Capítulo 3

Reunión de la promoción de 1996 del Instituto de Roheibeth.

—No —dijo Korra, pero los suaves labios de Asami ahogaron sus palabras. ¿Qué quería decir? ¿No qué? ¿No me beses? ¿No hagas que te desee? Tal vez Asami se hubiese tomado la orden en serio si Korra no le hubiera acariciado la nuca, animándola a seguir.

«Como hace diez años.» Asami la empujó contra la pared de la ducha, pero las vacilantes exploraciones de la adolescencia habían quedado muy atrás. Asami besaba muy bien. «Perfecto. ¡Qué buena es! Su marido es un hombre afortunado.»

La idea fue como un jarro de agua fría sobre brasas. Korra apartó la cabeza,

parpadeando para reprimir las lágrimas. Sólo se oía su trabajosa respiración resonando contra las paredes de azulejos.

—He soñado con hacer esto —dijo Asami.

La ira de Korra explotó entre ardientes llamas avivadas por el reconocimiento de que ella también lo había soñado. Sujetó a Asami por la nuca y la besó con pasión para borrar la sensación de fantasía del momento. No se trataba de ser cariñosa, sino de placer y de follar, de ajustar cuentas y de soltar lastre. ¿O no?

Korra cogió el rostro de Asami entre las manos y lo echó hacia atrás para mirarlo.

—¿Aún quieres disculparte conmigo? —preguntó Korra con ternura.

Asami se humedeció los labios y asintió, mostrándose excitada e inocente a un tiempo. ¿Cómo había podido considerarla una amenaza?

—No recuerdo la última vez que mantuve relaciones sexuales. Y mucho menos el último orgasmo. —La sorpresa que reflejaba el rostro de Asami la hizo son-reír—. ¿Qué ocurre? ¿Tienes que ser tú la agresora?

—No, yo... sólo...

—No importa. Seguramente ha sido un error. «¿Qué diablos pretendía que hiciese?»

—No ha sido un error. ¿Te alojas en un hotel?

La sonrisa de Korra desapareció. Contaba con que Asami diese marcha atrás. Entonces se iría. Venganza: breve y dulce. No se le ocurrió que pudiese aceptar su oferta. Korra se sobresaltó cuando se dio cuenta de que Asami seguía esperando una respuesta.

—Sí, pero creo que deberías disculparte aquí. Ahora mismo. Con esa preciosa boca que tienes.

«¿Por qué había dicho aquello? No era propio de ella. Nada de lo que estaba ocurriendo lo era.» Korra se estremeció. Odiaba la respuesta de su cuerpo, que se plasmaba en la instantánea humedad de sus bragas. Sintió una incómoda dureza en el clítoris y cambió de postura. Parecía como si Asami quisiese darle otro beso de los que quitan el hipo, pero Korra alzó la mano para impedírselo.

—Nada de eso. —Sostuvo la mirada hasta que supo a ciencia cierta que Asami entendía lo que quería decir. El corazón de Korra brincaba en su caja torácica como un pájaro tratando de huir de su jaula. Supuso que Asami daría la vuelta y saldría del vestuario lanzándole insultos.

En vez de hacer tal cosa, Asami envolvió a Korra en un estrecho abrazo, que la sorprendió hasta el punto de corresponderle. Asami giró la cabeza levemente y acercó la boca a la oreja de Korra, agitando recuerdos de novelas de amor baratas, leídas en secreto los fines de semana que debería haber pasado con amigos.

—Sé lo que estás haciendo —dijo Asami—. ¿Me prometes que después me dejarás hablar?

«¿Después? ¿Después de qué? Para, Korra. Dile lo que estás haciendo. Explícale por qué estás aquí.» Una oleada de orgullo distrajo a Korra cuando las manos de Asami se deslizaron bajo su camisa y acariciaron las ondas de sus abdominales. Se preguntó si estaría comparando su cuerpo con el que tenía diez años antes. ¡Qué locura! Aquel beso había sido distinto: pretendía humillarla y ponerla en evidencia. Al menos ésa fue la conclusión a la que llegó Korra tras días de repasar mil veces el momento. Comprendió que la necesidad y la excitación de Asami eran producto de la imaginación hiperactiva de una adolescente que empezaba a sospechar que era lesbiana.

