CAPÍTULO III
Personajes: Asmita, Shaka, Deuteros, Aspros, Saga, Kanon, Aiolia, DeathMask, Afrodita, Kardia, Manigoldo
Género: Yaoi, Romance, Angst, Lemon, Comedia
Resumen: Trabajar en una agencia de modelaje durante el día, y ser stripper en un club nocturno durante la noche no era difícil... al menos hasta que, por primera vez, un par de ojos azules hicieron que la vergüenza se apoderase de ellos. De haber sabido que conocerían a alguien así, habrían elegido el trabajo hacía ya mucho tiempo.
Si pudiese regresar en el tiempo, lo que más le hubiese gustado era poder llevarse mejor con sus padres, ser capaz de ser ese hijo que ellos siempre desearon. Pero era imposible cumplir con los caprichos que un par de ignorantes de la vida pedían.
Nació en cuna de oro, sólo porque su madre había logrado encontrar, y enganchar a un hombre rico, de buena familia, reconocido apellido, uno que opacaba fácilmente al suyo. A veces llegaba a preguntarse si su madre, en algún momento, había sentido aprecio a su familia, aunque fuese de origen humilde, pero a muy corta edad, supo que no era así.
El hermano mayor de su madre, su tío, era un hombre honrado, bastante amable, siempre de sonrisa cálida. Él tuvo un hermano gemelo, que falleció muy joven al haber recibido un disparo durante un intento de secuestro, razón por la que la vida era algo muy preciado en esa familia. Su nombre, Sage Selvaggi, se había casado con una mujer muy bella, cariñosa con su familia, que no olvidaba su origen, por más dura que fuese la situación.
Angelo estaba celoso de esa familia, de ese cariño que su madre jamás mostró con él.
Desde pequeño le dio a entender que se había embarazado solamente para enganchar a aquel hombre que le sacaría de la miseria. Y sí, lo logró, salió de la pobreza en que había crecido, codeándose con políticos, funcionarios italianos que le ofrecieron un buen puesto en la mafia. El padre de Angelo jamás mostró preocupación alguna por su hijo.
Él creció siempre en compañía de una niñera, una jovencita dulce que con el paso del tiempo se convirtió en toda su familia, lo único que le permitía permanecer en ese infierno que se había convertido su existencia.
Y esa niñera suya fue el único consuelo que el niño recibió, la única guía que tenía, la única persona que controlaba sus travesuras, sus berrinches, todo. Y lo que más le agradecía, eran todas esas visitas que le dejó realizar a su tío Sage, y su primo Alessio. No obstante, la alegría se terminó cuando su niñera, durante un viaje realizado como dama de compañía de su madre, resultó con una herida de bala en el pecho, que la mató minutos después de haber llegado al hospital. Su madre ni siquiera alcanzó a salir del auto en que viajaba.
Y a la tierna edad de 7 años, su padre siendo el único que podía hacerse cargo de él, el pequeño se desató completamente. Se volvió un "dolor de cabeza", según su progenitor; un "completo parásito", según su abuelo paterno; un "bueno para nada como su madre", según su abuela paterna.
No se sentía querido, jamás fue así. Así que escapó de casa, con tan solo 7 años, llegando con su tío y su primo, el único lugar al que podía llamar realmente hogar. Alessio se convirtió en abogado cuando cumplió 22 años, y fue capaz de ganar un complicado juicio contra aquel que fuese su tío, quien había caído en el alcohol después de la muerte de su esposa, y posterior declive de sus negocios. Todo para quedarse con su primo, y llevarlo lejos del lugar que tanto sufrimiento le causaba. De esa manera, Angelo terminó en Grecia, con su primo, un par de años después de que Sage falleciese debido a un infarto fulminante por el estrés al que estaba sometido, y además la soledad que generó la partida de sus dos únicos familiares. Alessio y Angelo quedaron completamente solos.
—¡Oye, Adam! —llamó el italiano con una gran sonrisa al acercarse a su mejor amigo.
