con toda la atención al muchacho. Se puso bien las gafas y sentó frente a Tino.

—No hay problema —contestó de manera seca Berwald.

—¿De verdad?, ¿no te he hecho pasar vergüenza frente a ese comprador? —Tino estaba más que aliviado, pese al papelón que había pasado.

—No —reiteró el nórdico.

Tras escuchar esa respuesta, el finlandés comenzó a saborear su desayuno, ya que su estómago seguía gruñendo bastante.

—Luego prepárate para salir —añadió el rubio, mientras agarraba el periódico del día.

—Claro, no lo he olvidado. No te preocupes, no me tardaré demasiado —explicó el de ojos marrones, mientras tomaba los últimos bocados al cereal.

Después de terminar de comer y lavar los utensilios, Tino fue a vestirse. Mientras buscaba qué ponerse, encontró su boina blanca, aquella que le habían regalado en uno de sus cumpleaños. Hasta ese momento, había creído que se le había dejado en su casa o que quizás se había extraviado. Pero no, allí estaba. Y claramente, pensaba en usarla.

Al terminar de vestirse, fue junto al sueco para avisarle y poder ir a visitar la ciudad. Al menos, esta vez, no estaría solo en esa enorme jungla de cemento.

—Ya estoy listo. Podemos irnos —aseguró el muchacho, cuando regresó al comedor.

—Está bien.

El de ojos azules dejó el periódico sobre la mesa y con el finlandés, fueron hasta la sala. El primero tomó una chaqueta que estaba en un perchero y salieron del departamento. Mientras que Berwald se encargaba de cerrar la puerta, Tino fue hasta el ascensor. Sin embargo, éste estaba descompuesto.

—Bueno, supongo que tendremos que bajar las escaleras —dijo Tino, al ver aquel cartel.

Aunque no tenía demasiadas ganas de bajar tantas gradas, al menos, podría conocer al resto de los que vivían allí. Estaba curioso por saber qué clase de personas eran, aunque los dos hombres que habían estado gritando el día anterior, le habían dado cierta idea.

De alguna manera, el sueco había terminado por caminar por delante del finlandés. A simple vista, se podía notar la clara diferencia de altura entre ambos y no parecían ir juntos, por la distancia entre ambos. Sin embargo, éste último hablaba y hablaba, ya que le molestaba algo el tener que caminar en silencio.

El de gafas se paró a esperar a Tino, ya que había llegado al primer piso, mientras que al segundo aún le quedaban unas cuantas gradas por bajar. El muchacho de ojos marrones estaba bastante entusiasmado, demasiado tal vez, ya que no se fijó muy bien por dónde iba pisando y se resbaló.

Pero sin darse cuenta, había terminado en los brazos del sueco, que le había sostenido para que no se cayera. Lo único que hizo el finlandés fue sonreír nerviosamente.

—¡Gracias... otra vez! Supongo que son las ansias de conocer la ciudad, nunca he estado en un lugar como éste antes —afirmó Tino, a la vez que atajaba su boina blanca.

—No es nada —aclaró el de ojos azules, a la vez que miraba al muchacho que tenía entre sus brazos.

Por unos instantes, ambos intercambiaron miradas y se quedaron así, hasta que el finlandés cayó en cuenta de lo que estaba pasando y salió corriendo hacia la calle.

—¿No crees qué es un bello día? —el nórdico intentó cambiar de tema, al admirar aquel ambiente, que le parecía tan extraño.

—¿Eso crees?

—¡Por supuesto! No hace mucho calor, la brisa es perfecta y... y... —pero antes de poder seguir con lo que estaba hablando, alguien le empujó desde atrás.

—¡Muévete! —gritó el desconocido bastante apurado.

Tino observó a aquel ofuscado extraño que estaba hablando por su móvil mientras que caminaba de una manera apresurada.

—¿Son todos así? No había necesidad de que me empujara de esa manera —se quejó el finlandés, indignado por la mala educación de aquel hombre.

—Acostúmbrate —le aconsejó el sueco —.Ven, te mostraré lo más importante.

Berwald comenzó a marchar, siempre observando de reojo al finlandés para que no se perdiera. Éste trataba de igualar el paso, pero se le dificultaba un poco, ya que no estaba habituado a tener tantas prisas. Además, sentía curiosidad por todo y quería darle un vistazo. Aunque le costaba bastante concentrarse, ya que había mucho ruido, ya sea por las bocinas de los autos, la gente que gritaba o algunos lugares donde estaban con la música a todo volumen.

Al llegar a una esquina, los dos rubios, junto a un grupo de personas, estaban esperando para poder cruzar a la otra cuadra.

—Esta es una de las avenidas principales —indicó el sueco —.Recuérdalo bien

Sin embargo, en ese momento, la boina blanca de Tino fue llevaba por el resoplido del viento y éste, en lugar de ir junto al resto, fue corriendo tras la misma.

No sabía ni donde se estaba metiendo, simplemente estaba persiguiendo a su preciado sombrero. Por supuesto, que con la multitud en contra, le era bastante difícil seguir hacia donde iba su boina. No obstante, quería recuperarla a toda costa.