Korra regresó de pronto al presente cuando Asami se arrodilló y le subió el vestido sobre las caderas. «Es hora de parar. Las cosas han ido demasiado lejos.» Pero, consciente de lo que Asami quería hacer, lo que ella misma quería desesperadamente que hiciese, a Korra le costaba pensar con claridad. Por fin sujetó a Asami por las muñecas y la obligó a levantarse. Antes de pronunciar las palabras que ninguna de las dos deseaba oír, Asami le hizo guardar silenció poniéndole un dedo sobre los labios.

—No digas nada, Korra. Déjame hacerlo. —La protesta de Korra murió en su garganta cuando Asami acarició el promontorio empapado de sus bragas. Poco después, sus cálidos dedos apartaron el levísimo tejido, separaron los labios mayores y comenzaron a acariciar el clítoris con demasiada suavidad. Korra tuvo que apretar los dientes con fuerza para no implorar más. Apoyó la frente en el hombro de Asami, agradeciendo la diferencia de estatura, ya que le permitía ocultar cómo se mordía el labio inferior para no gritar como una posesa. Asami la penetró sin dudar y enseguida encontró el ritmo perfecto. Con mano firme y dedos potentes y suaves a un tiempo.

«En cualquier momento voy a empezar a chillar de tal forma que toda mi clase pensará que estoy follando como una loca. Seguro que después de esto se acuerdan de mí.» La idea surtió el efecto calmante que necesitaba. Asami se enderezó y miró a Korra con una expresión intensa. Resultaba evidente que estaba tan excitada como ella. «Maldición, ¿siempre fue tan apasionada? ¿Cuándo se volvió tan sexy?»

—Un momento. —A Korra tendría que haberle gustado ver la decepción en el rostro de Asami, pero resultaba difícil pensar así mientras los dedos de Asami, y el placer que le habían proporcionado, se retiraban.

El clítoris de Korra vibró dolorosamente, como si dijese: «¿Por qué has hecho eso, bruja estúpida?». La pared y el torso de Asami eran lo único que la mantenía en pie.

—Deja que me mueva. No voy a ningún sitio. Te lo prometo. —Asami retrocedió de mala gana y sus cuerpos dejaron de estar en contacto. Korra no apartó los ojos de los de Asami mientras metía la mano bajo el vestido, se bajaba las bragas y se las quitaba. Asami cogió las bragas y se las guardó en el bolsillo del pantalón.

—¡Vaya, cuánto has progresado! ¿Bragas en vez del dinero de la comida o de novelas románticas? Asami arqueó una ceja.

—También entonces me habría encantado quedarme con tus bragas. —La respuesta de Korra quedó en el aire cuando Asami se colocó entre sus piernas, le subió el vestido sobre las caderas e introdujo la costura de sus pantalones en la vagina abierta de Korra.

Korra lanzó un suspiro sonoro y excitado. En esa ocasión no hubo disimulo. Asami devoró la boca de Korra, que prescindió de fingimientos y la besó, mientras movía las caderas con creciente intensidad. Ya no había motivos para fingir. Asami sabía lo excitada que estaba desde que la había penetrado. Korra soltó otro gemido y procuró despejar la mente. Si quería que aquello durase algo más que unos instantes, tenía que mantener la cabeza clara.

Asami se arrodilló entre las piernas de Korra, abierta ante ella y desnuda. La expectación, unida al miedo, empujó sus sentimientos a la deriva. Korra se puso colorada cuando Asami contempló su sexo durante un buen rato.