Cuando llegó a Atenas, no había nadie con quien pudiese conversar. No sabía griego, y su inglés era algo forzado debido a su acento italiano aún arraigado. Pero el único que logró notar a Angelo, a ese joven albino que causaba miedo con sus expresiones, a ese muchacho con un aura solitaria, fue Adam Anderson, un jovencito sueco que no dudó ni un momento en ofrecer su amistad al nuevo.
—¿Ocurre algo? —pregunto desconcertado con la manera tan repentina en que su amigo lo abordó apenas saliendo de clases.
—¿Sabes cuándo es el cumpleaños de Shaka? — Angelo no era precisamente alguien que pusiese mucha atención a las cosas a su alrededor, y a pesar de tener ya años de conocer al hindú, y a su hermano por igual, no recordaba muy bien las fechas importantes para ambos.
—Sí, lo sé, ¿acaso olvidaste la salida que íbamos a hacer con Aiolia y Shaka al centro comercial?
Y según Adam, su amigo no perdía la cabeza nada más porque la traía puesta. La expresión en el rostro del italiano fue de órdago, cual si una hecatombe hubiese ocurrido en el lugar.
—¿Me estás tratando de decir que lo olvidé y no compré ningún regalo? —la respuesta la tendría con la sola mirada de reproche que Adam le dedicaba. Para ese entonces, el italiano ya estaba tomando de la mano a su amigo para que le llevase directo a una tienda.
No le molestó, realmente, al sueco.
Adam le tenía un cariño muy especial a Angelo, quizás más del que cualquiera podría entender. Pero sabía que su cariño jamás sería correspondido, no por la persona que él quería. El italiano jamás iba a fijarse en alguien como él más que como un amigo.
Para cuando despertó de su propia ensoñación, ya Angelo estaba casi empujándole al interior del auto, desesperado, completamente hecho un manojo de nervios. Sabía lo importante que era para Shaka su cumpleaños, más aún al estar cumpliendo los 18. De milagro no había olvidado la edad de su amigo.
Entró a la boutique, dispuesto a comprar la primer cosita que se viera linda a la vista. Siendo sinceros, Angelo no tenía el más mínimo sentido de la moda, o no estaba siquiera al tanto de los gustos de Shaka.
—Angelo, muévete, yo me encargo— habló Adam, eligiendo, entre todas las cosas que había en el mostrador, un bello prendedor, junto con una cadena de plata. El precio no era tan alto, y era algo que el sueco podría costear sin ningún problema. Tampoco era como si tuviese problema con el dinero, pero su hermano le había enseñado a tener mesura al momento de gastar.
El italiano no quiso quedarse ahí. Adam había escogido algo lindo sin necesidad de partirse la cabeza, pero no podría tomar eso que él había elegido y tomar todo el crédito por eso. Así que, sin esperar que él pagara, extendió la tarjeta de crédito que le había otorgado su primo, con seguridad.—Así podremos decir que lo elegimos ambos, y que lo compramos ambos— era la mejor opción, después de todo, a Shaka no le hubiese gustado recibir tantos regalos. El sueco conocía al rubio, y sabía que con la compañía de sus amigos sería suficiente.
No era un caso distinto con Aiolia, quien no paraba de ir de un lado a otro, buscando un regalo lindo, con su hermano mayor a cuestas, por supuesto, y sus padres justo detrás de él para que no terminase, por su torpeza y poca paciencia, tropezando y rodando por ahí.—Aiolia, cariño, por favor, mantén la calma, el cumpleaños de Shaka es mañana— acotó su madre, una mujer bastante bella, joven, de largo cabello que llegaba un poco más abajo de su espalda, piel delicada, suave y blanca que resaltaba un bello par de orbes esmeralda, cargados de bondad y cariño. Cualquiera podría compararla con una diosa, una verdadera belleza griega—. No tienes que apresurarte en conseguir algo.
—Tu madre tiene razón— acotó su padre, un hombre alto, bien parecido, de cabello castaño corto y expresión relajada y alegre en el rostro. Era algo joven para tener ya 3 hijos a su cuidado, uno de ellos ya con 21 años cumplidos, pero se le notaba más que feliz con la familia que había formado desde que se casó con Sasha, aquella mujer que llevaba de la mano a un pequeñito de 10 años.
