Two figures by a fountain

Heinkel sacó un cigarrillo, era un vicio cierto pero no podía negar su efecto tranquilizador y era una de las pocas veces en las cuales ni sus encías o sus fosas nasales gritaban o ardían de dolor, abrió la ventanilla de su habitación y se mantuvo con el torso desnudo y descalzo, sentado sobre su cama, no era algo muy ortodoxo, pero le resultaba necesario, si se recostaba las recientes heridas de su espalda le arderían, y si cambiaba de posición dando el rostro a la almohada los surcos de su rostro le punzarían, lo mejor era espera un par de horas, a media noche podría salir en silencio a los pasillos y encaminarse a los baños, en donde con una toalla mojada se limpiaría la sangre seca de la espalda.

En su tardía adolescencia Heinkel había dejado de ser paciente con Yumiko, así como cada vez entendía cuan necesaria era Yumie para las misiones que se les encomendara, era como si en ese momento en el cual él había aceptado el matar para cumplir a cabo su misión, ella quisiera retroceder y dejar de lado los terribles escenarios que su espada dejaba. Sin embargo había un detalle que había vuelto a Yumiko más peligrosa desde su punto de vista y era que ambos estaban siendo enviados a misiones a solas. Por lo mismo se esforzaba en verle defectos, por lo mismo había dejado de aguantar sus niñerías y cinismo.

Pero a veces no podía continuar con aquella mascara y negarse a sí mismo lo que ella significaba para él, esa familiaridad que había sentido el día en que ambos chocaran en aquél autobús. No es que Yumiko fuera cínica, si no que había empezado a ver qué era lo que realmente hacía, le estaba tomando el peso al significado de quitar una vida, fuera por la razón que fuera, quizás ella también temía por su alma… ¿Quizás también pensaba en la de él?

–Llevas mucho rato en silencio…– le habló con los ojos cerrados, Yumiko estaba solo un par de pasos más allá sentada sobre el césped, mientras que él se mantenía cerca del riachuelo con el solo fin de refrescar sus pies.

–¿Quieres hablar? –Heinkel se encogió de hombros, no le hacía falta hacerlo, solo se había extrañado del silencio de la muchacha, un par de niños pasaron corriendo cerca de ellos y Yumiko gritó:

–¡Alden, no juegues así, podrías lastimarte!

–Déjalo…– inquirió él –está bien que de vez en cuando se lastimen – Heinkel no le estaba observando pero sabía el rostro que Yumiko había puesto.

–No deben ser como nosotros Heinkel, además es irresponsable el dejarlos hacerse daño, solo por qué va de la mano con tus ideas sobre el crecimiento…– con aquellas palabras ella se lo había dejado más que claro; todos crecían, aún recordaba esos años en los cuales se veían todo el tiempo, pero no se hablaban jamás.

Una niña se acercó a él, y le toco con el índice el hombro, Heinkel la vio e inmediatamente se sentó, cuando supo quién era un vago aire de molestia se cruzó por su rostro, no era una niña, si no ya una adolescente; una que siempre le enviaba cartas y se quedaba mirándole con aire soñador, así como se le insinuaba bastante seguido, esperaba con ansias el momento en que cumpliera los quince para que terminara su estancia en el orfanato.

–¿Puedo sentarme? – dijo con tono dulzón, mirando a Yumiko, esta gentilmente le sonrió y asintió diciéndole.

–Claro que si Helena, Heinkel hazle un lado.

–¿Por qué no se sienta contigo…?– dijo este molesto

–También quiero mojarme los pies…

–Ves dale un espacio– Heinkel farfullo algo y se movió, sin embargo el llanto de uno de los chicos interrumpió todo, Yumiko se levantó de inmediato y fue a ver qué ocurría, Heinkel iba a hacer lo propio pero Helena lo evito.

–¿Me dejaras sola? – preguntó con ese aire inocentón y dulzón que tanto le desagradaba.

–Eso es obvio niña…

–Ya no soy una niña…

–Si claro…- Helena se quedó mirándole mientras Heinkel se colocaba sus calcetines.

–Te gusta ella…– él no supo decir si es que aquello era una afirmación o una pregunta, el tono de la muchacha no podía indicárselo a ciencia cierta.

–¿Qué dices?

–La maestra Yumiko, ella te gusta…

Bastaron esas pocas palabras para sumirlo en las más profundas cavilaciones sobre la naturaleza de sus sentimientos hacia la monja, la maldita niña había sabido cómo hacerle tambalear. Sin saberlo como, paso a fijarse más en ella, no porque finalmente hubiera aceptado algo, si no que tratando de descubrir que era lo que hacía saltar ella en su pecho. Y encontró defectos; pero eran mayores sus virtudes, no ayudó mucho cuando habiendo él mismo olvidado su cumpleaños Yumiko apareció con un solitario pastel cantándole en un pésimo alemán, ese tipo de detalles solo le hacían ceder ante el influjo que ella representaba para él. Si era por ello prefería a Yumie, menos preocupada por esas tonterías una guerrera sedienta de justicia y de sangre, atenta a sus misiones y tosca y agresiva con él.