—Sabía que eras preciosa —dijo Asami antes de inclinarse y besarle los labios mayores, con un beso tierno, dulce y entregado, que arrancó gemidos a Korra. Korra recordó lo pequeña que se había sentido diez años antes, cuando Asami se había erguido sobre ella en aquel mismo vestuario. Seguía sintiéndose pequeña, pero apreciada. Asami la abrió con la lengua y le lamió el clítoris con tanta dedicación que Korra pensó que no aguantaría en pie. Apoyó la mano en la cabeza de Asami, sin guiarla ni alentarla, sólo esperando que recordase dónde estaba. Se oyó un golpe sordo en el vestuario y Korra se puso rígida.

—¿Has visto lo gorda que está? Dios mío, tendría que haber parado después del cuarto hijo. —O Asami estaba demasiado concentrada en lo que hacía o no le importó, porque sus labios y su lengua no vacilaron. Korra agarró los cabellos de Asami, pero no logró apartarse de ella.

—Sí, lo sé. A mí no me va a pasar lo mismo. Su marido es bastante majo. ¿Lo has visto? —El ruido de las cisternas ahogó las carcajadas. Korra adelantó las caderas involuntariamente para que Asami pudiese abordarla mejor, y Asami se aprovechó, le rodeó las caderas con las manos y hundió la lengua en lo más hondo de su abertura. A Korra se le pusieron los ojos en blanco. Estaba a punto. Tenía que conseguir que Asami parase antes de...

—En el instituto era una putilla. ¿Crees que todos esos niños son hijos de él? Asami se movía tan rápido que Korra no tenía tiempo para pensar. Asami utilizó su considerable fuerza para sentarla sobre sus hombros. Korra arqueó la espalda, con los hombros pegados a los azulejos, para permitirle pleno acceso. Luego apretó los dientes y hundió las manos en los cabellos de Asami. Era demasiado y, al mismo tiempo, era justamente lo que siempre había querido.

El ruido que hacían se intensificó. Korra esperaba oír una de las voces diciendo de pronto: «¿Has oído eso?». De todas formas, no sería capaz de parar. Que se fuesen a la mierda. Sabía que no podía parar y, si Asami lo intentaba, la emprendería con ella hasta hacerle daño. Pero Asami seguía concentrada en penetrarla.

Korra estiró la mano e hizo un débil intento de echar hacia atrás la cabeza de Asami, pero ésta hizo un gesto en señal de negación, lo que le transmitió una oleada de placer. Se rindió; no podía hacer nada. Su pretensión de humillarla se había vuelto contra ella.

—Salgamos antes de que nos arrebaten a todos los solteros ... —La puerta se cerró de golpe. Asami hundió la lengua en las entrañas de Korra y, luego, la sacó y la deslizó sobre el clítoris, antes de hundirla de nuevo. Korra jadeó,

moviendo las caderas en busca de más placer, y Asami se lo proporcionó, hasta que por fin se hundió en un mar de sensaciones placenteras. Korra aún temblaba cuando Asami la puso en el suelo con delicadeza: primero el pie derecho, luego el izquierdo, y por último le alisó la falda sobre las caderas. Asami sacó las bragas de Korra del bolsillo y lentamente se limpió la boca con ellas. Korra sintió un estremecimiento provocado por los ecos del orgasmo y la promesa implícita. Asami le estaba diciendo, con toda claridad, que estaba dispuesta a darle más.

—¿Hablamos ahora? —preguntó Asami. Sus palabras y el frío que sintió Korra en el pecho le hicieron ver la gravedad de lo que acababa de ocurrir.

—No, yo... no puedo. Tengo que irme. Lo siento. —Korra salió de la ducha y se dirigió a la puerta.

—¿Korra? ¿Qué diablos sucede?

Korra dio la vuelta y miró a Asami. Esperaba ver furia —ella, en su lugar, estaría furiosa—, pero vio dolor. Simple y llano. Nada de fingimientos, sólo alguien que sufría.

—Lo siento. No puedo hacer esto. Contigo no. —Korra giró sobre sus talones y salió del vestuario.