—Mami, ¿por qué mi hermano está saltando por todos lados?
—Verás, corazón, tu hermano está buscando un regalo para su mejor amigo, y no quiere comprar algo que no sea bonito.
—¿Y por qué no le compra ese peluche? —el niño no tardó nada en señalar un muñeco de felpa, un lindo zorrito color blanco. Aiolia rápidamente observó el peluche, y abrazó a su hermano menor en agradecimiento por la idea. El pequeño se quejó un poco, pero rió de cualquier manera.
—¡Regulus, te llevaré al cine el fin de semana! — acotó Aiolia, y con ello, se ganó una sonrisa animada de su hermanito menor, quien asintió varias veces con la cabeza.
El muchacho no tardó nada en correr a la tienda y comprar ese peluche. Lo hacía con tanta alegría que pareciese un niño después de haber encontrado un juguete que había estado buscando por semanas. Pagó, y pidió que le envolvieran aquel presente, en un bonito papel color blanco con detalles en dorado, y un llamativo moño del mismo color de los detalles.
—Ya tienes el regalo, ¿mejor? —preguntó su padre, palmeando su espalda y recibiendo como respuesta un asentimiento de cabeza por parte de su hijo.
Lo primero que golpeó el rostro de Shaka muy temprano por la mañana fueron los rayos del sol, colándose entre los espacios de la persiana que cubría su ventana. El muchacho apenas tenía ganas de levantarse, aún si era su cumpleaños. En días como ese, deseaba simplemente quedarse metido en la cama, sin hacer nada más que dormir todo el día.—Shaka, levántate ya, que llegarás tarde— pero no se le olvidaba que tenía cosas importantes que hacer, ir al colegio era una de ellas.
—Ya voy, ya voy...—musitó de mala gana, hasta que recibió, sin esperarlo, un poco de merengue en la nariz, y a su hermano frente a sí con un trozo de pastel y una sonrisa inmensa.
—Feliz cumpleaños, Shaka.
Pequeñas cosas como esas le hacían sonreír más a menudo, olvidarse de todos eso problemas que le aquejaban a diario, en especial con ese par de abusivos gemelos que no paraban jamás de tocarle las narices. Agradeció con una sonrisa, no hacía falta más, y tomó el trozo de pastel para empezar a comerlo. Para cuando se dio cuenta, quizás unos cinco minutos más tarde, el reloj estaba indicándole que si continuaba tan distraído, llegaría tarde a clase.
Casi engulló el pastel, y se levantó cual resorte a darse una ducha rápida, sólo arreglándose lo suficiente para estar presentable, y después de clase ir con sus amigos al centro comercial, como había quedado hacía un tiempo. Shaka no podía estar más feliz ese día, tendría que ser perfecto.
—¡Me voy, llegaré tarde! —indicó el menor, ya prácticamente abriendo la puerta.
—Cuídate, y no llegues muy tarde— indicó Asmita con tranquilidad— ¡y más te vale responder mis llamadas! —no obtuvo más respuesta que la puerta cerrándose, y dejándole entonces completamente solo en la casa.
No tenía trabajo ese día, y su hermano se había ido a festejar con sus amigos. Lo justo, para Asmita, sería ir a tomar un café.
Cogió el teléfono, y marcó el número de Albafica, el florista que le había ayudado a plantar el jardin frontal de su hogar. Su llamada fue respondida, y finalizada con una cita en una cafetería cercana. Asmita no perdió tiempo, y tomando sus llaves salió de la casa rumbo al punto de encuentro.
—Asmita, me sorprende tu llamada— exteriorizó el muchacho apenas el rubio apareció—. Creí que saldrías a festejar con tu hermano.
—No, Alba, él fue a otro lado, tenía planes con sus compañeros de escuela, así que hoy tengo el día para mi.
—¿Hace cuánto que no salías tú solo a darte un tiempo?
—No lo sé, quizás desde que llegué a Grecia es que no salgo sin mi hermano.