Pero existía otro detalle que le hacía apreciar aún más a Yumie y era la trasformación que esta realizaba en el cuerpo y las formas de Yumiko; la veía, en medio de la batalla moverse con sensual agilidad, la manera en la cual se le alborotaba el cabello le secaba la boca, y como sus faldas se levantaban cuando embestía o esquivaba mostrando aquellas piernas… era un real suplicio observarla, pero él se quedaría mirándola como un imbécil todo el tiempo...

Heinkel no era mojigato y conocía a bastantes miembros de la iglesia que habían abandonado a sus familias y cientos de niños que no sabían que sus padres se encontraban en el clero, era pan de cada día y cuando comenzó a fijarse en aquellos detalles sobre Yumie, ciertas ideas que deberían estar purgadas de su cabeza comenzaron a florecer.

La primera vez que se masturbo, lo hizo pensando en los pechos de Yumie, en como enterraba el rostro en medio de estos, mientras la embestía salvajemente una y otra vez. Asustado acudió al único hombre al cual sería capaz de confiar semejante secreto y sin que nadie lo viera se encerró en el confesionario del orfanato a esperarle llegar.

La pequeña mirilla se abrió y ahí estaba el padre Anderson, de perfil sin mirarle directamente esperando.

– Perdóname padre porque he pecado…– Anderson identifico de inmediato el tono del confesor y no pudo menos que extrañarse, ya que él sabía que las confusiones de Heinkel habían sido dejadas atrás.

–¿Heinkel?

–¡Padre… se supone que la confesión es anónima…!

–Lo sería si no te conociera…– Anderson se extrañó de inmediato, así como lo entendió, Heinkel no sabía cómo hablar el tema con él y había decidido el confesionario para que ese secreto no saliera de ahí -Pues bien… ¿Qué quieres?

–Confesarme desde luego…– Anderson carraspeo y procuro actuar con mayor solemnidad.

–Cuéntame hijo mío…– Heinkel se quedó en silencio, de un momento a otro no le pareció lo más adecuado decirle a él que era lo que le estaba ocurriendo, menos si en ello estaba involucrada Yumiko, inmediatamente los separarían y él no quería eso.

–¿Heinkel? – dijo el padre Anderson

–¡Eh… si padre! Bueno… este…– las imágenes comenzaron a arremolinarse en su cabeza soplándole que es lo que tenía que decir, preferí mentirle al hombre que más respetaba antes de que siquiera existiera la opción de que lo separaran de ella.

¿Estaba cachondo o enamorado? En aquél momento no era capaz de hacer diferencia alguna entre ambas sensaciones.

–Eh… eh estado soñando con los muertos de las batallas…

Entonces comenzó con la soga y las plegarias, se encerraba en su habitación a orar por perdón para su mente sucia y como en esta trataba a Yumiko o a Yumie, personalmente esta segunda le parecía más osada e interesante ya que él particularmente no era muy suave con ella ¿De dónde habían salido semejantes perversiones? Y entre más purgaba por ella peores se iban haciendo sus sueños, de la nada paso a encontrarse de mal humor y febril, y si ya con anterioridad era desagradable aquello aumento cuando a Yumiko la enviaron de escolta al medio oriente.

Por unos segundos se sintió aliviado de dejar de verla, cuando casi al mismo tiempo comprendió que aquello realmente no significaba nada, la vería todas las noches en su cama en donde se la follaría hasta el cansancio.

La misión resultó un fracaso, los secuestraron a todos y Yumie no había entrado en acción, le llamaron a él y no fue capaz de contener su euforia al saber que la vería luego, toda aquella situación no pasó desapercibida para él, lo entendía y lo sabía. Pero por alguna razón considero que por al menos unos momentos estaba bien seguir los impulsos de su… ¿Corazón?

El nunca había esperado despertar a Yumie, pero lo había hecho, había estrellado su puño contra el rostro de Yumiko en un intento para que la monja asesina regresara. Lo sabía y no lo lamentaba, al fin de cuentas eso les había salvado el culo a ambas, ahora que se encontraban seguros en la embajada de Roma en Teherán era capaz de ver el daño que había causado. No solo en el rostro de Yumiko, si no al camino que esta había comenzado a elegir. Se había irritado, si lo admitía, se había desesperado ante la pasividad de la chica, puesto que amenazaban su vida y ella no quería volver a ser esa monja asesina. Yumiko no quería dejar salir a ese espectro contra el cual él mismo había luchado, el cual él había odiado.

Pero el Padre Anderson lo había dicho los humanos somos egoístas y la idea de quedar realmente solo, de dejar de verla a ella o a Yumie, más el enojo, el miedo y la desesperación le obligaron a sacar al fantasma de esa cueva.

Ahora Yumiko le miraba con infinita calma mientras le relataba las razones que los habían llevado a quedar de rehenes, Heinkel no podía sacar los ojos del moretón y el bulto que se le había formado a la chica en la zona en la cual él le golpeara. Le molestaba profundamente la idea de que aun así a él, ella le pareciera linda... muy linda.