Korra hizo cola ante la mesa del ponche para recoger las llaves de su coche. Todo eran carcajadas y bromas, que ponían a prueba su paciencia. Algunos no lograban demostrar que estaban en condiciones de conducir y se veían obligados a pedir un taxi. Korra se dio cuenta de que no había bebido lo suficiente como para soportar un posible enfrentamiento con Asami. ¿Qué diablos había ocurrido? Había pasado de querer exorcizar antiguos demonios, de querer venganza..., a querer sin más. Lo raro era que aquello no resultaba tan distinto a lo que había sentido en el instituto. ¿No había experimentado siempre aquella extraña descarga de adrenalina cada vez que veía a Asami? A Korra se le paralizó el corazón cuando la vio salir del vestuario. —¿Tienes el resguardo? —Korra miró a la mujer que, según su etiqueta identificativa, era la esposa de Paul Zanziger (quienquiera que fuese aquel tal Zanziger).

—Hum, no. He debido de perderlo. —«Sí, mientras me daba un revolcón en un cuarto de baño público con una mujer que llevaba años sin ver»—. No importa. Cogeré un taxi.

La esposa de Paul Zanziger se fijó en el arrugado vestido y en los cabellos despeinados, y asintió, muy seria.

—Buena idea. A alguien se le fue la mano con el ron del ponche.

—Sí, claro. —Korra se apartó y tropezó con Asami en el preciso instante en que sonaba Regresa a mí, de Toni Braxton, en los potentes altavoces. Junto a ellas pasó un tipo que se había excedido con la colonia Drakkar. Korra se sentía como borracha, a pesar de que sólo había bebido un sorbo de ponche. Los ojos de Asami eran oscuros y su mirada resultaba difícil de descifrar, a diferencia de la expresión tenazmente vacía de su rostro. O alguien había subido el volumen de Toni Braxton o el calor del local le hacía daño, porque Korra se tambaleó. Una expresión de alarma cruzó fugazmente por el rostro de Asami, que se apresuró a sostenerla.

—No —dijo Korra con voz clara, retrocediendo—. Estoy bien. Es sólo cansancio. Había mucho tráfico. Hay un largo trayecto desde Portland. Me voy directa al hotel. Asami se hizo a un lado y Korra la dejó atrás. Después de que la esposa de alguien le diese su abrigo, salió al fresco aire nocturno y aspiró hondo, con la esperanza de despejar la cabeza.

—No lo han organizado muy bien —se quejaba a dos personas una mujer que Korra creyó reconocer—. Debería haber taxis esperando fuera, si querían que los usásemos. —Korra se unió a los otros tres «borrachos» que esperaban un taxi.

Un hombre alto, de prominente barriga, la saludó con un gesto. Korra reconoció al que había sido un popular jugador de baloncesto. Diez años antes era delgadísimo y, según los cotilleos de las chicas en el baño, «¡una verdadera monada!». Korra suspiró. A aquel paso, sería mejor esperar a que Asami se fuese para buscar el resguardo y recuperar las llaves de su coche. Aunque .seguramente la esposa de Paul Zanziger no la creería si le decía que estaba en condiciones de conducir.

La puerta del gimnasio se abrió de golpe y salió Asami. Parecía tan sorprendida de ver a Korra como Korra de verla a ella.

«Parece triste.» La punzada de culpabilidad que sintió enfureció a Korra. Después de todas las crueldades que aquella mujer le había hecho, ¿por qué tenía que importarle que estuviese triste? Y, sin embargo, no podía dejar de mirar a Asami a hurtadillas.

—Por fin, aquí viene uno. Si alguno de vosotros va al hotel, podemos compartirlo. De lo contrario, tendréis que esperar muchísimo. —La mujer, cuyo nombre empezaba por K, según recordaba Korra (Kristal, Kristie o algo parecido), se rio, y Korra ponderó la posibilidad de esperar el siguiente taxi cuando olió el ron en el aliento de la mujer. Uno por uno, todos dijeron que iban al hotel. Sin mediar palabra, el antiguo jugador de baloncesto se acomodó en el asiento delantero y se abrochó el cinturón. —Supongo que a los demás nos toca ir atrás —comentó Korra.

—¿Y usted? ¿No va al hotel? —preguntó el taxista a Asami.

—Cerca, pero esperaré el siguiente.