La nostalgia le atacaría entonces, puesto que los recuerdos de su pequeño hermano tomándole de la mano para dar un simple paseo por el parque, o tirando de su camisa para convencerle de dar un paseo por la playa, cositas así, era lo único que llegaba a la mente del hindú mayor. Pero ya Shaka era un adulto, tenía el derecho de divertirse con gente de su edad, y no siempre con su hermano mayor.
—En todo caso, sé que es tu cumpleaños, ¿ya te dijo Manigoldo lo que planea?
Si Albafica sabía qué era lo que planeaba Manigoldo, entonces no debía ser algo sano. Siempre que involucraba al florista, algo terminaba mal, ya fuese por la borrachera que su jefe se tiraba encima, o porque Alba terminaba, de una u otra forma, golpeando al italiano.
Caso contrario de Adam y Angelo, ambos muy unidos, desde que se habían conocido el primer día de clases.
—No, ¿qué es lo que planea? —ya hasta le daba miedo preguntar.
—Alquiló un club nocturno para toda la noche, está organizando una fiesta enorme, como si se fuese a casar la hija de un político, ¿qué se yo? —explicó Albafica—. Ah, y quiere que lleves a tu hermano, como una forma de festejar que cumplió sus 18 años.
Asmita, de milagro, no se había ahogado con el sorbo que dio a su café, mirando incrédulo al celeste. ¿Cómo era eso del club nocturno? El rubio había accedido a una fiesta, pero olvidó, por supuesto, lo extravagante que podría llegar a ser Manigoldo. Y al ser el cumpleañero, no podía darse el lujo de faltar, tampoco le haría gastar un dineral de aquellos.
Asmita no tendría más remedio que asistir a esa fiesta, y arrastrar a Shaka consigo para no quedar como un malagradecido. A pesar de todo, su jefe, y amigo, lo había hecho todo con buena intención.
—¿En serio tenemos que trabajar tan tarde? —protestó un muchacho de largo cabello, atado en una coleta alta, tirado en el sofá de la sala y jugando videojuegos—. Pandora pareciera querer aprovecharse.
—Es una buena paga, además no todo el tiempo nos da trabajo, debe ser importante si nos pide a nosotros para esa noche— acotó su hermano gemelo, observando en sus manos el cheque que les había entregado su jefa un par de horas antes.
Ni Aspros ni Deuteros estaban en casa, y los gemelos menores tenían que atender todo lo que había pendiente. Saga ya se encontraba más recuperado de aquel ataque de ansiedad que sufrió días atrás, progresando gradualmente en ese aspecto. Aunque procuraba no estresarse, y mantenerse calmo, a veces su hermano y sus primos lo sacaban de quicio.
—Ayúdame, que no tardan en llegar— pidió amablemente, apagando la consola de videojuegos—. Tú sabes cómo se pone Aspros cuando no está la mesa puesta a la hora de la comida, Kanon. Deja de jugar de una vez.
—Aguafiestas— el menor se levantó, y acomodó el comedor, para que cuando todos se sentasen a comer, no hubiese inconveniente alguno. Por lo general, así empezaban, con pequeñas discusiones sobre quién debería poner la mesa, quién debería servir la comida, cosas pequeñas que siempre Kanon cumplía, quisiera o no. Tenía que mantener a su hermano bajo control si no quería que una crisis lo atacase.
En efecto, los mayores no tardaron en llegar, algo molidos por todo el trabajo que Pandora había encargado para ellos. Si no fuera porque era un trabajo bien remunerado, ellos ya lo hubiesen dejado hace ya buen tiempo.
—Estoy destrozado, iré a darme una ducha — musitó Aspros, lanzando, sin siquiera fijarse, sus cosas hacia el sofá apenas cruzó el umbral de la casa. Deuteros, por su parte, simplemente fue a tomar asiento, esperando paciente la cena, misma que le fue servida tan solo unos momentos después. A veces Kanon se preguntaba si sus primos realmente estaban haciendo todo por vivir mejor, o solamente por entretenerse en algo que no fuese su día a día en la casa. Últimamente no eran más que peleas entre ellos, como si no les interesara el bienestar de Saga por ningún motivo.