A media noche se despertó jadeando, espantando al ver que los sueños con Yumie habían regresado y tal cual lo hiciera en sus tiempos actuales, descalzo salió a los pasillos. Jactándose de su habilidad de pasar desapercibido en completo silencio fue al baño. Ahí realizo lo que a él le pareció la más pulcra de las limpiezas, uso la sudadera que llevara puesta para sacarse ese asqueroso liquido de entre las piernas y la lanzó a la basura, un espejo de cuerpo completo le mostró las cicatrices que tenía en su espalda; la de sus primeras experiencias con el acto de purgarse los pecados que no era capaz de confesar. El era delgado, a fuerza de entrenamiento su cuerpo se había vuelto fibroso y firme, no tenía grandes músculos o una ancha espalda solo era delgado y de contextura firme, aunque le parecía un cuerpo escuálido para alguien que se hacía llamar soldado. En cambio Yumiko…

Se mojó la cara al notar como sus pensamientos volvían nuevamente a ese carril, si le ocurría de nuevo lo mismo, no tendría otra sudadera con la cual limpiarse, lo mejor sería levantarse, aun cuando fuera pasada la media noche y bajar a vestíbulo de la embajada. Si así se evitaría la soledad y los funestos pensamientos que esta traía consigo.

Sin embargo cuando abrió la puerta del baño todo se fue al carajo.

–¿Tampoco podías dormir? –- le dijo Yumie mirándole de una forma extraña que le cohibió.

–¿Qué haces levantada? – preguntó con dureza y cruzando los brazos sobre el pecho, resguardándose de alguna forma.

–Oh… bueno…– dijo está mirando con gesto aburrido una de las lámparas del pasillo –… estaba aburrida– juntando toda la fuerza de voluntad de la cual disponía Heinkel paso de largo dirigiéndose firmemente a su habitación.

–Vete a dormir…– le espetó bruscamente, no sin antes voltearse para observarla mejor, tan nervioso había estado que no noto, hasta ese momento que Yumie solo llevaba un santurrón pijama, el cual traslucía sus formas debido a que tampoco había tenido la prudencia de apagar la luz del baño, entonces para concentrarse finalizó –Mañana saldremos temprano…

No sabría decir que fue lo que ocurrió en el lapso en el cual tomo el pomo de su puerta, hasta que sintió su cabeza estrellándose contra esta, solo supo que cayó al suelo y que a fuerza de calmar el dolor se cogió la cabeza presionándola fuertemente… en un principio creyó que los estaban atacando a él y a Yumie, que de alguna manera esos malditos herejes se habían infiltrado a la embajada a cobrar justa venganza por todas las cabezas que la monja había cercenado. Pero no, a veces el hecho de ser hombre le hacía menospreciar la fuerza y habilidad de las mujeres, de hecho siquiera lo considero posible hasta que sintió el cuerpo de ella sobre el suyo, ahí, en pleno pasillo de la embajada, a centímetros de su puerta, de la de ella, de las de toda la maldita comisión que había sido rescatada.

Era factible que el ruido les hubiera alertado, pero nuevamente había subestimado a Yumie, quién era aún más silenciosa que él.

Sin embargo la confusión dio paso a un estado de excitación febril que no fue capaz de contener, en cuanto la sintió presionándose a él, su miembro despertó, sus manos la buscaron y su boca la beso.

Palpo las firmes nalgas y los abultados pechos, es cierto estaba nervioso y le aterrorizaba la idea de no llenar las expectativas que cumplía cabalmente en sus sueños, no así que les descubrieran. Mientras se colocaba de pie, con Yumie sobre él, la besaba torpemente situación que esta también respondía de la misma manera, ¡Sí! y la idea de que Yumie tenía tan poca experiencia como él, le hizo alegrarse de una muy extraña manera.

De una suave patada abrió la puerta de su habitación y su espalda la golpeo con brusquedad cuando Yumie lo impulso hacia esta, aprovechando solo la fuerza de sus piernas se mantuvo presionada a él, abrazándole con estas desde la cintura. Heinkel comenzó a caminar a tientas ya que no podía dejar de besarla hasta que sus rodillas se toparon con el borde de la cama, ahí la dejo caer. Cuando la gravedad los separo de golpe, la vio ahí frente a él, jadeante y salvaje, ofreciéndose completamente a él sin reserva alguna, era parte de sus sueños hechos realidad, lo quería y lo había deseado por meses, ahora se embriagaría en él; cogió los bordes de aquél santurrón pijama y se lo saco, cuando Yumie alzo los brazos tuvo una perfecta visión de su ropa interior, su estómago diminutamente abultado por una barriguita que le pareció adorable y la redondez de sus pechos, enmarcados por un pezón rosado y tentador.

Esto realmente era el cielo. ¿Estaré soñando nuevamente? No aquello era la realidad, lo sabía pues nunca en sus sueños había sido tan torpe. Era la hora, era el momento.

–Habías estado esperando esto ¿no? – aquellas palabras fueron como un balde de agua fría, claro que lo estaba esperando, pero por segunda vez aquella noche, en que nuevamente había tomado una determinación.

Por las palabras de ella. Todo se había ido realmente al carajo.