—Tal vez tarde bastante —explicó el taxista—. Esta noche hay mucho movimiento en el aeropuerto. Puede subir con esta gente. De lo contrario, tendrá que esperar a que vuelva a recogerla. —Korra sintió que se le erizaban los pelos de la nuca cuando Asami se acercó a ella. Ambas hicieron todo lo posible por ignorarse mutuamente. La mujer cuyo aliento olía a ron y sus dos acompañantes ya habían entrado en el taxi. La puerta trasera estaba abierta y sólo había sitio para otra persona. El taxista miró el reloj—. Hoy no hay polis por aquí. Si alguien está dispuesto a llevarla en el regazo...

—No, gracias. Prefiero esperar. —El taxista se encogió de hombros y se sentó en el asiento del conductor. Korra estaba a punto de entrar en el taxi cuando echó un vistazo al oscuro aparcamiento y se estremeció. Asami nunca había sido una esmirriada y, a juzgar por su aspecto, había seguido haciendo ejercicio. Korra no dudaba de su capacidad para cuidar de sí misma, pero no le gustaba la idea de dejarla sola en medio de un aparcamiento desierto, esperando un taxi.

—Puedes sentarte en mi regazo si quieres —le ofreció, aunque acto seguido sintió ganas de darse de cabezazos. Primero la dejaba plantada después de pedirle que la follase y ahora le ofrecía llevarla sentada en el regazo.

—Gracias por el ofrecimiento —dijo Asami en tono amable—, pero tengo las piernas demasiado largas y peso mucho más de lo que parece.

—Vamos. Hace frío. —Korra se agachó para reñir a Kristal, pero ésta tenía la cabeza inclinada, igual que el tipo sentado junto a ella. El del asiento delantero se había quedado dormido. Su cabeza oscilaba hacía delante y su nariz emitía un ronquido lento y sordo. El taxista parecía encantado de que el taxímetro corriese. Korra entró en el vehículo y miró a Asami.

—¿No vienes? ¿Te parece que no puedo aguantar tu peso? Te vas a morir de frío. — Asami se acercó a la puerta de mala gana y Korra se acomodó en el asiento para dejarle sitio. Daba la impresión de que Asami quería seguir protestando, pero entró en el taxi, se sentó a regañadientes sobre el regazo de Korra y cerró la puerta. El vehículo abandonó el aparcamiento y se deslizó sobre la carretera. Korra estaba pensando que Asami no pesaba tanto como había dicho hasta que reparó en las manos, blancas por el esfuerzo, que se aferraban al asiento delantero.

—Deja de hacer eso —dijo Korra, irritada por alguna razón—. No voy a morderte. — Su voz era un susurro que esperaba sólo oyese Asami—. Échate hacia atrás. Asami miró a la derecha para cerciorarse de que las dos oscuras figuras sentadas junto a ellas estaban tan dormidas como parecía, y luego se echó hacia atrás para decirle a Korra:

—Deberías haber dejado que esperase el taxi siguiente. Sé que esto te resulta incómodo.

«Dios, ¿por qué se muestra tan considerada?» Asami continuó sosteniéndose hasta que Korra le puso los brazos en torno a la cintura y la obligó a sentarse. El estómago de Asami se contrajo bajo sus manos y Korra extendió los dedos, fascinada por el tacto de su sedosa piel. Evidentemente, Asami había dedicado mucho tiempo a mantenerse en forma. Incluso estaba mejor que cuando estudiaban en el instituto. Aunque ya entonces estaba muy bien. Korra se recreó en la última idea. ¿Se había fijado en el cuerpo de Asami en el instituto? ¿Y cómo? El noventa y nueve por ciento de las veces Asami llevaba unos vaqueros flojos y una sudadera. Y aun así le había llamado la atención, ¿o no?

El estómago de Asami no se relajó bajo las manos de Korra, que comenzó a frotarlo sin darse cuenta mientras seguía absorta en sus reflexiones. Todos los recuerdos que tenía de Asami eran desagradables. Bueno, la última vez que se habían visto antes de aquella noche no había sido... desagradable. En realidad, no. En absoluto.