Éste, aprovechando que Aspros no estaba presente, le contó a Deuteros de todo lo que tenía planeado. No era ningún secreto para el moreno que su primo gustaba de ese muchachito hindú al que solía molestar tan seguido en la escuela, y no lo culpaba, el mocoso era de muy buen ver, atractivo a más no poder.
—¿Estás seguro de querer trabajar con nosotros? Pandora es una bruja— soltó el moreno mientras comía tranquilamente su cena. No es que odiase a Pandora, no, para nada. Sólo... la consideraba una piedrita en el zapato.
Y sinceramente se preguntaba cómo se había conseguido marido.
—Sí, quiero— sentenció Saga, seguro de sus palabras—. Además ganan muy bien, podría comprarle a Shaka algún regalo por su cumpleaños.
—Qué descarado, comprarle un regalo después de casi pisotearlo en el campus. Bien hecho, hermano— vociferó Kanon desde la cocina en medio de risas suaves, burlonas aún así, contra su hermano mayor.
Y Deuteros no pudo evitar reír tampoco. Kanon tenía razón; Saga no podía esperar que Shaka le aceptase un regalo, y menos al ser él el principal artífice de todos sus problemas y rabietas. De las veces que Deuteros se había ido a para a aquella escuela, había visto a Shaka como un muchachito bastante recatado, educado, pero capaz de convertirse en una víbora venenosa si se le provocaba. Tenía esa expresión que mostraban todos los que se sentían con la capacidad de comerse al mundo, y que además podrían jactarse de tenerla. Si Saga continuaba tentando a su suerte, iba a salir muy mal parado.
—Te estás metiendo en un campo minado— advirtió Aspros de repente. Había escuchado la conversación completa, y no dudó en acercarse a Saga, colocando su mano derecha sobre su hombro—. Si quieres trabajar, no tengo por qué impedirlo, tienes edad suficiente para saber en lo que te metes. Pero también tienes edad suficiente para saber dónde no debes ni asomar la nariz.
La advertencia de Aspros sonó tan cruenta y fría, que Saga se sintió intimidado por completo, mirando a su hermano menor como pidiéndole algún consejo. No se ganó otra cosa más que una mueca y a Kanon encogiéndose de hombros, con ello dándole la razón a su primo.
Y sí, Saga se metía en terreno peligroso, yendo como vil polilla hacia un foco.
En el calendario se marcaba un 19 de septiembre, Shaka había cumplido al fin dieciocho años de vida, diez de haber salido de la India, diez de vivir con su hermano... Diez años de haber empezado una nueva vida.
—¡Feliz cumpleaños! —felicitaron Adam, Angelo y Aiolia, tendiendo los tres sus regalos al mismo tiempo hacia su amigo, aún si con ello obstruían la vista del pastel tan apetitoso que le habían comprado entre los tres. Un postre completamente cubierto de crema batida, decorado con fresas, y un delicioso panqué de naranja debajo de tanto dulce.
El rubio recibió los regalos con una sonrisa, y los abrió de forma expectante, emocionado a lo que pudiese encontrar.
Lo primero, el prendedor y la cadena, regalo de Adam y Angelo, causándole un tenue rubor en las mejillas. Era hermoso, brillante, un regalo simple, pero de gran significado. Y los guardó con mucho cuidado de regreso en la cajita en que habían sido envueltos después de haber agradecido.
Y luego tomó el regalo de Aiolia. Una caja ni muy grande, ni muy pequeña.
La abrió, y apenas aquel peluche cruzó su campo de visión, una sonrisa queda, dulce, se formó en sus labios, adornando de esa manera el rostro del hindú, y brindándole mayor brillo a su faz. El zorrito, de un inmaculado color blanco, tenía un lazo en el cuello, donde cuidadosamente habían bordado un mensaje para el muchacho con motivo de su cumpleaños número dieciocho.
"Para el mejor amigo que puede existir. De Aiolia. Feliz cumpleaños."
Un muy bello detalle, tomando en cuenta que el griego no era precisamente bueno en las manualidades. Y debía suponer, por lo irregulares que eran las formas, que lo había hecho todo él solo. Podría no ser un regalo ostentoso, pero el valo sentimental era lo más importante para el joven rubio.