Por su lado, Berwald creía que el pueblerino seguía detrás de él, aunque extrañamente estaba bastante callado. Así que decidió preguntarle qué era lo que sucedía, y se dio vuelta. Fue en ese momento que se dio cuenta que el rubio no estaba ni por asomo por allí. ¿A dónde podría haberse metido? Tal vez debió vigilarle un poco más o disminuir un poco la marcha. Lo que sí estaba seguro es que ahora tenía que encontrarlo antes de que se metiera en problemas.

Finalmente, la boina aterrizó sobre una mesa que se encontraba afuera de un local. Tino la tomó como si nada y trató de regresar, pero se dio cuenta que se había alejado bastante de su compañero. Miró a su alrededor y la verdad, es que no le gustaba lo que estaba observando.

El finlandés intentó volver por donde había venido pero un hombre decidió detener su marcha. Tenía cabellos grises y unos profundos ojos rojos, que podían hacer temer a cualquiera. Además, una sonrisa malvada adornaba en su rostro.

—Tú no eres de por aquí, ¿verdad? —le interrogó el muchacho de cabellos grises, mientras se aproximaba cada vez más al rubio.

—Sí, bueno, acabo de llegar a la ciudad —explicó Tino, que sólo se quería ir de allí —. Ahora, si no te importa, ¿me dejas ir?

—Pero si todavía no he terminado de conversar contigo —afirmó el otro.

—Es que... es que estaba con alguien más. Y no quiero se moleste conmigo, entiéndelo —replicó el finlandés.

Sin embargo, su interlocutor no opinaba lo mismo y le agarró por su camisa. No le gustaba que le contradijeran en lo absoluto.

—Escucha, si te digo que no he finalizado, es porque es así, ¿entendiste? —le amenazó seriamente.

Mientras tanto, el sueco seguía buscando alguna pista de dónde podría andar el de ojos marrones. Estaba algo desesperado, ya que no quería que le sucediera nada al finlandés. Finalmente, alguien le dijo que había visto a un muchacho ir hacia donde estaban los bares más sórdidos de la ciudad. Berwald le agradeció a aquella persona y fue tras Tino.

—¡Suéltame! No te he hecho nada, sólo déjame ir —le pidió una vez más el rubio.

Berwald se introdujo a aquella cuadra, buscando dónde podría estar Tino. Había corrido varias cuadras para encontrarlo lo antes posible.

—¡Te dije que no! —exclamó el otro con algo de rabia.

Aunque normalmente no solía prestar atención a esos gritos, el sueco se detuvo a observar aquella situación, hasta que se dio cuenta que aquel rubio tenía una boina blanca, muy parecida a la que se había puesto Tino antes de salir.

—¡Al menos, bájame!¡Te prometo que no voy a escapar! ¡No sé lo que quieres pero...! —exclamó con miedo el finlandés.

Ahí se dio cuenta que se trataba de hecho de él, así que sin mirar si venía algún auto, Berwald cruzó de manera imprudente a la otra acera. Tocó el hombro del muchacho de ojos rojos, para que le dejara en paz de una buena vez al finlandés.

—Estoy ocupado, deja de molestar —respondió y luego regresó con Tino.

Sin embargo, el sueco volvió a insistir. Pero esta vez no iba a tomar un "no" como respuesta. El otro, frustrado, dejó al finlandés y se dio vuelta para lidiar con el nórdico. Pero cuando estaba a punto de decirle algo, dio unos pasos hacia atrás, ya que Berwald era bastante alto y tenía las cejas fruncidas, cosa que le daba un aspecto bastante atemorizante.

—Ahora recordé que tengo algo que hacer —se excusó el hombre y salió de allí.

Una vez que se alejó aquel extraño, el sueco se acercó a Tino, quien estaba tirado en el suelo. Éste no comprendía del todo lo que recién acababa de suceder. Pero al menos estaba contento de volver a ver a Berwald y que se haya molestado en ir junto a él.

—¿Te encuentras bien? —el de ojos azules le tendió la mano al rubio para que pudiera levantarse.

—Sí, sólo que me perdí y terminé aquí. Lo siento, te he causado muchos problemas —se disculpó bastante apenado.

—No te preocupes —contestó el nórdico.

Ya levantado, Tino intentó dar unos cuantos pasos, para seguir con el tour que le estaba dando el sueco. Claro, intentó porque repentinamente sintió que éste último le tomó de la mano.

—¿Qué sucede? —cuestionó el finlandés, un poco ansioso por la sorpresiva medida del sueco.

—No quiero que vuelvas a perderte así —explicó Berwald, que demostró un poco su preocupación por el muchacho.

Y pese a que ambos sentían algo de vergüenza, prosiguieron con su paseo por el resto de la ciudad...


Agradezo a: Reira-chan, Eirin Stiva, Thalitez -Irene Adler y Neeli-chan por sus comentarios ^^

Las actualizaciones son cada 5 o 6 días.

¡Hasta la próxima~!