—Relájate —intentó susurrar al oído de Asami, pero sólo llegó a su hombro. Asami no dejó de aferrar el asiento delantero, a pesar de que Korra le había pedido que se echase hacia atrás. Korra se movió para que su peso se distribuyese de forma más equitativa. Asami no había mentido: pesaba mucho más de lo que parecía, pero a Korra le gustaba sentirla. Sus suaves frotamientos no surtían efecto, así que le subió la camisa sobre los pantalones y le acarició el estómago desnudo. Asami tomó aliento y Korra disfrutó de unos instantes de felicidad frotando los músculos, lisos y duros como piedras, de Asami. Korra iba al gimnasio cuatro veces a la semana como mínimo, entre tres cuartos de hora y una hora cada sesión, pero Asami debía de pasarse la vida allí. Korra miró a los otros pasajeros del taxi y al conductor, que se hallaba atareado ajustando algo en el taxímetro y siguiendo con la cabeza los sonidos de una canción que sólo él escuchaba.

Korra susurró sobre el hombro de Asami:

—Estás muy bien. —Asami se estremeció y por fin pareció que se relajaba—. ¿No te encuentras más cómoda? —Asami asintió con la cabeza, pero no dijo nada.

Los dedos de Korra se hundieron bajo la cintura del pantalón de Asami y ésta tomó aliento de forma bien audible. Korra jugueteó con los botones del pantalón, más para ver cómo reaccionaba que porque quisiese desabrocharlos. Pero cuando Asami levantó un poco las caderas con el fin de darle capacidad de maniobra, Korra se excitó y reaccionó levantando a su vez sus propias caderas.

Los botones del pantalón de Asami se desabrocharon fácilmente y Korra no perdió la ocasión de sumergirse en las húmedas braguitas y deslizar un dedo entre los cálidos pliegues. Asami dio un brinco. Si Korra no hubiese ladeado la cabeza, se habría hecho daño al echar la cabeza hacia atrás bruscamente. El dedo índice de Korra le acarició el clítoris y, al hacerlo, comprendió que Asami estaba dolorosamente excitada. Miró las figuras dormidas de sus acompañantes y al taxista, para cerciorarse de que no les lanzaba miradas furtivas por el retrovisor. Con una seña, atrajo a Asami hacia sí y la penetró. Sintió el temblor de sus muslos y le pareció oír un gemido. Asami echó la cabeza hacia atrás y la apoyó en el hombro de Korra. Ésta le susurró al oído:

—Siento no haberme ocupado de esto antes. Apártate del asiento.

Asami obedeció y el pasajero de delante cabeceó.

—Bien, ahora abre las piernas todo lo que puedas.

En el atestado asiento trasero Asami sólo pudo moverse unos centímetros, pero fueron suficientes. Korra enderezó el cuerpo, levantando consigo a Asami y penetrando más en su cálido interior. A Asami le costaba respirar y Korra no dejaba de vigilar al taxista para asegurarse de que no las veía. Era un error hacer aquello, pero no podía evitarlo. Con Asami no. Había algo dolorosamente atractivo en ella.

Las manos de Asami se aferraron al asiento del coche y Korra le volvió a decir que se soltase. Asami obedeció y su mano guio la muñeca de Korra para ayudarla a penetrar mejor.

—Ahora échate hacia atrás. Voy a hacer que te corras. ¿Estás lista? —Cuando Asami asintió, Korra levantó las caderas y apretó los muslos, irguiendo momentáneamente el cuerpo de Asami y penetrándola con vigor. Le introdujo dos dedos mientras apretaba el clítoris con el pulgar. El cuerpo de Asami se puso rígido y Korra aceleró el ritmo.

Si sus dos acompañantes no hubieran estado tan borrachos, el movimiento los habría despertado, pero no habían abierto los ojos desde que entraron en el taxi. Korra miró otra vez el espejo retrovisor para cerciorarse de que el taxista no las veía. Los muslos de Asami se cerraron contra su mano y Korra temió que gritase. Pero las manos de Asami soltaron las muñecas de Korra para tapar su propia boca y, con cierta decepción, Korra vio que reprimía un grito mientras sus caderas saltaban salvajemente bajo su mano.