—Gracias por todo, no saben lo mucho que aprecio todo esto...—susurró, antes de mirar el pastel, y soplar las velas. Su único deseo era que su vida continuase así, tan perfecta como hasta el momento la había concebido.
El resto del día fue normal, en medio de risas, bromas, abrazos. La alegría de Shaka no tenía precio, le bastaba tener a sus amigos a su lado, a su hermano, nada más que eso. Su felicidad no necesitaba de cosas materiales, se basaba simplemente en el cariño que le entregaban. Y agradecía infinitamente a su hermano el haberle educado como lo hizo.
Asmita era su mundo entero, la única persona por la que peleaba contra la vida.
—Asmita, ¿te encuentras bien? —algo malo estaba ocurriendo.
Durante su conversación, antes de que Asmita se retirase a casa para estar presente cuando su hermano llegase, un fuerte mareo le atacó, seguido de una punzada en el lado derecho de su cabeza, que lo dejó aturdido por largos segundos. Era la primera vez que le ocurría algo como eso, y no podía atenerlo tampoco al estrés por un trabajo que ni siquiera le exigía tanto.
—Sí, sí, no hay problema, debe ser solamente el cansancio— era lo más lógico. Había dormido poco, de todas formas, así que debía ser sólo cansancio.
—Deberías ir a casa a descansar un poco— y el hindú no se negó a ello. Albafica se ofreció a pagar la cuenta, e hizo a Asmita tomar un taxi directamente hasta su hogar.
Así lo hizo. En el trayecto, pensaba en lo que pudiese haber ocurrido para que tales síntomas se le presentaran, pero no había comido nada malo, no se había mal pasado en nada. La única explicación que encontraba era simplemente falta de sueño.
Apenas llegó a su hogar, se sentó tranquilamente en el sofá a esperar a su hermano. Él nunca le compró regalos en sus cumpleaños anteriores, no se vio en la necesidad de ello. La compañía que se hacían, con lo unidos que eran, bastaba para hacer a Shaka pasar buenos ratos. Y pensando en su hermano menor, éste entró por la puerta, el peluche de zorrito asomando graciosamente la cabeza de entre su mochila.
—¿Cómo te fue?
—Todo ha sido increíble— acotó Shaka en respuesta, acercándose a mostrarle los presentes que le habían sido entregados, en especial ese peluche que llevaba.
—¿Quién te lo dio? —el mayor no tardó en revisar el listón. Segundos bastaron para que la sonrisa de Asmita se ampliase, y una mirada cómplice le fuese dirigida a su hermano menor—. Algo me dice que Aiolia esperaba más con este regalo.
—¡Hermano! Él es sólo mi amigo, no pienses cosas que no debes...—pero la sonrisa del rubio mayor no se esfumó. Sus orbes azules, clavados sobre su hermano menor, hacían éste sentirse más y más nervioso. No es que le disgustase Aiolia, le gustaba mucho pasar tiempo con él, pero tampoco podía decir que sentía algo por el griego.
—De acuerdo, de acuerdo, me reservo mis comentarios— le respondió en medio de sonrisas suaves. Asmita más tarde sintió otra punzada en la cabeza, y se retiró los anteojos para tallas un poco sus ojos, puesto que la vista se le había nublado por un momento.—¿Estás bien? ¿Por qué no vas a dormir un poco? —sugirió el rubio menor, palmeando así la espalda del mayor. Éste aceptó la propuesta, y poniéndose de pie se dirigió a su habitación, no sin antes desear, por segunda vez, un feliz cumpleaños a su hermano menor.
—Ah, por cierto, el día viernes habrá una fiesta, ¿vendrás conmigo?
—¿Y por qué no había de hacerlo? Es tu cumpleaños, Asmita, claro que iré contigo— con tal respuesta, el nombrado asintió con la cabeza, y se adentró en su habitación.
Era el cansancio lo que había provocado el dolor de cabeza y el mareo, pues Asmita nunca se dio cuenta en qué momento terminó profundamente dormido, con el cabello prácticamente esparcido sobre la almohada.