El temor de Asami de aplastar a Korra desapareció de pronto, pues dejó caer todo su peso sobre ella. Korra le abotonó muy despacio los pantalones. Remeter la camisa fue imposible, pero dudaba que los demás se diesen cuenta.

El taxi tardó cinco minutos en frenar en la calzada circular del hotel y Asami necesitó todo ese tiempo para recuperar la respiración.

—Ya hemos llegado, amigos. —La voz del taxista resonó en el silencio del vehículo. La mujer que se hallaba sentada junto a ellas se incorporó de un salto, lanzando un resoplido impregnado de ron. Asami abrió la puerta y salió con paso vacilante.

Los otros tres pasajeros pagaron su parte de la tarifa, mientras Korra observaba a Asami.

—¿Quieres subir?

Asami la miró durante unos segundos, como si lo estuviese pensando, y luego sacudió la cabeza.

—Lo siento, pero no puedo.

—¿Te espera alguien en casa? —Korra reprimió una ráfaga de ira. ¿Por qué se molestaba en preguntar si ya conocía la respuesta?—. No importa. Da igual. Me voy mañana, así que...

Asami se sobresaltó.

—¿Mañana? ¿Puedo verte antes de que te vayas?

—Yo... no. El lunes tengo varias citas con unos clientes y debo prepararlas.

—Sí, claro. —El rostro de Asami expresó la decepción que no desvelaron sus palabras. Su empeño en manifestar sus emociones confundió de nuevo a Korra. No era tan abierta cuando iban al instituto. ¿Qué había provocado un cambio tan drástico en ella?

—Me gustaría llamarte alguna vez. Quizá pudiéramos... La frase de Korra fue interrumpida por el amistoso saludo de Kristal: —Adiós a las dos.

Korra la saludó con la mano y se volvió hacia Asami.

—Podríamos quedar para comer en algún sitio. —A Korra le pareció que su ofrecimiento sonaba pobre después de lo que acababan de hacer, pero Asami asintió.

—Me gustaría. Aún quiero explicarte lo del instituto.

Korra recordó de pronto lo que estaba haciendo y con quién. No necesitaba que le dijesen que había cometido un error al mantener relaciones sexuales con Asami, pero ¿por qué hacía planes con ella? El sexo era una cosa, pero la conversación... ¿Qué sentido tenía?

—Será mejor que continuemos, señoras —dijo el taxista. Korra se apresuró a sacar un billete del minúsculo bolsillo que llevaba oculto en la costura de su vestido—. Espérela. Vive cerca.

Korra rodeó torpemente la cintura de Asami con los brazos. —Adiós, Asami —dijo, y Asami correspondió a su abrazo.

—Llámame, ¿de acuerdo?

Korra asintió y, sin mirarla a los ojos, entró en el hotel. ¿Qué diablos estaba haciendo?

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Hola, bueno solo podre decir que como voy a actualizar 3 de una vez. Sería que nos veremos hasta el viernes como ya teniamos acordado.

gracias a los que me comentaron me sienta a la perfección saber que a alguien le gusta y de esta manera seguire con el trabajo.

Deartod: si se podría decir así. gracias por comentar enserio. por cierto queria preguntarte, no se si estoy equivocada pero mencionaste en algún momento que querias participar en integrarte a mis fics y bueno me gustaria que pudieras enviar la informacion para tenerla.

Maria Sato: me llego muchas gracias por estar pendiente. todos los viernes en la noche estarán los capítulos así que pendiente. la expulsaron porque como era bravucona la profesora por fin la agarro en el acto y como korra no dijo nada peor le fue. asami molestaba mucho a korra por eso la "odia"

Cherrycrew: de nada, por si se te olvida los viernes estaran los capítulos así que pendiente.

Por favor cuidense mucho y espero saber pronto de ustedes.

Que La Fuerza Los Acompañe...