El día siguiente pasó volando, nada nuevo, ni siquiera para Shaka, a quien le pareció extraño que ni Saga ni su hermano hubiesen pasado para molestarlo como hacían ya todos los días. Aiolia suspiró, resignado, sabiendo que ya se había vuelto rutina para el rubio el hecho de ver a los gemelos. Y Shaka era bastante apegado a su rutina.
Viernes por la noche, ya eran pasadas las nueve de la noche, y todos los invitados esperaban fuera del club nocturno. Kardia buscaba tocarle las narices a Dégel, no había día que el galo no tuviese que soportar a su hiperactivo amigo, pero no le molestaba, es más, hasta le daba un poco de movilidad a su día. Por supuesto, nadie más que ellos debía saber lo que ocurría, esos constantes encuentros en la oficina donde terminaban conversando de otras cosas, muy por encima del trabajo. Muchas veces Dégel se preguntaba de dónde sacaba Kardia tanta vitalidad.
Dégel siempre había sido muy recatado. Desde que llegó de Francia, no había hecho más que mantenerse apegado al trabajo, nada más que eso. Y su apariencia, con ese par de anteojos siempre delante de sus ocelos violáceos, le hacían ver realmente distante, el tipo de persona que se hallaba encerrado en un bloque de hielo irrompible.
Pero Kardia había logrado traspasar, poco a poco, ese gran bloque de hielo. Quedaba a consideración de los demás la manera en que lo había hecho.
Asmita y Shaka no tardaron en llegar al punto de encuentro, donde se dispusieron a entrar al edificio.
Era un lugar muy elegante, y parecería inclusive un restaurante caro, de esos que se visitaban una vez cada año cuando se tenían ahorros suficientes para pagar la exhuberante cuenta.
A pesar de todo, tanto Shaka como Asmita sabían muy bien que el lugar podría ser todo, menos un restaurante caro. Las luces se apagaron, y todos estaban a la espera de lo siguiente.
Cuatro meseros, muy bien vestidos, atractivos por demás, entraron al lugar. Lo gracioso del asunto recaía en que eran nada más y nada menos que dos pares de gemelos, quienes causaron más que revuelo en el público femenino, toda esas mujeres que trabajaban en la empresa de Manigoldo chillaron como locas apenas los vieron.
Sin embargo, Shaka se quedó boquiabierto al notar un pequeño detalle.
Entre ese cuarteto, se hallaban nada menos que Saga y Kanon, aquel par de muchachos que vivían molestando al menor de los Zavijah. Y por puro milagro no notó ese rubor en sus propias mejillas de tan solo pensar que Saga no se veía tan mal como se mostraba a veces en el campus.
La mirada de Asmita, sin embargo, se hallaba perdida en uno de los recién llegados. Un hombre, alto, musculoso, de tez morena y ojos azules cautivadores, así como también un gracioso colmillo sobresaliendo de entre sus labios. Un aura salvaje, pero al mismo tiempo protectora, que le daba esa sensación de calidez en el pecho, una sensación que jamás creyó poder sentir.
Y los orbes de Deuteros se habían perdido por completo en aquella azulada mirada, tan bella como el mismo cielo, y tan profunda como el océano. Era toda una belleza. Cabello rubio, largo, facciones finas, casi como si se tratase de un muñeco tallado por los mismos dioses, piel clara, nívea y suave a la vista, y un par de anteojos que cubrían los ojos más bellos que jamás había visto.
Una sonrisa, miradas furtivas, un tenue rubor en un par de blancas mejillas, y una mueca de nervios que resaltaba ese colmillo tan peculiar.
— Hermano... ¿Estás bien?
Quería pensar que sí, que estaba perfectamente.
Saga quería que se lo tragara la tierra apenas su mirada se cruzó con la de Shaka.
Kanon rió para sus adentros por las desgracias de su hermano.
Deuteros se quedó por largo rato contemplando de lejos los ojos de Asmita.
Y Aspros... no supo si llegó a sentirse celoso de Deuteros, o de Asmita.
¿Review? :3
